Tras de una larga conversación a solas, Eguaguirre intimó con el

Capitán. Thompson, en cambio, nunca simpatizó con el oficial de

artillería. Este era aficionado a dar largos paseos a caballo. Thompson

prefería ir a pescar.

El Capitán, buen jinete, comenzó a acompañar a Eguaguirre en sus paseos

a caballo por los alrededores de Ondara. Muchas veces se cruzaban

con otros militares jóvenes, y también con frecuencia con una damita

rubia y pequeña que, vestida de amazona y montada en un caballo tordo,

marchaba muy esbelta y elegante.

--Es la coronela--dijo Eguaguirre al verla por primera vez yendo en

compañía del Capitán--. Es _mísis_ Hervés.

--¿Inglesa?

--Mixta, hija de un militar inglés y de una española.

--¿Pero casada con un español?

--Sí; con el gobernador del castillo.

Otros muchos días se cruzaron con la coronela.

El Capitán llegó a creer que entre la angloespañola y Eguaguirre había

algo, y que sus saludos fríos y corteses escondían una pasión o un

principio de amor.

El Capitán, al parecer, conocía bien la vida y los tipos de la milicia,

porque pronto llegó a calar a Eguaguirre.

--Este es un hombre de pasiones--le dijo a Thompson--, sensual, poco

inteligente. Aunque no me ha dicho nada, le creo jugador y me figuro

que está en relaciones íntimas con la coronela.

--Parece un hombre apático.

--No, no. Es todo lo contrario: de una sensibilidad aguzada y de un

amor propio enfermizo. Toda esa indiferencia es una comedia, una

finta. Eguaguirre, por lo que creo, es un caso curioso. Está en parte,

desesperado, porque se considera como liberal perseguido y cree que

no va a prosperar en el ejército; por otra parte, los amores con la

coronela y el juego le tienen en una continua exaltación...

La historia de Eguaguirre era interesante.

Al poco tiempo después de salir de la Academia, a mediados de 1822,

había sido destinado a Valencia, donde se afilió a la masonería.

Eguaguirre era valiente y estaba dispuesto a batirse para ascender en

la carrera. En 1823, después de la expedición de Bessieres, Eguaguirre

buscó la ocasión de salir al campo.

El 19 de marzo, los cabecillas realistas Sempere y Ulman sorprendieron

Sagunto y se apoderaron del castillo. El Gobierno ordenó al coronel

Fernández Bazán que saliera a atacar a los facciosos. Bazán encontró a

los realistas entre Sagunto y Almenara, y, a pesar de que tenía menos

fuerzas que ellos, los derrotó.

Poco después, Bazán se encontraba en Chilches con las tropas reunidas

de Sempere y de Capapé y sufrió un completo descalabro.

Se habían unido Sempere, Capapé, Ulman, algunas compañías de Prast y

Chambó, y habían colocado sus fuerzas de artillería en un repliegue

del terreno. Bazán, al ponerse en contacto con la primera línea de

los realistas la hizo retroceder; los realistas se acogieron a su

línea de trincheras. Bazán mandó que, al mismo tiempo que avanzaba su

infantería, la caballería diera una carga por uno de los flancos; pero

el escuadrón completo, en vez de obedecer, huyó cobardemente en todas

direcciones; los realistas rodearon a los constitucionales, y éstos,

entre los cuales estaba Eguaguirre, quedaron prisioneros.

Los realistas ataron a los constitucionales y los llevaron al castillo

de Sagunto.

Eguaguirre, que no tenía ideas políticas muy arraigadas y a quien,

en el fondo de su alma, lo mismo le daba el rey absoluto que la

Constitución, se desesperó al verse atado como un bandido y conducido

en manada como cabeza de ganado.

Eguaguirre tuvo que devorar durante el camino los mas violentos

ultrajes. _¡Lladres! ¡Negres! ¡Chudios!_--les llamaban las viejas.

¡Mueran los franc-masones! ¡Mueran los asesinos de Elío!--gritaban los

hombres.

Cuando Eguaguirre llegó a entrar en el calabozo del castillo de

Sagunto, y se echó en un montón de paja, lloró de desesperación y de

rabia.

Unos días después estaba el oficialito tendido en su camastro,

pensando en la posibilidad de ser fusilado, cuando se abrió la puerta

de la mazmorra y aparecieron dos mujeres: una de ellas, la mujer del

cabecilla Chambó; la otra, la del coronel realista Espuny, gobernador

del castillo de Sagunto.

