Se iban abriendo las puertas de las casas y saliendo los labradores

para sus faenas; luego comenzaron a pasar mujeres, muchachitas y

viejas con su mantilla, camino de la iglesia, y empezó a tocar una

campana.

Di varias vueltas a la catedral hasta encontrar una puerta abierta.

Entré y estuve sentado contemplando la majestuosa nave; luego pasé

a una capilla a mirar un admirable retablo. Estaba apoyado en un

confesonario, por el lado de la reja por donde se confiesan las

mujeres. De pronto apareció por la ventanilla una cabeza gruesa de un

cura, y, sin hablarme, me hizo con la mano un gesto de que me acercara.

Quedé paralizado, horrorizado. Quizá había cometido yo un sacrilegio.

Quizá me esperaba la Inquisición.

Retrocedí de prisa, salí de la capilla y me dirigí hacia la puerta. No

me seguía nadie; pero, por si acaso, me marché fuera.

Comenzaba a hacer calor, pasaban muchos curas por las callejuelas.

Llegué a la plaza y me senté. Había mercado, puestos de verduras, de

cacharros, de instrumentos de labranza....

En las mujeres que correteaban por allí, me pareció ver más claramente

que en los hombres dos tipos distintos: unas, morenas de óvalo

alargado, ojos negros, melancólicos, de aire un tanto judaico, y otras,

con un tipo germano, rubias, con ojos azules o claros, la cara cuadrada

y la mirada enérgica y dura.

Fuí a mi posada. Acababan de llenar de paja el patio, y los montones

dorados de gavillas lo inundaban todo.

Los mozos que habían trabajado, sudando a chorros, estaban bebiendo

vino.

Este polvo, este calor, esta mezcla de barbarie y de simplicidad, este

contraste de la pobreza de los callejones del pueblo con la pompa de la

catedral me dió la revelación de la España clásica, emborrachada con su

sol, con su vino, con su fanatismo y con su violencia.

XIV

EL SANTERO

EL saludador de aspecto judaico pensaba ir hasta Agreda y fuí con él en

el carro de un ordinario. En Cintruénigo se nos reunieron un santero y

un muchacho vizcaíno que iba a Madrid a buscar una _conveniensia_, como

decía él.

El santero era un hombre flaco y denegrido, con los ojos muy brillantes

y el pelo rizado. Parecía un cuervo; llevaba una sotana raída, unas

polainas y un sombrero ancho colocado encima de un pañuelo negro que le

apretaba la cabeza.

El vizcaíno era alto, estrecho, de nariz larga y gruesa, ojos abultados

y expresión parada. Se llamaba Belausteguigoitia, y tenía un segundo

apellido más largo que éste.

Belausteguigoitia creía que los Belausteguigoitias eran la flor de su

pueblo en Vizcaya; que Vizcaya era la flor de España, y España, la

flor del mundo. Los Belausteguigoitias eran las delicias del género

humano, y se podía considerar como un verdadero honor el que este

exquisito molde de los Belausteguigoitias siguiera produciendo más

Belausteguigoitias y esparciéndolos por el mundo, para ejemplo de los

demás y gloria suya.

La sociedad entera debía estar interesada en el acrecentamiento y en

la propagación de los Belausteguigoitias y de sus narices.

Este vizcaíno habló de las grandezas de su pueblo y de su familia de

una manera tan exagerada, que provocó la réplica irónica del saludador,

quien le dijo que no comprendía cómo estando tan bien en su casa podía

dirigirse a Madrid, a pie, en busca de una _conveniensia_.

El vizcaíno dijo orgullosamente que el saludador era un ignorante

y un plebeyo, y el saludador le contestó que había conocido mucha

gente fantasmona y vanidosa entre los vizcaínos; pero que nunca había

encontrado uno tan vanidoso y tan fantasmón como él.

Belausteguigoitia se dió por ofendido y no nos dirigió la palabra.

Discutimos después el santero, el saludador y yo de varias cosas; los

dos creían en el diablo como en un personaje que anduviera todos los

días cruzándose en su camino, algo como un perro que se metiera entre

las piernas.

--Si yo creyera tanto como ustedes en el diablo y en Dios--les dije--,

dejaría al diablo que se explicara alguna vez, no fuera a tener razón.

El santero dijo que no había oído nunca absurdo mayor; el saludador

murmuró que quizá estaba yo en lo cierto.

