--¡Venga usted acá, señorita, venga usted acá! ¡Cuánto tiempo ya que no

nos hemos visto! ¿Cómo lo ha pasado usted? ¿Le ha ido a usted bien? El

barón es muy galante con las damas, ¿verdad?

La niña lanzó un grito penetrante.

--¡Ay mi oreja!

--¡De rodillas, sabandija! ¡Ah! ¿Conque no vale nada lo que he hecho por

ti! ¿Ya me enseñas los dientes antes de concluir de mamar? De rodillas,

picaruela, ¡malvada!

Josefina fue a caer acurrucada en un rincón del gabinete. Amalia mantuvo

sobre ella largo rato su mirada fulgurante. Separándola al fin, preguntó

a Concha y a Paula, que habían traído a la delincuente, en qué forma se

había escapado. La culpa era del cochero. Improperios contra el cochero,

que era un borracho, y amenazas de despedirle si volvía a caer en

descuido semejante. Luego comentarios infinitos sobre el encuentro del

barón. ¿Qué hacía aquel bruto a tales horas por la carretera de Sarrió?

¿Quién era el cura que le acompañaba? Después consideraciones

tristísimas sobre la ingratitud y maldad de aquella niña que huía de la

casa donde se la había dado albergue y ponía en ridículo a su

protectora. Las domésticas convinieron en que merecía un castigo

ejemplar.

Despidiolas al cabo la dama, deteniéndolas con ademán imperioso cuando

trataban de llevarse a la expósita. Una vez solas, Amalia tomó un libro

y se puso a leer tranquilamente a la luz de un quinqué, mientras su

hija, de rodillas en el ángulo más oscuro, sollozaba apagadamente. Tres

o cuatro veces levantó aquélla la cabeza, dirigiendo su mirada colérica

a las tinieblas del rincón, esperando que la chica gimiese más fuerte

para lanzarse sobre ella. Trascurrió una hora, hora y media. Cerró al

fin el libro: salió y volvió a los pocos momentos. Comenzó a desnudarse

lentamente: cuando estaba medio desnuda tomó el quinqué, y acercándolo a

la niña la obligó a levantarse, la llevó hasta la alcoba y le dijo

mostrándole el suelo:

--Esta es tu cama. Ahí dormirás vestida.

Cuando terminó de desnudarse, la niña le dijo con voz débil:

--Perdóname, madrina; no volveré a hacerlo.

Pero ella no quiso oír estas palabras. Se metió en la cama y apagó la

luz. Sus ojos quedaron abiertos en la oscuridad. Las horas, sonando con

sus cuartos y medias melancólicamente en el reloj de la catedral vecina,

no consiguieron cerrarlos. Eran dos lámparas misteriosas que sólo daban

luz hacia dentro, alumbrando mil cosas siniestras y punzantes. Bajo

aquella pequeña frente se atropellaban, se estrujaban las ideas

sombrías, los deseos feroces. El matrimonio de Luis era una abominable

traición. Sin recordar la suya hacia el pobre viejo paralítico que Dios

le había dado por esposo, ni pensar en que su falta había truncado la

vida del conde, amenazado de morir en la soledad, sin familia que

endulzara sus últimos días, hacía pesar sobre él toda la responsabilidad

del delito y toda la amargura que ahora sentía al desprenderse del único

placer que la acariciaba en aquella lúgubre y monótona existencia. ¡El

único placer! No merecía otro nombre su amor. En aquel espíritu

ardiente, despótico, atormentado, no había entrado jamás la ternura;

