En el punto 1 de la línea no sabemos dónde va a caer el punto 2, ni en

el punto 2 cuál va a ser el 3; pero trazados los puntos 2 y 3, podemos

asegurar que de ninguna manera, aunque se deshiciera el Universo,

podrían estar en otro sitio mas que en el que están.

Tales reflexiones me hacía yo, tendido en un banco de la cubierta del

paquebot, a medida que salíamos del canal de la Mancha y se me iba

pasando el mareo.

Cuando se disipó por completo pensé que sería práctico inventar una

finalidad para mi viaje al llegar al Continente, y se me ocurrió una

pequeña historia basada en mi tío, el sargento Cox, que había sido

un calavera y había estado en la Península con las tropas del general

Moore. Me pareció que nadie se incomodaría porque ascendiese un poco

en el escalafón a mi tío, y decidí llamarle el comandante Cox. El

comandante había muerto en la Península, dejando una pequeña fortuna,

que yo iba a recoger, ¿cinco mil libras?, ¿seis mil libras? Creo que

nadie se enfadaría si elevaba la herencia a diez mil libras.

Animado por una perspectiva tan agradable, me levanté de mi banco y me

puse a pasearme por la toldilla.

Había otro joven, poco más o menos de mi misma edad, que llevaba por

todo equipaje una caja de tabaco; nos pusimos a hablar, y, llevado por

esa necesidad de confidencia que se siente al viajar solo, le conté mi

historia.

--¿Así que va usted sin objeto al Continente?--me preguntó.

--Sí.

--Pues a mí me pasa lo mismo; pero como soy en el fondo fatalista, creo

que adonde me lleve la casualidad allí estaría fijado mi sino. Aquí

donde me ve usted, salgo de una cárcel, donde he estado durante algún

tiempo deshaciendo cuerda.

--¿Hizo usted alguna falsificación?

--No; yo estaba en relaciones mercantiles con una banda de ladrones

que me alimentaban. Una vez proyectaron un robo en un hotel. Cada cual

tenía su misión; yo era el encargado de echar un pedazo de carne con

láudano al perro. Me dieron el frasquito y, como yo soy desmemoriado,

lo dejé en un rincón; luego lo confundí con una botella de una salsa,

y eché salsa a la carne que tenía que comer el perro, y, claro, no se

durmió. Resultó que la policía estaba avisada, y que me habían visto

echar la carne al perro, y que nos prendieron a todos los ladrones,

a mí con la botella de la salsa. Cuando le conté lo ocurrido a mi

abogado, éste dijo en el juicio que yo era un joven muy virtuoso, y

explicó cómo había caído en manos de malhechores, que me habían enviado

con un frasco de láudano y un pedazo de carne para echársela al perro,

y yo había dejado el láudano y cogido una botella de salsa para rociar

con ella la carne que iba a echar al guardián de la casa.

Reconocieron todos los jueces que yo era un joven virtuoso, y me

echaron a la calle, donde empecé a morirme de hambre.

Entonces entré en sociedad con un par de individuos que se dedicaban

a ese negocio bastante lucrativo que llaman los franceses _chantage_.

Llevaban ya en preparación uno importante; tenían documentos de un

político, con los cuales pensaban sacar mucho dinero, y me enviaron

a mí a hacer la proposición. Llegué yo a casa del político con la

lección aprendida; pero no sé cómo me las arreglé, que confundí todo

lo que tenía que decir; descubrí el juego de mis socios e hice que nos

metieran a todos en la cárcel.

Como la otra vez, me absolvieron, y considerándome, sin duda, como un

inconsciente, me llevaron a un asilo, donde he estado durante algún

tiempo haciendo estopa.

Al salir del asilo pensé si mi porvenir estaría en explotar a las

mujeres. Elegí una muchacha que me pareció dócil, y comencé a

cultivarla con el fin de vivir a sus expensas; pero se interpuso un

hombre, luché con él; nos llevaron a juicio, y todo el mundo creyó que

yo era un idealista y que me había pegado con mi rival por defender a

una dama.

Ayer estaba en Hyde Park, al anochecer, pensando en la manera de quitar

a una señora, acompañada de un caballero, un collar que llevaba, cuando

vi que el señor que hablaba con esta dama era el político a quien

habíamos querido explotar. Este se acercó a mí y me dijo:

--Si no hablas de lo que has visto, te daré veinte libras.

Yo no había visto nada. Alargué la mano y recibí un billete. Fuí al

Arco del mármol y miré el billete a la luz de un farol. Era bueno.

