Decidido á seguir la carrera del profesorado, me gradúo de doctor
y me preparo para oposiciones á cátedras. -- Iniciación en los
estudios micrográficos. -- Fracaso previsto de mis primeras
oposiciones. -- Los vicios de mi educación intelectual y social.
-- Corregidos en parte, triunfo al fin, obteniendo la cátedra de
Anatomía descriptiva de la Universidad de Valencia.
Nada digno de contarse ocurrió durante los años 1876 y 1877. Continué
en Zaragoza estudiando Anatomía y Embriología, y en los ratos libres
ayudaba á mi padre en el penoso servicio del Hospital, supliéndole en
las guardias y encargándome de las curas de algunos de sus enfermos
particulares de cirugía. Porque dejo apuntado ya que mi progenitor
había adquirido sólida fama en esta especialidad, operaba mucho y, no
obstante su actividad infatigable, faltábale tiempo para acudir á su
numerosa clientela.
Mis aspiraciones al Magisterio (más que sentidas espontáneamente,
sugeridas de continuo por mi padre) me obligaron á graduarme de
doctor. Táctica excelente hubiera sido haber cursado oficialmente en
Madrid las tres asignaturas cuya aprobación era entonces obligatoria
para alcanzar la codiciada borla doctoral (_Historia de la Medicina_,
_Análisis química_ é _Histología normal y patológica_). Mi
estancia durante un año en la Corte habríame reportado positivas é
inapreciables ventajas: hubiera conocido personalmente á algunos de
mis futuros jueces; asistido á ejercicios de oposición, á fin de
enterarme del aspecto técnico y artístico de semejantes certámenes; y
adquirido, en cuanto mi natural, un tanto rudo y arisco, consintiese,
ese barniz de simpático despejo y de urbana cortesía que tanto
realzan al mérito positivo. Pero mi padre, temeroso sin duda de que,
lejos de su vigilancia, reincidiese en mis devaneos artísticos --y
quizás tenía razón-- resolvió matricularme libremente en las citadas
asignaturas, reteniéndome en Zaragoza. Para el estudio de la _Química
analítica_ confióme á la dirección de D. Ramón Ríos, farmacéutico
muy ilustrado y á la sazón encargado de una fábrica muy acreditada
de productos químicos. En cuanto á la _Historia de la Medicina_
y á la _Histología normal y patológica_, debía asimilármelas
autodidácticamente, por la lectura de los libros de texto, pues no
había en la capital aragonesa quien pudiera enseñármelas.
Cuando, llegado el mes de Junio, me disponía en Madrid á sufrir la
prueba del curso, experimenté dos sorpresas desagradables: Todo el
caudal de conocimientos analíticos laboriosamente acopiado en el
Laboratorio del Dr. Ríos vino á ser inútil; porque, según recordarán
cuantos estudiaron por aquellos tiempos, el bueno de Ríos titular
de la citada asignatura en la Facultad de Farmacia, sólo exigía á
los médicos, con una piedad que tenía mucho de desdén, un programa
minúsculo de cuatro ó cinco preguntas, en cada una de las cuales
incluía tan sólo algunos cuadros analíticos de aguas minerales,
composición de la orina, leche, sangre; cuadros sinópticos que todo
el mundo se sabía de coro para salir del paso. Trabajo perdido
resultó también el estudio asiduo de la _Historia de la Medicina_
según cierto libro francés declarado de texto. Mis condiscípulos de
Madrid, que estaban en el secreto, me desilusionaron profundamente
al informarme de que la susodicha obra no servía de nada, puesto
que el Dr. Santero exigía casi exclusivamente la doctrina de cierto
librito, desconocido para mí, titulado _Prolegómenos clínicos_,
en cuyas páginas el afamado profesor de San Carlos desarrollaba
elocuentemente un curso de filosofía médica y daba rienda suelta á
su pasión fervorosa por Hipócrates y el hipocratismo. Sólo el Dr.
Maestre de San Juan, profesor de _Histología_, ateníase fielmente
al enunciado de su asignatura, examinando con arreglo al texto y
programas oficiales.
No tuve, por consiguiente, más remedio que encasquetarme, en tres ó
cuatro días de trabajo febril, los amenos cuadros analíticos del Dr.
