--Pues ¿qué pasa?--pregunté.

--Pasa, que la playa de Sanlúcar está llena de ladrones y bandidos y al

extranjero que lo pescan lo cosen a puñaladas.

--¿No hay vigilancia?

--Sí; andan rondando patrullas francesas de caballería, infantería y

gendarmes.

--Pues yo necesito trasladarme a Sanlúcar para ir a Cádiz.

--Le será a usted imposible.

--¿Por qué?

--Porque todos los barcos de estos puertos y los vapores del

Guadalquivir están embargados por las autoridades francesas para llevar

municiones al Puerto de Santa María.

--¿Y qué se dice de la guerra?

--La gente dice que Cádiz resistirá ya muy poco.

Me acosté sin resolver el plan de viaje. Dormí profundamente, y a la

mañana siguiente me encontré sorprendido al ver que entraban en mi

cuarto un sargento y cuatro soldados realistas. Venían a prenderme.

--¡Esto es una equivocación!--exclamé yo--. Yo soy una persona pacífica.

--Sí, será cierto--me replicó el sargento--; pero tenemos la orden de

conducirle a usted preso a Sanlúcar de Barrameda.

Pensé si me habría denunciado el fondista; aunque éste me juró que no

había hablado a nadie de mi presencia allí.

Pagué la fonda, tomé un calesín para preservarme del sol de fuego

que caía, y al paso, y escoltado por los cuatro soldados, salimos de

Bonanza.

El sargento de realistas subió conmigo en el calesín y fuimos hablando.

Me contó que era bodeguero y cachicán de un rico propietario de

Sanlúcar que estaba en Cádiz con los liberales, y que él había tomado

el partido de inscribirse en la Milicia realista para defender los

intereses de su amo contra la barbarie de los absolutistas, que estaban

fanatizados por algunos frailes y clérigos furibundos.

Llegamos al pueblo de Sanlúcar, y entre grupos de campesinos y de

soldados franceses nos acercamos a casa del comandante de voluntarios

realistas.

Entramos en una sala de estas de los pueblos españoles, llenas de

cortinas, que tienen aire de capillitas, y me llevaron a la presencia

del comandante, que estaba en compañía de un cura.

El comandante era un hombre rechoncho, de unos cincuenta años, con

los ojos chiquitos y negros, la cara muy carnosa y roja y una levita

entallada. Le saludé y comenzó a interrogarme.

Conferenciaron después el clérigo y el comandante y me dijeron que

tenía que ir a la cárcel pública.

Protesté, pero fué inútil.

Salí en compañía del sargento; tomamos de nuevo el calesín y bajamos

delante de la cárcel, en una plaza cuadrada. El sargento dió dos

aldabonazos, abrió un soldado un rastrillo, y pasamos adentro por un

corredor hasta otra puerta. Se volvió a llamar: se descorrieron varios

cerrojos; giró un postigo, y un hombre viejo y seco, con una gorrilla

en la cabeza, me hizo pasar a una cuadra grande, donde había unos cien

hombres; unos sentados, otros tendidos, unos charlando y otros fumando.

Saludé a derecha e izquierda, sonriendo amablemente, y me retiré a un

rincón.

--Es un francés--decían unos.

--No; es un inglés.

En esto dos hombres ennegrecidos y malencarados se abanlanzaron a mí, y

cogiéndome uno de ellos de la barbilla me dijo:

--Oiga uzté, inglé. Ya zabe la obligasión de loz novatoz.

--No sé nada. ¿Qué obligación es?

--Apoquine uzté aquí la mitá del dinero que yeva y haga cuenta que noz

ha entendío.

--¿Yo? ¡Ca!--exclamé.

--Vamoz, cabayero, zuelte uzté el dinero--dijo el otro con sorna--, que

en nuestraz manoz eztará máz zeguro, porque aquí hay mucha gente perdía

y ze lo podrían robar.

Volví yo a agitar la cabeza con energía en señal de negación, y uno de

los matones, metiéndome la mano en el bolsillo, me sacó el pañuelo.

Le agarré yo inmediatamente de la chaqueta, y como le tenía sujeto

y él quería escaparse, se desgarró la chaqueta hasta el hombro. El

matón, al ver la prenda de vestir rota, dijo que la estimaba más que

a su propia piel y que aquella ofensa no se podía lavar mas que con

sangre. Efectivamente, abrió la navaja; pero yo, con una rapidez

extraordinaria, le agarré de la muñeca y se la estrujé con tal fuerza

que tuvo que soltar el arma, dando unos chillidos que creí que le había

roto el brazo.

