Nota del Transcriptor:
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PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
_El aprendiz de conspirador._
_El escuadrón del Brigante._
_Los caminos del mundo._
_Con la pluma y con el sable._
_Los recursos de la astucia._
_La ruta del aventurero._
_Los contrastes de la vida._
_La veleta de Gastizar._
_Los caudillos de 1830._
_La Isabelina._
_El sabor de la venganza._
LA RUTA DEL AVENTURERO
ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
PARA TODOS LOS PAÍSES
COPYRIGHT BY
RAFAEL CARO RAGGIO
1921
Establecimiento tipográfico
de Rafael Caro Raggio
PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LA RUTA DEL
AVENTURERO
NOVELA
[Ilustración]
RAFAEL CARO RAGGIO
EDITOR
MENDIZÁBAL, 34
MADRID
PRÓLOGO
ESTAS dos historias, _El Convento de Monsant_ y _El Viaje sin objeto_,
parece que fueron escritas, hace años, por un inglés, J. H. Thompson,
que vivió mucho tiempo en Málaga, donde se dedicaba al comercio de la
uva.
Algunos dicen que el tal ciudadano no se contentaba con el comercio del
susodicho género al exterior, sino que lo consumía también en zumo y al
interior; pero esta debe ser una de tantas calumnias que se ceban en
los hombres de aspecto y costumbres distintos de la generalidad.
Como verá el curioso o indiferente lector, en las dos narraciones
thompsonianas aparece nuestro héroe Aviraneta de una manera un tanto
episódica.
Quizá los aviranetistas científicos o aviranetistas de la cátedra nos
pregunten: ¿Qué garantías tiene ese J. H. Thompson como historiador
veraz? ¿Qué grado de certeza pueden conceder a sus afirmaciones las
personas serias y sensatas? Lo ignoramos.
Por ahora, a pesar de haber revisado todos cuantos diccionarios
enciclopédicos han caído en nuestras manos, no lo hemos visto citado
entre los Bossuet, los Solís, los Macaulay, los Cantú, los Thiers
y otros grandes historiadores, magníficos por su elocuencia, su
pedantería y su moral, que han contribuído a aburrir al mundo; tampoco
se sabe que el dicho Thompson perteneciera a ninguna academia de buenas
ni de malas letras, histórica, arqueológica, lingüística o filatélica,
lo cual, unido a que no tuvo, al parecer, ninguna cruz, ni encomienda,
ha hecho pensar a muchos que debió ser hombre de poca formalidad y de
poca importancia.
Los datos que hemos podido recoger de este inglés extravagante y
jovial, proporcionados por uno de sus amigos, son los siguientes:
Juan Hipólito Thompson era hijo de un disecador de animales de Holborn
Street, en Londres, y sobrino de un farmacéutico de Soho, de la misma
ciudad.
J. H. pasó la infancia en el taller de su padre, entre tigres,
serpientes, caimanes, cocodrilos y otros animales disecados, llenos de
escamas, garras, uñas, picos, y de furor en vida; y de paja, papel de
periódicos, virutas, y serenidad después de la muerte.
J. H. jugó con los ojos de cristal que habían de resplandecer en las
cuencas vacías de los monstruos; J. H. se divirtió con los dientes
afilados de las fieras; J. H. se entretuvo con las lenguas rojas de
las alimañas, con las plumas de los pavos reales y las crestas de las
abubillas.
J. H. vió claramente que un cocodrilo nunca tiene una mirada tan
fascinadora como cuando se le ponen ojos de cristal, y que una
serpiente de cascabel nunca parece tan de cascabel como cuando se le
ata uno de estos adminículos a la cola.
Tan grandes descubrimientos le condujeron con rapidez al escepticismo.
Esta colección de uniformes barrocos que posee la madre Naturaleza,
esta guardarropía absurda y caprichosa, llevó a J. H. a mirar con
cierto desdén la realidad fenomenal y a sentir una gran inclinación
hacia el conocimiento de esa incógnita que los sabios llamamos lo
nouménico, y también la cosa en sí.
Como hemos indicado antes, J. H. tuvo un tío, soltero y de alguna
posición. Este señor, bibliófilo y ex farmacéutico, que vivía rodeado
de libros y de estampas, hizo leer a su sobrino las obras de los
filósofos, entre ellos Bacon, el caballero Locke, Berkeley y Kant.
J. H. discutió con sus amigos acerca de las grandes antinomias del
pensamiento humano.
J. H. profundizó los tres diálogos entre Hylas y Philonous de Berkeley,
y se convenció de que el mundo, la materia, los astros, el amor y
hasta las casas de préstamos, que a veces frecuentaba por ineludible
necesidad, no tenían realidad objetiva.
Llevado por estas ideas, o por sus inclinaciones, en vez de dedicarse
a cosas sanas, decentes y respetables, como la abogacía, el comercio
o el préstamo usurario, J. H. se dedicó al dibujo, a la caricatura, a
la pintura y a otras absurdidades que, en general, no conducen mas que
a sentir el hambre con violencia y en horas intempestivas, en que no
suenan los tres golpes de la campana del comedor de un hotel.
A J. H., además de llevarle a la ruina, le obligaron a escapar de
Inglaterra.
--¿Adónde ir?--se dijo J. H.--. ¿En dónde colocar la débil e insegura
planta?
¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el follaje sombrío
brilla la naranja de oro.
Esta pregunta se hizo J. H., como Mignon en la canción de Goethe.
No; no conocía el país donde maduran los limoneros, ni la montaña y su
sendero brumoso, ni la tierra que se adorna con el mirto discreto y el
soberbio laurel.
No conocía J. H. mas que las calles sucias de Londres y las tabernas
de la City; y como un ibis de los que había disecado su padre, antes
de caer bajo el plomo de un cazador irrespetuoso, extiende sus alas
sobre las aguas del Nilo y se lanza en el espacio azul, él levantó el
vuelo y se vino a España. Sus aventuras en nuestro país le impulsaron a
escribir el _Viaje sin objeto_.
Después Thompson hizo la expedición de Missolonghi con lord Byron, se
casó en Andalucía y acabó olvidando a Kant, a Berkeley, los dibujos,
las caricaturas y vendiendo pasas.
Ya sabemos que la mayoría de los críticos suspicaces no creerán en la
existencia de J. H.; que supondrán que es un Homunculus creado por
nosotros con una fórmula más o menos vulgar, pensando que el inglés
jovial no existe y que, a lo más, es un embolado que el editor de esta
obra trae del cabestro para entretener al público.