En Agreda quedó el saludador; y el vizcaíno de la _conveniensia_, el

santero y yo seguimos en otro carro, camino de Almazán.

El santero tenía que ir a Barahona a cobrar una parte de herencia. Nos

invitó a ir con él, y fuimos el vizcaíno y yo. Yo estuve a ver, de

lejos, el campo de las Brujas y un pueblo en ruinas que se llama Los

Hoyos, en donde no quedaba mas que una casa en pie y al lado una horca.

Por la noche fuimos a cenar a casa del cura del pueblo con el santero,

y no sé por que me dió a mí la ocurrencia de decir que no era católico.

--¿No es usted católico?

--No.

--Tenemos un hereje en casa--murmuró el cura, dirigiéndose al ama.

A la mujer le entró un temblor tal, que creí se le iban a caer los

platos de la mano. No hacía mas que mirarme con gran curiosidad, para

ver, sin duda, si se me veían los cuernos.

Interrumpí la cena con un pretexto, y me marché a la posada, y por la

noche vinieron el alcalde y el alguacil a buscarme. Estuvo el alcalde

vacilando en prenderme; pero se decidió por mandarme salir del pueblo a

la mañana siguiente.

Desde entonces no volví a decir, ni en broma, que era protestante.

Seguimos el vizcaíno de la _conveniensia_ y yo, a pie, nuestra marcha

por Paredes y la Venta de Río Frío a entrar en Castilla la Nueva.

Hacía mucho calor; pero estábamos en la segunda mitad de agosto, y por

la noche refrescaba y se podía dormir.

De vez en cuando encontrábamos arboledas, en las que solíamos

descansar. En estos países donde el árbol escasea, toma tal valor, que

un bosquecillo de chopos o de álamos parece un paraíso, una maravilla

de la Naturaleza, algo divino y admirable.

En Jadraque encontramos un carretero, con quien nos hicimos amigos, y

en el carro de éste llegamos a Alcalá.

Aquí me pareció lo mejor tomar la diligencia, y en la diligencia entré

en Madrid.

TERCERA PARTE

DE MADRID A SEVILLA

I

LA CASA DE HUÉSPEDES

LA llegada a las proximidades de Madrid en un día de verano, de sol,

con la tierra desnuda, sin color por la claridad y el polvo, me pareció

un tanto trágica y sombría. La puerta de Alcalá mitigó algo la triste

impresión del paisaje que había recibido. Nos detuvimos a la entrada de

la villa, y después subimos al galope por la calle de Alcalá y llegamos

a la de las Huertas, hasta una administración de coches.

Una chusma policíaca, cínica y desvergonzada, revolvió mi pequeño

equipaje, y uno de ellos me dijo que tenía que tomar carta de seguridad.

Fuí a cumplir este requisito y me instalé en una fonda muy mala de la

calle de la Gorguera.

La primera impresión de Madrid fué para mí confusa.

Afortunadamente, como venía de pueblos abandonados, no me dió la

sensación de pequeñez y de miseria que daba a otros extranjeros.

Mi primer cuidado fué buscar un modo de vivir, pues no tenía mas que

unas monedas de cobre por todo capital.

Fuí al café de La Fontana de Oro, tomé un refresco y pregunté al mozo

por el Gran Oriente Escocés. Me dió la dirección y me presenté en la

logia masónica. Salió a recibirme un hermano con aspecto frailuno;

me preguntó lo que sabía hacer, expuse yo mis conocimientos y dejé

las señas de mi posada. Al día siguiente me enviaron una esquelita

diciéndome que fuera al Museo de Historia Natural, en la calle de

Alcalá, y que preguntara por el director.

Fuí, efectivamente, y el director me dijo que podía tener trabajo

durante algún tiempo, y que me pagarían cincuenta duros al mes. Me

marché satisfecho y comencé a acudir todos los días al Museo. Pronto vi

que allí no trabajaba nadie. El director tenía por costumbre no ir a la

oficina, y los demás empleados hacían lo mismo.

Después pude comprobar que esta era una costumbre de casi todos los

centros oficiales de España.

Como se veía en la precisión de pasar el mes entero sin cobrar un

céntimo, fuí de nuevo a la logia y me hicieron un anticipo de veinte

duros, que devolví puntualmente cuando me pagaron.

