El vizconde de Beaumont, que tenía la manía de la botánica, me mostró

el parque y el invernadero de su castillo.

El parque era tristísimo; parecía que habían querido darle un aire

lúgubre, haciendo que los árboles gigantescos estuvieran tan cerca uno

de otro que, paseando por las sendas, no se veía el cielo.

El estanque reflejaba las nubes como una pupila desesperada y sombría.

El vizconde me enseñó la antigua torre de los Beaumont, con sus

baluartes y sus argollas, que daban al río y servían para atar las

gabarras.

Después de ver sus plantas extrañas, dije que tenía que marcharme; pero

el vizconde me rogó varias veces que me quedara a cenar y a dormir.

Como este era mi objeto, me quedé allá.

La cena fué siniestra. El vizconde miraba a un lado y a otro, como

poseído por el mayor espanto; el caballero de Maslac, con sus adobes y

sus dijes, parecía una momia desenterrada.

No se habló en la mesa mas que de genealogías, y únicamente el vizconde

interrumpía esta conversación para disertar acerca de botánica.

Después de cenar jugaron una partida de cartas entre los dos viejos,

la Sarrazin y Gabriela, y madama Domesan me indicó que fuera a la

biblioteca, donde hablaríamos.

Efectivamente, fuí a ella y hablamos largamente. Me dijo, de una manera

nerviosa y perentoria, que yo, que había sido simpático al vizconde,

debía entrar en la casa y luchar contra la influencia de madama

Sarrazin, que les dominaba a todos.

Después me contó, con su tono dramático, la historia de un muchacho que

había galanteado largo tiempo a Gabriela, y a quien se había encontrado

ahogado en el río, y de un hombre misterioso que aparecía de cuando en

cuando en las proximidades del castillo.

Luego me habló de su vida y de su familia.

Me dijo que ella procedía del secretario de Felipe II, Antonio Pérez.

--Al evadirse Antonio Pérez de la cárcel de la Inquisición de

Zaragoza--me contó--, se refugió en el Bearn y fué protegido por

Enrique IV y por Margarita de Valois. Antonio Pérez tuvo amores con una

señora de Orthez, y su hijo se estableció aquí definitivamente, y de él

procedo yo.

Siguió la señora Domesan contando una serie de relatos de crímenes y

de sucesos extraños donde aparecían asesinos, misterios, fantasmas, y

llegué a pensar si aquella mujer estaría un poco perturbada, y sería,

sin proponérselo, una especie de Anna Radcliffe gascona. Por lo menos

era un folletín de muchas entregas.

Al pasar a la alcoba que me destinaron, que era inmensa y obscura, no

pude dormir. Toda la noche la pasé pensando en ahogados y muertos.

Al día siguiente comprendí que aquellas grandezas no eran para mí, y,

sin despedirme de nadie, con el pretexto de dar un paseo, me marché del

castillo y no volví.

XIV

EN LA DILIGENCIA

CORRÍ con mi morral al sitio donde salían las diligencias y tomé un

asiento para Bayona.

Me encontré con el mismo capitán de la gendarmería con quien había ido

a Orthez. Nos saludamos y nos dimos nuestros nombres. Me dijo que se

llamaba Montmartin, y me invitó a tomar una copa de coñac.

En la diligencia iba mucha gente que subía y bajaba en los pueblos

pequeños, llevando cestas y encargos, y un comerciante bayonés, con su

mujer y dos hijas.

Una de ellas, por lo que contó su madre, tenía una voz preciosa, y

había obtenido un gran éxito cantando la Cavatina «Una voce poco fá»,

del _Barbero de Sevilla_, en una de las casas del gran mundo de Orthez.

La otra señorita poseía, según su madre, grandes conocimientos

literarios e históricos, y sabía el inglés y el español. Había sido muy

galanteada por un joven oficial de la guarnición de Orthez, llamado

Alfredo de Vigni, que había escrito para ella una poesía preciosa.

A pesar de hablar yo bastante mal el francés («¡Celibataire, une

boutaille de cercueil!), quedé un poco mejor que el capitán de la

gendarmería, pues éste consideraba que ante las señoras debía tomar una

aptitud rígida, como si estuviera en actos de servicio.

Quizá influían en su tiesura las frecuentes libaciones, pues

aprovechaba todas las paradas para intoxicarse cuanto podía.

