CAPÍTULO II

Caigo enfermo con una afección pulmonar grave. -- Abatimiento y

desesperanza durante mi cura en Panticosa. -- Restablecimiento de

mi salud en San Juan de la Peña. -- La fotografía como alimento

de mis gustos artísticos contrariados. -- Contraigo matrimonio

y comienzan las preocupaciones de la familia, que en nada

menoscaban el progreso de mis estudios. -- Vaticinios fallidos

de mis padres y amigos con ocasión de mi boda. -- Mis primeros

ensayos científicos.

El deseo de juntar en un solo capítulo cuanto se refiere á mis

fracasos y éxitos como opositor, me han llevado á alterar el orden

cronológico de la narración. Necesito, pues, retroceder ahora en la

corriente de mis recuerdos y referir algunos hechos ocurridos en

el lapso de tiempo mediante entre 1878 y 1884, fecha de mi toma de

posesión de la Cátedra de Anatomía de Valencia.

Allá por el año de 1878, hallábame cierta noche en el jardín del

café de la Iberia, en compañía de mi querido amigo D. Francisco

Ledesma --abogado de talento y á la sazón capitán del Cuerpo de

Administración Militar--, jugando empeñada partida de ajedrez.

Cuando más absorto estaba meditando una jugada, me acometió de

pronto una hemoptisis. Disimulé lo mejor que pude el accidente, por

no alarmar al amigo, y continué la partida hasta su término. Con la

preocupación consiguiente, retiréme á casa. En el camino cesó casi

del todo la hemorragia. Nada dije á mi familia; cené poco; rehuí toda

conversación de sobremesa y acostéme en seguida. Al poco rato me

asaltó formidable hemorragia: la sangre, roja y espumosa, ascendía á

borbotones del pulmón á la boca, amenazándome con la asfixia. Avisé á

mi padre, que se alarmó visiblemente, prescribiéndome el tratamiento

habitual en casos tales.

La palidez y emaciación progresivas que había notado en su hijo desde

algunos meses atrás, en complicidad con los efectos del paludismo,

jamás completamente extirpados, le habían llevado á sospechar que se

preparaba gravísima infección. Naturalmente, mi padre no me expresó

de modo explícito su convicción, ni sus pesimísimos pronósticos; pero

yo los adiviné fácilmente, al través de su minucioso interrogatorio y

de sus frases artificiosamente confortadoras.

Además, un médico rara vez se hace ilusiones sobre su estado. Estaban

demasiado frescos en mi memoria los síntomas del terrible mal

aprendidos en los libros, así como las tristes imágenes de infelices

soldados que, después de su repatriación, morían en los hospitales

ó en el seno de sus familias, víctimas de la tisis traidoramente

preparada por el paludismo. Por otra parte, mi _hábito exterior_

no era para ilusionar á nadie: la fiebre alta consecutiva al

accidente hemorrágico, la disnea, la tos pertinaz, los sudores, la

demacración..., todos los rasgos de mi dolencia coincidían punto por

punto con aquellas deplorablemente exactas descripciones de las obras

patológicas. ¡Cuánto hubiera yo dado entonces por borrar las nociones

científicas aprendidas! ¡Qué pena ser médico y enfermo á la vez!...

Ello es que caí en un abatimiento y desesperanza que no había

conocido ni en los más graves episodios morbosos de mi estancia en

Cuba. Contribuyó también, sin duda, á mi desaliento el recuerdo,

harto vivo y punzante, de mi vencimiento en Madrid.

Me era imposible desterrar de mi espíritu la angustiosa idea de la

muerte. Aferrábase á mi sensibilidad exasperada con una obstinación

que rechazaba, _á priori_, los planes terapéuticos é higiénicos mejor

encaminados. Consideraba fenecida mi carrera, frustrado mi destino,

pura quimera el ideal de contribuir con algo al acervo común de la

cultura patria.

Reconocí, lleno de amargura, que el disparatado romanticismo

adquirido durante mi adolescencia con las lecturas de Chateaubriand,

Lamartine, Victor Hugo, Lord Byron y Espronceda, me había asesinado.

Á causa de ellas, había consumido sandiamente todo el rico patrimonio

de energía fisiológica heredado de mis mayores. En mi desesperación,

volvíme misántropo y llegué á menospreciar las cosas más santas y

venerables...

Dos meses después pude, sin embargo, abandonar el lecho, pero sin

alegría y sin ilusiones. «Esto es una tregua --me decía--, no una

resurrección. Volverán nuevos ataques y con ellos el ineluctable

desenlace...»

