Mi querido Capitán: Siento mucho que no pueda usted entrar en España

todavía, y que tenga usted que estar constantemente detenido ahí. Hoy

he cumplido mi piadosa misión de visitar la tumba de Kitty. He ido al

convento de Monsant; he hablado con la superiora, una vieja escuálida

y apergaminada, a quien he dicho ser hermano de Kitty, y la he pedido

permiso para adornar con flores el trozo de tierra donde está enterrada

nuestra amiga.

Al entrar en aquel cementerio abandonado, al ver el mar azul y el

islote del Farallón, que brota de las aguas; al llegar al pie de la

tumba, donde duerme eternamente nuestra pobre Kitty, he llorado como un

niño.

Me perseguía el sacristán, y, para quedarme solo, he salido del

camposanto y, en aquel talud que baja a la cala del Infern, me he

sentado sobre una piedra a entregarme a mis pensamientos.

De todos mis recuerdos relacionados con Ondara, el más fuerte en

aquel momento era el de una tarde en que estuvimos usted y yo en el

mirador del castillo. Hacía calor. Usted hablaba con Eguaguirre; Kitty,

conmigo; ustedes discutían de política; nosotros charlábamos acerca de

nuestras preferencias poéticas.

Kitty recitó entonces la canción del _Mignon_, de Goethe, que tanto le

gustaba:

«¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el

follaje sombrío brilla la naranja de oro?»

Tal sentimiento puso en su canción, que, al terminarla, tenía los ojos

llenos de lágrimas.

--Se emociona usted mucho--la dije.

--Sí. Esta canción, en la que no se habla de nada triste--me

contestó--, me parece impregnada de la idea de la muerte, del

acabamiento. Al recordarla pienso dónde estaré enterrada cuando muera.

--¿Y en dónde quisiera usted estar enterrada?--dije yo, echando la

pregunta a broma.

--Ahí, en Monsant--me contestó--, al lado del mar, en una tierra

inundada de sol.

Ya lo está.

¡Dolor! ¡Dolor de morir! ¡Dolor de vivir!

* * * * *

Al volver a Ondara me he sentado en una piedra, en la Volta del

Rosignol, y he tratado de llevar el orden y el reposo a mi pobre cabeza

perturbada.

No lo he podido conseguir.

«¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el

follaje sombrío brilla la naranja de oro?» «¿Conoces tú la

montaña y su sendero brumoso?»

Estos recuerdos de la canción de _Mignon_ han ido sumiéndome, durante

largo rato, en ideaciones vagas, informes, de una desoladora tristeza,

en deseos de languidez y de muerte.

He seguido como un autómata el camino, hasta llegar a Alba, y me he

parado a descansar a la sombra de un pequeño cementerio, algo retirado

de la carretera, sobre un altozano árido y pedregoso.

He mirado hacia dentro. En el camposanto, abandonado, las ortigas, las

cicutas, las digitales y las zarzas crecían con una fuerza salvaje. Ni

una lápida, ni una corona había resistido el impulso avasallador de la

flora parásita, bien abonada con los detritos humanos; sólo algunas

cruces de madera podrida se levantaban entre la masa espesa de los

hierbajos; un pájaro de pecho rojo y cola larga saltaba sobre una de

estas cruces y piaba dulcemente...

Al oírle, me he acordado de otra mañana suave, brumosa, del país vasco,

en que estuve oyendo los gorjeos de un ruiseñor.

Era cerca de Hasparren, un pueblo vascofrancés. Había estado más de

una hora, y hubiera estado la vida entera, como los encantados de las

historias infantiles, oyendo al ruiseñor, cuando las campanas de la

iglesia comenzaron a tocar, y el mágico cantor huyó. Entonces entré en

el pueblo a buscar una posada, y al mirar a la iglesia con cierto odio,

porque sus campanas habían interrumpido la serenata del ruiseñor, vi en

la torre escrita esta sentencia: _Ut fugitur umbra sic vita_ (Como huye

la sombra, así es la vida).

