perro dogo y aire malhumorado.
El empleo en casa de Israels y Piper no me sedujo. Teníamos Will Tick y
yo un despacho cerca del patio, en un subterráneo muy húmedo y sombrío,
donde trabajábamos constantemente; y este vivir de topo, siempre con
luz artificial, en sitio negro y húmedo, me molestaba mucho.
Will Tick se las arreglaba para no trabajar, y me puso al corriente de
sus mañas.
La casa de Israels y Piper tenía grandes curiosidades: se guardaban
las prensas que se habían usado en la casa desde su fundación, los
originales de las obras publicadas y un gran archivo con ejecutorias y
manuscritos heráldicos.
Para preservar estos tesoros de las ratas había cuatro perros
repulsivos y una docena de gatos feroces.
Los perros enseñaban los dientes a cuanto desconocido veían, y los
gatos saltaban y bufaban como panteras. Estos animalitos eran hijos de
una gata atigrada, que atacaba y arañaba al que se acercara a ella.
Este animal feroz era para Israels el genio familiar de la casa;
le miraba con el mismo entusiasmo que Dick Whittington, el popular
personaje, a su felino, a quien debía la fortuna y el llegar a haber
sido lord mayor de Londres.
Entre los dependientes de la librería Israels y Piper, me hice amigo,
además de Will Tick, de un joven, Percy Harrison, muchacho simpático,
hijo de un labrador.
Percy tendría mi edad y mis aficiones, y me convenció para que fuera
con él, de noche, a una academia de dibujo. Había visto los ensayos
de caricaturas que yo hacía, y pensaba que podría utilizar mi pequeño
talento.
Todo el tiempo que estuve en casa de Israels y Piper, un año y
medio, fuí de noche a la academia de dibujo; pero noté que, a medida
que copiaba de estatua, la poca gracia que tenían mis caricaturas
desaparecía.
Se lo advertí a Percy, y éste reconoció que el cultivo del arte clásico
no me convenía.
Percy, al mismo tiempo que se perfeccionaba en el dibujo, practicaba la
litografía. Cuando creyó que dominaba este arte, proyectó comprar una
prensa litográfica y útiles para el oficio, y establecerse.
Formamos una sociedad Will Tick, Percy y yo, y decidimos abandonar a
Israels y Piper y lanzarnos un poco a la aventura.
V
ELOGIO DE LA LITOGRAFÍA
LOS primeros trabajos litográficos que hicimos entre Percy y yo fueron
vistas de pueblos, escenas pintorescas y retratos de personajes
célebres. Will Tick vendió las estampas a buen precio, y al recibir
el producto de las ventas, consideramos que un río de oro entraba en
nuestros bolsillos.
Tras de estos tímidos ensayos, intenté yo la caricatura, y una de las
mejores que hice fué a favor de los liberales españoles y en contra del
rey Fernando VII. Esta caricatura me relacionó con algunos españoles,
entre ellos, con el hispanoinglés Blanco-White, que acababa de publicar
unas cartas sobre España, y que fué, probablemente, el que me sugirió
la idea de venir a la Península.
Después de mi estampa antifernandina, hice otras varias, que se
vendieron mal que bien. Pronto noté que faltaba a mis caricaturas
personalidad y crueldad. No podía llegar a la sátira brutal y enconada
de un Gilray, ni a dar a mis personajes el aire tan típicamente inglés
de las estampas de Jorge Cruikshank.
--En la caricatura--me dijo Will Tick, que en esto, como en todo,
discurría con mucha claridad--hay la cepa dulce y la cepa agria. Tú
eres de la cepa dulce, y en Inglaterra, actualmente, eso no gusta.
Will Tick tenía razón.
Como vi que el mercado se cansaba pronto de mis estampas, intenté dar
otro producto, y me dediqué al agua fuerte.
El agua fuerte es un arte, indudablemente, de más interés, de mayor
individualidad que la litografía.
Tiene, además, un encanto para el que la cultiva, y es el encanto de
las sorpresas. Estas sorpresas proceden de los efectos inesperados de
la mordedura del ácido en la plancha, y también mucho de la estampación.
La litografía, en cambio, no tiene sorpresa alguna, y su estampación
es más mecánica. Se puede decir que cada prueba de agua fuerte es casi
tan única como un cuadro; en cambio, las pruebas litográficas son todas
iguales.
