Moro temblaba: se le venía el mundo encima. Tomaba asiento al lado de la

dama con una cara larga, larga, que no daba idea cabal de la pasión que

debía arder en su pecho.

El maestrante había hecho poco caso de aquellos apartes, de las

preferencias y las sonrisas insinuantes de su esposa. Les miraba con

ojos distraídos, sin venírsele a la mente ninguna sospecha, preocupado

enteramente con la verdadera pista. Sin embargo, al cabo de algunos

días, tanto insistió Amalia y tan buena maña se dio, que el noble

caballero principió a fijarse en aquellos signos y a darles algún valor.

La valenciana sintió el placer del triunfo. Sus cálculos iban camino de

realizarse. Y para dar impulso poderoso y decisivo a su enredo,

ocurriosele en el momento una treta peregrina. Se hallaba sentada en un

rincón, teniendo a su lado a Jaime Moro, bien a la vista de D. Pedro.

Moro, distraído como siempre. La esposa de Quiñones necesitaba hacer

prodigios de habilidad para sostener la conversación, le sonreía, le

mimaba, le envolvía en una red de palabras melosas, que acentuaba

fuertemente con la sonrisa a fin de llamar la atención de D. Pedro.

--¿Qué es eso? ¿Está usted mirando mi brazalete?

Moro no había reparado en él.

--Es muy lindo--se apresuró a decir por complacencia.

--Ha pertenecido a mi madre. Tiene más mérito de lo que parece. Este

retrato, que es el de mi abuela, está hecho de mosaico... vea usted.

Al mismo tiempo levantó la mano. Moro lo contempló con afectada

admiración.

--Repárelo usted bien.

Y la alzó aún más, poniéndosela cerca de los ojos. Observando con el

rabillo del ojo que don Pedro la miraba, todavía la alzó un poquito,

hasta rozar con ella los labios del joven. Pero en aquel instante la

retiró bruscamente con vivo ademán. Moro quedó estupefacto.

Involuntariamente dirigió la vista hacia D. Pedro, y notando que éste le

clavaba una mirada fría y penetrante, se puso colorado hasta las orejas.

Amalia se levantó y se fue al salón, como si quisiera disimular su

turbación.

Fue grande la que se apoderó del orgulloso maestrante con el secreto que

pensó sorprender. Sus ideas experimentaron violenta sacudida. Agitado

por mil sospechas contrarias, dominado por una cólera furiosa, movía

entre sus trémulas manos las cartas, sin pensar en ellas, imaginando

horribles venganzas contra su esposa y contra el...

¿Contra quién? ¿Cuál era el traidor? La duda encendía aún más su rabia.

Lo que había visto era bien concluyente. Y, sin embargo, su pensamiento

no podía apartarse del conde de Onís. Contra el testimonio de sus

propios ojos alegaba el instinto, una voz interior que le señalaba sin

cesar a su enemigo.

Apareció éste en la tertulia. Saludó fríamente a Amalia y se fue derecho

al gabinete; pero Manuel Antonio le retuvo tirándole por el faldón del

frac.

--¿Dónde vas, Luis? Ven aquí, muchacho; no te nos enfrasques tan pronto

en el juego. Mira, aquí María Josefa y Jovita han estado disputando toda

la noche sobre la fecha de tu matrimonio. Yo les he dicho: «No disputéis

más. Si viene hoy Luis, es tan amable que de seguro os lo ha de decir.»

--Pues las has engañado--respondió el conde aproximándose al grupo.

--¿Tan grosero te has vuelto?

--No es grosería, es ignorancia. Estas señoritas saben muy bien que las

cosas no se realizan nunca como y cuando queremos. Si yo les dijese

ahora una época y resultase otra, pensarían que había tratado de

burlarme de ellas.

Apesar de los esfuerzos que hacía por sonreír, el semblante del conde

reflejaba tristeza infinita. Su voz salía apagada y enronquecida.

--¡No, no! ¡Nada de eso!--exclamó riendo Jovita.--Díganos usted un día

cualquiera, que aunque luego resulte otro, pensaremos que no ha sido por

su voluntad.

--Bueno, pues mañana.

--¡Eso tampoco!--gritaron ambas solteronas alborozadas.

--No son ustedes fáciles de contentar. ¿Qué día quieren que me case?

Señálenlo ustedes.

El conde no había dicho una palabra a nadie de la ruptura de su

matrimonio. La innata debilidad de su carácter le obligaba a callar una

noticia que muy pronto había de difundirse. Tenía miedo a la curiosidad

pública, a las preguntas, a que en el rostro le adivinasen las causas de

tal resolución. Y temblaba y se entristecía profundamente cada vez que,

como ahora, le tocaban este punto.