En seguida que me encontré dueño de algún dinero, pagué la fonda y

busqué una casa de huéspedes. Un empleado del Museo me recomendó a un

oficinista amigo, que tomaba algunas personas en familia. Vivía este

ciudadano en los barrios bajos, en la calle de la Encomienda, entre

la de Embajadores y la de Mesón de Paredes; se llamaba don Nemesio

Fernández de la Encina, y era escribiente en la Contaduría general

de Valores, con poco sueldo. Su mujer, doña Mencía, patroneaba sus

huéspedes, y con esto se ayudaba un poco.

Don Nemesio y doña Mencía me mostraron un cuarto claro y bastante

ancho, que me cederían; me explicaron con detalles lo que se comía en

la casa, y me dijeron que me llevarían diez reales.

Al principio se negaron a aceptar a Philonous; pero como yo dije que

no quería desprenderme del perro, lo aceptaron, a condición de que lo

llevara siempre conmigo y no lo tuviera en el cuarto mas que de noche.

La casa del señor Fernández de la Encina era una casa vieja, a la que

por una casualidad le daba el sol; tenía muchos cuartos, con un piso de

baldosas rojas que se deshacían.

No había en aquella casa ni una arista aplomada, ni un ángulo recto;

todo parecía andar bailando, y muchas veces se me figuraba que los

techos y las paredes iban a venirse al suelo.

Al principio, la vida en casa del señor Fernández de la Encina me

pareció un tanto monótona; pero me fuí acostumbrando hasta encontrarla

bien.

El señor Fernández era un poco petulante, y hablaba de su familia y de

sus posesiones de Extremadura como un hidalgo venido a menos.

Su mujer, doña Mencía, una señora de cara pálida y agria, se lamentaba

siempre de la carestía de la vida, y tenía que explicarme lo que

costaban cuantos manjares ponía en la mesa.

--Ya ve usted, don Juan--me decía--, este escabeche que está usted

comiendo me ha costado dos reales. No sabe usted cómo está la plaza.

Doña Mencía hablaba el castellano como un libro, con unos giros tan

académicos y una cantidad tal de palabras, que me sorprendía.

Los otros huéspedes de la casa eran un matrimonio que había venido de

un pueblo de Andalucía.

Los dos, muy viejecillos, tenían cierta gracia, por lo amartelados que

estaban.

De las hijas del señor de la Encina, la mayor era una solterona ya

marchita y de mal genio, que hacía labores. La segunda, muy decidida,

iba y venía y estaba siempre en la calle; y la pequeña, la Paquita,

tenía afición a las cosas de la casa, administraba los caudales

familiares e impulsaba a moverse a la criada, una asturiana que se

dormía de pie, se olvidaba de todo y tiraba las salsas encima de los

comensales.

El hijo, el más joven de todos, era un diablo; estaba constantemente

haciendo ruido, pegando a los gatos, y aspiraba a ser miliciano

nacional.

La madre y las niñas se pasaban la mitad de la vida cosiendo en el

balcón, debajo de una cortina de lona. Tenían allí algunos tiestos con

geranios y claveles, y para ellas el balconcito éste era un Versalles.

Enfrente, en la vecindad, vivían unos muchachos, y solían pasarse los

vecinos cestitas con caramelos y con cartas.

La hija menor, la Paquita, solía bromear conmigo y me preguntaba si

tenía novia en Inglaterra. Yo le contestaba contándole mentiras, y ella

me decía:

--¡Ay, don Juan, don Juan! Es usted un pillo.

En el piso bajo de la casa trabajaba un sillero, picado de viruelas,

que se llamaba Deogracias y que tocaba la guitarra; en su tenducho se

reunía una tertulia de milicianos.

Allí solía oír contar lo que ocurría en Madrid.

Los sábados, el Deogracias y su hijo salían al portal, el uno con la

guitarra y el otro con la bandurria, y tocaban ellos y bailaban las

chicas de la vecindad.

La Paquita, la niña pequeña de doña Mencía, bailaba con mucha gracia el

bolero.

--Es muy bonita mi niña; ¿no es verdad, señor inglés?--me decía su

madre.

--Ya lo creo.

Todos los muchachos de la vecindad andaban tras ella, y los domingos,

después de misa mayor, aparecían en la calle tres o cuatro lechuguinos

con aire de Tenorio.

II

DIGRESIONES SOBRE EL PAÍS

EN la sillería de Deogracias, como en el taller del Museo de Historia

Natural, como en la mesa de La Fontana de Oro, adonde solía ir de

cuando en cuando por la noche, no se hacía mas que discutir de

política. Quizá no se razonaba gran cosa; pero se ponía en las

discusiones mucho fuego y apasionamiento.

