Después de conocerles, los absolutistas de Pamplona me fueron casi

simpáticos.

Al menos el reaccionarismo español es más natural: es la incompresión

y la brutalidad simple; el reaccionarismo francés es la incompresión

adornada; el uno es una construcción de espíritus toscos, el otro es un

gótico pestilente de confitería.

IX

CONSPIRACIONES

NO me ocupaba yo gran cosa de lo que ocurría en Pamplona, ni estaba

enterado de sus cuestiones políticas, cuando el capitán Iriarte y un

francés emigrado por sus ideas republicanas, Juan Pontecoulant, me

llevaron un día a una velada masónica que se daba en el billar de un

café.

Se trataba de celebrar el triunfo liberal obtenido en Madrid el 7 de

julio.

Mientras esperábamos que comenzase la reunión, Pontecoulant, que tenía

bonita voz, cantó _La Marsellesa_, y después, la canción de _Los

Girondinos_, con mucho fuego y gran énfasis:

_Par la voix du canon d'alarmes

la France appelle ses enfants._

Le escuchamos con gusto y coreamos sus cantos.

Cuando se reunieron los masones, que casi todos eran militares, se

comenzó a hablar de la conspiración realista que se había tramado en

Navarra y tenía su centro en Pamplona. Yo entonces me enteré de los

manejos de los absolutistas.

Los primeros conspiradores de Navarra habían sido el cura de Barasoaín;

el canónigo Lacarra; un tal Uriz, de un pueblo llamado Sada, y los

militares Eraso, Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón de

Cegama.

Estos tres últimos eran antiguos guerrilleros del general Espoz y

Mina en la guerra de la Independencia. Mina consideraba a Eraso como

absolutista de corazón, pero no a Ladrón ni a Juanito; a Ladrón le

tenía por hombre de ideas liberales; respecto a Juanito el de la

Rochapea, lo miraba como a hombre desleal y traidor.

Juanito el de la Rochapea, Juan Villanueva, había sido capitán del

primer regimiento de la división Navarra, mandada por Mina.

Cuando la tentativa liberal de éste sobre Pamplona, en 1814, Juanito

fué el que comprometió con su impaciencia al coronel Górriz, y

pasándose luego a los realistas contribuyó a su fusilamiento.

Villanueva odiaba a Mina y le tenía miedo. Al entrar éste en Pamplona

en triunfo con la bandera constitucional, en 1820, Juanito se escapó e

hizo preguntar a su antiguo jefe si tenía que temer algo de él. Mina

le contestó que no. Juanito creyó que todo se había olvidado entre los

dos y se presentó al general, quien le miró de arriba a abajo, con

desprecio.

Respecto a Ladrón de Cegama se había lanzado al campo por despecho y

por rivalidad con los militares que se pronunciaron por la Constitución.

Reunidos los contrarrevolucionarios realistas, Eraso, Juanito y los

demás dispusieron una estratagema para armarse. Eraso era alcalde de

Garinoaín, pueblo del valle de Orba. Eraso mandó reunir las cendeas del

valle e hizo que oficialmente se pidieran a la Diputación provincial

trescientos fusiles y sus municiones correspondientes con destino a los

milicianos nacionales. La Diputación los proporcionó, y los trescientos

fusiles sirvieron para formar la primera expedición realista.

La política de los católicos siempre ha sido igual. Ellos harán una

deslealtad o una infamia; pero eso sí, la harán con reservas mentales;

luego oirán su misa con devoción, se confesarán, tendrán propósito

de enmienda, se darán unos golpes de pecho, y limpios para hacer otra

canallada.

Los fusiles del Gobierno sirvieron para preparar unas compañías

absolutistas bien armadas y equipadas.

El general Eguía, presidente de la Junta realista, y don Vicente

Quesada, comandante general de las tropas del rey absoluto, nombraron

jefes a Guergué, a Ladrón y a Juanito el de la Rochapea, que salieron

al campo y comenzaron a operar.

El capitán general de Navarra ordenó a las compañías del regimiento

de Toledo y a las partidas de milicianos guardasen los pasos de la

frontera, por si los realistas entraban por Francia.

Se vigiló Vera, Zugarramurdi, Maya, el Irati y el Roncal.

Los absolutistas tenían protectores por todas partes y no se les

encontraba; en cambio, se capturó en el Irati a ocho soldados franceses

desertores y a su capitán, llamado Adolfo, que intentaban entrar en

España con proclamas republicanas.