Sólo la religión me hubiera consolado. Por desgracia, mi fe había

sufrido honda crisis con la lectura de los libros de filosofía.

Ciertamente, del naufragio se habían salvado dos altos principios:

la existencia del alma inmortal y la de un ser supremo rector del

mundo y de la vida. Pero la especie de estoicismo á lo Epicteto y

Marco Aurelio, que yo profesaba entonces (si verdaderamente profesaba

alguna filosofía), no transcendía del mundo del pensamiento á la

esfera de la voluntad. El instinto vital, esencialmente egoísta,

se revelaba contra las consecuencias prácticas de una concepción

filosófica, que pone la dicha en la serena resignación al destino y

en la ciega obediencia á las leyes naturales.

«Admito --me decía-- que el viejo, y más si es filósofo, muera

impasible y resignado; la muerte llega en sazón, cumplido el fin

primordial de la vida, labrado un modesto sillar en el luminoso

templo del espíritu.» Por lo cual comprendía bien que Epicuro

anciano, atormentado por el mal de piedra, y sobreponiéndose á sus

torturas, escribiera á su amigo Idomeneo estas palabras, donde

resplandece noble y consolador orgullo: «Hallándome en el feliz y

último día de mi vida, y aun ya muriendo, os escribimos así: tanto es

el dolor que nos causan la estranguria y la disentería, que parece

no puede ser ya mayor su vehemencia. No obstante, se compensa de

algún modo con la recordación de nuestros inventos y raciocinios»[10].

[10] _Diógenes Laercio_: Traducción de Ortiz y Sanz, 1887.

¿Dónde estaban mis invenciones para consolarme? Ni ¿cómo aceptará

resignado la muerte quien, por no haber en realidad vivido, no deja

rastro de sí ni en los libros ni en las almas? Esta idea de la

irremediable inutilidad de mi existencia sumergíame en angustiosa

zozobra.

Más sereno y alentado que yo, mi padre concibió esperanzas de

curación, al advertir en mi dolencia los primeros tenues signos

de alivio. Para promoverla y consolidarla, me envió, llegado el

verano, á los tan acreditados baños de Panticosa. Deseaba que, una

vez tomadas las aguas, permaneciera yo un mes ó dos, en compañía de

mi hermana, instalado en la cima del famoso Monte Pano, en San Juan

de la Peña, donde existe un convento semiarruinado, habitado por

pastores y rodeado de bosques seculares. El programa, como vamos á

ver, cumplióse en todas sus partes.

En Panticosa comencé á reaccionar algo contra mi desaliento. Sin

embargo, de vez en cuando, sufría crisis de negra tristeza á lo

Leopardi. El sentimentalismo de mi adolescencia tuvo por aquel tiempo

peligrosos retoñamientos. Unas veces, escribía versos henchidos de

necios é impíos apóstrofes; otras, inspirado en ideas casi suicidas,

ascendía renqueando y febril á los picachos próximos al balneario,

y me abismaba en la contemplación de aquel cielo azul, casi negro

en fuerza de la pureza del aire, y en donde en breve --pensaba yo--

habría de perderse para siempre mi alma errante. Recuerdo que una

tarde, presa de mis raptos macabros, escalé cima elevada, á la que

llegué sin resuello y casi desfalleciente; y tumbado sobre una peña,

concebí el propósito de dejarme morir de cara á las estrellas, lejos

de los hombres, sin más testigos que las águilas, ni más sudario que

la próxima nevada otoñal. ¡Qué delirios!...

Pero aquella muerte poética y romántica que yo apetecía (ó fingía

apetecer, por puro diletantismo morboso, porque realmente de aquellos

nebulosos estados de conciencia no me doy cuenta ahora claramente)

no acababa de llegar. Y cosa singular, cuantas más atrocidades

cometía menos grave me encontraba. Cesaron las hemoptisis; disminuía

la fiebre; abonanzaba el estado general; en fin, mis pulmones y

músculos, sometidos á pruebas bárbaras, funcionaban de cada vez

mejor. Estaba visto, que no se muere cuando se piensa. Á lo mejor,

el caballo que creíamos apocado y débil resulta más animoso que

el jinete, á quien suele dar elocuentes lecciones de discreción y

cordura. Poco á poco, la convicción de la vida se abrió paso en mi

corazón y en mi espíritu.

