dos milicianos nacionales, sargento y cabo de la partida de Leguía, y
un liberal de Vera, que gastaba antiparras de plata, a quien llamaban
Laubeguicua (el de los cuatro ojos).
Fuimos todos paseando a las Ventas de Yanci, que distan una legua y
media de Vera; nos sentamos a beber sidra, y se llamó al ventero y a la
ventera y se les sometió a un grave interrogatorio.
Erlaiz, Bidarraín y el sargento de milicianos dieron a la consulta una
importancia sacerdotal.
--Vamos a ver, ¿qué podemos comer?--preguntó Erlaiz.
--Si quieren ustedes un cordero, ya lo asaremos--dijo la ventera,
cantando al hablar.
--Bueno, un cordero. ¿Que más?
--Ya tenemos también buenas truchas.
--¿Truchas? No está mal. ¿Que más?
--Pollos también ya tenemos.
--¿Pollos? Bueno. ¿Qué más?
--Jamón bueno ya pondremos.
Así siguió la ventera explicando las provisiones que tenía, siempre
empleando esta fórmula de ya tenemos o ya pondremos. Este _ya_, de aire
germánico, me chocaba verlo empleado a todo pasto.
Después de consultarse con la mirada Bidarraín, Erlaiz y el sargento
de nacionales, decidieron, de común acuerdo, que pusieran todo lo que
hubiese para no engañarse.
Dispuesta la cena, seguimos bebiendo, hasta que nos dijeron que la mesa
estaba puesta.
Al sargento de los milicianos, hombre alto, de vientre piriforme, se le
encandilaron los ojos, y frotándose las manos de gusto exclamó:
--¡Pien, pien! Una puena cena. Esto es lo que me gusta. Puen cordero,
puenas truchas, puen pollo y puen vino. ¡A comerr! ¡A comerr!
Comimos como buitres y bebimos hasta quedar mareados, lo que me dió
una idea bastante pobre de la sobriedad de los vascos; se habló con
entusiasmo de Mina, Riego y el Empecinado; con rabia, de las correrías
que hacían por Navarra Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón,
y se cantó el _Himno de Riego_, a pesar de que el ventero y su mujer
suplicaron que callásemos, porque les comprometíamos.
Salimos de las Ventas de Yanci a media noche; los de Vera se marcharon
a su pueblo, y Leguía, con sus dos milicianos y yo, seguimos hasta
Sumbilla.
Nos detuvimos en el parador de San Tiburcio. El sargento del vientre
piriforme me dijo ingenuamente que con el paseo se le había abierto el
apetito, y que iba a mandar que le hicieran unas sopas de ajo. Le miré
con asombro y me fuí a acostar.
Al despertarme por la mañana supe que Leguía había partido con sus
milicianos camino da Santesteban, dejándome una carta para un amigo
suyo de Pamplona.
Como no tenía prisa y hacía calor, dejé la marcha hasta que cayera el
sol. Estaba en el portal del parador de San Tiburcio cuando se acercó
un carro grande, tirado por siete mulas.
El arriero fué soltando sus animales, llamándolos uno a uno y
llevándolos a la cuadra. La Morena, la Montesina, la Capitana, la
Coronela, la Bonita, el Vigilante y la Leona fueron despacio al
pesebre, donde primero se les dió de beber.
El posadero me preguntó:
--¿No va usted a Pamplona?
--Sí.
--Pues si quiere usted, puede usted ir con este arriero.
--¿No hay inconveniente?...
--Ninguno.
El arriero se llamaba Mandashay, y era un hombre de unos treinta y
cinco a cuarenta años, rubio, con unos ojos que parecían de cristal
azul.
Me advirtió que si quería ir con él saldríamos a la mañana siguiente;
le dije que tendría mucho gusto en marchar en su compañía, y le convidé
a un vaso de vino. Quedamos de acuerdo; yo me fuí a acostar, y al
amanecer me llamaron.
La mañana estaba fresca; había una niebla espesa que prometía un día de
calor. Mandashay sacó sus mulas y echamos a andar camino de Almandoz.
--Cuando se canse usted puede tenderse en la galera--me dijo Mandashay.
--No, no me canso tan fácilmente.
La galera española es un carro grande, de cuatro ruedas, tirado por
una larga recua de mulas. En Navarra y en Castilla la Vieja se ven con
frecuencia estas galeras; en Castilla la Nueva abunda más el carromato,
que también llaman carro catalán.
