Siéntate; somos lobos de la misma carnada.
El _Farestac_ se sentó, mirando al hombre con sorpresa.
--¿Conoces esta tierra que está delante de nosotros?--dijo el Capitán.
--Sí.
--¿Bien?
--Mejor que nadie.
--¿Cuántas entradas hay en esta costa?
--¿Entradas?
--Sí. ¿Cómo les llaman aquí? Calas. ¿Cuántas calas hay?
--Tres--contestó el _Farestac_.
--¿Cómo se llama aquella de enfrente?
--¿Aquélla?
--Sí.
--Cala del Infern.
--¿Y ésta que está aquí cerca de la punta?
--La dels Capellans.
--Y la tercera, ¿dónde está?
--La tercera está doblando esta punta, y se llama dels Avions.
--¿Por alguna de ellas se puede subir?
--Por todas se puede subir.
--¿Por cuál es más fácil la subida?
--Por la del Infern.
--¿Has subido tú?
--Sí.
--¿Cuándo?
--Hará un año la última vez.
--¿A dónde se sale?
--Al cementerio del convento.
--¿Te daría miedo subir otra vez?--repuso el Capitán.
--Menos que a usted--contestó el salvaje marino sarcásticamente.
--A mí no me da miedo nada, hijo mío--repuso el Capitán, dando un nuevo
golpecito en el hombro del patrón y sonriendo.
El _Farestac_ miró a su interlocutor con curiosidad creciente.
--¿Qué van ustedes a hacer en la cala del Infern?--preguntó.
--Vamos a subir al convento.
--¿A qué?
--A robar una monja.
--Una _moncha_. ¿De verdad?
--Sí. Una _moncha_ joven y guapa. ¿Tú te llevarías una?
--Una joven y guapa ¡ya lo creo!--exclamó el _Farestac_ con los ojos
brillantes.
--Pues nada, escoge una y te ayudaremos. Formaremos una Sociedad
de Raptos y Empresas peligrosas reunidas. Razón social: Farestac,
Thompson, Rabec, etc., etcétera. Capital: el que se robe.
El _Farestac_, que no entendía bien lo que decía el Capitán, comenzó a
mirarle con mayor extrañeza. Quizá pensó que estaba loco.
Se comió en la parte baja del islote del Farallón, se pasaron las horas
pescando y al anochecer se tendieron todos a dormir.
Antes de amanecer, el _Farestac_ despertó a la gente. Se decidió que
el _Rabec_, a quien nada se había contado del proyecto, quedara en el
islote cuidando de la _Sargantana_ en compañía del _Dragó_. Los demás
se metieron en la lancha y se dirigieron hacia la costa.
En el mar palpitaban tantas estrellas, que su brillo tembloroso
producía el vértigo.
En media hora se acercaron a la cala del Infern. Amanecía.
No era aquella cala un pequeño golfo bien abierto e iluminado por la
luz del sol, sino un agujero irregular y tenebroso que comenzaba por
una hendidura estrecha.
Delante de esta hendidura había rocas basálticas blancas y grises que
formaban como restos de un gran palacio, del que quedaran arcos y
galerías rotos. Al borde mismo del agua salían pinos por las grietas de
las piedras. El bote se deslizó por entre los peñascos sobre el agua
inmóvil, que parecía de cristal, y penetró en la hendidura. Llegaron
hasta el fondo y ataron la lancha, y almorzaron.
Empezaba a entrar por arriba la claridad del sol y se iba viendo poco
a poco la extraña configuración de la cala. El mar aparecía blanco,
lechoso, entre dos paredes negras, húmedas, llena de oquedades; ya
fuera, era azul, con un color turbio de cristal; una red de meandros de
espuma cubría su superficie con un galoneado de plata.
Comenzó a sonar la campanita del convento de una manera charlatana y
alborotadora.
--Vamos a hacer nuestra inspección--dijo el capitán.
--Vamos--repuso el _Farestac_.
La hendidura era más estrecha en la boca que en el fondo. La cala
formaba dentro un seno irregular. Tenía allí unos sesenta pies de ancho
y ciento veinte de alto. El _Farestac_ aseguraba que había una senda
que a trechos se convertía en escalera y que llegaba a lo alto.
