CAPÍTULO III

Mi traslación á Valencia. -- Mis giras por la ciudad y sus

alrededores. -- Los oradores del Ateneo Valenciano. -- Epidemia

colérica de 1885 é inoculaciones profilácticas del Dr. Ferrán.

-- Encargado por la Diputación de Zaragoza del estudio de la

vacunación anticolérica, doy una conferencia en la capital

aragonesa y la Diputación recompensa mi labor publicando mis

estudios y regalándome magnífico microscopio. -- Resultados de

mis investigaciones sobre el cólera. -- Trabajos histológicos. --

Decido publicar mis pesquisas en Revistas extranjeras.

Allá por los primeros días de Enero de 1884 me trasladé á

Valencia, tomando posesión de la Cátedra de Anatomía. Me hospedé

provisionalmente con mi familia en una fonda situada en la Plaza del

Mercado, cerca de la famosa Lonja de la Seda. Comprados los muebles

necesarios, nos instalamos después en modesta casa de la calle de las

Avellanas, donde disponía de sala holgada y capaz para laboratorio.

Días después me nacía una hija.

Fiel á mi pensamiento de que las cosas son más interesantes que

los hombres, consagré algunos días á explorar las curiosidades de

la ciudad. Visité la magnífica Catedral; subí al Miguelete para

admirar la hermosura y extensión de la huerta y la cinta de plata

del lejano mar latino; escudriñé los alrededores de la ciudad y

los encantadores pueblecillos del Cabañal, Godella, Burjasot, etc.

Visité el puerto del Grao, ordinario paseo del pueblo valenciano en

días de asueto, y asalté, en fin, lleno de voracidad artística y

arqueológica, las ruinas del teatro romano de Sagunto.

Me encontraba en un país nuevo para mí, de suavísima temperatura, en

cuyos campos florecían la pita y el naranjo, y en cuyos espíritus

anidaban la cortesía, la cultura y el ingenio. Por algo se llama á

Valencia la Atenas española.

Fuí cordialmente acogido en la Facultad de Medicina. Era rector

entonces el notable cirujano Ferrer Viñerta, temperamento brusco,

vehemente y autoritario, pero bonachón y cariñoso en el fondo.

Brillaban en el elenco docente maestros tan prestigiosos como

Campá, Gimeno, Ferrer y Julve, Peregrín Casanova, Gómez Reig, Orts,

Magraner, Machi, Crous y Casellas, Moliner, etc. Caí bien en aquella

piña de excelentes compañeros. Con su viveza meridional se dieron

pronto cuenta de que el nuevo colega no venía á _quitar moños_

á nadie, ni en la esfera académica ni en la arena del ejercicio

profesional, sino á vivir modesta, pero independientemente, entregado

á sus favoritos estudios, ajeno á la política y á toda suerte de

camarillas y clientelas caciquiles.

Á fin de _despolarizarme_ algo de las tareas micrográficas que

absorbían y cuasi deformaban, por exclusivismo funcional, todas mis

facultades, me hice socio del _Casino de la Agricultura_, centro de

la gente de buen tono, donde encontré una piña de personas cultas y

agradabilísimas. Entre ellas recuerdo al simpático y culto profesor

de Historia Natural, Arévalo Vaca; á Guillén, médico y naturalista

distinguido; al farmacéutico Narciso Loras, amigo buenísimo; á

Villafañé, catedrático de Matemáticas de la Universidad, polemista

ardoroso y atrabiliario, pero inocente en el fondo; á Peset, joven

brillante entonces y actual profesor de Terapéutica de Valencia; á

D. Prudencio Solís, catedrático de la Escuela normal, cabeza culta,

equilibrada y persona de bellísimos sentimientos, etc.

Con igual propósito ingresé en el _Ateneo Valenciano_, centro

científico-literario, similar del de Madrid, que congregaba por

aquella época lo más selecto y brillante de la juventud intelectual

de la región levantina. Allí, en aquel modesto local de la plaza de

Mirasol, tuve ocasión de conocer y aplaudir, entre otras personas

de renombre, al joven entonces, y ya clarísimo orador y maestro,

Amalio Gimeno; á Segura, consumado dialéctico y culto expositor

de las cuestiones sociales; á Luis Morote, que acababa de leer á

Flaubert, los Goncourt y Zola, y criticaba, amena y espiritualmente,

las tendencias del naturalismo literario; á mi paisano M. Zabala,

recién llegado de Zaragoza, que sobresalía por la sobriedad y la

intención de su oratoria, y por su particular competencia en las

ciencias históricas; á M. Mas, cirujano humanista, que esgrimía

con igual desembarazo la lengua y el bisturí, y que era en aquella

casa intérprete elocuente y autorizado del libre examen y de los

credos políticos ultra-radicales; al afamado profesor Pérez Pujol,

peritísimo en la historia de la Edad Media y en las ciencias

sociales, y cuyas frases fluían, puras y armoniosas, como raudal

sonoro en artística fontana. Allí, en aquella incubadora de artistas

de la palabra ó de la pluma, y con motivo de no sé qué inauguración

solemne, admiré también por vez primera el verbo soberano de Moret,

quien disertó acerca del progreso social, y cuya palabra, colorista

y jugosa, pintaba cuadros tan plásticos y reales, que al evocar

entonces, por contraposición con la moderna civilización, basada

en la libertad, la civilización antigua, fundada en la esclavitud,

nos parecía contemplar al suavísimo Platón filosofando con sus

discípulos en el jardín de Academo, entre calles de mirtos y adelfas,

y á la sombra de plátanos seculares; mientras los esclavos labraban

penosamente la tierra ó gemían de fatiga en el obrador del artífice

para que, cual flor del espíritu, resplandecieran gloriosos la

ciencia y el arte griegos... En aquella casa, en fin, admiré, tiempos

después, al asombroso y malogrado aragonés D. Joaquín Arnau, talento

tan vasto y completo, que ganó simultáneamente por oposición tres

cátedras de asignaturas diferentes, y á quien la Universidad de

Valencia, fertilísima en oradores, escogió para dar, en nombre del

Claustro, la bienvenida al gran Castelar, con ocasión de una visita

del célebre tribuno á la Atenas levantina.