ignoraba por completo las cosas deliciosas y poéticas que ennoblecen la

pasión y la hacen perdonable. Su vida se había deslizado en una

agitación insana, atormentada por el deseo de ser feliz a toda costa. En

los últimos siete años vivió bajo el imperio de su torpe apetito

insaciable. Jamás un pensamiento melancólico de remordimiento vino a

acusar en aquella ruin naturaleza la presencia del sentido moral. Cada

vez más exacerbada su ansia de goces la arrastraba últimamente a mil

pasos extravagantes y peligrosos. Ya no se contentaba con reunir en su

casa a la juventud laciense y bailar de vez en cuando por

condescendencia. Era menester, para alegrarla, que todos los días

hubiese jarana, giras de campo, mascaradas, etc., y que ella bailase sin

cesar hasta caer rendida como una zagala de quince años: necesitaba

menudear las entrevistas secretas con su amante a las horas más

extraordinarias y en las ocasiones más impensadas. Sus anhelos

enfermizos la impulsaban a desafiar la opinión pública, despreciando por

gusto toda precaución. Si el conde le hacía alguna advertencia

irritábase, se revolvía como una fiera. Más perdía ella que él; las

murmuraciones no se cebarían en el hombre seguramente, sino en la mujer.

La deshonra era para ésta. Pero ella se reía a más no poder de estas

murmuraciones y de la deshonra. Si la apuraban un poco era capaz de

pregonar su falta en Altavilla cuando hubiese más gente. El conde se

sentía cada vez más desligado de esta mujer, que turbaba todas sus ideas

morales, teológicas y sociales. Llegaba a inspirarle miedo.

Éste se convirtió en terror, en malestar insufrible, que le hizo

apetecer con ansia la libertad, desde cierta revelación que, sonriendo,

le hizo Amalia.

--¿No sabes, querido? Esta mañana estuve a punto de hacer una locura,

una locura muy grande. Quiñones me mandó ponerle las gotas de arsénico

que toma hace tiempo. Cogí el frasco y de repente, como si una mano

invisible me levantase el codo, vertí en el vaso la mitad del

contenido... ¡No tiembles, cobarde, que no hay motivo!... Jamás me había

pasado nada semejante. Te juro que mi voluntad no tenía arte ni parte en

ello. Obraba por una fuerza superior que me arrastraba a pesar mío. Dejé

el vaso sobre la mesa, lo contemplé un instante con sorpresa, lo levanté

para mirarlo al trasluz... Nada, ni el más mínimo signo que denotase que

allí estaba la muerte. Lo puse sobre la bandeja y me encaminé con él

hacia el gabinete sin darme cuenta de lo que hacía. Pero enmedio del

pasillo me estremecí como si saliese de una pesadilla, vi repentinamente

el disparate que iba a hacer, y dejé caer el vaso al suelo.

--No era un disparate, era un crimen horrible el que ibas a

cometer--dijo sordamente el conde, que sudaba de congoja.

--Bueno, crimen o disparate... o lo que sea, era una estupidez de todos

modos, ¿sabes? porque enseguida se comprendería, por los síntomas, que

se trataba de un envenenamiento.

Aquellas palabras, pronunciadas con afectada ligereza, impresionaron aún

más al conde que las anteriores. Desde entonces no podía acercarse a

ella sin experimentar una extraña sensación de repugnancia.

Su juventud pasó. Hasta la llegada de Fernanda, Amalia no había pensado

en ello. No teniendo rivales en Lancia, había puesto menos diligencia

cada día en el cuidado de su persona, dejó del todo aquella plausible

coquetería que sirve a la mujer para perpetuar el encanto de su persona.

Sólo al ver la espléndida hermosura de la hija de Estrada-Rosa se dignó

echar una mirada a sí misma. Comenzó a preocuparse del aliño de su

cuerpo, se procuró toda clase de afeites, envió por vestidos a Madrid,

aprovechó todos los recursos de la elegancia. Era tarde. Aquel mísero

cuerpo abandonado, marchito por los años y la anemia, no recobró

frescura ni gracia.

Esta idea fija le roía el cerebro en su larga y dolorosa vigilia. ¡No

volver a inspirar amor, ser vieja, causar repugnancia! Mil garfios le

arrancaban las entrañas. Luis se casaba. ¿Por qué? ¿No le había

sacrificado su juventud, su honor, su salvación, si después de esta vida

había más que tinieblas? ¡Qué valía esto! La primera señal de ruina que

había aparecido en su rostro desvaneció como un sueño todos los

juramentos; los siete años de amor se habían hundido en el abismo del

tiempo sin dejar la más insignificante huella... Pero ella no tenía

arrugas todavía; no era tan vieja; treinta y cinco años nada más.

