Eguaguirre la hará desgraciada.
--Sí; por petulancia, por estupidez, por darse tono.
Urbina contó a Thompson la causa de haber reñido con Eguaguirre. Urbina
había comenzado a galantear a una muchacha del pueblo, huérfana, de una
familia rica, a quien llamaban Dolores y también la _Clavariesa_, y
Eguaguirre se interpuso haciendo el amor a la muchacha y entrando en su
casa.
El tutor había cogido a su pupila y la había llevado al convento de
Monsant, en donde estaba por el momento. Desde entonces, Urbina no
quería tratar con Eguaguirre, y únicamente cruzaba con él algunas
fórmulas de cortesía cuando se encontraba en su presencia delante de
Kitty.
--No quiero tener amistad con él--concluyó diciendo--. Me busca; ha
intentado darme explicaciones, pero estoy dispuesto a no transigir.
IX
RECOMENDACIÓN DE KITTY
LAS guarniciones, como los seminarios y los conventos, tienen todos los
vicios y las hipocresías de los grupos colegiados.
La proximidad del hombre para el hombre es corruptora: un cuartel,
un colegio, o un convento siempre serán un centro de fermentaciones
pútridas. Al hombre, sin duda, le dignifica la soledad; el campo,
cuanto más deshumanizado, es más sano para el espíritu.
La tropa de un pueblo, en tiempo de paz, es uno de los mayores focos
de corrupción. Únicamente, el clero puede ponerse a veces a la altura
del ejército en rapacidad, en lubricidad y en malas costumbres. Difícil
será encontrar en una guarnición nada alto, levantado y noble; en
cambio la envidia, la malevolencia, el odio crecen de una manera lozana
y fuerte.
Pronto se enteraron Thompson y el Capitán de las historias y
murmuraciones de Ondara...
Una tarde de día de fiesta, en que todo el pueblo estaba en el campo,
entró Thompson sin meter ruido en su cuarto y se tendió en la cama.
Durmió un rato. Había dejado la ventana que daba a la galería abierta,
y al despertarse oyó un rumor de conversación.
Se asomó a curiosear, y vió al comandante don Santos que hablaba con un
joven oficial de la fonda.
El hombre de las perífrasis y de los circunloquios excitaba al joven
oficial a que espiara a Eguaguirre y a los dos extranjeros sospechosos.
Thompson oyó toda la conversación, esperó a que se marcharan los
militares, y cuando se fueron, salió a la calle a buscar a Eguaguirre y
al Capitán, que estaban jugando al tresillo en casa de un comerciante
de la calle Mayor.
Thompson explicó lo que había oído.
--¿Qué ha dicho don Santos de mí?--preguntó Eguaguirre.
--Ha dicho que un tío de usted, que comenzó su vida militar de
guerrillero con Mina, fué perseguido como conspirador, en 1816,
en Denia; que su mismo tío castigó con rudeza a los realistas de
Villarrobledo, en 1823, y que usted está en relación con él.
--¡Bah! No es cierto. Y el oficial, ¿qué decía?
--Decía que no; que usted es un hombre indiferente a la política; que
todas sus aspiraciones consisten en tener dinero y en hacer el amor a
las mujeres, y que es usted el amante de la señora de Hervés.
Eguaguirre se puso serio y palideció.
--También ha contado la historia de una novia de usted, a quien han
tenido que meter en un convento.
--Nada; que no hay manera de vivir aquí sin que la gente se meta en lo
que uno hace y en lo que no hace--exclamó Eguaguirre furioso.
--Y de nosotros, ¿no ha dicho nada?--preguntó el Capitán.
--De nosotros ha dicho don Santos que somos masones y que va a mandar
las señas nuestras a la policía.
El Capitán quedó intranquilo:
--Ese hombre debe ser de la sociedad El Angel Exterminador--murmuró.
--Es probable--dijo Eguaguirre.
