--No; no quiero.
--Las tendrá usted que tomar.
--Bueno; las tomaré.
--¿Y cuándo se va usted?
--Mañana mismo. Llevaré de la biblioteca este libro de _Historia
Natural_ de William Bowles.
--Sí, sí; puede usted llevárselos todos, si quiere.
Al anochecer salí de la casa y fuí a ver al banquero y representante de
Bertrán de Lis, por si tenía alguna noticia de Inglaterra.
Al entrar en la cárcel le había escrito a Will Tick diciéndole lo que
me pasaba y encargándole que si tenía algo que decirme escribiera al
banquero de Sevilla.
El banquero me dijo que no le habían escrito absolutamente nada.
Únicamente sabía que, por encargo de los filohelenos de Londres, se
estaban comprando armas en Algeciras, que se llevarían en un barco que
pasaría por el Estrecho con voluntarios, en dirección a Grecia.
Volví a casa, y por la noche escribí una carta a la señora Landon
dándole las gracias por sus bondades, y al amanecer me vestí mi
redingote viejo y la ropa que había sacado de Madrid; abrí la puerta,
crucé Sevilla y me dirigí camino de Jimena.
IX
DE VIAJE
TOMÉ mi camino hacia Gibraltar por Utrera. Era a principios de
noviembre y hacía un hermoso tiempo para viajar. Las horas de sol
apretaba el calor, pero no de una manera molesta.
Solía dormir en el campo; compraba pan en los pueblos, y con pan y
fruta me alimentaba.
Me sirvió mucho el libro de William Bowles que había sacado de casa de
la señora Landon, y gracias a sus indicaciones pude desayunarme con los
frutos del madroño (_arbustus unedo_), del alfonsigo (_pistacia vera_)
y del algarrobo (_seratonia silicua_), que produce vainas azucaradas.
También tuve que explotar, en malas ocasiones, la _glycyrrhiza gladia_
o regaliz y el _opuntia vulgaris_ o higo chumbo.
Lo pasaba mal que bien siguiendo mi camino cuando, al comenzar a subir
una sierra, entre El Bosque y Ubrique, me encontré con un aldeano que
marchaba con su hija a Gibraltar; los dos a caballo.
El era hombre de cincuenta años, muy moreno y muy seco, con patillas ya
grises. Ella tendría lo más unos quince o diez y seis, y era preciosa,
delgada, fina, con los ojos negros, llameantes, la cara redonda y los
labios rojos.
Hablamos largamente el hombre y yo; me dijo que viajaba con frecuencia
y que hacía contrabando. El se llamaba el señor Juan; la niña,
Milagros. Yo les conté quién era y algunas de mis aventuras, y los dos
se rieron mucho.
--Vaya, móntese usted a la grupa de mi caballo--me dijo él--, que me va
dando pena verle caminar a pie.
Subí al caballo y seguimos conversando y marchando por entre breñales
secos, abruptos, interrumpidos muy de tarde en tarde por matas
polvorientas y lentiscos.
En los picachos áridos, quemados por el sol, se veían algunas cabras, y
las águilas volaban trazando grandes curvas por el aire.
--¿Y qué? ¿No tiene usted miedo a los bandidos?--me dijo de pronto ella.
--Yo, ninguno. ¿A mí qué me van a hacer, si no tengo un cuarto?
--Quitarle la vida.
--¿Para qué?
--¿No le han ofrecido allí en Sevilla un seguro para los ladrones?--me
preguntó él.
--A mí, no. ¿Es que hay un seguro así?
--Sí, señor. En toda Andalucía tiene usted seguros contra los ladrones.
El propietario que viaja y no quiere ser robado paga una cantidad a la
sociedad, y ésta le da un salvoconducto y a veces una pequeña escolta.
--¿Pero el Gobierno no hace nada para acabar con esta inmoralidad?
--Nada. El Gobierno de la Constitución parece que ha querido hacer
algo; pero con la entrada de los franceses se ha acabado todo el orden,
y la gente perdida anda por los caminos como Pedro por su casa.