Ríos y los briosos y entusiastas alegatos vitalistas del Dr. Santero.
Gran suerte fué salir del apretado lance sin más consecuencias que
una horrible cefalalgia y cierta aversión enconada á la mal llamada
libertad de enseñanza; merced á la cual se da con frecuencia el caso
--hoy como entonces-- de que el alumno libre, fiado en la solemnidad
del programa oficial, ignore la materia explicada por el catedrático,
y de que éste prescinda, á veces, con admirable desenvoltura, de la
ciencia que, reglamentariamente, viene obligado á explicar.
Sugestionado por algunas bellas preparaciones micrográficas que el
Dr. Maestre de San Juan y sus ayudantes (el Dr. López García entre
otros) tuvieron la bondad de mostrarme, y deseoso por otra parte
de aprender lo mejor posible la _Anatomía general_, complemento
indispensable de la _descriptiva_, resolví, á mi regreso á Zaragoza,
crearme un Laboratorio micrográfico. Contando con la bondad
inagotable de D. Aureliano Maestre, aprobé fácilmente la Histología;
pero ni había visto una célula, ni era capaz de efectuar el más
sencillo análisis micrográfico. Y fué lo peor que, á la sazón, no
había en Zaragoza persona capaz de orientarme en los dominios de lo
infinitamente pequeño. Además, la Facultad de Medicina, de que era yo
ayudante y auxiliar, andaba muy escasa de medios prácticos. Sólo en
el Laboratorio de Fisiología existía un microscopio bastante bueno.
Con este viejo instrumento amplificante, y gracias á la buena amistad
con que me distinguía el doctor Borao[1], por entonces ayudante
de Fisiología, admiré por primera vez el sorprendente espectáculo
de la circulación de la sangre. De tan sugestiva demostración he
hablado ya en otro lugar[2]. Aquí expresaré tan sólo que ella
contribuyó sobremanera á desarrollar en mí la afición á los estudios
micrográficos.
[1] Este simpático condiscípulo, hijo del Rector de la
Universidad de Zaragoza, D. Jerónimo Borao, murió muy joven.
[2] _Cajal: Reglas y consejos sobre investigación biológica._ 3.ª
edición muy aumentada, págs. 106 y 107.
Escogido un desván como obrador de mis ensayos prácticos, y reunidos
algunos reactivos, sólo me faltaba un buen modelo de microscopio.
Las menguadas reliquias de mis alcances de Cuba no daban para tanto.
Por fortuna, durante mi última gira á la Corte, me enteré de que en
la calle del León, núm. 25, principal (¡no lo he olvidado todavía!)
habitaba cierto almacenista de instrumentos médicos, D. Francisco
Chenel, quien proporcionaba, á plazos, excelentes microscopios de
Nachet y Verick, marcas francesas entonces muy en boga. Entablé,
pues, correspondencia con dicho comerciante y ajustamos las
condiciones: consistían en abonarle en cuatro plazos 140 duros,
importe de un buen modelo Verick, con todos sus accesorios. La
amplificación de las lentes (entre ellas figuraba un objetivo de
inmersión al agua) pasaba de 800 veces. Poco después me proporcioné,
de la misma casa, un _microtomo_ de Ranvier, una _tournette_ ó rueda
giratoria y otros muchos útiles de micrografía. Á todo subvinieron mi
paga modesta de auxiliar y las flacas ganancias proporcionadas por
los repasos de Anatomía; pero las bases financieras del Laboratorio y
Biblioteca fueron mis economías de Cuba. Véase cómo las enfermedades
adquiridas en la gran Antilla resultaron á la postre provechosas. Por
seguro tengo que, sin ellas, no habría ahorrado un céntimo durante mi
estancia en Ultramar, ni contado, por consiguiente, para mi educación
científica con los recursos indispensables.
Menester era, además, adquirir libros y Revistas micrográficos.