--¿Algún espía pagado por esa sociedad?--preguntó Thompson.
--No; pagado, no--repuso Eguaguirre--; el comandante ejerce,
seguramente, el espionaje para prosperar, para ascender. Ya no tenemos
los militares españoles guerra, ni posibilidad de ella en mucho tiempo;
ya no se puede llegar como Mina, el Empecinado o Renovales, en seis
años, de soldado a general, y la gente que quiere hacer carrera intriga
y espía.
El Capitán estaba pensativo.
Las noticias que llegaban de la persecución de liberales en Valencia
y en Cataluña eran para llenar de espanto a cualquiera. Se contaban
historias terribles del Angel Exterminador. Por toda la costa del
Mediterráneo las venganzas de los absolutistas eran espantosas.
Al ver la intranquilidad del Capitán, Eguaguirre le dijo:
--No tenga usted cuidado. Vaya usted a ver a Kitty y háblele
francamente. El coronel hará lo que ella le indique.
--¿Pero no contará lo que se le diga, sin malicia...?
--No, no; puede usted fiarse en Kitty mejor que en un hombre.
El Capitán fué a visitar a la señora de Hervés y le expuso sus temores.
Ella le tranquilizó, asegurándole que influiría en su marido y pararía
los golpes de don Santos.
El Capitán volvió al lado de Eguaguirre diciendo que Kitty era una
mujer encantadora.
Unos días después, la señora de Hervés escribía a Thompson una carta
rogándole que fuera a verla.
Thompson fué y charlaron largo rato.
--¿Quién es el Capitán?--preguntó Kitty con curiosidad--. Me ha dado la
impresión de un hombre extraño, de un personaje de novela.
--El Capitán es un aventurero--contestó Thompson--; un tipo de estos
que, en otro tiempo, hubiera sido un _condottiere_ italiano o un
compañero de Hernán Cortés en Méjico.
--¿Y usted dónde le ha conocido?
--Yo le conocí en un barco, al dejar Missolonghi. El llegaba de
Alejandría, de Egipto; había ido a Missolonghi a verse con lord Byron,
y como el lord estaba enfermo, esperaba el desenlace de la enfermedad.
Al saber su muerte, se decidió a volver a Occidente y entró en la
misma corbeta griega que nosotros. En ella fuimos a Nápoles, donde nos
embarcamos en la polacra siciliana, en la que llegamos hasta aquí; el
amigo mío, que murió luego en el lazareto, se agravó en la enfermedad;
los marineros comenzaron a decir que tenía la peste, y obligaron al
capitán del barco a desembarcarlo. Yo no quise abandonar a mi amigo;
el Capitán protestó; pero como la tripulación estaba contra nosotros,
tuvimos que salir los tres.
--¿Y de dónde es el Capitán?--preguntó Kitty.
--Actualmente, es súbdito inglés; pero creo que ha nacido en España.
Hablaron de otras cosas, y de pronto la coronela dijo:
--Usted es amigo de Miguel Urbina, ¿verdad?
--Sí.
--Y el Capitán, ¿no le trata?
--Muy poco.
--Dígale usted que se haga amigo de él. Yo le quiero mucho a Urbina. Es
un corazón excelente. Miguel está enamorado de una muchacha encerrada
en un convento de aquí cerca, el convento de Monsant.
--Sí; me ha contado sus amores.
--¡Ah! ¿Le ha contado a usted sus amores?
--Sí.
--Pues yo desearía que ustedes le animaran, le ayudasen para que
hiciese algo por esa muchacha, aunque fuese una locura. El quedaría
satisfecho, y ella es posible que al verle capaz de una hombrada le
quisiera.
--Nada, le animaremos--dijo Thompson--; intentaremos impulsarle a que
tome una actitud heroica.
Se despidió Thompson de la señora de Hervés, y por la noche contó
al Capitán la conversación que habían tenido y el proyecto de que
hablaron.