Se encontró un resto de camino que comenzaba por el lado izquierdo
mirando hacia el interior. Al principio iba en una pendiente suave;
luego se hacía más escarpado, rodeaba la cala y pasaba al lado
derecho. Hasta la mitad de la altura se logró subir con grandes
dificultades; luego había una parte de veinte pies como un lomo de
piedra resbaladizo, que se podía escalar trepando, agarrándose a las
rendijas. De aquí el camino pasaba por un resalto medio desmoronado por
las filtraciones del agua. Este resalto, que corría paralelamente a una
hendidura horizontal, se llamaba, según dijo el _Farestac_, el Pas de
la Rabosa.
El marino encontraba muy cambiada la senda de la cala del Infern desde
que él había estado la última vez.
Sin duda las aguas de lluvia habían ido deshaciendo y arrancando
grandes trozos de la arena y de la piedra calcárea, echándola al fondo
de la cala.
El Pas de la Rabosa terminaba en la pared de la derecha, en una oquedad
profunda, de donde salía otra senda a trechos con escalones que subía a
la parte alta del acantilado. Esta senda se hallaba interrumpida por un
desmoronamiento que dejaba unos quince pies sin paso.
Al llegar a la oquedad el Capitán se detuvo, y dirigiéndose a Thompson,
exclamó:
--Amigo Thompson, ¿tiene usted buena memoria?
--No; pero tengo un lápiz y un cuaderno que la substituye mal que bien.
--Bueno. Vaya usted apuntando todo lo que necesitamos para dejar
accesible la subida.
Thompson fué apuntando lo que le dijeron: garfios de hierro, varias
tablas, cuerdas, etc.
Arreglaron durante la mañana la subida hasta el Pas de la Rabosa.
Después comieron. Habían llevado un hornillo de hierro, donde se guisó
y se hizo café. El vino lo echaban a un porrón de hoja de lata, y de
allí bebieron todos a chorro.
Al comenzar la tarde hicieron una maniobra de importancia y de peligro.
Ataron con la cuerda por la cintura a Pascualet; tendieron después la
escalera de un lado del abismo al otro, sujetándola en una piedra lo
mejor posible, e hicieron que el muchacho atado pasara y afirmara la
escalera con grandes clavos por el otro lado.
Hecho este puente, cruzaron todos por él. Primero pasaron el _Farestac_
y el Capitán; después, Roque y Thompson. Les faltaba únicamente unos
cincuenta pies para llegar al borde superior de la cala del Infert;
pero esta subida no era difícil, porque había una buena senda. La
limpiaron quitándola hierbajos resbaladizos, y cuando comenzaba a
hacerse de noche salieron a lo alto del acantilado.
Ahora también la campanita del convento derramaba sus notas de cristal
en la calma del crepúsculo...
El _Farestac_ y el Capitán se acercaron al cementerio, mientras Roque y
Thompson quedaban en las esquinas de la tapia mirando a hurtadillas por
si llegaba alguien.
El capitán escaló la tapia del camposanto, y el _Farestac_ le siguió.
Se acercaron saltando tumbas a una puerta en arco que comunicaba con el
jardín del convento. Esta puerta, pintada de verde, estaba cerrada con
cerrojo y llave.
Por una rendija miraron y vieron a la superiora y a otra monja dando
instrucciones al jardinero.
--Hay que limar la lengüeta de esta llave--dijo el Capitán--. Teniendo
abierto esto, la fuga es fácil... Abriremos la otra puerta del
cementerio que da hacia el mar, y en un minuto la novia de Urbina puede
estar en el Pas de la Rabosa. Vámonos, _Farestac_. Por hoy ha concluído
sus funciones la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas.
Salieron el Capitán y el _Farestac_ del camposanto, y reunidos con los
otros dos y el chico, comenzaron casi a tientas la bajada por la senda
de la cala del Infern hasta llegar al mar.
--Añada usted a lo que necesitamos--dijo el capitán a Thompson--un par
de limas buenas y una tranca.
--Está bien.
* * * * *
Se embarcaron en la lancha. Llegaron al islote, y poco después la
_Sargantana_, como un tritón jovial y alegre que deja por primera vez
la férula de los maestros y de los padres, marchaba hacia Ondara con
las velas desplegadas.
XV
EL RAPTO
INMEDIATAMENTE que llegaron a Ondara el Capitán y Thompson fueron a ver
a Urbina. Este les mostró una carta de la _Clavariesa_, en la que se
mostraba anhelante por dejar el convento y dispuesta a escaparse.
--Bueno--dijo el Capitán--; puede usted escribir a su novia que pasado
mañana, a las siete de la tarde, el sábado, irá usted por ella. Dígale
usted que a esa hora en punto esté delante de la puerta del jardín
del convento que da al cementerio. Allí la esperaremos nosotros y
la llamaremos. La lengüeta de la puerta estará cortada. Que abra el
cerrojo y entre en el cementerio, y caerá en los brazos de su adorador.