Este oreo literario y político hízome mucho bien, evitando á mi

cerebro esas temibles atrofias compensadoras del especialismo

profesional, en virtud de las cuales vemos con pena todos los días

á matemáticos, físicos, químicos y naturalistas insignes, discurrir

como si carecieran de sentido común, en cuanto se les saca de sus

habituales estudios, y se les obliga á platicar de filosofía, de arte

ó de ciencias sociales.

Dejo apuntado algo acerca de lo modesto de mi domicilio. Añadiré

ahora que me confiné, conscientemente y por sistema, en la

mediocridad económica, á fin de disponer á mi talante de todo el

tiempo que me dejaba libre la enseñanza oficial. Penetrado de que un

presupuesto equilibrado es condición inexcusable de la paz del hogar

y de la serenidad de espíritu necesaria á la actividad científica,

decidí vivir con los 52 duros de paga mensual á que ascendía mi haber

de catedrático (3.500 pesetas al año). Pero como un Laboratorio en

plena actividad consume casi tanto como la familia, hube de buscar,

según costumbre, ingresos complementarios, no en el ejercicio

profesional, según hábito general, sino en la extensión de la función

pedagógica. Organicé, por tanto, en Valencia, con mejor éxito todavía

que en Zaragoza, un curso práctico de Histología normal y patológica,

al cual acudieron bastantes médicos que cursaban libremente el

doctorado, y algunos doctores deseosos de ampliar sus conocimientos

en Histología y Bacteriología; ciencia esta última que entonces

alboreaba prometedora en el horizonte, á impulsos de los geniales

descubrimientos de Pasteur y de Koch.

Uno de los jóvenes más asiduamente asistentes á mis lecciones, fué

el Dr. Bartual, talento sólido y completo (actualmente catedrático

de Histología de Valencia), y cuyo alejamiento del Laboratorio, por

imposición del enervante medio social, deploramos cuantos conocimos

de cerca sus excepcionales aptitudes y su adecuada y concienzuda

preparación para la investigación científica; otro discípulo,

frustrado igualmente para la ciencia por falta de ambiente, fué el

Dr. E. Alabern, á quien faltó resolución para desertar oportunamente

del Cuerpo de Aduanas y consagrarse á la carrera del profesorado.

Pero la lista de los buenos, extraviados en el desierto, sería

interminable...

Con los nuevos ingresos no sólo evité el temible _déficit_, sino

que alimenté holgadamente mi Laboratorio, procurándome además

nuevos aparatos científicos; por ejemplo: un microtomo automático

de Reichert, que me prestó inestimables servicios. Porque hasta

entonces no había usado más microtomo que la vulgar navaja barbera

(el rudimentario microtomo de Ranvier que poseía ofrecía más

inconvenientes que ventajas), para el manejo de la cual había

adquirido, ciertamente, bastante habilidad, mas con cuyo auxilio

resultaba imposible conseguir regularmente cortes finos de alguna

extensión.

El cólera de 1885, que hizo tantos estragos en Valencia y su

comarca, me obligó temporalmente á abandonar las células y fijar

mi atención en el _bacillus comma_, el insidioso protagonista

(recién descubierto por Koch en la India) de la asoladora epidemia.

Decía en páginas anteriores que en el horizonte científico surgía

un nuevo mundo, la _microbiología_, consagrada al estudio de los

microbios ó bacterias (hongos archimicroscópicos, agentes de las

infecciones) y al mecanismo de su acción patógena sobre el hombre y

los animales. Las novísimas y sorprendentes conquistas de Pasteur y

Chaveau, en Francia, y de Koch, Cohn, Löffler, etc., en Alemania,

atrajeron vivamente la atención de los micrógrafos, muchos de los

cuales desertaron del viejo solar histológico, fundado por Schwann y

Virchow, para plantar sus tiendas en el terreno casi virgen de los

invisibles enemigos de la vida. Yo sufrí también la sugestión del

nuevo sol de la ciencia, que iluminaba con inesperadas claridades los

obscuros problemas de la Medicina. Y cedí durante algunos meses á las

seducciones del mundo de los seres infinitamente pequeños. Fabriqué

caldos, teñí microbios y mandé construir estufas y esterilizadoras

para cultivarlos. Ya práctico en estas manipulaciones, busqué y

capturé en los hospitales de coléricos el famoso vírgula de Koch, y

dime á comprobar la forma de sus colonias en gelatina y _agar-agar_,

con las demás propiedades biológicas, ricas en valor diagnóstico,

señaladas por el ilustre bacteriólogo alemán.

Eran días de intensa emoción. La población, diezmada por el azote,

vivía en la zozobra, aunque no perdió nunca (dicho sea en honor de

Valencia) la serenidad; los hospitales, singularmente el de San

Pablo, rebosaban de coléricos. Recuerdo que en mi propio domicilio

(calle de Colón) murieron varios atacados.

Como de costumbre, reinaban entre los médicos la contradicción y

la duda. Los viejos galenos, recelosos de toda novedad, ateníanse,

en teoría, á la doctrina clásica de los miasmas, y, en el orden

práctico, al inevitable láudano de Sydenham. Los creyentes en el

microbio, jóvenes en su mayoría, recomendaban hervir el agua potable

y no ingerir alimento ni bebida que no hubiera sufrido cocción

preliminar. Atribuyo al uso del agua hervida y demás precauciones

higiénicas, la inmunidad de mi familia, no obstante conservar en mi

Laboratorio casero deyecciones de colérico y cultivos del germen en

gelatinas y caldos.

Por cierto que por aquellos días (2 de Julio de 1885), período

culminante de la epidemia, me nació mi cuarto hijo.

En medio de la preocupación general apareció en Valencia el Dr.

Ferrán, célebre médico tortosino, predicando por boca de elocuentes

amigos y admiradores, la buena nueva de la vacuna anticolérica.

Después de algunos experimentos de Laboratorio practicados en conejos

de Indias, y de ciertas audaces y abnegadas auto-inoculaciones, creyó

haber encontrado un cultivo del vírgula que, inoculado en el hombre,

le inmuniza seguramente contra el microbio virulento llegado por la

vía bucal.

