--Así que tendrá usted que estar unos días más--terminó diciendo la

señora Landon.

--No me importa gran cosa el encierro--le contesté--; lo que me

desagrada es ir a comer al salón, en donde ya no se puede estar por la

pestilencia que hay. Si me trasladaran a otro lado, estaría bien.

--¿Adónde quiere usted que le trasladen?

--¡Qué sé yo! A un rincón cualquiera de este viejo edificio.

--Espere usted un cuarto de hora. Voy a hablar con el jefe del cuartel.

Me quedé con la señorita Mercedes, que me imponía un poco, y media hora

después entró la señora Landon con un comandante de artillería.

El comandante dijo que todo el edificio estaba ocupado por la tropa y

los presos políticos.

--El único local vacío que hay--siguió diciendo--es una pequeña

habitación en el campanario, la antigua vivienda del campanero. En

este momento la ocupa un sargento guardaalmacén que ha puesto allí su

oficina; pero le podemos decir que se vaya.

--Vamos a ver esa habitación--dijo la señora Landon.

--Vamos--repuse yo.

Fuimos las dos señoras, el comandante y yo; recorrimos un claustro,

pasamos una puerta y salimos a un patio abandonado y lleno de hierbas.

El comandante abrió una puerta maciza de una torre, pasamos un pequeño

zaguán empedrado y subimos por una escalerilla de piedra, de caracol

hasta el primer piso.

La habitación del guardaalmacén consistía en un cuarto como un

gabinete y una alcoba. El cuarto tenía una gran ventana con rejas, y la

alcoba, una aspillera.

--¿Qué le parece a usted esto?--me preguntó el comandante.

--Muy bien. Me conviene.

--¿Le gusta a usted?--me dijo la señora Landon.

--Sí, mucho. Pienso inmortalizar esta torre llamándola desde ahora la

torre de Thompson.

El comandante mandó desocupar el local e hizo trasladar mi cama. Me

pusieron una mesita y una silla, y la señora Landon prometió enviarme

unos tomos de sir Walter Scott.

--Aquí puede usted dedicarse a contemplar Sevilla. Desde lo alto del

campanario se domina toda la ciudad--me dijo el comandante.

--Aprovecharé el permiso.

--¿Supongo que no se escapará usted, señor inglés?--me dijo luego el

comandante al darme la mano.

--Si encuentro ocasión, creo que lo haré.

El comandante se echó a reír, y la señora Landon y Mercedes hicieron lo

mismo.

Al día siguiente de ocupar mi celda en la torre de Thompson, mi amiga

la señora Landon me envió los libros prometidos. Estuve leyendo algún

tiempo y cuando me cansé me fuí a pasear al claustro con el canónigo

Molinedo y el capitán Iscar.

De noche subí a lo alto del campanario, desde cuyo balcón pasé horas

y horas contemplando Sevilla a la luz de la luna. Veía la Giralda,

los pináculos de la catedral, algunas torres y cúpulas lejanas que no

conocía y los tejados, bañados de luz plateada.

IV

«MARE SERENITATIS»

MUCHAS extravagancias, absurdos e insensateces escribió Thompson

dirigidos a la luna, a la que contemplaba por las noches desde el

balcón de la torre. Entre sus notas fragmentarias la única que tiene un

poco de sentido es ésta, titulada _Mare Serenitatis_, y que dice así:

«Entre los nombres extraordinarios y poéticos que los

astrónomos han puesto en la geografía de la luna, ninguno

para mí tan sugestivo como el Mar de la Serenidad (_Mare

Serenitatis_).

Antiguamente debían creer que estos mares lunares tenían agua

y oleaje; hoy se sabe que son llanuras, oquedades entre montes

y cráteres volcánicos.

Como ese supuesto mar tuyo, ¡oh Luna!, nosotros quisiéramos

que en el espíritu humano hubiera también otro mar de la

Serenidad en una región oculta e inexplorada...