El viaje a pie detrás de un carro tiene sus encantos. El que aproximó
de un modo ideológico la galera carro a la galera barco, dándole el
mismo nombre, no estaba equivocado. El parecido de estos dos medios de
comunicación salta a la vista. El barco es una casa que flota, como el
carro es una casa que rueda. El carretero tiene algo de marino: es un
hombre que pasa y no se detiene, que lleva una ruta, que vive en un
mundo de soledad.
Mandashay era un hombre muy interesante y ameno. Cada rincón del camino
le recordaba una historia. Aquí habían salido a robar a un rico unos
enmascarados; allá había vivido una muchacha de cabeza loca que trajo
revueltos a todos los jóvenes de los contornos.
En algunos momentos Mandashay se agarraba a la galga, y en otros tiraba
de la brida del macho de varas, gritando: ¡Eup! ¡Eup! o ¡ueschqué!
¡ueschqué!
Charlando llegamos a Almandoz y seguimos subiendo una cuesta hasta el
alto de Velate. El cielo estaba azul y el sol calentaba de firme. No
hacía mucho calor porque íbamos ya a bastante altura y corría aire
fresco.
A media tarde cruzamos un bosque, que me pareció debía servir para los
misterios de los druidas, y fuimos a parar a las Ventas Quemadas, en lo
más alto del puerto.
IV
PAMPLONA
SALIMOS de Ventas Quemadas por la mañana, y emprendimos la marcha hacia
la vertiente del Ebro.
El paisaje había cambiado en absoluto. El cielo se mostraba más azul;
el campo, más seco; en los altos corrían pequeños caballos de grandes
colas y triscaban las cabras y los corderos; abajo resplandecían los
campos de trigo y alguno que otro viñedo.
Al comenzar a descender hacia la cuenca del Ebro, me pareció que
empezaba España; todo tomaba a mis ojos un carácter más triste y más
serio: veía pueblos taciturnos, casas de paredes grises, árboles
cubiertos de polvo.
Nos alejamos de la altura a medida que avanzábamos, y fuimos bajando
hacia el llano. En los trigales brillaban las amapolas como gotas de
sangre y los grillos nos ensordecían con sus chirridos.
Dormimos en Villaba, y al día siguiente entraba yo en Pamplona. Me
despedí de Mandashay y fuí a parar a una posada de la calle de la
Curia. Saqué la carta del teniente Leguía; era para un capitán de
ejército llamado Iriarte. Me presenté a él, me acogió con amabilidad y
me invitó a comer.
Durante la comida le hablé del mito Cox, y de cómo esperaba recoger una
pequeña fortuna. En tanto, le dije, me hallaba dispuesto a trabajar en
lo que se me presentase.
--Y usted, ¿qué sabe hacer?--me preguntó Iriarte.
--Sé francés y, naturalmente, inglés.
--Sí; quizá esto le pueda servir de algo.
--También tengo nociones de botánica.
--¿Botánica? No creo que haya aquí nadie que se ocupe de eso. A no ser
algún herbolario.
--Pues éstos son mis conocimientos. También sé disecar animales--añadí
con resignación.
--¡Hombre! Eso quizá nos sirva. Aquí hay un profesor que todos los
pajarracos y alimañas que le dan los envía a Francia a disecarlos, lo
que le cuesta mucho dinero.
--Voy a verle.
--Sí, iremos juntos.
Fuimos, efectivamente; hablamos con él, y yo me comprometí a
restaurarle algunos animales y a disecarle de nuevo otros, por el
sueldo de seis pesetas al día, mientras durara el trabajo.
Disequé para aquel señor un caimán, un águila, un cisne y varios otros
bicharracos.
El capitán Iriarte me recomendó una casa de huéspedes de la plaza del
Castillo y me trasladé a ella.
Mi vida en Pamplona, mientras tuve trabajo, fué muy agradable. Por
la mañana y por la tarde trabajaba, y al anochecer paseaba por los
alrededores, y cuando no tenía tiempo de sobra iba a la Taconera.
Allí se reunían los aristócratas y los burgueses, los militares, las
señoritas, los chicos y los curas, y algunos días de fiesta, por la
noche, se ponían unos farolillos de papel colgados de los árboles.
Yo cultivaba mucho el mirador de la Taconera, un sitio bonito, desde
donde se ven los pueblos de la cuenca de Pamplona.