Por la mañana compré un traje, comí y me vine a este barco. Voy a

desembarcar en Francia, en donde no sé qué haré. Ya que no puedo ser un

criminal hábil, intentaré ser una persona honrada. Si no puedo ser ni

una cosa ni otra, me dedicaré al comercio.

El joven fatalista se encogió de hombros y yo me volví a tender en mi

banco.

XI

EN MEMORIA DE BURTON

EL paquebot había entrado en Burdeos. El día, de mayo, estaba

espléndido; el sol, brillante. Hacía un ligero vientecillo del norte.

Como no llevaba equipaje, salí inmediatamente del barco, fuí a la

terraza de un café y estuve contemplando la gente que pasaba y el

movimiento del puerto. Sentí cierta soñolencia y hubo un momento en

que cerré los ojos y estuve desvariando. Creí encontrarme entre mis

amigos de Londres y que interpelaba a Burton, que me escuchaba muerto y

sonriendo.

* * * * *

J. H. Thompson pone aquí el discurso que dirigió a la sombra de su

amigo, que aunque no viene muy a cuento lo insertamos:

--¡Qué error el de suprimirse así del mundo de los vivos!--le dice a

su amigo--. ¡Qué error, querido Burton. Habiendo este sol y este aire

puro, y este cielo azul, surcado por nubes blancas, y estas gentes

que van y vienen, y estas extrañas apariencias de la Cosa en sí! ¡Qué

error, amigo Burton, el suprimirse!

Oh, no; yo no te diré que estos hombres valgan la pena de ser hablados,

ni que estas mujeres sean Ofelias románticas y puras, no. Es posible

que la mayoría de todos ellos sean ganado vacuno, o quizá de cerda;

pero ¡qué cielo! ¡qué luz! ¡Cómo se siente la sangre que circula por

las venas!

¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!

No, yo no trataré jamás de convencerte de que el amor y la fraternidad

humana nazcan con tanta facilidad como las algas en el mar, ni que la

amistad pura sea una cosa corriente. Yo reconozco, de buen grado, como

tú, que la mayoría de los hombres somos egoístas y bestias, ¿pero qué

duda cabe de que los hay inteligentes y buenos?

Ciertamente, yo no creo en las grandes palabras; soy nihilista de todos

los nihilismos, y ateo de todos los ateísmos; pero, aun así, amigo

Burton, ¡qué error más grande el de suprimirse!

Verdad que todo lo que nos rodea es fugitivo, es inasible; pero nos

queda el momento, ¡el minuto! ¡Cosa admirable!

Sí, quizá las grandes palabras se encuentren un poco vacías; pero en

cambio las pequeñas, ¡qué llenas están!

Una conversación agradable, una mujer bella que pasa, una bocanada de

aire puro de un día de verano, un libro entretenido...

--¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!

Tú afirmarás que nuestra vida no es nada, que un guiño de una estrella

representa más que todas las existencias humanas.

Yo te contestaré que la grandeza y la pequeñez son ideas relativas, y

que los soles de la Vía Láctea y los rayos de Sirio o de Aldebaran son

menos trascendentales para ese señor que pasa y para mí que la lámpara

que se nos apaga por la noche.

Sí, amigo Burton; ese infinito del Universo que tanto te preocupaba

es, después de todo, un infinito de negaciones, y esas nebulosas de

estrellas no deben tener más importancia para nosotros que las nubes de

chispas que salen de una fragua.

Tú me dirías, bajando a la vida fisiológica, que cuando el engranaje de

nuestras ruedas interiores chirria, todo es molestia y dolor. Es verdad.

Pero aun así, en los intervalos del dolor se puede encontrar momentos

de placidez y de reposo.

¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!

Así sigue perorando Thompson, hasta que dice que despertó, abrió los

ojos y, en vez de ver a su antiguo camarada, vió los mástiles de los

barcos, que se balanceaban en el puerto.

XII

CHARLATANES Y SALTIMBANQUIS

DEJÉ el café y las divagaciones--sigue escribiendo Thompson--y fuí a

hospedarme a un _garni_ barato, desde donde escribí de nuevo a mi tío.