Escaso andaba de los primeros, á causa de no traducir el alemán,
idioma en que corrían impresos los mejores Tratados de Anatomía
é Histología. Solamente en versiones francesas conseguí leer la
_Anatomía general_, de Henle, y el Tratado clásico de _Histología é
Histoquimia_, de Frey. El Van Kempen y el Robin, excelentes libros
franceses, sirviéronme igualmente de guías. Para los trabajos
prácticos pude consultar el _Microscopio en Medicina_, de Beale, su
_Protoplasma y vida_ y el conocido _Manual técnico_, de Latteux. En
cuanto á Revistas científicas, la escasez de mi peculio me obligó á
circunscribirme al abono de unos Archivos ingleses (_The Quarterly
microscopical Science_) y á una Revista mensual francesa, dirigida
por E. Pelletan (_Journal de micrographie_). De obras españolas
disponía de la del Dr. Maestre de San Juan, muy copiosa en datos,
aunque de lectura un tanto difícil.
Como se ve por lo expuesto, empecé á trabajar en la soledad, sin
maestros, y con no muy sobrados medios; mas á todo suplía mi ingenuo
entusiasmo y decidida vocación. Lo esencial para mí era modelar mi
cerebro, reorganizarlo con vistas á la especialización, adaptarlo, en
fin, rigurosamente á las tareas analíticas del Laboratorio.
Claro es que, durante la luna de miel del microscopio, no hacía sino
curiosear sin método y desflorar asuntos. Se me ofrecía un campo
maravilloso de exploraciones, lleno de gratísimas sorpresas. Con este
espíritu de expectador embobado, examiné los glóbulos de la sangre,
las células epiteliales, los corpúsculos musculares, los nerviosos,
etc., deteniéndome acá y allá para dibujar ó fotografiar las escenas
más cautivadoras de la vida de los infinitamente pequeños.
Dada la facilidad de las demostraciones, sorprendíame sobremanera la
ausencia casi absoluta de curiosidad objetiva de nuestros Profesores,
los cuales se pasaban el tiempo hablándonos prolijamente de células
sanas y enfermas, sin hacer el menor esfuerzo por conocer de vista á
esos transcendentales y misteriosos protagonistas de la vida y del
dolor. ¡Qué digo!... ¡Muchos, quizás la mayoría de los Profesores
de aquellos tiempos menospreciaban el microscopio, juzgándolo hasta
perjudicial para el progreso de la Biología!... Á juicio de nuestros
misoneistas del magisterio, las maravillosas descripciones de células
y de parásitos invisibles constituían pura fantasía. Recuerdo que,
por aquella época, cierto catedrático de Madrid, que jamás quiso
asomarse al ocular de un instrumento amplificante, calificaba de
_Anatomía celestial_ á la Anatomía microscópica. La frase, que hizo
fortuna, retrata bien el estado de espíritu de aquella generación de
Profesores.
Sin duda, contábanse honrosas excepciones. De cualquier modo, importa
notar que, aun los escasos maestros cultivadores del instrumento de
Jansen y creyentes en sus revelaciones, carecían de esa fe robusta
y de esa inquietud intelectual que inducen á comprobar personal
y diligentemente las descripciones de los sabios. Acaso diputaban
la técnica histológica cual disciplina dificilísima. De semejante
dejadez y falta de entusiasmo hacia estudios que han revolucionado
después la ciencia y descubierto horizontes inmensos á la fisiología
y la patología, da también testimonio un curioso relato de A.
Kölliker[3], célebre histólogo alemán que visitó Madrid allá por el
año de 1849.
[3] _A. Kölliker: Erinnerungen aus meinem Leben._ Leipzig, 1892.
En una carta á su familia, incluída en este libro, describe el
Museo de ciencias naturales, instalado por entonces (1849) en
la Casa de Aduanas (actual Ministerio de Hacienda), y añade:
«Del Director Graells debo contaros una anécdota. Luce en su
Laboratorio un magnífico microscopio francés, y como yo le
preguntara si había investigado algo con él, contestóme que
no había tenido todavía ocasión de aplicarlo á sus trabajos
científicos por desconocer su manejo. Rogóme que hiciera alguna
demostración con dicho instrumento. Entonces procedí, en unión
de un amigo (M. Witich), á mostrarle los glóbulos de la sangre
humana y la fibra muscular estriada, ante cuyo espectáculo reveló
alegría infantil y nos dió gracias calurosas.»
Si el ilustre sabio alemán hubiera visitado veinte años después
nuestras Facultades de Medicina y Ciencias, habría podido
comprobar igual abandono y apatía. Los imponentes modelos de
microscopios de Ross ó de Hartnak continuaban inmaculados en sus
cajas de caoba, sin otro fin que excitar en vano la curiosidad de
los alumnos ó la ingenua admiración de los papanatas.