Daba con prudencia la vuelta a las murallas. Conocía la Ciudadela y
los baluartes: el de la Reina, el de Redín, el de Labrit, el de los
Canónigos, el de Gonzaga; las cinco puertas y la poterna de la Tejería.
Tenía algunos amigos, porque el capitán Iriarte me presentó a varios de
sus compañeros, militares liberales.
Por entonces, entre los militares y los milicianos de Pamplona,
había gran hostilidad; los militares se manifestaban anticlericales,
partidarios de la Constitución; en cambio, los milicianos eran
fervientes católicos y monárquicos, y armaban trifulcas gritando:
«¡Viva Dios!» No parecía sino que tenían miedo de que lo mandasen matar
los liberales. Yo, como extranjero, no daba mi opinión acerca de estas
cuestiones.
En la casa de huéspedes donde fuí por recomendación de Iriarte, eran
todos perfectamente reaccionarios, comenzado por la dueña, doña
Saturnina, señora vieja, nariguda y charlatana.
Doña Saturnina era un producto clásico de las ciudades levíticas;
tenía la adoración por el aristócrata, por el cura, por el Don Juan
provinciano; hablaba con ternura de los mozos calaveras alborotadores,
que iban a los toros, bebían vino hasta emborracharse y hacían de
cuando en cuando alguna canallada y luego iban a confesarse con aire
hipócrita y santurrón al confesonario del cura que pasaba por más
severo, que generalmente era el penitenciario de la catedral.
Al principio de estar en casa de doña Saturnina creí que se podría
bromear con las costumbres del pueblo, e hice algunos chistes acerca de
ese cartel que se pone en ciertos días en las iglesias de España: «Hoy
se sacan ánimas del Purgatorio»; pero pronto vi que en Pamplona las
bromas de este género tenían sus peligros.
Doña Saturnina la patrona y un sobrino suyo me espiaron y hasta me
siguieron un domingo para ver si iba a misa. En vista de que no
frecuentaba la iglesia, doña Saturnina me interpeló con valor:
--Dígame usted, ¿usted no es católico?--me dijo.
--No, señora--le contesté.
--¿Pues qué es usted? ¿Protestante?
--Sí; soy de una clase de secta que se llama de los agnósticos, que
supone que no se sabe nada de nada.
--¿Pero usted no cree en la Virgen y en los santos?
--Los de mi secta creemos más bien en la substancia única, y
practicamos el culto del nuestro señor el Yo, y de nuestra señora de la
Cosa en Sí.
A esto dijo mi patrona que esta virgen sería muy importante; pero que
los milagros de la Virgen del Camino eran mayores, porque se la había
visto elevarse en el aire y ponerse en un madero que hay en la iglesia
de San Cernín de Pamplona, a lo cual yo repliqué diciendo que bien
podía la ley de la gravitación, inventada por mi paisano Newton, ser
una costumbre o una rutina de la Naturaleza, y de nuestro espíritu,
y que, como dijo atrevidamente Protágoras, todas las cosas son
verdaderas, y que el hombre es la medida de todas las cosas, de las que
existen como existentes y de las que no existen como no existentes.
Doña Saturnina me preguntó si este Protágoras era algún santo; yo la
dije que si no lo era, podía haberlo sido.
Entonces, doña Saturnina me recomendó que me convirtiese al
catolicismo, y yo la tranquilicé diciendo que estudiaría la cuestión.
En España y en pueblos como Pamplona todavía hay un gran atractivo en
ser incrédulo. ¿Cuánto durará esto? Al paso que vamos, ya poco. Cien
años; doscientos años. Nada, una miseria.
La verdad es que, con el progreso, se priva al hombre libre de los
grandes encantos y emociones de ser perseguido.
¿Qué vale un incrédulo, un librepensador en un país donde todo el mundo
puede serlo impunemente? Nada. En cambio, en plena persecución, ¡qué
delicia! Tener el libro prohibido bien guardado, leerlo a escondidas,
burlarse por dentro de todas las ceremonias y mojigangas, y escapar de
las tramas de esta red con la cual el despotismo judaico-cristiano ha
intentado envolver al mundo. ¡Admirable cosa!
Los incrédulos debíamos protestar de la lenidad actual, que nos priva
de una de nuestras mayores satisfacciones...
V
LOS CABALLEROS
EN la casa de huéspedes de doña Saturnina conocí a varias personas,
gentes pintorescas, cuya vida sabía luego por la misma patrona.