Le decía que William Tick había sido el inventor de la combinación para

sacarle las cuarenta libras esterlinas, y que yo no había hecho mas que

dar mi asentimiento, por encontrarme perseguido por un acreedor, que

me puso en la alternativa de pagarle inmediatamente o llevarme a la

cárcel. De tanto repetir esta invención, llegué a creerla. Comunicaba

también a mi tío mi proyecto de ir a España, y le juraba que si

conseguía encontrar trabajo le devolvería el dinero. También le escribí

a mi padre. Los dos me contestaron en seguida; mi padre, dándome

consejos; mi tío, menos incomodado de lo que yo suponía. Por lo que

me contaba, advertido por la carta que le envié al salir de Londres,

había comprado la biblioteca del anticuario antes de que se presentara

Abraham Tick.

Tranquilizado, con relación a esto, me dediqué en Burdeos, por unos

días, al _dolce farniente_. Burdeos me pareció grande, tristón, como

un pueblo desalquilado, hecho para capital de un gran Estado y que se

queda en capital de provincia.

Paseando por el pueblo tuve la suerte de encontrar en un tenducho un

paquete de caricaturas francesas contra los ingleses, que me costaron

quince francos. Eran las figuras lores ventrudos y ladys delgadas y

ridículas. No había podido dar con ellas en Londres.

Las compré y se las envié a mi tío, quien reconciliado conmigo me

escribió pocos días después a Bayona, muy contento, encargándome que

cuando entrara en España no me olvidara de buscar las estampas de Goya.

Pasados seis días en la capital de la Gironda, hice mi primer ensayo de

viandante. Había comprado un traje de verano barato, un morral de tela,

donde metí la ropa que tenía, y un mapa de Francia, con las carreras

de postas, hecho por J. B. Poirson en 1821, en París, en la calle

Saint-Jean de Beauvais. Con estos requisitos me eché a andar.

Como me habían dicho que el camino por las Landas era poco agradable,

tomé por la orilla del Garona, con la intención de bajar hacia Orthez y

marchar de allí de nuevo hacia el mar.

El primer día lo pasé bien, hice una caminata de seis leguas y comí y

dormí perfectamente.

El segundo día hice unos conocimientos un tanto raros. En un pueblo del

camino, antes de llegar a Bazas, había une feria y me detuve un poco a

curiosear en sus puestos.

Entré en una barraca de figuras de cera y pasé revista a los personajes

de la Revolución, a los generales del Imperio, a María Antonieta, a

varias víctimas y asesinos, y a un gran grupo en que se veía un cazador

devorado por tigres y leones. Aquellos animales no eran una maravilla

de exactitud. Me permití hacer unos gestos desdeñosos y manifestar mi

poca conformidad. Un señor bajete y rechoncho, vestido de negro, me

preguntó:

--¿No le gustan a usted?

--Poca cosa.

--Esos animales se han copiado del natural.

--No. ¡Ca! No puede ser.

Y expliqué cómo y por qué esto no era posible.

--¿Lo haría usted mejor?

--Yo, ¡ya lo creo! Soy disecador de Londres y pintor.

--Sí; en Londres se trabaja bien en estas cuestiones; pero en París

tampoco se hacen las cosas mal. No hay que quitarle nada a París.

Callé, como no queriendo comprometerme demasiado, y entonces el dueño

de las figuras de cera me dijo si tendría inconveniente en trabajar

para él, modelándole en cera varias alimañas en actitud feroz, y

retocando algunas figuras como la de Danton, la de Fualdés, el

asesinado, y otras que habían perdido el color, pues la gente no se

contentaba con ver sus caras, sino que quería tocarlas.

--¿Tanto tiempo va usted a estar aquí?--le pregunté yo.

--No, me marcho en seguida; pero usted puede venir conmigo en mi coche.

Quedamos de acuerdo en que le haría el trabajo y en que él me

proporcionaría los útiles necesarios, pagaría mis gastos y me daría

tres francos al día. Me instalé en su carreta de cuatro ruedas, cerrada

y con techo, y comenzamos a marchar despacio camino de Pau.

El dueño de las figuras de cera, monsieur David, era un señor fino que

hubiera podido ser académico, notario o enterrador. Vestía de negro y

llevaba una cinta roja en el ojal. Viajaba en compañía de sus figuras

de cera y de su criado Michel. Al mismo tiempo que monsieur David, y

llevando el mismo camino, iban varias carretas: dos de un domador de

fieras, que se decía húngaro, con un león viejo, unas panteras y varios

monos; un coche de una señora que tenía cacatúas amaestradas; un furgón

de un domesticador de focas, y un tílburi de un charlatán vendedor de

específicos, prestidigitador, sacamuelas y frenólogo.