Aquel terrible apotegma me hizo el efecto de un golpe de maza.

Hoy se me ha venido a la imaginación contemplando el cementerio

abandonado de Alba, y al pájaro, que cantaba sobre un trozo de madera

podrida. Luego esta sentencia se ha convertido en un pesado estribillo

de mi cerebro. Y en el pueblo, y después en el barco, antes de llegar

y después de llegar a Ondara, mi espíritu no tenía mas que el mismo

comentario para lo que iba viendo y para lo que iba oyendo: _Ut fugitur

umbra sic vita_ (La vida huye como una sombra).

¡Adiós, amigo mío!--_J. H. Thompson_.»

EL VIAJE SIN OBJETO

PRÓLOGO

UNOS días después del rapto de la _Clavariesa_ estábamos charlando

en aquel espléndido mirador del castillo de Ondara, cuando Kitty, la

coronela, me preguntó si había escrito alguna relación de mis aventuras

desde que salí de Londres.

--Tengo varias notas--la dije--, pero dispersas y sin orden.

--¿Por qué no las ordena usted?--me preguntó ella.

--¿Con qué objeto?

--Para leérmelas a mí.

--Si usted lo desea, lo haré; pero le advierto que es muy probable que

tenga usted un desencanto. En mis andanzas no me han ocurrido grandes

cosas.

--No importa. Cualquier relato, aderezado con un poco de imaginación,

puede ser interesante.

--¡Ah! ya lo creo; pero es que yo no tengo imaginación.

--Se quiere usted excusar, Thompson.

--No, no. Créame usted. Lo único que quiero es prepararle a usted para

que no sufra un pequeño chasco.

--No lo sufriré. Esté usted tranquilo. Sus impresiones serán para mí

siempre interesantes.

--¡Oh! ¡Bondad!--exclamé yo--. ¿Por qué no guardaría entre mis papeles

unos parlamentos inéditos de Calderón, unos diálogos de Shakespeare,

unas baladas de Burns o unas páginas desconocidas de Mozart para

traérselas a usted?

--No tanta modestia, Thompson. Se quiere usted escabullir.

--No, señora. Cuando ordene mis papeles, aquí estoy.

--¿Da usted su palabra?

--Sí.

Me marché a la fonda de la Marina y comencé el arreglo de mis notas.

No era fácil, ni mucho menos. A veces, yo mismo no sabía lo que había

querido decir. Cuando concluí una parte de mi trabajo, con un gran

paquete de papeles, fuí a ver a mi amiga Kitty.

--_El viaje sin objeto_--leí en la primera página, con la voz velada

por la emoción.

--¿Lo llama usted así?--me preguntó ella.

--Sí; pero si lo encuentra usted mal, lo borro.

--No, no; me parece bien. ¿Le habrá dado usted este título significando

que ha hecho usted ese viaje a la buena ventura?

--Sí; eso es. Hubiera sido, quizá, más exacto llamarle «Viaje sin

objeto ni fin»; pero no he querido recalcar demasiado. ¿Sigo adelante?

--Sí; siga usted...

* * * * *

Realmente, este _Viaje sin objeto_ es posible que sea una tontería,

porque está escrito sin pies ni cabeza, de una manera confusa y

desordenada.

El señor Leguía, primer compilador de las _Memorias de un hombre de

acción_, tuvo que suprimir del _Viaje sin objeto_ una porción de

digresiones: itinerarios de caminos, clasificaciones botánicas, recetas

de cocina, reflexiones religiosas, y otras bagatelas que no venían a

cuento.

Thompson tenía el vicio de expandirse, de dispersarse en el comentario;

por otra parte, quería ser muy exacto. A la manera de Jorge Borrow,

Ricardo Fox y otros viajeros ingleses, se propuso escribir un viaje

con gran minuciosidad y lleno de detalles; pero como hombre perezoso

y olvidadizo, dejaba muchas de sus ideas en embrión, y únicamente

expresaba en un título lo que hubiera querido hacer.