El otro matón se me acercó de lado, con la navaja escondida en la

manga; pero acerté a darle una patada tan definitiva en la parte más

redonda de su individuo, que le dejé en potencia propincua para hacer,

a estilo de Fielding, una luminosa disertación acerca de los puntapiés

en el trasero.

Después de la batalla recogí la navaja del primer matón, que era una

navaja realista, pues en la hoja, a un lado, ponía: «Muero por mi rey»,

y, en el otro: «Peleo a gusto matando negros».

La riña mía había producido un tremendo estrépito entre los presos;

unos estaban a mi favor, otros en contra. Se gritaba y se chillaba con

exageraciones y frases cómicas que se lanzaban unos a otros.

--Que traigan el zanto óleo para ezte zeñó, porque lo voy a

matar--decía uno.

--Encomiéndeze uzté a Dioz--gritaba otro.

En esto entraron los calaboceros repartiendo estacazos a diestro y

siniestro, seguidos del alcaide. El alcaide prendió a los dos matones y

me interrogó. Era un hombre tuerto, alto, seco, membrudo y malencarado.

Le conté lo que había ocurrido y decidió sacarme de aquella cuadra y

llevarme a la alcaidía.

V

NIEVES LA ALCAIDESA

EN compañía del tuerto salí de la cuadra, recorrí un largo pasillo,

subimos una escalera de madera y entramos en una hermosa casa. Era la

alcaidía. En una salita, cosiendo, había una mujer. El tuerto me dijo

que era su señora. Se llamaba Nieves.

Era la Nieves una mujer soberbia, de unos treinta años, morena, de

tipo árabe, los ojos negros, rasgados, el pelo de ébano, los dientes

deslumbrantes y la boca pequeña. Había nacido en Ceuta.

Explicó el tuerto a su mujer lo que me había pasado. Nos sentamos.

Luego el tuerto habló largo rato. Era un aventurero. Había sido

sargento de artillería en Orán y vivido mucho tiempo entre los moros.

El alcaide, después de contarme largas historias muy interesantes, dijo

a su mujer que me arreglara dos comidas al día, me pusiera una cama y

me llevara lo que bien le pareciera. Dicho esto, el hombre se marchó y

nos quedamos la alcaidesa y yo solos.

Me preguntó quién era y por qué me habían metido en la cárcel, y se lo

conté. Estuvimos charlando amablemente largo rato.

Por la noche, antes de la hora de cenar, vino el tuerto y me dijo que

el comandante de los voluntarios realistas, el amo del pueblo en aquel

momento, había sabido mi riña en la cárcel con los matones, lo que

le hizo mucha gracia, y añadió que podía estar yo en la alcaidía con

tranquilidad hasta que se enviara la remesa de presos a Sevilla, y que

me autorizaba para salir a pasear por la ciudad con una persona de

confianza.

--Bueno; entonses zaldrá conmigo--dijo la Nieves--. ¿Eh, qué parese

inglé?

--Yo encantado. Si su marido lo permite.

--Nada, nada; aquí mando yo.

Se marchó el tuerto y quedé solo con la alcaidesa y la criada.

Pusieron la mesa y dos cubiertos.

--¿Su marido de usted no come con nosotros?--pregunté.

--No; él come zolo y yo también.

Me sirvió la sopa, un puchero con garbanzos y jamón, y un buen trozo

de carne, un plato de verdura, luego una perdiz asada, después pescado

frito, aceitunas en abundancia, todo esto regado con vino de Manzanilla

de Sanlúcar y tinto de Rota.

Yo comí como un bárbaro, y algo arrepentido le dije a la alcaidesa:

--He comido como un príncipe, como un príncipe hambriento; pero temo no

poder estar aquí mucho tiempo, porque esto debe costar mucho.

--Te yevaré trez pezetaz al día--dijo la Nieves, que se había empeñado

en hablarme de tú.

--¿Tres pesetas?

--Zí.

--¡Pero se va usted a arruinar!

--Ezo a ti no te importa. Ahora me voy a veztir y noz vamoz al café.

Esperé un momento, y poco después se presentó la Nieves muy peinada,

con grandes rizos, vestida de negro, con mantilla de casco y una rosa

roja en la mata negra del pelo.

--¿Eztoy bien azí?--me dijo.

--Como la mismísima diosa Venus.

--Bueno, bueno; pocaz bromaz, que tengo mal genio.