Urbina escribió la carta con estas instrucciones, la mandó con una
paloma desde el castillo y para la tarde tenía la contestación.
La muchacha estaba con ansiedad esperando el momento de la fuga; se
colocaría a la hora de la cita delante de la puerta del jardín que
daba al cementerio y, al oír que la llamaban, descorrería el cerrojo y
pasaría.
--Esta noche saldremos a nuestra expedición--dijo el Capitán--. ¿Ha
pedido usted su licencia?
--Sí; Kitty se encarga de facilitármela.
--Después del rapto, ¿volveremos a Ondara?
--¿A usted que le parece?--preguntó Urbina.
--Yo, como usted, si tuviéramos buen tiempo y buena mar, seguiría hasta
donde se pudiera.
--Y usted, Capitán, ¿qué piensa hacer?
--A mí no me importa dejar esto.
--¿Y Thompson?
--Thompson, si quiere, se puede quedar aquí. Pasaremos por delante de
Ondara: hay que traer el bote; en él puede volver.
El viernes, por la tarde, Thompson y el Capitán mandaron llevar al
falucho todos los útiles necesarios para la expedición, y el Capitán
añadió su equipaje.
Salieron a media noche remolcando una lancha plana; hacía poco viento
y tardaron dos horas largas en llegar a la ensenada de Monsant; a
la luz de las estrellas se acercaron al islote del Farallón, ataron
la _Sargantana_, dejaron al _Rabec_ con el _Dragó_ de guardia en el
peñasco solitario, y con la lancha se acercaron a la cala del Infern.
El Capitán y Thompson subieron a lo alto del acantilado, saltaron la
tapia del cementerio y comenzaron a serrar la lengüeta de la cerradura
de la puerta que daba al jardín de las monjas. Para el amanecer habían
concluído su trabajo. De miedo que la puerta chirriase al abrirla
untaron sus goznes con aceite.
--La Sociedad de Raptos y de Empresas peligrosas reunidas es una
Sociedad prudente--dijo el Capitán--; el dinero de los asegurados puede
estar tranquilo.
--¿Qué capital social tenemos?--preguntó Thompson alegremente.
--El que se robe. No nos queremos distinguir de las demás Sociedades.
La puertecilla del cementerio que daba hacia el mar estaba podrida, y
de un empujón quedó abierta.
--¿Hay que hacer algo más?--preguntó Thompson.
--Nada, esperar.
Terminados estos preparativos, Thompson y el Capitán se acercaron
gateando al borde de la cala del Infern y se tendieron en la hierba.
--Creo que voy a pescar un magnífico reúma--dijo el Capitán, al echarse
en el suelo.
--En cambio verá usted un amanecer espléndido--replicó Thompson.
--¿Usted cree que compensa una cosa la otra?
--Hombre, según la importancia que se le dé al reúma.
--Y según la importancia que se dé a la contemplación del amanecer.
Comenzaba la hora tímida e indecisa de la mañana. Thompson, que era
hombre de cierta cultura clásica, recordó los celebérrimos y conocidos
dedos de rosa de la Aurora y habló de Faetonte y de Tithon.
--Ahora es la Aurora una muchacha púdica--dijo--, como una niña que
va a la primera comunión. No se atreve a mirarnos, lleva la cabellera
recogida y el cuerpo cubierto por su túnica blanca; dentro de poco será
como una bacante rubia, que nos envolverá con sus cabellos inflamados y
hará arder la tierra en rubíes y el mar en perlas y en diamantes.
--Así la quiero yo: enérgica, antirreumática.
--Destruye usted la poesía de las cosas, Capitán, con esos recuerdos de
tisanas y franelas.
--Es que yo soy un hombre antipoético por excelencia.
--No lo creo así.
El Capitán se entretuvo entonces en desarrollar ante su amigo Thompson
el funcionamiento de la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas
reunidas, que había ideado.
--Sabe usted lo que estoy pensando al oírle--dijo Thompson con seriedad.
--¿Qué?--preguntó el Capitán.
--Que tan fantástica es esa Sociedad como nuestros actos. Es usted una
sombra que está creando otra sombra.
--¡Bah! Literatura, amigo Thompson. ¡Sueños!
--Toda la vida es sueño, Capitán. Si en otro tiempo se hubieran
escrito nuestras aventuras, los eruditos de hoy supondrían que no
tenían realidad.