El capitán Adolfo se escapó, gracias a la protección masónica del

comandante español; los otros soldados franceses, presos por los

milicianos nacionales de Salazar, fueron traídos a Pamplona. La gente

creía que los iban a fusilar, y les parecía muy lógico a los buenos

católicos que se les fusilase, por ser republicanos; pero el capitán

general mandó incorporarlos en las filas del ejército.

Juan Pontecoulant me dijo que Adolfo era un hijo del general Berton, y

que este general, que por entonces era el jefe de los revolucionarios y

con quien más se contaba para la revolución en Francia, había estado en

San Sebastián.

El capitán Adolfo vivió oculto en un caserío de la frontera; pero los

realistas de Ochagavia lo denunciaron y fué preso.

La hostilidad entre el ejército y los milicianos, la conspiración

permanente de los absolutistas, los rumores que corrían de que los

exaltados de Madrid intentaban establecer la República, todo esto

hacía que la provincia de Navarra viviese en perpetua agitación. Los

realistas pamploneses se escapaban al campo con armas, y algunos se

descolgaban de noche por las murallas. Yo hubiera estado tranquilo en

Pamplona si hubiese tenido medios de fortuna; pero mis trabajos de

disecación se acababan y era indispensable levantar el vuelo. Así que

puse mis papeles en regla, gracias al capitán Iriarte y a sus amigos, y

preparé mi viaje.

X

EL CALOR

SALÍ de Pamplona a mediados de julio. Hacía un tiempo bochornoso; el

cielo estaba blanquecino del vaho y del polvo, los campos de trigo

segados, los montones de gavillas en la tierra. Anduve yo largo rato

resguardándome en las sombras de los árboles y bebiendo en las fuentes;

Philonous hacía lo mismo.

En las paradas me dedicaba a reflexionar. Una de las cosas que se

me ocurrió fué el hacer un esfuerzo en dominar las impresiones

desagradables y ver si podía llegar a contemplar el paisaje con el

máximo de ecuanimidad. Me pareció que con ese sistema se encontraría

belleza e interés en todo. El primer ensayo del procedimiento lo hice

mirando en el valle de Orba una nube de polvo sofocante iluminada por

el sol.

¿Se puede llegar en esta contemplación a suprimir el dolor o la

molestia física? Es lo que me preguntaba varias veces en el camino.

No cabe duda que el carácter de la contemplación es una más o menos

aparente generosidad; ¿pero es real o no este carácter?

¿No habrá en el fondo de nuestras efusiones estéticas una raíz

utilitaria?

Cuando ve uno un campo verde y se regocija, ¿no será esto el resultado

de que nuestros antepasados, al ver los campos verdes, han supuesto

que en ellos había algo que comer?

El segundo punto que intenté dilucidar en el camino fué si la

contemplación desinteresada es buena o no, y saqué en consecuencia que

si es cierto que arrastra a la pereza y al aislamiento, le lleva a uno

también a bastarse a sí mismo en momentos penosos, lo cual no es poco.

El primer alto en mi marcha lo hice en la venta de las Campanas, donde

tomé unos huevos cocidos y pan, y por la tarde seguí hasta llegar a

Barasoaín, rendido de cansancio y, sobre todo, de calor. Dormí bastante

mal en una posada y me levanté al amanecer a continuar mi ruta.

El día prometía ser tan ardoroso como el anterior.

Avancé todo lo que pude por la mañana. Al llegar al puente sobre el

Cidacos se despertaba una tropa de gitanos. Dos o tres hombres se

desperezaban extendiendo los brazos, una mujer hacía fuego con unas

ramas y unos chicos dormían al sol, medio desnudos.

El calor y el bochorno seguían terribles. El cielo echaba lumbre; los

montones de gavillas parecían rebaños de oro sobre un campo ceniciento.

A lo lejos veía pueblos con tejados blanquecinos que con la fuerza

de la luz del sol me parecían nevados. Las mujeres, montadas en los

trillos, daban vuelta a las eras.

Cuando más apretaba el sol, muerto de sudor, llegué a Tafalla y entré

en una posada. El posadero era hombre amable que nos recibió bien a

Philonous y a mí.

Tafalla es una ciudad colocada en una enorme llanura. Tiene una campiña

fértil y de aspecto monótono, formada por viñedos, trigales y huertas.