Comenzaba, según decía, á deletrear con delectación el admirable
libro de la organización íntima y microscópica del cuerpo humano,
cuando se anunció en la _Gaceta_ la vacante de las cátedras de
_Anatomía descriptiva y general_ de Granada y Zaragoza. Contrarióme
la noticia, porque distaba mucho de estar preparado para tomar parte
en el arduo torneo de la oposición. Según dejo apuntado en párrafos
anteriores, antes de entrar en liza, hubiera deseado presenciar
este linaje de contiendas, conocer los gustos del público y de
los jueces, adquirir, en suma, la norma con que se aprecian los
valores positivos cotizables en el mercado universitario. Pero el
autor de mis días, que, como todo padre, se hacía hartas ilusiones
acerca de los méritos y capacidades de su hijo, mostrose implacable.
No hubo, pues, más remedio que obedecerle. Y así, desesperanzado,
y haciendo, como suele decirse, de tripas corazón, concurrí á
aquellas oposiciones, en las cuales, para dos plazas, lucharon
encarnizadamente nueve ó diez opositores, algunos verdaderamente
brillantes.
Durante los ejercicios, mis fundados recelos quedaron plenamente
confirmados. Pusieron aquéllos de manifiesto, según yo presumía,
que en la _Anatomía descriptiva clásica_ y _prácticas de disección_
rayaba yo tan alto como el que más. Pero la imparcialidad me obliga
á reconocer que, bajo ciertos respectos, mostré también deplorables
deficiencias: ignorancia de algunos conceptos biológicos de alcance
filosófico; desdén hacia reglas interpretativas sacadas de la
anatomía comparada, la ontogenia ó la filogenia; desconocimiento
de ciertas minucias y perfiles de técnica histológica puestos en
moda por el Dr. Maestre de San Juan; en fin, desvío hacia todas
esas especulaciones de carácter ornamental, preciadas flores de
pensamiento que ennoblecen las áridas cuestiones anatómicas y elevan
y amenizan la discusión.
Pero no fué esto sólo. En aquella ocasión revelé, además, lagunas
de educación intelectual y social no sospechadas por mi padre.
Perjudicóme, en efecto, sobremanera, mi ignorancia de las formas
de la cortesía al uso en los torneos académicos; me deslució una
emotividad exagerada, achacable sin duda á mi nativa timidez, pero
sobre todo á la falta de costumbre de hablar ante públicos selectos
y exigentes; hízome, en fin, fracasar la llaneza y sencillez
del estilo y hasta, á lo que yo pienso, la única de mis buenas
cualidades: la total ausencia de pedantismo y solemnidad expositiva.
Entre aquellos jóvenes almibarados, educados en el retoricismo
clásico de nuestros Ateneos, mi ingenuidad de pensamiento y de
expresión sonaba á rusticidad y bajeza. En mi candor de doctrino,
asombrábame el garbo y la gallardía con que algunos opositores de
la clase de facundos hacían excursiones de placer por el dilatado
campo del evolucionismo ó del vitalismo, ó, cambiando de registro,
proclamaban, sin venir á cuento y llenos de evangélica unción, la
existencia de Dios y del alma, con ocasión de referir la forma
del calcáneo ó del apéndice ileocecal. Á la verdad, ni entonces
ni después fuí bastante refinado para cultivar tan transparentes
habilidades, ni para exornar mi pobre ciencia con filigranas y
colorines, reñidos, á mi ver, con la austeridad y el decoro de la
cátedra.
Pero, volviendo á mi derrota, añado que sólo en dos cosas atraje
un tanto la curiosidad del público y del Jurado: por mis dibujos
de color en la pizarra el día de la lección, y por los copiosos
detalles con que adorné las pocas preguntas de anatomía descriptiva
que me tocaron en el primer ejercicio (la mayoría de los temas se
referían á técnica histológica y á cuestiones generales, en que yo
flojeaba). En cuanto al ejercicio práctico, en que tantas esperanzas
cifrara el autor de mis días, constituyó, como de costumbre, pura
comedia. Escogióse al efecto una disección llanísima: la preparación
de algunos ligamentos articulares. De esta suerte todos quedamos
igualados.