Con este combustible se reveló en él su fondo de francés, y dijo que

Napoleón era un grande hombre, a quien los ingleses habían hecho

perecer miserablemente. Habló también de la batalla de Orthez, en que

Wéllington, con el ejército aliado, había batido al mariscal Soult, y

se deshizo en insultos contra el vencedor de Waterloo.

El comerciante bayonés y su familia parecían desolados al oír esto, y

me miraban como pidiéndome mil perdones.

El capitán vió que yo no me daba por aludido, se calmó, se hizo amigo

mío y amenizó el viaje con algunos cuentos de cuerpo de guardia.

A la tardecita llegamos a Bayona, y, pasado el puente sobre el Adour,

el sargento del puesto de la gendarmería preguntó si no había viajeros

españoles. El capitán Montmartin dijo que no, y seguimos adelante hasta

la plaza de Armas.

El capitán sintió no sé por qué un vago impulso de simpatía o de

remordimiento al despedirse de mí, quizá por haber hablado mal de

los ingleses, y me invitó a cenar con él al café del Comercio tan

insistentemente, que tuve que aceptar.

Estaba el café, envuelto en una nube de humo, atestado de oficiales de

la guarnición. Se hablaba a gritos.

En una mesa había un grupo de tenientes y suboficiales, y uno de

ellos leía un libro que acababa de publicarse, de un tal Paul de

Kock, llamado _Gustavo el calavera_. Los que escuchaban se reían a

carcajadas. El capitán Montmartin y yo nos acercamos al grupo, y aunque

yo apenas oía la lectura, contagiado por la risa de todos, acabé por

reírme.

Mareado y algo intoxicado me despedí de Montmartin y me fuí a la fonda.

Al día siguiente me levanté temprano y salí a la calle. Vi muchos

grupos de españoles que me dijeron eran realistas, y entre ellos un

cura y un fraile, el uno con su gran sombrero de teja y el otro con su

cerquillo.

Los dos tiraban al blanco con carabina y tenían una magnífica puntería.

--Son soldados de la Fe--me dijo un francés que debía ser realista

entusiasta.

--No cabe duda que con esa puntería--le contesté yo--han de ganar

muchas almas para el cielo.

XV

MARY LA DE BIRIATU

EN la fonda de Bayona me dijeron que podía ir a San Juan de Luz a

caballo en un cacolet. No sabía lo que era esto, que resultó un

artefacto que en castellano llaman jamugas.

Llegué a San Juan de Luz en mi cacolet; dejé el morralillo en un

fonducho de la salida del pueblo y fuí a estirarme las piernas hacia la

playa.

Me sorprendió un chubasco y entré en un café pequeño y me senté delante

de una ventana con cristales, y estuve contemplando cómo chocaban las

gotas de agua en la tierra, y las nubes que corrían por el cielo.

Al terminar el chaparrón volví al fonducho de la salida del pueblo e

hice mis preparativos para entrar al día siguiente en España.

Estaba sentado en la mesa y estudiando un mapa cuando entró una

muchacha a preguntarme si quería cenar. Al verla, me pareció que el

cuarto se iluminaba; tan bonita era.

--¿Usted me va a servir la cena?--le dije.

--Sí.

--No creí poder ser tan feliz.

Ella se rió. Yo la contemplé embobado. Tenía unos ojos claros azul

verdosos, una boca burlona y un cuerpo ligero y fuerte al mismo

tiempo. Era un fruto del Norte dorado por el sol del mediodía.

Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que Mary; le volví a preguntar de

dónde era y me contestó que de Biriatu, un pueblecillo pequeño asentado

en un cerro próximo al Bidasoa.

--Voy a quedarme aquí--le dije--para poder verla a usted muchos días.

--No podrá ser--contestó ella.

--¿Por qué?

--Porque me marcho a Biriatu mañana.

--Iré yo a Biriatu.

--Es igual; no me verá usted.

--¿Tendrá usted novio?

--No.

--¿Pero tendrá usted muchos pretendientes?

--No; tampoco.

--¿Cómo puede ser eso, siendo tan bonita?

--No opinan todos como usted--me replicó riendo.

--Eso es imposible--exclamé--. ¿Es que los hombres de este país no

tienen ojos? ¿Es que son como esos peces de los lagos sin luz, que son

ciegos? ¿Es que tienen alguna membrana nictitante perpetua? ¿Es que...?

Mary la de Biriatu iba y venía trayendo platos, haciendo poco caso de

mis frases.

Cuando se acabó la cena le dije que ya que no podía verla quería

marcharme al amanecer y que me diera la cuenta.

Me la trajo y quise darle de propina un luis de oro.