El procedimiento del agua fuerte me gustó, por ser más personal, más
complicado y, al mismo tiempo, más libre que el de la litografía.
En la litografía, vencida la dificultad de dibujar al revés, está
todo resuelto; en tanto que se realiza el trabajo se puede seguir su
progreso mirando la piedra directamente o en un espejo; en cambio,
en el agua fuerte, mientras se raya la plancha de cobre, ésta es un
misterio. El grabador supone que una parte le ha salido bien, que la
otra, mal; cree que esto es demasiado negro; aquello, por el contrario,
demasiado blanco; mete la plancha en el ácido, saca después la prueba,
y todas son para él sorpresas.
La litografía es más honrada; en ella no sale ni más ni menos que lo
que se pone.
Mis entusiasmos por el agua fuerte me quitaron la afición a trabajar
en la litografía. Me gustaba, sí, la estampa litográfica; pero más las
de los otros que las mías. Prefería ser coleccionista de estampas que
litógrafo.
Realmente, la litografía no es un gran arte, pero es un arte simpático
dentro de su vulgaridad. Es algo como la canción de la calle, como la
melodía popularizada por un organillo.
La fusión de la litografía con el costumbrismo y con la historia
episódica de la época ha dado origen a una clase de estampas que son
los mejores documentos de nuestro tiempo.
Se dirá que estas láminas nos dejan una impresión falsa de las cosas.
Cierto.
Alguno asegurará que el arte debe dar la sensación de la realidad con
elementos artificiales y que la litografía hace todo lo contrario: dar
una impresión de irrealidad con elementos verdaderos. ¿Qué importa?
¿Es que hay una realidad fuera de nosotros? Yo, lector de Kant y de
Berkeley, no creo en más realidad que la de nuestro yo. Lo demás son
disfraces de la Madre Naturaleza, aspectos de la Cosa en sí que no
sabemos hasta qué punto existen, y si sus presentaciones ante nuestros
sentidos son o no constantes.
Podrán otros despreciar la litografía como un arte industrial, vulgar e
insignificante; para mí ha tenido y sigue teniendo grandes atractivos.
Estas vistas de pueblos, tan falsas en conjunto y tan exactas en
los detalles; estas escenas campestres, tan poco campestres; estos
españoles, tan poco españoles; estos griegos, tan poco griegos; estos
ríos, estas cataratas, estos personajes, estas amazonas, que son
la verdad convencional de un momento histórico, no hubieran podido
representarse tan en armonía con el espíritu de la época como con el
lápiz ligero, amable y un poco banal de la litografía.
VI
EN PLENA BOHEMIA
PERCY y yo alquilamos un cuarto, y llevamos a él nuestros útiles y
algunos muebles al fiado.
Al principio trabajamos con entusiasmo; luego, poco a poco, fuimos
flaqueando y llegamos a no hacer nada y a mirar con desdén y con cierta
sorna nuestros instrumentos de grabadores.
Will Tick nos sacaba con frecuencia de apuros con la fertilidad de sus
recursos. Muchas veces nos llevaba a su casa para que le ayudásemos.
Tick, padre e hijo, se dedicaban a negocios sospechosos.
Guardaban montones de papel sellado viejo, que les debía servir para
falsificar documentos. Lavaban y cocían papeles escritos con agua de
cloro y los sacaban limpios; sabían también hacer tinta antigua y
calcar firmas.
Todos los trabajos de la casa eran poco claros y menos lícitos. Durante
el tiempo que acudí al taller de los Tick, el negocio más legal que
hicieron padre e hijo fué decolorar y raspar unas hojas en pergamino
de unos libros capitulares y convertirlos en parches de tambores y
panderetas.
Siempre se les veía al padre, al hijo y a un criado, albino y zambo,
en el patio, sucio y negro, borrando papeles y secándolos en una estufa.
Abraham Tick maniobraba en aquellas cosas que no caen fácilmente bajo
la mirada de un juez.
Una de sus especialidades consistía en inventar genealogías y
falsificar documentos nobiliarios. La impunidad estaba asegurada. Era
muy difícil que su trabajo llegara a conocimiento de la justicia,
porque el que encargaba la falsificación de una ejecutoria o de un
árbol genealógico era el primer interesado en que ningún perito
examinara con cuidado sus documentos.