Piensen lo que quieran estos críticos suspicaces, el editor no vacila
en afirmar, con la mano puesta en el corazón y con la lealtad de un
hombre que desciende, según su difunta tía, de uno de los más ilustres
caballeros de la antigüedad, contemporáneo del reino, que J. H. vivió,
existió, tuvo realidad objetiva en nuestro pequeño e insignificante
planeta.
Algunos escépticos han intentado sembrar dudas acerca de la
autenticidad del _Convento de Monsant_, basándose en hallarse raspados,
borrados y sustituídos por otros escritos encima los nombres de los
personajes que intervienen en la acción.
Al mismo tiempo afirman que está cambiado el nombre de la ciudad
levantina que aparece como fondo, pues la Ondara que figura aquí no es
la Ondara de la provincia de Alicante, que no es puerto de mar.
Nada de esto ha podido quebrantar nuestra fe en la existencia de J. H.
y en la veracidad de su relato.
Para nosotros, _El Convento de Monsant_ es tan auténtico, tan
demostrado como el _Viaje sin objeto_.
Se podrá argüir que ambas narraciones no son brillantes, que no tienen
la magia de estilo de un poeta meridional, que están escritas, como
quien dice, en tono menor; pero todo ello depende de que la visión de
J. H. es la visión escueta y descarnada del que mira y contempla con la
pupila fría de un hombre del Norte, acostumbrado, como disecador, a ver
la entraña de las cosas.
Hechas estas salvedades, para dejar en buen lugar nuestra seriedad
de hombres históricos y nuestro respeto por las grandes verdades de
la filosofía, la geografía, etcétera, etc., pasamos a copiar los dos
relatos de J. H., ex disecador, ex acuarelista, ex caricaturista y
vendedor de pasas.
EL CONVENTO DE MONSANT
I
UNA CIUDAD LEVANTINA
A orillas del Mediterráneo y en el fondo de una ensenada hay una
pequeña ciudad blanca colocada sobre alta colina y rodeada por una
sierra que forma gran anfiteatro de montes desnudos y pedregosos.
Ondara, nombre que unos consideran de origen griego y otros de origen
ibérico, se repliega en la falda de un cerro, promontorio destacado de
la cordillera que penetra en el mar.
Este promontorio, llamado por los romanos Promontorio Ondaroe, tiene un
viejo castillo en la cumbre, y debió ser en otro tiempo una Acrópolis
donde se encerraban las tropas con su caudillos a la llegada del
enemigo y se guardaban los dioses lares de la ciudad.
La gran sierra, en anfiteatro, de Ondara se levanta al acercarse al mar
en un monte más alto, denominado el Monsant.
El Monsant limita la bahía de Ondara por el norte. Hacia el interior
tiene un picacho cónico y desnudo, gigante abrumado en la soledad, que
debió ser en otro tiempo un volcán, con sus aristas y surcos, por donde
corrió la lava. Hacia el mar avanza formando un cabo, como una proa
formidable rota por alguna convulsión ígnea en láminas negras, hendidas
por rajaduras, en cuyo fondo penetra el agua y golpea como un ariete.
El desmoronamiento del Monsant ha dejado pequeños archipiélagos
rocosos: tritones negros que se bañan entre los meandros blancos de las
olas y de las espumas.
Neptuno y Anfitrite, con su cortejo de nereidas y de sirenas, parecen
presidir estos locos desvaríos del mar.
La ensenada de Ondara, cerrada al norte por el Monsant, circunscrita
por la sierra con sus rocas azules por la mañana y moradas al
anochecer, termina hacia el sur en una punta baja de arena con un faro
en su extremo. Tiene esta ensenada dos playas grandes, abiertas, llenas
de pedruscos, ennegrecidas por las algas, y un puerto natural al pie
mismo de las casas.
Durante el primer tercio del siglo XIX Ondara era todavía pueblo de
alguna importancia estratégica; tenía un castillo y una muralla.
El castillo había sufrido mucho durante la guerra de la Independencia;
los cañones estaban desmontados; las casamatas, destruídas; por todas
partes quedaban reliquias de una lucha violenta y tenaz.
La muralla general del pueblo, de poco valor defensivo, era baja,
sin fosos ni obras exteriores, a trechos aspillerada y a trechos
no, interrumpida por baluartes y torreones circulares, con sus
correspondientes garitas.
Esta pared moderna, blanca y de poca altura, que rodeaba la ciudad, se
unía al castillo y tenía hacia el puerto una explanada grande, llamada
la Glorieta, y un hornabeque con sus baterías.
Había, además de la pared baja, que circunvalaba a Ondara, restos de
fortificaciones, antiguos lienzos de muralla de color de ámbar dorados
por el sol de los siglos y ennegrecidos por el aire del mar.
Uno de éstos, el más extenso, cerraba un gran barranco que existía
entre el castillo y el barrio de pescadores.
Era una cortina de piedra de grandes bloques tallados. Los eruditos no
se hallaban muy de acuerdo en señalar la época de construcción de esta
muralla. Unos la consideraban del tiempo de los etruscos, fundadores de
la ciudad; otros, de origen romano.
Los eclécticos afirmaban que había parte de muro antiquísima; otra,
romana, y otra, reedificada por los árabes.
El conjunto de murallas de Ondara levantadas en distintas épocas se
unía, trazando un 8, encerrando en sus dos círculos el castillo y la
ciudad.
Se comprendía que antiguamente Ondara debió de ser fortaleza
importante, casi inexpugnable; del lado del mar tenía que ser muy
difícil su conquista, y difícil también del lado de tierra, guardando
los pasos de su anfiteatro de montañas.
Todavía fuera de su recinto la ciudad presentaba vestigios de defensa,
y a la entrada del puerto, sobre unas rocas, se levantaban dos
torrecillas negras medio derruídas: una, llamada el Fortín, y la otra,
la Torreta.
La ciudad de Ondara, muy vieja en sus ruinas y muy nueva en sus
construcciones, era casi en su totalidad moderna. Únicamente la iglesia
mayor, y algunas casas próximas a la muralla, procedían de edades
pretéritas.
La iglesia mayor, de traza gótica, tenía una fachada pintada de color
azul claro, con una portada barroca y una galería con remates en forma
de jarrones.
Esta iglesia se levantaba en el centro de una plazoleta, y se erguía
sobre el caserío ondarense con su torre cuadrada y su cúpula de
azulejos verdes.