¡Qué admirable descubrimiento sería llegar a él por entre un

laberinto de montañas abruptas!

Este _mare serenitatis_ tendría un agua más sutil que la de

las lagunas de las altas cumbres, y se extendería bajo un

cielo claro y sin brillo.

Yo no le pediría a este mar placeres indignos de un espíritu

noble, ni el olvido de las aguas del Leteo, sino la claridad,

la comprensión de los enigmas de la vida, de nuestras

brutalidades, de nuestros fanatismos y de nuestras violencias.

Allí me gustaría verme, sin cólera y sin humildad, limitado

ante la Naturaleza y tranquilo en mi limitación; allí me

gustaría ver mi espíritu limpio de posos turbios y malsanos

como un cristal brillando a la luz del sol.

Desgraciadamente, ni en ti, vieja Selene, pequeño satélite, ni

en nuestro espíritu humano, tan pequeño como tú, existe ese

mar de la Serenidad».

V

EL FRAILE

EL segundo día de mi prisión en la torre no vinieron la señora Landon

y su sobrina; en cambio, tuve la visita del canónigo Molinedo y del

capitán Iscar. Por lo que dijo el canónigo no quedaban ya presos en

el Salón de Cortes, excepto unos milicianos, a los cuales querían

trasladar a otro pueblo. El rey iba a llegar a Sevilla, y los realistas

habían pensado, como un número de festejos para agasajar a Fernando

VII, hacer una degollina de negros; y el subdelegado de policía,

siempre paternal con los liberales, se disponía a ir sacando de Sevilla

a los más calificados y llevarlos a otra parte. Molinedo e Iscar

saldrían al día siguiente.

El absurdo seguía; persistía el régimen mixto de severidad y de

benevolencia. Se fusilaba a las personas más inocentes y se dejaba

libres a las más comprometidas.

El capitán Iscar me dijo:

--¿Sabe usted aquel hombre bajito y rubio, algo bizco, que estuvo

vigilándole a usted por orden del alcaide?

--Sí. ¿Qué le ha ocurrido?

--Que se ha escapado.

--Pero, ¿no era un vigilante de la cárcel?

--¡Ca! Es un conspirador.

Iscar me contó cómo había engañado a los carceleros.

--Y ¿quién era ese hombre?

--Es uno de los tipos más revoltosos de la época. Se llama Aviraneta, y

ha sido el brazo derecho del Empecinado.

--Ahora que me habla usted del Empecinado, recuerdo a este Aviraneta.

Le he visto una vez con el general en el café de La Fontana de Madrid.

Y ¿usted le conocía de hace tiempo?

--Sí; yo le conocía desde la intentona de Porlier. Yo fuí como emisario

de Porlier a ver al Empecinado a su finca de Castrillo de Duero, y allí

hablamos Aviraneta, él y yo.

Se fueron Iscar y el canónigo Molinedo; yo subí al campanario y estuve

contemplando Sevilla, iluminada por los últimos rayos del sol.

Al día siguiente, por la mañana, al despertar, experimenté la

desagradable sorpresa de ver a un fraile dominico que entraba en mi

cuarto acompañado del sargento guardaalmacén.

Era un fraile grueso, panzudo, con un aire de ballenato putrefacto,

las barbas rubias, el pelo rojo y ensortijado, que parecía hecho con

virutas, y los ojos de míope.

--Hijo mío--me dijo el fraile con un acento andaluz muy meloso--, he

sabido que estás preso y vengo a ofrecerte los socorros de la religión.

Supongo que tendrás cargada la conciencia y que una confesión general

aliviará tu alma.

--¿Es que han pensado ahorcarme?--pregunté yo al sargento, saltando en

camisa de la cama.

--No, no. Este padre ha venido aquí a confesar a otros presos y ha

querido verle a usted.

--¡Pues así se muera de repente!--murmuré para mis adentros.