Abraham Tick nos pagaba bien cuando le ayudábamos. En su tienda conocí
mucha gente, porque el viejo Tick tenía grandes relaciones. Solían
reunirse allí una porción de tipos que andaban a la husma por las
prenderías, librerías y tiendas de antigüedades.
Yo también me decidí a sacar la comida al husmeo, y comencé a proveer a
mi tío y a unas cuantas personas más de libros y de estampas. También
compraba retratos, que vendía después a Fitzhamer. El frenólogo los
utilizaba para sus estudios. Algunas estampas anteriores al título no
tenían nombre, y yo solía ponerlo al margen con lápiz. Era curioso
ver con qué candidez se las arreglaba el frenólogo para encontrar
en la cabeza del retratado lo que, según todo el mundo, había; cómo
adivinaba el espíritu matemático en Pascal, la gracia en Voltaire, el
sentido astronómico en Copérnico, etcétera, etc. Una confusión mía
hizo que el retrato de Fenelón pasara por el de Maquiavelo, y el de
Florián por Fouquier-Thinville, y al contrario: y hubo que admirar con
qué precisión Fitzhamer encontró matemáticamente la chistosidad y la
astuciosidad en Fenelón, tomándolo por Maquiavelo, y la destructividad
en el insípido Florián, a quien tomaba por Fouquier-Thinville.
No siempre daba yo en el blanco en mis paseos a la busca de unos
cuantos chelines, y entonces Percy y yo nos dedicábamos a comer al
fiado. Al principio nos preocupábamos de pagar; pero llegó un día
en que el pensamiento del mañana no nos alteró lo más mínimo, y nos
dedicamos, desde entonces, a los platos más suculentos y a los líquidos
más espirituosos, con la vaga esperanza de que alguien los pagara.
Cuando la estrechez era grande íbamos a ver a Will Tick; pero éste nos
ofrecía ya descaradamente trabajos peligrosos de falsificación, lo que
nos alarmaba.
Los amigos de Percy y los míos, alegres camaradas, vivían de una
manera parecida a la nuestra, dispuestos a gozar, a sacarle jugo a la
existencia.
Uno de ellos, para mí el más querido, a quien había conocido en el
colegio, era Tomás Burton, joven disipado y de familia acomodada, de la
escuela de lord Byron, que encontraba todo muy negro en la vida.
Burton se envenenaba con opio y leía libros de astronomía, de los
cuales sacaba argumentos para deducir la mezquindad y la miseria de la
vida humana.
--Lo mejor que puedo hacer, en obsequio de mi familia, es
arruinarla--decía--, y después suprimirme yo. El dinero nos ha hecho
desdichados.
Otro de los comensales constantes en nuestras francachelas, Joe
Flinder, viejo estudiante de leyes, guardaba, según decía, un gran
baúl lleno de obras maestras, diez o doce poemas que hubiera firmado
Milton, y un centenar de tragedias y comedias bastante más sugestivas y
profundas que las de Shakespeare.
A pesar de esta premisa, él pensaba que se podía afirmarla con la
seguridad de un axioma matemático, no había editor ni empresario
para sus obras. ¡Tal era la estupidez y el mal gusto de la orgullosa
Inglaterra!
Otras personas se reunían con nosotros, sobre todo algunos jóvenes
ricos que venían acompañados por Will Tick. Will nos presentaba a ellos
como hombres de un talento enorme, bohemios incorregibles, de una
existencia pintoresca, desordenada y absurda.
Percy y yo habíamos llegado a encontrar muy lógico nuestro sistema de
vida; generalmente no pagábamos a los proveedores, y los ingresos que
obteníamos unas veces por la compraventa de un cuadro, de un grabado o
de un libro raro, los empleábamos en una cena alegre.
Solíamos tener grandes discusiones, debatíamos acerca de la gloria, de
la política, de la literatura, de los medios de hacer dinero, de la
Reforma, de la Constitución, y concluíamos con las caras inyectadas,
cantando a voz en grito el _Fantasma_, de Cock Lane, los _Niños en el
bosque_, o alguna canción patriótica, como _¡Rule Britannia!_ y ¡_Oh,
Bretaña_, el orgullo del Océano!
VII
DÍAS TRISTES
BIEN comprendía yo que aquella vida no podía durar, que era un
paréntesis más o menos largo que se había de cerrar de un día a otro.