Aparte la incuestionable mejoría, contribuyó no poco á darme ánimos

el sugestivo y admirable espectáculo de la tranquilidad de los

tuberculosos. Sabido es que el valor y la alegría son esencialmente

contagiosos. Ninguno de aquellos tísicos, la mayoría jóvenes como

yo, confesaba su mal; antes bien, afirmaban, impertérritos, ser

simples catarrosos ó padecer del estómago. Algunos decían acudir al

balneario sin necesidad, por puro agradecimiento á las milagrosas

aguas; palabras de seguridad que resultaban amargamente irónicas al

contemplar el amoratado círculo de los hundidos ojos y las febriles

rosetas de las mejillas. Aun los postrados en el lecho, mostrábanse

en su mayoría satisfechos, pareciendo abrigar la firme creencia en

próxima curación.

Recuerdo á este propósito la respuesta de una señorita muy discreta

de Cervera, á quien conocía yo por haber sido, durante mi estancia en

Cataluña, varias veces alojado en su casa. Sorprendido al contemplar

los estragos que la traidora enfermedad había causado en su hermoso

rostro, la pregunté, harto indiscretamente, cómo iba de salud.

--Yo, muy bien, gracias á Dios --contestó--. Por fortuna no tengo

nada. Si vengo á estas aguas es por acompañar á mi padre, que padece

un catarro crónico. Tan buena me encuentro, que dentro de dos meses

pienso casarme con L. (un propietario muy honorable de la localidad).

Meses después supe que la valerosa doncella, cuya boda parecía tan

próxima, había fallecido por consunción. Y es que la mujer tiene para

la enfermedad una entereza de que carecemos los hombres. El instinto

le da increíble fortaleza. Sabe ó adivina que la belleza es el

resplandor de la salud, y oculta con exquisito pudor, y á veces con

sutilísimos ardides, sus íntimas dolencias.

[Ilustración: Monasterio viejo de San Juan de la Peña. La famosa

cueva contemplada á vista de pájaro (fotografía hecha por el autor

con placas de su fabricación).]

[Ilustración: Bosque de pinos situado en la cima del Monte Pano, en

donde convalecí de la tuberculosis (fotografía hecha por el autor).]

La afabilidad de los tuberculosos y, sobre todo, el tranquilo valor

de la tísica de Cervera, acabaron por avergonzarme. Resolví desde

entonces no estar enfermo. Sobreponiéndose autocráticamente á mis

pulmones, mi cerebro decretó que todo era aprensión injustificada. Se

acabaron para mi las meticulosidades del régimen, las prescripciones

de la higiene y de la farmacopea. En mi desprecio por la terapéutica,

suspendí definitivamente la bebida de la famosa agua nitrogenada,

é hice vida absolutamente normal. Ciertamente, mis pulmones

refunfuñaban algo; pero yo juré no hacerles caso. ¡Allá ellos! Y me

entregué al dibujo, á la fotografía, á la conversación y al paseo,

como si tuviera ante mí un programa de vida y de acción inacabable.

Cuando, de regreso del balneario, pasé por Jaca y me instalé con mi

hermana en el monasterio nuevo de San Juan de la Peña, hallábame

sumamente animado y con todos los signos de una franca convalecencia.

Lo apacible y pintoresco del lugar; una alimentación suculenta á

base de carne y leche; giras diarias por los bosques circundantes;

interesantes visitas al viejo monasterio de la Cueva, donde duermen

su eterno sueño los antiguos monarcas de Aragón; excursiones

fotográficas á los alrededores de la montaña y á la cercana aldea

de Santa Cruz de la Serós, etc..., acabaron por traerme, con la

seguridad de vivir, el vigor del cuerpo y la serenidad del espíritu.

Héteme, pues, reintegrado al cauce de la existencia, con sus

inquietudes y batallas. ¡Aún no era tiempo!...

Grandes médicos son el sol, el aire, el silencio y el arte. Los dos

primeros tonifican el cuerpo; los dos últimos apagan las vibraciones

del dolor, nos libran de nuestras ideas, á veces más virulentas que

el peor de los microbios, y derivan nuestra sensibilidad hacia el

mundo, fuente de los goces más puros y vivificantes.

Considero que la fotografía, de que era yo entonces ferviente

aficionado, cooperó muy eficazmente á distraerme y tranquilizarme.

Ella me obligaba á continuado ejercicio, y, proponiéndome á diario

la ejecución de temas artísticos, sazonaba la monotonía de mi retiro

con el placer de la dificultad vencida y con la contemplación de los

bellos cuadros de una naturaleza variada y pintoresca.