La clase médica, emocionada por el anuncio de la citada vacuna,

discutió vehementemente el tema en Academias y Ateneos, Revistas

profesionales y hasta en periódicos políticos. Como siempre, mostrose

en el debate ese dualismo irreductible de viejos y jóvenes, de

misoneistas y filoneistas. Para los primeros, la vacuna constituía

deplorable error científico, cuando no industrial negocio de mal

género; los segundos se entusiasmaron con la iniciativa del médico

tortosino, cuyos talentos y laboriosidad pusieron en las nubes. En

fin, ciertos devotos fervientes de Ferrán llevaron su celo higiénico

hasta organizar un comité ó sociedad encargada de hacer propaganda,

fabricar en grande escala la vacuna, gestionar del Gobierno y de las

autoridades autorización para ensayar la nueva inmunización, y en

fin, una vez logrado el permiso, efectuarla sistemáticamente en todas

las provincias atacadas.

Invitado insistentemente por el citado comité, yo decliné

humildemente la honra de colaborar en la obra común; deseaba

conservar mi independencia de juicio y quedar inmune de toda sospecha

crematística. Porque, á la verdad, valor hacía falta para desafiar

las virulentas campañas que el Dr. Moliner y otros médicos hacían

desde los periódicos contra los fundamentos científicos de la vacuna,

y sobre todo, contra el comité profiláctico... Además, parecíame

prematura la fe en el novísimo remedio. ¡Y si á la postre resultaba

que la tal vacuna no vacunaba!...

Pocos conservamos, durante aquella efervescencia pasional, donde

los intereses luchaban con más encarnizamiento que las ideas, la

serenidad de espíritu necesaria para juzgar. No me envanecen mis

aciertos de entonces; nada hay más fácil que hallar el buen camino

cuando nuestro pensamiento recibe su inspiración en las alturas

del patriotismo, y la voluntad se mantiene ajena á toda baja

concupiscencia ó bastardo interés. Y el mejor galardón de mi conducta

lo recibo hoy al ver que, no obstante los años transcurridos, puedo

mantener en lo científico y en lo moral mis puntos de vista de

entonces. Durante aquellos días, á cuantos me hicieron la honra de

consultarme sobre las mencionadas inoculaciones, expresé lo que diría

hoy mismo si el caso se repitiese: gran satisfacción de que á un

médico español se debiera tan loable iniciativa; mi deseo de que,

comprobada la inocuidad de la vacuna, se ensayara en las personas

y poblaciones que lo solicitaran; el consejo de que, para evitar

censuras y murmuraciones, dichas prácticas fueran al principio

inspeccionadas por una comisión oficial, encargada, además, de

formar estadísticas imparciales de los resultados obtenidos; en fin,

mis ruegos encarecidos, á los fines morales y patrióticos de la

empresa, de que el Dr. Ferrán declarara explícitamente el secreto

de su vacuna, con el objeto de que las delegaciones extranjeras y

españolas, reunidas á la sazón en Valencia, no quedaran defraudadas

en su expectación ni sospecharan de la buena fe de la sociedad

vacunadora, ni, en fin, formaran de nosotros una opinión poco

lisonjera.

No tuve la fortuna de ser oído. Y ello me dolió mucho, porque

mis fáciles vaticinios se cumplieron en todas sus partes, con

bochorno del nombre español. Aquellos extranjeros que por primera

vez concurrieron á España para comprobar una invención científica,

chasqueados en su curiosidad, y exagerando quizás la transcendencia

práctica de algunos defectos metodológicos (impureza eventual de

los cultivos del vírgula, deficiencias del instrumental usado en

la esterilización de los caldos y en la expedición de éstos á las

sucursales de vacunación, etc.), una vez regresados á sus sendos

países, escribieron de Ferrán y de los médicos españoles verdaderos

horrores... ¡Oh, qué amargo desencanto devoraron entonces quienes,

como yo, encendidos en celo patriótico y en irreflexivo entusiasmo,

saludábamos en el Dr. Ferrán una gloria positiva de la ciencia

española!

La circunstancia de vivir yo en Valencia y ser aficionado á la

micrografía, me valió ser designado por la Diputación provincial de

Zaragoza, en unión del Dr. Lite, delegado oficial, para estudiar la

enfermedad epidémica reinante en la región levantina (todavía se

discutía si era ó no cólera) y emitir dictamen sobre el valor real

de la profilaxis.

Cumpliendo, pues, el honroso cometido, seguí atentamente la campaña

de la sociedad vacunadora; conferencié con los delegados científicos

oficiales (el Dr. Mendoza entre otros); practiqué experimentos de

inoculación del vírgula en los animales; analicé bacteriológicamente

varias muestras del caldo utilizado por Ferrán en sus inoculaciones;

me inyecté yo mismo la linfa vacunífera á fin de conocer de cerca sus

efectos fisiológicos; y, en fin, comprobé estadísticas oficiales y

particulares, etc.

Allegados los datos necesarios, aquel verano me trasladé á Zaragoza

(Julio de 1885), ante cuya Diputación y en presencia de numeroso

público expuse el resultado de mis estudios y experimentos. Mis

conclusiones afirmaban resueltamente el carácter colérico de

la epidemia, que se había propagado entonces por gran parte de

España; atribuían, como cosa muy verosímil, al _vírgula_ de Koch la

responsabilidad de la infección; ponían en duda el pretendido cólera

experimental en los conejos y cobayas, animales en quienes sólo

se producían, por inyección del microbio, fenómenos inflamatorios

locales ó septicémicos harto diferentes del síndrome colérico del

hombre; y en lo tocante al punto principal, ó sea la profilaxis, me

declaré poco favorable al procedimiento Ferrán, aunque admitiendo su

práctica, á título de investigación científica (los cultivos puros

del vírgula inyectados bajo la piel resultan inofensivos) y sin

forjarme grandes ilusiones sobre su eficacia.

Expuestas oralmente las citadas conclusiones, primer avance de mis

observaciones y juicios sobre el tema, proseguí ahincadamente las

pesquisas experimentales. Á este propósito, me instalé con la familia

en una finca ó _Torre_ (llamada _Torre de las canales_) que poseía mi

padre cerca de San Juan, á legua y media de Zaragoza, donde organicé

un Laboratorio de campaña, y pude, sin recelo, guardar y estudiar

tranquilamente mis cobayas y conejos inoculados. No me faltaron los

_vírgulas_, primera materia de mis pesquisas, pues precisamente por

aquellos días se había extendido el cólera por los pueblos y casas

de campo de la huerta y hacía estragos en la capital, en cuyos

hospitales me proporcioné abundante semilla para mis cultivos.

