Tantos y tan recios fueron los golpes, que la criatura, tratando de huir

aquel martirio, se agarró con las manos crispadas a las sayas de su

verdugo. Sin saber cómo, tal vez por haberse colgado inconscientemente a

ellas, la cinta que las sujetaba se rompió y vinieron al suelo, dejando

a la costurera solamente con la camisa. Dio un grito de vergüenza y se

apresuró a levantarlas. Pero sin pararse a atar otra vez la cinta,

echando una mirada de profundo rencor a la chica, salió de la estancia

sujetándolas con las manos.

--¡Buena la has hecho, buena, buena, buena!--exclamó Manín, tallando con

primor el bocado que iba a llevar a la boca.

La criatura, paralizada de terror, no lloraba. No le dolían siquiera las

heridas. Al cabo de pocos momentos se presentó de nuevo Concha

acompañada de la señora. Ésta venía sonriendo sarcásticamente.

--Por lo visto, a la señorita le gusta ahora desnudar a las doncellas

delante de los hombres. Estará usted contenta, señorita, ¿no es cierto?

Manín habrá visto bien por todos lados a Concha. ¿Verdad, Manín, que la

has visto cómodamente?

Avanzó unos pasos. La niña retrocedió asustada.

--No tenga miedo, señorita. Tranquilícese usted, señorita. Yo no vengo

aquí a azotarla. Eso de los azotes es muy antiguo. ¡Quién se acuerda ya

de azotes! Sólo vengo a invitar a usted para que dé una vuelta por la

cueva... la cueva de los ratones... ya sabe usted. Allí se puede

entretener en desnudar alguna rata de las muchas que vendrán a

visitarla... Vamos, deme usted la mano para que la conduzca con toda

ceremonia.

La niña fue a ponerse detrás de una silla; desde allí, perseguida por

Amalia y por Concha, corrió alrededor de la mesa; por último, se refugió

detrás del mayordomo.

--¡Manín! ¡Manín, por Dios me escondas!

Pero éste la sujetó por un brazo y la entregó a la señora. Tomáronla

cada una por una mano y la arrastraron, apesar de sus gritos

penetrantes.

--¡A la cueva no! ¡A la cueva no! ¡Madrina, perdón! Mátame primero.

¡Mira que tengo mucho miedo! ¡A la cueva no, que me comen los ratones!

Los criados salieron al pasillo y presenciaban mudos y graves aquella

escena. Los gritos de la niña se fueron perdiendo en la oscura y

tortuosa escalera que conducía al sótano.

Amalia abrió la puerta de la terrible cueva y empujó a su hija hacia el

interior. Cerró con furia; pero la niña había corrido hacia la salida, y

la puerta le cogió la mano. Oyose un grito desgarrador. La valenciana

abrió otra vez la puerta, dio un fuerte empujón a la criatura que la

hizo caer al suelo, y echó la llave.

La cueva era un calabozo húmedo y negro donde sólo penetraban algunos

tenues rayos de luz por un ojo de buey abierto en lo alto. Sirvió en

otro tiempo para bodega de vinos. Ahora no había allí más que botellas

vacías.

La niña apenas quedó sola se incorporó, miró a todos lados loca de

terror, quiso gritar y la voz se le anudó en la garganta; por último,

extendiendo las manos, acometida de un fuerte temblor, cayó desvanecida.

Al cabo de media hora el mozo de cuadra, que había presenciado el

encierro, movido de compasión, acercose a la puerta y miró por el ojo de

la cerradura. Nada pudo ver. Llamó muy quedo.

--Josefina.

La chica no respondió. Llamó más fuerte. El mismo silencio. Asustado,

gritó y golpeó en la puerta con todas sus fuerzas sin obtener

contestación. Entonces apresurose a subir para dar parte de lo que

pasaba, a riesgo de perder su empleo. Amalia mandó a Concha con la llave

para ver lo que ocurría. Entre ella y Paula subieron a la criatura

privada de sentido, fría y rígida, con los caracteres de la muerte

impresos en el rostro. Temerosa de las complicaciones que con esto

pudieran sobrevenir, la esposa del maestrante se apresuró a meterla en

la cama. Tardó poco la pequeña en volver en sí, pero inmediatamente se

declaró una fuerte calentura. Llamose al médico. Encontrola bastante

mal. Para explicar la herida de la mano y los cardenales que presentaba,

Amalia, fértil en mentiras, inventó una historia que el doctor creyó o

fingió creer.