En el camino nos encontramos con saltimbanquis, gitanos, y alguna mujer

harapienta con un carretón donde llevaba un organillo y la familia

menuda.

En los tres días que fuí en compañía de monsieur David, puse los más

brillantes colores en las mejillas de Fualdés, el asesinado; animé los

ojos de María Antonieta, de Carrier, de Napoleón, de Danton y de Marat,

y comenzaba unos bocetos de fieras cuando nos detuvimos en una posada,

poco antes de llegar a Pau.

Estaba lloviendo; se metieron las carretas en un corral y nos reunimos

en un cuarto de la posada, el domador húngaro y su criado, el charlatán

prestidigitador, un ventrílocuo, el domesticador de focas, la madama de

las cacatúas, monsieur David y yo.

Cenamos juntos, y como esta gente es jactanciosa, cada cual contó

sus triunfos en los diferentes pueblos del tránsito. El domesticador

de focas hizo tales elogios de sus animales, que la gente los tomó a

broma. Apostó entonces él a que enviaba a su Baby, la mejor de sus

focas, con una carta para monsieur David, y a que se la entregaba. Se

aceptó la apuesta y se puso dinero en pro y en contra. El domesticador

salió del cuarto al patio y, poco después, vimos a la foca que avanzaba

pesadamente con sus aletas por el pasillo, entraba en el cuarto donde

estábamos, ofrecía un sobre que llevaba en la boca a monsieur David

y le hacía una ceremoniosa reverencia. Se aplaudió al domesticador

de focas y a su discípula Baby, que se dieron un beso. El charlatán

explicó sus juegos de manos, y después sacó una baraja e invitó a una

partida. Yo creí que los demás no aceptarían. ¿A quién se le ocurre

jugar a las cartas con un prestidigitador?

Se sentaron en la mesa, y el charlatán, el domador, la madama de

las cacatúas, el domesticador de focas y monsieur David barajaron y

cortaron y se pusieron a jugar a la malilla. Yo me tendí en un diván y

me quedé dormido.

A media noche me despertaron los gritos.

Todos vociferaban y discutían, y tenían montones de plata y de cuartos

encima de la mesa.

El domador debía de perder mucho; estaba anhelante, congestionado,

con una gruesa vena hinchada en la frente. A cada momento se pasaba

la mano por las patillas. La madama de las cacatúas marchaba también

mal, a juzgar por su aire humillado; el domesticador de focas estaba

indiferente; monsieur David sonreía, y el charlatán, delgado,

mefistofélico, tenía un aire plácido e insinuante y ponía derecho un

naipe en la nariz y seguía jugando.

Mientrastanto el ventrílocuo, alto y flaco, con los brazos y piernas

recogidos en la silla, sacaba unas extrañas voces de su cuerpo.

El final del juego se aproximaba, y, efectivamente, en una pasada,

el dinero del domador húngaro desapareció y fué a parar a manos

del charlatán y de monsieur David. El domador se irguió lanzando

juramentos, y los gananciosos, con aire compungido y los bolsillos

llenos, se prepararon a levantarse.

--Esperen ustedes--gritó el domador--. Me deben el desquite. Vuelvo en

seguida.

Salió el domador, y al momento monsieur David y el charlatán se

escabulleron del cuarto. El ventrílocuo, el de las focas y la madama de

las cacatúas hicieron lo mismo.

Yo iba también a salir y me dispuse a ponerme los zapatos cuando entró

el domador de nuevo con un látigo seguido de dos panteras.

Yo quedé horrorizado.

Al ver que no había ningún jugador se puso a pasear por el cuarto

furioso, gritando y blasfemando y dando trallazos en el aire, mientras

las dos fieras que traía saltaban y enseñaban los dientes.

Yo estaba espantado. El domador se fijó en mí y se acercó al diván.

Me dijo burlonamente que el dueño de las figuras de cera y el

prestidigitador le habían robado su dinero. Era necesario que le pagase

yo.

--Yo, hombre, ¿por qué?

--Porque me han estafado. Venga el dinero... Si no...

--Si no..., ¿qué pasará?

--Se arrepentirá usted--y dió un latigazo sobre el diván, y las dos

panteras saltaron como gatos.

--Espere usted, espere usted, no tenga usted prisa le dije yo, y me

levanté y me puse tranquilamente la chaqueta.

--Pronto, pronto--gritó él, asombrado de mi súbita serenidad.

--¡Ah! ¿Pronto? Pues ahora le voy a decir a usted una cosa.