Por cierto que, acerca del modo de propagación de la epidemia,

confirmé desde luego su origen hídrico. Por ejemplo: los huertanos,

que no obstante vivir casi aislados en las torres, hacían uso

del agua de las acequias contaminadas por el lavado de ropas de

coléricos, eran frecuentes víctimas del cólera; en tanto que solían

librarse fácilmente aquellas familias que, por precaución, bebían

agua de los pozos ó se servían exclusivamente de la hervida.

Mis ensayos de profilaxis en los animales reveláronme que el

problema de la inmunización era harto más arduo de lo que se

creía. Conseguíase, en efecto, según anunciaba Ferrán, á favor de

inyecciones subcutáneas de cultivos del vírgula, cierta resistencia

del cobaya enfrente de ulteriores y más fuertes dosis del microbio

virulento, inoculado por idéntica vía; mas, careciendo el _comma_ de

Koch de acción patógena en el intestino de dicho roedor, resultaba

imposible aportar prueba decisiva y concluyente sobre la eficiencia

de la inyección. Para procurarse esta demostración, fuera preciso

hallar un mamífero colerizable por la vía bucal y susceptible de

hacerse refractario á la infección intestinal, mediante previa

inoculación subcutánea de cultivos puros del vírgula virulento ó

atenuado. Por desgracia, este animal, idóneo á la dilucidación del

grave problema profiláctico, se desconocía entonces.

Á fines de Septiembre de aquel año, según prometí á la Diputación

provincial zaragozana, redacté extensa monografía, bajo el título de

_Estudios sobre el microbio vírgula del cólera y las inoculaciones

profilácticas_. Zaragoza, 1885. El librito, que se imprimió por

cuenta de dicha Corporación[17], apareció ilustrado por 8 grabados

litográficos ejecutados por mí y algunos de ellos tirados en color.

[17] La Diputación me comunicó los acuerdos siguientes,

excesivamente honrosos y halagadores para mí:

«Primero. Pasar á D. Santiago Ramón un oficio de aplauso por

la notable conferencia que ante la misma dió en la mañana del

domingo 19 de Julio, acreditando con su vasta erudición que no en

vano goza fama de eminente micrógrafo.»

«Segundo. Publicar por cuenta de la Diputación la Memoria que él

mismo ha de presentar en su día sobre estudios micrográficos del

microbio del cólera.»--El Vicepresidente, _Faustino Sancho y Gil_.

Excusado es advertir que semejante monografía, redactada con ocasión

de una misión oficial, y sin los medios de trabajo necesarios, no

contiene ningún hecho nuevo importante. Representaba, ante todo, el

fruto de una labor de confirmación y contraste de los memorables

y entonces novísimos descubrimientos de Koch y de las estimables

contribuciones de Hueppe, van Ermergen, Nicati y Riesch, Ferrán,

etc. Con todo eso, según suele acontecer en todo estudio minucioso

y esmerado, sus páginas encierran algunos detalles descriptivos

originales y tal cual apreciación teórica no exenta de valor.

Entre otras menudencias originales, figuraban, en el orden técnico,

un proceder práctico y sencillo para teñir el _bacillus comma_, y

otro encaminado á conservar, colorear y montar definitivamente sus

colonias en gelatina y agar, etcétera. (Citado y confirmado más

adelante por van Ermergen).

En el orden científico, añadíamos: _a_, un análisis comparativo

minucioso, de los microbios de las aguas y deyecciones, dotados, á

semejanza del vírgula, de la propiedad de liquidar la gelatina; _b_,

la demostración (independientemente de Pfeiffer) de que el microbio

de Koch, poco patógeno en inyección subcutánea, resulta sumamente

virulento en el peritoneo del cobaya; _c_, y, sobre todo, la prueba

experimental de la _vacuna química_, es decir, de la posibilidad

de preservar á los animales de los efectos tóxicos del vírgula más

virulento, inyectándoles de antemano, por la vía hipodérmica, cierta

cantidad de cultivos muertos por el calor[18].

[18] Casi todos los autores atribuyen á dos bacteriólogos

americanos, MM. Salmon y Smith (_On a new method of producing

inmunity from contagious diseases._ _Proceed. of the Biol. Soc.

of Washington_, 22 Febrero 1886) el honor de haber probado la

posibilidad de vacunar á los animales mediante la inoculación de

cultivos muertos. Séanos lícito recordar que tal demostración

fué aportada primeramente por nosotros en Septiembre de 1885.

Por entonces también anunciaron Ferrán y Pauli haber resuelto el

mismo problema; mas como no declararon en 1885 en qué consistía

el modo de fabricación de su vacuna, que sólo divulgaron más

tarde en los _Compt. rend. de la Acad. de Sciences_ (sesión del

18 de Enero de 1886), mi prioridad no puede ofrecer la menor duda.

En el orden teórico, contenía mi Memoria algunos puntos de vista

dignos de atención, puesto que han sido repetidos después por eximios

bacteriólogos al justipreciar los fundamentos teóricos y valor

práctico de las vacunas de Ferrán, Haffkine, Kölle y otros. «Difícil

parece admitir --decíamos-- que la mera inoculación hipodérmica en

el hombre de un cultivo puro de vírgulas, incapaces de emigrar hasta

el intestino, ni de provocar, por consiguiente, trastorno alguno

análogo al cólera, sea poderosa á esterilizar completamente el tubo

digestivo, órgano en continuación del mundo exterior y exclusivo

terreno donde prospera y desarrolla su formidable poder patógeno

el germen de dicha enfermedad.» Y no menciono aquí, á causa de su

carácter meramente crítico y circunstancial, los experimentos y

observaciones probatorios de que los famosos _cuerpos muriformes_ de

Ferrán, por los cuales ascendía el vírgula á la categoría botánica

de las _peronosporas_, representaban, con otras formas aliadas,

simples cristales precipitados en los caldos, y de que los _oogonos_,

aparatos de reproducción señalados en el vírgula por el mismo autor,

constituían formas monstruosas ó degenerativas aparecidas en los

terrenos esquilmados.

Acerca de este último punto, es decir, tocante á los procesos

regresivos observables en el protoplasma del _bacillus comma_ senil,

ó que se cría en medios pobres en substancias nutritivas, publiqué

ulteriormente una comunicación en _La Crónica Médica_, de Valencia

(_Contribución al estudio de las formas involutivas y monstruosas

del coma-bacilo de Koch_, 20 de Diciembre de 1885), en donde se

demostraba el carácter francamente degenerativo, no sólo de los

_oogonos_ de Ferrán, sino de los pretendidos esporos de Hueppe, Ceci,

etc.[19].

