de alrededor compraban y cargaban pescado en carros pequeños, y con tal
motivo había gran movimiento de ir y venir.
Los viajeros, dirigidos por Kitty, cruzaron por entre los pescadores,
salieron a una calle del pueblo y entraron en la posada.
--¿Qué hora es?--preguntó Kitty.
--Las ocho.
--Entonces tenemos que esperar una hora a que vengan la tartana y los
caballos.
Salieron todos a una galería del mesón que daba hacia la playa.
Al lado del mar había un conjunto de chozas, unas de paja, otras
de tablas, en cuyos cobertizos y tejados se amontonaban cuerdas de
esparto. Entre barca y barca se secaban al sol las ropas de los
marineros. Los chicos y las mujeres cavaban con la azada pequeños
canales en la arena, para que las barcas que partían se deslizasen
hacia el mar, y ayudaban a subir a las que llegaban, tirando de una
cuerda que pasaba por dos poleas.
A las nueve en punto, la moza del mesón avisó que estaban la tartana y
los caballos en la puerta, con el asistente de Urbina.
Kitty notó en aquel momento que el Capitán llevaba en la mano un bulto
cuadrado cubierto de tela.
--¿Qué lleva usted ahí?--le dijo.
--Es un secreto.
--¿No lo puedo yo saber?
--Sí; es una jaula. Póngala usted en el coche, ya le diré a usted luego
para qué es.
Las señoras y el médico subieron en la tartana; los demás, en los
caballos, y se dirigieron todos por una rambla llena de polvo, y
después por una cuesta pedregosa, a escalar la parte alta de un
acantilado, por donde corría un camino de herradura. Este camino, la
Volta del Rosignol, iba rodeando el monte hasta dominar la ensenada del
Monsant, una ensenada casi redonda con un islote en medio, el islote
del Farallón. A un extremo de la ensenada estaba el convento.
Al llegar sobre la altura y comenzar el descenso del camino, el caballo
de la tartana salió con un trote descompasado, agitando la collera
y un cucurucho de cascabeles que llevaba fijo en ella y que sonaba
estrepitosamente en la marcha.
Los jinetes picaron la espuela a sus caballos, y en hora y media
estaban todos en el convento.
XIII
EL CONVENTO
ERA un magnífico lugar aquel en donde se asentaba el monasterio.
Se hallaba en una alta explanada del Monsant, al borde mismo del
acantilado de la costa; tenía delante un bosquecillo de olivos; encima
de éste, un pinar, y más arriba, cimas ásperas y pedregosas; abajo se
extendía el mar, en cuya superficie luminosa se dibujaba la sombra del
islote. Al acercarse al convento, por la Volta del Rosignol, se veía,
primeramente, la torre por encima de los viejos y mugrientos tejados,
entre los cipreses del camposanto; luego se abarcaba todo el conjunto
del edificio, circundado por una muralla con aspilleras y rejas. Dentro
de esta muralla se encerraba la iglesia, la vivienda, el jardín y el
claustro.
Entre el convento y el bosquecillo de olivos había un raso ancho y
empedrado, con una cruz de piedra en medio.
En aquel momento, un mendigo, envuelto en una anguarina parda, dormía
al sol.
Llegaron la tartana y los caballos a la plazoleta; se detuvieron y
bajaron los viajeros.
Un arco de la muralla entre dos columnas, con una puerta claveteada
y pintada de azul, daba acceso al primer patio. En el fondo de éste
se levantaba la iglesia, una fachada barroca con guirnaldas y grandes
tejas con celosías. Encima de la puerta, contorneada por una moldura
retorcida de piedra, había una hornacina con una Virgen antigua
esculpida por algún artista gótico, y a los lados de ella se destacaban
dos grandes escudos coloreados. La fachada remataba en una torre
adornada con varios jarrones y tres campanas.