En la gran hojarasca de cuestiones sin tratar y de reflexiones

inoportunas que apuntó Thompson, entró Leguía a saco, cortando y

rajando.

Después de la poda de Leguía, el editor actual ha tenido que hacer

nuevos cortes en el manuscrito, para dar al _Viaje sin objeto_ cierta

proporción de obra de arquitectura, o, por lo menos, de albañilería

modesta.

Ciertamente, Thompson no era un académico, ni un clásico, y es posible

que las tragedias de Racine le parecieran grandes monumentos de cartón

piedra.

También hay que reconocer que Thompson no se mostraba siempre hombre

serio y razonable, y que muchas veces parecía no comprender la

diferencia entre lo trascendental y lo fútil.

Lo único que se puede decir en su descargo es que Thompson no aspiró

nunca a terminar su _Viaje sin objeto_ en el Parnaso, porque, de ser

así, hubiera sido el suyo un viaje con objeto, y él creía que en el

segmento de nuestra limitada vida nada tiene objeto ni fin.

PRIMERA PARTE

UNA VIDA INSIGNIFICANTE

I

EL VIAJERO Y SU CANCIÓN

YO soy un hombre que ha salido de su casa por el camino, sin objeto,

sin saber por qué, con la chaqueta al hombro, al amanecer, cuando los

gallos lanzan al aire su cacareo estridente, como un grito de guerra, y

las alondras levantan su vuelo sobre los sembrados.

De día y de noche, con el sol de agosto y con el viento helado de

diciembre, he seguido mi ruta, al azar: unas veces, asustado ante

peligros quiméricos; otras, sereno ante realidades peligrosas.

Para entretener mi soledad he ido cantando, silbando, tarareando

canciones alegres y tristes, según el humor y el reflejo del ambiente

en mi espíritu.

A veces, al pasar por delante de una casa del camino, cantaba más alto,

gritaba, quizá con jactancia, queriendo ser escuchado.

Alguna ventana se abrirá--pensaba--y aparecerá un rostro simpático y

jovial.

No se abría ninguna ventana, no salía nadie; yo insistía cándidamente,

y al insistir iban brotando de aquí y de allá caras torvas, miradas

hostiles, gente en guardia, que apretaba el garrote entre las manos

huesudas.

Quizá les he ofendido--discurría yo--. Esta gente no quiere nada

conmigo, y seguía mi marcha, al azar, con la chaqueta al hombro, sin

objeto, sin saber por qué, cantando, tarareando y silbando...

Durante mucho tiempo, esta soledad, el graznido de las lechuzas, el

aullido de los lobos, me llenaban de angustia y de inquietud. Entonces

intentaba acercarme a la ciudad; pero al querer entrar en ella me

paraban en la puerta, y me ponían como condición, para pasar, el dejar

a la entrada unos sueños gratos, más gratos que la vida misma.

No, no; prefiero volver al camino--murmuraba--; y seguía marchando

con la chaqueta al hombro, al azar, sin objeto, sin saber por qué,

cantando, silbando y tarareando, estremeciéndome con los rumores del

campo, con el ruido del agua en el arroyo y el cantar agorero de las

cornejas.

Después, poco a poco, me dejaron entrar en la ciudad sin condiciones;

pero dentro de las calles me sentí ahogado, estrechado, sin poder

respirar, y volví de nuevo al campo...

Hoy, algún camarada me dice:

«Descansa aquí. ¿Por qué no vivir entre las gentes? Hay remansos

tranquilos, hay rincones donde no se miran unos a otros con faz torva y

amenazadora.»

Amigo--respondo yo--, yo soy un hombre de paso, algo que se mueve y no

arraiga, una partícula de aire en el viento, una gota de agua en el mar.