Estas aficiones al arte de Daguerre habían nacido años antes, en

la época del _colodion_ heróico, y su cultivo vino á ser como una

compensación feliz, destinada á satisfacer tendencias pictóricas

definitivamente defraudadas por consecuencia de mi cambio de rumbo

profesional. Porque sólo el objetivo fotográfico puede saciar el

hambre de belleza plástica de quienes no gozaron del vagar necesario

para ejercitar metódicamente el pincel y la paleta.

Más tarde, casado ya, llevé mi culto por el arte fotográfico hasta

convertirme en fabricante de placas al _gelatino-bromuro_, y me

pasaba las noches en un granero vaciando emulsiones sensibles,

entre los rojos fulgores de la linterna y ante el asombro de la

vecindad curiosa, que me tomaba por duende ó nigromántico. Esta

nueva ocupación, tan distante de mi devoción hacia la Anatomía, fué

consecuencia de las insistentes demandas de los profesionales de la

fotografía. Desconocíanse por aquella época en España las placas

ultrarrápidas al gelatino-bromuro, fabricadas á la sazón por la

casa Monckoven, y que costaban, por cierto, sumamente caras. Había

yo leído en un libro moderno la fórmula de la emulsión argéntica

sensible, y me propuse fabricarla para satisfacer mis aficiones á

la fotografía instantánea, empresa inabordable con el engorroso

proceder del _colodion húmedo_. Tuve la suerte de atinar pronto con

las manipulaciones y aun de mejorar la fórmula de la emulsión; y

mis afortunadas instantáneas de lances del toreo, y singularmente

una, tomada del palco presidencial cuajado de hermosas señoritas

(tratábase de cierta corrida de beneficencia, patrocinada y presidida

por la aristocracia aragonesa), hicieron furor, corriendo por los

estudios fotográficos y alborotando á los aficionados. Mis placas

rápidas gustaron tanto, que muchos deseaban ensayarlas.

Sin quererlo, pues, me ví obligado á fabricar emulsiones para

los fotógrafos de dentro y fuera de la capital, instalando

apresuradamente un obrador en el granero de mi casa y convirtiendo

á mi mujer en ayudante. Si en aquella ocasión hubiera yo topado

con un socio inteligente y en posesión de algún capital, habríase

creado en España una industria importantísima[11] y perfectamente

viable. Porque, en mis probaturas, había dado yo, casualmente, con un

proceder de emulsión más sensible que los conocidos hasta entonces,

y por tanto, de facilísima defensa contra la inevitable concurrencia

extranjera. Por desgracia, absorbido por mis trabajos anatómicos y

con la preparación de mis oposiciones, abandoné aquel rico filón que

inopinadamente se me presentaba.

[11] Todas las fábricas que se han instalado después en España

sobre la base de grandes capitales, con ingenieros extranjeros

al frente, han fracasado lastimosamente. Estas iniciativas,

laudables en principio, puesto que tiran á rescatar para España

las docenas de millones de francos que nos cuesta la compra en el

extranjero de placas fotográficas, han venido demasiado tarde.

Sin fábricas nacionales de cristal ni de productos químicos, y lo

que es más grave, sin patentes de invención de ninguna especie,

se ha querido luchar con las excelentes marcas extranjeras de

Lumière y Jougla, casas que, en virtud de incesantes trabajos

de investigación, han elevado sus placas al último grado de

perfección y fijado precios sumamente moderados.

Allá á fines del 79, cuando, olvidado de mis achaques, acababa

de obtener la plaza de _Director del Museo Anatómico_, tomé la

resolución de casarme, contra la opinión de mis padres y de los

amigos, que presagiaban un desastre. Para un soñador impenitente,

despreciador del vil metal y de todos los prejuicios sociales, claro

es que mi matrimonio debía indefectiblemente constituir un enlace

romántico.

He aquí cómo conocí á mi futura: De vuelta de un paseo por Torrero,

encontré cierta tarde á una joven de apariencia modesta, acompañada

de su madre. Su rostro, sonrosado y primaveral, asemejábase al de las

madonas de Rafael, y aún mejor, á cierto cromo-grabado alemán que

yo había admirado mucho y que representaba la Margarita del Fausto.