Por dentro, la alta nave mostraba las nervaduras de sus columnas y sus
ojivas pintadas de amarillo, y en las claves tenía escudos coloreados.
En las capillas resplandecían los grandes altares churriguerescos, con
sus columnas salomónicas retorcidas, y las tablas antiguas pintadas por
maestros imitadores de los flamencos.
Otra iglesia existía en Ondara, hacia el puerto; los arqueólogos no
hubiesen encontrado en ella belleza alguna; sin embargo, pintada de
azul y de rosa, daba la impresión de juventud y de fuerza de una
aldeana rozagante.
El caserío de Ondara, agrupado en torno de la iglesia, en la colina del
castillo, tenía un aire de inocencia, de beatitud, de paz; parecía un
rebaño blanco que rodease a su pastor. En las azoteas de las casas se
secaban al sol trapos de mil colores. A los pocos tejados del pueblo la
humedad del mar los llenaba de musgo y hacía brotar en ellos hierbales
frondosos y verdes.
Ondara no ofrecía nada de caprichoso ni de pintoresco; tenía un barrio
de campesinos y otro de pescadores. El centro lo formaban dos o tres
calles bastante anchas, con comercios importantes. Paseaban por ellas
los señoritos desocupados, los jóvenes militares, arrastrando el sable,
y los curas, con su gran teja y las manos a la espalda, recogiendo
el manteo por detrás. A ciertas horas cruzaban grupos de mocitas muy
garbosas, muy limpias y pizpiretas, que trabajaban en el embalaje de
las naranjas.
De vez en cuando pasaba algún coche o una tartana de familia rica, y
los jóvenes sabían inmediatamente si era Vicenteta o Doloretes, o el
padre o la madre de una de éstas, la que iba en el carruaje.
Fuera de las calles céntricas y comerciales, las demás eran rectas,
bastante anchas y desiertas. Las casas, bajas, sin alero, de grandes
puertas y rejas pintadas de verde, se alineaban una tras otra,
inundadas de sol, como ensimismadas en la calma soñolienta.
Los transeúntes eran escasos.
Sólo por la mañana se veían viejas vestidas de negro, de ojos
desconfiados, y alguna con su poco de barba, que sacaban una llave de
debajo del manto, abrían un postigo y cerraban después dando un gran
portazo, manifestando su desprecio para el resto de los mortales.
El barrio de pescadores era lo más pintoresco de Ondara: allí se veían
calles estrechas y en cuesta, con casuchas pequeñas, chozas, barcas
metidas en los corrales y una población marinera expresiva, exagerada y
gesticulante. Los hombres trabajaban, hablando, gritando, en su lengua
mediterránea; las viejas, ennegrecidas por el sol, componían redes
y velas, y los chiquillos haraposos, con harapos rojos, amarillos,
verdes, de los colores más vivos, correteaban con los pies descalzos...
* * * * *
Si Ondara no presentaba nada extraordinario desde el punto de vista
arqueológico, poseía una luz mágica que la doraba, la hermoseaba, la
convertía a ciertas horas en una ascua de oro, en una ciudad de fuego,
y en otras le daba un aire de pueblo oriental, de inmovilidad, de calma
y de luz.
Como todas las ciudades del Mediterráneo, nacidas del beso suave de
la tierra con el mar, Ondara tenía algo armónico por encima del caos
producido por la mezcla de muchas razas y de diversas gentes.
Era ciudad provinciana y cosmopolita, campesina y pescadora. En ella
el ser más humilde, el pescador más mísero, llevaba en el cerebro, por
la misma limitación del mar interior, una idea del mundo. Allí cerca
estaba el Africa, con sus misterios; más lejos, Grecia, Roma, Egipto,
con sus ciudades opulentas de cielo incomparable y de suelo fecundo...
El habitante obscuro del Atlántico mira el mar como un final ilimitado;
el habitante obscuro del Mediterráneo mira el mar como un camino.
De ahí quizá su superioridad colectiva, su sentido social.
Para un hombre llegado de las costas del Atlántico, las orillas
del _mare nostrum_ guardan siempre una sorpresa, que a veces toma
aspecto de lección. En estas aguas azules del mar latino, que cantan
eternamente en las costas, el hombre vive una vida ligera y elástica;
allá, a veces, parece superficial lo que en otras partes parece
profundo; allá la marea no amenaza constantemente al hombre como en el
Océano, y la vida humana se desarrolla en el contacto plácido de la
tierra con el mar; de la tierra, que es la patria y la ciudad; del mar,
que por el remo o por la vela se convierte en el camino del mundo...
A pesar de esto, la misma magia de la decoración, la misma esplendidez
del fondo, hace en estos lugares que el hombre parezca de contornos más
limitados, más acusados y quizá por esto más pequeño.
II
EL CASTILLO
EL castillo era un peñón árido que se destacaba de la sierra y avanzaba
hundiendo en el mar sus acantilados rojos y amarillentos.
Contemplado a lo lejos apenas se advertía en él mas que alguno que
otro lienzo de muralla de color de ceniza, la torre de señales y las
baterías altas de su cumbre.
Desde el puerto aparecía imponente con sus paredones grandes de piedra,
dorados por el sol; sus torres, sus baterías, sus fortines, sus garitas
verdinegras, los traveses, que iban trazando zig-zag por los glacis, y
los viejos cañones, que miraban al mar.
La tierra, rojiza, de entre muralla y muralla tenía rincones con
almendros y melocotoneros, que en primavera resplandecían como ramos de
nieve y de rosa, y taludes con viñas y hierbas salvajes esmaltadas de
flores amarillas y azules.
Subiendo al castillo y entrando en su recinto se veía que era ya una
ruina, un amontonamiento confuso de murallas viejas, griegas, romanas,
visigodas, árabes y alguna que otra moderna.
Los militares consideraban la restauración de la fortaleza casi inútil,
y el Gobierno no tenía, al parecer, intenciones de artillarla.
El castillo tenía tres puertas: la puerta de Tierra, que salía cerca de
la plaza de la Iglesia; la de la Marina, que miraba al muelle, y la del
Socorro, que daba al campo.
Esta última, de extramuros, servía para recibir refuerzos y auxilios
del exterior en el caso de que la ciudad estuviese rebelada contra el
Poder o se hallara ocupada por el enemigo.