[19] Entre los varios autores que, inconscientemente,

confirmaron estos estudios, citaremos por ejemplo á Podwyssowsky

(_Centralblatt für pathol. Anat._, etc., Bd. 1893), quien

describe y dibuja exactamente, ocho años después que nosotros,

las mismas degeneraciones del protoplasma bacteriano, así como

las formas esféricas del microbio, adoptando enteramente nuestra

interpretación.

Excusado es decir que todas estas modestas contribuciones

teórico-experimentales pasaron inadvertidas por los bacteriólogos.

Eran aquellos tiempos harto difíciles para los españoles aficionados

á la investigación. Debíamos luchar con el prejuicio universal de

nuestra incultura y de nuestra radical indiferencia hacia los grandes

problemas biológicos. Admitíase que España produjera algún artista

genial, tal cual poeta melenudo, y copiosos danzantes de ambos sexos;

pero se rechazaba hasta la hipótesis de que surgiera en ella un

verdadero hombre de ciencia. Acaso contribuyeron algo al desdén con

que entonces nos trataban los sabios, la inhábil actitud adoptada por

Ferrán con los delegados extranjeros en el asunto de la profilaxis

colérica, y los candorosos errores del médico tortosino en punto á la

morfología y multiplicación del _vírgula_ de Koch.

Con todo, si mi labor careció de eco en los Laboratorios de París

y Berlín --y con ello no se perdió cosa mayor--, valióme, en

cambio, un galardón material y espiritual de gran transcendencia

para mi carrera. Agradecida la Diputación de Zaragoza al celo y

desinterés con que trabajé por servirla, decidió recompensar mis

desvelos, regalándome un magnífico microscopio Zeiss. Al recibir

aquel impensado obsequio, no cabía en mí de satisfacción y alegría.

Al lado de tan espléndido _Statif_, con profusión de objetivos,

entre otros el famoso 1,18 de _inmersión homogénea_, última palabra

entonces de la óptica amplificante, mi pobre microscopio Verick

parecía desvencijado cerrojo. Me complazco en reconocer que, gracias

á tan espiritual agasajo, la culta Corporación aragonesa cooperó

eficacísimamente á mi futura labor científica, pues me equiparó

técnicamente con los micrógrafos extranjeros mejor instalados,

permitiéndome abordar, sin recelos y con la debida eficiencia, los

delicados problemas de la estructura de las células y del mecanismo

de su multiplicación.

Dejo apuntado ya que la referida investigación sobre el cólera me

trajo el gusto por la bacteriología y por el estudio de los problemas

patológicos. Muchas veces me he preguntado si no hubiera sido mejor

para mi porvenir moral y económico haber cedido á la sugestión de

la moda, abandonando definitivamente, á ejemplo de muchos, la célula

por el microbio. Ciertamente, no faltaban incentivos y razones para

justificar un cambio de frente. El camino histológico me condenaba

sin remisión á la pobreza, en compensación de la cual sólo brindaba,

si lo recorría con fortuna, el frío elogio ó la tibia y razonable

estima de dos ó tres docenas de sabios, harto más inclinados á

la emulación que al panegírico; mientras que el camino de la

bacteriología, menos trillado entonces y bordeado de tierras casi

vírgenes, prometía al investigador afortunado inagotables veneros

económicos, fama popular ruidosa, y acaso gloriosa epifanía. Ahí

estaban como ejemplos vivos y emulaciones soberanas esos bienhechores

de la humanidad, que antaño se llamaban Pasteur, Koch, Lister, y que

hoy se llaman Behring, Roux, Ehrlich, Löffler, Schaudin, Grassi,

Metchnikoff, etc.

Sin embargo, movido por mis inclinaciones, y sobre todo por motivos

de índole económica, escogí al fin la discreta senda histológica,

la de los goces tranquilos. Sabía bien que por angosta jamás podría

recorrerla en carroza; pero me sentiría dichoso asistiendo en mi

rincón, y en el olvido de todos, al espectáculo cautivador de la

vida animal íntima, y escuchando embelesado, desde el ocular del

microscopio, los rumores de la bulliciosa colmena que todos llevamos

dentro. En cuanto á la razón económica aludida, no es otra que lo

oneroso de los trabajos bacteriológicos.

La Histología es ciencia modesta y barata. Adquirido el microscopio,

redúcese el gasto á reponer algunos reactivos poco dispendiosos, y

á procurarse, de vez en cuando, tal cual rana, salamandra ó conejo.

Pero la Bacteriología es ciencia de lujo. Su culto requiere toda una

Arca de Noé de víctimas propiciatorias. Cada experimento encaminado

á fijar el poder patógeno de un germen, ó la acción de toxinas y

vacunas, exige una hecatombe de conejos, conejillos de Indias, á

veces de carneros y de mamíferos más corpulentos. Súmese á esto

el dineral que cuesta la cría y reposición de tantos animales de

experimentación, amén del gasto de gas indispensable al régimen de

autoclaves y estufas de esterilización é incubación.

Tal fué la consideración, harto prosaica y terrena, que me obligó á

guardar fidelidad á la religión de la célula y á despedirme con pena

del microbio, al cual sólo de tarde en tarde, con ocasión de análisis

periciales ó de investigaciones comprobatorias, me digné saludar,

penetrado de ese afecto respetuoso, no exento de envidia, con que

saludamos al amigo millonario, de quien nuestra inopia nos aleja

irremediablemente.

Regresado, pues, á Valencia en Octubre de 1885, continué entregándome

con pasión al análisis de los tejidos vivos. Fruto de aquella labor,

que se prolongó dos ó tres años (de 1885 á 1888) fueron varias

comunicaciones de Histología comparada concernientes: á la estructura

del cartílago, de la lente del cristalino, y, sobre todo, de la

fibra muscular de los insectos y de algunos vertebrados. Pecaría de

ingrato y olvidadizo si no consignara ahora que en la nomenclatura y

sistemática de los insectos y demás animales estudiados (batracios,

reptiles, etc.), prestáronme inestimable concurso el ilustre

naturalista Boscá, á la sazón Director del Jardín botánico de

Valencia, mi excelente amigo Arévalo Vaca, Catedrático de Historia

natural y el Dr. Guillén, distinguido médico naturalista[20].