En el patio, los arrayanes decrépitos y mal cortados trazaban un
rectángulo, y en medio de éste se levantaba una gran taza de mármol,
musgosa, olvidada y triste, que en otro tiempo debió de estar
embellecida y animada por el chorro vivo de un surtidor de agua clara.
Kitty y los amigos atravesaron el patio y se acercaron a la iglesia.
--Thompson y yo esperaremos aquí un momento--dijo el Capitán--, luego
entraremos.
Kitty, con la mujer del doctor, el doctor y Urbina, pasaron al patio,
y Thompson y el Capitán quedaron fuera con el asistente de Urbina y el
tartanero.
--Oye, muchacho--le dijo a éste el Capitán.
--¿Qué quiere usted?
--Pasa por ahí y llama al jardinero o al portero, y dile a cualquiera
de ellos que te venda dos palomas, y pregúntale si todas las semanas
podrán vender otras dos.
--Bueno.
--Toma--y el Capitán le alargó unas monedas.
--¿Ya, cuidarán ustedes de la tartana?
--Sí, estaremos aquí.
El tartanero entró en el convento y volvió al poco rato con dos palomas
grises.
--¿Qué han dicho?--preguntó el Capitán.
--Que venderán todas las que se quieran. Ahí tiene usted la vuelta.
El Capitán dió una propina al muchacho y cogió las dos palomas, las
examinó, las encerró en la jaula y ésta la dejó dentro de la tartana.
--¿Qué vamos a hacer ahora?--preguntó Thompson.
--Yo voy a entrar--dijo el Capitán--; usted se queda aquí, inspecciona
esto y me hace un pequeño plano del conjunto del edificio y de sus
alrededores.
--¡Pero entonces no voy a ver el convento!
--Y a un luterano como usted, ¿qué demonio le importa ver un convento
de papistas?
--¿Y el arte?
--¡Qué arte! No sea usted amanerado, Thompson. ¿No es una obra de
arte el intentar, como intentaremos nosotros, si se puede, robar
una señorita de un convento? Le creía a usted superior a esas
supersticiones.
--No he dicho nada. Es usted el Capitán y le obedezco.
--Bueno. Hasta luego entonces.
Entró el Capitán en el patio, lo recorrió y pasó a la iglesia, y
después al claustro. Aquí se reunió con Kitty y sus amigos, que estaban
en compañía de la superiora y de una mujer de una belleza espléndida,
vestida de negro. Era la _Clavariesa_. La _Clavariesa_ hablaba con
Kitty, al parecer, come con una amiga íntima.
Precediéndolos a todos iba un sacristán cojo, vestido con una túnica
negra y armado de un llavero, abriendo puertas.
El Capitán se acercó a Urbina y le preguntó, señalando a la
_Clavariesa_:
--¿Es la novia de usted?
--Sí.
--La puede usted decir unas palabras?
--Sí.
--Dígale usted que una paloma gris que llegará el domingo, por la
mañana, a las doce del día, le traerá noticias de Ondara y de usted.
--¿Qué quiere usted decir con eso?
--Usted dígaselo en seguida. Que espere la llegada de la paloma.
Urbina, apretado de cerca, dió el encargo a la _Clavariesa_.
Siguieron todos visitando el convento.
* * * * *
Mientrastanto, Thompson tomaba notas y apuntes desde fuera.
Comenzaba a hacer calor; la luz cegaba y el tiempo invitaba a la
pereza. Las cigarras llenaban con su chirrido el silencio del campo.
Thompson no sabía el propósito definido del Capitán. Hizo primero un
croquis de los alrededores del convento y de la cima del Monsant, que
tenía en uno de sus cabezos una atalaya derruída, del tiempo de los
moros.
Después dibujó el conjunto del monasterio desde la Volta de Rosignol,
con sus grandes tapias, su arco de entrada, su torre, sus tejados
musgosos y sus cipreses negros y afilados.