--¿No quiere usted confesarse?--me preguntó el padre.

--No, yo no soy católico--exclamé--. Soy inglés y de la religión de mi

país.

--Tienes que abandonar esa herejía, hijo mío.

--Si tengo que convertirme por la fuerza--murmuré yo--, mi conversión

no tendrá ningún valor. Me he educado en la religión reformada y no

tengo motivo ninguno para creer que sea falsa. Si me dan argumentos,

los tomaré en cuenta.

No me atreví a decir que el protestantismo, como el catolicismo, me

parecían formados por mitos más alejados de la realidad que el de la

Cosa en sí.

El fraile me echó una plática de las más ramplonas; en su acento dulzón

me dijo que el momento de la muerte podía estar muy próximo; que había

que prepararse para este instante terrible, y que me traería libros

religiosos.

Se marchó el fraile con el sargento. Salté de la cama, me vestí y bajé

las escaleras hasta la puerta de la torre. Tenía ésta un cerrojo por

dentro y decidí correrlo para que no me sorprendieran visitas como

aquella.

Acababa de echar el cerrojo cuando oí un ruido de pasos en el pequeño

portal.

--¿Quién está aquí? ¿Quién es?

--¡Por Dios, caballero!--dijo una voz--. No me pierda usted.

--¿Pero quién es usted? A ver. Venga usted a la luz, que nos veamos las

caras.

Subimos al primer piso y quedé atónito al ver una muchacha vestida de

soldado.

--No diga usted nada, por Dios--exclamó.

--Yo qué voy a decir, si soy un preso.

--¿Es usted un preso?

--Sí.

--Pues yo he venido disfrazada de soldado a darle un papel a mi novio,

en el que le explicaba por dónde se podía escapar; pero precisamente

esta misma noche le han sacado de Sevilla. Al saberlo he intentado

marcharme; pero me he encontrado la puerta cerrada, y para que no me

vieran me he metido aquí.

--Pues le va a usted a ser muy difícil salir. ¿No traía usted ropa de

mujer?

--No.

--Veremos qué se hace. Suba usted.

La muchacha no era melindrosa. Nos repartimos los colchones, y ella

durmió en la alcoba, y yo, en el gabinete.

Al otro día la Tránsito, así se llamaba la chica, arregló el cuarto y

lo limpió, mientras estaba la puerta de la torre cerrada. Después tuvo

que subir al campanario y pasar el día allí.

VI

EVASIÓN

AL día siguiente decidí estudiar el terreno para ver si era posible una

evasión.

Me acosté muy temprano y me levanté al amanecer. Bajé las escaleras de

mi encierro, abrí la puerta y exploré el patio. Este patio, en donde

se levantaba la la torre, se hallaba enlosado y circunscrito por tres

paredes altísimas y otra no tan alta que le separaba de un jardín

poblado de árboles.

Examiné la tapia más baja y vi que había una antigua ventana cerrada a

una altura de tres o cuatro varas.

Si esta ventana no tenía reja, por allí debía de ser fácil pasar al

jardín vecino.

Vi en el patio una barrica, la empujé y la llevé debajo de la ventana;

bajé de mi cuarto una silla y la puse encima. Después me subí a la

silla, y con un palo con punta, metiéndolo en el resquicio de la

ventana, llegué a abrirla. No había reja. Cerré la ventana y me volví a

la torre.

A las nueve de la mañana vino a visitarme el sargento guardaalmacén

que había ocupado la torre antes que yo. Traía varios libros místicos,

enviado para mí por el fraile.

Me dijo que ya no quedaban presos políticos, pues todos habían sido

trasladados fuera de Sevilla, mientras estuviera el rey en la ciudad.

--Y conmigo, ¿qué van a hacer?

--No sé. A mí me han ordenado que le ponga un centinela de vista y que

le encierre con llave desde mañana.

--Pues es una broma.

