la mañana a casa de Quiñones Micaela, la más nerviosa y violenta de las
cuatro ondinas del Jubilado. Fue con objeto de pedir consejo a Amalia
acerca de un vestido que tenía en proyecto para el próximo baile del
casino. Apesar de sus treinta y pico, aún seguía tendiendo redes al sexo
masculino. Las visitas a estas horas eran raras; pero como la noble
familia del Jubilado mantenía tan íntima relación con la señora, no
vaciló la criada en pasarla al gabinete de arriba, donde aquélla se
hallaba.
--Qué importuna, ¿verdad? Querida, es la hora en que se la puede a usted
pillar sola--entró diciendo con la graciosa volubilidad que
caracterizaba a los juveniles vástagos de Mateo.
Amalia la recibió cordialmente, pero mostrando cierta sorpresa e
inquietud que Micaela no observó. Entraron en materia enseguida. La
cuestión de trapos embargó por completo sus espíritus. Amalia llevó a su
amiguita hacia el balcón. Pero no habían hablado muchas palabras, cuando
ésta creyó percibir un débil gemido en la misma estancia. Volvió la
cabeza y vio allá en un rincón a Josefina de rodillas y amarrada codo
con codo al tocador, de tal suerte que le sería imposible levantarse sin
alzar el pesado mueble, cosa muy superior a sus fuerzas.
Amalia se apresuró a dar una explicación.
--Esta chiquilla se está haciendo tan mala, que me veo precisada a
atarla para que se esté quieta. Ayer ha mordido un dedo a la costurera;
ahora acaba de romper un espejo. ¡No hay paciencia para sufrirla!
Micaela, a quien aquel castigo repugnaba, calló. Siguió la esposa de
Quiñones hablándole con afectada indiferencia de su vestido; mas apesar
de lo mucho que el tema debía de interesarla, la joven se mostraba
bastante distraída y lanzaba frecuentes ojeadas a la niña.
Dejó ésta escapar otro gemido. Su madrina se volvió con mal reprimida
cólera.
--¿Quieres callar, eh? ¿quieres callarte?
Y la miró un buen rato con extraordinaria fijeza.
Volvió a anudar la plática, pero en su voz se notaba leve alteración.
Micaela estaba más y más distraída. La indignación le iba subiendo hacia
la garganta, y hubiera concluido por hacer alguna desagradable
advertencia a su amiga si la chica no se hubiera quejado de nuevo.
--Vaya, está visto que no nos has de dejar en paz--dijo la dama haciendo
esfuerzos por sonreír.--Habrá que darte suelta.
Fue allá y la desató, empleando en ello bastante tiempo; la cuerda daba
tantas vueltas alrededor de su pequeño cuerpo como si fuese un baúl
liado. Mas al tiempo de levantarse la niña, no pudo. Sin duda hacía
algunas horas que estaba en aquella dolorosa postura; los músculos, se
habían anquilosado.
--¡Arriba zancas!--dijo bromeando, mientras la ayudaba a levantarse.
Micaela observaba la escena con estupor; relámpagos de ira cruzaban por
sus ojos.
--No te gustaba la posturita, ¿eh? Pues, hija mía, si quieres no volver
a ella hay que ser buena y obediente, ¿verdad, Micaela?
Ésta no despegó los labios, cada vez más fosca, apesar de la sonrisa
melosa que contraía el semblante de la valenciana.
--Bueno--prosiguió, acariciando la rubia cabeza de la niña,--ya estás
perdonada, pero ¡cuidado con hacer maldades! Vete abajo y pídele un beso
a Concha.
La niña, al oír estas palabras, se puso densamente pálida, permaneció
inmóvil algunos momentos, y al fin se dirigió a la puerta con paso
vacilante. Antes de llegar a ella, Micaela, que la seguía atentamente
con la vista, observó que llevaba los ojos cubiertos de lágrimas. Amalia
reanudó la conversación de trapos.
No se habían pasado tres minutos cuando llegaron al gabinete, lejanos y
apagados, los gritos de la niña. Micaela se estremeció; inclinó la
cabeza hacia la puerta para escuchar mejor. Amalia alzose vivamente de
la silla y fue a cerrar la puerta. Los gritos dejaron de oírse, pero la
nerviosa joven tampoco oyó ya las palabras de Amalia. Un gran
desasosiego se apoderó de ella; subíanle vapores a la cara y al
pensamiento atroces deseos de desvergonzarse con aquella malvada, de
llamarla judía, bribona, infame. Todo lo que pasaba en aquella casa se
le representó de golpe. Los celos primero, después la noticia del
matrimonio de Luis cayendo como una bomba, luego la venganza miserable,
en la hija, del abandono del padre. Conocía bien el carácter rencoroso
de la valenciana. Pero ¿qué adelantaría con injuriarla en aquel momento?