En mi fracaso, que sentía sobre todo por el disgusto y decepción que
iba á ocasionar á mi progenitor y maestro, me consoló algo el saber
que se me adjudicó un voto para una de las cátedras, y que este voto
lo debí á un profesor tan sabio, recto y concienzudo como el Dr.
Martínez y Molina, con razón llamado la _perla de San Carlos_[4].
[4] Tiempo después me dijeron que el Dr. Martínez y Molina, único
juez que descubrió algún mérito en el humilde y desconocido
provinciano, conservó mucho tiempo, á los fines de la
demostración en cátedra, mis representaciones en color del tejido
óseo y del proceso de la osificación. Tan tímido y huraño era yo
entonces, que ni siquiera me atreví á visitarle para agradecerle
su fina y honrosa atención.
Transcurrido más de un año (1879), se anunció á oposición la vacante
de la cátedra de Granada. Conocedor de mis defectos, había procurado
corregirlos en la medida de lo posible. Perfeccionéme en la técnica
histológica, sirviéndome de guía el admirable libro titulado _Manuel
technique d’histologie_[5], escrito por Ranvier, ilustre Profesor
del Colegio de Francia; aprendí á traducir el alemán científico;
adquirí y estudié á conciencia diversas obras tudescas de Anatomía
descriptiva, general y comparada; me impuse en las modernas teorías
tocantes á la evolución, de que por entonces eran porta-estandartes
ilustres Darwin, Häckel y Huxley; amplié bastante mis noticias
embriológicas; adornéme, en fin, con algunos de aquellos primores
especulativos que, según pude ver, seducían, acaso más de la cuenta,
á públicos y tribunales. Por primera vez, en mi vida, decidí, pues,
ser algo hábil y ofrendar sacrificios á las gracias.
[5] Debo al Dr. Salustiano Fernández de la Vega, opositor
triunfante de la cátedra de Anatomía de Zaragoza, el conocimiento
de esta inapreciable obra, que tanto contribuyó á formar mi gusto
hacia la investigación original.
Tranquilo y esperanzado estaba, dando los últimos toques á mi
intensiva preparación anatómica, cuando cierto día me detiene un
amigo, espetándome á quemarropa:
--Voy á darte un consejo. No te presentes en las próximas oposiciones
á la cátedra de Granada.
--¿Por qué?
--Porque no _te toca todavía_: déjalo para más adelante y todo saldrá
como una seda.
--Pero...
--Advierte, criatura, que el tribunal de oposiciones que acaba de
nombrarse ha sido forjado expresamente para hacer catedrático á M.,
por cuyos talentos ciertos señores de Madrid sienten gran admiración.
--Pero si M. se ha preparado siempre para oposiciones á Patología
médica y jamás se ocupó de Anatomía...
--Cierto; mas no es cosa de esperar varios años una vacante de
Patología. Sus poderosos protectores desean hacerlo catedrático
sobre la marcha; y puesto que, por ahora, la única puerta abierta
es la _Anatomía descriptiva_, á ella se atienen. ¡Vamos!... sé por
una vez siquiera sumiso y razonable, y evita el aumentar, con tus
imprudencias, el número de tus enemigos. Cediendo, te congraciarás
con personajes omnipotentes, de cuya buena voluntad depende tu
porvenir...
--Agradezco tus consejos, pero no puedo seguirlos. Desertando de
las oposiciones, mi padre se pondría, y con razón, furioso, yo no
tendría más remedio que arrinconarme en un pueblo. Además, después
de varios años de asidua preparación anatómica, ¿no sería bochornoso
desaprovechar la primera ocasión que se me presenta para justificar
mis pretensiones? Por importante que sea alcanzar la codiciada
prebenda, lo es todavía más demostrar á mis jueces y al público que
he perfeccionado mis conocimientos y que, penetrado de mis defectos,
he sabido, si no corregirlos del todo, atenuarlos notablemente,
triunfando de mí mismo.
--¡Pues no serás nunca catedrático ó lo serás muy tarde, cuando
peines canas!...
--Al precio de la cobardía y de la abdicación no lo seré nunca...