Mientras el señor Juan hablaba, su hija me examinaba con una mirada
curiosa e irónica.
Ibamos marchando por un mal camino ardoroso y polvoriento, por la
sierra, entre grandes encinas y algarrobos.
Antes de llegar a Ubrique paramos en una venta del camino.
--¿Usted hará noche aquí?--me dijo el señor Juan.
--¿Es buena venta ésta?--le pregunté.
--Muy buena.
--Es que no me quedan mas que unas pocas pesetas para llegar a
Algeciras y no me atrevo a gastarlas.
--No tenga usted cuidado. No le llevarán aquí casi nada.
Bajamos en la venta, y el ventero, un tipo no muy bien encarado, nos
llevó a los tres a la cocina. Estuvimos charlando, cenamos, y después
de cenar se armó un bailoteo de padre y muy señor mío con la Milagros y
otras chicas de la venta y unos mozos arrieros.
Los tales arrieros me parecieron un tanto desvergonzados. El señor Juan
me presentó a ellos.
Se llamaban el Gavilán, el Moreno, el tío Malaspulgas y el Manquillo;
todos iban muy elegantes.
Me chocó que obedecieran al señor Juan ciegamente, y éste me dijo que
eran sus mozos.
Yo tuve que bailar y lucir las habilidades que había aprendido en
Sevilla en la academia de Alvarez de Acuña.
--¡Olé por el inglés! ¡Ahí la sangrecita gitana! ¡Vaya calor!--me
gritaban.
Estuvimos de broma hasta media noche.
Cansado y con el recuerdo de la Milagros en el cerebro me eché en un
colchón y me quedé dormido.
Desperté ya entrada la mañana. Bajé a la cocina y no había nadie.
Llamé, no me contestaron. La puerta estaba cerrada.
Entré en un cuarto próximo a la cocina y me chocó ver en un rincón dos
trabucos y varios paquetes.
¿Quizá aquél era un nido de contrabandistas? Salí al zaguán y quedé
atónito y espantado al ver en el suelo un reguero de sangre. Este
reguero manchaba el portal y la cocina, seguía por un corralillo y
terminaba en un rincón, donde la tierra estaba removida. La idea de
que allí acababan de enterrar a un hombre me sobrecogió.
Entonces recordé vagamente que de noche había oído ruido y rumores de
lucha. ¿Este señor Juan y su hija y sus mozos serían bandidos?
Me pareció que no cabía duda, y sin pensar en más escalé la tapia del
corral, salté al campo y salí a marchas forzadas camino de Ubrique.
Al registrarme los bolsillos vi que me habían robado el poco dinero que
llevaba, dejándome solamente unas monedas de cobre.
X
UN LOCO
PASÉ Ubrique, pueblo bastante mísero, en donde todo el mundo se
dedicaba a hacer contrabando con la mayor impunidad y a coser petacas
de cuero. Me chocó que se vendiera el tabaco de contrabando a la vista
de todo el mundo, y me dijeron que el Gobierno español no se atrevía a
mandar aduaneros.
Los ubriqueños estaban dispuestos a defender su prerrogativa de hacer
contrabando con la sangre de sus venas.
Desde Ubrique me interné en la sierra de los Gazules y llegué a Jimena.
Entraba en este pueblo por una callejuela cuando me vi seguido por un
hombre alto, delgado, moreno, con los ojos muy hundidos y la barba
negra, manchada de plata. Me esperaba algún nuevo percance. Me detuve
dispuesto a afrontar el conflicto. El hombre se me acercó y me dijo con
una voz bronca:
--¿Es usted godo?
Hice un gesto de extrañeza, que lo mismo podía ser afirmativo que
negativo.
El hombre debió creer que decía que sí, y sacando una hoja del bolsillo
exclamó:
--Tome usted y lea usted.