Producir un grave escándalo y que la arrojasen de la casa. Micaela,
apesar de su temperamento violento, tenía un corazón compasivo. Lo que
más la preocupó fue el hacer algo en favor de la infeliz criatura. Y
tuvo serenidad suficiente para disimular un poco y pensar que el mejor
partido era decírselo todo inmediatamente al conde, quien seguramente
ignoraría tan ruin venganza. Procuró terminar cuanto más pronto y se
despidió sin poder ocultar enteramente su turbación.
Cuando se vio en la calle sintió la necesidad de desahogar su pecho.
Pensó en María Josefa, que vivía allí cerca y que profesaba a la niña
expósita tierno cariño. Entró en su casa agitada, trémula, y antes de
pronunciar palabra dejose caer en un sofá, dándose aire con la punta de
la mantilla.
--¡Uf! Me ahogo... ¡No sabes lo que me acaba de pasar! ¡Es una infame,
una malvada que tiene que arder en los infiernos! Siempre lo he dicho y
las tontas de mis hermanas no quieren creerme. ¡Es muy perversa esa
tísica! Tiene el corazón de una hiena.
--¿Pero qué hay?--preguntó con asombro, muerta de curiosidad, la sagaz
jamona.
Entonces la nerviosísima hija del Jubilado le relató, tartamudeando por
la ira, la situación en que había hallado a Josefina, la palidez de la
niña después de la extraña invitación de su madrina, los gritos que
había escuchado como si la estuvieran dando tormento. María Josefa unió
inmediatamente sus imprecaciones a las de la joven. Sacaron a relucir
todos los testimonios de maldad que conocían de la esposa del maestrante
y resolvieron dar parte de lo que ocurría al conde, aunque averiguándolo
antes con más pormenores. Para ello, aquella misma tarde, se pusieron al
habla con María la planchadora, que hacía algunos días había salido de
casa de Quiñones. Al principio ésta, por temor a las consecuencias, se
manifestó reservada. Concluyó, no obstante, por dar suelta a la lengua y
referirles las mil iniquidades que la señora de Quiñones cometía con la
niña recogida. Quedaron horrorizadas. Pensaron en dar parte al juzgado,
pero sobre enemistarse por completo con la fiera valenciana (lo que,
dicho sea en honor suyo, no les preocupaba gran cosa en tales momentos),
comprendían que sería de escaso o ningún resultado. Los Quiñones eran la
gente más poderosa de la población; D. Pedro, jefe del partido
gobernante, en la provincia; las autoridades, hechura suya o sometidas a
su influencia. Todo se taparía enseguida y quedaría como antes. Lo mejor
era dirigirse al conde. Pero éste se hallaba a la sazón en la Granja.
Además, aunque todos, o casi todos, supiesen el secreto de la niña, no
era posible darse por enterados. Después de algunos debates decidieron
escribirle la siguiente carta, firmada solamente por María Josefa: «Sr.
Conde de Onís. Mi estimado amigo: Con la debida reserva le comunico que
la niña recogida por nuestros amigos los señores de Quiñones, y por
quien tanto nos interesamos todos, es objeto en aquella casa de crueles
tratamientos. Creo que tenemos el deber de intervenir para que cesen.
Usted me dirá lo que debe hacerse y que a mí como mujer no se me
alcanza. Si quiere conocer los pormenores del martirio de la criatura
diríjase a la criada María que hace algunos días dejó de servir en casa
de D. Pedro. Suya afectísima amiga, _María Josefa Hevia_.»