La mujer de Chambó era una moza bravía, de Ulldecona, frescachona y

guapa; la de Espuny era del mismo Valencia, una rubia perfilada y

redicha.

Las dos mujeres hablaron con Eguaguirre y decidieron salvarle. Al día

siguiente, el oficial era trasladado de cuarto, y a la semana estaba

libre para andar por la ciudad.

Entre las dos mujeres, la de Chambó y la de Espuny, se estableció una

rivalidad celosa por salvar a Eguaguirre. El oficialito se dejó querer

con su indiferencia de sultán.

Un día, Chambó, que era hombre arrebatado y decidido, detuvo a

Eguaguirre, y, agarrándole de la solapa, le provocó a un desafío.

--No tengo armas--le contestó Eguaguirre, pálido de cólera.

--Yo le traeré a usted un sable--replicó el cabecilla en su acento

catalán rudo.

Chambó volvió al poco tiempo con dos caballos y dos sables.

--Sígame usted--dijo.

Montaron los dos a caballo y se dirigieron por el camino de Valencia,

al trote, sin hablarse.

No haría cinco minutos que habían salido cuando dos jinetes, al galope,

fueron tras ellos.

Llevaban un parte urgente para Chambó.

El cabecilla, al leerlo, se enfureció, tiró la gorra al suelo con rabia

y comenzó a lanzar juramentos.

--Espéreme usted aquí--dijo a Eguaguirre--. Vuelvo en seguida.

--Esperaré--contestó éste.

Chambó desapareció, seguido de los dos hombres. Eguaguirre quedó solo

y reflexionó. Realmente, era una tontería esperar; tenía el camino

abierto ante él; un caballo bueno; era excelente jinete. Se decidió,

aflojó la brida, dió dos espolazos y se lanzó camino de Valencia.

Llegó a la ciudad, que estaba alarmada con las noticias del avance de

los franceses.

Eguaguirre no se unió a las fuerzas constitucionales del general

Ballesteros; tenía una señora amiga de influencia y se acogió a ella.

Esta señora consiguió que Eguaguirre fuese purificado al terminar la

guerra y enviado a Ondara.

A pesar de sus maniobras para ocultar el pasado, Eguaguirre no había

podido borrar del todo las huellas en su liberalismo, y los voluntarios

realistas de Ondara sospechaban de él y le espiaban.

VI

EL MIRADOR DEL CASTILLO

UN día, Eguaguirre dijo a sus nuevos amigos, el Capitán y Thompson, que

la coronela quería conocerlos y que les invitaba a tomar el té en el

mirador del castillo. Aceptaron los dos invitados con satisfacción.

Por la tarde, Eguaguirre, Thompson y el Capitán montaban a caballo

delante de la fonda de la Marina, entraban por la puerta de Tierra y

subían las cuestas de la ciudadela.

Thompson, a cada paso se paraba, admirado, entusiasmado, a contemplar

el paisaje. El día era de viento sur, luminoso y sofocante; una

languidez pesada parecía desprenderse del cielo, azul obscuro, y del

mar, verde e inmóvil.

--¡Qué vista más espléndida!--exclamaba el inglés, sacando el pañuelo

para enjugarse la cara.

El Capitán sonreía, y Eguaguirre, con cierta impaciencia, murmuraba:

--La señora de Hervés nos espera. No lleguemos tarde.

En pocos minutos subieron a la parte alta del castillo; pasaron por

delante de una casamata, a cuya entrada se veían unos cuantos soldados;

Eguaguirre llamó a uno, le entregó las riendas y bajó del caballo.

Thompson y el Capitán hicieron lo mismo, y se acercaron los tres al

pabellón donde vivía el coronel; llamó Eguaguirre, y les pasaron por un

patio hasta el jardín del mirador.

La señora de Hervés les salió al encuentro, y Eguaguirre hizo las

presentaciones.

Era la coronela una mujer de mediana estatura, más bien baja que alta,

los ojos negros, el pelo rubio castaño, la boca de almendra, el cuello

redondo y las manos muy pequeñas.

--¿Esta señorita es la hija del coronel?--preguntó el Capitán, aunque

sabía que no lo era.

--No; es la coronela auténtica--repuso Eguaguirre.

--No me llame usted coronela, ¡por Dios!--dijo ella.

--Es para convencer a este amigo de lo que es usted y de que no es

usted una supuesta hija del coronel.

--Este señor es muy galante.