--Pues no sabe usted lo que a mí me gustan las mujeres de mal genio,

patrona--le dije yo.

--Vamoz, sosón, ¡zangre gorda! Arréglate.

La alcaidesa me miró, me arregló la corbata y se echó a reír.

Cruzamos unas calles, salimos a la plaza de la Constitución, que ya era

de la ex Constitución, y entramos en un café lleno de gente.

La Nieves y yo llamamos la atención de todos los espectadores; las

mujeres hablaban de mí; aseguraban que era un inglés millonario y

liberal; los franceses se entusiasmaban con la gracia y el garbo de la

Nieves.

--¡Oh, quelle belle fille!--se les oía decir--. ¡C'est un vrai tipe

d'andalouse! Voilà una véritable manola.

Salimos del café y estuvimos paseando por la plaza.

Había muchas chicas bonitas, de ojos negros y vivos, en el paseo. Este

cantar que oí por entonces me pareció muy legitimado:

Para alcarrazas, Chiclana;

para trigo, Trebujena,

y para niñas bonitas,

Sanlúcar de Barrameda.

A las once de la noche mi patrona se cansó de pasear y nos volvimos a

la cárcel.

VI

LAS RECOMENDACIONES

AQUELLA noche me acosté en una hermosa cama y dormí hasta las ocho.

Poco después la Nieves abrió la ventana y me trajo un vaso de leche

azucarada, con una torta, y me dijo que la tomase bien caliente y que

no me levantase hasta las diez.

--Señora--le dije--: me trata usted demasiado bien; yo debo ser quien

tenga el honor de servir a usted.

--A mí no me llamez zeñora. Erez un tonto, inglé.

--Sí; pero soy un tonto bien cuidado.

Me levanté de la cama y me vestí.

--Ahora vamoz a zalir--dijo ella.

--Bueno.

Salimos a la calle y fuimos a la parroquia.

--Le advierto a usted que soy protestante--le dije, para ver qué

contestaba.

--¿Qué me cuentaz con ezo?--exclamó ella con desgarro--. ¿Que erez

hereje? Pues hijo mío, dilo en alta vo y te llevarán al palo.

Yo quise convencerla seriamente de que todo el mundo tiene derecho a

profesar sus ideas religiosas; pero no me hizo caso y fué necesario

oír misa, tomar agua bendita y hasta darse golpes de pecho como un

verdadero papista.

Al salir de la iglesia me dijo:

--Ahora vamoz a ve a mi comadre, que ez prima del comandante de

voluntarioz realiztaz, a ver si hase algo por ti.

--Vamos donde usted quiera.

La comadre era una mujerona morenaza y atrevida.

--¿De dónde haz zacado a ezte inglezote?--le dijo a mi patrona, al

verme.

La Nieves le contó lo que me había pasado; dijo que yo era un inocente

completo y que quería que ella hablase al comandante de realistas para

que no hicieran una charranada conmigo.

La comadre dijo que haría lo que pudiese; pero que la Nieves debía

hablar también al primo de una amiga del ama del cura que era consejero

del comandante.

Por la conversación resultaba que no se hacía absolutamente nada en el

pueblo mas que por recomendaciones.

Esta red de influencias y de manejos maquiavélicos lo tenía todo minado.

Era imposible que hubiese así la más ligera sombra de justicia en el

pueblo.

Después de la visita a la comadre de la Nieves volvimos a la cárcel.

Estuve seis días en la alcaidía. Para no quedar torpe con la

inmovilidad y la buena alimentación me dedicaba a hacer gimnasia; luego

hablaba con mi patrona.

La Nieves llevaba y traía a su marido como a un cordero; ella vestía

los pantalones en la casa, y, según las malas lenguas, empleaba de

cuando en cuando y con gran eficacia una vara de fresno, con la cual

devolvía la razón a su marido, que la perdía en la taberna, por lo

menos una vez por semana.

Por lo que me dijeron, esta costumbre la inauguró una noche que el

tuerto, de mal humor, quiso emplear con su mujer el mismo procedimiento

que empleaba con los presos; es decir, el del garrote; pero ella se lo

quitó a tiempo y le supo administrar tal paliza que el tuerto quedó

convencido para siempre de la superioridad de su mujer.

VII

EN EL CAMINO

A los seis días de vivir en casa de la Nieves la comadre suya me avisó

que a la mañana siguiente iban a trasladar a los presos a Sevilla; yo

iría a caballo con el sargento.

