simpáticos.
Al menos el reaccionarismo español es más natural: es la incompresión
y la brutalidad simple; el reaccionarismo francés es la incompresión
adornada; el uno es una construcción de espíritus toscos, el otro es un
gótico pestilente de confitería.
IX
CONSPIRACIONES
NO me ocupaba yo gran cosa de lo que ocurría en Pamplona, ni estaba
enterado de sus cuestiones políticas, cuando el capitán Iriarte y un
francés emigrado por sus ideas republicanas, Juan Pontecoulant, me
llevaron un día a una velada masónica que se daba en el billar de un
café.
Se trataba de celebrar el triunfo liberal obtenido en Madrid el 7 de
julio.
Mientras esperábamos que comenzase la reunión, Pontecoulant, que tenía
bonita voz, cantó _La Marsellesa_, y después, la canción de _Los
Girondinos_, con mucho fuego y gran énfasis:
_Par la voix du canon d'alarmes
la France appelle ses enfants._
Le escuchamos con gusto y coreamos sus cantos.
Cuando se reunieron los masones, que casi todos eran militares, se
comenzó a hablar de la conspiración realista que se había tramado en
Navarra y tenía su centro en Pamplona. Yo entonces me enteré de los
manejos de los absolutistas.
Los primeros conspiradores de Navarra habían sido el cura de Barasoaín;
el canónigo Lacarra; un tal Uriz, de un pueblo llamado Sada, y los
militares Eraso, Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón de
Cegama.
Estos tres últimos eran antiguos guerrilleros del general Espoz y
Mina en la guerra de la Independencia. Mina consideraba a Eraso como
absolutista de corazón, pero no a Ladrón ni a Juanito; a Ladrón le
tenía por hombre de ideas liberales; respecto a Juanito el de la
Rochapea, lo miraba como a hombre desleal y traidor.
Juanito el de la Rochapea, Juan Villanueva, había sido capitán del
primer regimiento de la división Navarra, mandada por Mina.
Cuando la tentativa liberal de éste sobre Pamplona, en 1814, Juanito
fué el que comprometió con su impaciencia al coronel Górriz, y
pasándose luego a los realistas contribuyó a su fusilamiento.
Villanueva odiaba a Mina y le tenía miedo. Al entrar éste en Pamplona
en triunfo con la bandera constitucional, en 1820, Juanito se escapó e
hizo preguntar a su antiguo jefe si tenía que temer algo de él. Mina
le contestó que no. Juanito creyó que todo se había olvidado entre los
dos y se presentó al general, quien le miró de arriba a abajo, con
desprecio.
Respecto a Ladrón de Cegama se había lanzado al campo por despecho y
por rivalidad con los militares que se pronunciaron por la Constitución.
Reunidos los contrarrevolucionarios realistas, Eraso, Juanito y los
demás dispusieron una estratagema para armarse. Eraso era alcalde de
Garinoaín, pueblo del valle de Orba. Eraso mandó reunir las cendeas del
valle e hizo que oficialmente se pidieran a la Diputación provincial
trescientos fusiles y sus municiones correspondientes con destino a los
milicianos nacionales. La Diputación los proporcionó, y los trescientos
fusiles sirvieron para formar la primera expedición realista.
La política de los católicos siempre ha sido igual. Ellos harán una
deslealtad o una infamia; pero eso sí, la harán con reservas mentales;
luego oirán su misa con devoción, se confesarán, tendrán propósito
de enmienda, se darán unos golpes de pecho, y limpios para hacer otra
canallada.
Los fusiles del Gobierno sirvieron para preparar unas compañías
absolutistas bien armadas y equipadas.
El general Eguía, presidente de la Junta realista, y don Vicente
Quesada, comandante general de las tropas del rey absoluto, nombraron
jefes a Guergué, a Ladrón y a Juanito el de la Rochapea, que salieron
al campo y comenzaron a operar.
El capitán general de Navarra ordenó a las compañías del regimiento
de Toledo y a las partidas de milicianos guardasen los pasos de la
frontera, por si los realistas entraban por Francia.
Se vigiló Vera, Zugarramurdi, Maya, el Irati y el Roncal.
Los absolutistas tenían protectores por todas partes y no se les
encontraba; en cambio, se capturó en el Irati a ocho soldados franceses
desertores y a su capitán, llamado Adolfo, que intentaban entrar en
España con proclamas republicanas.