Efectivamente, el paréntesis se cerró pronto. Una mañana el dueño de la
casa nos avisó que habiendo aguardado mucho tiempo el cobro de nuestros
alquileres, ya no podía esperar más. Nos daba un plazo de veinticuatro
horas para desalojar la habitación.
Poco después de este aviso llegó Flinders con la noticia de que Burton
se acababa de suicidar. Al entrar su madre en su cuarto se lo había
encontrado tendido en el suelo y muerto.
La noticia me hizo una gran impresión.
Percy, Flinders y yo hablamos largo rato, y yo me olvidé de mis apuros.
Hubiéramos ido a dar el último adiós a nuestro amigo; pero temíamos
que la familia no nos quisiera dejarle ver, considerándonos como gente
perdida que quizá había arrastrado al suicida a su mal fin.
Decidimos salir y acercarnos a la casa de Burton. Al bajar las
escaleras un muchacho me trajo una carta.
Decía así:
«Querido Thompson: Si te envían esta carta, es que me habrán
encontrado muerto. Me voy con gusto. Un apretón de manos y
buena suerte.
_Burton_.»
Discutimos si había hecho bien, si había hecho mal nuestro camarada,
porque no hay nada que remueva tanto el espíritu como esa negación de
la vida del suicidio.
Hablando de Burton salimos a la calle. Era al anochecer. Hacía uno
de estos días de otoño de Londres en que el cielo, invariablemente
sombrío, descarga aguaceros sobre aguaceros; toda la gran urbe
exudaba humedad negra y polvo de carbón, y los hombres, los caballos
y los perros se arrastraban sobre el fango de las calles, mientras
algunos pocos privilegiados se aburrían en sus palacios o miraban por
la ventana del club o por el cristal del coche a los desharrapados
rebozados en el barro.
Llegamos a casa de Burton y no nos quisieron recibir; tales eran
nuestras trazas. Volver a la habitación de noche, despertando a la
vecindad, hubiera sido exasperar al propietario. Pasamos la noche a pie
firme y por la mañana me presenté a mi padre.
Hablamos, me sermoneó un tanto y me dijo que debía ir a ver a mis
hermanos. Yo le contesté que no. Mis hermanas se sentían orgullosas de
su posición; estaban casadas con personas de calidad y no les gustaba
pensar que tenían un pariente perdulario. Mis dos hermanas mayores
eran de la misma madera; de un egoísmo perfecto y de una indiferencia
insolente por la suerte de la familia. No iban a preocuparse de mí, a
quien apenas conocían.
Me dió mi padre unos peniques, lo único que tenía; comí y fuí a ver
a mi tío. Le dije que me hallaba en una situación difícil y que
había pensado pedir trabajo a William Tick. Luego le conté los
procedimientos que empleaba Will.
--Sí, los ha heredado de su padre--dijo mi tío--. Se ve que es tan
granuja como todos los de su familia. Ten cuidado, no te vayan a
arrastrar a dar un mal paso. Abraham Tick está haciendo constantemente
falsificaciones; tú dibujas algo y querrán utilizarte. No seas tonto.
Haz todas las deudas que puedas; pon tu firma en todos los pagarés que
te traigan; pero nada de imitar letras, facturas, sellos o cosa por el
estilo. Esto es la cuerda o los trabajos forzados.
La observación de mi tío me hizo mella; yo pensaba lo mismo, aunque
no me había planteado la cuestión tan claramente. El era un truchimán
listo y su consejo no cayó en olvido.
Viví unos días en casa de Tick encerrado, pintando árboles
genealógicos, y un día Will me trajo unas láminas de un banco de la
City para que yo las calcara y luego las estampara Percy.
Pretexté que no tenía vista. Will Tick se rió diciéndome que lo
hiciera, o que si no, me marchase. Yo opté por marcharme.
--Te morirás de hambre--me dijo.
--No; porque mi tío me ha encargado hacer un catálogo de su biblioteca.
Will Tick me insultó, llamándome estúpido y egoísta; y yo fuí en
busca de mi tío. Le conté el caso; cómo me hallaba perseguido por los
acreedores, la proposición de falsificación que me había hecho Will
Tick, y le pedí que me cediese una de sus madrigueras de libros y me
diera de comer, a cambio de lo cual yo le haría el trabajo que me
indicara de copia o de calco. Después de vacilar mucho mi tío aceptó y
quedamos de acuerdo en que le restauraría algunas portadas y documentos
antiguos. Fuimos los dos a una casucha del barrio de Islington. Era un
zaquizamí del último piso, lleno de montones de libros que conservaban
polvo de muchos años.