X
EXPLICACIÓN
PUESTO que nuestra encantadora amiga Kitty ha hecho a usted esa
recomendación--dijo el Capitán--, trataremos de servirla. Amor, con
amor se paga. ¿Usted ha comprendido la causa de ese encargo, amigo
Thompson?
--No.
--Pues yo se la explicaré a usted. Kitty está enamorada locamente de
Eguaguirre y quiere tenerlo seguro; teme alguna veleidad de su amante
por esa muchacha encerrada en el convento de Monsant, de que usted
habrá oído hablar, que llaman Dolores la _Clavariesa_, y va buscando
que Urbina se case con la Dolores.
--¡Bah! ¿Usted cree en todo lo que se cuenta?
--Conozco la historia en sus detalles--replicó el Capitán--. Al llegar
Juanito Eguaguirre al pueblo, había aquí dos mujeres que los poetastros
de la localidad llamaban las dos beldades de Ondara: una era Kitty;
la otra, una huérfana rica, a quien por haber tenido no sé qué cargo
honorífico en el Calvario, llamaban la _Clavariesa_; Kitty tenía el
prestigio de su elegancia, de su cultura, de su aspecto extranjero; la
_Clavariesa_ era una mujer hermosa, con la perfección de líneas de una
modelo de Praxiteles. Esta _Clavariesa_ era la pupila de un abogado
llamado Vicente Fenoller. Fenoller, uno de los grandes hombres del
pueblo, es un señor de gran fachenda, abogado elocuente, regionalista
entusiasta y católico fanático. Fenoller ha casado a un hijo suyo con
una mujer rica, y piensa casar al otro con su pupila la _Clavariesa_.
La tía de la muchacha no es nada partidaria de tal matrimonio.
En este estado de rivalidad entre Kitty y la _Clavariesa_, vino Urbina,
y, a pesar de su timidez y de su apocamiento, fué acogido por las dos
rivales con sus más graciosas sonrisas. Urbina, si hubiera sido un
hombre valiente y de poca preocupación moral, se hubiera lanzado a
galantear a Kitty; pero no tuvo bastante ánimo para ello, y se dedicó a
hacer el amor a la _Clavariesa_, que al principio le correspondió. En
tal situación se presentó Eguaguirre en Ondara.
Al primer mes de estar aquí el teniente había dado un escándalo; había
ganado y perdido fuertes sumas en el juego, y había tenido un desafío,
en el cual hirió gravemente a su adversario.
Eguaguirre comenzó sus amores en Ondara por partida doble: galanteaba
a una muchacha del barrio de pescadores y a la coronela. Kitty se
divertía con este galanteo, que consideraba inocente. Eguaguirre, que
es un egoísta furibundo, se encontraba mal de dinero, y al saber que
Dolores la _Clavariesa_ era rica y huérfana, no se cuidó para nada de
su amigo Urbina, ni de la coronela, ni de la muchacha del barrio de
pescadores, y escribió a Dolores una carta de amor. La _Clavariesa_
le aceptó con gran entusiasmo. Estas permutaciones amorosas fueron
la comidilla del pueblo. La coronela se eclipsó, y Urbina hizo lo
mismo. Entonces Fenoller, el tutor de la Dolores, advirtió a ésta que
Eguaguirre era un perdido, jugador, mujeriego, que no quería mas que su
dinero.
--El que no quiere mas que mi dinero es usted--le contestó ella
violentamente, y aseguró que no, que no la casarían con otro.
Fenoller cogió a su pupila, y con engaños la llevó al convento de
Monsant. Eguaguirre se olvidó al momento de la _Clavariesa_, y volvió a
ser el caballero de Kitty, que le aceptó con todas las consecuencias.
* * * * *
--No comprendo el éxito de Eguaguirre--dijo Thompson.
--Mi querido amigo--replicó el Capitán--; el éxito de Eguaguirre es,
como todos los éxitos, un poco fatal y un poco injusto. Hay hombres que
tienen disposiciones para amar, para querer, y otros para ser queridos.