Este pueblo se me figuró una granja colocada en medio de sus tierras de

labor.

Por todas partes se notaba el reinado de Baco, de un Baco huraño

y violento. Se veía vino en las barricas, en los toneles, en las

palanganas.

Pasé la tarde y la noche en Tafalla en una taberna.

La gente me pareció agresiva y malhumorada. Únicamente estos ribereños

se humanizaban hablando del vino, por el cual tenían una verdadera

adoración.

Allí el vino es un dios, un dios que hace a los hombres irritables y

violentos.

En toda la ribera de Navarra la agresividad es una costumbre.

El carácter de los ribereños es de una petulancia que desconocen

los vascos de la montaña. Al llegar a Castilla esta petulancia se

transforma en una serenidad arrogante, a veces un poco teatral, pero

que da cierta idea de nobleza.

Uno de los rasgos simpáticos que encontré en estos navarros, rasgos que

quizá es común a todos los pueblos un poco primitivos, fué el tener

cierto desdén por el dinero.

El amo de la posada de un pueblo considera mucho más al compadre suyo

que al forastero rico.

Esto me parece muy bien. Yo soy de los que creen que el dinero no es

apenas de uno; solamente son de uno los instintos y las pasiones, las

enfermedades y los deseos.

Salí de Tafalla de noche, antes de que apuntara la mañana, y comencé a

marchar.

Entreví en Olite al amanecer las torres amarillentas de su castillo y

seguí por la orilla del Cidacos. Comenzó el día muy temprano. Persistía

el horrible bochorno; tuve que ir quitándome ropa, y llevándola al

brazo. Mi primera entrevista con la tierra llana española era poco

grata. Mi cuerpo marchaba en perpetuo incendio; tenía la cara roja, los

ojos inyectados, las manos abultadas por la sangre. El maldito bochorno

no desaparecía. El cielo seguía gris y el aire caliginoso.

Almorzamos Philonous y yo en la venta del Morillete, y tuvimos que

detenernos en un pueblo requemado y polvoriento, con unas cuevas

agujereadas en una tierra blanca y arenosa y una gente áspera y

desabrida.

Todo el mundo estaba con plan de reñir. Se lo hice notar al posadero y

éste me dijo, riendo, que a aquellos navarricos no los bautizaban con

agua, sino con vino.

Inmediatamente que el ribereño bebe se muestra jactancioso y desafiador

y siente deseos de golpear o de herir.

En este pueblo, donde me detuve, me contaba un mozo con satisfacción

que todos los sábados había allí trabucazos. No se podían tener faroles

en las calles porque al día siguiente estaban hechos añicos.

Otro mozo de Ujué que estaba oyendo dijo, celebrándolo, que en su

pueblo era una cosa rara un día sin puñaladas y que había habido un

cura que tenía que ir a decir misa con el trabuco debajo del manteo,

porque si no se burlaban de él. Esto me entristeció.

--En el fondo, la gente no tiene la culpa--dije--. Es la geografía en

connivencia con las instituciones la que produce tales efectos.

Es imposible que la gente sea civilizada y sociable en una tierra gris,

abrasada por el sol, olvidada por las personas ricas, donde no hay

frescura, ni sombra, ni medias tintas y a la cual no llega ni el eco

más lejano de la cultura de Europa.

Mientras marchaba por estos pueblos, Philonous me producía serios

conflictos, y yo, como Pedro, tenía que negarle más de tres veces.

Hacía barbaridades; un día entraba en la cocina de una venta, tiraba la

olla y se la comía; otro salió de una tahona con todo el hocico lleno

de harina, perseguido por el tahonero; también se comía los pollos que

podía, pero sólo cuando estaba muy hambriento.

Muchas veces no le veía en todo el día, pero luego, por la noche, se me

acercaba y me daba con la pata, como diciendo: Aquí estoy, amigo.

XI

LAS MOSCAS

TANTO o más que el calor me molestaban en mi viaje las moscas. Había

en las calles de estos pueblos una cantidad inconcebible de moscas,

pesadas, pegajosas, repugnantes.

--Mientras haya moscas en el mundo no habrá civilización--me decía yo

con tristeza.

Para combatir sus ataques, me puse a filosofar acerca de ellas, en

lo perniciosas que debían ser y en la poca ciencia que demuestra la

Naturaleza, que se deja llevar de sus rutinas y de sus lugares comunes

de una manera lamentable.