Me atrajeron, sin duda, la dulzura y suavidad de sus facciones, la

esbeltez de su talle, sus grandes ojos verdes encuadrados de largas

pestañas y la frondosidad de sus cabellos; pero me sedujo más que

nada cierto aire de infantil inocencia y de melancólica resignación

desprendido de toda su persona. Seguí á la joven desconocida hasta

su domicilio; averigüé que era huérfana de padre --un modesto

empleado--, y que se trataba de una muchacha honrada, modesta y

hacendosa. Y entablé relaciones con ella. Tiempo después, sin que

los consejos de la familia fueran poderosos á disuadirme, contraje

matrimonio, no sin estudiar á fondo la psicología de mi novia, que

resultaba ser, según yo deseaba, complementaria de la mía.

Mi resolución, comentada por los camaradas en tertulias y cafés, fué

unánimemente calificada de locura. Ciertamente, mirado el acto desde

el punto de vista económico, podía significar un desastre. Valor se

necesitaba, en efecto, para fundar una familia cuando todo mi haber

se reducía al sueldo de 25 duros al mes, y á los 8 ó 10 más, á lo

sumo, granjeados por mis repasos de Anatomía é Histología. Así es

que la boda se celebró casi en secreto; no quise molestar á los

parientes ni amigos con andanzas que sólo interesaban á mi persona.

Recuerdo que cierto compañero, extrañado de verme entrar con tanto

heroísmo en el azaroso gremio de los padres de familia, exclamó: «¡El

pobre Ramón se ha perdido para siempre! ¡Adiós estudio, ciencia y

ambiciones generosas!»

Fatídicos eran los presagios: mi padre vaticinaba mi muerte en breve

plazo; los amigos me daban por definitivamente fracasado.

Y en principio, mis censores discurrían atinadamente. Es

incuestionable que, en la mayoría de los casos, la vanidad

femenil, junto con las necesidades y afanes del hogar, acaparan

financieramente toda la actividad mental del esposo, á quien se

impone, con todo su desolador prosaísmo, el conocido _primum

vivere_... Mas en los negocios humanos es preciso, para acertar,

fijarse, más que en las reglas, en las condiciones individuales, en

las tendencias y sentimientos íntimos. Olvidamos á menudo que, en la

sociedad conyugal, al lado de factores económicos, actúan también

resortes éticos y sentimentales decisivos, á cuyo influjo prodúcense

impensadas y casi siempre felices metamorfosis de la personalidad

física y moral de los esposos. En virtud de estas transformaciones

mentales y de la consiguiente integración de actividades, la sociedad

conyugal constituye una personalidad superior, capaz de crear valores

intelectuales y económicos enteramente nuevos ó apenas latentes en

los sumandos.

Por no haber tenido en cuenta estos factores, fallaron de medio á

medio las profecías de los amigos. Físicamente, mejoré á ojos vistos,

reconociendo todos que, desde mi regreso de Cuba, jamás fué mi estado

tan satisfactorio. Mi mujer, con una abnegación y una ternura más

que maternales, se desvelaba por cuidarme y consolidar mi salud.

En cuanto al tan cacareado abandono del estudio y de toda ambición

elevada, bastará hacer notar que años siguientes, y cuando ya tenía

dos hijos, publiqué mis primeros trabajos científicos y gané por

oposición la cátedra de Anatomía de Valencia.

La armonía y la paz del matrimonio tienen por condición inexcusable

el que la mujer acepte de buen grado el ideal de la vida perseguido

por el marido. Por consiguiente, malógranse la dicha del hogar y

las más nobles ambiciones cuando la compañera se erige, según vemos

á menudo, en director espiritual de la familia, y organiza por sí

el programa de los trabajos y aspiraciones de su cónyuge. Bajo este

aspecto, debo confesar que jamás tuve motivo de disgusto.

Lejos de lamentar, según les ha ocurrido á muchos aficionados á

la ciencia ó al arte en España[12], esa derivación casi exclusiva

de las rentas hacia las disipaciones y vanidades del vestir, del

teatro ó del lujo doméstico, sólo hallé en mi compañera facilidades

para costear y satisfacer mis aficiones y continuar mi carrera. No

hubo, pues, dinero para perifollos, teatros, coches y veraneos,

pero sí para libros, Revistas y objetos de Laboratorio. Y aunque

estos elogios parezcan extraños y aun inconvenientes en mi pluma,

complázcome en declarar, que no obstante una belleza que parecía

invitarla á lucir en visitas, paseos y recepciones, mi esposa se

condenó alegremente á la obscuridad, permaneciendo sencilla en sus

gustos, y sin más aspiraciones que la dicha tranquila, el buen

orden en la administración del hogar y la felicidad del marido y de

sus hijos. Que, dados mi carácter y tendencias, mi elección fué

un acierto, reconociéronlo pronto mis progenitores, singularmente

mi madre, que acabó por querer sinceramente á su nuera, con quien

compartía tantas virtudes domésticas y tantas analogías de gustos y

carácter.