Entrando por la puerta de la Marina y pasando por un puente levadizo,
limitado por cadenas y flanqueado por dos garitas, se atravesaba un
arco, a uno de cuyos lados estaba el cuerpo de guardia.
Allí, en unos bancos, solía verse a los soldados sentados, mientras que
el oficial paseaba por delante del muelle o fumaba en una mecedora.
Del arco de entrada partía una cuesta muy agria, que pasaba por
debajo de un túnel de ocho o diez pasos de largo, y al salir de él
se desembocaba en un anchurón con casamatas, parque de municiones y
almacén de pólvora.
Desde aquí el camino se bifurcaba; uno iba por la izquierda mirando
a la sierra; el otro, por la derecha, frente al mar. Los dos se
encontraban en la explanada de una batería y rodeaban la ciudadela.
El camino de la izquierda pasaba por encima del pueblo, amenazándole
con sus viejas torres, rojizas, guarnecidas con matacanes, y sus
baluartes del tiempo de Vauban; luego iba la contraescarpa dando vista
a la campiña, limitada por el anfiteatro de montañas, que comenzaba en
el Monsant y seguía por las otras alturas que formaban la sierra.
El camino de la derecha presentaba puntos de vista admirables; tenía al
principio una batería enlosada, la batería de la Marina, encima mismo
del puerto.
Los cañones de esta batería eran de bronce, verdes, con escudos y
letreros, y pesadas cureñas llenas de adornos. Era aquel sitio uno de
los más pintorescos del Castillo. Por entre las almenas se veía el mar.
Una garita de piedras, vacilantes, colgada en el vacío, con un agujero
redondo en el suelo, dejaba ver el puerto a vista de pájaro.
Saliendo de la batería de la Marina, el camino escalaba una cuesta,
corría por encima de los acantilados, pasaba por delante de la Cueva de
Pastor, que terminaba en el mar, y llegaba a la batería de las Damas.
Aquí la vista se había alargado, ensanchado, enriquecido.
Más arriba se hallaba la batería de San Antón, donde se encontraban los
dos caminos que daban la vuelta al monte, y, desde esta batería, subía
otro camino, que escalaba lo más alto del promontorio. Desde aquí se
divisaban dos o tres pabellones, una torre grande y cuadrada, el Macho,
una pequeña azotea convertida en jardín, el Mirador, y una última
batería, la batería del Rey, sin muralla ni troneras, desde la cual,
los morteros podían disparar en todas direcciones.
De lo alto de aquella altísima explanada se abarcaba el paisaje y el
pueblo, excepto algunas rinconadas muy próximas al castillo.
Dominábase desde la altura, como de ninguna otra parte, la sierra,
Ondara, el mar azul y las rocas del cabo de Monsant.
El pueblo, acurrucado debajo del castillo, tenía un aire ensimismado y
soñoliento; centelleaban sus luceros de cristal, la cúpula de azulejos
de su iglesia, sus tejados verdosos y sus azoteas, llenas de ropas
blancas. En los alrededores, al borde de las sendas, crecían las
grandes piteras entrecruzando sus láminas verdes y agudas como puñales,
cubiertas de polvo.
Hacia la sierra, el campo fulguraba ardoroso y requemado; en las partes
bajas algunos pequeños huertos de hortalizas regados por acequias
mostraban su verdura, y otros más grandes de naranjos brillaban en
invierno con sus constelaciones de frutos dorados entre el obscuro
follaje. En los repechos y faldas de la sierra se respaldaban alquerías
rodeadas de bosquecillos, de olivos y de almendros. En las cumbres, los
montes secos y pedregosos, como formados por ceniza y piedra pómez,
erizaban sus aristas, y los caminos blancos parecían sembrados de yeso.
En una cuesta, dos filos de cipreses, interrumpidas por cruces de
piedra, escalaban una altura hasta llegar al camposanto.
En lo más elevado del castillo, sobre el antiguo promontorio ardoroso
y calcinado, estaba el jardín del Mirador. Este jardín era un repecho
de la muralla, anejo al pabellón donde vivía el coronel que mandaba las
fuerzas de la ciudadela. Tenía el Mirador una torrecilla, llamada el
Castellet, y unas escaleras para subir a la batería del Rey.
Desde allí se dominaba el mar, el mar azul, de un color espléndido,
intenso, bajo el cielo fulgurante.
A lo lejos, sobre un acantilado que parecía de mármol, brillaba la
mancha blanca de un pueblecito.
En el Mirador brotaban rosales con rosas de todos colores; jazmines
mezclados con mirtos y con el follaje obscuro de los naranjos. Una
adelfa, de flor encendida, parecía una cascada de fuego.
La coronela cuidaba con mucho cariño las plantas del Mirador.
Todos los días, los soldados sacaban agua para regar el jardín de una
cisterna, la cisterna del Moro, que era antigua, revestida de piedra y
profundísima.
* * * * *
En el castillo de Ondara había de guarnición dos compañías de
infantería y un destacamento de artillería. Esta pequeña fuerza, que
apenas llegaba a cuatrocientos hombres, contaba con una oficialidad
numerosa, mandada por un coronel titulado gobernador.
Este, con su mujer, vivía en uno de los pabellones del castillo; en
otro pabellón habitaban, con sus familias, un comandante y un capitán.
Los demás oficiales tenían sus casas en el pueblo.
Por las tardes de primavera y otoño, y el verano, por las noches,
solía haber tertulia en el Mirador del castillo. La coronela hacía los
honores en su jardín, e iban a saludarla los oficiales distinguidos de
la guarnición.
III
LOS SOSPECHOSOS
UNA tarde de mayo, al caer el sol, después de un día ardoroso y
sofocante, el puerto de Ondara se veía más animado que de ordinario.
Estaban desembarcando dos laúdes de carbón llegados de Ibiza, y volvían
al mismo tiempo de retorno las lanchas de los pescadores.
El mar estaba azul, de un azul casi negro, tranquilo, sosegado; sobre
su anchura brillaban, como alas mágicas, las triangulares velas latinas.
El sol poniente iluminaba la tierra. El castillo centelleaba en sus
acantilados rojizos y amarillentos. Parte del pueblo refulgía como un
ascua, y saltaban chispas de incendio de las vidrieras, de los luceros
y de los azulejos; parte, hundido en la sombra, se bañaba en un aire de
color de violeta.