Uno de los fijos en la casa era un señor alto, moreno, de pelo blanco,
vestido con traje obscuro, y que se paseaba por los arcos de la plaza
del Castillo ataviado con un sombrero de copa cubierto de hule y una
levita larga, y que cuando hacía fresco se ponía una esclavina azul
sobre los hombros.
--¿Quién es este señor?--le pregunté a la patrona.
Doña Saturnina me dió tres o cuatro nombres de estos compuestos y
largos que usan los españoles.
--¿Y este caballero no trabaja?--pregunté yo.
--No. ¡Ca!
--¿Es rico?
--Poca cosa.
--¿Es de buena familia?
--Ya lo creo. ¡Es un Pérez de Cascante! Es de los caballeros de Olite.
Este caballero tenía un amigo que le acompañaba en sus paseos, el señor
Sánchez de Peralta.
Doña Saturnina me explicó la genealogía de ambos.
--Ninguno de los dos ha trabajado nunca--me decía la patrona con
entusiasmo--. Son caballeros.
Me hizo gracia el equiparar la holganza con la nobleza, lo que en el
fondo es muy natural y lógico.
Todos los días les veía a los dos caballeros dar vueltas y vueltas por
la plaza del Castillo, con sus sombreros de copa y sus botas, que les
crujían al andar. Los dos parecían mucho más jóvenes de lo que eran.
Siempre he creído que el no discurrir conserva la vida; por eso dijo
Juan Jacobo Rousseau, y otros lo habían dicho antes, que el hombre que
piensa es un animal depravado.
Muchas veces he pensado que la felicidad está en ser un Pérez de
Cascante o un Sánchez de Peralta, y en dar vueltas por los arcos de
la plaza del Castillo con unas botas que crujen y una esclavina azul;
pero, puesto en esta actitud espiritual, se me ha ocurrido si no sería
aún más perfecto el ser una vaca, o quizá una ostra.
No he decidido yo, como creo que no lo ha decidido nadie, si es mejor
la ciencia unida a la desdicha y al dolor o la estupidez mezclada a la
felicidad; pero, sin decidirlo, cuando veo algún vago de estos firmes
y constantes en su noble ocupación de no hacer nada, siempre pienso si
será uno de los caballeros de Olite, el señor Pérez de Cascante o el
hidalgo Sánchez de Peralta.
VI
LOS ESTRATOS SOCIALES DE PAMPLONA
COMO era la primera ciudad española que habitaba, quise darme cuenta
clara de su contextura física y moral. Sus calles, sus plazas, los
rincones de la muralla, los conocía palmo a palmo; gracias a alguna que
otra amistad y a las explicaciones de doña Saturnina pude darme también
una idea de la vida moral del pueblo.
Pamplona era un receptáculo de aristócratas, de leguleyos, de
militares, de curas y de perros. Yo no digo que para todo el mundo esta
clase de población sea antipática u odiosa, no; ahora, para mí sí lo
es, excepto los perros, por los cuales siempre he tenido una debilidad
de corazón.
Pamplona se mostraba como una construcción en pisos. En el alto
había dos o tres familias aristocráticas, y estas familias tomaban
un poco cómicamente un aire de familias reales. A pesar de que doña
Saturnina quería demostrarme con todo su fuego oratorio que las dos o
tres familias del primer tramo social de Pamplona eran ilustrísimas,
la verdad es que no contaba de ellas nada que valiera la pena de
esculpirse en bronces.
Después de estas dos o tres familias del primer tramo que miraban al
vulgo de los pamploneses como diciendo: podéis vivir, os permitimos
graciosamente la existencia, había otras seis o siete ya de menos
tono, con algunos titulillos insignificantes y algún coche destartado,
pero todavía en buen uso, en la cuadra.
Tras de este segundo tramo venía el tercero, formado por los hidalgos,
estos hidalgos por los que doña Saturnina sentía gran respeto y
veneración y de los cuales decía: ¡Es un Pérez de Cascante! Es un
Sánchez de Peralta!
Fuera del elemento autóctono, había otros dos elementos aristocráticos:
el ejército y el clero. El ejército en su alta esfera llegaba a veces
al primer tramo; pero lo más corriente era que se quedase en el
segundo; el brigadier y el general alternaban con el marqués o con el
conde, un poco tronados, si no tenían alguna mancha de liberalismo que
se lo impidiese, porque entonces no alternaban con nadie.