Efectivamente; antes de la siete se presentó la escolta a la puerta de

la cárcel. Sacaron de ella unos ochenta presos, cincuenta milicianos y

soldados prisioneros del Trocadero, y el resto, de delitos comunes.

El comandante de realistas y la comadre de la alcaidesa vinieron a

saludarme, y la Nieves me abrazó casi llorando.

Subí a mi caballo, y al lado del sargento, que montaba una linda jaca

cordobesa, salimos del pueblo.

Llegamos a las tres horas a una venta del camino entre Sanlúcar y

Trebujena y se detuvo nuestra comitiva. A los presos de delitos comunes

se les metió en un corral, debajo de un cobertizo; a los políticos se

les llevó a una cuadra, y nosotros, el sargento y yo, quedamos en el

ventorro.

Entramos en la cocina, que era enorme, y hablamos con la ventera. Nos

dijo que si no queríamos esperar podía darnos al momento una sopa,

un puchero, una cazuela de arroz con conejo, un plato de callos y

ensalada.

--¿Qué le parece a usted?--me preguntó el sargento.

--Que luego es tarde, como decía mi patrona.

Nos sentamos en una mesita pequeña, dispuestos a comer, cuando estalló

un gran escándalo en el zaguán; salimos a ver qué pasaba y vimos a un

grupo de oficiales franceses acompañados por una pequeña escolta.

Hablaban de una manera tan despótica y tan desagradable, que para

cortar las explicaciones salí yo al portal y me ofrecí a servirles de

intérprete y de amistoso componedor.

Los franceses querían habitaciones para dos jefes; el ventero se las

pudo proporcionar.

Arreglada la cosa comimos el sargento y yo en paz en un rincón de la

cocina.

Habíamos dado buena cuenta de la sopa, del cocido y del arroz con

conejo, e íbamos a comenzar con los callos cuando me acordé de los

presos liberales que venían con nosotros, y dije:

--¿Habrá comido esa pobre gente?

--Sí, algo tendrán.

--¿Quiénes son estos presos políticos?

--Son catalanes--me dijo el sargento--que estaban en el ejército de

Cádiz. Parece que hicieron una salida de la isla a los pinares de

Chiclana y se vieron rodeados por los franceses. Quisieron resistir,

pero la mitad de ellos murieron, y los demás quedaron prisioneros con

el teniente.

--Bueno; vamos a llevarles esta fuente de callos. Les compraré unos

panes y unas botellas de vino.--Lo hice así; entramos en una tejavana,

y hablé yo con el teniente catalán, quien me confesó que tenía un

hambre que se le nublaba la vista, y que nuestra aparición en el corral

con la fuente de callos y los panes le había parecido más sublime que

todas las apariciones celestes.

A las dos horas de llegar a la venta el sargento dió la orden de marcha

y nos formamos todos.

Uno de los militares franceses, comandante de la gendarmería real,

estaba en el balcón de la posada.

--¿Es que es usted el jefe de esta canalla de soldados de la Fe?--me

preguntó en francés, de una manera incisiva y seca.

--Esta canalla se ha formado gracias a la protección y a los cuidados

de ustedes los franceses--le dije, inclinándome.

--Ya lo sé. Es una vergüenza para la Francia. ¿En calidad de qué va

usted con esa tropa?

--Voy como prisionero a que me identifiquen en Sevilla.

El comandante me dió su nombre y sus señas, ofreciéndose por si me

podía ser útil en algo, y echamos a andar.

--¿Qué le ha dicho a usted ese franchute?--me preguntó el sargento.

--Me ha preguntado por qué iba en la comitiva.

--¡Qué gente! Se tienen que meter en todo; ya se creen otra vez los

amos de España.

Al salir del camino de Trebujena y desembocar en la carretera que va

de Jerez de la Frontera a Lebrija, se acercó a nosotros un escuadrón

de caballería española. Iban diez o doce jefes, entre ellos un edecán

francés, escoltando a un general.

El general era un hombre ya viejo, de cara correcta, patillas blancas,

ojos claros y aspecto malhumorado.

Uno de los jefes del escuadrón se paró a preguntar al sargento quién

era yo, y el sargento preguntó a su vez a un soldado quién era el

general que escoltaban, a lo que contestó diciendo que era don

Francisco Ballesteros, un militar de los liberales exaltados que

acababa de capitular de una manera más que sospechosa.

Al anochecer llegamos a Lebrija, y el sargento y yo fuimos enviados a

casa de un labrador rico, de ideas liberales, que nos trató muy bien.