Estuvo entre la vida y la muerte algunos días. Amalia seguía con ojos

inquietos el curso de la enfermedad. No le dolía la pérdida de aquel ser

sobre el cual había vertido las hieles amargas de su corazón; pero le

agitaba la idea de perder de una vez su venganza. Justamente al tercer

día de hallarse en cama Josefina, tuvo noticia de que en la noche

anterior había salido Fernanda en la silla de posta para Madrid, y que

Luis sólo tardaría cuatro o cinco días en reunirse con ella. Experimentó

violenta sacudida. Una ola hirviente de bilis inundó su pecho. Aquella

noche tuvo fiebre también. ¡Se le escapaban! No había posible venganza

para aquel traidor. Iría a Madrid, se casaría; tal vez allí recibiría la

noticia de la muerte de su hija; lloraría un poco; al cabo las caricias

de su adorada esposa se la harían olvidar. De aquellos amores tan

largos, tan vivos, no quedaría más que un hombre paseando su dicha por

Europa, y en Lancia una pobre mujer vieja y triste sirviendo de befa a

los corrillos de Altavilla. Sus carnes fláccidas temblaron. Los

instintos vengativos de su raza gritaron furiosos, avasalladores. ¡No,

no podía ser! Antes arrojarle su hija muerta a los pies, antes clavarle

un puñal en el corazón.

Ocurriosele una idea singular y terrible: contárselo todo a su marido.

Ignoraba lo que esto daría de sí, pero por lo pronto provocaría un

escándalo. D. Pedro era violento, gozaba de gran poder y prestigio.

¿Quién sabe el destrozo que la bomba podía causar? Cierto que estaba

paralítico y no podía tomar venganza por su mano; pero ¿no se le

ocurrirían a aquel hombre tan altivo y puntilloso medios de volver el

mal que le causaran? Ella caería entre las ruinas, pero caería con gusto

si el traidor pagaba de algún modo su perfidia.

Después de mucho batallar con este pensamiento, no arriesgándose a hacer

la confesión de palabra ni a escribirla bajo su firma, remitió a D.

Pedro, disfrazando la letra, una carta anónima. «La niña que usted ha

recogido hace seis años es hija de su esposa y de un caballero que

frecuenta su casa y a quien usted llama su amigo. No le digo a usted el

nombre. Busque usted y no tardará en hallar al traidor.--_Un amigo

leal._» Echola al correo y esperó con ansia el efecto que producía.

D. Pedro la recibió delante de ella y la leyó. Su rostro se contrajo

fuertemente y se cubrió de palidez cadavérica.

--¿Quién te escribe?--preguntó ella con naturalidad.

El maestrante se repuso inmediatamente y, doblando la carta y

guardándola, respondió haciendo esfuerzos por asegurar su voz, que

temblaba:

--Nada, un recomendado mío que se queja de que le han dejado cesante...

¡Ese gobernador! No tiene memoria ni formalidad ninguna.

Inquieta ya y esperando con ansia los acontecimientos se retiró a su

gabinete. Por la tarde llegó Jacoba con misterio y le entregó un billete

de parte del conde.

--¿Qué quiere de mí ese hombre?--preguntó sorprendida y en tono

despreciativo.

--No lo sé, señorita. Escribió la carta en mi casa y allí espera

contestación.

El billete del conde decía:

«Amalia, sé que nuestra hija se halla en peligro de muerte. Por lo que

más quieras en este mundo, por la salvación de tu alma, concédeme una

entrevista. Necesito hablarte. Si esta tarde ya no puede ser, ven mañana

por la mañana a casa de Jacoba.--Tuyo, _Luis_.»

--¡Tuyo! ¡tuyo!--murmuró con amarga sonrisa.--Has sido mío, sí, pero has

cambiado de dueño. Te costará caro.

--¿Llevo contestación, señorita?

Quedó pensativa unos momentos; dio algunas vueltas por la estancia,

completamente abstraída; se acercó al balcón y miró por los cristales.

Al fin dijo, volviéndose a medias y con gran sequedad:

--Bueno, iré mañana a la hora de misa.

--Me ha preguntado con grandísimo interés por la niña.

--Dile que sigue lo mismo.

Marchose la entremetida, y ella permaneció largo rato mirando a la

calle, al través de los cristales, sin verla.