Bruscamente llevó la mano a la mesa de noche, encendió la bujía y saltó

de la cama: acercose al espejo y se contempló largamente, repasando con

el dedo todos los rincones del rostro para cerciorarse de que no

existían las temidas arrugas.

Un gemido que sonó detrás le hizo volver la cabeza. Levantó la bujía y

clavó una mirada recelosa en su hija, tendida en el suelo y tiritando.

La niña no dormía. Sus ojos febriles se posaron con angustia en ella,

sus labios murmuraron otra vez «¡Perdón!» Sin hacer caso alguno, la

esposa de D. Pedro se metió de nuevo en la cama y apagó la luz.

Los rayos del sol matinal, penetrando por las rendijas del balcón,

alumbraron aquellos dos insomnios. Con la luz de Dios comenzó el bárbaro

suplicio de una criatura inocente. La fecunda, diabólica fantasía de

Amalia se puso a inventar tormentos con que saciar el odio que la

devoraba. Necesitaba ver sufrir. Josefina fue enviada descalza abajo con

una misiva escrita en lápiz para Concha. El papel decía: «Concha, ahí te

envío a esa picaruela. Castígala como mejor te parezca.»

Amalia había adivinado, en su doncella, al verdugo. Y en efecto, al

recibir ésta el papelito experimentó satisfacción, lisonjeada en su

vanidad y en sus instintos.

--¿Sabes lo que dice este papel?--le preguntó relamiéndose.

Josefina hizo un signo negativo. Leía todavía mal el manuscrito, sobre

todo escribiendo tan descuidadamente como lo había hecho la señora. La

costurera le obligó a deletrear aquellas palabras hasta que se enteró

bien de ellas.

--Ya ves que me manda castigarte por lo que has hecho ayer.

Al decir esto sonreía dulcemente, como si le noticiase que le iba a

regalar alguna golosina. Josefina la miró sorprendida.

--¿Castigarme? Madrina ya me ha hecho dormir en el suelo.

--No importa, eso es poco para maldad tan grande como escaparse de casa.

Habrá que darte algunos azotes. Lo siento, hija mía, porque nunca has

recibido este castigo y te va a doler mucho. Las señoritas tenéis la

carne delicada, no sois como nosotras, que estamos acostumbradas desde

muy chiquitinas a la intemperie y a los golpes. ¡Ven acá!...

Al mismo tiempo sacó del corsé una de las formidables ballenas, que

entonces solían usarse. La niña retrocedió asustada, pero la costurera

la atrapó por el brazo.

--No intentes escapar, porque entonces será doble la ración.

Josefina se cogió a su mano llorando angustiosamente.

--¡No me pegues, por Dios, Concha! Ya sabes que me ha pegado mucho

madrina ayer... Mira, mira cómo tengo las manos... Me duele también la

cabeza... ¡El suelo estaba tan duro!... Yo te quiero mucho... no te he

acusado nunca a madrina...:

--¡Suelta, suelta!--repuso la costurera tratando de desasirse suavemente

de sus pequeñas manos.--No tengo más remedio que obedecer. La señora lo

manda.

--¡No, por Dios! ¡Concha, no, por Dios!--respondía entre sollozos la

criatura.--Te quiero mucho... y a madrina también... Si no me pegas te

he de dar mi caja de muñecas...

--¿De veras?--dijo dulcificándose.

--Sí, ahora mismo si la quieres.

--¿Y el estuche de costura?

--También.

--¿Y el armarito de espejo?

--Sí, el armarito también.

Concha hizo ademán de vacilar. La niña la miraba con ojos ansiosos.

--¿Y me prometes ser buena siempre?

Sí, le prometía ser buena siempre.

--¿Nunca más escaparte?

--Nunca.