El presenciar estos altercados me dió la idea de que España perdía por

completo su antigua homogeneidad. El país no podía transformarse en

bloque y se escindía violentamente. El Gobierno revolucionario había

dado una carrera en una senda obscura y estaba ya perdido, sin poder

orientarse. Su empujón había desgarrado más el espíritu del país y no

era posible ya un zurcido. La clase pobre en Madrid seguía su vida a la

antigua, en sus callejuelas estrechas y sórdidas, y tenía sus majos y

sus majas, sus manolas, sus toreros, sus bravucones, sus menestrales,

que empeñaban el colchón para ir a los toros; sus maestros zapateros y

herreros, que trabajaban en un portalillo o en la calle; sus aguadores,

sus rateros, sus mozas de partido, sus ciegos que tocaban la guitarra

en los rincones...

La clase directora quería transformar esto rápidamente, y como no

podía, se quejaba del pueblo.

Les pasaba lo que a algunos extranjeros que habían venido a España

creyendo que la Revolución iba a cambiar el país en un momento.

--Esto no es Europa--solían decir, y hablaban de París, de Londres, de

Bruselas.

Los tales franceses e ingleses suponían que no hay mas que un figurín

para vestir a los pueblos y un modo, uno e indivisible, de hacer su

dicha.

Esto, por lo menos, no está probado. Yo, por mi parte, creo que cada

cual debe buscar la felicidad a su manera; cada cual bebe en la fuente

de la vida cuando puede y como puede.

Mucha gente cree que no hay mas que una felicidad para el individuo:

ser rico, respetable, etc., etc.; pero hay hombres que son felices

contemplando un paisaje, otros interviniendo en una intriga, otros

pensando exclusivamente en las mujeres, otros trabajando en un

laboratorio, otros mirando un campo verde. La vida de cada uno tiene

sus directrices. El poder seguirlas lo más exactamente posible es el

sentirse bien, y lo mismo pasa en los pueblos. Claro que esto no se

puede conseguir fácilmente; pero, ¿por qué hemos de creer que no hay

para el hombre mas que una clase de felicidad? ¿Por qué hay que pensar

que únicamente el voto y el sistema parlamentario y lo que llaman la

democracia es la felicidad y el progreso de los pueblos?

Algunos dicen que para saber si las cosas son buenas no hay mas que

confrontarlas con la realidad. ¿Pero cuál es la realidad?

Hay mucha gente que cree que la realidad es sólo lo tangible, como si

el tacto fuera un sentido de exactitud matemática. Tan realidad es

una piedra como una nube; no hay más diferencia que a la piedra se le

siente con el tacto y con los ojos, y a la nube sólo con los ojos. En

la Naturaleza misma no es fácil distinguir la realidad. Y si en la

Naturaleza no es fácil distinguir la realidad, ¿cómo se va a distinguir

en los hechos sociales?

Cuando yo discutía con mis amigos de Madrid de política y de filosofía

me tenían por un perturbador.

--Nuestras conclusiones están demostradas; son definitivas--afirmaban

ellos.

Es notable el afán de los políticos de concluír, de no dejar nada que

hacer a los que vengan detrás.

Esto es lo definitivo, lo verdadero, lo inatacable--dicen los de los

ojos miopes, y lo creen cándidamente.

¿Qué sabemos nosotros qué es lo definitivo y lo que no lo es? ¿No va

rodando la verdad por el mundo y cambiando de aspecto de época en

época? Más definitivo que la democracia y el parlamentarismo pareció

en su tiempo Júpiter con su cortejo de dioses, y se vino abajo; más

definitivo ha parecido Jehová, y ya se retira entre bastidores con su

cortejo de profetas de barba negra y de nariz de loro; tan verdadero

como el sistema de Copérnico se creyó el de Hiparco, corregido por

Ptolomeo...

¡Qué imprudencia más ridícula hablar de lo definitivo! ¡Qué ganas de

cerrar puertas que han de abrir los que vengan detrás!

Por eso yo le suelo decir constantemente a Philonous:

--Amigo can. Dejemos las conclusiones para los imbéciles.