Me convenía hacer algunas investigaciones antes de que se cerrase la

puerta, y al día siguiente, antes del alba, bajé al patio.

La Tránsito quedaría en la ventana, y si veía asomarse a alguien

tiraría una piedrecita al suelo para avisarme.

Cogí la silla en una mano, bajé las escaleras, abrí la puerta de la

torre, marché hacia donde estaba la barrica y la coloqué debajo de la

ventana, y encima la silla, y después a pulso entré por la ventana,

llenándome de arañazos la cara y las manos.

Pasé al otro lado, al jardín vecino; me agarré a la rama de un árbol

y bajé por el tronco hasta la tierra. Estaba el huerto en el mayor

silencio; se oía únicamente el piar de los pájaros en el follaje. Crucé

el jardín sin hacer ruido.

Me acerqué al árbol que estaba más inmediato a la pared que daba a la

calle; trepé por él, y de rama en rama llegué al borde de la tapia y

miré con precaución. Daba a una callejuela estrecha y desierta. La

tapia tendría seis o siete varas de alto. Me dieron tentaciones de

saltar; pero no quise dejar sola a Tránsito y volví al jardín, luego al

patio y después a mi torre.

Hecha la excursión me lavé y me acosté.

Al día siguiente, al levantarme de la cama, vi que en la puerta había

un artillero de centinela, con la bayoneta calada.

--¿Es que no puedo salir?--le pregunté.

--Esa es la orden que me han dado.

Al mediodía se presentó la señora Landon. Le dije que mi asunto se

complicaba; que tenía un centinela de vista y que me encerraban en la

torre con llave.

--Yo voy a ver si me escapo--continué diciendo.

--Hará usted muy bien--exclamó ella.

--¿Usted me podría ayudar?

--Sí, sí; dígame usted lo que necesita.

Yo tenía pensado mi plan.

--Necesitaré un cordel de ochenta varas de largo, del grueso del dedo

meñique.

--¿Y eso cómo lo voy a entrar aquí?

--Usted mañana me regalará un almohadón; dirá usted que es mi

cumpleaños, y dentro del almohadón vendrá la cuerda.

--Muy bien.

--Además, tomará usted dos botellas de Jerez, vacías, que conserven las

etiquetas, las llenará usted de aguarrás, las cerrará muy bien y me las

enviará con el almohadón, como regalo.

--Descuide usted; todo esto se hará. ¿Cómo piensa usted salir?

--Voy a hacer una escalera con el cordel que usted me traiga, y me

descolgaré por la torre.

--¿Y después?

--Después pasaré al jardín de al lado por un agujero de la tapia, y de

este jardín iré a la calle. Lo que quisiera saber son las salidas de la

calle que va por ahí detrás.

La señora Landon y yo nos asomamos a la ventana enrejada, y yo le

mostré las copas de los árboles del jardín próximo, que asomaban por

encima de la tapia.

--Yo le podría enviar a usted un plano de Sevilla--dijo la señora

Landon--. Pero ¿para qué? Es mejor otra cosa. ¿Mañana será la

escapatoria?

--Sí, si usted me manda el almohadón.

--Eso vendrá sin falta. ¿A qué hora piensa usted escaparse?

--De diez a diez y media de la noche.

--A esa hora habrá en esa callejuela una persona apostada que le

esperará y le acompañará.

Se marchó la señora, y yo pasé el día con la mayor impaciencia. Por la

mañana me despertaron, trayéndome los regalos de la señora Landon: el

almohadón y las dos botellas de aguarrás disfrazadas de Jerez. Al verme

solo rompí el almohadón, saqué la cuerda, y la Tránsito y yo comenzamos

a hacer la escala. Reservé un trozo de cordel de unas ocho varas.

Cerré el cerrojo de la puerta de la torre y estuvimos trabajando en el

campanario.

Desde allí advertimos la gran animación del pueblo.