Cogí el papel, que era un impreso, y comencé a leerlo. Se trataba
de un manifiesto anticonstitucional completamente absurdo en donde
se protestaba de las impiedades de la época. El manifiesto terminaba
diciendo: «¡Viva la religión! ¡Viva el Cid! ¡Viva el honor castellano!
¡Abajo el vil judío que mora en Gibraltar!
»Dado en Jimena de la Frontera el 15 de agosto de 1823.--_Yo el Rey._»
Después de leer el papel sonreí, comprendiendo que aquel pobre hombre
no andaba bien del caletre, e hice una señal de asentimiento, y el
loco, agarrándome del brazo, me dijo:
--¿Me reconoce usted como soberano?
--Sí, señor.
--¿Me traerá usted la cabeza del traidor Riego?
--Ahora mismo.
--¿Sabe usted dónde está ese pillo?
--Sí; necesitaría una cuerda para atarlo.
--Ahora vengo con ella.
El loco echó a correr y yo me metí en una posada. Pedí noticias de
aquel desdichado, y me dijeron que las cuestiones políticas le habían
sorbido el seso; se habló también de los bandidos que merodeaban en la
sierra; pero yo no dije nada ni indiqué que los conocía.
Por la tarde salí de Jimena, y poco después comencé a ver el mar.
El paisaje cambiaba; se veían grandes piteras y chozas con el tejado de
ramaje y de hierba.
Ya enfrente de la bahía encontré a un guardia del resguardo, que me
indicó el camino de Algeciras.
XI
EL COPO
LLEGUÉ a Algeciras un día de noviembre por la mañana, cansado y sin una
moneda de cobre; antes de entrar en el pueblo me acerqué a la playa de
los Paredones, y viendo que no había nadie me desnudé, dejé la ropa
sujeta con una piedra y me metí en el mar.
El agua estaba templada; me froté el cuerpo con manojos de algas secas
y con arena.
El baño me quitó la comezón del camino y me dió un gran sueño y mucha
hambre.
Me hubiera gustado ser como el asno de Buridán, que me hubiesen
puesto a un lado una ración de comida y al otro unos colchones, para
demostrar, eligiendo, que tenía libre albedrío.
Como no estaba de suerte, no pude satisfacer mis dos necesidades de
comer y dormir, y me decidí por aquella que no me costaba nada, y me
tumbé al lado de una barca, de manera que el sol no me diese en la
cabeza.
Dormí bastantes horas, y cuando me desperté me encontré rodeado de un
círculo de muchachos y de algún hombre, haraposos todos, que me miraban
hablando y riendo.
--Este es un gigante--decía uno.
--¡Ca! ¡Es un elefante!
--Pues las patas las tiene de camello.
--No vaya a ser un ballenato que se ha escapado de la jaula.
--¿A qué va a venir aquí un ballenato, compadre?
--Quizá quiera tomar lecciones para sacar el copo.
--Señores--dije yo, incorporándome--, no soy nada de lo que dicen
ustedes; soy un ciudadano inglés que en este momento bosteza de hambre.
--¡Ah! Es un inglé--exclamaron todos.
--Pues, nada--dijo uno--: si tiene usted tanta carpanta, tire usted del
copo con nosotros y tendrá usted su parte.
--Tiraré aunque sea de una carreta por comer.
Quizá el hombre había hecho su ofrecimiento con ironía; pero al ver que
yo aceptaba su proposición se quedó sorprendido.
Me enteré en qué consistía el copo; me quité la levita, que dejé en
una caseta de la playa, cogí una cuerda de esparto con un corcho en la
punta y me puse a tirar de la sirga como los demás.
Teníamos ya las redes cerca de la playa cuando se nos acercó un vejete.
--No cogeréis más de dos pájaros--nos dijo.
El pronunciaba _páharos_.
--Así revientes, pájaro de mal agüero--murmuré yo.