--No sé por qué.
--Lo supondrían. Y no crea usted que yo lo supongo igualmente. No. Yo
creo que somos hombres de carne y hueso--repuso Thompson.
--Yo también--dijo el Capitán--. Más hueso que carne; pero, en fin, hay
algo de carne.
--Eso lo dirá usted pensando en sí mismo, no en mí.
--Sí, me había olvidado de su opulencia, Thompson. Siga usted con su
argumento.
--Decía, que siendo nosotros hombres de carne y hueso ¡con qué
facilidad se nos convertiría en símbolos de un viejo mito!
--No veo la facilidad.
--Yo, sí. Figúrese usted los indicios que tendría el comentarista
al leer nuestra historia, para creer en un mito y en un mito solar:
primeramente, estamos en el solsticio del año; fíjese usted bien: ¡el
solsticio del año!; segundo, vamos a robar a una dama. Esta dama,
la _Clavariesa_, es una belleza, una gran belleza; por tanto, una
encarnación de Mithras, del sol, de Venus, del amor; el convento es
la noche, en que está guardada la luz; Urbina es Marte, enamorado de
Venus...
--Un Marte muy tímido--dijo el Capitán.
--El sacristán del convento es Vulcano. Usted ha dicho que es cojo.
--Y lo repito.
--El _Farestac_ es la naturaleza salvaje, que se pone a favor de los
enamorados.
--¿La _Sargantana_?
--La fuerza del mar.
-¿Y yo?
--Usted será, probablemente, una encarnación de Mercurio, dios de los
comerciantes y de los ladrones, lleno de recursos para todo.
--¡Gracias!
--Pascualet y yo seríamos espíritus auxiliares de poca importancia.
--¿Y Roque?
--Roque, la fidelidad, que en vez de vestir de blanco y llevar una
llave y un perro, va vulgarmente de asistente en la vida de los
fenómenos.
--No falta mas que el _Rabec_--dijo el Capitán.
--El _Rabec_ es un servidor del Cerbero, del _Dragó_, de ese perro
de aguas que nos parece insignificante y que el comentarista daría
proporciones de dios infernal. Respecto a esta cala, que se encuentra
a nuestros pies, unos dirían que era la caverna de Ténare, con sus
fauces abiertas, por donde bajaron Hércules y Orfeo a los infiernos,
según Virgilio; otros, que el antro de la serpiente Python; pero el
comentarista filósofo y racionalista comprendería que esta cueva
simbolizaba la humedad y la lobreguez de la tierra cuando no ha sido
acariciada aún por los rayos del sol. Ahí tiene usted una pequeña trama
mitológica, en donde aparecen Venus, Marte, Mercurio, Vulcano, con
acompañamiento de fuerzas de mar y tierra. Vea usted, Capitán, cómo
nuestros cuerpos mortales pueden tomar las apariencias de un símbolo.
--Descendamos, amigo Thompson, a las realidades de la vida--dijo el
Capitán--, porque esta bacante rubia de la Aurora empieza ya a molestar
un poco.
--Descendamos a la cala del Infern--repuso Thompson...
El Mediterráneo se extendía verde, cerca de la costa; más lejos, azul
intenso. El viento era vivo, y las olas, al romperse, llenaban de un
rebaño de corderos blancos la superficie del mar.
El Capitán y Thompson volvieron al interior de la cala y ayudaron al
_Farestac_, a Roque y a Pascualet en el trabajo de dejar la bajada más
fácil.
Urbina estaba en el colmo del asombro al verse metido en aquel rincón
fantástico.
Almorzaron y comieron allá, y al caer de la tarde comenzaron los
últimos preparativos. Se hizo que Urbina subiera y bajara desde lo alto
del acantilado hasta el mar, para que se acostumbrara.
Urbina y el Capitán se colocaron en el cementerio. Thompson estaría en
el Pas de la Rabosa con una antorcha, que encendería al ver llegar a
la _Clavariesa_; Roque y el _Farestac_, en las cuestas resbaladizas, y
Pascualet, al cuidado de la lancha.
A las siete menos cuarto, el Capitán y Urbina salieron de la cala
gateando para que nadie les viera, y corriendo por el borde del
acantilado entraron en el cementerio.
Urbina tenía un aspecto encogido y avergonzado.
--Amigo Urbina--le dijo el Capitán--, hay que adoptar una postura
gallarda. La naturalidad y el encogimiento modesto no se han hecho
para los héroes. Recuerde usted a Napoleón, que tomaba lecciones de
prestancia de Talma.
