El señor Piper era un buen inglés, de cabeza cuadrada, con cara de

perro dogo y aire malhumorado.

El empleo en casa de Israels y Piper no me sedujo. Teníamos Will Tick y

yo un despacho cerca del patio, en un subterráneo muy húmedo y sombrío,

donde trabajábamos constantemente; y este vivir de topo, siempre con

luz artificial, en sitio negro y húmedo, me molestaba mucho.

Will Tick se las arreglaba para no trabajar, y me puso al corriente de

sus mañas.

La casa de Israels y Piper tenía grandes curiosidades: se guardaban

las prensas que se habían usado en la casa desde su fundación, los

originales de las obras publicadas y un gran archivo con ejecutorias y

manuscritos heráldicos.

Para preservar estos tesoros de las ratas había cuatro perros

repulsivos y una docena de gatos feroces.

Los perros enseñaban los dientes a cuanto desconocido veían, y los

gatos saltaban y bufaban como panteras. Estos animalitos eran hijos de

una gata atigrada, que atacaba y arañaba al que se acercara a ella.

Este animal feroz era para Israels el genio familiar de la casa;

le miraba con el mismo entusiasmo que Dick Whittington, el popular

personaje, a su felino, a quien debía la fortuna y el llegar a haber

sido lord mayor de Londres.

Entre los dependientes de la librería Israels y Piper, me hice amigo,

además de Will Tick, de un joven, Percy Harrison, muchacho simpático,

hijo de un labrador.

Percy tendría mi edad y mis aficiones, y me convenció para que fuera

con él, de noche, a una academia de dibujo. Había visto los ensayos

de caricaturas que yo hacía, y pensaba que podría utilizar mi pequeño

talento.

Todo el tiempo que estuve en casa de Israels y Piper, un año y

medio, fuí de noche a la academia de dibujo; pero noté que, a medida

que copiaba de estatua, la poca gracia que tenían mis caricaturas

desaparecía.

Se lo advertí a Percy, y éste reconoció que el cultivo del arte clásico

no me convenía.

Percy, al mismo tiempo que se perfeccionaba en el dibujo, practicaba la

litografía. Cuando creyó que dominaba este arte, proyectó comprar una

prensa litográfica y útiles para el oficio, y establecerse.

Formamos una sociedad Will Tick, Percy y yo, y decidimos abandonar a

Israels y Piper y lanzarnos un poco a la aventura.

V

ELOGIO DE LA LITOGRAFÍA

LOS primeros trabajos litográficos que hicimos entre Percy y yo fueron

vistas de pueblos, escenas pintorescas y retratos de personajes

célebres. Will Tick vendió las estampas a buen precio, y al recibir

el producto de las ventas, consideramos que un río de oro entraba en

nuestros bolsillos.

Tras de estos tímidos ensayos, intenté yo la caricatura, y una de las

mejores que hice fué a favor de los liberales españoles y en contra del

rey Fernando VII. Esta caricatura me relacionó con algunos españoles,

entre ellos, con el hispanoinglés Blanco-White, que acababa de publicar

unas cartas sobre España, y que fué, probablemente, el que me sugirió

la idea de venir a la Península.

Después de mi estampa antifernandina, hice otras varias, que se

vendieron mal que bien. Pronto noté que faltaba a mis caricaturas

personalidad y crueldad. No podía llegar a la sátira brutal y enconada

de un Gilray, ni a dar a mis personajes el aire tan típicamente inglés

de las estampas de Jorge Cruikshank.

--En la caricatura--me dijo Will Tick, que en esto, como en todo,

discurría con mucha claridad--hay la cepa dulce y la cepa agria. Tú

eres de la cepa dulce, y en Inglaterra, actualmente, eso no gusta.

Will Tick tenía razón.

Como vi que el mercado se cansaba pronto de mis estampas, intenté dar

otro producto, y me dediqué al agua fuerte.

El agua fuerte es un arte, indudablemente, de más interés, de mayor

individualidad que la litografía.

Tiene, además, un encanto para el que la cultiva, y es el encanto de

las sorpresas. Estas sorpresas proceden de los efectos inesperados de

la mordedura del ácido en la plancha, y también mucho de la estampación.

La litografía, en cambio, no tiene sorpresa alguna, y su estampación

es más mecánica. Se puede decir que cada prueba de agua fuerte es casi

tan única como un cuadro; en cambio, las pruebas litográficas son todas

iguales.