Se sacó el copo, salieron en la red un amontonamiento de peces grandes,
y de pececillos, y se presentaron en seguida varios hombres a ofrecer
dinero por el pescado. Se terminó la subasta y se sacaron cincuenta
reales, de los que me correspondieron a mí tres. Al parecer fué una
buena pesca. Concluída la faena me lavé y me puse la levita.
--¿Dónde coméis vosotros?--le dije a uno de los muchachos compañeros
míos de tirar del copo.
Cada uno me indicó un sitio distinto y me decidí a ir a un figón con
uno a quien llamaban _Cara e perro_, que me inspiró más confianza. Comí
en el muelle, en una taberna, cerca de donde sale al mar el río de la
Miel, y fraternicé con _Cara e perro_, el _Currichi_, el _Mojama_, el
_Chirri_, el _Rondeño_ y otros personajes distinguidos.
Estaba pensando en el problema de acostarme cuando se presentó en la
taberna un hombre de unos veinticinco años, en compañía de un viejo.
El joven se acercó a la mesa.
--Tú, _Chirri_--dijo de una manera imperiosa--, vete a casa del
_Nacional_ y dile que mañana esté listo para las siete.
El _Chirri_ se levantó inmediatamente y salió escapado.
--¿Quién es este señor?--pregunté yo, señalando al hombre del bigote.
--Este es Paquito, nuestro patrón--me dijeron--, el amo de la red de la
que ha tenido usted que tirar esta mañana, y de los botes.
--¿El no suele estar allá?
--No; él tiene dos barcas, una grande, con la que hace el contrabando,
que se llama el _Lince_, y otra más pequeña, la _Consolación_.
Al mismo tiempo el dueño de las barcas y el viejo que le acompañaba
debían hablar de mí. Paquito llamó a uno de los muchachos que estaban
en mi mesa, que después se me acercó.
--El patrón--me dijo--quiere hablar con usted.
Me levanté y fuí a su mesa.
--Siéntese usted--me dijo Paquito--y tome usted lo que quiera.
Me senté y pedí una taza de café.
Era el patrón un hombre de unos treinta años, delgado, seco, curtido
por el sol y el aire del mar, con los ojos brillantes y el bigote negro.
--¿Es usted inglés?--me preguntó de pronto.
--Sí, señor.
--Me han contado que ha estado usted esta tarde tirando del copo.
--Es verdad.
--¿Ha sido por capricho?
--No. Por ganar unos cuartos para comer. Se me ha concluído el dinero
que traía...
--Eso está bien. Puede uno ser más caballero que el verbo divino y
tener las manos callosas del trabajo... ¿Viene usted de Gibraltar?
--No, vengo por Francia.
--Y, oiga usted, ¿ha venido usted a España por pasear nada más?
--No.
Y en seguida eché mano del mito Cox y lo desarrollé ante los ojos del
patrón.
--¿Le ha gustado a usted España?
--Mucho. Es un país por el que tengo gran simpatía.
--Chóquela usted. No le falta a usted más que una cosa para tenerme de
su parte.
--¿Y es?
--El ser liberal.
--Pues lo soy.
--Es usted de los míos. ¿Cómo se llama usted, señor inglés?
--Yo, Thompson.
--Bueno, señor Thompson, aquí tiene usted un amigo.
--Muchas gracias.
--¿Qué necesita usted por el momento?
--Un sitio donde comer y dormir hasta que me manden dinero de mi país.
--Vendrá usted a mi casa. ¡Hala, vamos!
Salimos de la taberna, tomamos por una calle en cuesta a salir a una
hermosa plaza, y de allá seguimos por una avenida hasta detenernos en
una casita de un piso solo con una puerta grande y un escalón.
--Pase usted, Thompson--me dijo Paquito, y yo pasé.
XII
LA FAMILIA DEL PATRÓN
ME presentó Paquito a su mujer y a su madre y ordenó después que me
arreglaran un cuarto. Estuvimos hablando de varias cosas. Paquito, como
todos los liberales españoles, altos y bajos, tenía la preocupación
de la política y me preguntó acerca de las costumbres parlamentarias
inglesas, estas costumbres que son, según parece, un gran honor para
todo inglés, aunque a mí, la verdad, me han dejado siempre un tanto
indiferente.