[12] Á esto aludo particularmente en mi libro _Reglas y consejos

sobre la investigación biológica_, 4.ª edición, pág. 154 y

siguientes.

Digamos ahora algo de mis primeras producciones científicas. Según es

de presumir, tales ensayos (en número de dos, publicados en Zaragoza

en folleto aparte), fueron bastante flojos.

El primero de ellos, intitulado: _Investigaciones experimentales

sobre la inflamación en el mesenterio, la córnea y el cartílago_,

apareció en 1880, ilustrado con algunos grabados litográficos que

ejecuté yo mismo[13], falto de recursos para pagar el trabajo de un

artista. Discutíase entonces con calor entre los anatomo-patólogos

la cuestión del mecanismo íntimo de la inflamación, y singularmente

el interesante problema del origen de los glóbulos de pus. La

mayoría de los sabios, siguiendo á Virchow, admitían que estas

células provienen de la multiplicación de los elementos conectivos

del tejido inflamado; los menos, inspirados en los trabajos de

Cohnheim, preferían considerar aquellos glóbulos como leucocitos

emigrados de la sangre. Deseando formar opinión personal sobre el

asunto, examiné experimentalmente el tema debatido, reproduciendo

y analizando esmeradamente los famosos experimentos de Cohnheim

sobre el mesenterio inflamado de la rana curarizada. Por desgracia,

estaba yo entonces harto influído por las ideas de Duval, Hayem

y otros histólogos franceses (que negaban la diapédesis de los

glóbulos blancos) y fuí arrastrado á una solución sincrética ó de

transacción, errónea conforme suelen ser en ciencia casi todas las

opiniones diagonales. Proclamé, pues, la doctrina de Virchow tocante

al origen de los glóbulos de pus y células conectivas embrionarias

de la cicatriz, y reputé el fenómeno de la emigración de los

leucocitos, no cual proceso constante de la flogosis, sino como un

episodio extraordinario, acaecido solamente cuando los tejidos sufren

accidentalmente tracciones ó graves deterioros mecánicos.

[13] Á fin de ilustrar económicamente mis folletos, estudié

prácticamente el manejo del lápiz y buril litográficos. Todas

mis publicaciones de Zaragoza y Barcelona (1880 á 1890) llevan

anejos grabados litográficos de mi cosecha. Tan aficionado

era á este proceder de reproducción, que llegué á aplicar la

fotografía al arte litográfico, obteniendo resultados aceptables.

Los zaragozanos contemporáneos míos acaso recuerden una hoja

periodística extraordinaria, conmemorativa de la concesión del

ferrocarril de Zaragoza á Canfranc, algunos de cuyos dibujos,

hechos á pluma y debidos á Pradilla y otros insignes artistas

aragoneses, fueron reproducidos fotolitográficamente por mí.

Prescindiendo de la tesis principal, contiene este folleto bastantes

detalles nuevos acerca de las modificaciones de las células de

los tejidos inflamados (córnea, cartílago, mesenterio); se señala

en él por primera vez la capacidad fagocítica de las plaquetas de

la sangre; se estudian prolijamente las alteraciones del cemento

inter-epitelial del peritoneo y de los capilares, etc.; pequeñas

novedades que, al igual de todo lo que dí á la estampa por aquellos

tiempos, pasaron absolutamente desapercibidas de los sabios. Ni podía

ocurrir otra cosa escribiendo en español, lengua desconocida de los

investigadores, y haciendo tímidas ediciones de 100 ejemplares, que

se agotaban rápidamente en regalos á personas ajenas á mis aficiones.

De todos modos, con el olvido de estas menudas aportaciones, no se

perdió cosa mayor.

De más enjundia y de sabor más severamente objetivo fué mi

segundo trabajo, aparecido también en Zaragoza bajo el título de

_Observaciones microscópicas sobre las terminaciones nerviosas en

los músculos voluntarios_, é ilustrado con dos láminas litografiadas

iluminadas á mano. En esta monografía se explora, con los métodos

entonces en boga (el del cloruro de oro y el del nitrato de plata

ordinario), el modo de terminar las fibras nerviosas sobre los

músculos estriados de los batracios, confirmando en principio las

descripciones, entonces muy discutidas, de Krause y Ranvier[14].