Luego, abandonando el camino y alejándose de la costa, subió a un
bosquecillo de olivos. Estos árboles centenarios, negros y retorcidos,
parecían pulpos monstruosos de muchos brazos y de muchas manos que iban
ascendiendo penosamente la montaña.
Desde aquella altura se veía la huerta del convento con una gran
alberca cuadrada, en la que el agua negra verdeaba. Detrás de los
perales y de los melocotoneros asomaban los cipreses melancólicos del
cementerio, como detrás de la vida aparece la muerte. Sobre el mar azul
revoloteaban algunas gaviotas y sobre la tierra, algunas palomas.
Thompson dejó el bosquecillo de olivos y subió por un pinar hasta la
parte alta de una cima, desde donde se dominaba la costa al prolongarse
hacia el norte. Al principio quedó extrañado; enfrente brillaba un
peñón calcáreo erguido sobre una playa. El sol le arrancaba unos
reflejos tan extraños que aquella roca gigantesca, blanca, roja y
amarilla, parecía el fantasma de un monte vigía del mar azul.
Thompson estuvo contemplando aquella roca un momento para cerciorarse
de que tenía realidad; luego temió quedar retrasado, cruzó el pinar y
el bosque de los olivos y bajó a la puerta del monasterio.
Serían las once cuando los visitantes de Monsant salieron al patio.
--¿Y por qué no ha entrado Thompson?--preguntó Kitty.
--Tenía que hacer un encargo mío--repuso el Capitán.
--¡Qué egoísmo! ¿Por qué no lo ha hecho usted?
--Es que él sabe más geología que yo, y necesitaba examinar unas
piedras. Además de que los aires papistas no convienen a los luteranos.
--No diga usted papistas. ¡Qué horror!
--¿Es usted ferviente católica, Kitty?
--Lo más ferviente que puedo.
Entraron unos en la tartana, montaron los otros a caballo y volvieron
al mesón de Alba, a comer.
--¿Qué le ha parecido a usted la _Clavariesa_?--preguntó Kitty al
Capitán.
--Muy bien; una mujer espléndida.
--Cuando estaba en Ondara querían encontrar rivalidad entre ella y yo.
¡Qué tontería, verdad!
--¡Sí!; hay demasiada diferencia entre ella y usted--dijo el Capitán.
--¿Verdad?
--Enorme.
--¿Tanta, tanta, cree usted?
--Es como comparar una estrella, no con un gusano de luz, huyamos de
las exageraciones, como comparar una estrella de luz propia con un
planeta.
--¿Y ella es la estrella de luz propia?
--No, la estrella es usted.
--Gracias, Capitán, es usted muy galante.
--Es usted como esas estrellas pequeñas, brillantes, intensas, que
lanzan una mirada que vibra en el aire.
Kitty tomó un aspecto mixto de coquetería y de tristeza.
--Me gustaría saber, la verdad, lo que piensa usted de mí--dijo.
--Lo que siento de usted. Sencillamente, que es usted una mujer
admirable.
--Se quiere usted reír de mí.
--No, no. Es usted una mujer encantadora.
--Con eso quiere usted decir que soy loca, temeraria... ¿verdad?
--¿Y quién no lo es? Solamente las gentes mezquinas saben hacerse un
escudo con los lugares comunes y las preocupaciones generales para
vestir su mezquindad. La poca gente noble que hay en el mundo, esa va a
pecho descubierto; si le hieren de un flechazo, la flecha penetra hasta
el corazón; si va por un precipicio y se desliza, la caída es hasta el
fondo...
--Me da usted miedo--dijo Kitty--, debe usted odiar a la sociedad.
--La odio... y la desprecio--contestó el Capitán en tono sombrío.
--Pero sin sociedad, ¿cómo podríamos vivir?
--No sé; ni me importa pensarlo.
--Es necesario que haya leyes.
--Sí; así al menos hay la satisfacción de violarlas--replicó el Capitán
en tono sarcástico.