Recordé que Luciano de Samosata, el célebre satírico griego, había

hecho un elogio de la mosca, y de aquí obtuve una casi luminosa

consecuencia.

Muchos suponen que este escritor fué cristiano, a pesar de que en la

historia de Peregrinus llama a Cristo un sofista crucificado.

Este dato parece dar a entender que Luciano no fué cristiano; pero

el elogio de la mosca para mí es definitivo. Da el diagnóstico del

escritor greco-sirio.

Era cristiano. ¿Hay algo más cristiano que la mosca? La mosca es

constante, persistente, zumbona.

A la mosca le gusta andar en las llagas, en el pus, en las basuras,

como a los verdaderos cristianos.

Alguno dirá que a los obispos y a los papas les agrada más el dinero,

la opulencia, el fausto; pero esto no demuestra más sino que las moscas

son mucho más cristianas que los obispos y que los papas.

La mosca crece en razón directa del sol, de la suciedad, de los

establos y de las cuadras, y en razón inversa de la limpieza, del agua

corriente y de la gente razonable. Lo mismo les pasa a los frailes.

Sorprendido por tales semejanzas obtuve la ecuación de la cultura en la

forma que expongo aquí.

El índice de la cultura se expresa sumando la cantidad de vino, el

número de moscas y el número de clérigos, y partiendo el total por el

número de árboles.

Vino + Moscas + Clérigos

_X_ (índice de la cultura) = --------------------------

Arboles

Las profundas consecuencias que se desprenden de mi descubrimiento

las entrego a la Humanidad futura. Ella sabrá plantar más árboles y

exterminar las moscas.

XII

EN LAS BÁRDENAS

ESTANDO yo en Caparroso se presentó una partida de milicianos

nacionales, mandada por un capitán que iba de vanguardia de la columna

de un jefe llamado Iribarren. Saludé al capitán, a quien conocía de

Pamplona por ser amigo de Iriarte, y hablamos.

Me dijo que se había quedado la partida sin cirujano, porque a este le

habían muerto, y me preguntó si yo podría sustituírlo por lo menos un

día.

--Yo no soy cirujano--le dije.

--¡Bah! Para lo que hay que hacer, lo hará usted mejor que cualquier

otro. Mañana vamos a atacar a la gente de Salaberrí, que campea por

ahí, por las Bárdenas. Necesitamos de alguien que sea capaz de poner

una venda.

--¿Y el cirujano de este pueblo?

--Es uno de los facciosos y anda por el monte.

No tuve más remedio que aceptar; pero puse la condición de no seguir

después a la partida; pasada la acción, yo me marcharía por donde

quisiera.

--Bueno. Bueno. Muy bien.

El capitán señaló un cabo y ocho hombres para que quedasen a mis

órdenes. Sacamos el botiquín del cirujano y vimos lo que había.

Mientras hicimos los preparativos estuve tranquilo; pero por la

noche, al tenderme en el pajar, me vino la idea de que cuando el otro

cirujano había muerto, el cargo era peligroso. Luego, la imaginación se

puso en movimiento y fué pintándome con una realidad desagradable las

perspectivas que me esperaban.

Creer que estos forajidos realistas iban a respetarle a uno porque

llevase el carácter de cirujano o de médico me parecía una ilusión.

Pensé en lo que me pasaría si quedaba herido al cuidado de un barbero

en un rincón sucio, con aquella temperatura al rojo blanco.

Se me pintaron todos los horrores posibles. Comencé a agitarme de la

derecha a la izquierda, sin poder dormir.

Al amanecer, momentos antes de salir el sol, me cogió el sueño, y poco

después me llamaron. Estaba tan fuertemente dormido, que tuvieron que

empujarme de un lado a otro para despertarme. El sol iluminaba el

campo, desolado y desierto, cuando la partida se puso en marcha. Yo

iba a retaguardia con las camillas, unas mulas y un carro. Caminamos

durante un par de horas hasta llegar a las Bárdenas. El sitio era

solitario y pobre, de una monotonía, de una tristeza y de una

fealdad desagradable, agudizada por el tiempo bochornoso. La tierra,

cenicienta, se extendía como un mar, y delante se nos presentaba unas

colinas roídas por las lluvias.