--No, no--me dijo--; guárdese usted su moneda de oro. No la quiero.

--¡Pero, si yo no la pido nada a cambio!

--Es igual; no la quiero. Le hará a usted más falta que a mí. ¡Adiós!

Buenas noches.

* * * * *

J. H. Thompson dice, al llegar aquí, que se metió en su cuarto y

sacando lápiz y papel escribió una poesía en inglés en honor de la

muchacha que encontró en la fonda. La tal poesía es una españolada

poco seria que no nos puede agradar a las personas sensatas, y si la

traducimos y la copiamos es, más que para otra cosa, para demostrar la

extravagancia de los extranjeros cuando se ocupan de España. Dice así

la canción traducida al pie de la letra:

«_A Mary la de Biriatu_:

»Tienes los ojos azul verde claros, Mary la de Biriatu, como

las olas del mar; tienes la boca burlona y fresca y el cuerpo

ágil y armónico como el de una diosa. Cuando te veo marchar

de aquí para allá, mi corazón tiembla y siente el mismo

sobresalto que si fuera una pieza de porcelana de Sèvres en

manos de una criada cerril, o la copa más fina de cristal de

Bohemia entre los dedos de un chico atolondrado.

»Eres amable, Mary la de Biriatu, y, sin embargo, eres cruel.

Tienes la crueldad de la fuerza, que no sospecha la debilidad

ajena; tienes la exactitud del teorema matemático, que es un

tormento para la inteligencia obscura; eres soberbia como la

Naturaleza, y yo soy humilde como una cosa humana.

»¡Si tú quisieras!, yo saldría de mí mismo como un dragón de

su agujero, y sería el hombre más turbulento y más dionisíaco

de la tierra. Pero no, no lo sería; lo soy ya.

»Me he transfigurado, y las furias anidan en mi corazón. Ya no

soy un inglés pesado y grueso; soy andaluz y tengo sangre mora

en las venas; tengo garras como las águilas y colmillos agudos

como los tigres. Ya no diseco fieras, las mato; ya no discuto

con los hombres, los domino.

»Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Yo te llevaré en

mi caballo cordobés, desde el Pirineo a Sierra Nevada y

reposaremos al pie de las palmeras de Andalucía al son de las

castañuelas y las guitarras.

»Si quieres que sea contrabandista, Mary, me haré

contrabandista; si quieres que sea salteador de caminos, lo

seré sin miedo e imitaré al bandido generoso,

el que a los ricos robaba

y a los pobres protegía.

»Para mí no habrá más leyes que tu capricho, Mary, Mary la de

Biriatu; para mí no habrá más cielo azul que el azul verdoso

de tus ojos. Con el trabuco al brazo, montado en mi jaca

torda, seré una exhalación. Yo me escabulliré de entre las

manos de la justicia y haré llorar de rabia a los alguaciles,

y a los alcaldes, y a los corchetes de la Santa Hermandad.

»¿Hay que desafiar al rey, a la Inquisición, a los ángeles, a

los demonios?

»Aquí estoy yo. Yo robaré las alhajas de la Virgen para

adornar tu garganta y te daré la Biblia de Lutero para que con

sus hojas hagas papillotes.

»Y cuando el mundo entero esté retemblando con mi gloria como

una caldera de vapor, y mis hazañas sean cantadas por los

ciegos, tú, con tu mantilla de casco y una peineta de concha;

yo, con el calzón corto y mi capa andaluza, iremos los dos del

brazo a la corrida.

»Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Mira que soy capaz de

todo por ti. Mira que si no te pierdes al mismo Robin Hood con

calañés».

Esta es la absurda e insensata poesía que J. H. Thompson dedicó a la

muchacha de la fonda de San Juan de Luz, donde estuvo hospedado, y que

ha desagradado profundamente a varias personas respetables que la han

leído.

XVI

LA VENTA DE INZOLAS

DESPUÉS de descargar mi corazón en estos versos me tendí en la cama, me

quedé dormido, y por la mañana, al amanecer, me levanté y salí de casa.

--Veremos lo que nos reserva la suerte--me dije.

Anduve una legua antes de que saliera el sol, y me senté al pie de

un árbol y saqué del bolsillo mi mapa de España. Estaba publicado en

Londres, en 1808, por la casa John Stockdale de Piccadilly, y debió de

servir para las tropas de Wéllington que iban a la Península.

--Como no tengo objeto--murmuré--, seguiré el meridiano. El mito de mi

tío el comandante Cox y el meridiano serían mis directrices.