--Y de Eguaguirre, ¿qué piensa usted?
--¡Eguaguirre!... Tiene un perfecto egoísmo a cubierto de todo ataque.
Garitas, baterías, hornabeques, galerías cubiertas: su fortaleza es
inexpugnable. No se perderá por amor al prójimo.
--¿Tan malo le cree usted?
--No; malo, no. Egoísta, frío, petulante. Tiene grandes condiciones de
conquistador.
Kitty escuchó nerviosa y demudada. Al tranquilizarse un poco dijo:
--¿También tiene usted mala opinión de Urbina?
--No. ¡Ca! Urbina es un santo varón. Entre hacer de víctima o de
verdugo, preferirá hacer de víctima; entre ser martillo o yunque,
elegirá ser yunque. Yo le respeto y le reverencio, y si llega su
martirologio le dedicaré un recuerdo y una piadosa lágrima.
Comieron en el fonducho de Alba y, después de pasar un rato de
sobremesa y esperar a que transcurrieran las horas calurosas de la
tarde, marcharon a la playa y entraron en la _Joven Rosario_.
El asistente de Urbina y el tartanero fueron a Ondara por tierra, dando
una gran vuelta.
Kitty, que se había sentado a popa, se fijó en el envoltorio que
llevaba el Capitán.
--No me ha dicho usted para qué es la jaula--dijo.
--¿Y quiere usted saberlo?
--Sí.
--Pues llevo aquí dentro dos palomas.
--¿En dónde las ha cogido usted?
--¿Cree usted que las he robado? No. Comprendo que hubiera estado más
en carácter robándolas; pero me he contentado con comprarlas en el
monasterio.
--¿Y para qué las quiere usted?
--Una de ellas servirá para llevar la carta que nuestro amigo Urbina
escribirá a su amada.
--¡Qué idea! Pero tendría que estar advertida la _Clavariesa_.
--Lo está.
--¿Y la contestación?
--Yo supongo que se necesitarán dos cartas para que haya contestación.
Si la muchacha se aviene a entrar en correspondencia con Urbina, se le
enviarán palomas del castillo, de regalo, que desde el momento que las
suelte volverán a su palomar.
--¡Bravo! Es usted un hombre de recursos, Capitán.
Se desembarcó en Ondara al anochecer, y el Capitán y Thompson se fueron
a la fonda de la Marina.
Por la noche, los dos dijeron a Urbina que podía escribir una carta a
la _Clavariesa_, que iría al convento llevada por una paloma.
Urbina, al saberlo, quedó intranquilo y nervioso, y se puso hacer
borradores, que consultó con Thompson, a quien consideraba hombre más
susceptible de sentimentalismo que el Capitán.
Dos días después había que enviar la paloma mensajera. Se leyó la carta
definitiva, que se sometió al juicio de Kitty. Kitty hizo algunas
observaciones de psicología femenina muy agudas, que Urbina atendió,
y por la mañana del domingo subieron Urbina, Thompson y el Capitán al
Mirador del castillo. Kitty tomó entre las manos una de las palomas y
estuvo acariciándola. Según Thompson, era un ejemplar de la _Columba
Tabellaria_. Esta clase, de pequeño tamaño, es de gran instinto
viajero. El Capitán cogió la carta de Urbina, la dobló y la ató con
una cinta en el ala de la paloma. Luego Kitty dejó el ave mensajera en
el pretil del Mirador. La paloma dió unos pasos a un lado y a otro,
después se lanzó al aire, trazó una gran curva para orientarse, se
dirigió como una flecha hacia Monsant, y desapareció.
--He escrito una tontería--dijo Urbina--. Va a creer que soy un imbécil.
--Ya no puede usted recoger la carta del correo--exclamó el Capitán
burlonamente.
--Se va a reír de mí.
--¡Qué se ha de reír!--exclamó Kitty.
--¿Cree usted que no?