El capitán Adolfo se escapó, gracias a la protección masónica del
comandante español; los otros soldados franceses, presos por los
milicianos nacionales de Salazar, fueron traídos a Pamplona. La gente
creía que los iban a fusilar, y les parecía muy lógico a los buenos
católicos que se les fusilase, por ser republicanos; pero el capitán
general mandó incorporarlos en las filas del ejército.
Juan Pontecoulant me dijo que Adolfo era un hijo del general Berton, y
que este general, que por entonces era el jefe de los revolucionarios y
con quien más se contaba para la revolución en Francia, había estado en
San Sebastián.
El capitán Adolfo vivió oculto en un caserío de la frontera; pero los
realistas de Ochagavia lo denunciaron y fué preso.
La hostilidad entre el ejército y los milicianos, la conspiración
permanente de los absolutistas, los rumores que corrían de que los
exaltados de Madrid intentaban establecer la República, todo esto
hacía que la provincia de Navarra viviese en perpetua agitación. Los
realistas pamploneses se escapaban al campo con armas, y algunos se
descolgaban de noche por las murallas. Yo hubiera estado tranquilo en
Pamplona si hubiese tenido medios de fortuna; pero mis trabajos de
disecación se acababan y era indispensable levantar el vuelo. Así que
puse mis papeles en regla, gracias al capitán Iriarte y a sus amigos, y
preparé mi viaje.
X
EL CALOR
SALÍ de Pamplona a mediados de julio. Hacía un tiempo bochornoso; el
cielo estaba blanquecino del vaho y del polvo, los campos de trigo
segados, los montones de gavillas en la tierra. Anduve yo largo rato
resguardándome en las sombras de los árboles y bebiendo en las fuentes;
Philonous hacía lo mismo.
En las paradas me dedicaba a reflexionar. Una de las cosas que se
me ocurrió fué el hacer un esfuerzo en dominar las impresiones
desagradables y ver si podía llegar a contemplar el paisaje con el
máximo de ecuanimidad. Me pareció que con ese sistema se encontraría
belleza e interés en todo. El primer ensayo del procedimiento lo hice
mirando en el valle de Orba una nube de polvo sofocante iluminada por
el sol.
¿Se puede llegar en esta contemplación a suprimir el dolor o la
molestia física? Es lo que me preguntaba varias veces en el camino.
No cabe duda que el carácter de la contemplación es una más o menos
aparente generosidad; ¿pero es real o no este carácter?
¿No habrá en el fondo de nuestras efusiones estéticas una raíz
utilitaria?
Cuando ve uno un campo verde y se regocija, ¿no será esto el resultado
de que nuestros antepasados, al ver los campos verdes, han supuesto
que en ellos había algo que comer?
El segundo punto que intenté dilucidar en el camino fué si la
contemplación desinteresada es buena o no, y saqué en consecuencia que
si es cierto que arrastra a la pereza y al aislamiento, le lleva a uno
también a bastarse a sí mismo en momentos penosos, lo cual no es poco.
El primer alto en mi marcha lo hice en la venta de las Campanas, donde
tomé unos huevos cocidos y pan, y por la tarde seguí hasta llegar a
Barasoaín, rendido de cansancio y, sobre todo, de calor. Dormí bastante
mal en una posada y me levanté al amanecer a continuar mi ruta.
El día prometía ser tan ardoroso como el anterior.
Avancé todo lo que pude por la mañana. Al llegar al puente sobre el
Cidacos se despertaba una tropa de gitanos. Dos o tres hombres se
desperezaban extendiendo los brazos, una mujer hacía fuego con unas
ramas y unos chicos dormían al sol, medio desnudos.
El calor y el bochorno seguían terribles. El cielo echaba lumbre; los
montones de gavillas parecían rebaños de oro sobre un campo ceniciento.
A lo lejos veía pueblos con tejados blanquecinos que con la fuerza
de la luz del sol me parecían nevados. Las mujeres, montadas en los
trillos, daban vuelta a las eras.
Cuando más apretaba el sol, muerto de sudor, llegué a Tafalla y entré
en una posada. El posadero era hombre amable que nos recibió bien a
Philonous y a mí.
Tafalla es una ciudad colocada en una enorme llanura. Tiene una campiña
fértil y de aspecto monótono, formada por viñedos, trigales y huertas.