Urbina sonrió.
Cruzaron los dos el cementerio y se acercaron a la puerta que daba al
jardín de las monjas.
Miraron por una rendija.
--Se acerca ella--dijo Urbina de pronto, con el corazón palpitante.
--Háblela usted--murmuró el Capitán.
--Cuando venga.
--Ande usted. No vaya a creer que no hay nadie.
--¿Estás ahí?--preguntó Urbina con voz ahogada.
--Aquí estoy.
--Pregúntele usted si no la observan.
--¿Hay alguna monja en el huerto?
--Ahora, sí. Espera un instante.
Esperaron unos minutos.
--Ya no hay nadie. ¿Abro?
--Sí.
La _Clavariesa_ descorrió el cerrojo y empujó la puerta, cuyos viejos
y enmohecidos goznes chirriaron, y la muchacha pasó al cementerio. La
_Clavariesa_ dió la mano a Urbina, que no se atrevió a besarla.
El Capitán sujetó la puerta con una tranca.
--¡Adelante!--dijo--. Ya sabe usted el camino.
La _Clavariesa_ y Urbina salieron del cementerio. El Capitán miró por
el resquicio de la puerta. No aparecía nadie en el jardín del convento.
Cerciorado de la tranquilidad que había, corrió por el cementerio, se
deslizó a gatas por el talud y entró en la cala del Infern.
--La Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas es una Sociedad
prudente--dijo en voz alta--, y el dinero de los asegurados se halla en
buenas manos.
--¿Estamos ya?--preguntó Thompson.
--Sí.
El inglés encendió su antorcha.
La _Clavariesa_, muy dueña de sí misma, comenzó a bajar la senda y
cruzó el Pas de la Rabosa riendo. Urbina, con la emoción y el vértigo,
vacilaba y tuvo el Capitán que sostenerle.
--¡Animo!--le dijo éste--; un momento de esfuerzo. Hay que dominar los
nervios rebeldes. No vaya usted a estropearnos los dividendos de la
Sociedad.
Urbina se rehizo y siguió bajando el sendero hasta el mar.
Afortunadamente para él, estaba obscuro y su novia no pudo notar su
turbación.
Al llegar al bote se dejó sitio a Urbina y a la _Clavariesa_ en la
popa, y los demás quedaron reunidos a proa.
--¿Qué, no salimos?--preguntó la muchacha alegremente.
--Esperamos a que sea de noche completa para que no nos vean.
Serían las nueve cuando la lancha se deslizó por la hendidura de piedra
de la cala del Infern y se dirigió al islote del Farallón.
Urbina había consultado con su novia si volver a Ondara o seguir
adelante, y ésta fué partidaria de seguir adelante.
Entraron todos en la _Sargantana_ y ataron el bote a popa.
Hacía viento y las olas venían erizadas de espuma. La gran vela
latina del barco se extendió en el aire y blanqueó pálidamente en la
obscuridad; después se largó el foque. La _Sargantana_ se acercó a una
milla de Ondara.
Se veía en el ambiente de la noche estrellada la vaga silueta del
castillo y algunas luces que brillaban aquí y allá en el pueblo.
--Bueno, Roque y yo nos vamos en la lancha--dijo Thompson.
Thompson abrazó al Capitán y a Urbina, y estrechó la mano de la
_Clavariesa_; Roque se despidió emocionado del teniente y bajó al bote.
La barca estuvo un momento inmóvil; Thompson y el soldado comenzaron a
remar. Cuando volvieron la cabeza hacia atrás, la _Sargantana_ había
desaparecido...
* * * * *
A la hora en que la luz de la mañana comienza a filtrarse por entre las
nubes; a la hora en que palidece Venus y lanza sus últimos destellos
Syrio; a la hora en que las brumas se evaporan y aparece el mar azul
con sus meandros de espuma, bajo la gran claridad gloriosa del sol;
a la hora en que se abren las puertas del día y Faetonte galopa
arrastrando el carro de la Aurora por el incendio del cielo, comenzaron
a tocar a rebato las campanas de Monsant.
Algo grave ocurría a las buenas hermanas para producir tanta alarma.
Las gaviotas que hacían su primer viaje de exploración por entre las
rocas quedaron sorprendidas de este campaneo insólito; las palomas que
revoloteaban alrededor del convento se alejaron en son de protesta;
las golondrinas y los vencejos chillaron más; el mismo islote del
Farallón pareció asomar su lomo puntiagudo como un delfín sobre las
aguas preguntándose la causa de este alboroto.