Iba a entrar el rey de España en la ciudad. Todos los balcones se veían

engalanados con colgaduras, con arcos de triunfo, ramas y flores. Las

calles estaban atestadas de gente.

--Por la orilla del río se veían coches y calesines que iban hacia

la torre del Oro, y por los caminos lejanos se advertían grupos de

labradores a pie y en caballerías.

--¡Pueblo estúpido!--exclamé yo elocuentemente--. Entusiásmate con tu

Fernando. Cuando le convenga a este truhán te calentará las espaldas.

En todo el día terminamos la escala entre la muchacha y yo. A la hora

de retreta bajé yo a la puerta de la torre. Estaba cerrada con llave.

Escuché. No andaba nadie por el patio.

Comencé mis pruebas. La escala no bastaba; le faltaban cinco o seis

varas para llegar desde el balconcillo del campanario al patio. Estuve

pensando en la manera de resolver esta dificultad, y me decidí a añadir

a la escala una cuerda hecha con un trozo de sábana.

--Yo bajaré primero--le dije a la Tránsito--; esperaré en el patio y

silbaré. Si acaso, cuando llegue usted a la cuerda hecha con la sábana

le falta fuerza para sostenerse, la recogeré en brazos.

La muchacha dijo que no tenía miedo. Entonces yo vacié mis dos botellas

de aguarrás en la palangana y fuí embebiendo la escala y el trozo de

la sábana, hasta que empaparon casi todo el líquido. El resto lo eché

por un agujero en el zaguán de la torre.

Después até la escala al barandado de piedra del balcón del campanario,

y fuí echándola abajo. Hecho esto, metí una caja de pajuelas en el

bolsillo, y salté al lado de fuera del barandado y fuí descendiendo con

dificultades hasta alcanzar al trozo de sábana y llegar al patio.

Silbé suavemente, y noté, por la cuerda, que la escala se agitaba y la

muchacha comenzaba a bajar despacio. Antes de que llegara al trozo de

la sábana yo acerqué la barrica y me subí a ella. Al llegar la Tránsito

al trozo de sábana pude sostener a la muchacha por los pies y luego por

el cuerpo.

Venía la muchacha rendida.

--Descanse usted--le dije--. Ahora vamos a ver un bonito

espectáculo--añadí.

Saqué el eslabón, el pedernal y la mecha; até una pajuela de azufre en

el trozo de sábana en que terminaba la escala y la pegué fuego con la

mecha.

Ardió la pajuela, después el pedazo de sábana, luego la escala, de una

manera tan discreta, que parecía desaparecer por arte de magia.

Concluída esta parte, acercamos la barrica al ventanillo que comunicaba

con el jardín contiguo; hice pasar a la muchacha, luego pasé yo,

cruzamos el jardín y subimos por un árbol a la tapia.

Até el trozo de cuerda que llevaba a una rama gruesa de un árbol y la

punta la eché fuera de la tapia, hacia la calle.

--Yo me descolgaré primero--le dije a la Tránsito--; luego la recibiré

en brazos.

Me deslicé por cerca de la pared y descendí fácilmente. Después bajó la

muchacha, que se desolló las manos, y estuvo a punto de derribarme al

sostenerla.

Para que nadie lo advirtiera, desde la calle hice un ovillo con la

punta de la cuerda y la tiré al otro lado de la tapia hacia el jardín.

--Ahora ¿qué hacemos?--preguntó la Tránsito.

--¿Usted tiene sitio adonde ir?

--Sí.

--Pues entonces cada cual por su lado.

La estreché la mano y me separé de ella. La noche estaba obscura; no

había un alma por aquellas inmediaciones.

Di dos vueltas arriba y abajo por la calle, cuando se me acercó una

mujer de pobre aspecto.

Era la señora Landon.

--Sígame usted--me dijo.