Este pueblo se me figuró una granja colocada en medio de sus tierras de
labor.
Por todas partes se notaba el reinado de Baco, de un Baco huraño
y violento. Se veía vino en las barricas, en los toneles, en las
palanganas.
Pasé la tarde y la noche en Tafalla en una taberna.
La gente me pareció agresiva y malhumorada. Únicamente estos ribereños
se humanizaban hablando del vino, por el cual tenían una verdadera
adoración.
Allí el vino es un dios, un dios que hace a los hombres irritables y
violentos.
En toda la ribera de Navarra la agresividad es una costumbre.
El carácter de los ribereños es de una petulancia que desconocen
los vascos de la montaña. Al llegar a Castilla esta petulancia se
transforma en una serenidad arrogante, a veces un poco teatral, pero
que da cierta idea de nobleza.
Uno de los rasgos simpáticos que encontré en estos navarros, rasgos que
quizá es común a todos los pueblos un poco primitivos, fué el tener
cierto desdén por el dinero.
El amo de la posada de un pueblo considera mucho más al compadre suyo
que al forastero rico.
Esto me parece muy bien. Yo soy de los que creen que el dinero no es
apenas de uno; solamente son de uno los instintos y las pasiones, las
enfermedades y los deseos.
Salí de Tafalla de noche, antes de que apuntara la mañana, y comencé a
marchar.
Entreví en Olite al amanecer las torres amarillentas de su castillo y
seguí por la orilla del Cidacos. Comenzó el día muy temprano. Persistía
el horrible bochorno; tuve que ir quitándome ropa, y llevándola al
brazo. Mi primera entrevista con la tierra llana española era poco
grata. Mi cuerpo marchaba en perpetuo incendio; tenía la cara roja, los
ojos inyectados, las manos abultadas por la sangre. El maldito bochorno
no desaparecía. El cielo seguía gris y el aire caliginoso.
Almorzamos Philonous y yo en la venta del Morillete, y tuvimos que
detenernos en un pueblo requemado y polvoriento, con unas cuevas
agujereadas en una tierra blanca y arenosa y una gente áspera y
desabrida.
Todo el mundo estaba con plan de reñir. Se lo hice notar al posadero y
éste me dijo, riendo, que a aquellos navarricos no los bautizaban con
agua, sino con vino.
Inmediatamente que el ribereño bebe se muestra jactancioso y desafiador
y siente deseos de golpear o de herir.
En este pueblo, donde me detuve, me contaba un mozo con satisfacción
que todos los sábados había allí trabucazos. No se podían tener faroles
en las calles porque al día siguiente estaban hechos añicos.
Otro mozo de Ujué que estaba oyendo dijo, celebrándolo, que en su
pueblo era una cosa rara un día sin puñaladas y que había habido un
cura que tenía que ir a decir misa con el trabuco debajo del manteo,
porque si no se burlaban de él. Esto me entristeció.
--En el fondo, la gente no tiene la culpa--dije--. Es la geografía en
connivencia con las instituciones la que produce tales efectos.
Es imposible que la gente sea civilizada y sociable en una tierra gris,
abrasada por el sol, olvidada por las personas ricas, donde no hay
frescura, ni sombra, ni medias tintas y a la cual no llega ni el eco
más lejano de la cultura de Europa.
Mientras marchaba por estos pueblos, Philonous me producía serios
conflictos, y yo, como Pedro, tenía que negarle más de tres veces.
Hacía barbaridades; un día entraba en la cocina de una venta, tiraba la
olla y se la comía; otro salió de una tahona con todo el hocico lleno
de harina, perseguido por el tahonero; también se comía los pollos que
podía, pero sólo cuando estaba muy hambriento.
Muchas veces no le veía en todo el día, pero luego, por la noche, se me
acercaba y me daba con la pata, como diciendo: Aquí estoy, amigo.
XI
LAS MOSCAS
TANTO o más que el calor me molestaban en mi viaje las moscas. Había
en las calles de estos pueblos una cantidad inconcebible de moscas,
pesadas, pegajosas, repugnantes.
--Mientras haya moscas en el mundo no habrá civilización--me decía yo
con tristeza.
Para combatir sus ataques, me puse a filosofar acerca de ellas, en
lo perniciosas que debían ser y en la poca ciencia que demuestra la
Naturaleza, que se deja llevar de sus rutinas y de sus lugares comunes
de una manera lamentable.