Estaba yo pensando que los realistas rehuían el encuentro cuando

sonaron los primeros tiros. Se hallaban los facciosos parapetados en

unas lomas blanquecinas.

Mandé yo a mis hombres con la mayor serenidad posible que abriesen el

botiquín e hicieran sus preparativos.

Nuestros soldados se desplegaron en guerrilla y comenzaron a disparar y

a avanzar.

Hubo que seguirlos. Las balas pasaban silbando, y yo volvía la cabeza a

un lado y a otro violentamente. Uno de los nuestros cayó. Me entró un

sudor frío; me acerqué a él; le tomé el pulso. Estaba muerto.

De nuevo tuvimos que marchar adelante. Los enemigos habían vuelto a

ocupar otras posiciones y seguían tiroteando. Los nuestros fueron

avanzando de una manera irregular y consiguieron que la partida

absolutista se disolviera.

El capitán tuvo que esperar largo rato a que se reunieran sus

fuerzas, que se habían desperdigado; y mientrastanto, los sanitarios

improvisados y yo comenzamos a vendar a varios heridos; y yo sangré a

uno que se trajo sin conocimiento en unas parihuelas, y que recobró el

sentido.

Cuando se reunió la fuerza, el capitán ordenó la retirada y nos pusimos

en marcha. Los heridos venían a mi cargo en las caballerías y en el

carro. Contemplábamos a los lejos Caparroso en un collado y las ruinas

de un castillo antiguo.

Ibamos tranquilos internándonos en un soto de álamos blancos que

llaman la Lobera cuando unos realistas apostados hicieron una descarga

que produjo el desorden en nuestra partida. Se desordenó la columna,

comenzó el tiroteo por nuestro lado, y yo me vi separado de mi gente y

en medio del soto en compañía de Philonous.

Cuando cesaron los tiros comencé a avanzar despacio. Iba marchando

con las mayores precauciones cuando topé con el cuerpo de un realista

herido o muerto. Me paré para ver si vivía; llevaba un pañuelo atado

a la cintura lleno de sangre. Se lo corté con el cuchillo; y viendo

que pesaba me encontré que llevaba dos onzas de oro, cuatro centenes y

varias monedas de plata, que me apropié porque el hombre estaba muerto.

Salí del soto y me acerqué a la carretera. Estaba rendido de cansancio

y de hambre. Debía ser media tarde. Eché a andar por la carretera en

dirección contraria a Caparroso cuando se acercó un coche viejo y

desvencijado.

En el coche iban un hombre, que dirigía, y un cura.

Se paró el coche un momento, y yo le pregunté al cochero si podía

llevarme al pueblo próximo.

--Si el señor cura quiere, a mí no me importa--me dijo, con tosco

acento.

--Por mí, que suba--dijo el cura.

Subí y me senté. El cura era un hombre flaco, desmayado, las cejas

como dos acentos circunflejos; los párpados, apenas abiertos, como dos

líneas, y un lente en la mano.

Llegamos a Valtierra a media tarde; fuí a una posada-taberna, y lo

primero que hice fué pedir que me pusieran de comer.

El pueblo me pareció grande, triste, polvoriento y abrasado.

En la taberna, a la moza que me servía le pregunté si hacía mucho calor.

--¿Aquí?--exclamó un hombre interrumpiendo--. Aquí en invierno se hiela

la Virgen y en verano se deshace el palio.

Es la costumbre de esta gente el barajar siempre y con cualquier motivo

en su conversación los artefactos religiosos.

Dormí en el corral, y de noche salí para Tudela.

XIII

REVELACION DE LA ESPAÑA CLÁSICA

A pesar de que Philonous y yo salimos a media noche de Valtierra,

llegamos a Tudela, rendidos por el calor, a media mañana.

Entré yo en una posada, pedí un cuarto y me tumbé en el suelo, porque

no podía aguantar el sofoco del jergón. Tendido y sudando estuve varias

horas oyendo el retumbar de unas campanas y el rebuzno de un burro,

hasta que el hambre me indicó que era hora de levantarme. Pregunté

a qué hora se cenaba, y me dijeron que a las nueve. Cuando empezó a

caer la tarde salí con Philonous a la orilla del Ebro, a respirar.

No se movía una partícula de viento. El cielo estaba blanquecino por

el calor; el tío, muy ancho, parecía arder, con un color rojo de

escarlata, sombreado por los bosquecillos de las riberas; el horizonte

se encendía con los relámpagos de los montes lejanos; por el puente, de

arcos desiguales, pasaban algunos carromatos.