Luis arrugó la carta entre sus manos crispadas. Toda la sangre se le
agolpó a la cara. Sin darse cuenta de lo que hacía salió de casa y casi
a la carrera tomó la carretera de Lancia, llegando a ésta en pocos
minutos. Aquel vago y terrible presentimiento que sentía realizábase al
fin. Amalia se vengaba ferozmente. El sentido oculto de la carta era
ése: se dirigían a él como padre de Josefina y causa de su desdicha. No
sabiendo qué partido tomar, fue a su casa para reflexionar. Sólo había
en ella una criada vieja cuidándola. De ésta se valió para averiguar
dónde estaba María y pasarle un recado a fin de que viniese a verle. No
se equivocó la planchadora sobre el objeto de tal llamamiento. En
cuanto le fue posible acudió a la cita, y después de hacerle prometer
que no haría uso de su nombre para nada, le dio cuenta circunstanciada
de los trabajos que estaba pasando la inocente niña. Escuchábala pálido,
desencajado, sin poder reprimir los violentos y frecuentes golpes de su
corazón. Cuando llegó a narrarle ciertos odiosos y terribles pormenores,
el conde principió a dar vueltas por la estancia como fiera enjaulada, a
mesarse los cabellos, a arañarse la cara, lanzando rugidos de coraje.
Al quedarse solo, mil ideas, todas desatinadas, se le atropellaron en la
mente. Quería entrar a viva fuerza en casa de Quiñones y llevarse a su
hija; quería retorcer el cuello a aquella vil mujer; quería decírselo
todo a D. Pedro; quería dar parte al juez y meter en un calabozo a la
infame. Afortunadamente sus accesos eran tan violentos como cortos. Vino
el abatimiento, el llanto. Corrió a casa de su prometida y le contó
sollozando lo que ocurría; se confesó con ella por vez primera. La buena
Fernanda unió sus lágrimas a las de él, enternecida por la suerte de la
infeliz criatura y por el dolor de su amado. Larguísimo rato pasaron
comentando los terribles sucesos y buscando medios de conjurar aquella
ruin venganza. Fernanda logró, al fin, persuadirle a que apelara a
medios suaves. Pensar en conseguir algo por la fuerza era insensato. El
conde, ni aun confesando su falta, tenía derecho alguno sobre la niña.
Provocar un escándalo era inútil. Acudir a los tribunales, lo mismo.
Ningún criado se atrevería a declarar contra su ama, y las cosas
quedarían peor que antes. Al fin el conde se decidió a escribir una
carta a su antigua amante.
«En este momento acaban de decirme que nuestra Josefina, nuestra adorada
Josefina, está padeciendo martirios increíbles de tu mano. Creo que es
una vil calumnia. Conozco tu genio, que es vivo y fogoso, pero noble. No
puedo atribuirte semejante cobardía. Te escribo solamente para
cerciorarme de que esta angelical criatura sigue siendo el encanto de tu
vida. Si no fuese así, dímelo y buscaremos un medio de que pase a mi
poder. Te supongo enterada del paso que voy a dar. No quiero decirte
nada. Era inevitable más tarde o más temprano. De todos modos puedes
estar segura de que mi remordimiento está endulzado por el recuerdo
dulcísimo de los años que te he amado. Adiós. Escríbeme alguna palabra
amable.»
XIV
La capitulación.
Josefina se demacraba. Sus mejillas tenían la palidez de la cera. En sus
ojos, de mirar suave y apacible, se notaba constantemente el extravío
del terror; en torno de ellos el sufrimiento había trazado un círculo
violáceo. Hablaba muy poco, no reía jamás. Cuando la dejaban en paz,
sentábase en cualquier rincón y permanecía inmóvil mirando a un punto
fijo, o bien se acercaba al balcón y escribía en los cristales con el
dedo.
A veces, a despecho de tanto dolor, la naturaleza infantil revindicaba
sus derechos. Veía al gato acercarse lentamente a ella con el rabo
derecho, el espinazo arqueado, solicitando sus caricias con débil
ronquido. Dejábase caer en el suelo, le llamaba, le traía hacia sí y
principiaba a pasearle las manos por el lomo, a rascarle la cabeza y
hacerle cosquillas debajo del cuello, murmurándole al mismo tiempo en el
oído palabras de cariño, un gorjeo mimoso que el animal acogía con
espasmos de voluptuosidad. «Te quiero, te quiero. Tú eres muy bueno.
¿Verdad que eres bueno? Ya no me arañas como antes. ¿A quién quieres más
en la casa? ¿Di, rico? ¿Quién te ha dado una sardina ayer? ¿Quién te
pone el platito con leche todos los días? Y si pudiese darte siempre
pescado también te lo daría, porque sé que es lo que más te gusta,
¿verdad, rico mío? Pero no has de robar nada; ya sabes que te pegan. No
orines más en la cama de Manín. Mira que te va a matar; lo ha dicho el
otro día en la cocina. Y coge muchos ratones para que madrina te quiera
y no te echen de casa.»