El Gobierno constitucional en esto había defraudado al buen pueblo,
primero suprimiendo el título de virrey de Navarra, cosa que a los
pamploneses sonaba agradablemente al oído, y substituyéndole por el
de capitán general; después, enviando militares inficionados con el
virus del liberalismo. El clero era, naturalmente, aristocrático y
absolutista, y el obispo movía todos los resortes de la mecánica
pamplonesa. El obispo entraba de lleno en el primer tramo de la vida
ciudadana. El deán y los canónigos distinguidos se distribuían en el
segundo y en el tercero. Aristocracia, clero, ejército y clase media
formaban un pequeño mundo. Pamplona, encerrada en su muralla, era para
el pamplonés un microcosmos. A mí, que llevaba todavía el humo de
Londres en la cabeza, me parecía que todo el pueblo vivía enmohecido,
apegado a unas cuantas rutinas y a unos cuantos lugares comunes.
A veces se me ocurría pensar que no estaba mal ideado aquel sistema
de categorías y de subordinaciones. Realmente, el catolicismo ha
resuelto la vida a su modo, disciplinándola y encerrándola en estrechas
casillas; esto, unido a que ha dado a las necesidades apremiantes el
carácter de vicios, ha hecho que los pueblos pobres como el español,
que viven en la estrechez y en la incuria, se crean rodeados de
placeres sardanapálicos.
En parte, esta severidad es una ventaja, porque da a la vida un poco de
picante.
La construcción, en tramos, de Pamplona, tenía también su parte útil.
Cierto que a mí me parecía un poco absurda y mezquina; pero no le
parecía, seguramente, lo mismo al nacido en el pueblo.
La verdad es que todo el aparato enfático y teatral del aristocratismo,
que pretende imponer el ánimo por su esplendor, se convierte en una
mueca cómica cuando no va acompañado de la fortuna o del poder.
No es fácil encontrar nada tan imponente como esas damas inglesas,
hijas de algún almacenista de cacao, de un prestamista o de un
fabricante de sebo casadas con algún lord. ¡Qué orgullo! ¡Qué majestad!
¡Qué admirable desprecio por los demás mortales!
Estas alianzas del dinero con los títulos dan buenos resultados; en
cambio, en los sitios donde las familias nobles no pueden abonar sus
campos o sus cuarteles con dinero plebeyo, los aristócratas degeneran.
Se nota en Francia, como en España, en las ciudades de provincia, que
el pequeño aristócrata, el hidalgo, el «hobereau», es mucho más feo y
menos inteligente que el hombre de la clase media y del pueblo. Esto
depende, seguramente, del cuidado de casarse entre gentes de la misma
casta, de la endogamia, que decimos los antropólogos.
En Pamplona, como en casi todas las capitales españolas, me parecieron
los pequeños aristócratas muy cómicos. ¡Qué gente! Unas bocas
desdeñosas, unos gestos de orgullo, unas mujeres feas y con bigote,
unos tipos morenos y escurridos que parecían micos; muy chatos o con
narices de loro; con escrófulas o con herpes.
Este prestigio de la aristocracia no es cosa que a mí me preocupe; no
tengo la aspiración de saludar al conde ni al marqués, ni siquiera
de estrechar la mano de un Pérez de Cascante o de un Sánchez de
Peralta. A un vagabundo, como yo, no le pueden importar gran cosa las
superioridades locales ni las cuestiones de etiqueta; tampoco sé si
estos condes y marqueses de aquí proceden de las Cruzadas (como todos
los aristócratas de los folletines franceses); supongo que serán tan
antiguos como puedan serlo los de Inglaterra; pero no hay más remedio
que reconocer que son más pobres. Y, la verdad: la aristocracia, con
casas sucias y destartaladas y unos majuelos por toda propiedad; el
aristócrata, con un sombrero seboso y un pantalón con rodilleras, no
llega a imponer respeto ni a causar gran sensación. Es decir, a mí
no me la producía, porque a mi patrona, doña Saturnina, le producía
grande. Verdad que ella veía los conceptos más que los accesorios y las
formas. Doña Saturnina era un poco platoniana.
Tras de la aristocracia pamplonesa, venía la clase media, formada por
leguleyos y comerciantes, y después, el pueblo.