Poco después, desde lejos, se vió entrar en el cementerio unas siluetas
negras, las de varias monjas, dirigidas por la superiora de la
Comunidad. Fueron de aquí para allá mirándolo todo; luego se acercaron
a la cala del Infern y huyeron de ella rápidamente, haciéndose cruces...
Y, mientrastanto, las campanas de Monsant seguían tocando a rebato
desesperadamente...
EPÍLOGO
_«Málaga, julio de 1827._
SEÑOR don Eugenio de Aviraneta.--En Veracruz.
Mi querido Capitán: He recibido su carta con los informes comerciales
que le pedí acerca de esa plaza. Muchas gracias por su diligencia
y amabilidad. De nuestros amigos de Ondara no le puedo dar buenas
noticias. El médico don Jesús, que está ahora aquí, me ha hablado de
ellos.
El comandante don Santos, el que usted suponía, y con motivo, que
era un agente del Angel Exterminador, preparó un lazo contra nuestra
amiga Kitty y Eguaguirre, e hizo que el coronel los sorprendiera en el
mirador del castillo: a él, estrechando por la cintura a Kitty; a ella,
con la cabeza apoyada en el hombro del teniente. La escena debió de ser
terrible; al coronel, que ya estaba predispuesto a la apoplejía, le dió
un ataque, y quedó baldado y paralítico.
Todo el mundo se enteró en Ondara de lo ocurrido, y el escándalo en el
pueblo fué sonado. Figúrese usted la alegría de las gentes que se creen
virtuosas porque van a la iglesia, al saber la deshonra efectiva de la
coronela. Kitty ha estado cuidando a su marido. ¿Y sabe usted lo que ha
hecho Eguaguirre? Ha pedido el traslado y se ha marchado a Barcelona,
donde anda de garito en garito. Tras de la muerte del coronel, Kitty,
sola, abandonada, influída por los curas de Ondara, ha entrado en el
convento de Monsant.
Este Eguaguirre, que siempre me fué odioso por su egoísmo y por su
brutalidad, ha deshonrado, ha abandonado a nuestra pobre Kitty, tan
ingenua, tan cariñosa, tan buena.
¿Se marchitará en la soledad, en ese suicidio lento del claustro, esta
mujer tan digna de ser feliz? Yo espero que no.
Es de usted muy amigo, _J. H. Thompson_.»
* * * * *
«_Ondara, diciembre de 1827._
Señor don Eugenio de Aviraneta.--En Nueva Orléans.
Querido Capitán: Le escribo a usted desde este pueblo, que tiene para
mí profundos recuerdos desde la época en que fundamos la Sociedad de
Raptos y Empresas peligrosas reunidas.
En el tiempo que he estado aquí me han contado muchas cosas, y todas
tristes. Kitty me dicen que se encuentra enferma en el convento de
Monsant; parece que está dando pruebas de santidad. No se la puede
visitar.
La pareja Clavariesa-Urbina vive en Valencia, y no son tampoco muy
felices. La _Clavariesa_ domina a su marido; le trae, le lleva, le
reprocha que es pobre. Las observaciones acerca de la teoría analítica
de las probabilidades de Laplace, de mi pobre amigo, se van a quedar
en el tintero. De las dos parejas que tanto nos interesaban en Ondara:
Kitty-Eguaguirre y Clavariesa-Urbina, las dos han terminado mal; en las
dos ha caído lo peor y lo más bueno.
Como dice el refrán español: «Siempre se quiebra la cuerda por lo más
delgado». ¿Conoce usted las _Afinidades electivas_, de Goethe? Formulo
la pregunta tontamente. Ya sé que no quiere usted nada con el astro de
Weimar.
¿Sabe usted que he visto al _Farestac_ y me ha preguntado por usted?
Tiene un recuerdo de nosotros extraordinario. Me ha dicho que si
estuviera usted cerca iría a reunirse con usted. Sigue tan salvaje como
antes.
La verdad es que cuando vive uno en un mundo tan bestial como el
nuestro dan ganas de marcharse a una isla como la del Farallón, y no
tener más amigos que los delfines y los atunes.
A pesar de estos lamentos pasajeros, ya sabe usted que soy un optimista
rival del doctor Pangloss, y que pienso persistir en mi optimismo.
Su amigo cariñoso, _J. H. Thompson_.»
* * * * *
«_Ondara, mayo de 1831._
Señor don Eugenio de Aviraneta.--En Bayona.