--No. Claro que no. Es usted el hombre más notable que he conocido en
mi vida.
--¿Cómico? ¿Grotesco?
--No. Delicado. Un carácter bueno, generoso.
Urbina, en un arranque de emoción, se acercó a Kitty y le cogió la mano
con intención de besársela; luego no se atrevió y quedó en una actitud
de perplejidad triste.
Al día siguiente Kitty escogió una paloma con pintas del palomar del
castillo, la metió en una jaula, puso en un cartón atado el nombre de
la _Clavariesa_ e hizo que se la llevara un cosario que recorría los
pueblos de la costa y que pasaba por Alba y por el convento de Monsant.
A los dos días la _Clavariesa_ contestaba, y Urbina estaba loco de
contento.
XIV
LOS ARGONAUTAS
EL Capitán, a quien habían asegurado que no corría el menor peligro de
ser detenido, decidió quedarse en Ondara hasta el final de la aventura
de Urbina.
Los amores de Kitty y Eguaguirre seguían en el mismo estado de amable
galanteo; la gente sospechaba; pero nadie tenía un indicio claro de la
intimidad de los amantes.
A las dos semanas de cruzarse cartas entre la_ Clavariesa_ y Urbina, el
oficial, por consejo de sus amigos, se puso al habla con la tía de su
novia.
Esta señora recibió a Urbina muy amablemente, y le dijo que Fenoller,
el tutor, no cedería de ninguna manera mientras tuviera poderes. Había
decidido que Dolores se casara con su hijo, y esta solución le parecía,
porque le convenía a él, tan buena, que no aceptaba otra.
El despotismo de Fenoller había producido tal protestes y oposición en
la tía de Dolores, que estaba deseando encontrar cualquier medio para
chasquear al despótico tutor.
Urbina, al ver lo bien dispuesta que se hallaba aquella señora, pensó
que debía hacer un gran esfuerzo.
Consultó con su amigo Thompson y después con el Capitán.
--¿Usted cree que ella estará dispuesta a escaparse con usted?--le
preguntó el Capitán.
--Yo creo que sí.
--Pregúnteselo usted claramente. Si acepta organizaremos en seguida el
plan de evasión.
--Creo que aceptará.
--Pues nada ¡adelante!, como decía el general Blücher cuando se ponía
la pipa en la boca y un sombrero de mujer en la cabeza. Thompson y yo
prepararemos el rapto. Usted se queda en el pueblo. Fenoller parece que
vigila a Eguaguirre, pero no a usted. Si supiera que faltaba usted de
aquí comenzaría a sospechar. Usted obtenga la contestación categórica
de la chica. Le dice usted que su tutor no cede y que la tía está de
acuerdo con usted.
--Eso haré.
--Y mientrastanto nosotros estudiaremos el terreno.
--¿Qué van ustedes a hacer?
--Como yo supongo que por tierra no se puede intentar nada,
alquilaremos un falucho por un par de semanas y reconoceremos los
alrededores del convento.
--Yo les cederé Roque, mi asistente. Es listo como un diablo.
--Lo conozco. Necesitaremos tres o cuatro hombres más.
--Eso se encuentra fácilmente.
--Sí; creo que sí. Pongámonos de acuerdo. Nosotros, de todas maneras,
alquilamos el falucho; si no se puede emplear en la evasión, se perderá
el dinero, y nos pasearemos.
--Bueno; no importa.
--En seguida que nos hagamos con el falucho inspeccionaremos la costa
y veremos las posibilidades de la empresa; usted, mientrastanto, habrá
escrito a su novia y recibido la contestación. ¿Que ella acepta? Pues
le comunica usted en seguida el plan de fuga con todos los detalles;
pide usted una licencia de un mes o de dos, rapta usted a la muchacha,
se casa usted, y _laus Deo_.
--Haremos todo lo posible para que la cosa salga bien--dijo Urbina.