Como positiva contribución al conocimiento del tema, descríbense en

dicho folleto algunos tipos nuevos de arborización nerviosa terminal

(cuatro variedades); se expone un interesante perfeccionamiento

del método de Cohnheim al nitrato de plata (tratamiento previo de

los músculos por el agua acetificada) y se aplica, en fin, por

primera vez, al teñido del sistema nervioso periférico el nitrato

argéntico amoniacal, reactivo que, andando el tiempo y en las manos

de Fajersztajn y Bielschowsky, había de ser fundamento de valiosos

métodos de impregnación de las fibras y células nerviosas.

[14] Estos tipos fueron más tarde considerados como fruto de

propias investigaciones por Dogiel, profesor de San Petersburgo

que, naturalmente, desconocía nuestro trabajo. Véase:

_Dogiel_: Methylenblautinction der motorischen Nervenendigungen

in den Muskeln der Amphibien und Reptilien, _Arch. für mikros.

Anat._, Bd. XXXV, 1890.

También Cuccati confirma inconscientemente algunas de nuestras

descripciones: _Intern. Monatssch. f. Anat. u. Physiol._, Bd. X,

1888.

No obstante la mediocridad de los resultados, dichos ensayos de

labor inquisitiva fueron para mí muy educadores. Me trajeron el

conocimiento de mí mismo y el conocimiento de la psicología de los

sabios.

Claro es que yo me adjudicaba, _à priori_, con mucho de petulancia y

presunción, algunas aptitudes para la investigación científica; que

sin cierta inmodestia, ó dígase confianza excesiva en las propias

fuerzas, nadie acomete empresa de importancia. Pero, después de

aventurarme en el examen objetivo de los problemas biológicos

creció la fe en mí mismo, porque me pareció que se confirmaban _à

posteriori_ las cualidades presupuestas, entre las cuales (todas,

naturalmente, de orden secundario, pero adecuado para la labor

emprendida) descollaban: paciencia rayana en la obstinación para

el adueñamiento de los métodos histológicos; destreza y maña para

reemplazar disposiciones experimentales costosas con sencillos é

improvisados artilugios; continuidad y celo infatigables para la

observación de los hechos, y, en fin, la mejor de todas, flexibilidad

para cambiar bruscamente de opinión y corregir errores y ligerezas.

Además, aquella labor que mis camaradas estimaban aburrida,

representaba para mí la más atrayente de las distracciones. Asomado

ansiosamente al ocular, transcurrían rápidas las veladas invernales,

sin echar de menos teatros y tertulias. Recuerdo que una vez me pasé

sobre el microscopio veinte horas seguidas, avizorando los gestos de

un leucocito moroso, en sus laboriosos forcejeos para evadirse de un

capilar sanguíneo.

Pero como antes decía, no sólo trabé conocimiento conmigo mismo,

sino también con los sabios; porque nada permite calar más hondo

en el espíritu del investigador que el confrontar severamente su

interpretación personal con la realidad misma, siguiendo de cerca

los pasos y rodeos de aquél al través de los obstáculos é insidias

con que la naturaleza parece defenderse de la humana curiosidad.

En este cotejo entre el modelo y la copia, se hacen patentes la

finura intelectual, la extensa cultura, los ardides metodológicos,

á veces los atisbos geniales; pero se reconocen también los

prejuicios, descuidos y equivocaciones del hombre de ciencia. Una

vez demostrados, estos pequeños errores resultan utilísimos, ya

que poseen la virtud de sacudir el apocamiento y la inercia del

principiante, á quien infunden esa ciega confianza en las propias

aptitudes á que antes aludía. De la compulsa general efectuada

entre los libros y las cosas, saqué entonces la conclusión de que

los sabios --exceptuadas las escasas cabezas geniales-- son hombres

como todos los demás, sin otra ventaja que el haberse preparado

adecuadamente para la investigación al lado de maestros ilustres y al

calor comunicativo de las escuelas científicas.

Pero el fruto más preciado obtenido de los consabidos ensayos

experimentales, así como del conjunto de mis observaciones

histológicas de entonces, fué la profunda convicción de que la

naturaleza viva, lejos de estar agotada y apurada, nos reserva á

todos, grandes y chicos, áreas inacabables de tierras ignotas; y que,

aun en los dominios al parecer más trillados, quedan todavía muchas

incógnitas por despejar.