El gato, extasiado, susurraba allá en el fondo de la garganta mil síes
complacientes, y se frotaba contra ella cada vez más acaramelado y
pegajoso. Tendíase la niña boca arriba llevándole abrazado, le apretaba
contra su pecho, le besaba, y a veces, olvidada de sus martirios,
derramaba lágrimas de ternura. Pero cualquier rumor en la habitación
contigua le hacía levantarse sobresaltada con el espanto en los ojos,
arrojaba el gato lejos de sí y esperaba inmóvil lo que viniera. Casi
siempre algún castigo cruel.
--¡Pícara, así ensucias los vestidos arrastrándote por el suelo!
¡Aguarda aguarda!
Por efecto de los continuos miedos que experimentaba contraíase con
fuertes movimientos irregulares su vejiga y hacía que involuntariamente
se le escapase en muchas ocasiones la orina. Esto era lo que ponía fuera
de sí a la irascible Concha. Si notaba en el suelo (porque la ropa sólo
muy rara vez se la veía) signos de aquella debilidad, encrespábase como
una hiena.
--¡Gorrina, indecente! Parece mentira que la señora mantenga en su casa
este bicho asqueroso. Si fueses cosa mía, te desollaba viva.
Pero aunque no era cosa suya, procedía como si lo fuese: la desollaba a
azotes. Una vez su furor fue tan grande que, cogiéndola por las orejas,
le higo lamer el suelo mojado.
La hora más terrible para la criatura era la de las lecciones. Amalia se
las señalaba por la mañana temprano; grandes trozos de la historia
sagrada y de la gramática. Josefina se retiraba a un rincón y hacía
esfuerzos desesperados por retenerlos en la memoria. Un poco antes de
comer, Concha, que era la encargada de tomárselas, se sentaba en una
silla, sacaba la famosa ballena y, con ella en una mano y el libro en
la otra, daba comienzo a sus funciones pedagógicas. Cada tropiezo, cada
palabra que la niña olvidaba costábale un ballenazo en la cara, en el
cuello o en las manos. Y como su memoria no era bastante fuerte, y por
otra parte el miedo se la obstruía, aquello era un incesante machaqueo.
Aún peor si se las tomaba su madrina. Concha era fríamente cruel; no
levantaba la mano sino cuando cometía la falta, como una máquina de
castigar. Pero Amalia a los pocos momentos se ponía nerviosa, el llanto
de la niña excitaba sus sentidos, entraba en furor como una pantera
hambrienta, y concluía por golpear frenéticamente hasta que la dejaba
trémula y ensangrentada a sus pies.
Desde la carta del conde había aumentado, si era posible, su odio a la
criatura; la trataba aún más despiadadamente. Herida en lo más vivo de
su orgullo por aquella diplomacia fría, protectora, insultante que en su
sentir respiraban las palabras de su antiguo amante, vomitaba la rabia
de su corazón sobre la hija. Además, la idea de que Luis tenía noticia
de aquellos martirios, y le dolían vivamente era aliciente mayor para
prodigarlos. ¡Que sufriese ella, que sufriese él, el vil, el pérfido,
que había gozado de su juventud, y cuando la halló vieja la arrojó como
un trapo sucio a la barredura!
En uno de estos días de profunda y rugiente cólera la vida de Josefina
corrió inminente peligro. A la hora de costumbre fue llamada al comedor
para dar sus lecciones. Concha se acomodó en su silla y con no
disimulado regodeo sacó del pecho la fatal ballena. Aquel día le pedía
el cuerpo un razonable desahogo de golpes. La niña se acercó a ella
temblando como siempre y le entregó los libros. Y ya comenzaba a recitar
con labio balbuciente un capítulo de la historia sagrada cuando vino a
interrumpirlas Manín. Entró con su eterna chaqueta verde, calzones
cortos, su gran calañés mugriento, haciendo temblar el piso con los
zapatones claveteados. A esta indumentaria, arcaica ya en la provincia,
debía gran parte de su notoriedad y la fama de terrible cazador de osos
que había tenido. Entró con la cabeza gacha como siempre y,
espatarrándose bajo el dintel de la puerta, preguntó:
--Concha, ¿no habrá _de qué_, que comer, por ahí?
--¿Tanto te aprieta la _gazuza_, Manín?--respondió la costurera riendo.
El aldeano abrió desmesuradamente la boca para reír también.
--Así Dios me salve, no puedo aguantar un menuto más. Toos parecéis
frailes descalzos en esta casa; no vos entra la gana más que cuando
suena la hora.