--Bueno--dijo con tono cariñoso y condescendiente;--pues si prometes ser

buena y formal, y no se lo dices a la señorita, y me das además todo eso

que dices, entonces... entonces... ¡arrea, chico!

En un instante le alzó la ropa y comenzó a azotarla despiadadamente,

riendo como una loca del engaño.

Los alaridos de la niña subieron hasta el piso segundo. La esposa del

maestrante estaba frente al espejo, arreglándose provisionalmente el

pelo. Se detuvo. Un estremecimiento singular corrió por su carne, cierta

emoción indefinible y vaga, semejante a un cosquilleo, que no podría

decir con seguridad si era de placer o de dolor. De todos modos, algo

que refrescaba aquel ardor insufrible que los vapores de la ira habían

levantado en su pecho. Permaneció inmóvil hasta que los gritos cesaron.

Los ojos brillaban, el pulso latía con más celeridad. Así se dice que el

corazón de la fiera palpita a la vista de su víctima.

Fue el comienzo de los martirios de la niña. Con los pretextos más

fútiles comenzó a infligirle castigos crudelísimos, demostrando tan rica

fantasía que para sí la hubieran querido los sayones del Santo Oficio.

No sólo la golpeaba bárbaramente por los motivos más inocentes, y la

pellizcaba y la mordía, sino que se gozaba en tenerla en continuo

sobresalto bajo el temor de espantosos suplicios, en hacerle padecer de

día y de noche. Obligábala a salir descalza por el jardín en las mañanas

más crudas para buscarle una flor, o bien la tenía con la cabeza al sol

horas enteras, haciendo la guardia, para que los pájaros no picasen una

planta de grosella. Hacíala dormir en el suelo al lado de su cama, y

varias veces durante la noche le mandaba levantarse y bajar a la cocina

por agua. Reducíala a comer los manjares que sabía no le gustaban y la

privaba de los que apetecía.

A medida que corrían los días su saña y crueldad iban en aumento. Al

principio tomaba pretexto de cualquier descuido de la niña para

atormentarla. Luego no se fijó en esto: lo hacía cuando tropezaba con

ella o cuando el cuerpo se lo pedía. Uno de los martirios de su

exclusiva invención fue pincharla las manos con un alfiler, y tanto le

gustó que en pocos días las tuvo llenas de picaduras: apenas había sitio

donde poner otra. Esta tarea ferocísima solía encargarla a su verdugo

de órdenes, Concha, quien la desempeñaba a conciencia. Obligábala a

estudiar de memoria largos trozos del catecismo a sabiendas de que era

superior a sus fuerzas. En cuanto tropezaba tres veces le decía:

--Ve a pedir un beso a Concha.

Ésta era la frase que por irrisión había inventado para que la criatura

fuese a recibir el castigo del alfiler.

No la consentía mudarse la ropa interior. Al poco tiempo la miseria

comenzó a roer la piel delicada de la niña. Viéndola rascarse, Concha se

enfurecía, la apellidaba sucia, piojosa y la arrojaba a empellones de la

estancia. Todavía más. La microscópica doncella, con anuencia de su ama,

le obligaba a ponerse zapatos antiguos que le estaban chicos y que le

producían llagas y vivos dolores.

Uno de los más terribles martirios que la niña padecía era cuando Amalia

se encaprichaba en que no llorase. Unas veces la dejaba gritar y gemir

bajo los golpes: parecía que se gozaba en las lágrimas de la criatura,

en oír sus ardientes súplicas repetidas entre sollozos; pero en

ocasiones se empeñaba en que sufriese en silencio. Como esto no podía

ser, se exasperaba, se ponía loca como una fiera hambrienta.

--¡Calla!

La niña no podía; dejaba escapar un gemido.

--¡Calla!--repetía, acompañando la orden de algunos golpes.

Josefina trataba de callar, hacía esfuerzos desesperados por

conseguirlo; pero la respiración ansiosa se escapaba a su pesar,

produciendo un gemido. Más golpes.