El procedimiento del agua fuerte me gustó, por ser más personal, más

complicado y, al mismo tiempo, más libre que el de la litografía.

En la litografía, vencida la dificultad de dibujar al revés, está

todo resuelto; en tanto que se realiza el trabajo se puede seguir su

progreso mirando la piedra directamente o en un espejo; en cambio,

en el agua fuerte, mientras se raya la plancha de cobre, ésta es un

misterio. El grabador supone que una parte le ha salido bien, que la

otra, mal; cree que esto es demasiado negro; aquello, por el contrario,

demasiado blanco; mete la plancha en el ácido, saca después la prueba,

y todas son para él sorpresas.

La litografía es más honrada; en ella no sale ni más ni menos que lo

que se pone.

Mis entusiasmos por el agua fuerte me quitaron la afición a trabajar

en la litografía. Me gustaba, sí, la estampa litográfica; pero más las

de los otros que las mías. Prefería ser coleccionista de estampas que

litógrafo.

Realmente, la litografía no es un gran arte, pero es un arte simpático

dentro de su vulgaridad. Es algo como la canción de la calle, como la

melodía popularizada por un organillo.

La fusión de la litografía con el costumbrismo y con la historia

episódica de la época ha dado origen a una clase de estampas que son

los mejores documentos de nuestro tiempo.

Se dirá que estas láminas nos dejan una impresión falsa de las cosas.

Cierto.

Alguno asegurará que el arte debe dar la sensación de la realidad con

elementos artificiales y que la litografía hace todo lo contrario: dar

una impresión de irrealidad con elementos verdaderos. ¿Qué importa?

¿Es que hay una realidad fuera de nosotros? Yo, lector de Kant y de

Berkeley, no creo en más realidad que la de nuestro yo. Lo demás son

disfraces de la Madre Naturaleza, aspectos de la Cosa en sí que no

sabemos hasta qué punto existen, y si sus presentaciones ante nuestros

sentidos son o no constantes.

Podrán otros despreciar la litografía como un arte industrial, vulgar e

insignificante; para mí ha tenido y sigue teniendo grandes atractivos.

Estas vistas de pueblos, tan falsas en conjunto y tan exactas en

los detalles; estas escenas campestres, tan poco campestres; estos

españoles, tan poco españoles; estos griegos, tan poco griegos; estos

ríos, estas cataratas, estos personajes, estas amazonas, que son

la verdad convencional de un momento histórico, no hubieran podido

representarse tan en armonía con el espíritu de la época como con el

lápiz ligero, amable y un poco banal de la litografía.

VI

EN PLENA BOHEMIA

PERCY y yo alquilamos un cuarto, y llevamos a él nuestros útiles y

algunos muebles al fiado.

Al principio trabajamos con entusiasmo; luego, poco a poco, fuimos

flaqueando y llegamos a no hacer nada y a mirar con desdén y con cierta

sorna nuestros instrumentos de grabadores.

Will Tick nos sacaba con frecuencia de apuros con la fertilidad de sus

recursos. Muchas veces nos llevaba a su casa para que le ayudásemos.

Tick, padre e hijo, se dedicaban a negocios sospechosos.

Guardaban montones de papel sellado viejo, que les debía servir para

falsificar documentos. Lavaban y cocían papeles escritos con agua de

cloro y los sacaban limpios; sabían también hacer tinta antigua y

calcar firmas.

Todos los trabajos de la casa eran poco claros y menos lícitos. Durante

el tiempo que acudí al taller de los Tick, el negocio más legal que

hicieron padre e hijo fué decolorar y raspar unas hojas en pergamino

de unos libros capitulares y convertirlos en parches de tambores y

panderetas.

Siempre se les veía al padre, al hijo y a un criado, albino y zambo,

en el patio, sucio y negro, borrando papeles y secándolos en una estufa.

Abraham Tick maniobraba en aquellas cosas que no caen fácilmente bajo

la mirada de un juez.

Una de sus especialidades consistía en inventar genealogías y

falsificar documentos nobiliarios. La impunidad estaba asegurada. Era

muy difícil que su trabajo llegara a conocimiento de la justicia,

porque el que encargaba la falsificación de una ejecutoria o de un

árbol genealógico era el primer interesado en que ningún perito

examinara con cuidado sus documentos.