Desde arriba a abajo; desde lo alto de la pirámide hasta la base; desde
el primer tramo hasta el último, Pamplona era un pueblo intoxicado
por la clericalina. La clericalina rebosaba por todas partes; una
clericalina activísima; pues no había apenas un pamplonés que no
tuviera depósitos de este alcaloide entre la píamadre y la aracnoides.
Era una clericalina que producía un estado de estupor incurable.
Una gota en la conjuntiva de un individuo lo envenenaba para siempre.
Todas las aguas del Arga reunidas, no bastaban para disolver la
clericalina, la cleritoxina y el ácido clerigálico que producía la
ciudad.
VII
PHILONOUS
SOLÍA yo andar con mucha frecuencia por la Taconera, y daba casi todas
las tardes un paseo por las afueras de la muralla, lo que llaman en el
pueblo la Vuelta del Castillo. Un día vi que un perrucho me seguía. Era
un perro feo y poco estético, que tenía cara de persona, lanas rojizas
y unas barbuchas lacias de filósofo cínico.
--Bueno, bueno--le dije--. Márchate, que aquí no haces nada.
Seguí mi camino, e iba pensando en la realidad que podían tener las
cosas, cuando vi a mi lado de nuevo al perro feo.
--Este can me sigue--murmuré--. A ver si es un demonio como el perro de
aguas que acompaña al doctor Fausto a su laboratorio.
Continué mi paseo, y siguió el perro feo junto a mí.
--Bueno; que haga lo que quiera--dije--. Si el destino ha dispuesto que
este canis familiaris sea mi amigo, no me opongo.
Pensé que si venía hasta mi casa y se unía a mí, tendría que darle un
nombre, y decidí llamarle Philonous.
Efectivamente: entró en mi casa, le di de comer y le adopté. Unos meses
después, al llegar a Tafalla, Philonous riñó con otro perro con gran
valor; el otro perro le mordió en una pata y tuvo una llaga que le
duró mucho tiempo.
Entonces, como tributo a su valor y como recuerdo a un héroe griego,
que padeció también una úlcera en una pierna, añadí a su nombre el de
Philotectes, y así se llamó mi perro en su vida terrena, que no es poca
cosa para un perro.
Philonous era profundo y sentimental. En las circunstancias difíciles
se crecía. A veces era un poco cínico; estaba en su derecho, siendo
perro y perro de pobre; a veces me parecía un caballero «sans peur et
sans reproche», como Bayardo.
Yo siempre le encontré un aire socrático.
Me parecía que el mejor día iba a salir Minerva de su cabeza.
VIII
LOS REALISTAS FRANCESES
UN día pararon en la casa de doña Saturnina unos franceses realistas.
Estos franceses, supe, cuando se marcharon, que habían ido a reunirse
con la partida absolutista de un tal Salaverri, que merodeaba por la
ribera de Navarra.
Los tales franceses me fueron poco simpáticos. Tenían un criterio
pequeño y estrecho. Elogiaban lo peor de Francia y de España. Para
ellos la crueldad empleada con los liberales era un gran mérito; el
talento militar consistía en hacer todas las barbaridades posibles en
perjuicio del enemigo.
Así un vendeano cualquiera era un militar más ilustre que Napoleón.
Nunca jamás he visto una gente más vanidosa, más necia ni más
incomprensiva. Tenían unas ideas extrañas. Según ellos, puesto que los
revolucionarios franceses habían guillotinado a Luis XVI, a su mujer y
a su hijo, ellos podían, con un derecho natural de represalia, matar a
todos los hombres, mujeres y niños del Universo.
La carreta en donde habían ido a la guillotina estos Borbones debía ser
como el célebre carro de Jaggernath, del Indostán, que va aplastando a
todo el mundo.
Así como nosotros, que hemos nacido mil ochocientos años después de
Cristo, tenemos la culpa de su muerte, según los místicos, y estamos
deshonrados por la mayor o menor bellaquería que hicieron unos
supuestos Adán y Eva en el paraíso, así también todos, franceses y no
franceses, tenemos la responsabilidad de la muerte de Luis XVI y de su
familia.
¡Qué fanatismo el de aquella gente! Seguramente hubiera sido difícil
encontrar en personas de otro país un producto así de amaneramiento, de
afectación y de petulancia.
Si no hubiera sido porque tenían modales de señores, se les hubiera
tomado a aquellos franceses por unos brutos feroces y fanáticos que no
buscaban mas que el exterminio de todo el que no pensara como ellos.