--Usted no hable ni a sus amigos íntimos del proyecto.
--No; no los tengo.
--La cuestión es llevar el asunto con el mayor sigilo, que no haya
posibilidad de una sospecha, y luego realizarlo con rapidez.
Thompson fué el encargado de buscar la barca, y tras de dar muchos
pasos inútiles, encontró un contrabandista de mala fama, que vivía en
la punta del faro, que se avino a alquilarle su falucho con cualquier
objeto.
Este contrabandista, el _Farestac_, de apodo, era hombre fornido, de
mediana estatura, silencioso, negro por el sol, la cabellera roja, que
le salía por debajo del gorro colorado y le caía sobre los hombros; las
barbas grandes, cobrizas y enmarañadas, el pecho de oso y las manos
peludas. El _Farestac_ vivía con su madre, una mujer también roja y
también selvática, en una casucha próxima al mar, medio cueva, medio
cabaña.
El _Farestac_ era un solitario, un insociable; necesitaba espacio,
soledad, olas, espumas, huracanes. Este delfín misantrópico, a pesar de
su violencia, tenía mucho de contemplador y de quietista. Dionysios no
hubiera encontrado para sus fiestas un sátiro, un sileno, un egipan, en
cuya mirada ardiera un fuego tan intenso y tan salvaje.
El único amigo y compañero del _Farestac_ era el _Rabec_, viejo
pescador andrajoso, de cara bronceada y llena de arrugas, la nariz de
cuervo y el gorro rojo y agujereado.
El _Rabec_ tenía varias cicatrices, una oreja cortada y en la íntegra
un anillo de plata.
El _Rabec_ era malhumorado y sarcástico, y gozaba fama de mala sangre.
Su risa, su _raílla_, era siempre cruel y sangrienta.
El _Rabec_ tenía un perro de aguas, el _Dragó_, feo, sucio e
inteligente.
En la barca del _Farestac_, que se llamaba la _Sargantana_ (la
lagartija), servía de grumete Pascualet, un muchachillo morenito y ágil
como un mono. La _Sargantana_ del _Farestac_ no era una barca limpia y
bien cuidada, sino una barca abandonada y harapienta. En su casco se
veían mapas de desconchados de su pintura verde, y sus velas estaban
llenas de remiendos de varios colores.
La _Sargantana_ no era un lacértido respetable, sino una lagartija
bohemia y vagabunda, que conocía las sendas del mal mejor que las del
bien.
Una tarde, al anochecer, Thompson con sus acólitos, el _Farestac_, el
_Rabec_ y el grumete, llegaron a Ondara; el inglés desembarcó y avisó
al Capitán que para el día siguiente, por la mañana, iban a salir.
Les faltaba un botecillo, que alquilaron, y al otro día, al alba, los
argonautas de Ondara salieron en la _Sargantana_, en dirección del
Monsant. Llevaban una escalera, dos azadas, un pico, cuerdas y unas
cestas con comestibles.
Hacía un viento vivo; el falucho marchaba rápidamente, con la vela
grande y el foque inflados por el viento, haciendo murmurar las aguas
que cortaba con la proa y dejando una estela de remolinos espumosos.
Doblaron la punta del Monsant, terminada en un amontonamiento de
grandes rocas que formaban una cueva abierta por ambos lados; entraron
en la ensenada y se dirigieron, en línea recta, hacia el islote del
Farallón.
El islote brillaba al sol, seco, como un trozo de lava, amarillo y
rojo, lleno de rajaduras y de agujeros, sin una mata de verde en los
resquicios. Uno de sus lados estaba cortado a pico; el otro se alargaba
en una roca horadada, que formaba un arco, por debajo del cual pasaban
las olas.
Dieron la vuelta al islote, que desde algunos sitios, al reflejar el
sol, parecía un témpano de hielo; acercaron el falucho, a golpes de
remo, hasta un canal angosto, entre grandes piedras, y lo encallaron.