Desde las siete de la mañana del día siguiente estaba Luis aguardándola

en la casucha de Jacoba. No había allí más que una cocina en la planta

baja y una salita arriba con alcoba, tan bajas de techo que el conde con

sombrero tocaba en el cielo raso. En esta salita daba paseos furiosos

con las manos en los bolsillos, mirando con precaución a cada momento

por los visillos de la única ventana que tenía. Hasta las nueve no

acudió la dama. La vio llegar con la mantilla echada por los ojos, el

devocionario en la mano y el rosario colgado de la muñeca, con el paso

firme y sosegado, como si viniese a dar algunos encargos a su antigua

protegida. Cuando oyó su voz en la cocina, le dio un vuelco el corazón,

se puso a temblar como un azogado y se le borraron por completo las

palabras que tenía preparadas.

--¿Cómo está usted, conde?--dijo ella con gran naturalidad al entrar,

tendiéndole una mano.

--Bien, ¿y tú?

Levantó la cabeza como sorprendida de oírse tutear y respondió mirándole

fijamente:

--Perfectamente.

--¿Y la niña?

--Algo mejor.

Despejose al oír esto la fisonomía del caballero. Brilló un rayo de

alegría en sus ojos y dijo tomando de la mano a su ex-querida y

atrayéndola hacia el pobre sofá de paja que allí había.

--Sentémonos, Amalia. Aunque sea un atrevimiento por mi parte, te ruego

que me permitas seguir tuteándote cuando estemos solos... Yo no olvido,

no podré olvidar jamás cuántas horas de dicha te debo, cuánta felicidad

has vertido en mi vida triste y monótona. Tú me has revelado lo más

dulce y más íntimo que existía en mi corazón sin que yo lo sospechase

siquiera. Para tí han sido los primeros impulsos de mi alma. Sólo tú has

penetrado hasta ahora en ella, la has sondeado y conoces sus

melancolías, sus flaquezas, y sus ternura. Si me separo de ti, si digo

adiós a nuestro amor, no creas que es porque he dejado de estimarlo:

obedezco solamente a una ley de la naturaleza que nos empuja a todos a

crear una familia. No tengo en el mundo más que a mi madre, una pobre

anciana que muy pronto me dejará solo... No debe parecerte mal que

quiera formar un hogar y poseer un heredero de mi nombre y mis

títulos... Además, el grito de la conciencia me perseguía...

El conde, regocijado con la mejoría de la niña, se mostraba expansivo y

más locuaz que de costumbre, sin poder ocultar la felicidad que le

embargaba, pensando que todo estaba arreglado a medida de sus deseos.

Josefina dichosa al lado de su madre; él dichoso al lado de Fernanda;

Amalia resignada y tributándole siempre un cariño dulce y cada día más

acendrado.

Ésta le miraba con cierta curiosidad burlona. Cuando terminó, dijo

sonriendo benévolamente:

--Sobre todo desde la noche en que viste a Fernanda con aquel precioso

vestido descotado, ese grito debió de hacerse insoportable.

El conde sonrió también, avergonzado.

--No lo creas, Amalia; siempre he sentido remordimientos. Claro está que

al hacerse uno viejo ve las cosas con más claridad. Mi barba ya blanquea

por varios sitios, como estás observando. Lo que en un joven puede

disculparse como locura, como expansión irremediable del fuego que corre

por las venas, en un viejo se llama crimen. El amor, a la edad en que yo

estoy, no debe tapar con sus alas la luz de la razón, y si la tapa

merezco el calificativo de insensato. Mi resolución podrá sernos amarga

a los dos. A mí me lo es mucho; me cuesta trabajo desprenderme de una

pasión que a fuerza de tiempo casi se ha convertido en costumbre.

Existe, además, por desgracia, entre los dos un lazo imposible de romper

por completo. El Destino ha hecho nacer del fango de nuestro pecado una

flor hermosa, una cándida azucena. Apartemos el crimen de su frente: ya

que ha sido engendrada por un amor ilegítimo, no la manchemos con

nuestra conducta vituperable. Hagámonos dignos de ella viviendo como

cristianos.

--Está muy bien todo eso. Sólo siento que ese curso de doctrina

cristiana haya venido tan tarde y haya coincidido con la llegada a esta

población de tu antigua novia. Porque parece así como si tuvieras

olvidado por completo el catecismo, y ella viniese a refrescarte la

memoria. Pero, en fin, en eso no debo meterme porque no me concierne.

El resultado es que te casas. Haces bien. El hombre está mal solo, y

cuando halla una compañera digna, como tú has hallado, no debe perder la

ocasión. Fernanda es una buena muchacha; segura estoy de que te hará

feliz. Tendréis muchos hijos y, después de una vida larga y dichosa,

iréis al cielo.