CUARTA PARTE

PRISIONERO

I

EL SALÓN DE CORTES

EL día 27 de septiembre de 1823, a las once de la mañana, llegábamos

los presos a la capital de Andalucía y hacíamos nuestra entrada

triunfal en medio de gritos y mueras y de alguno que otro tomate

podrido o troncho de berza con que nos obsequiaba el pueblo soberano.

Fuimos todos a parar a la subdelegación de policía.

El subdelegado estaba en Alcalá de Guadaira, y nos recibió su

secretario.

Interrogó al sargento rápidamente y mandó que llevaran a los presos por

delitos comunes a la cárcel, a los soldados catalanes a la comandancia

militar, y a mí al Salón de Cortes.

El sargento distribuyó su fuerza y me envió con un soldado a mi

destino. Aquel Salón de Cortes era un antiguo cuartel de artillería,

que antes había sido colegio de jesuítas. Me recibió el alcaide, un

andaluz de unos sesenta años, a quien llamaban el señor Pepe, hombre

que para dar mayor brillo a su figura vestía un frac viejo y un

sombrero de copa.

--¿Ez uzté inglé?--me dijo.

--Sí, señor.

--No zé zi estará uzté bien aquí, porque loz ingleze zon muy amigoz de

comodidadez; pero véngaze al zalón, y ayí ze encontrará entre cabayeroz.

Entré en el salón, y fuí muy bien acogido por aquellos señores

liberales presos.

El señor Pepe, el alcaide, me alquiló dos colchones y una almohada, y

buscando sitio para hacer mi nido encontré una pequeña tribuna vacante,

donde me instalé.

Poco después del mediodía, los presos se disponían a comer en las

mesas, formando grupos. Como yo no pertenecía a ninguno de ellos, me

senté por separado en un banco y me preparé a comer un poco de pescado

frito y pan, que me vendió el alcaide por seis reales.

Los de la mesa inmediata me instaron a que me reuniese con ellos;

les di las gracias, diciendo que no tenía ganas; pero dos señores se

levantaron, me agarraron, me pusieron de pie y me obligaron a sentarme

a su lado.

Comimos admirablemente, y algunos de aquellos sevillanos me dieron

broma por mi falta de apetito.

--Un muchacho como éste, como un castillo, y además inglés--decía un

viejo--, se traga todo lo que le pongan.

Después de comer y de tomar café se quitaron las mesas, y unos se

pusieron a fumar sentados en las sillas, y otros a pasear por la

antigua iglesia, como si estuvieran en una plazoleta.

Hubo discusiones violentas, interrumpidas por chistes; luego un

señor se subió en una silla y echó un discurso muy retórico que fué

estrepitosamente aplaudido.

Aquello me daba una impresión un poco rara: no se podía comprender si

iba en serio o en broma.

La mayor parte de los presos eran caballeros y ricos propietarios de

Sevilla.

Se pasó la tarde así, y al anochecer comenzaron a entrar en el salón

las familias, los parientes y amigos de los presos.

A la hora estaba llena la antigua capilla. Se encendieron las lámparas,

se pusieron mesas de juego y el salón se convirtió en un gran café.

Asistieron también muchos oficiales de artillería y algunos jefes de la

guarnición.

Yo me paseé con un coronel llamado Rosales y un canónigo grueso que

estaba detenido como liberal: el canónigo Molinedo.

El coronel Rosales y el canónigo dijeron que las noticias de Cádiz eran

muy malas y que el Gobierno constitucional había hecho proposiciones de

paz a los franceses.

A las once se dió la orden de evacuar el salón por las familias y gente

extraña. Cada cual se dispuso a acostarse; yo me metí en mi tribuna, y

tendido en el colchón pasé la noche en un sueño.

II

LA SEÑORA LANDON

AL día siguiente me desperté temprano, me lavé y me vestí, y salí a

pasear por los claustros del convento.

Le dije al señor Pepe, el alcaide, que me permitiera hacer gimnasia en

el claustro, porque me apoltronaba estando quieto.

El señor Pepe debió desconfiar, porque puso un subordinado suyo, un

hombre bajito y rubio, para que me vigilara. No tenía aquel guardián un

aire tranquilizador. Se me figuró conocerle, aunque no sabía de qué.

Hice una porción de flexiones en el montante de una puerta, bastante

fuerte para sostenerme a mí, y anduve después con las manos, con la

cabeza para abajo y los pies para arriba.

Me encontraba en esta actitud cuando oí risas de mujer; volví a mi

posición natural y me encontré con la señora Landon y su sobrina

Mercedes.