Recordé que Luciano de Samosata, el célebre satírico griego, había
hecho un elogio de la mosca, y de aquí obtuve una casi luminosa
consecuencia.
Muchos suponen que este escritor fué cristiano, a pesar de que en la
historia de Peregrinus llama a Cristo un sofista crucificado.
Este dato parece dar a entender que Luciano no fué cristiano; pero
el elogio de la mosca para mí es definitivo. Da el diagnóstico del
escritor greco-sirio.
Era cristiano. ¿Hay algo más cristiano que la mosca? La mosca es
constante, persistente, zumbona.
A la mosca le gusta andar en las llagas, en el pus, en las basuras,
como a los verdaderos cristianos.
Alguno dirá que a los obispos y a los papas les agrada más el dinero,
la opulencia, el fausto; pero esto no demuestra más sino que las moscas
son mucho más cristianas que los obispos y que los papas.
La mosca crece en razón directa del sol, de la suciedad, de los
establos y de las cuadras, y en razón inversa de la limpieza, del agua
corriente y de la gente razonable. Lo mismo les pasa a los frailes.
Sorprendido por tales semejanzas obtuve la ecuación de la cultura en la
forma que expongo aquí.
El índice de la cultura se expresa sumando la cantidad de vino, el
número de moscas y el número de clérigos, y partiendo el total por el
número de árboles.
Vino + Moscas + Clérigos
_X_ (índice de la cultura) = --------------------------
Arboles
Las profundas consecuencias que se desprenden de mi descubrimiento
las entrego a la Humanidad futura. Ella sabrá plantar más árboles y
exterminar las moscas.
XII
EN LAS BÁRDENAS
ESTANDO yo en Caparroso se presentó una partida de milicianos
nacionales, mandada por un capitán que iba de vanguardia de la columna
de un jefe llamado Iribarren. Saludé al capitán, a quien conocía de
Pamplona por ser amigo de Iriarte, y hablamos.
Me dijo que se había quedado la partida sin cirujano, porque a este le
habían muerto, y me preguntó si yo podría sustituírlo por lo menos un
día.
--Yo no soy cirujano--le dije.
--¡Bah! Para lo que hay que hacer, lo hará usted mejor que cualquier
otro. Mañana vamos a atacar a la gente de Salaberrí, que campea por
ahí, por las Bárdenas. Necesitamos de alguien que sea capaz de poner
una venda.
--¿Y el cirujano de este pueblo?
--Es uno de los facciosos y anda por el monte.
No tuve más remedio que aceptar; pero puse la condición de no seguir
después a la partida; pasada la acción, yo me marcharía por donde
quisiera.
--Bueno. Bueno. Muy bien.
El capitán señaló un cabo y ocho hombres para que quedasen a mis
órdenes. Sacamos el botiquín del cirujano y vimos lo que había.
Mientras hicimos los preparativos estuve tranquilo; pero por la
noche, al tenderme en el pajar, me vino la idea de que cuando el otro
cirujano había muerto, el cargo era peligroso. Luego, la imaginación se
puso en movimiento y fué pintándome con una realidad desagradable las
perspectivas que me esperaban.
Creer que estos forajidos realistas iban a respetarle a uno porque
llevase el carácter de cirujano o de médico me parecía una ilusión.
Pensé en lo que me pasaría si quedaba herido al cuidado de un barbero
en un rincón sucio, con aquella temperatura al rojo blanco.
Se me pintaron todos los horrores posibles. Comencé a agitarme de la
derecha a la izquierda, sin poder dormir.
Al amanecer, momentos antes de salir el sol, me cogió el sueño, y poco
después me llamaron. Estaba tan fuertemente dormido, que tuvieron que
empujarme de un lado a otro para despertarme. El sol iluminaba el
campo, desolado y desierto, cuando la partida se puso en marcha. Yo
iba a retaguardia con las camillas, unas mulas y un carro. Caminamos
durante un par de horas hasta llegar a las Bárdenas. El sitio era
solitario y pobre, de una monotonía, de una tristeza y de una
fealdad desagradable, agudizada por el tiempo bochornoso. La tierra,
cenicienta, se extendía como un mar, y delante se nos presentaba unas
colinas roídas por las lluvias.