Sorprendiole a Luis aquella resignación y no pudo menos de sentir alguna

inquietud.

--¿Y tú serás también feliz?--le preguntó tímidamente.

--¿Yo?... ¡Qué importa que yo sea feliz o desgraciada!--dijo alzando los

hombros con ademán desdeñoso.

--¡No digas eso, Amalia! La felicidad no es la locura a que nos

entregamos durante siete años. Había un dejo amargo en ella que yo

percibía hace tiempo, y que tú no tardarías en percibir. Una vida pura y

digna, la tranquilidad de la conciencia, la estimación de las personas

honradas te darán más contento que la pasión culpable... Además, tienes

lo que yo no tengo... tienes a tu lado un ángel, un lirio tierno y

fragante que embalsamará tu existencia.

--¡Ah, sí, Josefina!... Efectivamente, ella será la que me ha de

proporcionar los únicos buenos ratos que pasaré en adelante.

Lo dijo con una inflexión de voz tan extraña, tan aguda y estridente,

que Luis sintió un escalofrío.

--¿Qué quieres decir con eso?

--Lo que he dicho; que por fortuna tengo a Josefina para resarcirme.

--¡Es que lo dices de un modo tan raro!

La valenciana dejó escapar una risita singular que salía allá del fondo

de la garganta y sonaba de modo siniestro. Luis la miraba fijamente,

cada vez más inquieto.

--¡Pero qué tonto eres, Luis! ¡pero qué retontísimo! El egoísmo ha

puesto tales cataratas en tus ojos que no ves ni lo que tienes delante.

Si tuvieses veinte años, esa inocencia podría quizás inspirarme lástima;

a tu edad no me inspira más que risa y desprecio. Pensar en que cuatro

palabrillas insolentes sobre la moral y la conciencia bastarían a

obligarme a aceptar satisfecha la humillación que me impones; suponer

que yo, a quien si no conoces debieras conocer, voy a consentir que me

arrojes como un trapo sucio, que me arrastres como una cautiva enamorada

a los pies de Fernanda para que le sirva de almohadón cuando suba a tu

lecho, es el colmo de la estupidez y la fanfarronería. ¿Por qué no me

pides también que sea tu madrina de boda?

El conde la contemplaba con los ojos dilatados, expresando la ansiedad y

el espanto.

--De modo que lo que me han dicho de los martirios que haces pasar a

nuestra hija ¿es cierto?

--¡Y tan exacto! Y aún no los sabes por completo... Mira, voy a

referírtelos todos para que no te llames a engaño...

Y con palabra breve, incisiva, con una cruel satisfacción que se le

traslucía en la voz, puso delante de su vista el cuadro espantoso de las

miserias y dolores que la desgraciada criatura había padecido en los

últimos meses. Aquel cuadro era infinitamente más aterrador que el que

le había exhibido María la planchadora. El conde, pálido, desencajado,

sin hacer el más leve movimiento, parecía la estatua de la

desesperación. Al poco rato se tapó la cara con las manos y así escuchó

hasta el fin.

--¡Oh, qué infame! ¡oh, qué infame!--murmuró sordamente.

--Sí, muy infame, pero aún espero serlo más. ¿Has oído todas estas

infamias? Pues no son nada en comparación con las que haré.

--¡No las harás tal, malvada!--profirió Luis levantándose y

abalanzándose a ella.--Antes te ahogaré con mis manos.

La valenciana se escapó hacia la puerta.

--¡Si das un paso más, grito!

--¡Oh, infame, infame!--volvió a exclamar con voz profunda el conde.--¡Y

Dios consiente sobre la tierra estos monstruos!

Dio unos pasos atrás y se dejó caer nuevamente sobre el sofá. Apoyó los

codos sobre las rodillas y metió la cabeza entre las manos. Al cabo de

largo silencio la levantó diciendo:

--Bueno, ¿y qué exiges de mí?

Amalia dio un paso para acercarse.

--Lo que ya debes de suponer, si es que te queda un poco de sentido

común. No exijo que nuestras relaciones continúen, porque a los términos

a que hemos llegado no es posible: sería tanto como mendigar tu amor, y

tengo demasiado orgullo para ello. Pero no quiero que ni tú ni esa mujer

os quedéis riendo de mí; no quiero servir de befa a los que conocen

nuestras relaciones, que son todos los que frecuentan la casa. Exijo,

pues, como condición para que la niña vuelva a ser lo que era que rompas

inmediatamente con Fernanda y no te acuerdes más de ella.