Ahora me sucede como al viajero que ha creído marchar a la casualidad

por el fondo de los barrancos, y al llegar a una altura, al ver el

camino recorrido, comprende que, a pesar de sus desviaciones y de sus

curvas, llevaba instintivamente un plan.

Ahora, en el río confuso de las cosas que pasan eternamente, siempre

cambiando y buscando su fórmula definitiva (el werden hegeliano), veo

mi existencia como una cosa que ha sido y que ha llegado a su devenir.

Ahora, la soledad no me entristece, ni me asustan los murmullos

misteriosos del campo, ni el graznido de las cornejas. Ahora conozco el

árbol en que cantan los ruiseñores, y la estrella que lanza su mirada

confidencial en la noche. Ya encuentro suaves las inclemencias del

tiempo y admirables las horas silenciosas del crepúsculo, en que una

columna de humo se levanta en el horizonte.

Y así sigo, con la chaqueta al hombro, por este camino que yo no he

elegido, cantando, silbando, tarareando.

Y cuando el Destino quiera interrumpirlo, que lo interrumpa; yo, aunque

pudiera protestar, no protestaría...

* * * * *

Este preámbulo, que parece que quiere ser alegórico, puso J. H.

Thompson a su _Viaje sin objeto_. Su única legitimación para estar aquí

es que es tan sin objeto como todo el libro.

II

DISECACIÓN Y FARMACIA

ENTRE el gran número de Thompsons que ha producido Inglaterra, yo soy

uno de ellos.

Mi padre era disecador de animales y tenía su casa y su taller en

Gray's-Inn-Lane, una callejuela que sale a Holborn Street.

El sitio, aunque céntrico, es poco frecuentado por gente rica, y

mi padre solía exponer sus ejemplares disecados en la mitad de un

escaparate que le cedía un frenólogo de Holborn Street, el señor

Fitzhamer, por veinte libras esterlinas al año.

A nuestra casa, bastante sombría y negra, apenas le daba el sol algunos

días de verano. Teníamos una ama de gobierno, la señora Webster; pero

esta señora llegó a adquirir tanta confianza con nosotros, que no nos

hacía caso.

Además, como decía una amiga suya suspirando, la señora Webster tenía

la desgracia de beber. Esta amiga quería dar a entender que el tomar la

costumbre de ir a la taberna era como padecer el tifus o la viruela.

La señora Webster había perdido la moral doméstica y le parecían

accidentes insignificantes y que no afectaban a su honor de ama de

llaves el que la carne estuviese quemada o las patatas crudas.

Mi padre no se quejaba. Era un tanto estoico. En sus buenos tiempos

había vivido con holgura y ganado mucho dinero; después fué cayendo, y

cayendo, hasta arruinarse.

Mi padre fué el Rey Lear de los disecadores, un Rey Lear sin Cordelia.

Las Cordelias no abundan en el mundo. Mi padre trabajó con afán por

conseguir la elevación de sus hijos, y, efectivamente, los elevó y

ellos le olvidaron.

Yo era el hijo más pequeño. Mis hermanos mayores se colocaron bien; mis

hermanas llevaron dote al matrimonio; mi padre, que había dado todo su

dinero a sus hijos, se quedó, el pobre hombre, sin un penique.

Mi padre se hallaba dispuesto a seguir arruinándose conmigo y llegar a

la mayor miseria.

Yo le recuerdo ya viejo. Era alto, robusto, con el pelo muy blanco y la

cara sonrosada.

No he conocido a mi madre, que murió cuando yo tenía pocos meses.

Desde la más remota infancia estoy acostumbrado a contemplar la ruina

como un estado natural de mi casa. Mi padre me puso en un colegio rico

hasta que no pudo pagar más, y entonces me sacó de allí con el pretexto

de que nos marchábamos de Londres.