Luego hablamos de la posibilidad de que la reacción, entronizada por
los Cien Mil Hijos de San Luis en España, se sostuviera o no. Paquito
tenía la esperanza de un movimiento revolucionario. A mí no me parecía
esto probable, y menos próximo, porque la mayoría de la gente había
quedado cansada de los ensayos infructuosos de los constitucionales.
Acabada nuestra charla me llevaron a un cuarto pequeño y encalado que
me cedieron.
Paquito se mostraba en su casa, a pesar de su liberalismo,
perfectamente tiránico. Era exigente, gruñón; todo lo que hacían los
demás le parecía detestable y únicamente manifestaba benevolencia para
sus faltas.
La madre era por el estilo: una vieja que reñía por costumbre y
hablaba con una rapidez incomprensible para mí. Siempre se quejaba de
frío.
Muchas veces que yo estaba sofocado por la tibieza del ambiente le oía
lamentarse de que no cerraban las puertas:
--¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué frío hace hoy! ¡Me quieren matar! ¡Yo no
puedo resistir este viento, que corta! Santo Cristo de la Alameda,
¿por qué no me habrá quitado Dios de en medio, que no sirvo mas que de
estorbo a todo el mundo?
Así iba esta vieja engarzando quejas y conjurando todos los santos y
santas del calendario.
La mujer de Paquito parecía una princesita condenada a vivir entre
piratas. Tenía un aire resignado, unos ojos claros, ingenuos y una
gran suavidad. Era hija de un militar que había guerreado en América.
Había quedado huérfana muy niña. Se llamaba Dolores. Me pareció que en
la casa no la guardaban consideración alguna y que la hacían trabajar
demasiado.
El matrimonio tenía un chico y una chica. El chico era un salvaje de
seis o siete años, despótico y mal educado. Yo estuve muchas veces
a punto de calentarle las orejas porque se manifestaba de muy mala
intención. El chiquillo llegó a tomarme odio.
Al cuarto o quinto día de llegar a Algeciras fuí a ver al cónsul
inglés, que me proporcionó trabajo para una temporada.
Le dije que estaba en relación con los filohelenos de Londres, y él me
informó de que iba a llegar un barco con soldados para Grecia.
Cuando cobré el dinero del cónsul hablé con Dolores, la mujer de
Paquito, para que me dijera lo que tenía que pagar por estar en su casa.
Nos pusimos de acuerdo, y quedé allá, en mi cuartito pequeño,
escribiendo y pintando. Por la tarde solía dar un paseo por la playa,
y recorría también las calles del pueblo, con sus grandes caserones
blancos, con balconadas salientes, adornadas con hierros barrocos, sus
rejas, sus canalones y sus persianas pintadas de verde.
Paseaba también por la plaza Alta y por una avenida, cuyas bocacalles
iban a dar a la bahía, y por las cuales se divisaba el cielo y el mar.
Como se estaba en un período de política revuelta, todos los días había
algún acontecimiento. A medida que los ministros de Fernando VII se
apoderaban del Poder la represión era mayor. Se hacían prisiones, y
llegaban constantemente cuerdas de presos que el comandante del campo
de Gibraltar, don José O'Donnell, enviaba a los presidios de Africa.
Un día vi en la plaza Alta un espectáculo triste. Un constitucional, un
hombre viejo, de noble aspecto, se escapó de la cuerda; dos voluntarios
realistas le siguieron gritando: «¡A ése! ¡A ése!» La gente fué tras
él, le cogieron y a palos lo dejaron tendido en el suelo.