Hablo desde un punto de vista casi físico, sexual. Eguaguirre es de
estos últimos. Ha nacido con la facultad de ser apetecible para el
sexo contrario. ¿Cuál es esa facultad? ¿En qué consiste? ¿Cómo la ha
desarrollado? No lo sé.
--Encuentro muy problemático lo que usted dice.
--Es que usted cree que las mujeres se enamoran exclusivamente de los
hombres puros, angelicales, de los sabios, de los héroes.
--No, no; ya sé que no.
--Entonces estamos en lo mismo. Las mujeres se enamoran de hombres
altos y bajos, buenos y malos, raros y vulgares; pero entre éstos
no cabe duda que hay unos que, sin saber por qué, hacen mover con
más facilidad esa maquinaria de afectos, de deseos, de vanidades, de
inclinaciones que hay en una mujer. Esos son los donjuanes, los hombres
interesantes, los codiciados... Y uno se pregunta el por qué. ¿Es que
estos hombres tienen una perspicacia especial para ver los puntos
flacos del sexo contrario? No. ¿Es que comprenden a las mujeres mejor
que los otros? Tampoco. Como todos los demás, en estas cuestiones
amorosas disparan su flecha con los ojos cerrados; pero, a diferencia
de los demás, dan casi siempre en el blanco. Ahora usted dirá: ¿Por
qué dan en el blanco? Por la razón sencilla de que la mujer que hace
de juez y de árbitro en el juego está dispuesta a creer que para aquel
hombre escogido por ella donde dé la flecha estará el blanco. Es la
arbitrariedad de la Naturaleza.
--Es posible que sea así--dijo Thompson--; yo, la verdad, no le
encuentro nada extraordinario a Eguaguirre.
--¡Usted qué le va a encontrar! Ni yo tampoco. Son las mujeres las que
le encuentran algo especial. Es la mirada impertinente, es la flema,
es el desdén... Quizá le agradecen vivir exclusivamente para ellas,
cosa que a la larga debe ser aburrida. El caso es que Eguaguirre es un
Tenorio y que nuestra encantadora Kitty quiere favorecer los amores de
Urbina y de la muchacha encerrada en Monsant para tener la exclusiva de
su Tenorio.
--Sí, sí, es posible, y lo siento. La verdad, no creo que Eguaguirre
valga la pena de tantos cuidados.
--Amigo Thompson. Está usted hablando como un niño. ¿Es que va usted
a pretender que las mujeres no tengan derecho a enamorarse de los
imbéciles y de los egoístas? ¿Es que les va usted a privar de ese
sacrosanto derecho? Pues entonces les va usted a cercenar la vida. Es
la fruta que más les ilusiona.
Y el Capitán se rió, frotándose las manos alegremente.
Thompson quedó algo preocupado con las palabras del Capitán, y como no
quería ser un negador sistemático, intentó estudiar a Eguaguirre.
No encontró en el joven teniente nada que le sorprendiera. Era de una
inteligencia menos que mediana, de una cultura casi nula, orgulloso,
sombrío, con una gran fe en sí mismo. Quizá ésta era una de sus
fuerzas. Otro atractivo podía tener el oficial para las mujeres, y era
que su vida parecía próxima a una tragedia, a una catástrofe.
El egoísmo de Eguaguirre era monstruoso. Kant, en su antropología
práctica, encuentra que hay tres clases de egoísmo: el egoísmo lógico,
el estético y el práctico.
El egoísmo lógico juzga sin tener en cuenta el juicio ajeno; el
estético, se contenta con su gusto, sin hacer caso de la opinión
general, y el egoísmo práctico subordina todo lo del mundo a la vida de
uno.