Hasta entonces no se había traslucido nada. Creíase en la ciudad que de

un día a otro se iría a Madrid a reunirse con su futura. Sin embargo,

Manuel Antonio, cuyo olfato era superior al de todos sus contemporáneos,

había olido algo. Y con la tenacidad y el disimulo de una Isabel de

Inglaterra, principió a recoger noticias y a atar cabos de tal modo que

a la hora presente andaba muy cerca de la verdad.

--Muy triste te veo estos días, Luisito--le dijo bruscamente.--Más que

de matrimonio tienes cara de testamento.

El conde se turbó y no supo más que contestar sonriendo forzadamente:

--El matrimonio es un paso muy serio.

Trató de marcharse, pero Manuel Antonio volvió a retenerlo. A todo

trance quería dar con la clave del enigma, saber de un modo positivo lo

que sospechaba. Y ayudándose de María Josefa, que sabía mejor que él a

qué atenerse, mantuvo alerta la conversación algún tiempo sobre el

escabroso tema. Luis estaba en brasas. Dirigía frecuentes miradas hacia

el sitio de Amalia, como reclamando lo que estaba obligada a concederle.

Levantose al fin la dama, se asomó a la puerta y tornó a sentarse. A los

pocos momentos apareció el rostro pálido y suave de Josefina. Paseó sus

ojos tristes por la sala, y a una seña de su madrina dirigió sus pasos

al gabinete. Al cruzar por detrás del conde, volviose éste a medias y le

echó una mirada rápida y ansiosa, que no pasó inadvertida a la sagacidad

de sus interlocutores. La niña levantó sus ojos hacia él, brillando con

sonrisa feliz. Fue un choque magnético que hizo arder súbito toda la

alegría de su corazón infantil. Los tertulios la llamaron, trataron de

retenerla; pero ella, obedeciendo la orden de su madrina, siguió hasta

el gabinete. Pocos momentos después se oyó la voz áspera de Quiñones.

--¿No está el conde de Onís por ahí? ¿Cómo no entra?

--Allá voy, D. Pedro--se apresuró a responder Luis, contento de

separarse de aquel enfadoso grupo.

Al entrar en el gabinete se produjo, en menos tiempo del que puede

tardarse en referirla, una terrible escena que puso en conmoción y

espanto a toda la tertulia. D. Pedro estaba con las cartas en la mano y

lo mismo Jaime Moro y D. Enrique Valero. Saleta, que hacía el cuarto,

hablaba con el capellán sentado detrás de él. En torno de la mesa había

tres o cuatro personas de pie mirando el juego. Cerca del noble

maestrante se hallaba Josefina con los bracitos cruzados esperando su

bendición para irse a la cama.

Al entrar el conde, Quiñones le lanzó una rápida mirada escrutadora,

clavó enseguida otra de profundo odio en la niña y dijo con sonrisa

sarcástica:

--Ah, ¿quieres la bendición?... Toma la bendición.

Y le dio de revés un tremendo bofetón que la hizo rodar por el suelo,

soltando sangre por boca y narices. Luis sintió aquella bofetada en sus

mejillas. Huyó repentinamente de ellas toda la sangre y quedó densamente

pálido. Y por un impulso ciego, superior a su voluntad, gritó fuera de

sí:

--¡Eso es una vileza! ¡Una cobardía!

Y aun trató de lanzarse sobre él. Pero le detuvieron. D. Pedro gritaba

mientras tanto a grandes voces, loco de furor:

--¡Por fin caíste! ¡Por fin caíste, perro!

Hizo un esfuerzo supremo para alzarse del asiento y lanzarse sobre el

ladrón de su honra, consiguiolo a medias, y cayó al fin de nuevo,

privado de sentido, torciendo la boca.

Los tertulios se habían levantado todos y acudieron al gabinete. Las

señoras gritaban aterradas. Los hombres preguntaban a los de dentro lo

que ocurría. El conde de Onís paseó una mirada de extravío por ellos, se

dirigió al sitio donde yacía Josefina, alzola del suelo y, con ella en

brazos, trató de abrirse paso. Amalia se le puso delante.

--¿Adónde va usted?

Y quiso arrancarle la niña. Pero Luis extendió la mano, agarró a la

valenciana por los cabellos y, después de sacudirla tres o cuatro veces

con fuerza, la arrojó lejos de sí y se lanzó a la puerta del salón.

Bajó la escalera a saltos, salió a la calle, donde esperaba el coche, y

brincando en él con su preciosa carga dijo al cochero:

--¡A escape, a la Granja!

El pesado vehículo rodó con estrépito por las calles mal empedradas. No

tardó en salir a la carretera.

La luna brillaba en lo alto del firmamento. De vez en cuando, grandes

nubes espesas, flotantes tapaban su disco, pero al instante volvía a

lucir. En las regiones superiores de la atmósfera soplaba un viento

huracanado. Abajo parecían reinar el silencio y la paz.

Josefina no salía de su desmayo. El conde le limpiaba con su pañuelo la

sangre. Después trataba de reanimarla imprimiendo largos, apasionados

besos en su rostro de alabastro.