En el muelle, los cargadores, con sus gorros rojos, iban y venían
llevando fardos; los carpinteros de ribera aserraban cuadernas y
armaban las costillas de las barcas en esqueleto, tendidas en los
arsenales; los chicos jugaban y correteaban como gorriones, acercándose
a la lancha que llegaba; las viejas componían redes, y algunos
carabineros, sentados en un banco, delante de la puerta de la Marina,
hablaban entre sí. Mozos, negros por el sol, con aire de piratas
berberiscos, cargados con cuévanos llenos de pececillos brillantes,
pasaban delante de los carabineros, pagaban unos cuartos y entraban en
las calles voceando pescado.
En las tabernas, los marineros hablaban a gritos; otros, agrupados
en las mesas, oían las explicaciones sabias de algún piloto experto
y decidido: viejo Palinuro, conocedor de las corrientes y de los
vientos...
En esto, a la caída de la tarde, se presentó a unas millas de Ondara
un barco, que produjo gran sorpresa en el pueblo. Era un navío de
alto bordo que, en aquel momento, se acercaba con sus velas blancas
desplegadas, fantástico, como una alucinación.
El atalayero de la fortaleza hizo las señas con gallardetes, y el barco
izó la bandera en el castillo de popa.
Los curiosos de Ondara se acercaron al puerto a contemplar el navío, y
los militares de la ciudadela aparecieron en la batería de la Marina y
en la batería del Rey a mirar con anteojos y gemelos.
Alguno de los oficiales se acercó a la atalaya, y el atalayero, en
tono que no tenía réplica, dijo que el barco aquel era una polacra de
doscientas cincuenta toneladas, que llevaba bandera del reino de las
Dos Sicilias.
Sabidos la nacionalidad y el tonelaje del navío, los oficiales de
guardia del castillo se pusieron a hacer comentarios acerca del objeto
que podía tener la polacra al acercarse a Ondara.
Estaría la embarcación napolitana a una milla próximamente de distancia
del puerto cuando cayeron unas velas, se levantaron otras y la polacra
quedó al pairo, inmóvil. Entonces se vió que de su costado bajaba un
bote al mar, que poco después avanzaba, a fuerza de remos, hacia el
muelle.
El coronel, gobernador del castillo, mandó que un oficial fuera a
interrogar a los del bote, y quedó él con un anteojo mirando al mar
desde la alta explanada de la ciudadela.
La gente marinera contemplaba también, con curiosidad, la lancha de la
polacra, que iba avanzando.
Esta se acercó, dejando una estela plateada en el agua, hasta atracar
en una de las escaleras del malecón del muelle. Inmediatamente bajaron
tres hombres.
Eran del aspecto más heterogéneo que puede imaginarse: uno, alto,
grueso, colorado, vestido con un viejo redingote; el otro, también
alto, encorvado, amarillo, con aire de enfermo, cubierto con un carrick
negro con rayas blancas; el tercero, pequeño, engallado, rubio,
vestido elegantemente con frac azul de botones dorados, pantalones
azules, chaleco de grana y cachucha de oficial de Marina inglesa.
Los dos primeros parecían vestidos en una trapería; al tercero se le
hubiera tomado por un currutaco que iba a un baile o a una recepción
aristocrática.
El hombre alto, al desembarcar, subió las escaleras con un saco; el
enfermo llevaba un fardel en la mano; el pequeño, rubio y elegante,
hizo que un marinero le llevase al muelle una gran maleta.
El oficial enviado por el gobernador se acercó a los tres individuos
con el fin de interrogarles.
Los marineros del bote, al momento que dejaron a los hombres con
sus equipajes en tierra, separándose del muelle comenzaron a remar
furiosamente y se alejaron dirigiéndose a la polacra.
--¡Se van!--exclamaron los del público con sorpresa.
--No; es que van a traer otros--replicaron algunos de esos seres
perspicaces que siempre están en el secreto de los acontecimientos.
Los desconocidos acabados de desembarcar se hallaban en el malecón,
rodeados de un círculo de marineros, mujeres y chiquillos.
--¡Bueno, bueno, basta ya!--gritaba el hombre pequeño y rubio,
dirigiéndose a la multitud--. No seáis imbéciles. Aquí no hay nada que
ver. ¡Fuera!
En esto, apartando la gente, se acercó a los tres individuos el oficial
enviado por el coronel gobernador.
--¿De dónde vienen ustedes?--preguntó con voz seca.
--Venimos de Grecia, después de haber tocado en Nápoles--contestó el
hombre alto y rozagante.
--¿Son ustedes españoles?
--No; somos ingleses.
--¿Qué hacían ustedes en Grecia?
--Eramos comerciantes. Los turcos saquearon la ciudad donde vivíamos y
tuvimos que escapar.
--¿Y por qué los han desembarcado?
--Es que nuestro compañero se encuentra enfermo y quería a toda costa
dejar el barco.
Un sargento que acompañaba al oficial se acercó a él y le dijo en voz
baja:
--No vayan a tener la peste.
El oficial dió unos pasos atrás. La frase y el movimiento no pasaron
inadvertidos para la gente, que al momento ensanchó el círculo que
rodeaba a los tres hombres.
El oficial habló con mucha reserva con el sargento y dijo después
dirigiéndose a los sospechosos:
--No pueden ustedes entrar en el pueblo.
--¿Por qué?--preguntó el hombre alto.
--Porque tienen que ir al lazareto en observación.
Los desconocidos se miraron unos a otros.
--¿No habrá un mozo o una caballería para llevar nuestro
equipaje?--preguntó el elegante pequeño y rubio con voz seca--. Se le
pagará lo que sea.
Un campesino, después de vacilar mucho, dijo que él tenía una mula y
que la traería.
Se esperó a que viniera, se sujetaron encima de la caballería el saco
y la maleta, se fué el oficial, y el sargento, dueño de la situación,
dijo severamente a los supuestos apestados:
--Vengan ustedes detrás de mí; pero de lejos ¡eh! No hay necesidad de
acercarse.
Los tres hombres, llevando en medio al enfermo, siguieron al sargento
y al campesino de la mula. Avanzaron por la playa. De trecho en trecho
tenían que pararse para que el enfermo descansara. Cruzaron un pequeño
barrio formado por cabañas y algunas barcazas convertidas en viviendas
y adornadas con tiestos y cajas llenas de tierra con flores.
Allí por donde pasaban iban produciendo expectación; la voz de que eran
apestados había corrido por el pueblo.