Abraham Tick nos pagaba bien cuando le ayudábamos. En su tienda conocí

mucha gente, porque el viejo Tick tenía grandes relaciones. Solían

reunirse allí una porción de tipos que andaban a la husma por las

prenderías, librerías y tiendas de antigüedades.

Yo también me decidí a sacar la comida al husmeo, y comencé a proveer a

mi tío y a unas cuantas personas más de libros y de estampas. También

compraba retratos, que vendía después a Fitzhamer. El frenólogo los

utilizaba para sus estudios. Algunas estampas anteriores al título no

tenían nombre, y yo solía ponerlo al margen con lápiz. Era curioso

ver con qué candidez se las arreglaba el frenólogo para encontrar

en la cabeza del retratado lo que, según todo el mundo, había; cómo

adivinaba el espíritu matemático en Pascal, la gracia en Voltaire, el

sentido astronómico en Copérnico, etcétera, etc. Una confusión mía

hizo que el retrato de Fenelón pasara por el de Maquiavelo, y el de

Florián por Fouquier-Thinville, y al contrario: y hubo que admirar con

qué precisión Fitzhamer encontró matemáticamente la chistosidad y la

astuciosidad en Fenelón, tomándolo por Maquiavelo, y la destructividad

en el insípido Florián, a quien tomaba por Fouquier-Thinville.

No siempre daba yo en el blanco en mis paseos a la busca de unos

cuantos chelines, y entonces Percy y yo nos dedicábamos a comer al

fiado. Al principio nos preocupábamos de pagar; pero llegó un día

en que el pensamiento del mañana no nos alteró lo más mínimo, y nos

dedicamos, desde entonces, a los platos más suculentos y a los líquidos

más espirituosos, con la vaga esperanza de que alguien los pagara.

Cuando la estrechez era grande íbamos a ver a Will Tick; pero éste nos

ofrecía ya descaradamente trabajos peligrosos de falsificación, lo que

nos alarmaba.

Los amigos de Percy y los míos, alegres camaradas, vivían de una

manera parecida a la nuestra, dispuestos a gozar, a sacarle jugo a la

existencia.

Uno de ellos, para mí el más querido, a quien había conocido en el

colegio, era Tomás Burton, joven disipado y de familia acomodada, de la

escuela de lord Byron, que encontraba todo muy negro en la vida.

Burton se envenenaba con opio y leía libros de astronomía, de los

cuales sacaba argumentos para deducir la mezquindad y la miseria de la

vida humana.

--Lo mejor que puedo hacer, en obsequio de mi familia, es

arruinarla--decía--, y después suprimirme yo. El dinero nos ha hecho

desdichados.

Otro de los comensales constantes en nuestras francachelas, Joe

Flinder, viejo estudiante de leyes, guardaba, según decía, un gran

baúl lleno de obras maestras, diez o doce poemas que hubiera firmado

Milton, y un centenar de tragedias y comedias bastante más sugestivas y

profundas que las de Shakespeare.

A pesar de esta premisa, él pensaba que se podía afirmarla con la

seguridad de un axioma matemático, no había editor ni empresario

para sus obras. ¡Tal era la estupidez y el mal gusto de la orgullosa

Inglaterra!

Otras personas se reunían con nosotros, sobre todo algunos jóvenes

ricos que venían acompañados por Will Tick. Will nos presentaba a ellos

como hombres de un talento enorme, bohemios incorregibles, de una

existencia pintoresca, desordenada y absurda.

Percy y yo habíamos llegado a encontrar muy lógico nuestro sistema de

vida; generalmente no pagábamos a los proveedores, y los ingresos que

obteníamos unas veces por la compraventa de un cuadro, de un grabado o

de un libro raro, los empleábamos en una cena alegre.

Solíamos tener grandes discusiones, debatíamos acerca de la gloria, de

la política, de la literatura, de los medios de hacer dinero, de la

Reforma, de la Constitución, y concluíamos con las caras inyectadas,

cantando a voz en grito el _Fantasma_, de Cock Lane, los _Niños en el

bosque_, o alguna canción patriótica, como _¡Rule Britannia!_ y ¡_Oh,

Bretaña_, el orgullo del Océano!

VII

DÍAS TRISTES

BIEN comprendía yo que aquella vida no podía durar, que era un

paréntesis más o menos largo que se había de cerrar de un día a otro.