Eguaguirre tenía algo del egoísmo lógico y del estético; pero el que
le poseía por completo era el egoísmo práctico. Sentía desdén por la
gente, creía despreciar a todo el mundo, lo cual no era obstáculo
para que fuera capaz de exponer la vida para que los demás, una turba
de imbéciles, según él, no creyesen que alguna vez él, el teniente
Eguaguirre, pudiera quedar mal en un asunto cualquiera.
XI
EL PROYECTO
EL Capitán, siguiendo la indicación de Kitty, se hizo amigo de Urbina,
quien le contó sus amores.
--Amigo Urbina--le dijo el Capitán--, ¿usted está enamorado de verdad
de esa chica?
--Sí.
--¿De verdad, de verdad?
--Sí, hombre, sí.
--¿Sería usted capaz de raptarla del convento de Monsant si ella
quisiera?
--No creo que fuera muy fácil.
--Lo facilitaremos. Todo es cuestión de tener voluntad.
--¡Ah! Si fuera posible, con mil amores.
--Tiene usted que hacer algo extraordinario para influír en la
imaginación de su dama Urbina--dijo el Capitán--. Kitty nos ayudará.
--¿Querrá?
--Sí.
Fueron a visitar a la coronela, Urbina, Thompson y el Capitán. Le
explicaron la idea, como si no hubiese partido de ella, y se comenzó a
estudiar el proyecto.
Primeramente era necesario hacer una visita al convento de Monsant.
Kitty dijo que ella era amiga de la superiora y que le escribiría
pidiéndole permiso para hacerla una visita.
--Esto es lo primero que hay que resolver--dijo el Capitán--; luego,
ya veremos si a Urbina, al ver a su novia se le ocurre una inspiración
genial que haga gran efecto en el corazón de su amada.
--¿A mí? ¡Ca!--exclamó Urbina--. No se me ocurrirá nada.
--Bueno, no se asuste usted tan pronto, Urbina--dijo Kitty--. Usted
no llevará la dirección del asunto, y no será usted responsable del
éxito o del fracaso de la empresa. El Capitán será nuestro director, el
Próspero de nuestra isla.
--El Capitán no creo que haya leído _La Tempestad_, de
Shakespeare--replicó Thompson--, ni que se haya hecho cargo de la
alusión de usted; pero yo, que la he leído, afirmo que nuestro Próspero
es de lo más maravilloso que puede ser un Próspero solamente humano.
--No me den ustedes fama antes de ver los resultados--replicó el
Capitán--. Con el éxito aceptaré los aplausos.
Una semana después Kitty le dijo al Capitán que había recibido una
carta de la superiora diciéndola que podían ir a visitar el convento
cuando quisieran.
--Muy bien.
--Iremos unos cuantos--dijo la coronela.
--¿Quienes vamos a ir?
--El doctor y su mujer, Urbina, Thompson, usted y yo.
--¿Y Eguaguirre?--preguntó el Capitán, indiferente.
--No--contestó ella, mirando con atención al Capitán, para ver si en la
cara de éste se reflejaba algún pensamiento malicioso.
El rostro del Capitán estaba impasible.
--¿Cómo haremos el viaje?--preguntó Thompson.
--Otras veces hemos salido de Ondara al amanecer. Embarcamos aquí,
hasta un pueblecito que está a dos horas de distancia, donde suele
esperar una tartana. Como vamos a ir más gente que de costumbre,
mandaremos que saquen unos caballos. A media tarde, o al anochecer,
podemos estar de vuelta.
--¿De manera que usted ha estado ya en el convento?--preguntó el
Capitán.
--Sí. Dos veces.
--Dígame usted cómo es.
--¿Qué quiere usted que le diga?
--Hágame usted una descripción de él: si es grande, si es chico, si
tiene un jardín, si no lo tiene, cómo está emplazado, etc.
Kitty hizo una descripción del convento, todo lo detallada que pudo.
El Capitán no se fijó mas que en dos detalles: en que al lado del
monasterio se cortaba la tierra, hacia el mar, en un acantilado muy
alto, y en que había muchas palomas.