--¡Pero Amalia!--exclamó con acento dolorido.--Bien comprendes que es

imposible. Mi boda está concertada; lo sabe ya todo Lancia: Fernanda me

espera en Madrid; faltan muy pocos días...

--Aunque faltase un minuto. Esa boda no se celebrará. Si te casas con

Fernanda, tu hija pagará el agravio en la forma que ya sabes.

--¡Oh! Yo lo impediré. Daré parte a la autoridad. Pediré el depósito de

la niña.

--Eso es hablar por hablar, Luis--replicó con calma y sonriendo

Amalia.--Las autoridades de Lancia son hechura de Quiñones. Nadie osará

declarar una palabra contra mí.

--Se lo referiré todo a D. Pedro.

--No te creerá; y si te creyese, ¿qué adelantarías? En vez de impedir mi

venganza, como es la suya también, me ayudará.

Hubo un largo silencio. El conde meditaba con la frente apoyada en la

mano. De pronto se alzó violentamente y se puso a dar agitados paseos

murmurando:

--¡No puede ser! ¡no puede ser!

La valenciana le seguía con la vista. Al cabo, dijo dando un paso hacia

la puerta:

--Adiós.

El conde la detuvo con un gesto.

--Espera.

Amalia permaneció inmóvil, con la mano en el marco de la puerta,

clavándole una mirada penetrante.

El conde siguió paseando todavía algunos momentos sin hacer caso de

ella.

--Está bien--dijo con voz enronquecida, parándose;--no se efectuará el

matrimonio. Tú me dirás lo que debo hacer.

Su rostro demudado revelaba la calma de la desesperación.

--Es necesario que escribas una carta a Fernanda despidiéndote.

--La escribiré.

--Ahora mismo.

--Ahora mismo.

Amalia se asomó a la escalera y pidió a Jacoba recado de escribir. Como

no había allí mesa, lo puso sobre la cómoda. El conde se acercó y se

dispuso a escribir de pie. Amalia también se acercó.

--Es esto lo que quiero que le escribas--dijo presentándole un papel.

Era el borrador de la carta. El conde pasó la vista por él.

«Mi buena amiga Fernanda:--decía--He querido que te fueses para decirte

por escrito lo que de palabra sería superior a mis fuerzas. No puedo ser

tuyo. No necesito explicarte las razones porque tú las adivinarás.

Quisiera amarte bastante para sobreponerme a todo y huir contigo. Por

desgracia o por fortuna, hay cosas que pesan en mi corazón más que tu

amor. Perdóname el haberte engañado y procura ser feliz, como lo desea

tu mejor amigo--_Luis_.»

Trazó los renglones de esta carta con mano trémula. Antes de terminar,

algunas lágrimas asomaron a sus ojos.

XV

Josefina duerme.

El noble maestrante fácilmente dio con el autor de su deshonra. Así que

leyó el anónimo y se recobró del susto, sus sospechas fueron a parar al

conde de Onís. No otra cosa le empujó a ello que el parecido, que ahora

advertía claramente, entre éste y la niña recogida. Por lo demás, o

porque su excesivo orgullo le vendase los ojos, o porque Amalia había

sabido tenerle engañado, jamás advirtió entre ellos más que una fría y

ceremoniosa amistad que nada tenía de ofensiva. El mismo orgullo detuvo

el curso de sus pensamientos amargos con esta consideración: ¿Por qué

dar asenso a lo que el anónimo decía? ¿Por qué no suponer que se

trataba de una vil calumnia con que algún enemigo quería envenenar su

existencia? Mas el dardo había entrado tan profundamente en su corazón

que no podía arrancárselo. Todas las consideraciones que su deseo le

sugería no bastaban a destruir la gran certidumbre que, sin saber cómo,

se le había colado de rondón en el cerebro. Algunos pormenores, que

habían pasado para él inadvertidos, adquirieron de pronto alto relieve,

se alzaron como antorchas encendidas para guiarle. El principal de todos

era, como es natural, la enfermedad de su esposa coincidiendo con la

aparición de la niña. Recordaba la extraña tenacidad con que se opuso a

que subiese médico alguno a verla; luego el mimo, los cuidados

exquisitos que se prodigaron a la criatura. Acudieron también a su

memoria aquellas visitas que en otro tiempo hizo su esposa a la Granja

con pretexto de escoger algunas plantas. Ninguna circunstancia quedó,

referente a la amistad del conde y al hallazgo de la niña, que no

revolviese y pesase en su pensamiento.