[20] Aludo á las Memorias siguientes: _Fibras musculares de las

alas de los insectos_. _Boletín Médico valenciano_. Julio de

1887.--_Músculos de las patas de los insectos_. _Idem._ Agosto de

1887.--_Textura de la fibra muscular de los mamíferos_. _Idem._

Junio de 1887.--_Sobre los conductos plasmáticos del cartílago

hialino_. _Crónica Médica de Valencia_. 20 de Abril de 1887.

Ocupábame también por entonces en la publicación de una obra extensa

de _Histología y técnica micrográfica_, que salía por cuadernos. Su

impresión corría á cargo del activo editor valenciano D. Pascual

Aguilar, quien sin escatimar gastos había lanzado ya el primer

fascículo (comprensivo de la _Técnica micrográfica y Elementología_),

en Mayo de 1884[21].

[21] _Cajal_: _Manual de Histología normal y técnica

micrográfica._ Valencia. Editor: Pascual Aguilar, 1884-1888.

Sosteníanme en esta empresa varios motivos: el deseo de reunir en haz

todas las observaciones más ó menos originales recolectadas á campo

traviesa en los dominios histológicos; la conveniencia de disciplinar

mi desbordante curiosidad, moldeándola en las rigideces de un

programa fijado de antemano; y, sobre todo, el patriótico anhelo de

que viera la luz en nuestro país un tratado anatómico que, en vez de

concretarse á reflejar modestamente la ciencia europea, desarrollara

en lo posible doctrina propia, basada en personal investigación.

Sentíame avergonzado y dolorido al comprobar que los pocos libros

anatómicos é histológicos, no traducidos, publicados hasta entonces

en España, carecían de grabados originales y ofrecían exclusivamente

descripciones servilmente copiadas de las obras extranjeras.

En contraposición con tan bochornosa costumbre, hija de tradicional

pereza, mi libro había de contener solamente, según promesa solemne

del prólogo, grabados originales y conclusiones deducidas de

personales pesquisas. No me arredraban entonces la insuficiente

preparación científica ni la penuria bibliográfica. Daba por seguro

que, en mi impaciencia y aturdimiento de incipiente observador,

habría de incurrir inevitablemente en equivocaciones y temeridades;

mas, cegado por mi exaltación patriótica, prefería en todo caso el

error propio al error ajeno, la hipótesis estrafalaria concebida por

mí á la teoría ingeniosa, pero falsa ó insuficiente, sugerida por

otros. Que en mi actitud mental entraba por mucho la infatuación y

el orgullo... ¡quién lo duda! Pero este orgullo se coloreaba con los

matices simpáticos del amor á la raza. Hoy siéntome satisfecho de

aquellas gallardías. Que las cuestas á arriba hay que acometerlas á

todo vapor, aprovechando como combustible hasta las malas pasiones,

como sean dinamógenas. Y en la investigación científica la cuesta

es el empezar. Quédese el freno para más adelante, vencidas ya las

grandes resistencias.

Á la citada obra estuve ahincadamente consagrado desde 1884 á 1888.

Al acabarse, comprendía 203 grabados en madera, copiados de mis

preparaciones, y ejecutados por un excelente artista valenciano y

contaba con 692 páginas, de letra menuda. Agotada pronto la primera

edición, contra mis previsiones, hubo de imprimirse la segunda en

1893, cuando yo me había trasladado á la Universidad de Barcelona. El

editor Aguilar hizo, según noticias, un bonito negocio.

En vena de confidencias acerca de mis publicaciones de aquellos

tiempos, no debo omitir ciertos artículos de popularización

histológica que, bajo el título de _Las maravillas de la Histología_,

aparecieron en _La Clínica_[22], semanario profesional de

Zaragoza, dirigido por mi condiscípulo y amigo D. Joaquín Gimeno

Vizarra. Algunos de estos artículos, desbordantes de fantasía y

de ingenuo lirismo, fueron reproducidos y ampliados después en la

_Crónica de Ciencias Médicas de Valencia_. Firmábalos el doctor

_Bacteria_, pseudónimo _terrible_, que yo usaba para mis temeridades

filosofico-científicas y las críticas joco-serias. Dejando aparte el

estilo, inspirado en la manera frondosa y bejucal del gran Castelar

--¡estilo Castelar sin Castelar!--, alentaba en dichos trabajitos el

buen propósito de llamar la atención de los médicos curiosos sobre el

encanto inefable del mundo, casi ignoto, de células y microbios, y de

la importancia excepcional de su estudio objetivo y directo.

[22] _La Clínica_ (Zaragoza). Número del 22 de Julio de 1883 y

siguientes.

Al emborronar estas cuartillas tengo ante mí los precitados

artículos. Perdone el lector mi vanidad senil si declaro que ahora,

pasados treinta y tres años, hallo algún solaz en leer estas

fervorosas expansiones científico-literarias. Dejando á un lado

exageraciones de pensamiento é incorrecciones de forma, transciende

de ellas algo como un aroma confortador de confianza juvenil y

de fe robusta en el progreso social y científico. Hallo también

atrayente cierto sentimiento de curiosidad frescamente satisfecha, y

un fervor de pasión hacia el estudio de los arcanos de la vida, que

en vano buscaríamos hoy en los escritos primerizos de la ponderada,

equilibrada, circunspecta y financiera juventud intelectual.

Como muestra de mi estilo de entonces y de las ideas

filosofico-biológicas que me seducían, voy á transcribir aquí algunos

párrafos de los consabidos artículos de _La Clínica_.