Mientras estuve en el colegio, desde los diez a los catorce años, al

volver a mi casa me encontraba invariablemente en las vacaciones con

algo menos.

En la extrema necesidad, mi padre tenía que recurrir a empeñar y a

vender los mejores modelos de sus animales disecados, y yo vi salir de

nuestra casa leones, tigres y serpientes, ejemplares magníficos de piel

fina, brillante y sin zurcidos, y quedarse sólo en el taller los zorros

calvos, los flamencos desplumados y los buhos sin ojos.

--¡Cuántas veces he pedido inspiración a un caimán disecado o a un

buitre sin plumas para resolver el problema de la familia!

Yo tenía que elegir una manera de vivir. Mi padre no quería que me

dedicase al arte de disecar. Suponía que este oficio estaba en baja y

me hablaba mal de él. Así perdí yo la moral del disecador.

Mi padre tenía varios amigos que no le abandonaban en su desgracia:

uno de ellos era Fitzhamer, el frenólogo; otro, un disecador, el

señor Sammerson, personaje alto, grande, pomposo, irreprochable en el

vestir y adornado constantemente con un gran paraguas; y, por último,

un empleado de Fitzhamer, el joven Cheene, hombre delgadito, fino e

inteligente, que se dedicaba a armar esqueletos para los estudiantes de

Anatomía.

Se discutió entre todos la profesión que debía seguir, y la opinión de

los tres consultados fué que lo mejor sería que mi padre me llevara a

la farmacia de un cuñado suyo y tío mío farmacéutico, llamado Samuel

Cox.

Mi padre tenía viejos resentimientos con su cuñado Samuel; pero viendo

que era la única solución para mí, le habló a mi tío, y yo entré de

practicante en la botica.

Entonces mi padre deshizo su casa y su taller y entró de director en el

establecimiento de Sammerson.

Yo estuve en la botica de Cox cerca de tres años, y salí no por mi

culpa.

Mi tío Samuel era un solterón empedernido que vivía asistido por una

viuda, mistress Blount.

La tal señora tenía un hijo que estudiaba Farmacia fuera de Londres.

Era esta viuda una mujer de unos cincuenta años, ceñuda, mandona, con

anteojos y una papalina blanca.

Mi tío Samuel le tenía miedo y la esquivaba con mucho arte. Mi tío era

hombre de gran sagacidad, tan diplomático como Talleyrand y casi tan

egoísta. A fuerza de egoísmo se había hecho un completo poltrón, y las

recriminaciones le molestaban horriblemente.

Mi tío Samuel y yo nos hicimos pronto amigos. Al principio me trató

como a su dependiente, pero luego se convirtió en un camarada.

Así, mi infancia se ha deslizado parte en el taller de disecar y parte

en la botica de mi tío. He vivido al lado de una fauna y de una flora

exótica, en una fauna y una flora muerta y conservada.

En mi niñez he puesto mi hamaca entre los leones, las panteras y los

cocodrilos disecados; en mi adolescencia he recogido el maná como los

israelitas, el _sperma coeti_ como los balleneros y la canela de Cylán

como los vedas y los cingaleses.

Soy un hombre exótico, oriental y occidental, polar y ecuatorial. Soy

un planetario.

Los tres años de farmacia se interrumpieron con la llegada del hijo

de mistress Blount. Entonces hubo una serie constante de riñas, de

amenazas entre la viuda, su hijo y mi tío.

Un día supe con asombro que éste dejaba la botica. La viuda le había

puesto como condición, o casarse con ella o dejar la farmacia.

Mistress Blount tenía cartas en donde el tío Samuel le daba palabra de

casamiento.

Mi tío no vaciló en aceptar la cesación de la botica y se alejó del

barrio de Soho para siempre.

--Tú te vienes por ahora conmigo--me dijo. Y, efectivamente, yo, armado

de unos cuantos bártulos, me marché a su casa.