Decidí pasar uno o dos meses en el país vasco, medio año en Castilla,

e ir a parar a Andalucía. Estaba enfrascado en la observación del mapa

cuando pasó una chiquilla que se me quedó mirando.

Me levanté y la pregunté:

--¿Este es el camino de Navarra?

--Sí.

La muchacha iba hasta un caserío llamado Herburu, y yo fuí con ella.

Encontré a un aduanero francés a quien le dije me indicara el camino de

España. Me miró con desconfianza y me mostró un sendero.

Siguiéndolo, llegué a un bosque bastante cerrado, con una venta, la

venta de Inzola. Estaba en territorio español. Pedí en la venta que

me pusieran algo de comer, y con un gran trozo de pan, de chorizo y

de queso y una botella de vino, me senté en la hierba, en un prado.

Brillaban las margaritas y las flores del brezo; una serpentaria

mostraba su mazorca roja entre lo verde. Corría allá un vientecillo del

mar fresco y agradable; el cielo estaba muy azul; en Francia se veía

la llanura y la costa; hacia España, un laberinto de montes ceñudos y

sombríos. Unos grillos amenizaban la soledad y un cuco lanzaba su voz

irónica entre los árboles.

Devoré mis provisiones, y después dirigí un _toast_ elocuente a la

vieja España de Don Quijote, y del Cid, y de San Ignacio de Loyola.

Añadí a Loyola, para probarme a mí mismo, que este Amadís de Gaula,

católico y papista, no sólo no irritaba mis sentimientos de protestante

de raza, sino que veía en él un hermoso manantial de energía y de tesón.

Después de este _toast_ hice mi segunda libación brindando por las

damas españolas, los caballeros, las majas, los toreadores, los

gitanos, los corchetes, los alguaciles y los alcaldes, y, sobre todo,

por la bella entre las bellas, Mary la de Biriatu. Como me quedaba más

vino en la botella y no era desagradable, tuve que brindar por el mar,

por el cielo azul, y hasta por la Cosa en sí, y me quedé un momento

dormido.

SEGUNDA PARTE

DEL PIRINEO A MADRID

I

LOS PLACERES DEL CAMPO

CUANDO yo leía de chico las descripciones de los placeres

campestres--dice J. H. Thompson--, me parecían una de las cosas más

insulsas y más tontas del mundo. Es extraño cómo la retórica, a fuerza

de repetir las mismas frases, llega a borrar todo sentido de la

realidad.

Los placeres campestres en las páginas de los escritores bucólicos del

siglo XVII y XVIII han sido siempre placeres amables y sociales; se

ve que para estos escritores la Naturaleza estaba representada por un

parque bien cuidado, como para Fenelón la gruta de Calipso era uno de

los subterráneos del jardín de Versalles. Los placeres campestres en la

pintura han sido también tan sosos, tan amanerados, como los descriptos

por los poetas.

Al llegar a vivir en el campo por primera vez, nunca recordé las

descripciones que había leído en la infancia, ni los cuadros de los

pintores. No me acordé jamás de Galatea, ni de Amarilis, ni de Thirsis,

ni de Nemoroso; todas estas amables personificaciones no salieron del

estante que les corresponde en el armario de la guardarropía poética

para presentarse a mi imaginación. Me desdeñaron tanto como les

desdeñaba yo a ellas.

Al acercarme al campo, la Naturaleza, en vez de una impresión amable,

pastoril y bucólica, me dió una sensación ruda y me habló con una voz

áspera y discordante.

El viento y la lluvia, el murmullo de los árboles en el follaje y el

rumor del arroyo, el caminar por entre las altas hierbas o por el claro

del bosque me produjeron una sorpresa.

Tuve también otras sorpresas y descubrimientos. Uno de éstos fué

encender hogueras.

Pocas cosas me han parecido tan sugestivas. ¡Hacer fuego al borde de

un camino y ver cómo chisporrotean las hierbas secas, serpentean las

llamas y se desparrama el humo por el aire! ¡Qué gran placer! ¡Qué

eterna admiración!

Siempre parece un espectáculo nuevo, como si guardara uno en el fondo

del alma el asombro del hombre primitivo, descubridor del fuego al ver

levantarse las llamas en el aire.

Este es uno de los grandes placeres tristes y melancólicos del campo.

Mirar la llama de la hoguera, ver el humo que mancha las claridades

del crepúsculo, mientras las estrellas comienzan a presentarse en el

cielo...