Entre los espectáculos cautivadores que nos ofrece el microscopio,

enumeraba:

«La _contracción amiboidea_ ó protoplásmica, que permite al

leucocito errante abrir brecha en la pared vascular, desertando de

la sangre á las comarcas conjuntivas, á la manera del preso que

lima las rejas de su cárcel; los campos traqueales y laríngeos,

sembrados de _pestañas vibrátiles_ que, por virtud de secretos

impulsos, ondean, cual campo de espigas, al soplo de brisa vernal;

el incansable latigueo del zoospermo, corriendo desalentado hacia el

óvulo, imán de sus amores; la célula nerviosa, la más noble casta

de elementos orgánicos, extendiendo sus brazos de gigante, á modo

de los tentáculos de un pulpo, hasta las provincias fronterizas del

mundo exterior, para vigilar las constantes asechanzas de las fuerzas

fisico-químicas; el óvulo, con su sencilla y severa arquitectura,

guardando el secreto de las formas orgánicas y cuyo protoplasma se

asemeja á la nebulosa donde bullen en germen mundos innumerables,

que se desprenderán en futuros anillos; la geométrica arquitectura

de la _fibra muscular_ (especie de complicadísima pila de Volta),

donde, á semejanza de la locomotora, el calor se transforma en fuerza

mecánica; la _célula glandular_ que, por sencilla manera, fabrica los

fermentos de la química viviente, consumiendo generosamente su propia

vida en provecho de los demás elementos sus hermanos; las _células

adiposas_, modelo de economía doméstica, quienes en previsión de

futuras escaseces, reservan los alimentos sobrantes del festín de

la vida para utilizarlos en las huelgas orgánicas y en los grandes

conflictos nutritivos... Todos estos fenómenos, tan varios, tan

maravillosamente coordinados, atraen con seducción irresistible, y su

contemplación inunda nuestro espíritu de satisfacciones tan puras y

elevadas como perdurables.»

Para ver de cerca é intimar efusivamente con los protagonistas de

tan sorprendentes fenómenos, añadíamos: «Venid con nosotros al

laboratorio del micrógrafo. Allí, sobre la platina del microscopio,

desgarrad el pétalo de una flor, sin consideración á su hermosura ni

á su aroma: arrancad después una parcela de los tejidos animales;

disociadla sin piedad, aunque las fibras contráctiles palpiten y se

estremezcan al contacto de las agujas. Asomaos después á la ventana

del ocular, y... cosa notable, resultado estupendo, la hoja del

vegetal como el tejido del animal os revelarán por todas partes una

construcción idéntica: especie de colmena formada por celdillas y más

celdillas, separadas por una argamasa intersticial poco abundante,

y albergando en sus cavidades, no la miel de la abeja, sino la miel

de la vida, bajo la forma de una materia albuminoide, semisólida,

granulosa, cuyo seno encierra un pequeño corpúsculo: el núcleo.»

«Examinad ahora una gota de saliva, un poco del epitelio que cubre

vuestra lengua, una gota de vuestra sangre, el moho de las materias

orgánicas en descomposición, etc... y siempre la misma referida

arquitectura: células y más células, más ó menos transformadas,

repitiéndose con monotonía y uniformidad abrumadoras.»

«Esta tenacidad de composición de los tejidos orgánicos, en el

líquido como en el sólido, así en el músculo como en el nervio, en

el tallo como en la flor; esta repetición fastidiosa del mismo tema

estructural constituye la verdad primordial de la histología; el

hecho básico sobre que se funda la grandiosa y transcendental _teoría

celular_ de Schwann y de Virchow.»

Expongo después el aspecto fisiológico de tan soberana concepción, y

me pregunto: «¿Será posible que dentro de nuestro edificio orgánico

habiten innumerables inquilinos que se agitan febriles, á impulsos

de espontánea actividad, sin que nos percatemos de ello? ¿Y nuestra

tan decantada unidad psicológica? ¿En qué han venido á parar el

pensamiento y la conciencia con esta audaz transformación del hombre

en un polípero?... Cierto que pueblan nuestro cuerpo millones de

organismos autónomos, eternos y fieles compañeros de glorias y

fatigas, cuyas alegrías y tristezas son las nuestras; y cierto que

tan próximas existencias pasan desapercibidas del _yo_; pero este

fenómeno tiene fácil y llana explicación si consideramos que el

hombre siente y piensa por sus células nerviosas, y que el _no yo_,

el verdadero mundo exterior comienza ya para él en las fronteras de

las circunvoluciones cerebrales.» (Aquí late en germen y obscuramente

la hipótesis formulada después por Durand de Gross y Forel acerca

de la existencia de conciencias medulares y ganglionares múltiples,

ignoradas del yo, el cual representaría la conciencia privilegiada y

autocrática de las células cerebrales).

Harto influído por las ideas de Häckel y Huxley y por la poco

afortunada teoría del _plason_, de Claudio Bernard, me declaraba

partidario, en principio, de la generación espontánea, pese á los

experimentos de Pasteur, que hallaba concluyentes solamente por lo

que toca al origen de la vida actual.

«¡Quién sabe --exclamaba, lleno de ingenuo optimismo,-- si los sabios

del porvenir demostrarán algún día que el Génesis de la vida, que

las tradiciones de los pueblos nos pintan con poéticos colores cual

obra de un Creador omnipotente, surgida en el grandioso teatro de

una naturaleza virgen, bajo los rayos de un sol joven y como nunca

esplendente y entre los hosanas de los ángeles y querubines... quién

sabe, repito, si la ciencia logrará probar que la vida tuvo más

humildes orígenes, iniciándose en los tenebrosos senos del mar, sin

más protagonista que los átomos con su perpetuo palpitar, sin más

testigos que las fuerzas fisico-químicas!...»

En otro artículo señalo, acaso por primera vez, un concepto que ha

tenido después en Alemania sabios y autorizados intérpretes: el de la

concurrencia y lucha intercelular dentro del organismo.

«¿Quién osará negar que existe una severa competencia de carreristas

en los zoospermos, que, para dar cima al acto supremo de la

fecundación, vuelan en denso enjambre hacia el óvulo? Sólo uno

de ellos, el más fuerte, ó el más afortunado, sobrevivirá á la

destrucción irrevocable para sus compañeros más perezosos. No más él

rasgará el misterioso velo de la membrana vitelina, y se unirá al

fin, despojado de su cola degradante y en conjugación sublime, con

el núcleo femenino. De este ósculo de amor brotará la innumerable

progenie de células del organismo. Pero sólo aquel zoospermo

privilegiado alcanzará el alto honor de perpetuar la raza y de

conservar y transmitir, cual nueva vestal, el fuego sagrado de la

vida...»

Señalábamos después la rigurosa concurrencia nutritiva de las

células de un mismo tejido, las luchas homéricas libradas entre los

elementos semiasfixiados de los territorios inflamados, ó de los

elementos amenazados por la invasión de los tumores. Y, en fin,

independientemente de Metchnikoff, hablábamos «de las reacciones de

las células contra los gérmenes animales ó vegetales que pululan

por la atmósfera y penetran en el organismo; de la guerra incesante

librada entre lo pequeño y lo grande; entre lo visible y lo

invisible, etc.»