Pronto tuve ocasión de comprobar la exactitud de la noticia. En
efecto, el tribunal, salvo alguna excepción, constaba de amigos
y clientes del que por entonces ejercía omnímoda é irresistible
influencia en la provisión de cátedras de Medicina. En descargo del
aludido personaje, debo, sin embargo, declarar que M. había sido un
brillante discípulo suyo, que adornaban á éste prendas relevantes
de carácter y talento, y además que en asegurar el triunfo del
novel anatómico puso todo su empeño el Dr. Fernández de la Vega,
catedrático de Anatomía de Zaragoza, pariente del ilustre Presidente
del tribunal y condiscípulo y fraternal amigo de M.[6].
[6] La devoción y el afecto que D. Salustiano sentía por M.
eran tan hondos, que desde un pueblo de Navarra le trajo á
Zaragoza, le alojó en su propio domicilio, le nombró su ayudante
y le instruyó rápidamente en los estudios anatómicos. ¡Y, sin
embargo, estos Pílades y Orestes de la amistad más cordial
acabaron por regañar, en testimonio de que todo es pasajero en
este pícaro mundo, hasta los afectos inspiradores de las grandes
generosidades!...
Á su tiempo[7], verificáronse las oposiciones. En ellas tuve la
suerte de hacer patentes los progresos de mi aplicación. Mis
conocimientos histológicos proporcionáronme ocasiones de lucimiento;
y la lectura de las Revistas y libros alemanes, ignorados de mis
adversarios, prestaron á mi labor un colorido de erudición y
modernismo sumamente simpáticos.
[7] Efectuáronse en 1880.
Sólo había un contrincante que contrarrestaba y soslayaba
habilísimamente mis asaltos, si no por la superioridad de su
preparación anatómica (que era nada vulgar), por la claridad y
agudeza de su entendimiento y la hermosura incomparable de su
palabra. Aludo al malogrado é ilustre maestro D. Federico Olóriz,
quien, estrenándose en aquella contienda, dió ya la medida de todo lo
que valía y podía esperarse del futuro catedrático de la Facultad de
Medicina de Madrid.
Entonces, D. Federico, que figuraba en mi trinca, atacábame
reciamente, persuadido quizás de que yo era el único adversario serio
con quien tenía que habérselas. Y cuando, platicando campechanamente
en los pasillos de San Carlos, le saqué de su error, pronunciando el
nombre del afortunado candidato oficial, reíase de lo que llamaba mis
pesadas bromas aragonesas.
--¡Pero si no pasa de ser un joven discreto que denuncia á la legua
al primerizo en los estudios anatómicos y en el arte de la disección!
--Pues ese anatómico improvisado será catedrático de Granada, y
usted, con todo su saber y talento, tendrá que resignarse al humilde
papel de ayudante suyo, á menos de cambiar definitivamente de rumbo...
--¡Imposible!...
Pero el imposible se cumplió. Los amigos del Presidente dieron una
vez más pruebas de su inquebrantable disciplina, y el pobre Olóriz,
asombro del público y de los jueces, tuvo que contentarse con un
tercer lugar en terna (yo obtuve el segundo).
Con todo lo cual no quiero expresar que M. fuera un mal catedrático.
El dictador de San Carlos no solía poner sus ojos en tontos. Dejo
consignado ya que M. era un joven de mucho despejo y aplicación y
que, si se lo hubiera propuesto de veras, habría llegado á ser un
excelente maestro de Anatomía. En aquella contienda faltáronle
preparación teórica suficiente y vocación por el escalpelo. Así,
en cuanto se le proporcionó ocasión, trasladóse á una cátedra de
Patología médica de Zaragoza, donde resultó, según era de presumir,
un buen maestro de Clínica médica. Más adelante, con aplauso de
muchos --incluyendo el mío muy sincero--, ascendió, por concurso, á
una cátedra de San Carlos.
Creo que fué en Marzo de 1879 cuando se me nombró, en virtud de
oposición, _Director de Museos anatómicos_ de la Facultad de
Medicina de Zaragoza. De aquellos ejercicios, á que concurrió,
entre otros jóvenes, cierto discípulo muy brillante de la Escuela
de Valencia --por cierto apasionadísimo de Darwin y de Häckel--,
sólo quiero recoger un dato revelador de las grandes _simpatías_
con que me distinguían mis paisanos y maestros. Acabado el último
ejercicio, los dos catedráticos zaragozanos votaron sin vacilar al
opositor valenciano; y precisamente los tres profesores forasteros,
que acababan de ganar por oposición sus cátedras, y eran, por
tanto, ajenos á las ruines rencillas de campanario, me otorgaron
sus sufragios. Uno de estos varones rectos, á quienes debo eterno
agradecimiento, fué D. Francisco Criado y Aguilar, actual decano de
la Facultad de Medicina de Madrid[8].