--¿De manera que hay palomas?--preguntó varias veces.
--Sí, muchas; tanto, que las venden.
--¡Ah, las venden! Ya tenemos un pequeño dato--dijo el Capitán--. Y el
acantilado, ¿cómo es?
Kitty no recordaba bien cómo era, y no pudo contestar con precisión a
esta pregunta.
--Otra cosa--preguntó el Capitán--. ¿No tiene usted un anteojo?
--Sí.
Kitty llamó a un criado, que vino con un anteojo, y el Capitán estuvo
mirando con él, observando la costa y la ensenada de Monsant, de la
cual no se veía mas que la entrada.
Después llegó Eguaguirre, y Thompson y él se retiraron.
XII
EL VIAJE
SE fijó como día de marcha un domingo, y por la mañana, antes de
amanecer, estaban todos los que formaban la expedición en el muelle.
El capitán de Llaves había mandado echar el puente levadizo, en la
puerta de la Marina, más temprano que de costumbre, y acompañaba a los
expedicionarios, que formaban un grupo...
Era la hora anterior al alba; la hora del despertar de los puertos y de
los barrios de pescadores; la hora que los antiguos representaban como
una muchacha con alas, vestida con una túnica de color violeta pálido y
acompañada de una lechuza de color de crepúsculo. El cielo, estrellado,
estaba aún negro; la Osa Mayor se inclinaba hacia el mar, que florecía
en fosforescentes espumas, y en el pueblo comenzaban a cantar algunos
gallos madrugadores, que presentían la aurora.
Había, en la popa de una barca atracada al muelle y sujeta por una
maroma, un farolillo que se balanceaba.
En esta barca, la _Joven Rosario_, iban a partir Kitty y sus amigos
para Monsant.
Dos marineros, ayudados por los soldados de la guardia de la puerta
de la Marina, pasaron de una mano a otra unos cuantos fardos y varios
cestos de provisiones por la escotilla al interior de la bodega del
falucho. Embarcaron luego los pasajeros; se acomodaron en los bancos,
a popa, sobre la cubierta, y la _Joven Rosario_ se separó del malecón y
comenzó a alejarse a fuerza de remos, haciendo un ruido de chapuzones
en el agua.
--¡Adiós! ¡Divertirse!--dijo el capitán de Llaves desde el muelle.
--¡Adiós! ¡Adiós! Hasta la vuelta--contestaron los viajeros.
El falucho era ancho y pesado; los tripulantes, cuatro: dos marineros,
el patrón y un grumete.
Hacía un viento fresco; el relente de la noche dejaba la ropa
humedecida. El agua parecía tan cuajada como el cielo de estrellas,
que iban siguiendo a la barca, palpitando y temblando sobre las olas
sombrías, que pasaban por encima del abismo negro del mar...
De pronto comenzó a rechinar una garrucha agriamente; la gran vela
latina se extendió, como una claridad fantástica, en el aire de la
noche, que tenía ráfagas turbias de luz; dió un latigazo, se inclinó la
barca por una de sus bordas, y comenzó a marchar de prisa, abriéndose
paso entre remolinos de espuma... El horizonte aclaraba por instantes;
las estrellas palidecían. Unas nubecillas grises, azuladas, habían
invadido el cielo por Levante, y estas nubecillas fueron enrojeciéndose
hasta que el sol hizo su salida triunfal, rasando con su luz dorada las
crestas espumosas de las olas.
Las nubes se fueron esparciendo por el cielo en grandes copos rojos,
que se subdividieron y concluyeron por deshacerse.
El grumete, que corría a proa con los pies desnudos, se puso a cantar,
con voz atiplada:
L'airet, l'airet, l'airet
de la matinada.
Del rich estiu, del rich estiu,
del rich estiu.
--¡Silencio!--le gritó el patrón severamente.