--Voy, voy allá, grandísimo tragón, roedor--dijo Concha posando sobre la
silla el libro y la ballena y dirgiéndose con paso petulante hacia el
aparador.
Se entendían admirablemente. La costurera era arisca, cruel, intratable;
pero el mayordomo sabía recabar de ella las pocas migajas de buen humor
que tenía en el cuerpo. La requebraba brutalmente, la pellizcaba al
pasar, le decía mil groseras desvergüenzas para que las comprendiera al
revés. Y la microscópica doncella, que no era gentil ni bonita y en
quien las asperezas del carácter habían sofocado todo germen de
coquetería, trasformándola en sacerdotisa del dolor, en una euménida
fatal y despiadada, se dejaba festejar complacientemente por aquel
bruto. Le hacía gracia su osadía, su rudeza, su glotonería y el modo
insolente y despreocupado que tenía de tratar a todo el mundo, incluso
al alto y poderoso señor de Quiñones. Manín era un solemnísimo bellaco.
Con aquella grosería soez, el porte de atrevido cazador de fieras y su
estrafalario arreo había sabido vivir muy regaladamente en este mundo,
sin encallecer las manos, ni quebrarse los lomos allá en su aldea con
las faenas de la labranza.
Sacó la costurera un plato de carne fiambre y lo puso sobre el hule de
la mesa, sin servilleta ni cosa que lo valga; después cortó a la mitad
un pan y lo dejó, con la imprescindible botella de vino blanco y el
vaso, al lado de la carne. El cazador de osos comenzó a devorar. Concha
sentose de nuevo, y la niña, acercándose, repitió las palabras que ya
había pronunciado. A los pocos momentos ¡zas! un ballenazo y un grito de
dolor. Inmediatamente otro golpe y otro grito. Y así sucesivamente. La
costurera estaba encantada al notar que la chiquilla tropezaba más que
otras veces. Manín engullía en silencio, volviendo sólo de vez en cuando
los ojos con marcada indiferencia hacia aquella triste escena. Al poco
tiempo, como por máquina, principió a murmurar a cada golpe: «¡Dale!
¡Atiza! ¡Buena fue ésa! ¡Vaya una mano!...» y otras semejantes
exclamaciones.
Terminó la lección de historia sagrada. Antes de tomar la de gramática
hubo un respiro. La costurera se puso a bromear alegremente con el
mayordomo. Estaba de un humor angelical.
--¿Qué tal la carne?
--Rica, ¡rica de verdad!
--Lo peor es que te va a quitar el apetito para la hora de comer.
Retembló la estancia con la risotada del gañán.
--¡Eso sí! ¡A mí cualquier cosa me quita la gana! Vas a tener que
meterme un hierro caliente en el agua como a la señora.
--Por la panza te lo había de meter, gran puerco.
--Mira, Concha, no me busques las cosquillas, porque aunque eres una
mocita de sandunga y tienes los ojos muy picarones, y la boca como una
cereza, un día te encuentras, sin saber por dónde vino, con un revés que
te arrancará de cuajo esa carrerita de perlas que me estás enseñando.
--¡Calla, calla, viejote, zapalastrón! ¡Bueno estás ya para reveses! ¡Si
no puedes con los calzones! ¡Si estás descuajaringado!
--Eso no lo dices tú con el corazón; por eso se te estima. Bien sabes
que hay aquí dentro mucha entraña todavía (y se daba rudos puñetazos en
el pecho). ¡Si te cogiera en un maizal!
--¡Como si me cogieras en la plaza del mercado! Na. Ya no tienes más que
quijadas y palique.
--Y manos para apalpar la gracia de Dios--repuso el bárbaro tomando con
su manaza velluda la barba de la costurera.
--¡Quita, quita! ¡Gorrinazo!
Y le pegó con la ballena un golpecito en los dedos. Volvió el gandulote
a embestirla y ella a defenderse de la misma manera. Trató de agarrarla
por la cintura. La doncella se levantó y corrió por la estancia,
haciéndose la enojada.
--¡No me toques, Manín! Mira que llamo a la señora.