Al fin se entreabrieron sus ojos, contempló con extraña fijeza al conde

y relampagueó en ellos una dulce sonrisa.

--¿Eres tú, Luis?

--Sí, vida mía, yo soy.

--¿Adónde me llevas?

--Donde tú quieras.

--Llévame lejos, ¡muy lejos!... Llévame a tu casa... Llévame aunque no

me des de comer. Estando contigo no me importa morir.

El conde la apretó contra su seno y la cubrió de besos.

--Sí, sí, a mi casa vas--exclamó mientras las lágrimas bañaban sus

mejillas.--De allí no saldrás ya nunca, porque para arrancarte

necesitarán antes arrancarme la vida... Escucha, Josefina, voy a decirte

una cosa. Procura entenderla. Haz un esfuerzo y lo conseguirás... Yo soy

tu padre... Los señores de Quiñones te han recogido en su casa... pero

yo soy tu padre... ¿lo entiendes?

--Sí, Luis, te entiendo.

--Te han recogido, porque yo soy tan malo que te he entregado a ellos

en vez de tenerte conmigo.

--Ahora no te entiendo, Luis. Tú no eres malo. Tú eres bueno y me

quieres.

--Sí, hija de mi alma, te quiero más que a mi vida... Perdóname.

--Yo también te quiero a tí... ¡A ellos no! Antes quería a madrina, pero

ahora no... ¡Me ha pegado tanto! ¡Si supieras!... Me mordía, me arañaba,

me arrastraba por el suelo, mandaba a Concha que me azotase con la

ballena, me ataba con una cuerda como a los perros...

--¡Calla, calla, que me matas!--profirió Luis sollozando.

--¡No llores, Luis, no llores!... ¿Ves cómo eres bueno? Estás llorando

por mí.

--¡No he de llorar por tí si eres mi hija! Llámame padre... ¡Yo soy tu

padre! ¿Lo sabes, lo sabes?

--Sí, lo sé... Tú eres mi padre y yo soy tu hija... Tengo sueño...

Déjame dormir sobre tu pecho.

Y dejó caer sobre él la cabecita blonda. Inclinó la suya el conde para

darle un beso en la frente y sintió sus labios abrasados por el calor de

la fiebre.

Gozó la criatura algunos momentos de sueño letárgico. Corrían de vez en

cuando por su tierno cuerpo vivos estremecimientos. Despertó al fin

dando un grito.

--¡Luis, que me llevan!... ¡Míralos, míralos... ahí están!

Sus ojos expresaban un terror pánico.

--No, hija, no; son los árboles del camino que extienden sus ramas hacia

nosotros.

--¿No ves a D. Pedro que me amenaza? ¿No oyes lo que me está diciendo?

--Sosiégate, mi alma; es el mugido del viento.

--Tienes razón. Ya se fueron. ¡Mira cómo brilla la luna! ¡Mira qué

campos tan hermosos y cuántas flores!... Un palacio de cristal...

Delante hay una niña jugando con un gatito blanco... ¡Qué precioso!...

Es más bonito que el Rojo... Déjame jugar con ella, Luis...

--Jugarás cuanto quieras, y te compraré un gatito y una palomita blanca

que venga a comer a tu mano.

--No, no quiero que gastes dinero. Estoy contenta con que no me separes

de ti.

--Nunca ya. Vivirás conmigo siempre, porque eres mi hija. Duerme, mi

vida.

--¡Otra vez la oscuridad!... ¡Ya vuelve! ¡Échalos, Luis, échalos, por

Dios! ¡Que me agarran!

--No temas; estás conmigo... Mira la luna otra vez... ¿Ves cuánta

luz?... Duérmete, corazón.

--Es verdad... ya veo los campos llenos de flores... ya veo el gatito

blanco... La niña no está... ¿Dónde se fue, Luis?

--Está en mi casa, esperándote para jugar. Estamos muy cerca ya.

Duérmete.

--Sí, Luis, voy a dormir. Tú me lo mandas, ¿no es cierto? Yo debo

obedecerte porque soy tu hija... Tengo frío... Apriétame más.

Apretola más y más contra su pecho. Josefina se durmió al fin. El

carruaje rodaba por la carretera desierta al través de los campos

esclarecidos por la luz de la luna. Las nubes volaban también dispersas

por los aires. El viento mugía sordamente a lo lejos. Los árboles

comenzaban a agitar sus penachos.

Ya se divisaba el cercado de la Granja. Luis inclinó la cabeza para

despertar a la niña; pero al darla un beso sintió en sus labios el frío

de la muerte. Alzola vivamente, sacudiola con fuerza varias veces,

llamándola a gritos.

--¡Josefina!... ¡Hija! ¡hija! ¡hija!... ¡Despierta!

La blonda cabeza de la niña se doblaba a un lado y a otro como una

azucena que tuviese quebrado el tallo.

El maestrante · 第 21 / 21 段