Efectivamente, el paréntesis se cerró pronto. Una mañana el dueño de la

casa nos avisó que habiendo aguardado mucho tiempo el cobro de nuestros

alquileres, ya no podía esperar más. Nos daba un plazo de veinticuatro

horas para desalojar la habitación.

Poco después de este aviso llegó Flinders con la noticia de que Burton

se acababa de suicidar. Al entrar su madre en su cuarto se lo había

encontrado tendido en el suelo y muerto.

La noticia me hizo una gran impresión.

Percy, Flinders y yo hablamos largo rato, y yo me olvidé de mis apuros.

Hubiéramos ido a dar el último adiós a nuestro amigo; pero temíamos

que la familia no nos quisiera dejarle ver, considerándonos como gente

perdida que quizá había arrastrado al suicida a su mal fin.

Decidimos salir y acercarnos a la casa de Burton. Al bajar las

escaleras un muchacho me trajo una carta.

Decía así:

«Querido Thompson: Si te envían esta carta, es que me habrán

encontrado muerto. Me voy con gusto. Un apretón de manos y

buena suerte.

_Burton_.»

Discutimos si había hecho bien, si había hecho mal nuestro camarada,

porque no hay nada que remueva tanto el espíritu como esa negación de

la vida del suicidio.

Hablando de Burton salimos a la calle. Era al anochecer. Hacía uno

de estos días de otoño de Londres en que el cielo, invariablemente

sombrío, descarga aguaceros sobre aguaceros; toda la gran urbe

exudaba humedad negra y polvo de carbón, y los hombres, los caballos

y los perros se arrastraban sobre el fango de las calles, mientras

algunos pocos privilegiados se aburrían en sus palacios o miraban por

la ventana del club o por el cristal del coche a los desharrapados

rebozados en el barro.

Llegamos a casa de Burton y no nos quisieron recibir; tales eran

nuestras trazas. Volver a la habitación de noche, despertando a la

vecindad, hubiera sido exasperar al propietario. Pasamos la noche a pie

firme y por la mañana me presenté a mi padre.

Hablamos, me sermoneó un tanto y me dijo que debía ir a ver a mis

hermanos. Yo le contesté que no. Mis hermanas se sentían orgullosas de

su posición; estaban casadas con personas de calidad y no les gustaba

pensar que tenían un pariente perdulario. Mis dos hermanas mayores

eran de la misma madera; de un egoísmo perfecto y de una indiferencia

insolente por la suerte de la familia. No iban a preocuparse de mí, a

quien apenas conocían.

Me dió mi padre unos peniques, lo único que tenía; comí y fuí a ver

a mi tío. Le dije que me hallaba en una situación difícil y que

había pensado pedir trabajo a William Tick. Luego le conté los

procedimientos que empleaba Will.

--Sí, los ha heredado de su padre--dijo mi tío--. Se ve que es tan

granuja como todos los de su familia. Ten cuidado, no te vayan a

arrastrar a dar un mal paso. Abraham Tick está haciendo constantemente

falsificaciones; tú dibujas algo y querrán utilizarte. No seas tonto.

Haz todas las deudas que puedas; pon tu firma en todos los pagarés que

te traigan; pero nada de imitar letras, facturas, sellos o cosa por el

estilo. Esto es la cuerda o los trabajos forzados.

La observación de mi tío me hizo mella; yo pensaba lo mismo, aunque

no me había planteado la cuestión tan claramente. El era un truchimán

listo y su consejo no cayó en olvido.

Viví unos días en casa de Tick encerrado, pintando árboles

genealógicos, y un día Will me trajo unas láminas de un banco de la

City para que yo las calcara y luego las estampara Percy.

Pretexté que no tenía vista. Will Tick se rió diciéndome que lo

hiciera, o que si no, me marchase. Yo opté por marcharme.

--Te morirás de hambre--me dijo.

--No; porque mi tío me ha encargado hacer un catálogo de su biblioteca.

Will Tick me insultó, llamándome estúpido y egoísta; y yo fuí en

busca de mi tío. Le conté el caso; cómo me hallaba perseguido por los

acreedores, la proposición de falsificación que me había hecho Will

Tick, y le pedí que me cediese una de sus madrigueras de libros y me

diera de comer, a cambio de lo cual yo le haría el trabajo que me

indicara de copia o de calco. Después de vacilar mucho mi tío aceptó y

quedamos de acuerdo en que le restauraría algunas portadas y documentos

antiguos. Fuimos los dos a una casucha del barrio de Islington. Era un

zaquizamí del último piso, lleno de montones de libros que conservaban

polvo de muchos años.