Un tabernero de la esquina, conocido de mi tío, me traería la comida y
no me prestaría ni un penique.
Tomé posesión de mi cuchitril y comencé mis trabajos.
Todo el invierno lo pasé así encerrado. Miraba desde mi palomar el
cielo bajo y sombrío de Londres con el humo espeso que salía de las
chimeneas. Por la mañana hacía las restauraciones para mi tío, y
después estudiaba francés y español, porque tenía el proyecto de
escaparme de Londres.
De noche los ratones me hacían compañía y venían a devorar los restos
de mi comida. Algunas veces ataba con un bramante una corteza de queso
y me divertía retirándola cuando se echaban sobre ella los pequeños y
graciosos roedores.
Los días brumosos y negros me entraba la desesperación de no hacer nada
y me metía en la cama.
VIII
EXAMEN DE MIS APTITUDES POR EL SISTEMA
MÉTRICO DECIMAL
UNO de aquellos días en que me hallaba más aburrido aún que de
ordinario, hice este cuadro de mis aptitudes morales e intelectuales
por el sistema métrico decimal:
CONDICIONES DE J. H. THOMPSON
Amor al trabajo 5 por 100.
Benevolencia 10 »
Egoísmo 15 »
Valor personal 5 »
Sentido erótico 10 »
Moralidad 5 »
Espíritu religioso y superstición 2-1/2 »
Adquisividad (estilo Fitzhamer) 2-1/2 »
Sociabilidad 10 »
Instinto de vagabundez 15 »
Después del cuadro sinóptico de mis aptitudes, comencé el de mis
conocimientos por el mismo sistema métrico decimal, y me resultó éste:
Dibujo 10 por 100.
Literatura 10 »
Filosofía 5 »
Botánica y Farmacia 10 »
Arte de disecar 15 »
Geografía 5 »
Lenguas 5 »
Por una fantasía como ésta, el frenólogo Fitzhamer cobraba bastante
dinero; en cambio, yo no me cobré nada a mí mismo.
Mi interés en esta época consistía en elevar mis conocimientos
lingüísticos (5 por 100, según el cuadro) a un 10 o a un 15 por 100.
Aprendía el español y el francés sin maestro, y tenía la sospecha de
que iba a entendérseme con dificultades. Sobre todo la pronunciación y
la propiedad de las palabras me fallarían. Me pasaría probablemente lo
que al inglés de una caricatura francesa, que entra en un café de París
y para pedir: _Garçon, une bouteille de biere_, hace un esfuerzo de
memoria y dice: _Celibataire, une bouteille de cercueil!_
Esta confusión de las cervezas con los ataúdes, lo más que podía
producir es que se burlasen de uno.
Aunque comprendía que no me las arreglaría fácilmente, no me preocupaba
esto mucho. Lo difícil para mí era dar el primer paso, cruzar el canal
de la Mancha y desembarcar en el Continente.
Había pensado marchar a España. Sentía hambre de sol y de cielo azul;
estaba cansado de encierro, de lluvias y de barro.
Había leído bastante sobre España; no creía, ni mucho menos, que
fuera un país de delicias en que a cada paso ocurrieran aventuras
extraordinarias; pero pensaba ir allí.
Aunque soy optimista, no soy de los que abrigan una confianza excesiva
en los hombres y en las cosas, y que se desilusionan al menor tropiezo.
Mi fuerza está en la perseverancia y en la resignación estoica. He sido
siempre más espectador que actor; la vida me ha dado la impresión de
una comedia, a veces amable, a veces aburrida. Tengo las decisiones
tardas. He necesitado siempre el aguijón de la necesidad imperiosa para
lanzarme a la acción. Si esta necesidad imperiosa no me azuza, miro los
acontecimientos con calma.
Muchas veces he dicho: Veremos a ver esto adónde nos arrastra; y he
seguido a la deriva, bastante indiferente, mientras no aparecía la
cruel y urgente necesidad.
Mi viaje a España era cuestión de momento. A veces creía si sería mejor
quedarme en Londres. Mis acreedores estaban despistados, ¿pero cómo
vivir así constantemente? La quietud me iba enmoheciendo; necesitaba
hacer algo, aunque fuesen tonterías: andar, correr, cambiar de
escenario...