El _Dragó_, el perro de _Rabec_, fué el primero que saltó a tierra y
subió a la parte alta del Farallón, espantando a una nube de gaviotas
que tenían allí su nido.
Había, arriba, una pequeña explanada en cuesta cubierta de esqueletos
de aves.
Thompson y el Capitán subieron a la explanada y se tendieron a
contemplar la costa.
Brillaba el mar, como una roca azul de diversos matices, bajo el
esplendor del cielo inflamado. El aire estaba tibio, impregnado de
esencias salobres. Un delfín jugueteaba entre las olas.
--Vamos a estar aquí hasta mañana por la mañana--dijo el Capitán--en
que haremos un reconocimiento en el bote. Ahora, cada cual puede elegir
el entretenimiento que quiera.
--¿Hay tantos?--preguntó Thompson.
--Se puede dormir, pescar, jugar, bañarse...
--¿Y usted qué va a hacer?
--Yo me voy a dedicar a la investigación y a la reflexión.
El Capitán sacó su anteojo y se puso a contemplar la costa y la
ensenada del Monsant, que parecía estrechar entre sus brazos el islote.
El acantilado, en cuya cumbre estaba el convento, comenzaba en la playa
de Alba; luego seguía como un zócalo por debajo del pueblo, e iba
elevándose, al alejarse de él, hasta tomar gran altura y terminar en
una punta rocosa.
Al comienzo, este acantilado era liso, calcáreo, sin hendiduras; de
lejos parecía de mármol; luego, al aumentar en elevación, la pared que
formaba se convertía en un peñascal, con desigualdades, con senos, en
donde penetraba el mar y trozos del monte desprendidos que avanzaban
en el agua, sembrándola de arrecifes. En algunos sitios, el suelo rojo
mostraba sus entrañas desnudas y sangrientas.
Al lado contrario de Alba, detrás de la otra punta de la ensenada, se
erguía a orilla del mar una roca, que parecía de piedra pómez por lo
blanca y lo seca.
--¡Qué extraña mole!--exclamó Thompson--. El otro día la miraba desde
lo alto del Monsant, y se me figuraba una nube iluminada por el sol.
--Si parece un azucarillo--dijo el Capitán, poco dispuesto a
maravillarse.
Desde allí, el convento se presentaba muy en alto; no se veía de él mas
que el cementerio con sus cipreses blanquecinos por el polvo, una torre
cuadrada, con una galería con matacanes, adornada por una parra, y una
muralla con aspilleras, que bajaba en zig-zag hacia el mar.
El convento tenía, mirado desde el islote, un aire belicoso y altivo.
A la derecha del monasterio se veía la mancha obscura del olivar, y
luego, pinares que iban reptando cada vez más claros, hasta desaparecer
en la parte rocosa y desnuda del monte. En un extremo, en uno de los
cabezos, aparecía una atalaya del tiempo de los moros con un resto de
muralla agujereada y rota.
--¿Quién conoce bien estos sitios?--preguntó el Capitán a Thompson.
--El _Farestac_.
--¿Quién es el _Farestac_?
--El patrón de la _Sargantana_; ese de las barbas rojas.
--Es un pirata. ¡Qué tipo! Dígale usted que venga.
El _Farestac_, que estaba preparando el almuerzo en compañía del
_Rabec_ y del grumete en un hornillo de hierro, subió a lo alto del
islote.
--¿Qué quiere usted?--preguntó en un castellano rudo al Capitán.
--Siéntate aquí--le dijo el Capitán--¡compañero!--y le dió una palmada
en el hombro.
--¿Compañero de qué?--preguntó el _Farestac_ con tono burlón.
--De piratería. Tú eres un pirata, ¿verdad?
--¿Yo?
--Si no lo eres en grande, no es por falta de ganas, _Farestac_. Tu
barco destila contrabando y piratería.
--¿Y el barco de usted?