III

SALIDA DE MADRID

EL ambiente de Madrid, de broma y de vida picaresca, me cogió a mí

de lleno. Vi que no se trabajaba apenas en el taller del Museo y que

nadie tomaba aquello en serio, e hice como los demás: ir cada vez más

tarde, y acabar por no aparecer. Algunos amigos masones me dijeron

que mientras ellos siguieran en el mando disfrutaría del sueldo con

seguridad; pero que cuando salieran del Poder no duraría mi empleo más

que una semana a lo sumo.

Escribí a Will Tick diciéndole lo que había hecho en mi viaje, y me

contestó una larga carta; me contaba que le habían nombrado secretario

de una sociedad de filohelenos de Londres, y que él, a su vez, me

había nombrado agente de esta sociedad en España. Añadía que para

junio me girarían una cantidad a Sevilla con el objeto de que comprara

armas y las llevara a Gibraltar, y me indicaba que si yo conocía

algunas personas simpatizadoras del movimiento libertador de Grecia

iniciara una suscripción y me quedase con los cuartos. Pensé que si

no encontraba otro recurso acudiría a éste, preparándome de antemano

alguna máxima jesuítica y una gruesa de reservas mentales.

Mientrastanto, ya sin ocuparme de mi destino mas que para cobrar,

comenzaba a tomarle gusto a Madrid: formaba corrillos con los

liberales y los serviles, oía las letanías de los ciegos e iba a

la vuelta de los toros a ver las manolas en los calesines y a los

picadores con los monosabios en las ancas de los caballos.

Una persona con quien solía reunirme casi todos los días era un tal

Patricio Moore, ex fraile español, de origen irlandés, exaltado y

afiliado al carbonarismo.

Con él andaban dos italianos de aire muy misterioso, con los bigotes

erizados, y un cómico, hombre de ciertas condiciones geniales en su

oficio, pero que abusaba del alcohol e iba enronqueciendo por momentos.

Todos ellos eran republicanos y vivían en una exaltación perpetua,

hablando y perorando constantemente. Yo me encontraba con ellos

casi siempre en desacuerdo y me parecían proyectos utópicos los que

ellos consideraban realizables, y al contrario. Una de las cosas que

se discutía a todas horas entre ellos era si debía haber una o dos

Cámaras representativas. Parecía imposible que una cuestión así pudiera

apasionar a la gente. Claro que al pueblo esto le tenía sin cuidado;

pero ellos suponían que el pueblo era una entidad que habían inventado

y que servía para realizar las más estúpidas de las utopías.

No comprendían estos reformadores que se encontraban en España en una

minoría insignificante, porque no sólo en el campo, en donde todos eran

realistas, sino en Madrid mismo, no estaban los liberales con relación

a los serviles en proporción de uno a diez.

Patricio Moore y sus amigos me tachaban de poco afecto al nuevo

régimen y de que miraba las cosas serias con indiferencia. Yo no

podía entusiasmarme en el mismo grado que ellos ni llegar a la pasión

ardiente por una cuestión de palabras.

Cuando los soldados del duque de Angulema se presentaron en la

frontera, la expectación pública se hizo enorme: algunos creían que si

entraban los franceses volvería una época como la de la Independencia;

pero la mayoría de la gente veía que los momentos eran distintos.

En la tertulia de Deogracias, el sillero de la calle de la Encomienda,

explicó un criado del conde de Montijo cómo su amo estaba trabajando

por el partido que llamaban de los anilleros o moderados, y cómo

estaban de acuerdo los generales O'Donnell, Ballesteros, Morillo y los

amigos de Martínez Rosa en intentar el cambio de la Constitución.

Este mismo criado de Montijo, liberal acérrimo, nos contó una escena

que ocurrió en el palacio del conde, en la plazuela del Angel, entre

Montijo y el Empecinado.

Montijo había convidado a comer a D. Juan Martín y a su ayudante

Aviraneta y les esperó en compañía de una muchacha, querida suya.

Se sentaron los cuatro a la mesa y hablaron de cosas indiferentes.

Cuando acabaron de tomar el café, Montijo invitó al Empecinado a

pasar a su gabinete. El ayudante quedó solo con la muchacha y comenzó

a galantearla; ella se reía. En esto se oyó un estrépito de voces;

la muchacha llamó al criado, se forzó la puerta del gabinete y se

vió al conde de Montijo debajo de una mesa gritando y al Empecinado

amenazándole con el bastón en la mano. La muchacha empezó a chillar;

pero el conde le tapó la boca, y el Empecinado y su ayudante se

fueron. Uno de los criados había visto y oído lo ocurrido. El conde

había tratado de convencer al Empecinado de que era necesario cambiar

de Gobierno y acabar con la Constitución; después le había intentado

sobornar, y en vista de la frialdad del guerrillero le dijo con cólera:

«Es usted un bruto, incapaz de sacramentos». Entonces el Empecinado,

enfurecido, le dió tal bofetón al conde que le tiró al suelo, y

enarbolando el bastón intentó pegarle.