III

LOS LIBROS DE MI TÍO

A pesar de ser hijo de viejo, mi padre contaba más de sesenta años

cuando yo nací, soy hombre fuerte y de gran vigor.

Según Fitzhamer, el frenólogo, que nos cedía la mitad de su

escaparate, donde exponíamos nuestros ejemplares disecados por veinte

libras esterlinas al año, mis facultades más desarrolladas son la

adquisividad, la habitabilidad y la religiosidad. La vida no ha

destacado en mí estas condiciones pronosticadas por su frenologidad. Es

posible que la culpa sea mía.

No sé a punto fijo cuáles son las condiciones íntimas de mi carácter,

como no lo sabe nadie o casi nadie. La divisa délfica de conócete a

ti mismo no ha fructificado en mí. Respecto a los orígenes de mis

conocimientos, son el colegio, el taller de mi padre y la botica de mi

tío. En el colegio adquirí rudimentos clásicos; llegué al latín y un

poco al griego; en el taller de mi padre aprendí a disecar y algunas

nociones de zoología, y en la botica de mi tío comencé el estudio de la

química y de la botánica y abrí las obras de los grandes filósofos.

El tío Samuel se contaba entre los mejores bibliófilos de Londres.

Reunía libros y colecciones de estampas con una gran perseverancia.

Mientras estuve yo en la botica solía verle llegar todos los días con

paquetes de libros y rollos de papel.

Si se le hablaba del cliente que había venido por la triaca magna o por

el aceite de escorpión, todavía en aquel tiempo se usaban estas cosas,

escuchaba, al parecer, muy atentamente; pero la verdad era que no hacía

caso.

Cuando abandonamos la botica él y yo, fuimos a vivir a una estrecha

callejuela que comunicaba por un arco con la plaza llamada

Lincoln's-Inn-Fields. La casa era un edificio negro y alto, que tenía

delante un jardinillo desolado. Difícil hubiera sido encontrar una

vivienda que tuviera un aire más triste. El humo y la niebla habían

dejado sus paredes negras, los cristales de las ventanas empañados. En

el último piso tenía sus habitaciones mi tío. Estaban éstas llenas de

libros y de papeles.

Los libros constituían allí una vegetación parásita; asomaban por

encima de los armarios, por debajo de las sillas y de las mesas.

Todos los días mi tío solía hacer compras, y yo le acompañaba. Ibamos

a los baratillos, a las ferias, a las casas particulares. Mi tío tenía

alquilados varios cuartos pequeños en distintos barrios de la ciudad,

donde depositaba sus compras.

Yo, al ver estos rincones abarrotados de libros y papeles, le pregunté

qué quería hacer con tanto libro y tanta estampa, si quería venderlos o

regalarlos al Museo Británico; después, cuando comencé a tomarle gusto

a la caza del libro y de la estampa, comprendí que la bibliofilia y

la estampofilia, como todas las chifladuras humanas que amenizan la

existencia, tienen su fin en sí mismas. Mi tío pasaba por coleccionista

humilde, y si alguien le preguntaba si compraba libros, decía que no,

que sus medios no se lo permitían.

Ciertamente no era mi tío un bibliófilo bastante rico e ilustre para

pertenecer al Roxburg-Club de Londres; pero algunos de los individuos

de esta Sociedad le conocían y le habían invitado más de una vez al

banquete anual que celebraban en la taberna de Old-Saint-Albans,

invitación que mi tío Samuel aceptaba, porque además de bibliófilo era

un gastrónomo consumado.

A mi tío lo encontraba siempre en tratos y cabildeos con toda clase

de libreros, anticuarios, traperos, comerciantes de papel viejo y

encuadernadores. Uno de los hombres con quien tenía más negocios

pendientes era un comerciante de papel llamado Tick, dueño de una

tienda de White Hart Sreet, callejuela próxima a Drury Lane. Tick, hijo

de un judío alemán y de una irlandesa, era un viejo alto, de barba

cana, con los ojos azules y la expresión sonriente. En su tienda era

difícil entrar, por lo estrecha y negra. En la muestra apenas podía

leerse:

ABRAHAM TICK

COMERCIO DE PAPEL AL POR MAYOR Y AL DETALLE

De la tienda se pasaba a un pequeño patio atestado de papeles viejos.