--Déjele usted cantar--exclamó Kitty--; lo hace muy bien.
El muchacho siguió con su canción, cambiando de voces con mucha gracia.
Ya la luz de la mañana alumbraba el mar, y los viajeros se veían unos a
otros.
Kitty iba muy sonrosada y elegante con un chal y una capucha que le
cubría la cabeza; la mujer del médico comenzaba a ponerse pálida, algo
mareada; Urbina estaba preocupado; el Capitán, silencioso, y el doctor
y Thompson se entretenían en hacer cabriolas y gansadas, exponiéndose a
caerse al agua.
Al alejarse a una distancia de un par de millas del puerto oyeron la
diana que tocaban los tambores y cornetas en el castillo de Ondara.
Se volvieron todos a mirar hacia atrás. El castillo brillaba como una
ascua. Parecía fundido, incendiado por el sol; el pueblo estaba todavía
en la sombra, y únicamente un rayo de oro daba en la cúpula de la
iglesia, que centelleaba con mil reflejos.
Poco después se oyeron varios cañonazos.
Se veía el humo blanco de la salva, que manchaba el aire azul, formando
una nube redonda, y unos segundos más tarde sonaba el estampido.
--La Naturaleza tiene también cosas cómicas--dijo el Capitán--. Esa
diferencia de rapidez entre la luz y el sonido hace un efecto grotesco.
--¿Tampoco quiere usted estar conforme con la Naturaleza?--preguntó
Kitty, riendo.
--Tampoco.
En esto se izó la bandera en el castillo de Ondara, que comenzó a
brillar al sol.
--¡Hurra! ¡Hurra!--gritó Thompson, agitando su sombrero en el aire.
--No me ha parecido bien ese hurra cosaco, Thompson--dijo burlonamente
el doctor--. ¿Ustedes qué opinan?
--La verdad es que ese grito del Norte en pleno Mediterráneo parece
intempestivo--contestó Kitty.
--Completamente intempestivo--dijo el Capitán.
--Yo creo que el eco ha protestado con indignación--añadió el doctor.
--¡Qué duda cabe!--repuso el Capitán--. Yo mismo he visto un delfín que
se ruborizaba al oír esa exclamación salvaje.
--No se esfuercen ustedes más, amigos míos--exclamó Thompson--, en
convencerme que he hecho mal. Tienen ustedes razón. Había perdido la
noción geográfica, se me había confundido en la cabeza el paralelo.
Pero ahora estoy orientado, he encontrado la aguja de marear y creo que
a este grito no tendrán ustedes que poner ninguna objeción.
--Vamos a ver--dijo el doctor.
--¡Evohe! ¡Evohe!--gritó Thompson desaforadamente--. ¡Eh! ¿Qué tal?
¿Tengo aire clásico?
--Parece usted un Sileno--dijo el doctor.
--¡Evohe! ¡Evohe!--repitió Thompson.
--Va usted hacer zozobrar la barca con sus gritos báquicos--exclamó el
Capitán.
--Me callaré; pero ustedes confiesen que este ¡Evohe! ha estado muy
bien.
--Yo lo confieso--dijo el Capitán--; la prueba es que el delfín, que
iba antes avergonzado y triste con sus hurras, me ha hecho una seña de
amistad y ha sonreído.
* * * * *
Hacía poco viento y tardaron dos horas en desembarcar en Alba, un
pueblecito de la falda del Monsant.
Era el pueblo pequeño y blanco; se destacaba en el cielo azul intenso,
colocado sobre un acantilado calcáreo de poca altura, rodeado por un
arenal. Brillaba esta pared como si fuera de mármol veteado y manchado
por algunas plantas trepadoras. Encima se alineaban casas blancas,
cuadradas, como dados, sin alero, que refulgían al sol.
Al pie del acantilado se extendía la playa, llena de algas de aspecto
haraposo.
La barca se acercó y encalló en el arenal.