No llegaba, empero, mi optimismo hasta el punto de olvidar las

dificultades de la empresa y desconocer mi escasa preparación para

acometerla. Á pesar de mi juvenil presunción, reconocí pronto alguno

de mis defectos: urgía ampliar y modernizar mis conocimientos en

física y otras ciencias naturales; apagar simpatías teóricas y

encariñamientos hacia las propias hipótesis; refrenar la natural

propensión á publicar antes de tiempo, interpretando precipitadamente

los hechos, sin apurar antes y discutir rigurosamente todas las

posibilidades; y, sobre todo, acrecentar suficientemente mi caudal

bibliográfico, á fin de evitar la amarga decepción que produce el

tomar como propia cosecha el fruto del ajeno trabajo.

Á corregir esta última deficiencia, que me preocupaba realmente

--faltas como estaban y están todavía las Universidades españolas

de colecciones de Revistas extranjeras--, respondieron nuevos

sacrificios pecuniarios. Aumenté la lista de mis suscripciones

con dos más: la del _Journal de l´Anatomie et de la Physiologie_,

publicado en París por el profesor Robin, que resumía las conquistas

micrográficas de la ciencia francesa; y la del _Archiv für

mikroskopische Anatomie und Entwicklungsgeschichte_, publicación

lujosa, adornada con admirables cromolitografías, dirigida por el

ilustre W. Waldeyer, de Berlín, y donde veían la luz las más valiosas

contribuciones de los histólogos y embriólogos alemanes, rusos y

escandinavos.

[Ilustración: El autor en 1884, recién trasladado á la cátedra de

Anatomía de Valencia.]

Comprendí también que, á más de los libros de texto, debía adquirir

y estudiar esas monumentales monografías, realzadas por moderna y

puntual bibliografía, escritas por sabios afamados ó por una reunión

de investigadores eméritos. El modelo, por entonces, de esta clase

de extensos Tratados, preciosos para el aficionado al Laboratorio,

estaba representado por el _Handbuch der Lehre von den Geweben_, del

profesor Stricker; cada uno de sus capítulos corría á cargo de un

especialista renombrado. Á esta misma categoría pertenecían también

los admirables libros de Ranvier, titulados _Leçons sur le système

nerveux_ (dos tomos)[15] y sus _Leçons d’Anatomie générale_[16],

así como los bien documentados Tratados de Schwalbe acerca del

sistema nervioso (_Lehrbuch der Neurologie_) y los órganos de los

sentidos (_Anatomie der Sinnesorgane_). Y no cito otras muchas obras

histológicas, fisiológicas y anatómicas por temor á la prolijidad y

porque, además, no tuvieron para mí la eficacia cultural y educativa

de las nombradas.

[15] _Ranvier: Leçons sur l’histologie du système nerveux._ Deux

volumes, recueillies par Weber. París, 1878.

[16] _Ranvier: Leçons d’Anatomie générale faites au Collège de

France_, année 1878-1879.

_Idem: Terminaisons nerveuses sensitives. Cornée._ Leçons

recueillies par Weber, 1881.

_Idem: Appareils nerveux terminaux des muscles de la vie

organique_, etc. Leçons recueillies par Weber et Lataste. París,

1880.

_Idem: Leçons sur le système musculaire_, recueilles par Renaut.

Cito menudamente libros monográficos del ilustre histólogo

francés, porque fueron, junto con el admirable _Traité technique

d’Histologie_, ya mencionado más atrás, las obras que más

influyeron en mi educación micrográfica. En ellas el profesor

del Colegio de Francia no se limitaba á describir los hechos

observados, sino que daba puntual y clarísima noticia de los

procederes prácticos utilizados para la demostración. Para quien

trabaja solo, libros semejantes son preciosísimos, porque hacen

menos sensible la falta de la acción directa del maestro.

Cuando á fines del año 1885 me disponía á trasladarme á Valencia, mi

familia había aumentado con dos hijos y estaba á punto de nacerme

otro. Se ve, pues, que los hijos de la carne y los hijos del

espíritu surgían á la par. Pero los segundos jamás perjudicaron á

los primeros. Si cada recién nacido trae bajo el brazo, según dicho

vulgar, una hogaza, cada monografía publicada aportaba, con las

nobles satisfacciones del espíritu, el pan material de la existencia.

Ellas me dieron reputación de trabajador y estudioso --únicos

méritos que no se regatean porque no dan envidia-- y contribuyeron á

sustentar y elevar el crédito de mi modesta Academia de Anatomía é

Histología. Ellas, en fin, con mis libros posteriores, me granjearon

después en Madrid valiosas simpatías y aprobaciones.

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2) · 第 7 / 58 题