--¿Qué?

--Que no le voy a dar a usted nada.

--¿No? Y levantó el látigo.

--No--le dije yo, y le pegué un puñetazo en la barba que lo tumbé al

suelo, derribando una silla y la mesa.

Las dos panteras se escondieron en un rincón asustadas.

Antes de que el domador pudiera levantarse, abrí el cuarto, salí al

patio y de aquí al camino. Crucé la aldea y fuí andando hasta que se

hizo de día. Estaba a poca distancia de Pau; llegué a esta ciudad,

entré en una posada, me lavé, me puse mi traje de señor y metí el otro

en el morral. Pregunté cómo podría salir para Bayona. Me indicaron el

punto donde partían las diligencias, y me encaminé hacia él con el

morral convertido en maleta.

XIII

COMIENZO DE UNA AVENTURA ROMÁNTICA

ESTABA sentado en un banco de la Plaza Real esperando que dieran las

ocho y se abrieran las oficinas de la diligencia, cuando vi dos mujeres

de luto que avanzaban vacilando y mirando a derecha e izquierda.

Se sentaron en el mismo banco que yo; pero debían estar impacientes,

porque se levantaron pronto, dejando un paquete en el asiento.

Al notarlo llamé a las dos damas y les di lo que olvidaban.

--¡Gracias! ¡Muchas gracias!--exclamó la mayor de las dos--. No sé

dónde tenemos la cabeza.

--Si en algo puedo servirlas, lo haré con mucho gusto--les dije yo.

--Venimos a buscar la diligencia que va hacia Orthez.

--Yo también; pero me han dicho que no hay diligencia hasta el

mediodía. Ahora únicamente se puede tomar un pequeño coche, que llaman

Cuco.

--¿Y cuándo va a salir?

--Parece que hasta dentro de hora y media no sale.

--¿Y qué hacemos aquí hora y media?--exclamó la joven--. Nos van a

conocer.

--¿Usted ha tomado el billete?--me preguntó la señora mayor.

--No; todavía, no.

--¿Quiere usted acompañarnos?

--Con mucho gusto.

Nos metimos los tres en un café que acababan de abrir.

La señora mayor tenía unos cincuenta o cincuenta y cinco años,

y llevaba tocas de viuda; la otra era una muchacha, pálida e

insignificante, de unos veintitrés años.

La señora hablaba con un acento nervioso y asustado; la señorita estaba

como apabullada.

Cuando pasó el tiempo necesario nos acercamos al despacho de

diligencias. Esperamos a que prepararan el Cuco, y entramos en él las

dos señoras y un capitán de la gendarmería de Bayona, que había ido a

Pau a recibir órdenes, y yo.

El capitán y yo hablamos. La señora mayor no hacía mas que saltar en

el asiento, de impaciencia. El Cuco marchaba perfectamente, con un

movimiento suave.

En los diferentes puntos que mudaban los caballos se presentaban los

gendarmes y preguntaban invariablemente si no iban españoles.

--Point d'espagnols--decía el capitán--. Dos damas francesas, un señor

inglés y un capitán de la gendarmería real.

--Perdón, mi capitán--decían los gendarmes, haciendo el saludo militar.

--¿Por qué preguntan siempre si van españoles?--dije yo.

--Es que se teme que haya por aquí agentes españoles

revolucionarios--contestó al capitán.

Llegamos a Orthez por la mañana. El capitán y yo ofrecimos a las

señoras nuestra compañía, y como ellas aceptaron, fuimos hasta su

casa. El capitán dió el brazo a la mayor, y yo a la muchacha. Llegamos

delante de la puerta de la verja de una magnífica posesión y nos

despedimos de las señoras. El capitán fué hacia un lado y yo hacia el

contrario. Avancé un poco paralelamente a la verja, que era más larga

de lo que yo me figuraba, y al volver vi que las dos mujeres estaban

todavía a la entrada.

--¿No les oyen?--les pregunté--. ¿Quieren ustedes que yo llame?

--No, no--dijeron las dos, asustadas.

--Lo que ustedes quieran--y me preparé a seguir.

--¿Podría usted hacernos un favor?--me preguntó la señora con su voz

trágica.

--Sí, con mucho gusto.

--Querríamos entrar en el parque sin que nos viera el portero.

--No sé la manera.

--Hay una puerta chiquita, cerrada con solo un cerrojo, aquí, a un lado.

--¿Y desde fuera cómo la va usted a abrir?