Mas para atenuar la crudeza de esta desconsoladora verdad (la lucha

universal), añadimos que «así como en toda nación civilizada la

concurrencia vital se extingue ó se atenúa en gran parte por la

división del trabajo, que hace á los ciudadanos solidarios en sus

intereses y aspiraciones, también en el estado orgánico, gracias á la

previsión de las células nerviosas y al citado reparto profesional

y, en fin, á la supresión del ocio y de la excesiva libertad

individual, etc., la lucha desaparece ó se dulcifica, mostrándose

no más cuando la alimentación comunal (de órganos ó células) se

compromete gravemente por causas interiores ó exteriores.»

En otro pasaje hacía notar, en coincidencia con muchos biólogos

y filósofos á quienes no había leído, que la naturaleza sólo se

preocupa de la vida de la especie. «Una existencia, por grande que

sea, aun realzada por el prestigio de la idea, aun ennoblecida por

los fulgores del genio, nada significa á los ojos de la Naturaleza.

Que todo un pueblo sucumba; que razas enteras sean aniquiladas en

la lucha por la vida; que especies zoológicas antes pujantes sean

inmoladas en la bárbara batalla, poco importa al principio director

del mundo orgánico... Lo importante es ganar la contienda, tocar la

meta final objeto de la evolución orgánica.»

¿Cuál es esta finalidad, caso de existir? ¡Profundo misterio!

En otro artículo nos consolábamos de la impenetrabilidad del tremendo

arcano y de la inexorabilidad de la muerte individual, proclamado la

eternidad y continuidad del protoplasma, es decir, de lo que, después

de nosotros, llamó Weissmann _plasma germinativo_.

«Consolémonos, considerando que si la célula y el individuo,

sucumben, la especie humana y, sobre todo, el _protoplasma_, son

imperecederos. El accidente muere, pero la esencia, ó sea la _vida_,

subsiste. Estimando el mundo orgánico como un árbol cuyo tronco

fué el primer protoplasma, cuyas ramas y hojas forman todas las

especies nacidas después por diferenciación y perfeccionamiento, ¡qué

importa que algunas ramitas se desgajen á impulsos del vendabal,

si el tronco y la matriz protoplasmática subsisten vigorosos;

prometiendo retoños de cada vez más hermosos y lozanos!... No hay,

pensándolo bien, organismos progenitores y producidos, ni individuos

independientes, ni vivos ni muertos, sino una sola _substancia_, el

protoplasma, que llena el mundo con sus creaciones, que crece, se

ramifica, se moldea temporalmente en individuos efímeros, pero que

nunca sucumbe. En nuestro ser se agita aún aquel viejo protoplasma

del _archiplason_ (es decir, la primera célula aparecida en el

cosmos), punto de partida quizás de toda la evolución orgánica.»

(Es curiosa la coincidencia de esta doctrina pseudopanteísta con

algunas lucubraciones posteriores de Weissmann, Le Dantec y otros).

«Este protoplasma llenó con sus creaciones el espacio y el tiempo;

él se arrastró en el gusano, vistióse de irisados colores en el

vegetal, adornóse con la radiante corona del espíritu en el mamífero.

Comenzó inconsciente y terminó consciente. Fué esclavo y juguete

de las fuerzas cósmicas y acabó por ser el látigo de la naturaleza

y el autócrata de la creación.» (Adviértanse también singulares

concordancias con las conocidas ideas de Schopenhauer y Hartmann,

Spencer, etc., á quienes no había leído todavía. ¿Es que llegó hasta

mí algún resumen de la filosofía de lo Inconsciente ya entonces

publicada? No lo recuerdo).

«¿Á dónde va la vida? nos preguntamos en otro pasaje del mismo

atrevido artículo. ¡Cualquiera lo sabe!... Pero entonces creíamos

probable que la evolución tiende á producir formas de cada vez

más perfectas, más progresivas, siquiera no viéramos muy claro el

concepto de perfección.»

«¿Ha llegado á la meta y agotado su fecundidad en el organismo

humano ó guarda en cartera proyectos de más elevados organismos, de

seres infinitamente más espirituales y clarividentes, destinados á

descorrer el velo que cubre las causas primeras, y acabando con todas

las obscuras polémicas de sabios y filósofos? (¿Quién no ve aquí en

esbozo la teoría del _superhombre_, defendida posteriormente por

Nietzsche?)»

«¡Quién sabe!... --continuábamos--. ¡Acaso ese protoplasma semidiós

fenecerá también, en aquel triste día apocalíptico, en que la

antorcha solar se apague, el rescoldo central de nuestro globo

se enfríe y no queden sobre su corteza sino fúnebres despojos é

infecundas cenizas!... ¡Día horrendo, soledad angustiosa, noche

obscurísima aquella en la cual se apague con la luz de nuestro

Universo la luz del pensamiento! ¡Pero no... esto es imposible!...

¡Aquel protoplasma soberano, cuyas creaciones abrumaron el espacio,

que taladró cordilleras, que transformó los mares y continentes,

que jugó con el viento, con el vapor y con el rayo, que esculpió

el planeta para hacer de él un palacio digno de su grandeza, y

subyugó las fuerzas naturales, convirtiéndolas en esclavos de sus

caprichos..., no puede morir!... Cuando nuestro miserable planeta

se fatigue y la fría vejez haya consumido el fuego de su corazón,

y la tierra se torne cual páramo helado, y el sol enrojecido y

muriente amenace sumirnos en tinieblas eternas..., el protoplasma

orgánico habrá tocado la perfección de su obra. ¡Entonces el rey de

la Creación abandonará para siempre la humilde cuna que meció su

infancia, asaltará audazmente otros mundos y tomará solemne posesión

del Universo!...»

¡Bien se ve que no había leído á Clausius ni conocía las fatídicas

predicciones de la termo-dinámica!... ¡Ante mi optimismo candoroso

quédase en mantillas el de Metchnikoff, quien en libro reciente

(_Estudios sobre la naturaleza humana_) sólo promete á la especie

humana, para cuando las _neuronas_ aprendan á defenderse mejor de

los _fagocitos_ y toxinas intestinales, una senectud tranquila,

plácida y exquisitamente adaptada á la idea de la muerte!...

Adelantándome en muchos años á las tan decantadas fantasías de Wells,

daba yo por misión fundamental de la evolución, la eternidad de la

vida y la conquista intelectual y material del Cosmos... _Excusez du

peu!..._

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2) · 第 8 / 58 题