--¡Calla o te mato!

La criatura apretaba con toda su fuerza la boca, suspendía el aliento,

se ponía lívida, y algunas veces caía privada de sentido. Aquel tierno

corazón se rompía falto de desahogo.

En estos momentos Amalia experimentaba una sensación diabólica, mezcla

de placer y de dolor, algo semejante a lo que sentimos cuando nos sajan

una postema. Su postema era aquella desalmada pasión, mezcla de amor, de

lubricidad, de soberbia y de rabiosos celos. No pudiendo devolver a su

ex-querido tanta cruel mordedura como desgarraba su pecho, saciaba el

apetito de venganza en el fruto de sus amores. Cuando tenía la niña a

sus pies ensangrentada y temblorosa, en sus miradas de angustia, en sus

gestos, en el timbre de su voz creía ver al amante humillado y

suplicante, y sentía un áspero goce que hacía brillar sus ojos y

dilataba las ventanas de su nariz. Josefina era un retrato en miniatura

de Luis. Mientras fue dichosa, su fisonomía movible y risueña, el alegre

brillo de sus ojos hacía que no se pareciese tanto; pero ahora la

desgracia y el dolor habían impreso en su mirada una melancolía profunda

y en los rasgos de su rostro cierta expresión de fatiga, que eran las

dos cosas que caracterizaban principalmente el semblante del conde de

Onís. Cuando aquellos hermosos ojos azules se volvían hacia ella dulces

y resignados, cuando aquellos labios rojos se plegaban demandando

perdón, la valenciana sentía correr por su cuerpo marchito un

estremecimiento de voluptuosidad, algo que le recordaba los goces que su

amor adúltero le había hecho experimentar.

Después de todo, en ella no había envejecido nada, nada más que aquel

rostro que se empeñaba en ajarse y aquella cabeza que producía con

horrible feracidad cabellos blancos. La carne de su cuerpo, su pecho,

sus brazos, sus espaldas, conservaban la misma tersura de alabastro, el

mismo brillo adorable, sello de una raza fina y hermosa. Palpábase,

buscando consuelo, con sus manos secas y hallaba la misma suavidad y

frescura. Aquella carne no se había marchitado. Bajo ella palpitaba la

juventud, circulaba una sangre ardiente, ávida de goces, devorada por la

creciente necesidad de las embriagueces del amor.

Y sin embargo, todas aquellas cosas deliciosas se habían huido para

siempre; la novela de su vida, la que había embellecido su existencia

sombría en los últimos años, había llegado al último capítulo. ¡Era una

vieja! Asunto concluido. A este pensamiento, que se le introducía en el

cerebro como un hierro candente, sentíase acometida por una necesidad

animal de gritar, de rugir, de destrozar. Era en tales momentos cuando

la niña padecía los más crueles castigos, cuando su frágil existencia

corría verdadero peligro.

El miedo fue otro de los padecimientos que le infligía a menudo. En las

altas horas de la noche hacíala levantarse y la enviaba a las

habitaciones extremas de la casa en busca de cualquier objeto. La niña

tornaba pálida, temblorosa, sudando de angustia. A veces era tanto su

temor, que dejaba caer la palmatoria y volvía corriendo arrojando

gritos. Amalia se enfurecía entonces, la pellizcaba, la golpeaba,

pretendiendo que fuese otra vez al sitio designado. La criatura se

dejaba martirizar y se hubiera dejado matar antes de hacerlo. En una de

estas ocasiones le dijo sonriendo ferozmente:

--¡Ah! ¿Conque la señorita es tan medrosa? Está bien, yo me encargo de

curarte la enfermedad.

Se acordaba de la impresionabilidad extraordinaria, de los terrores

nocturnos que avergonzado le había confesado Luis en momentos de

expansión. Principió a darle sustos terribles. Tan pronto se escondía

detrás de una puerta y le gritaba fuertemente al pasar, como la cogía

descuidadamente y la apretaba el cuello. Otras veces tomaba un cuchillo

y le decía que iba a morir, le ordenaba que se bajase la camisa para

degollarla mejor. Esto último no producía tanto efecto como pensaba.