El sargento, dejando la parte habitada de la playa, se acercó a un
arenal desierto en donde se levantaba una casa cuadrada, medio ruinosa,
montada sobre un basamento macizo de piedra, que impedía que el agua
del mar entrase dentro en los temporales. Para subir a la casa había
unos escalones.
Veíanse alrededor de ella cajas de mercancías abiertas y algunas
lanchas podridas.
--Este es lazareto de Ondara--dijo el sargento--. Aquí van ustedes a
pasar la cuarentena de observación. Bajen ustedes los equipajes.
El enfermo se sentó tristemente en una de las escaleras de la casa
abandonada, mientras los otros dos y el campesino descargaban la
caballería.
Hecho esto, el sargento dijo como despedida:
--No se les permite a ustedes acercarse a la ciudad bajo pena de
muerte. Por la mañana y por la noche se les traerá pan y rancho, que se
les dejará en la puerta. Ya lo saben. ¡Adiós!
El campesino tomó el ronzal de su macho, cogió el dinero que le dió el
hombre rubio, lo contó y comenzó a alejarse despacio por la playa.
Se quedaron los tres hombres solos, y mientras el enfermo, envuelto en
una manta, miraba el mar, los otros dos entraban en la casa solitaria.
Abrieron las carcomidas ventanas. El sitio era destartalado y sucio:
una nave como una sala de hospital con una cocina pequeña en el fondo.
--Puesto que aquí tenemos que estar algunos días, vamos a ver si
limpiamos esto--dijo el hombre alto.
--Vamos allá--repuso el pequeño.
Se quitaron los dos las levitas, y en mangas de camisa y con un cubo
cada uno, fueron a orillas del mar a buscar agua. Estuvieron después
una hora, armados de escobas, barriendo y baldeándolo todo, hasta dejar
el suelo limpio.
Terminada esta faena, sacaron unos jergones viejos y los sacudieron al
aire libre.
El enfermo dijo que tenía ganas de tenderse; le pusieron dos jergones
en el suelo, uno encima de otro, y se acostó envuelto en una manta.
Los dos hombres sanos, después de acabar la tarea, quedaron a la
puerta, cansados, sin hablarse, en una plácida contemplación del
paisaje.
Iba anocheciendo. Enfrente se veía el mar, rizado, con adornos de
plata; a la derecha brillaban las murallas del castillo con los últimos
resplandores del sol; a la izquierda se veía una punta lejana azul con
un faro, cuya luz escintilaba pálidamente en el cielo incendiado del
crepúsculo.
Las nubes, grandes y algodonosas, tomaban un tinte cobrizo; el
viento fuerte del anochecer rizaba el agua en pequeñas olas; seguían
resplandeciendo blancas, amarillas, remendadas, las velas latinas a
lo lejos. Las barcas pescadoras volvían de dos en dos; la polacra
napolitana había encendido un fanal que parecía un gran lucero
vespertino, y con todas sus velas desplegadas comenzaba a alejarse, con
el aire misterioso de una alucinación...
IV
ENTIERRO
POR la noche todo el mundo hablaba en Ondara de los tres hombres
llegados en el bote al puerto, a quienes se tenía como pestíferos. Se
recelaba que el capitán de la polacra siciliana los había expulsado de
su barco por considerarles sospechosos de padecer la peste. Algunos
vecinos afirmaban que el gobernador debió prohibirles terminantemente
bajar en el muelle; otros, más piadosos, decían que no era lícito
abandonar y dejar desamparados a unos hombres aunque estuvieran
enfermos.
Los técnicos aseguraban que todo dependía de no tener organizados los
servicios sanitarios. Según ellos, si se hubiera ido con la lancha de
sanidad al encuentro del bote lanzado al mar por la polacra, se hubiera
impedido el desembarco.
En la tertulia de la señora del coronel Hervés, en el mirador del
castillo, se habló mucho de los supuestos pestíferos, y un médico
militar, don Jesús Martín, y un teniente de artillería llamado
Eguaguirre, decidieron visitar a los aislados en el lazareto.
A la mañana siguiente montaron a caballo y se presentaron en la casa
abandonada de la playa.
Al llegar se encontraron a los dos hombres sanos, al alto grueso y al
pequeño delgado, afanados en calafatear un bote viejo. Les saludaron y
les preguntaron qué hacían.
--Aquí estamos--dijo el alto con una alegre sonrisa--trabajando a ver
si componemos este bote.
--¿Para qué?
--Para salir al mar. Así podremos entretenernos un poco y pescar y
cambiar de alimentación.
--¿Y el enfermo?--preguntó el médico.
--Está igual.
--¿Qué tiene?
--Tiene unas fiebres palúdicas que le han consumido.
--Voy a verle. Soy médico.
El hombre alto subió los escalones de la casa, abrió la puerta e hizo
pasar al doctor adentro. Este se acercó a la cama del enfermo. Apenas
podía incorporarse con la debilidad.
El doctor Martín reconoció al palúdico, salió de la casa y se lavó las
manos en un cubo de agua del mar.
--Este hombre está muy grave--dijo.
--Sí; ya se ve.
--¿Ha tomado quinina?
--Con poca constancia.
--¿Cómo se alimenta?
--Mal; ya ve usted; nos mandan rancho únicamente. Le damos el caldo,
que filtramos por una tela.
--Bueno; pues ya enviaremos otro alimento y quinina.
--Veremos a ver si mejora--murmuró el hombre alto.
--No, creo que no--dijo el médico--. Está ya muy depauperado. No durará
una semana.
Al salir el médico y el hombre alto a la playa se encontraron
al pequeño y delgado, que seguía trabajando en mangas de camisa
calafateando el bote, mientras el teniente Eguaguirre le contemplaba.
--Veo que son ustedes gente que no se deja amilanar por la
desgracia--exclamo el doctor.
--Está uno acostumbrado a todo.
--Será difícil que pongan esta lancha a flote--saltó el oficial de
artillería.
--Ya veremos--replicó el hombre delgado--. Se intentará.
--Les voy a enviar a ustedes--repuso el médico--un bote viejo que
teníamos para el servicio de sanidad, y que ya no se emplea. Está feo y
sin pintar, pero no hace agua.
--¡Oh, muchas gracias!
Se fueron el médico y el joven oficial, y al día siguiente había un
bote delante del lazareto. Los dos marineros que lo tripulaban bajaron
a la playa y, desde lejos, advirtieron a los pestíferos que allí estaba
la lancha.
El doctor había mandado llevarles un aparejo de pesca, que vieron en el
bote sobre un banco, envuelto en un papel.