Hoy, al pensar en ello, siento melancolía, la melancolía del enamorado

de la Naturaleza unida a la melancolía del reumático.

II

ERLAIZ EL PANADERO

DESPUÉS de mis libaciones dejé la venta de Inzola y comencé a marchar

hacia Vera. Enfrente tenía un enmarañamiento de montañas fragosas y

obscuras, de crestas y de barrancos.

Por toda la zona pirenaica vasconavarra ocurre lo mismo: lo trágico y

fosco ha quedado para España; lo sonriente y amable, para Francia.

A pesar de esto, el espíritu de los vascos de un lado y otro de la

frontera ha quedado el mismo; la misma seriedad, el mismo gusto por los

trajes negros, el mismo aire de desilusión.

Parece que este pequeño pueblo tiene la conciencia vaga de su

desaparición, de su absorción por los de alrededor, y le queda la

tristeza y el orgullo de los pueblos viejos que se hunden sin dejar

apenas rastro de su existencia.

Bajaba despacio de la venta de Inzola a Vera del Bidasoa cuando oí a lo

lejos el ruido de una carreta. ¡Cómo chirriaba! Tan pronto se la oía

como se perdía su sonido, como volvía a aparecer. Estas carretas vascas

tienen las ruedas de madera de una sola pieza y sujetas al eje, lo que

hace el rozamiento muy grande.

Preguntaba unos días después a los campesinos en Vera por qué hacían

así las carretas, al menos por qué no daban sebo a los ejes, y uno me

dijo que con aquel chirrido áspero se divertían los bueyes, y otro,

que así no había que avisar a nadie del paso de la carreta, porque el

chirrido de las ruedas avisaba solo.

Iba bajando al fondo de un arroyo, a cuyo borde se veían varios

caseríos, cuando me encontré con un viejo que marchaba seguido de su

perro. Era un hombre afeitado, encorvado, con un perfil de cuervo.

Entablé conversación con él y, después de someterme a un

interrogatorio, me dijo que andaba buscando minas.

En el interrogatorio tuve que decir quién era y a qué venía a España, y

eché mano del mito Cox y de la herencia, y expliqué mis planes.

El mismo individuo me preguntó qué pensaba hacer en Vera; le dije que

pasaría allí un día nada más y seguiría adelante.

--¿Tiene usted posada?

--No.

--Pues yo le llevaré a casa de un paisano amigo mío, que le hospedará

barato.

Llegamos a uno de los barrios del pueblo al anochecer. En lo hondo de

un valle se veían unas cuantas casas viejas en fila, envueltas en la

niebla; el humo salía de las chimeneas en ligeras columnas azules.

El viejo y yo recorrimos una calle larga, pasamos por cerca de la

iglesia y salimos a la carretera, a orilla del Bidasoa, y en una casa

con una tienda nos detuvimos.

A la puerta estaba Erlaiz, el panadero; hablaba con un herrador de

una fragua próxima. El panadero, un hombre bajo, cuadrado, picado de

viruelas, de cara fosca y ceñuda, explicaba algo al herrador, hombre

grueso, panzudo, con una sonrisa llena de malicia.

El panadero nos recibió ásperamente, al viejo y a mí, y a una muchacha

que estaba en la tienda le dijo que me llevara a una habitación.

Crucé la tienda, subí a un cuarto pintado de verde, me lavé y eché

un vistazo al pueblo. El vasco es indiferente y un tanto hostil al

extranjero; aunque se le hable en español, si le ven a uno extraño,

le miran con desconfianza y con suspicacia. La gente a quien pregunté

algo, en vez de responderme dándome los datos que les pedía, me

contestaban preguntándome a qué venía y qué pensaba hacer.

Estos vascos recelosos suponen que se les tiende un lazo al hacerles la

pregunta más sencilla.

Pensé que no estaría muchas horas en el pueblo.

A la hora de cenar volví a mi posada de casa del panadero, y me

hicieron pasar a un comedor, en donde se hallaban el buscador de minas,

que había encontrado en el monte, Erlaiz y un militar.

El panadero, mi patrón, cambiado por completo de aspecto, se mostraba

sonriente y amable. Me indicaron mi sitio en la mesa, y nos pusimos a

cenar.

El viaje me había abierto el apetito, y di un ataque formidable a los

platos, al pan y al vino. Los demás no se quedaron atrás. Después de

cenar trajeron café y licores, y nos pusimos a hablar y a cantar. Yo no

he visto compadres más alegres que aquéllos.