IX
ULTIMA HAZAÑA EN LONDRES
UN día leí en un periódico el descubrimiento de una falsificación de
billetes de Banco y la prisión de los falsificadores y encubridores,
entre los cuales se encontraba mi amigo Percy Harrison. Will Tick no
aparecía en la lista de los presos.
¿Sería extraño al asunto? ¿O se habría escabullido de las garras de la
justicia con arte?
Dada su habilidad y su maña, era cosa muy probable.
Unas semanas después iba yo muy envuelto en mi gabán raído, y más
envuelto aún en una niebla espesa y rojiza, a casa de mi padre, cuando
me encontré a Will Tick hablando con una mujer.
Me paró; le dije claramente que suponía que el instigador de la
falsificación por la cual habían prendido a Percy era él; pero Will
Tick me demostró, con argumentos, que no era cierta mi sospecha.
Sus razones mitigaron la cólera que sentía en contra suya, y hablamos
largamente. Le dije que pensaba marcharme a España.
--¿Tienes dinero?--me preguntó.
--No.
--¿Sabes a quién le podríamos sacar unos cuartos?
--¿A quién?
--A mi padre.
--¿Cómo?
--Tu tío ha dejado en depósito cuarenta libras esterlinas en casa de
mi padre para que le compre la biblioteca de un anticuario que ha
muerto. Mi padre ha visto la biblioteca y siente tener la necesidad de
comprarla para tu tío, porque en esa biblioteca hay algunos libros de
valor; pero ha dado su palabra y no se puede volver atrás; perdería un
buen parroquiano.
--Entonces no hay nada que hacer.
--Sí, hay mucho que hacer. Mi padre, al menor pretexto que tenga,
devuelve con gusto las cuarenta libras esterlinas. Tú vienes conmigo a
mi casa, le dices a mi padre que tu tío ha cambiado de parecer, y te
entrega las cuarenta libras, que nos las repartiremos.
--No, no. Yo no hago eso.
--Lo haré yo por tu cuenta; pero es necesario que tú te presentes
conmigo y recibas el dinero.
Vacilé, porque la cosa me parecía un poco dura, tratándose de un hombre
que me había favorecido como mi tío Samuel; pero pensé también: «Si
no aprovecho esta ocasión, ¿cuándo se me presentará otra? Hay que
decidirse. ¡Adelante!»
Fuimos a casa de Tick, y Will habló a su padre.
El viejo falsificador escuchó largo tiempo sonriendo, moviendo la
cabeza en ademán negativo, hasta que se decidió, y sacando de un cajón
las cuarenta libras esterlinas me las puso en la mano. Will me empujó a
la salida y me dijo:
--¡Venga mi parte!
Le di veinte libras; luego me pidió que le diera otras cinco por la
comisión.
--No; no te doy una más.
--Bueno. Eres un roñoso. ¡Adiós!
Con el dinero en el bolsillo y el espíritu lleno de remordimientos un
poco cómicos, me fuí a los muelles y averigüé que, pocas horas después,
al amanecer, salía un paquebot para Burdeos. Como temía la indignación
de mi tío Samuel, a quien quizá ya no podría pedir nunca nada en la
vida, le escribí una carta desde una taberna contándole la hazaña que
habíamos realizado a expensas entre Will y yo. Le decía que obraba
impulsado por una fuerza mayor. Después escribí otra carta a mi padre
despidiéndome de él, y al rayar la mañana bajaba en el barco por el
Támesis, camino del Continente.
--Veremos lo que nos reserva el destino--murmuré, mientras me acercaba
a la borda, mareado y con la mano aplicada a la boca del estómago.
X
LOS DESTINOS ABSURDOS
CUALQUIERA, al leer la frase final del capítulo anterior, supondrá que
yo soy un fatalista. No; no lo soy. No lo soy, pero no ando lejos de
serlo. Esta idea de fatalidad es un poco confusa. Encerrando la idea de
predestinación, es para mí falsa; pero significando sólo destinación,
me parece exacta.
No cabe duda que si uno marca en un papel una serie de puntos, se
pueden unir éstos con una línea; tampoco cabe duda que la tal línea
tendrá un carácter: será recta o quebrada, y presentará una figura
especial. A esta figura, después de hecha _a posteriori_, le llamaremos
necesidad, destinación, y si estuviera hecha _a priori_, le llamaríamos
fatalidad, predestinación.