El pueblo entero manifestaba un gran fervor realista; se había
sustituído la lápida de la Constitución por otra con el letrero: «Plaza
del Rey», con las armas de la ciudad y una corona. Paquito, que estaba
señalado como liberal exaltado, no salía apenas, y muchos, entre ellos
yo, le aconsejaron que fuera a Gibraltar y que no viniese mas que de
tarde en tarde. Esto fué lo que hizo.
Yo me alegré mucho, no por la seguridad de Paquito, que me tenía sin
cuidado, sino por hablar libremente con Dolores. La verdad es que me
iba enamorando de ella por momentos. ¡Era una mujer tan simpática, tan
buena! No me cansaba de oírla.
Ya sé yo que hay un mandamiento, no se cuál, que dice que no se debe
desear la mujer del prójimo; pero esto siempre me ha parecido una
tontería; yo, no sólo deseaba la mujer de mi prójimo, sino que se la
hubiera quitado si hubiese podido.
Cuando Dolores quedó sola con su suegra y los chicos, yo le decía que
saliera, que no estuviera siempre metida en casa.
Un domingo dimos una vuelta por la bahía en el _Lince_, una barca
grande. El _Chirri_ iba al cuidado de la vela y yo al timón.
Estaba el cielo azul y el mar casi tan azul como el cielo.
Enfrente se divisaba el Peñón, de un color gris de ceniza, obscuro en
los sitios cubiertos de bosque y alargado hasta la punta de Europa...
Dolores me habló de su infancia, de la que conservaba un recuerdo
confuso de idas y venidas por colegios de distintas ciudades; me contó
una serie de niñerías con verdadera gracia. Yo le hacía mil preguntas y
le oía encantado.
El barco marchaba suavemente; veía desarrollarse ante mis ojos la línea
quebrada de los montes formada por las últimas ramificaciones de la
sierra de los Gazules.
A lo lejos aparecía la serranía de Ronda, los montes de Gaucín y
Casares y los de Estepona.
Más cerca la sierra Carbonera, con San Roque en un alto; El Campamento,
a orillas del mar, y luego La Línea sobre el arenal que une la tierra
con Gibraltar.
--Vamos ya--dijo Dolores--, que la madre estará esperando.
--¿Qué prisa tiene usted para volver?--le pregunté yo.
--Sí, hay que hacer la cena.
--Deje usted la cena; por un día cenaremos más tarde. ¡El día está tan
hermoso!
--Bueno--replicó ella.
Seguimos hablando. Avanzamos hasta la salida de la bahía. Estaba el
Estrecho lleno de barcos, que navegaban con las velas desplegadas.
Pasamos cerca de las murallas, llenas de líquenes, de la isla Verde.
Ahora se veía el otro extremo de la gran bahía casi circular, la Punta
Carnero, y a lo lejos, la costa de Africa, el acantilado blanquecino de
los montes de Sierra Bullones y el pico de la Almina de Ceuta.
Seguimos hablando Dolores y yo largo rato, y al caer la tarde le dije
al _Chirri_ que volviéramos.
* * * * *
Pasamos de nuevo por delante de la isla Verde. El sol iba retirándose
con lentitud, iba escalando las casas de Algeciras, brillaba en
los cristales, subía a los tejados, los abandonaba e iluminaba el
campanario de la iglesia con una claridad rojiza. La sierra parecía
acercarse, y al borrarse sus repliegues tomaba el aspecto de una
muralla que se levantara tras del pueblo. Las casas se destacaban con
más claridad a la luz fría del crepúsculo.
El cielo tomaba un color de escarlata por el lado del mar y éste iba
brillando con resplandores de rosa.
Al desembarcar, al acercarnos a Algeciras, las ventanas de las casas
comenzaban a iluminarse; se oía en las tabernas rasguear de guitarras y
se sentía un olor fuerte de aceite frío.
Desde el muelle fuimos hasta la plaza Alta.
Al pasar hacia casa oíamos la retreta en un cuartel.
* * * * *
Dos días después estaba en mi cuarto escribiendo, cuando se me presentó
Paquito, con un aire grave, dramático.