La seguí; en las calles céntricas se sentía el gran barullo; había

comparsas de guitarras y panderetas y gente que cantaba canciones

alusivas a la entrada del rey. Los curas y frailes pasaban seguidos

del populacho, hablando y accionando, y capitaneando a patrullas de

desharrapados.

Todos eran gritos y vivas al rey absoluto y mueras a la Constitución, a

los herejes y a los negros.

VII

LA CASA ABANDONADA

SIEMPRE tras de la señora Landon llegué a una calle muy lejana de la

cárcel y me detuve delante de un gran caserón. Cruzó mi guía un portal,

pasé yo después de ella; llegamos a un patio con jardín; luego a otro

patio, y me encontré en una casa grande y abandonada. La señora Landon

me llevó a una sala con una alcoba con columnas. Me mostró una mesa con

viandas y me dijo:

--Cene usted y acuéstese.

--Muy bien. ¿Nada más?

--Puede usted estar con la luz encendida; pero no vaya usted con ella a

las habitaciones que dan a la calle. Esta casa está deshabitada y tiene

dos salidas. Si por una casualidad, que me parece improbable, vinieran

a buscarle por el lado por donde hemos entrado, puede usted escaparse

por esta otra parte. La llave está en la puerta.

--Bueno. Entendido.

--¿Quiere usted alguna cosa?

--Si no le molesta a usted, le diría que cree que sería conveniente el

que fuera usted mañana al Salón de Cortes a hacer como que va a visitar

al preso y ver lo que dicen de su fuga.

--Sí, sí; tiene usted razón. Así lo haré.

Dicho esto, la señora Landon me dió las buenas noches y me dejó solo.

Cené, me acosté y dormí perfectamente hasta las siete.

Me levanté a esta hora y recorrí la casa.

Las habitaciones que daban a la calle estaban cerradas; el suelo y

los muebles, cubiertos de una capa de polvo. En los grandes espejos

deslustrados me veía en la semiobscuridad como un duende.

Salí al momento al jardín. Era grande, tenía naranjos y palmeras y

comunicaba únicamente con el de la señora Landon. Una pared muy alta lo

separaba de un convento.

Me paseé una hora, escudriñé en un antiguo invernadero, con las puertas

podridas y los cristales rotos y después entré en la casa; recorrí

los salones, y en uno encontré un armario abierto lleno de libros

encuadernados en pergamino. Casi todos estaban en latín, y únicamente

vi en castellano la historia de la conquista de Méjico, por el capitán

Bernal Díaz del Castillo, y el libro de mi paisano William Bowles, la

_Introducción a la Historia Natural y a la Geografía de España_.

Leí alternativamente uno y otro libro y me engolfé de tal modo en la

lectura, que cuando miré al reloj eran las doce.

Bajé al jardín, y la señora Landon, desde su ventana, me dijo que me

acercase.

Había estado en la cárcel, y al llegar al patio de la torre se había

encontrado con los artilleros asombrados y risueños.

--El inglés ha volado--le dijo el sargento guardaalmacén.

--¿Cómo? ¿Ha huído?--le preguntó ella.

--Sí.

--¿Por dónde?

--Pues no se sabe. Es un misterio.

El sargento le contó que por la mañana, al ver la puerta cerrada

por dentro, habían creído que el inglés estaría enfermo y llamaron

repetidas veces, y en vista de que no contestaba descerrajaron la

puerta y entraron. En el cuarto del preso se vió que estaba rota una

sábana de la cama; en el campanario se encontró una peineta de mujer, y

en el zaguán de la torre un fuerte olor a aguarrás.

Algunos creían que el inglés había huído por arte de magia.

En aquel momento dos capitanes hacían un informe para resolver cómo se

había podido llevar a cabo la evasión.

Después de contarme esto, la señora Landon mandó que me pasaran la

comida, y por la tarde me dediqué a leer.