[8] Aquel resultado fué decisivo para mi carrera. Si cualquiera
de los jueces forasteros que tuvieron la bondad de apoyarme
hubiera atendido las voces rencorosas de ciertos profesores
aragoneses, mi vida hubiera corrido por cauce diferente. Porque
mi padre, algo desilusionado á causa de mi derrota en Madrid,
había resuelto, en caso de nuevo fracaso, convertirme en médico
de partido. Y de seguro lo hubiera conseguido, aunque no el que
yo abandonase mis aficiones predilectas hacia la investigación
micrográfica.
[Ilustración: El autor allá por los años de 1878 ó 1879, enfermo
todavía del paludismo contraído en Cuba.]
Transcurridos cuatro años (1883) publicáronse dos nuevas vacantes
á proveer en turno de oposición: la de Madrid, producida por el
fallecimiento del caballeroso y buenísimo Dr. Martínez Molina, y
la de Valencia, debida á la muerte del Dr. Navarro. Apocado como
siempre en mis aspiraciones, firmé exclusivamente las oposiciones de
Valencia: con mejor acuerdo, Olóriz solicitó ambas plazas.
En aquella ocasión demostróse una vez más el adagio vulgar: «del
exceso del mal viene el remedio». El escándalo provocado por la
injusticia cometida con Olóriz en sus oposiciones á la cátedra
de Granada (1880), repercutió desde la Universidad á las esferas
del Gobierno. Y ocurrió que el Sr. Gamazo, á la sazón Ministro de
Fomento, resuelto á evitar nuevos abusos, designó, ó influyó para que
se designase, un Tribunal cuyo saber é independencia estuvieran al
abrigo de toda sospecha. La presidencia del nuevo Jurado fué otorgada
al Dr. Encinas, quien, con la ruda franqueza proverbial en él,
expresó al Ministro:
--Donde yo esté no valdrán chanchullos. Á fuer de caballero, prometo
desde ahora que, ó no habrá catedrático, ó lo será por unanimidad. Y
eso lo mismo en la cátedra de Madrid que en la de Valencia.
Y así acaeció.
Gracias á la imparcialidad de este Tribunal, donde, según tengo
entendido, no figuraba ningún juez de los anteriores, Olóriz y yo,
infelices provincianos desprovistos de valedores, conseguimos al
fin honrarnos con la toga del maestro. Como teníamos descontado,
el brillante discípulo de la Escuela de Granada triunfó sobre sus
contrincantes por voto unánime de los jueces. Y el mismo Tribunal,
salvo el Presidente, que, por motivos de salud, fué sustituído por
el gran Letamendi, tuvo también la bondad de proponerme, _nemine
discrepante_, para la cátedra de Anatomía de la Facultad de Medicina
de Valencia. Yo rendí siempre al genialísimo maestro catalán culto
fervoroso; pero desde entonces, á la ingenua admiración intelectual,
juntáronse las cálidas y leales ofrendas del afecto y la gratitud[9].
[9] Pasadas aquellas oposiciones, trabé intimidad con el eximio
catedrático de Patología general de San Carlos, acudiendo casi
diariamente á su casa, donde había instalado un Laboratorio de
micrografía y bacteriología. Letamendi tenía empeño en ilustrar
su obra, en vías de ejecución, _Curso de Patología general_,
con microfotografías, y yo me presté á ejecutar algunas pruebas
y á enseñar á los ayudantas del maestro la fabricación de las
placas ultra-rápidas al gelatino-bromuro, entonces poco ó nada
conocidas. ¡Qué ratos deliciosos pasábamos junto aquel hombre
cuyo ingenio, vibrante de gracia y de agudeza, proyectaba
vivísima luz sobre las cuestiones más abstrusas y que, cuando no
convencía, sabía al menos hacer pensar!...
[Ilustración]