--No; de verdad que parece usted una muchachita soltera--replicó

el Capitán--, y hace usted muy bien al protestar de que la llamen

coronela, porque esta palabra parece que ha de referirse siempre a

alguna señora vieja y avinagrada.

Thompson cambió unas palabras con Kitty; le pidió después permiso para

contemplar las vistas desde el mirador y desde la batería del Rey.

Kitty le acompañó, señalándole los pueblos y los montes que se veían a

lo lejos. Thompson miraba el paisaje con exclamaciones de entusiasmo.

Eguaguirre y el Capitán hablaban. El jardín aquel era pequeño y tupido.

Los rosales y los mirtos estaban cuajados de flor, y en las manchas

verdes de follaje de las enredaderas brillaban las campanillas blancas,

rojas y moradas.

En un extremo del jardín se levantaba el castillejo o castellet,

antigua torre del homenaje, desde donde se dominaban los alrededores

casi a vista de pájaro, como desde un globo.

Recorrieron Thompson y Kitty los rincones de la batería, y

descendieron por una escalerilla de piedra al jardín, a reunirse con el

capitán y Eguaguirre. Se sentaron en unas butacas de mimbre y charlaron

los cuatro.

Kitty era hija de un militar inglés y de una señora alavesa, de

Vitoria. Había quedado huérfana muy joven y se había casado con el

coronel Hervés, que le llevaba más de treinta años de edad.

Después de un largo rato de conversación, Kitty les invitó a subir a

una galería abierta que daba al jardín, por unas gradas. Esta galería

tenía unos arcos. En ella, un criado estaba preparando un refrigerio.

El Capitán y Eguaguirre tomaron café, y Kitty y Thompson, té.

Desde la galería, a través de los cristales, se veía el cuarto de

trabajo de la coronela. Kitty les hizo pasar a sus invitados para

verlo. Tenía una pequeña biblioteca, un piano y un arpa, y cuadernos de

música clásica y de canciones populares inglesas.

Los entusiasmos literarios de Kitty eran Walter Scott, lord Byron y

Schelley. Sentía un gran entusiasmo por Diana Vernon, la heroína de

Rob Roy, a quien confesaba había querido imitar. También tenía en la

biblioteca obras de Sterne, Fielding y Goethe.

El Capitán miró todos los libros, las estampas y un retrato de mujer

pintado al óleo.

--¿Quién es? ¿Quizá su madre?--preguntó.

--Sí.

--¿Vive?

--No. Murió cuando yo nací. No la he conocido.

--A juzgar por el retrato, debía ser una mujer encantadora.

--Todos los que la conocieron hablan de ella con entusiasmo.

Kitty quedó melancólica.

Eguaguirre, para borrar esta impresión, instó a Kitty a que cantara,

y ella, sin hacerse rogar, cantó acompañándose con el arpa algunas

canciones irlandesas, que produjeron un gran entusiasmo en Thompson.

Tras de recibir los plácemes de todos, Kitty fué a la mesita, donde

guardaba sus papeles de música, y sacó el _Don Juan_, de Mozart.

--¡Ah! Mozart--exclamó Thompson--. Conozco algunas de sus sonatas.

Dicen que _Don Juan_ es de una música muy obscura.

--Yo no lo creo así--contestó Kitty.

--Vamos--le dijo a Eguaguirre--. Cante usted.

--¡Oh! No, no. Por Dios. Es molestar a estos señores.

--De ninguna manera.

Eguaguirre insistió en que lo hacía mal; pero, al fin, cantó con gran

maestría la serenata de _Don Juan_.

Deh vieni alla finestra.

--¡Admirable!--exclamó Thompson--. ¡Magnífico!

Eguaguirre perdió su habitual expresión de tedio y quedó confuso y

sonrojado de placer.

Después Kitty entonó el aire de _Doña Elvira_:

In quali eccesi o numi,

y tras de éste la coronela y el teniente cantaron el admirable dúo de

_Don Juan_ y de _Zerlina_,

La ci darem la mano,

que tuvieron que repetir una porción de veces.

Daban a la canción una gran malicia y desenvoltura que ocultaba, sobre

todo en ella, su entusiasmo amoroso. No había necesidad de ser muy

psicólogo oyéndolos a los dos para comprender que había entre ellos

algo más que una efusión artística.

Era lástima viéndolos tan bellos el pensar que sólo saltando por encima

de las leyes y afrontando el desprecio de la multitud podían llegar a

unirse.