Abraham Tick tenía un hijo de mi edad, William, muchacho fuerte y

guapo, con los ojos negros, las cejas rubias y el pelo negro.

Según el frenólogo Fitzhamer, hay que desconfiar de las personas cuyos

cabellos y cejas son de un color diferente. No sé si en todos los

casos; pero, al menos, en aquél, Fitzhamer tenía razón.

William Tick, a quien todos llamábamos Will Tick, se hizo muy amigo

mío; mejor dicho, yo me hice amigo suyo, porque al poco tiempo de

conocerle estaba sometido a su influencia.

IV

LA CASA DE ISRAELS Y PIPER

COMO mi tío Samuel vió que yo tenía afición a los libros, creyó debía

perfeccionarme en la bibliografía, y me llevó de dependiente a la casa

de Israels y Piper, de Chancery Lane.

Chancery Lane es una callejuela que baja de Holborn a Fleet Street.

Como muchas de Londres, tiene una especialidad; es una calle de gente

de toga, de librerías de Derecho y banqueros.

Entonces, supongo que ahora seguirá lo mismo, Chancery Lane estaba

formada por casas altas, de ladrillo, ennegrecidas por el tiempo, la

bruma y el humo, y acariciadas muy de tarde en tarde por los rayos de

un sol traducido al inglés.

Los colores de esta calle, la gradación de matices de sus paredes de

ladrillo, los encontraba yo muy agradables a la vista; tenían en tonos

obscuros las variaciones irisadas del coral y del nácar.

Las casas de Chancery Lane eran tan indiferentes y tan hostiles como

las demás londinenses, y un poco más: presentaban al transeúnte puertas

bien cerradas y claveteadas, verjas llenas de pinchos, rejas tupidas;

eran estas casas de leguleyos de lo más inhospitalarias, de lo más

fundamentalmente británicas que pueden ser unas casas, unas puertas y

unas rejas.

Próxima a la salida de Chancery Lane a Lincoln's-Inn-Fields, y casi

enfrente de Cursitor Street, se hallaba la librería de Israels y Piper.

Tenía en la puerta, sobre la pared roja de la casa, este letrero, medio

borrado por las lluvias:

ISRAELS & PIPER, LIMITED

EDITORES DE OBRAS DE HISTORIA, FILOSOFÍA

Y GENEALOGÍA

La librería de Israel y Piper tenía un escaparate pequeño, una tienda

reducida y casi siempre desierta, y después, un pasillo larguísimo.

Cualquiera hubiese pensado que aquel establecimiento no tenía apenas

importancia; pero a medida que se penetraba en él, se iba haciendo

mayor y mostrando sus grandes galerías de catacumba.

Por un lado daba el establecimiento de Israels y Piper al jardín de

Lincoln's-Inn-Fields, donde se hallaba instalada la imprenta.

Los depósitos de la casa eran inmensos; los libros formaban calles y

más calles, y de trecho en trecho, por encima de estas calles, había

puentes de tablas y más libros encima.

A algunos pasos de la tienda había una puerta que daba a un gran patio

enlosado y cubierto de cristales, y a todas horas estaban allí los

empleados embalando libros en cajas, que luego se cargaban en carros, y

a todas horas entraban los mozos de la imprenta, llevando montones de

papel en rama en la cabeza.

De los dueños, Israels era un judío de unos sesenta años, de ojos

claros, nariz cortante y perilla blanca. Tenía una amabilidad excesiva

y una mirada burlona.

La Ruta del Aventurero · 第 6 / 16 段