El militar, guerrillero con Mina en la guerra de la Independencia,

contó sus hechos de armas, y el panadero habló de sus aventuras en

tierra de Castilla.

Los dos estuvieron a cuál más exagerados.

Estos buenos vascos, cuando se lanzan a ello, son un tanto fanfarrones,

como los escoceses de Walter Scott, o como los gascones. Al oírles a

ellos, cualquier encuentro de cincuenta hombres contra otros cincuenta

es una batalla de Austerlitz; una aldea con cuatro casas viejas, una

Florencia y un granero con una torre es el Louvre o el Kremlin.

Después de las hazañas del militar y del panadero, el viejo buscador

de minas, que se llamaba Bidarraín, nos dió lecciones de botánica y de

mineralogía popular, mezcladas con algunas supersticiones.

A las doce y media, rendido de sueño, me fuí a la cama, dormí de un

tirón hasta las diez, y, al despertar, pensé si la cena de la noche

habría sido una realidad o una fantasía.

Me vestí, bajé a la tienda de Erlaiz y me lo encontré displicente y

malhumorado.

--Ahí ha venido ese viejo Bidarraín a preguntar por usted--me dijo--.

En la huerta debe estar.

Tomé el café con leche que me sirvió la sobrina de Erlaiz, salí a la

huerta y encontré al viejo buscador de minas.

Me preguntó si quería dar un paseo con él, le dije que sí y echamos a

andar. Bidarraín me mostró varias muestras de mineral, y hablamos de

mineralogía y de botánica. Luego le pregunté qué clase de hombre era

Erlaiz, el panadero, pues me parecía de genio mudable.

--Es buena persona--me dijo--, pero muy violento y muy terco. Cuando

se le pone una cosa en la cabeza no hay quien le pueda convencer de lo

contrario. Le hemos querido persuadir el teniente Leguía y yo de que es

una barbaridad que ponga cepos en el Bidasoa para los salmones en época

de veda; pues los pone, y aunque viniese el obispo y se lo pidiera de

rodillas, los seguiría poniendo.

Bidarraín contó otros detalles de la barbarie del panadero. Llegamos a

mi posada; el buscador de minas se marchó y yo entré en la tienda. Pasé

a la tahona, y vi a dos viejas que amasaban los panes en una artesa,

mientras Erlaiz trabajaba con la pala en el horno.

Murgui, la sobrina del panadero, me sirvió la comida; entablé

conversación con esta muchacha, y le pregunté qué clase de hombre era

Bidarraín. Me dijo que pasaba por hombre rico; que tenía minas de plata

y de oro.

También le pregunté a Murgui acerca del teniente Leguía, y, por lo que

contó, deduje que a éste le consideraban como el enemigo del pueblo.

Por la tarde volvió a presentarse Bidarraín y me llevó a una

huertecilla contigua al cementerio, donde se hallaban enterrados dos

oficiales ingleses, muertos en el pueblo al pasar los aliados el

Bidasoa, en 1813.

Después fuimos hasta Lesaca, villa donde tuvo lord Wéllington su

cuartel general.

Bidarraín debió hablar al panadero de mis conocimientos mineralógicos,

porque Erlaiz, por la noche, me preguntó si era ingeniero. Le dije

que no, y él pareció no creerme. Me preguntó también si tendría algún

inconveniente en ver unas minas algo lejanas. Le contesté que ninguno.

Dispusimos hacer la expedición al día siguiente. El panadero, contento,

trajo la guitarra y estuvo cantando. Cantaba de una manera bárbara y

graciosa. Cuando terminó, me fuí a mi cuarto y estuve un rato en la

ventana mirando las estrellas, oyendo el rumor del río y el canto de un

sapo (bufo músicus), que entretenía su soledad con sus notas.

III

EL PARADOR DE SUMBILLA

BIDARRAÍN y Erlaiz me llevaron varias veces a ver sus minas. Estaban

empeñados los dos en que yo entendía mucho de minería; pero que, por

razones especiales, no lo quería confesar.

Erlaiz y Bidarraín me pidieron que les escribiera varias cartas en

francés y en inglés, y cuando yo indiqué al panadero me hiciera la

cuenta, me dijo que no le debía nada.

El teniente Leguía pensaba marchar a Elizondo con unos cuantos hombres

de su partida, y yo quedé en acompañarle y seguir después a Pamplona.

Con este motivo se decidió obsequiarnos a los dos con una cena de

despedida en las Ventas de Yanci.

La Ruta del Aventurero · 第 9 / 16 段