--Hace usted unas planchas preciosas--me dijo Mercedes, burlonamente.

--Sí, no las hago mal. Y ¿qué las trae a ustedes por aquí?

--Vengo por usted--me dijo la señora Landon--. Me hablaron ayer de un

inglés que estaba preso de las señas de usted, y venimos a verle.

Yo me incliné muy reconocido.

Añadió la señora Landon que conocía mucho al subdelegado de policía

de Sevilla, don Lorenzo Hernández de Alba, y que inmediatamente que

volviera de Alcalá de Guadaira le hablaría para que me dejaran en

libertad.

--Yo supongo que usted no será ningún Bruto. ¿No habrá usted matado a

ningún tirano?

--No, no. A no ser en sueños.

--Entonces creo que le libraremos a usted.

Le di mis más expresivas gracias, y la señora Landon añadió que

mandaría enviar una cama y ropa blanca para mí, y que encargaría a una

fonda mi comida y almuerzo.

--Señora--le dije--, que no me manden mucha comida, porque la comeré

toda y me pondré pesado y no podré hacer estos ejercicios.

La señorita Mercedes se reía. Charlaron un largo rato conmigo, dijeron

que volverían al día siguiente y se fueron.

Yo me reuní con el canónigo grueso de la noche anterior y con un joven

capitán que se llamaba Iscar.

Iscar era un hombre muy nervioso y muy vivo, que había tomado parte en

varios movimientos revolucionarios. Fué el brazo derecho del general

Porlier cuando éste intentó levantarse en Galicia con el marqués de

Viluma. Fracasada la empresa de Porlier y fusilado el general, a

quien llamaban el Marquesito, Iscar, Viluma y los demás complicados

estuvieron presos en La Coruña durante algún tiempo.

--Ha tenido usted la visita de una señora principal de Sevilla--me dijo

el canónigo.

--Sí, la señora Landon.

--Los sevillanos que están aquí han quedado un poco asombrados de la

visita, y dicen que debe usted ser hombre de gran familia y posición.

--No, no. Soy de familia modesta.

El canónigo sonrió con incredulidad. En esto pasó el hombrecito rubio

que me había vigilado mientras yo hacía gimnasia, y el capitán Iscar se

abalanzó a él.

El hombre rubio miró antes a derecha e izquierda con gran alarma,

hablaron los dos un rato rápidamente y se separaron.

--Esto está lleno de misterios--me dijo el canónigo.

Volvimos al salón; pero la estancia allí no era del todo grata.

Entre los presos había enfermos en sus camas, algunos de tifus y de

disentería; nadie se había cuidado de resolver el modo de ventilar la

antigua iglesia, y el ambiente era ya irrespirable.

Yo decidí dejar la tribuna y poner mis dos colchones en el claustro, a

pesar de que todo el mundo consideraba esto como una extravagancia.

III

LA TORRE

EL último día del mes de septiembre entraron en el viejo edificio

del Salón de Cortes una nueva remesa de nacionales prisioneros del

Trocadero. Estaban asustados. Hablé con alguno de ellos, y me dijeron

que temían por su vida, pues habían fusilado varios de los suyos en el

camino.

El mismo día el Salón de Cortes se desocupó y más de la mitad de los

presos vecinos de Sevilla quedaron libres, gracias a las gestiones

del subdelegado de policía. Esta mezcla de severidad y de lenidad me

preocupaba; a veces me figuraba que se iba a implantar el terror blanco

por los realistas; a veces, que todo era una broma.

Al parecer, esta divergencia dimanaba de que en ocasiones mandaba el

capitán general, y en otras, el subdelegado de policía.

El capitán general quería fusilar a todo el mundo, y, en cambio,

el subdelegado de policía pretendía dejar en libertad a los presos

políticos; de aquí esta desigualdad de procedimientos tan inquietante

y tan absurda. Yo estaba sin saber a qué atenerme; tan pronto me

parecía aquello una comedia de risa, como una cosa seria. Los presos se

escapaban con el asentimiento del subdelegado; pero de cuando en cuando

se ponía a uno en capilla y se le fusilaba por orden de un consejo de

guerra.

Una mañana, antes de almorzar, vino a visitarme la señora Landon

con su sobrina; me dijeron que el subdelegado había dado orden de

dejarme en libertad; pero que el secretario se oponía diciendo que el

capitán general había escrito recomendando la mayor vigilancia con los

extranjeros sospechosos.

La Ruta del Aventurero · 第 13 / 16 段