Al tercer día de cautiverio la señora Landon vino a visitarme y me dijo

que había visto al subdelegado de policía y le había confesado que yo

estaba en su casa. El subdelegado le advirtió que no me presentara en

la calle, pero que no tenía necesidad de esconderme.

El mismo día la señora Landon me indicó que me iba a llevar por la

noche a casa de un sastre; le dije que en aquel momento yo no tenía

dinero, a lo que contestó que no importaba. Como la señora Landon era

tan dominante, tuve que ceder y fuí con ella en coche a ver al sastre,

que llegaba de Gibraltar.

Era este sastre un francés de caricatura inglesa: alto, flaco, con los

hombros más altos que la cabeza, la cara juanetuda y amarilla y las

piernas delgadas. No le faltaba para ser un tipo de Gillrray mas que

llevar las pantorrillas al aire, coleta y papillotes, y una rana en la

mano.

El sastre nos elogió sus telas con grandes extremos y nos mostró sus

trajes hechos.

La señora Landon escogió una levita verde botella que, según dijo, me

venía muy bien, dos chalecos de piqué y un pantalón claro.

Después pasamos por una sombrerería, donde me compró un sombrero de

copa; luego, por una zapatería, y volvimos con nuestras compras.

--Ahora, señor Thompson, va usted a hacer lo siguiente: Mañana por la

mañana, antes de que se hayan levantado mis criadas, irá usted al sitio

en donde paran las diligencias con un maletín en la mano; esperará

usted que venga una, y en seguida tomará usted un coche, dará las señas

de mi casa, y se presentará usted aquí y llamará a la puerta. Pasará

usted por mi sobrino.

Hice lo que me dijo, y al día siguiente llamaba a la puerta haciendo mi

papel de extranjero. La criada me hacía entrar en la sala, y la señora

Landon me recibía con una mezcla de displicencia y afecto, como si

fuera de verdad un pariente importuno.

VIII

DILEMA

LOS días siguientes fuí presentado a los amigos como sobrino de la

señora Landon, y llegó esta señora a estar tan bien en su papel de tía,

que me acusaba de holgazán y vagabundo, como si me conociera a fondo.

Aunque lo pasaba bien, me aburría sin salir; tenía grandes

conversaciones con Mercedes, a quien llamaba mi prima, en broma. Le

conté mi vida sin ocultarle nada, y ella me habló de su novio, un

muchacho de Sevilla, que estaba en el ejército, por quien sentía la

señora Landon un gran odio.

Un día, la señora Landon me llamó a su gabinete, y me dijo:

--Habla usted bastante con mi sobrina Mercedes.

--Sí.

--Mi sobrina, que, como habrá usted notado, es bastante coqueta, tiene

una bonita renta, y le convendría a usted, que es un vagabundo sin un

cuarto.

--Ciertamente que me convendría--le dije--; pero como yo, aunque sea

un vagabundo, no soy un granuja, ni siquiera un ambicioso, no tengo

pretensiones con respecto a ella. No. Conozco mi situación.

--No me entiende usted--dijo la señora Landon--. No me parece mal que

se dirija usted a ella.

--Pero hay un inconveniente, señora.

--¿Cuál?

--Que ella tiene un novio.

--Sí; un miserable botarate, raquítico, inútil para todo.

--Pero ella le quiere.

--Pues piense usted que no le quiere. En fin, ya sabe usted. Si usted

consigue que Mercedes olvide a ese mico, usted aquí será el amo; si no,

ya se puede usted marchar de esta casa cuanto antes. Ocho días le doy

de plazo.

Tuve una conferencia con Mercedes, y le dije lo que me había expuesto

la señora Landon.

--Me ha dado ocho días para hacer su conquista. Como yo no me siento

ningún Don Juan, me voy a marchar.

Ella me dijo que no me fuera; pero como el dilema era irme o casarme

con ella, Merceditas optó porque me marchase.

--¿Tiene usted dinero?--me dijo.

--No.

La Ruta del Aventurero · 第 14 / 16 段