Estuve sentado a las orillas del Ebro hasta que empezó a obscurecer.

Su superficie roja palideció y la sombra de los bosquecillos quedó muy

negra.

Volví a la posada y estuve hablando con el patrón, que era herrador, un

viejo canoso con unas antiparras y aire de sabio. Todavía faltaban tres

cuartos de hora para la cena.

Salí de nuevo; había visto al llegar una parte del pueblo moderna,

insignificante. Tiré ahora por el lado contrario; seguí una callejuela;

luego otra; después pasé un arco. En aquellos callejones estrechos

había carros grandes llenos de paja que interceptaban el paso; en las

puertas de las casas la gente salía a respirar el aire ardoroso, seco y

lleno de polvo; y algunos campesinos medio desnudos pasaban montados en

un borrico o en una mula.

Un farol debajo de un arco brillaba iluminando una hornacina y la

puerta de una iglesia. La obscuridad y el piso desigual me hacían ir

tropezando por las calles.

Al pasar por una encrucijada me tiraron agua y tierra desde un balcón.

Intenté volver a casa del herrador, pero me perdí, y durante algún

tiempo anduve dando vueltas por los mismos sitios y rincones.

En esto oí una campanilla, y vi poco después, delante de un portal

estrecho, una fila de hombres con cirios en la mano que, sin duda,

acompañaban al Viático. Tenían la cabeza para abajo, iluminada por

el resplandor de los cirios. ¡Qué caras! ¡Qué aires de cansancio

y de resignación! ¡Qué miradas de abatimiento! ¡Qué español! ¿Qué

terriblemente español era aquello!

Sin fijarme en la dirección eché a andar, salí a una plaza y de allí

encontré fácilmente la posada.

El herrador y otros dos huéspedes me esperaban a cenar.

Nos sentamos a la luz de un candil. Uno de los hombres era un campesino

de un pueblo próximo, hombre de unos cincuenta años, de ojos azules y

pelo rubio; el otro, un tipo de judío tan característico, que me chocó.

El labrador tenía una idea de Tudela como de un foco de comodidades y

de placeres. Yo le dije que el campo por donde había cruzado me pareció

árido y seco; pero él me aseguró que era fertilísimo, y es posible que

tuviera razón.

El otro, el del aire judaico, era, por lo que me dijo, saludador,

medio brujo y medio médico; hacía conjuros para que no enfermaran las

caballerías y para quitar el mal de ojo a los niños, y creía que tenía

procedimientos especiales para alargar la vida.

Le dije que viéndole en otra parte le hubiera tomado por un judío de

casta sacerdotal, lo cual no le molestó; por el contrario, me dijo que

su padre y su familia procedían de la judería de Tudela, y que no sería

raro que él fuese de raza hebrea.

Después de cenar se apagó el candil, me fuí yo a la cama, y tuve que

acostarme sin ropa por el calor. Afortunadamente, a media noche comenzó

una tormenta con truenos y relámpagos, cayó un copioso chaparrón y

refrescó el ambiente.

Dormí unas horas y salí por la mañana.

El aire era ya respirable. Inmediatamente me dirigí hacia la catedral.

Me reconcilié con el pueblo.

A pesar de ser la mayoría de las casas de ladrillo, eran hermosas;

algunas, verdaderos palacios con grandes puertas, balcones espaciados

y una galería alta con arcadas en el segundo piso. Empotrados en las

paredes ostentaban escudos abultados y salientes de piedra blanca,

y en las ventanas se veían orlas esculpidas con los primores del

Renacimiento incrustadas en el ladrillo.

Recorriendo este pueblo y luego visitando otros, me expliqué que en

España la gente de inclinaciones estéticas no sea muy entusiasta del

progreso; lo viejo tiene aquí su hermosura y su nobleza; en cambio,

lo nuevo es de una mezquindad que asombra por su sentido de economía,

por su sordidez trágica y completa. Callejeé largo rato por Tudela, al

amanecer; ¡qué nombres los de las calles! Calle de la Vida, calle de la

Muerte, calle del Juicio...; luego las calles de los oficios: de las

Chapinerías, de las Herrerías, de los Caldereros...

La Ruta del Aventurero · 第 11 / 16 段