--No, desde fuera ya sé que no. ¿Usted no sería capaz de escalar esta

verja?

--¡Escalar la verja! ¿Y si le ven a uno?

--No. No se levanta en la casa nadie hasta muy tarde.

--Bueno; avísenme ustedes si aparece alguien.

Sin más dejé mi fardelillo en el suelo, escalé la verja, bajé por el

otro lado, corrí hacia la puerta pequeña y abrí el cerrojo. Las dos

mujeres entraron en el jardín y yo salí al camino.

Al pasar de nuevo por delante de la puerta de la verja estaba la señora

aguardando y me dijo:

--Quiero darle a usted una explicación y hablar con usted. Venga usted

cuando se haga de noche a esta verja.

--Sí, señora, vendré.

Me fuí a una fonda con la imaginación un poco excitada, y de noche me

presenté en la verja. Al poco rato llegó la señora. Me habló durante

más de una hora con un tono inquieto, lleno de angustia, y me contó,

atropelladamente, una porción de cosas.

Aquella dama era pariente y al mismo tiempo señora de compañía de

la muchacha joven que había venido con ella en el coche. Se llamaba

madama Domesan. La muchacha, Gabriela de Beaumont; por lo que me dijo,

vivía con su padre, su tío y una señora amiga de su padre, Enriqueta

Sarrazin, que se había hecho dueña de la casa de tal manera, que los

tenía presos a todos, sin dejarles salir de allí.

El día anterior esta señora había marchado del castillo, y aprovechando

su salida, Gabriela y ella habían ido a Pau a hablar con un pariente

y a explicarle la situación en que se encontraban, pero no le habían

visto.

En la casa, la Enriqueta Sarrazin mandaba como dueña, y había dispuesto

casar a su hijo, que era un perturbado, con Gabriela, y estaba aislando

a la familia de Beaumont de sus amigos y parientes, de tal manera,

que ya nadie entraba en la casa. En los planes le ayudaba un cura del

pueblo.

Después de todos estos datos, madama Domesan me dijo que si yo tenía

valor y energía para ello, que me presentara al día siguiente en el

castillo preguntando por el vizconde Beaumont de Lomagne; que le dijera

que llegaba de Londres y que era aficionado a los árboles y a las

plantas exóticas, y que quería ver el parque y el invernadero, y me

hiciera amigo de él.

Me sugestionaron los relatos de aquella dama y prometí seguir la

aventura.

Al día siguiente, al mediodía, me presenté en el castillo y llamé

tirando de la cadena.

Salió a abrir un portero viejo, con una gran librea; le di mi tarjeta,

y esperé.

Poco después se abrió la verja, y el criado me dijo que pasara.

Comencé a marchar por una avenida enarenada. Al final de ésta se veía

un edificio grande, pesado, de piedra, con varias torres de pizarra

adornadas con veletas.

A un lado y a otro había árboles centenarios, altísimos, y delante de

la fachada del castillo, un estanque oval, de agua profunda y obscura,

a cuyo alrededor las hojas caídas en muchos años formaban como un marco

de plata.

Este estanque parecía un espejo negro que reflejase el cielo a través

del follaje de los árboles. Bordeando el estanque nos acercamos al

castillo, y entramos en un gran zaguán, que parecía una cripta, con el

suelo, las paredes y el techo de piedra. Subimos la ancha escalera,

pasamos un salón grande como un museo y fuimos a un gabinete elegante,

pero también triste, en donde había dos viejos momificados sentados

el uno frente al otro, la señora y la señorita del coche y madama

Sarrazin, una mujer de cara juanetuda, de ojos claros y pelo blanco.

El vizconde me saludó amablemente. Era un hombre alto, encorvado y

pálido, con un aire de temor y de cansancio.

Vestía un traje del tiempo del Imperio, y al andar parecía arrastrarse.

Su hermano, el caballero de Maslac, era un vejestorio del tipo más

completo del antiguo régimen; llevaba calzones de terciopelo de color,

medias de seda, casaca y coleta. Iba perfumado, pintado, con colorcitos

en las mejillas y en los labios; los dientes, postizos, y peluca. Usaba

constantemente un lente y una tabaquera; en los dedos, anillos, y

dijes, y, al levantarse de la butaca, se apoyaba en un bastón con puño

de oro.

La señorita Gabriela y madama Domesan me saludaron amablemente, y la

señora Sarrazin apenas se dignó mirarme.

La Ruta del Aventurero · 第 8 / 16 段