El criado que nos contó esto nos dió tantos detalles, que no nos dejó

duda alguna de que la escena era cierta.

Al entrar los franceses en España, la cólera de unos y el desaliento de

los otros se acentuó.

Por esta época hubo un cambio de ministerio y me dijeron en el Museo

que habían suprimido mi plaza y que estaba de más.

Tenía guardado algún dinero, y como no me convenía esperar, me decidí a

marcharme a Sevilla sin tardanza. Hice mi maleta, y con mis documentos

en regla y una recomendación eficaz para la logia masónica del Oriente

Escocés, dispuse el viaje.

Me despedí del señor Fernández de la Encina y familia, que me dijeron

que me quedara con ellos hasta encontrar trabajo, y tomé la diligencia.

Quise llevar conmigo a Philonous, pero el perro se opuso. Al subir yo

al coche se me quedó mirando como diciendo; Esto no es lo pactado entre

nosotros; y dando una vuelta, se fué.

Le dediqué un recuerdo sentimental y seguí adelante.

En el camino tuvimos un ligero tropiezo con una partida de realistas

que mandaba un sacristán, lugarteniente de Palillos.

Entre Andújar y Carmona se habló constantemente, en la diligencia, del

peligro de encontrar partidas de bandoleros; pero no las encontramos, y

llegamos con toda felicidad a Sevilla.

IV

DE SEVILLA A LA CÁRCEL DE SANLÚCAR

LLEGUÉ a Sevilla con bastante dinero para esperar un mes. Era ya

verano; hacía un calor respetable.

Acudí a la logia masónica, donde trabé algunos conocimientos, y estuve

en casa de un banquero representante de Beltrán de Lis, el cual me dijo

que en seguida que recibiera el aviso de los filohelenos de Londres me

pagaría.

Este banquero me presentó a varias personas, entre ellas a una inglesa

viuda, la señora Landon, y a su sobrina Mercedes.

El tiempo que estuve en Sevilla lo pasé bien. A pesar de las trifulcas

políticas, la vida era allí alegre. Se bailaba en todas partes; y yo,

siguiendo el ejemplo de otros señores, fuí a una academia de baile que

dirigía un hidalgo apellidado Alvarez de Acuña. Alvarez de Acuña era

una de las personas más serias de la Península. Pocos hombres ponen

tan buena fe en su sacerdocio. El daba a la ciencia del baile todo lo

necesario, y cada pirueta suya tenía la estabilidad de un axioma y la

transcendencia de un dogma.

Alvarez de Acuña era un hombrecito pequeño y canoso, con una cara tan

movible que parecía de goma. Exageraba la gesticulación de tal modo,

que yo me figuraba si haría gimnasia con la cara. Vestía con una

pulcritud excesiva y tenía la costumbre de taparse la boca con la mano

derecha, como considerando cínico el mostrar una mella de su dentadura.

En la academia de Alvarez de Acuña conocí a mucha gente joven; se

supuso, no sé por qué, que yo era hombre rico, y aunque afirmé

repetidas veces que no, no se me creyó.

Mientras yo me divertía, los asuntos de España iban de mal en peor;

los franceses ocuparon Madrid, y presencié su entrada en Sevilla y el

alboroto que armaron la gente de Triana y los gitanos en contra de los

liberales y a favor de Fernando VII.

Una día de agosto recibí una carta de Will Tick en la que me decía

que fuese a Cádiz y esperara allí un brick-barca que vendría con un

cargamento de fusiles para Missolonghi.

Todo el mundo me dijo que por tierra sería muy difícil llegar a Cádiz,

y que me prenderían.

Tomé en Triana un barquito de vapor que se llamaba el _Guadalquivir_, y

bajando el río llegué hasta Bonanza. Desembarqué y fuí a hospedarme a

un fonducho lleno de oficiales franceses.

Iba a salir inmediatamente, cuando el dueño de la fonda me recomendó no

saliera.

La Ruta del Aventurero · 第 12 / 16 段