Durante una semana la vida de los dos hombres fué la misma. Por la
mañana se levantaban al amanecer, daban alimento al enfermo, almorzaban
ellos y salían a pescar en el bote; por la tarde volvían al mar, y de
noche, uno de los compañeros velaba al palúdico mientras el otro dormía.
A los ocho días de llegar al lazareto el enfermo murió.
El hombre delgado escribió al gobernador del castillo y al alcalde. Les
decía en su carta que había muerto de fiebre uno de los recogidos en el
lazareto, coronel inglés al servicio del Gobierno griego. Añadía que el
coronel profesaba la religión evangélica y que por este motivo rogaba a
las autoridades dijeran dónde podía ser enterrado su cadáver, para lo
cual pedía les facilitaran instrumentos: un pico y una pala para cavar
la sepultura.
El alcalde contestó secamente diciendo que podían enterrar al muerto
cerca de la playa. Cualquier cosa era buena para malvados herejes como
aquéllos.
El gobernador mandó a dos soldados con una pala y y un pico.
Los dos hombres del lazareto recorrieron la playa. Encontraron lejos de
la casa un trozo de terreno firme, de arena petrificada, al pie de un
acantilado, y allí decidieron cavar la fosa. Hicieron un hoyo profundo
y, terminado éste, volvieron al lazareto. Después vistieron el cadáver,
lo metieron en el bote y se acercaron al lugar escogido. Tomaron el
muerto entre los dos sobre una escalera, cruzaron la playa y dejaron
el cadáver en la fosa. El hombre alto sacó del bolsillo una Biblia y
comenzó a leer versículos en inglés; el otro le escuchaba atento. Este,
de cuando en cuando, echaba un montón de arena en la fosa y después
quedaba inmóvil, apoyado en el mango de la pala. Hecha la obra, los dos
hombres volvieron al bote, y mientras remaban hablaron.
El alto y grande atendía y respetaba al pequeño, a quien consideraba
como capitán. Este llamaba a su compañero por su apellido: Thompson.
--Amigo Thompson--dijo el Capitán--, desde este momento cambio de
nombre y de personalidad.
--¿Cómo?
--Voy a tomar mientras esté aquí el nombre del pobre Mac-Clair, que
hemos enterrado. Llevo pasaporte de súbdito inglés con mi verdadero
nombre, pero prefiero usar el de Mac-Clair.
--Pero usted no sabe inglés, Capitán.
--No importa. Mac-Clair será un inglés que ha vivido en España y en
Francia y que no quiere hablar su idioma. Un inglés antiinglés de la
escuela de nuestro lord Byron.
Llegaron en el bote a la playa, desembarcaron, encallaron la lancha en
la arena y entraron en el lazareto. Dejaron la pala y el pico en un
rincón y leyeron los papeles del muerto. Podían servir para el Capitán.
Al revisar los documentos Thompson encontró un sobre pesado. Tenía
dentro veinte libras esterlinas.
--Se ha muerto Mac-Clair y la situación mejora--dijo Thompson.
--Mac-Clair ahora soy yo--replicó el Capitán--. No se le ocurra a usted
decir que ha muerto.
--Ya que usted se empeña, lo haré así. Me acostumbraré a llamar al
muerto el Coronel. El pobre Coronel tenía mala suerte.
Al día siguiente Thompson y el Capitán salieron a pescar como de
costumbre.
Así estuvieron viviendo un mes, aislados, sin hablar con nadie.
Difícil hubiera sido encontrar otros hombres tan obedientes a las
órdenes dadas por las autoridades. No se acercaban al pueblo con el
menor pretexto.
Al terminar el mes, en vez de ir ellos hacia la gente de los
alrededores, fué la gente de los alrededores la que comenzó a
aproximarse a ellos. Una vieja, que tenía una cantina en un lanchón,
sostenido por cuatro montones de piedras en la playa, se ofreció a
hacer la comida y la cena a los dos hombres sospechosos.
Estos dejaron el rancho a algunos hambrientos, y los pescadores, viendo
que los supuestos pestíferos estaban cada vez más sanos y fuertes, se
hicieron amigos suyos y salían a pescar juntos.
Desde el momento que se supo en el pueblo que los desterrados del
lazareto no estaban enfermos ni daban señales de impaciencia ni de
cólera, la opinión comenzó a manifestarse contra ellos. La mayoría
consideraba irritante que los tales hombres vivieran en el lazareto
como en un lugar de placer.
También les parecía una prueba de indiferencia absurda el que no
hubiesen hecho el menor intento de entrar en Ondara, como si la ciudad
no les interesara lo más mínimo.
--¡Qué gentes serán éstas!--se decían los ondarenses.
El gobernador, al saber que había transcurrido el tiempo reglamentario
de cuarentena, dió la orden de que no se llevara el rancho a los
detenidos y de que desalojaran inmediatamente el lazareto.
El Capitán y Thompson mandaron a un chiquillo en busca de una tartana.
Cuando llegó ésta metieron los equipajes en ella y fueron los dos
hombres al pueblo.
Compraron ropa blanca y algunas prendas que necesitaban, se afeitaron
y cortaron el pelo y se presentaron en la fonda de la Marina, en donde
les contemplaron con sorpresa.
Todo el mundo los creía unos lobos de mar, aventureros, medio piratas,
negros, barbudos, y se encontraron bastante sorprendidos al hallarse
con dos caballeros, uno de ellos elegante hasta el _dandysmo_.
V
EL TENIENTE EGUAGUIRRE
AL instalarse en la fonda, el Capitán dijo a la dueña que pensaba
estar pocos días; esperaba un barco para marcharse a Francia. Thompson
aseguró que él también se dirigiría a Gibraltar cuanto antes.
La fonda de la Marina, en donde se instalaron ambos, era bastante
cómoda y limpia. Los cuartos que les destinaron daban a un ancho balcón
corrido, que caía hacia un huerto.
Desde este balcón se veía, delante, el castillo sobre los glacis, con
sus cubos y murallones, bañados por el sol, que los iluminaba, según
las horas, con luz diferente.
Thompson comenzó a pintar acuarelas, poniendo por fondo las ruinas del
castillo.
Ocupaba la fortaleza todo el horizonte. Comenzaba por un torreón de
piedra rojiza, cuadrado, con matacanes en la parte alta y saeteras
estrechas y ventanas enrejadas en la baja.