Estaba yo pensando que los realistas rehuían el encuentro cuando
sonaron los primeros tiros. Se hallaban los facciosos parapetados en
unas lomas blanquecinas.
Mandé yo a mis hombres con la mayor serenidad posible que abriesen el
botiquín e hicieran sus preparativos.
Nuestros soldados se desplegaron en guerrilla y comenzaron a disparar y
a avanzar.
Hubo que seguirlos. Las balas pasaban silbando, y yo volvía la cabeza a
un lado y a otro violentamente. Uno de los nuestros cayó. Me entró un
sudor frío; me acerqué a él; le tomé el pulso. Estaba muerto.
De nuevo tuvimos que marchar adelante. Los enemigos habían vuelto a
ocupar otras posiciones y seguían tiroteando. Los nuestros fueron
avanzando de una manera irregular y consiguieron que la partida
absolutista se disolviera.
El capitán tuvo que esperar largo rato a que se reunieran sus
fuerzas, que se habían desperdigado; y mientrastanto, los sanitarios
improvisados y yo comenzamos a vendar a varios heridos; y yo sangré a
uno que se trajo sin conocimiento en unas parihuelas, y que recobró el
sentido.
Cuando se reunió la fuerza, el capitán ordenó la retirada y nos pusimos
en marcha. Los heridos venían a mi cargo en las caballerías y en el
carro. Contemplábamos a los lejos Caparroso en un collado y las ruinas
de un castillo antiguo.
Ibamos tranquilos internándonos en un soto de álamos blancos que
llaman la Lobera cuando unos realistas apostados hicieron una descarga
que produjo el desorden en nuestra partida. Se desordenó la columna,
comenzó el tiroteo por nuestro lado, y yo me vi separado de mi gente y
en medio del soto en compañía de Philonous.
Cuando cesaron los tiros comencé a avanzar despacio. Iba marchando
con las mayores precauciones cuando topé con el cuerpo de un realista
herido o muerto. Me paré para ver si vivía; llevaba un pañuelo atado
a la cintura lleno de sangre. Se lo corté con el cuchillo; y viendo
que pesaba me encontré que llevaba dos onzas de oro, cuatro centenes y
varias monedas de plata, que me apropié porque el hombre estaba muerto.
Salí del soto y me acerqué a la carretera. Estaba rendido de cansancio
y de hambre. Debía ser media tarde. Eché a andar por la carretera en
dirección contraria a Caparroso cuando se acercó un coche viejo y
desvencijado.
En el coche iban un hombre, que dirigía, y un cura.
Se paró el coche un momento, y yo le pregunté al cochero si podía
llevarme al pueblo próximo.
--Si el señor cura quiere, a mí no me importa--me dijo, con tosco
acento.
--Por mí, que suba--dijo el cura.
Subí y me senté. El cura era un hombre flaco, desmayado, las cejas
como dos acentos circunflejos; los párpados, apenas abiertos, como dos
líneas, y un lente en la mano.
Llegamos a Valtierra a media tarde; fuí a una posada-taberna, y lo
primero que hice fué pedir que me pusieran de comer.
El pueblo me pareció grande, triste, polvoriento y abrasado.
En la taberna, a la moza que me servía le pregunté si hacía mucho calor.
--¿Aquí?--exclamó un hombre interrumpiendo--. Aquí en invierno se hiela
la Virgen y en verano se deshace el palio.
Es la costumbre de esta gente el barajar siempre y con cualquier motivo
en su conversación los artefactos religiosos.
Dormí en el corral, y de noche salí para Tudela.
XIII
REVELACION DE LA ESPAÑA CLÁSICA
A pesar de que Philonous y yo salimos a media noche de Valtierra,
llegamos a Tudela, rendidos por el calor, a media mañana.
Entré yo en una posada, pedí un cuarto y me tumbé en el suelo, porque
no podía aguantar el sofoco del jergón. Tendido y sudando estuve varias
horas oyendo el retumbar de unas campanas y el rebuzno de un burro,
hasta que el hambre me indicó que era hora de levantarme. Pregunté
a qué hora se cenaba, y me dijeron que a las nueve. Cuando empezó a
caer la tarde salí con Philonous a la orilla del Ebro, a respirar.