Tornose silencioso y meditabundo. La mirada dura de sus ojos hundidos se

posaba con insistencia en Amalia siempre que ésta entraba en su

habitación. En diferentes ocasiones se hizo traer la niña con cualquier

pretexto y la contempló largamente, tratando de descifrar en los rasgos

de su fisonomía el enigma de su existencia. Amalia observaba todo esto,

y leía tan perfectamente en el cerebro de su esposo como en un libro

abierto.

--¿Cuándo se casa Luis?--le preguntó un día en tono afectadamente

distraído el maestrante.

--Dicen que aún tardará algún tiempo. Necesita arreglar no sé qué

asuntos antes de irse a Madrid--respondió con la mayor tranquilidad.

--¿Continúa en la Granja?

--Siempre. No viene más que alguna que otra vez por la tarde, según me

ha dicho un día que le hallé en la tienda de Barrosa.

Justamente a la noche siguiente apareció en la tertulia el conde.

--¿Cómo? ¿Usted por aquí? ¿Ha regresado ya de la Granja?--le preguntó D.

Pedro, clavándole una mirada penetrante.

--Definitivamente, no. Tengo el coche abajo, y me vuelvo a dormir.

--Se aburre usted allí, ¿verdad?--le preguntó D. Cristóbal Mateo.

--Por el día no. Estoy muy entretenido con los trabajos del campo, el

molino, los bichos, etc. ¡Pero las noches se hacen tan largas!...

Luis venía solamente por ver a su hija. Amalia no se lo permitió hasta

que la niña estuvo medianamente repuesta. Volvió a vestirla como antes

y le devolvió los fueros que tenía. Pero no el cariño. El encanto se

había roto.

Porque Luis la aborrecía: estaba sometido a la fuerza. Con aquella

pasión ardorosa, con aquel amor lleno de misterio y placer se había

unido también la afición a la criatura. Pero los martirios que su cólera

insensata le había hecho padecer abrió entre ellas un abismo. Josefina

jamás amaría a su verdugo. La pobre niña, vestida con ricos trajes,

vagaba sola por el palacio de Quiñones, sin hallar en nadie ternura.

Amalia huía, de ella. Los criados, avergonzados de sus malos tratos y

pesarosos de aquel repentino cambio, que elevaba de nuevo a la expósita

sobre ellos, no le dirigían la palabra. El largo martirio sufrido y la

terrible enfermedad con que terminó habían dejado huellas profundas en

su semblante. Su rostro pálido se trasparentaba como el nácar. En torno

de los ojos persistía aquel círculo oscuro, negro, de agitación y dolor.

El conde sentía apretarse su corazón cada vez que la veía. Costábale

trabajo retener las lágrimas.

Amalia no dio noticia a su amante del imprudente anónimo que había

dirigido a Quiñones. Temiendo, por la actitud de éste, algún grave

acontecimiento, resolviose a despistarle, ya que volverle la calma no

era posible. El partido que mejor le pareció fue apartar las sospechas

de Luis y encaminarlas hacia Jaime Moro. Era el único que por su edad,

figura y posición podía aparecer como un amante verosímil. Principió por

tratarle, en presencia de D. Pedro, con particular afecto,

distinguiéndole de los demás tertulios de modo harto visible. Dirigíale

miradas y sonrisas significativas; gustaba de ponerse detrás de su silla

cuando estaba jugando al tresillo, y embromarle; llamábale a cada

instante con cualquier pretexto y le retenía a su lado largos ratos

hablándole en secreto, acercando más de la cuenta el rostro al suyo. No

era tan fácil como puede parecer seducir a Moro, aunque sólo fuese en la

apariencia. Nada tenía de arisco; al contrario, gozaba justa fama de

caballeroso y galante con las damas. Pero cuando las damas se hacían

incompatibles con el billar o el tresillo no lo había más grosero y

cerril en seis leguas a la redonda. Amalia le mortificaba infinitamente

reteniéndole cuando los tresillistas le aguardaban. Entonces no

respondía acorde a sus preguntas, sonreía por máquina y dirigía

frecuentes y codiciosas miradas a la mesa donde sus compañeros gozaban

ya las dulzuras de alguna vuelta con palo de favor.

--Moro, siéntese usted aquí; vamos a charlar un rato.

El maestrante · 第 20 / 21 段