¿Habrían dado el salto?--pensó el Capitán--. Todo hacía creer que

Eguaguirre no era de los hombres que sienten temor a coger las flores

al borde del precipicio.

Después del concierto y del canto charlaron largamente. El Capitán

había conocido a lord Byron, por quien Kitty tenía gran admiración,

y contó sus entrevistas con el noble poeta. También había conocido a

la amazona realista Josefina Comerford, y esta dama interesaba de tal

manera a Kitty, que el Capitán tuvo que describirla con gran lujo de

detalles.

Al anochecer se presentó en la galería el coronel Hervés, el marido de

Kitty.

Era un hombre viejo, opaco, frío, con una amabilidad desdeñosa y una

manera de hablar balbuceante, de paralítico.

Kitty presentó al Capitán y a Thompson, y el coronel, tomándole a

éste por su cuenta, se puso a explicarle un sinfín de menudencias

burocráticas que a él, sin duda, le parecían importantísimas.

Hablaba de una manera fatigosa y pesada:

--En estas cuestiones ¡ejem!... hay que atenerse a la parte ex... po...

si... ti... va ¡ejem! como a la dis... po... si... ti... va ¡ejem!

¡ejem! ¿Usted me comprende? Porque si usted no se fija mas que en la

parte dis... po... si... ti... va ¡ejem! ¡ejem! no podrá comprender el

sentido claro y preciso que el legislador ¡ejem! ¡ejem! ha querido dar

a la ley... ¡ejem! ¡ejem!

Thompson soportó lo más amablemente los ¡ejem! ¡ejem! y las

explicaciones pesadísimas del coronel; Kitty mientrastanto sonreía con

aire de excesiva amabilidad, y Eguaguirre, con su aspecto habitual de

tedio y de desesperanza, miraba hacia el mar.

Era ya de noche. Los contertulios se despidieron del coronel y de su

señora y montaron a caballo.

La noche estaba espléndida. Thompson fué mostrando la Osa Mayor y

Arturus, la Estrella Polar, la Corona Boreal, Casiopea, en medio de la

Vía Láctea, y los grandes astros, como Capella, Altair y Aldebaran...

El mar murmuraba allá abajo y se oía el rítmico batir de sus olas.

Al acercarse a la batería de San Antón sonó el grito del centinela.

--¡Centinela, alerta!

Y después los alertas se oyeron más lejanos, hasta que volvieron a

acercarse.

Llegaron a la puerta de Tierra. Eguaguirre habló con el capitán de

Llaves, y los tres pasaron al pueblo.

VII

LOS OFICIALES

EN los buenos tiempos en que el castillo de Ondara era una fortaleza

importante, el cuadro del Estado Mayor de la plaza estaba completo y la

oficialidad era numerosa. Había entonces un gobernador, el teniente del

rey, el sargento mayor o mayor de plaza, el asesor, los comisarios, el

comandante de Artillería, el comandante de Ingenieros, los ayudantes y

el capitán de Llaves.

En el tiempo de decadencia del castillo, después de la guerra de

la Independencia, ya estos cargos no tenían más valor que un valor

burocrático. En esta época de la segunda reacción de Fernando VII, el

cuadro de oficiales del ejército no ofrecía el carácter homogéneo de la

oficialidad anterior a la guerra de la Independencia; ya no era ésta

exclusivamente aristocrática, sino mezclada; los jóvenes de buenas

familias se encontraban revueltos con los antiguos guerrilleros, con

los liberales traidores y luego purificados y con los aventureros

absolutistas que habían ganado sus grados a las órdenes de Mosén Antón,

el Trapense, Bessieres o Quesada.

Entre los oficiales de la guarnición de Ondara había individuos de

estos diversos orígenes.

En un pueblo de escasa población y sin vida política no era fácil que

las divergencias ideológicas de militares y paisanos se hicieran

más intensas, y, efectivamente, allí se amortiguaban; en cambio, las

categorías sociales se acusaban y se llegaban a aquilatar los más

ligeros matices de riqueza, distinción y superioridad.

Kitty había querido influír y suavizar estas diferencias en su tertulia

del jardín del Mirador.

Al principio iban muchos oficiales de la guarnición; luego comenzaron a

faltar y, al último, quedaron una media docena.

De las señoras nunca fueron mas que dos o tres.

Sabido es, y ya lo demostró un fraile en un librito publicado a fines

del siglo XVIII, titulado _Los peligros de las tertulias_, que estas

reuniones tienen muchos agarraderos para las uñas del Diablo.