Me advirtió que me tenía que hablar; hice ademán de oírle, y de repente
me dijo que yo era un sinvergüenza, un ingrato y un canalla que estaba
cortejando a su mujer. Negué yo el hecho, y entonces él me replicó que
el domingo anterior había ido a pasear en la lancha con Dolores y que
le había dicho que era muy guapa y otra porción de cosas.
--¿Quién le ha dicho a usted eso?
--Mi chico y el _Chirri_.
Me callé y no repliqué; él siguió insultándome, y después insultando a
su mujer.
Esto no lo pude soportar y salté.
Ya furioso, le dije que era un botarate y que su mujer valía millones
de veces más que él; que le tenía por un vanidoso y un farsante; que
su liberalismo era una mentira, porque no era mas que envidia por
los que podían y valían más que él, y, en último término, que estaba
dispuesto a batirme con él a puñetazos, a navajazos o a tiros, porque
le consideraba uno de los seres más despreciables y más ridículos de la
tierra.
Mi indignación le enfrió a Paquito, y sin contestarme nada se marchó,
dejándome solo e iracundo.
XIII
MAC CLAIR
DESPUÉS de nuestra riña, toda la familia de Paquito se trasladó a
Gibraltar, y yo quedé en una casa de la vecindad, en la más profunda
desesperación.
Seguía trabajando para el cónsul, cuando recibí un carta de Will Tick
anunciándome que pocos días después pasaría el Estrecho, en dirección a
Grecia, una expedición de filohelenos.
Antes llegaría a Algeciras el coronel Mac Clair, que iba a comprar
armas y municiones de guerra.
Saldría yo a recibirle al muelle y le reconocería, por ser un tipo
alto y delgado, vestido con un ulster negro con rayas blancas, y que
llevaría un bulto cuadrado envuelto en tela encerada en la mano derecha
y un paraguas en la izquierda.
Efectivamente, lo reconocí. Era Mac Clair un hombre delgado, seco, de
aire enfermizo. Tenía el pelo rojo, rizado, patillas cortas, bigote
grueso y anteojos azules. Por debajo del ulster usaba redingote de
color de castaña.
Llevé a mi casa a Mac Clair, y al día siguiente fuimos en coche a
Tarifa, donde recogimos varias cajas de fusiles, escondidas cerca de la
playa, y las embarcamos en una gabarra.
El coronel Mac Clair marchó después a Gibraltar, donde compró un
ciento de fusiles españoles e ingleses.
El coronel me dijo que me avisaría la llegada del paquebot que venía de
Londres con los filohelenos.
Efectivamente, quince días después me avisó. Con un tiempo muy malo
salimos los dos en un falucho.
Fuimos hasta Tarifa, en donde teníamos nuestras cajas de fusiles, las
embarcamos y esperamos toda una tarde y toda una noche.
Al día siguiente, el coronel reconoció el bergantín _Fénix_, al que
esperábamos.
Nos acercamos al barco, que parecía un gran pez negro sobre el agua, y
entramos en él.
Al pasar por delante de Algeciras se me humedecieron los ojos con el
recuerdo de Dolores.
* * * * *
Estas cuartillas leí a mistress Hervés, en el mirador del castillo de
Ondara, una tarde de verano.
Mi aventura en Grecia, quizá por ser insignificante, no la he escrito
todavía. No sé si la escribiré alguna vez.
Itzea-Vera del Bidasoa.--Octubre, 1916.
FIN DE LA RUTA DEL AVENTURERO
ÍNDICE
Páginas.
PRÓLOGO 7
EL CONVENTO DE MONSANT
I.--Una ciudad levantina 11
II.--El castillo 17
III.--Los sospechosos 21
IV.--Entierro 27
V.--El teniente Eguaguirre 33
VI.--El mirador del castillo 41
VII.--Los oficiales 47
VIII.--Urbina 51
IX.--Recomendación de Kitty 55
X.--Explicación 59
XI.--El proyecto 65
XII.--El viaje 69