Un tabernero de la esquina, conocido de mi tío, me traería la comida y

no me prestaría ni un penique.

Tomé posesión de mi cuchitril y comencé mis trabajos.

Todo el invierno lo pasé así encerrado. Miraba desde mi palomar el

cielo bajo y sombrío de Londres con el humo espeso que salía de las

chimeneas. Por la mañana hacía las restauraciones para mi tío, y

después estudiaba francés y español, porque tenía el proyecto de

escaparme de Londres.

De noche los ratones me hacían compañía y venían a devorar los restos

de mi comida. Algunas veces ataba con un bramante una corteza de queso

y me divertía retirándola cuando se echaban sobre ella los pequeños y

graciosos roedores.

Los días brumosos y negros me entraba la desesperación de no hacer nada

y me metía en la cama.

VIII

EXAMEN DE MIS APTITUDES POR EL SISTEMA

MÉTRICO DECIMAL

UNO de aquellos días en que me hallaba más aburrido aún que de

ordinario, hice este cuadro de mis aptitudes morales e intelectuales

por el sistema métrico decimal:

CONDICIONES DE J. H. THOMPSON

Amor al trabajo 5 por 100.

Benevolencia 10 »

Egoísmo 15 »

Valor personal 5 »

Sentido erótico 10 »

Moralidad 5 »

Espíritu religioso y superstición 2-1/2 »

Adquisividad (estilo Fitzhamer) 2-1/2 »

Sociabilidad 10 »

Instinto de vagabundez 15 »

Después del cuadro sinóptico de mis aptitudes, comencé el de mis

conocimientos por el mismo sistema métrico decimal, y me resultó éste:

Dibujo 10 por 100.

Literatura 10 »

Filosofía 5 »

Botánica y Farmacia 10 »

Arte de disecar 15 »

Geografía 5 »

Lenguas 5 »

Por una fantasía como ésta, el frenólogo Fitzhamer cobraba bastante

dinero; en cambio, yo no me cobré nada a mí mismo.

Mi interés en esta época consistía en elevar mis conocimientos

lingüísticos (5 por 100, según el cuadro) a un 10 o a un 15 por 100.

Aprendía el español y el francés sin maestro, y tenía la sospecha de

que iba a entendérseme con dificultades. Sobre todo la pronunciación y

la propiedad de las palabras me fallarían. Me pasaría probablemente lo

que al inglés de una caricatura francesa, que entra en un café de París

y para pedir: _Garçon, une bouteille de biere_, hace un esfuerzo de

memoria y dice: _Celibataire, une bouteille de cercueil!_

Esta confusión de las cervezas con los ataúdes, lo más que podía

producir es que se burlasen de uno.

Aunque comprendía que no me las arreglaría fácilmente, no me preocupaba

esto mucho. Lo difícil para mí era dar el primer paso, cruzar el canal

de la Mancha y desembarcar en el Continente.

Había pensado marchar a España. Sentía hambre de sol y de cielo azul;

estaba cansado de encierro, de lluvias y de barro.

Había leído bastante sobre España; no creía, ni mucho menos, que

fuera un país de delicias en que a cada paso ocurrieran aventuras

extraordinarias; pero pensaba ir allí.

Aunque soy optimista, no soy de los que abrigan una confianza excesiva

en los hombres y en las cosas, y que se desilusionan al menor tropiezo.

Mi fuerza está en la perseverancia y en la resignación estoica. He sido

siempre más espectador que actor; la vida me ha dado la impresión de

una comedia, a veces amable, a veces aburrida. Tengo las decisiones

tardas. He necesitado siempre el aguijón de la necesidad imperiosa para

lanzarme a la acción. Si esta necesidad imperiosa no me azuza, miro los

acontecimientos con calma.

Muchas veces he dicho: Veremos a ver esto adónde nos arrastra; y he

seguido a la deriva, bastante indiferente, mientras no aparecía la

cruel y urgente necesidad.

Mi viaje a España era cuestión de momento. A veces creía si sería mejor

quedarme en Londres. Mis acreedores estaban despistados, ¿pero cómo

vivir así constantemente? La quietud me iba enmoheciendo; necesitaba

hacer algo, aunque fuesen tonterías: andar, correr, cambiar de

escenario...