No se movía una partícula de viento. El cielo estaba blanquecino por
el calor; el tío, muy ancho, parecía arder, con un color rojo de
escarlata, sombreado por los bosquecillos de las riberas; el horizonte
se encendía con los relámpagos de los montes lejanos; por el puente, de
arcos desiguales, pasaban algunos carromatos.
Estuve sentado a las orillas del Ebro hasta que empezó a obscurecer.
Su superficie roja palideció y la sombra de los bosquecillos quedó muy
negra.
Volví a la posada y estuve hablando con el patrón, que era herrador, un
viejo canoso con unas antiparras y aire de sabio. Todavía faltaban tres
cuartos de hora para la cena.
Salí de nuevo; había visto al llegar una parte del pueblo moderna,
insignificante. Tiré ahora por el lado contrario; seguí una callejuela;
luego otra; después pasé un arco. En aquellos callejones estrechos
había carros grandes llenos de paja que interceptaban el paso; en las
puertas de las casas la gente salía a respirar el aire ardoroso, seco y
lleno de polvo; y algunos campesinos medio desnudos pasaban montados en
un borrico o en una mula.
Un farol debajo de un arco brillaba iluminando una hornacina y la
puerta de una iglesia. La obscuridad y el piso desigual me hacían ir
tropezando por las calles.
Al pasar por una encrucijada me tiraron agua y tierra desde un balcón.
Intenté volver a casa del herrador, pero me perdí, y durante algún
tiempo anduve dando vueltas por los mismos sitios y rincones.
En esto oí una campanilla, y vi poco después, delante de un portal
estrecho, una fila de hombres con cirios en la mano que, sin duda,
acompañaban al Viático. Tenían la cabeza para abajo, iluminada por
el resplandor de los cirios. ¡Qué caras! ¡Qué aires de cansancio
y de resignación! ¡Qué miradas de abatimiento! ¡Qué español! ¿Qué
terriblemente español era aquello!
Sin fijarme en la dirección eché a andar, salí a una plaza y de allí
encontré fácilmente la posada.
El herrador y otros dos huéspedes me esperaban a cenar.
Nos sentamos a la luz de un candil. Uno de los hombres era un campesino
de un pueblo próximo, hombre de unos cincuenta años, de ojos azules y
pelo rubio; el otro, un tipo de judío tan característico, que me chocó.
El labrador tenía una idea de Tudela como de un foco de comodidades y
de placeres. Yo le dije que el campo por donde había cruzado me pareció
árido y seco; pero él me aseguró que era fertilísimo, y es posible que
tuviera razón.
El otro, el del aire judaico, era, por lo que me dijo, saludador,
medio brujo y medio médico; hacía conjuros para que no enfermaran las
caballerías y para quitar el mal de ojo a los niños, y creía que tenía
procedimientos especiales para alargar la vida.
Le dije que viéndole en otra parte le hubiera tomado por un judío de
casta sacerdotal, lo cual no le molestó; por el contrario, me dijo que
su padre y su familia procedían de la judería de Tudela, y que no sería
raro que él fuese de raza hebrea.
Después de cenar se apagó el candil, me fuí yo a la cama, y tuve que
acostarme sin ropa por el calor. Afortunadamente, a media noche comenzó
una tormenta con truenos y relámpagos, cayó un copioso chaparrón y
refrescó el ambiente.
Dormí unas horas y salí por la mañana.
El aire era ya respirable. Inmediatamente me dirigí hacia la catedral.
Me reconcilié con el pueblo.
A pesar de ser la mayoría de las casas de ladrillo, eran hermosas;
algunas, verdaderos palacios con grandes puertas, balcones espaciados
y una galería alta con arcadas en el segundo piso. Empotrados en las
paredes ostentaban escudos abultados y salientes de piedra blanca,
y en las ventanas se veían orlas esculpidas con los primores del
Renacimiento incrustadas en el ladrillo.
Recorriendo este pueblo y luego visitando otros, me expliqué que en
España la gente de inclinaciones estéticas no sea muy entusiasta del
progreso; lo viejo tiene aquí su hermosura y su nobleza; en cambio,
lo nuevo es de una mezquindad que asombra por su sentido de economía,
por su sordidez trágica y completa. Callejeé largo rato por Tudela, al
amanecer; ¡qué nombres los de las calles! Calle de la Vida, calle de la
Muerte, calle del Juicio...; luego las calles de los oficios: de las
Chapinerías, de las Herrerías, de los Caldereros...