Las señoras de Ondara, como la señora doña Proba, que aparece en el

librito del fraile, creían muy peligrosas las tertulias de Kitty, y no

iban.

De los hombres, uno de los más asiduos eran don Jesús Martín, el médico

del regimiento, hombre grueso, lento en el hablar, muy gráfico y

exacto. Don Jesús era el más entusiasta de los contertulios de Kitty,

un adorador incondicional de su inteligencia y de su gracia.

Otro de los contertulios temido por su pesadez era el capitán

Barrachina, hombre alto, de pecho saliente, que se creía conquistador.

Barrachina tenía los ojos negros, el bigote retorcido, las patillas

cortas y el color bilioso.

Barrachina era una buena y estúpida persona, con la mentalidad de un

muchacho de diez y seis años. No había leído nada en su vida. Creía que

ser un hombre--y él suponía una gran cosa--era ser un fantoche vestido

de uniforme, con el pecho muy abombado y el ademán desafiador.

Barrachina tenía muchos hijos, y mientras su mujer bregaba con ellos,

él paseaba su estupidez por el pueblo.

Barrachina hacía la gracia de desacreditar a su mujer; contaba si

llevaba postizos, si se apretaba el corsé, indiscreciones que a Kitty

molestaban profundamente.

Otro de los asiduos a la tertulia era el capitán Embun, aragonés,

hombre fuerte, alto, tosco, de pómulos salientes, que había campeado

con los realistas de Eroles, y estaba enamorado de Kitty. A veces le

decía a Eguaguirre:

--Esta mujer me vuelve loco--y añadía--: Y está por usted.

También solían frecuentar el pabellón de Kitty un teniente de

artillería, de anteojos, muy tímido y distinguido, que se llama Urbina,

y que vivía en la misma fonda de la Marina, y un farmacéutico muy míope

y muy pedante.

Urbina, que tenía gran amistad con Kitty, no se hablaba con Eguaguirre.

El coronel Hervés andaba siempre en compañía de un comandante, don

Santos, hombre de aspecto hipócrita y tan pesado como el coronel. Este

don Santos hablaba en párrafos redondos y con distingos. Los _sin

embargo_, los _si bien es verdad_, los _si es cierto que_, estaban

constantemente en su boca.

A sus largas oraciones no se les veía el fin, eran capaces de quitar

la paciencia a cualquiera. Para hacerlas más exasperantes, terminaba

diciendo: ¿Está claro? ¿Se da usted cuenta? ¿Ha comprendido usted el

sentido? ¿Me entiende usted bien?

En la tertulia de Kitty se jugaba al tresillo, y a veces se cantaba y

se tocaba el piano.

De las señoras, únicamente la mujer de un capitán, una andaluza muy

graciosa que parecía un chico, iba alguna que otra vez y hablaba como

una cotorra e imitaba con mucha chispa a todo el mundo.

VIII

URBINA

THOMPSON hizo amistades con Miguel Urbina, el teniente de artillería

tímido y distraído que vivía en la misma fonda y frecuentaba la

tertulia de Kitty.

Urbina era hombre de estudio; tenía gran afición y entusiasmo por las

matemáticas y se preocupaba de los problemas científicos de la guerra.

Estaba desde hacía tiempo escribiendo unas observaciones acerca de la

teoría analítica de las probabilidades de Laplace, trabajo que absorbía

todo su tiempo.

Urbina no podía comunicar sus dificultades y sus dudas a sus

compañeros, porque entre los oficiales del castillo no había ninguno

que pasara de saber las cuatro reglas.

El matemático no tenía amigos. No se entendía bien con los demás

oficiales.

No cabe duda que el Ejército, noble y esforzado en tiempo de guerra,

se convierte en una baja institución rutinaria en tiempo de paz. El

militar formado en el campo de batalla, entre el humo de la pólvora

y el vaho de la sangre, tiene siempre algo superior a su empleo, que

borra el carácter de la reglamentación estrecha y de las ordenanzas de

una disciplina chinesca; en cambio el que no ha tenido más campo de

acción que la oficina o el rincón maloliente del cuartel, se hace el

más incomprensivo de los burócratas.

Urbina, que era hombre de preocupaciones elevadas, no podía convivir a

gusto con sus compañeros, que no hablaban con entusiasmo mas que del

sueldo y del escalafón y cuyo único entretenimiento era jugar a las

cartas.