IX

ULTIMA HAZAÑA EN LONDRES

UN día leí en un periódico el descubrimiento de una falsificación de

billetes de Banco y la prisión de los falsificadores y encubridores,

entre los cuales se encontraba mi amigo Percy Harrison. Will Tick no

aparecía en la lista de los presos.

¿Sería extraño al asunto? ¿O se habría escabullido de las garras de la

justicia con arte?

Dada su habilidad y su maña, era cosa muy probable.

Unas semanas después iba yo muy envuelto en mi gabán raído, y más

envuelto aún en una niebla espesa y rojiza, a casa de mi padre, cuando

me encontré a Will Tick hablando con una mujer.

Me paró; le dije claramente que suponía que el instigador de la

falsificación por la cual habían prendido a Percy era él; pero Will

Tick me demostró, con argumentos, que no era cierta mi sospecha.

Sus razones mitigaron la cólera que sentía en contra suya, y hablamos

largamente. Le dije que pensaba marcharme a España.

--¿Tienes dinero?--me preguntó.

--No.

--¿Sabes a quién le podríamos sacar unos cuartos?

--¿A quién?

--A mi padre.

--¿Cómo?

--Tu tío ha dejado en depósito cuarenta libras esterlinas en casa de

mi padre para que le compre la biblioteca de un anticuario que ha

muerto. Mi padre ha visto la biblioteca y siente tener la necesidad de

comprarla para tu tío, porque en esa biblioteca hay algunos libros de

valor; pero ha dado su palabra y no se puede volver atrás; perdería un

buen parroquiano.

--Entonces no hay nada que hacer.

--Sí, hay mucho que hacer. Mi padre, al menor pretexto que tenga,

devuelve con gusto las cuarenta libras esterlinas. Tú vienes conmigo a

mi casa, le dices a mi padre que tu tío ha cambiado de parecer, y te

entrega las cuarenta libras, que nos las repartiremos.

--No, no. Yo no hago eso.

--Lo haré yo por tu cuenta; pero es necesario que tú te presentes

conmigo y recibas el dinero.

Vacilé, porque la cosa me parecía un poco dura, tratándose de un hombre

que me había favorecido como mi tío Samuel; pero pensé también: «Si

no aprovecho esta ocasión, ¿cuándo se me presentará otra? Hay que

decidirse. ¡Adelante!»

Fuimos a casa de Tick, y Will habló a su padre.

El viejo falsificador escuchó largo tiempo sonriendo, moviendo la

cabeza en ademán negativo, hasta que se decidió, y sacando de un cajón

las cuarenta libras esterlinas me las puso en la mano. Will me empujó a

la salida y me dijo:

--¡Venga mi parte!

Le di veinte libras; luego me pidió que le diera otras cinco por la

comisión.

--No; no te doy una más.

--Bueno. Eres un roñoso. ¡Adiós!

Con el dinero en el bolsillo y el espíritu lleno de remordimientos un

poco cómicos, me fuí a los muelles y averigüé que, pocas horas después,

al amanecer, salía un paquebot para Burdeos. Como temía la indignación

de mi tío Samuel, a quien quizá ya no podría pedir nunca nada en la

vida, le escribí una carta desde una taberna contándole la hazaña que

habíamos realizado a expensas entre Will y yo. Le decía que obraba

impulsado por una fuerza mayor. Después escribí otra carta a mi padre

despidiéndome de él, y al rayar la mañana bajaba en el barco por el

Támesis, camino del Continente.

--Veremos lo que nos reserva el destino--murmuré, mientras me acercaba

a la borda, mareado y con la mano aplicada a la boca del estómago.

X

LOS DESTINOS ABSURDOS

CUALQUIERA, al leer la frase final del capítulo anterior, supondrá que

yo soy un fatalista. No; no lo soy. No lo soy, pero no ando lejos de

serlo. Esta idea de fatalidad es un poco confusa. Encerrando la idea de

predestinación, es para mí falsa; pero significando sólo destinación,

me parece exacta.

No cabe duda que si uno marca en un papel una serie de puntos, se

pueden unir éstos con una línea; tampoco cabe duda que la tal línea

tendrá un carácter: será recta o quebrada, y presentará una figura

especial. A esta figura, después de hecha _a posteriori_, le llamaremos

necesidad, destinación, y si estuviera hecha _a priori_, le llamaríamos

fatalidad, predestinación.

La Ruta del Aventurero · 第 7 / 16 段