El sol poniente solía dorar esta torre al caer de la tarde, y le daba
un color de miel.
El torreón se unía con lienzos de paredes amarillentas, almenadas, con
otra torre que se prolongaba hasta el mar, dejando cubos y baluartes
y cortinas de piedra entre ellos. A un nivel más bajo, rodeando la
fortaleza, había una muralla blanca, moderna, con garitas redondas y
troneras que limitaba el camino de ronda.
Desde la parte alta del castillo a la contraescarpa bajaba la colina
formando gradas de anfiteatro y taludes de tierra, cortados en diagonal
y en zig-zag por los muros de poca altura de los traveses.
En estos taludes, cuyas trincheras estaban muy mal conservadas,
brotaban toda clase de hierbas: aquí había un jardincito con unos
cuantos rosales y un almendro; allá, unas plantas de viña. Arriba,
arriba, se veía el follaje de un laurel del mirador de la coronela...
* * * * *
El huerto de la casa era triste; reinaban allí el silencio y la sombra;
los naranjos altos subían en busca de sol, y un limonero mostraba en
sus ramas limones marchitos, atados a ellas con bramantes. La luz clara
y diáfana de las mañanas, la reverberación cegadora del mediodía y de
las primeras horas de la tarde, el ambiente tibio del anochecer, el
silencio, el ruido de agua en la acequia cercana, sumían a Thompson en
una gran delicia.
En tanto el acuarelista se ocupaba de sus dibujos y de sus manchas, el
Capitán iba al puerto y quería preparar su viaje en seguida.
En la fonda de la Marina había cuatro oficiales y algunas otras
personas de menos importancia. Entre estos oficiales, el que se
consideraba, no se sabía por qué, con más derechos, era el teniente
de artillería Eguaguirre. Eguaguirre tenía el mejor cuarto y pagaba
como los demás. Algunos intentaron protestar de esta distinción
injustificada; pero Eguaguirre siguió siendo el hombre mimado de la
casa.
El teniente tuvo, al llegar a Ondara, dos desafíos, que produjeron
una gran emoción en la ciudad. En el primero hirió gravemente a su
adversario en el cuello; en el segundo le dieron una estocada en el
pecho que le obligó a estar en la cama cerca de un mes.
La patrona trataba a Eguaguirre con gran consideración. Los demás
oficiales de la fonda no se atrevían a tutearle como a sus camaradas.
Juan Eguaguirre era poco querido.
Su impertinencia, su frialdad, su tendencia al malhumor, su manera
de hablar con desprecio de los hombres y de las mujeres le hacían
antipático.
Era Eguaguirre alto, moreno, esbelto, de nariz fuerte y bien dibujada,
ojos negros, bigote corto, patillas pequeñas; el pelo, bastante largo,
con un mechón sobre la frente. Eguaguirre tenía una gran elegancia; los
ademanes, siempre fáciles y académicos. Vestido de uniforme, parecía
un personaje. Al contemplarle por primera vez, se veía que era un
orgulloso, un conquistador que se creía digno de todo.
Esta seguridad de algunos hombres, que convencen con su ademán de que
tienen más derechos que los demás, la poseía él en grado sumo. Cuando
Eguaguirre entraba en algún sitio, sobre todo donde hubiera mujeres,
era el primero; sentía la convicción de su valer, que llegaba a
comunicar a los otros.
Por lo que se contaba, Eguaguirre había tenido disgustos en su
infancia, cuando vivía con su tío el coronel del mismo apellido que fué
encausado durante la primera reacción de Fernando VII.
Eguaguirre era puntilloso, de un amor propio exagerado, que disimulaba
con afectada indiferencia.
El orgullo es, sin duda, planta que crece en las razas viejas y en los
pueblos en ruina. La vanidad es sentimiento de países más jóvenes y con
más ilusiones. El orgullo es lo que queda a las razas y castas caídas.
Eguaguirre era de una antigua familia acomodada de Navarra, cuya casa y
cuyos bienes habían desaparecido.
Al encontrarse en la mesa de la fonda de la Marina, Eguaguirre y el
Capitán se sintieron hostiles.
El Capitán habló a Eguaguirre en tono ligero, cosa que al oficialito
produjo enorme asombro.
No sólo hizo esto, sino que al segundo día el Capitán comenzó a
interrogarle.
--¿Es usted sobrino del coronel Eguaguirre?--le dijo.
Eguaguirre no contestó.
--¿Si es usted sobrino del coronel Eguaguirre?--volvió a preguntar el
Capitán.
--¿Por qué me lo pregunta usted?
--Por nada, por saberlo.
--¿Es que yo le pregunto a usted quién es, ni quiénes son sus
parientes, por curiosidad?
--No; pero puede usted preguntármelo. Yo le contestaré si me parece.
Eguaguirre miró con una sorpresa creciente al Capitán. El tono ligero
de éste le produjo verdadera estupefacción.
Eguaguirre esperó a que terminara la comida, y acercándose al Capitán
le preguntó de un modo frío y seco:
--¿Qué tenía usted que decirme del coronel Eguaguirre?
--Yo, nada. Que es un valiente y un buen liberal.
--¿Lo dice usted como censura?
--No; al contrario.
La mano derecha del Capitán hizo entonces el signo de reconocimiento de
la masonería escocesa, al cual contestó el teniente.
--Sabía que era usted amigo o enemigo--dijo Eguaguirre--, que no era
usted persona indiferente.
--Somos hermanos--replicó el Capitán.
--Dígame usted qué quiere usted hacer aquí para que le ayude.
--Mi amigo Thompson y yo--dijo el Capitán--volvemos de Grecia, donde
hemos estado en compañía de lord Byron. A la altura de este puerto
tuvimos que desembarcar y salir de la polacra siciliana donde íbamos
por imposición de los marineros, que habían supuesto que Thompson,
el enfermo y yo estábamos los tres apestados. Respecto a nuestros
proyectos, Thompson quiere marchar a España, y yo pienso ir a Marsella,
luego a Burdeos y trasladarme a Méjico.
--Creo--repuso Eguaguirre--que lo que más le conviene a usted es ir a
Valencia.
--No; no me entusiasma esa idea. El Angel Exterminador tiene muchos
agentes en esas ciudades del litoral mediterráneo.
--Sí, es verdad--dijo Eguaguirre estremeciéndose y mirando a derecha
e izquierda--. Entonces tendrá usted que esperar un laúd que vaya
directamente a un puerto de Francia.