Como hombre tímido y sabio, Urbina había tenido que sufrir muchas

bromas de jóvenes oficiales estúpidos y petulantes.

Kitty, que comprendía la clase de hombre que era el teniente, le acogía

con su más amable sonrisa y sabía tratarle con tanta amabilidad, que el

Mirador del castillo era el único sitio donde el oficial se encontraba

a gusto.

Urbina tenía esa timidez que no depende de la inteligencia, ni aun de

la voluntad, sino que parece que está en los músculos, que se niegan a

obedecer.

El teniente era capaz de pensar con claridad, de intentar realizar lo

pensado con audacia, de marchar con ímpetu; pero llegaba un momento en

que sus nervios flaqueaban y se sentía paralizado. En esta situación de

azoramiento, cualquier cosa, abrir una puerta, saludar, salir de una

habitación, le dejaba confuso, vacilante, en una actitud de perplejidad

que a él le resultaba embarazosa y triste y a los demás muy cómica. La

gente se reía de él, y a consecuencia de esto, Urbina, al verse tan

absurdo y tan poco consecuente consigo mismo, iba aislándose.

Urbina y Thompson se hicieron amigos y se les veía pasearse juntos con

mucha frecuencia por el castillo y por el muelle. Cuando hubo confianza

entre los dos, Urbina habló de Kitty y de Eguaguirre:

--¿Qué vida hace la señora de Hervés?--le preguntó Thompson.

--Una vida muy independiente. Por la mañana toma su baño, luego da un

paseo a caballo, lee, escribe, hace excursiones en lancha. Al anochecer

recibe a sus amigos.

--¿Y el pueblo ve bien este espíritu de independencia de nuestra amiga?

--No. ¡Ca! El pueblo entero está contra ella. Se la considera loca,

rara, absurda.

--No es extraño.

--Luego se habrá usted fijado en que Kitty tiene un gran desprecio por

todas las vulgaridades y lugares comunes que forman como el caparazón

constante de la gente mezquina. Muchas veces es capaz de llevar la

contraria a una persona que defiende una opinión cierta, no porque ella

piense lo contrario, sino porque tanta seguridad en una idea vulgar,

aunque sea exacta, le repugna.

--Así, tiene que tener muchas enemistades.

--Figúrese usted.

--No le perdonarán esta independencia de espíritu.

--No. ¡Ca! A un hombre no se le perdona tener ingenio y un poco de

nobleza de espíritu; a una mujer, mucho menos.

--¡Lástima!

--Sí. Kitty no es nada simpática en Ondara. Su originalidad ha parecido

a las señoras del pueblo una muestra de extravagancia. No se puede

encontrar por ahora en su conducta nada digno de tacha, pero se

cree que no tardará en encontrarse. Su ingenio y su cultura son muy

sospechosos para las damas ondaresas. No queremos ir a verla--dicen--.

¡Es tan sabia! Nos pregunta los libros que leemos, sabiendo que no

leemos ninguno. Para estas damas cuanto hace Kitty es una ridiculez y

una pedantería. Para ellas todo lo que no sea hablar con el novio en la

reja, si son solteras, confesarse con el curita jacarandoso u ocuparse

de trapos, es absurdo.

--Así que Kitty estará muy aislada.

--Completamente.

--¡Parece mentira! ¡Una mujer tan simpática!

--Y tan buena--repuso Urbina.

--¿Usted cree que es buena de verdad?--preguntó Thompson.

--Sí; muy buena y muy inteligente. No encontrará usted en ella envidia,

ni rencor, ni ningún sentimiento bajo; únicamente, orgullo; pero un

orgullo noble de verse superior a la generalidad.

--Esto habrá contribuído a la antipatía general.

--Seguramente; Kitty tiene la vaga sospecha de que todas las

superioridades se pagan. La finura, la gracia, la amabilidad desarman y

domestican un momento a las gentes cerriles; pero es una domesticación

pasajera, porque el bruto vuelve pronto a ser agresivo.

--¿Y cree usted que hay algo entre Eguaguirre y ella?

--Usted habrá notado lo mismo que yo lo que hay.

--¿Qué le parece a usted Eguaguirre? A mí me da la impresión de un

egoísta frenético.

--Sí; es un gran egoísta; pero, al mismo tiempo, hombre tímido,

violento y sensible. No tiene freno; el menor contratiempo le amilana y

le sume en una desesperación sombría.

La Ruta del Aventurero · 第 2 / 16 段