Pero él no hacía caso. La perseguía lanzando gruñidos y risotadas;
abrazábala aquí, soltábala allá, recibiendo en sus carrillos, ásperos y
duros como la piel de un elefante, las bofetadas de la doméstica, sin
manifestar sentirlas. Crujían los muebles, retemblaba el piso,
campanilleaba la vajilla de los aparadores. Y él sin cejar. Cada vez más
falso y zalamerón. Sabía el pícaro que aquella mujerzuela irascible y
endemoniada tenía despierta la vanidad, como todos los seres humanos, y
que era de capital interés para su panza tenerla contenta. Por último,
lanzando un verdadero mugido de buey, consiguió agarrarla por la cintura
y alzarla en vilo. Mantúvola en alto sin esfuerzo alguno, como si fuera
un chiquito de tres años.
--¿Y ahora? ¿Qué dices ahora, Zapaquilda? ¿Dónde están esos hígados?
¿Dónde esas manos? Anda, bruja, pide perdón; si no, te dejo caer como
una rana--bramaba el cazurrón, zarandeándola en el aire.
--¡Déjame, Manín! ¡Déjame, burro! ¡Habrá cochinazo! ¡Mira que grito!
Al fin la puso delicadamente en el suelo. La doncella, jadeante,
desgreñada, frunciendo mucho las cejas para aparecer más enfadada, decía
con voz anhelante:
--No tienes vergüenza, Manín. Si no fuera mirando a la casa donde
estamos, te tiraba este quinqué a las narices y te las rompía, por
bruto y por insolentón. A lo mejor están los criados oyendo todo esto, y
¿qué dirán? ¡Quita, quita allá! No me vuelvas a decir palabra, porque no
te contesto.
--¡Eso! Grita ahora, fachendosa, después que te hice ver a Dios--roncaba
Manín con sorna, mirándola de reojo y sobándose la barba.
--¡Si no te quitas de mi vista, baldragote!...--exclamaba la diminuta
criada, pasándole a su despecho relámpagos de risa por los ojos.
Manín se sentó de nuevo para engullir el pan que quedaba y beber otro
vaso de lo blanco. Josefina mientras tanto sollozaba en un rincón,
llevándose las manos heridas a la boca, palpándose las mejillas
acardenaladas por los ballenatos. Manín se dignó echar hacia ella una
mirada.
--No llores, tontina, que el dolor de los zurriagazos pasará y la
ciencia te quedará en la mollera para siempre--dijo cortando con su
navaja un pedazo del pan y metiéndolo en la boca.--Si quieres saber mi
dictamen, cuanto más te peguen más contenta debes de estar. ¿Qué serías
tú si Concha no tuviese la misericordia de castigarte duro? Una
chafandina que no valdría un celemín de bellotas, una bestia, salva sea
la comparanza. Y ahora ¿qué serás? Una mujer pa too lo que se la pida.
(Pausa mientras se corta otro pedazo de pan y lo muele, levantando un
bulto como el puño en el carrillo derecho)... Anda, que si yo hubiera
tenido como tú maestros que me alzasen el pellejo a correazos, no sería
un burro, no me llamarían Manín, sino don Manuel, y en vez de ser un
mísero súdito, andaría por ahí dándome importancia, paseando por
Altavilla con las manos atrás como los señores y leyendo las gacetas en
el casino. (Otra pausa y otra amputación del zoquete)... Ponte en lo
justo si tienes caletre para ello. ¿Cómo quieres aprender esas cosas tan
enrevesadas sin algunos lampreazos? ¿Quién aprendió _daqué_ nunca sin
azotes? Nadie. ¡Pues entonces! Si tuvieras conocimiento, criatura,
darías gracias a Dios por haberte puesto una maestra que es como una
gloria. Para too sirve la endina, para too tiene las manos finas y los
pies listos, ¿verdá, tú?
Concha se había puesto grave otra vez, sentándose y haciendo un gesto
imperioso a la niña para que se acercase. Tocábale el turno a la
gramática. Aquí andaba peor todavía que en la historia, séase por la
falta de memoria o porque el miedo la turbase. Comenzó el vapuleo: un
ballenazo ahora y otro después y otro y otro. Manín, fiel a sus
convicciones pedagógicas, aplaudía con la boca llena, cortando grave,
esmeradamente, en figuras geométricas los pedazos del pan antes de
conducirlos con toda solemnidad a los labios. Las faltas fueron muchas;
los golpes fueron otros tantos. Pero al terminar la lección, Concha
consideró que a más del castigo correspondiente a cada falta, teniendo
en cuenta lo mal que la niña lo había hecho, convenía terminar con un
vapuleo general que las comprendiese todas. La alzó de la silla y,
blandiendo la formidable ballena, exclamó:
--Ahora, para que estudies mejor y se te despierten los sentidos, ¡toma!