Josefina inconscientemente apetecía la muerte, que la libertaría de

tanto martirio. Para mejor «quitarla el miedo,» entre Concha y ella

inventaron una siniestra farsa capaz de aterrar a un hombre valeroso,

cuanto más a una niña de seis años. Vistiéronse ambas con sábanas,

dejaron la habitación a media luz mientras la niña dormía, pusiéronse

unas caretas de calavera, y a media noche entraron dando gritos

lastimeros como almas del otro mundo. Al despertarse la criatura y ver

aquellos fantasmas, quedó paralizada por el terror, tapose luego los

ojos con las manos y un sudor copioso y frío bañó su cuerpo. Su corazón

comenzó a dar tan fuertes golpes que se oían a distancia, dejó escapar

algunos gritos ahogados y roncos; por último, llevándose las manos al

pecho, se revolcó por el suelo sin sentido, presa de espantosas

convulsiones.

No se le curó el miedo; en cambio le quedó desde entonces una propensión

fatal a los síncopes y a los terrores nocturnos. Despertábase de

improviso con señales de gran espanto, mirando fijamente a un punto del

espacio, como si tuviera delante algún fantasma. El corazón le palpitaba

vivamente, la frente se le cubría de sudor. En tales momentos perdía por

completo la conciencia. Amalia la llamaba en vano. Sólo cuando ponía las

manos sobre ella la niña lanzaba un grito de terror y metía la cabeza

por el pecho.

Entre Concha y María la planchadora habían estallado, a propósito de

estos castigos, serias reyertas. María era de natural compasivo y le

dolían los martirios de la niña, aunque no los conocía todos, porque

Amalia procuraba guardarse de los criados, exceptuando Concha. Si no era

suelta de lengua, no se la mordía tampoco para censurar en la cocina la

conducta de su señora.

--Querida, esto es peor que la Inquisición. No parece que estamos entre

cristianos, sino entre perros judíos. Antes, tanto mimo que corrompía, y

ahora, de súpito, tratan a este angelito peor que a una bestia. ¡Dígote

que la cosa pasa de la raya! ¡No hay corazón para ver tanta maldad!

--Cállate, tontona, entrometida--saltó Concha.--¿Quién te da vela a ti

en este entierro? Si la señora quiere enseñar a esa niña como es justo,

¿va a consultarte a ti el cómo lo ha de hacer? ¿Sabes tú tan siquiera lo

que es educar niños? ¡Si la castiga allá lo tendrá de premio, que así

la hará una mujer trabajadora y honrada! Algún día le dará las gracias.

--¡Sí, las gracias! Desde el cementerio se las dará. De un mes a esta

parte la niña está desconocida.

--Bueno; ¿y a tí qué te va ni qué te viene en esto? ¿Eres tú su madre?

Tres o cuatro veces riñeron de esta suerte, llevando siempre la ventaja

por su desvergüenza y mala intención la microscópica costurera. Al cabo,

María, no pudiendo sufrir con paciencia aquel espectáculo, tomó la

resolución de marcharse. Se presentó un día a la señora, y con la

disculpa de que la plancha le hacía daño pidió la cuenta. No se le

ocultó a Amalia la verdadera razón, pues tenía conocimiento de sus

murmuraciones. Disimuló, sin embargo.

--Sí, hija, comprendo que el planchado te aburra. Tú no gozas de mucha

salud. También yo ando malucha hace días. Tengo el sistema nervioso

alterado. ¡Pelear toda la vida con un enfermo, y ahora, para rematar la

fiesta, salirme esa chicuela, en quien tenía fundadas mis esperanzas,

tan ingrata y perversa! No sé cómo tengo paciencia.

María vaciló un instante.

--Ya ve usted, señora... los niños son niños.

La esposa del maestrante comprendió que, si proseguía en el tema, la

planchadora iba a decir algo desagradable y se apresuró a cortar la

plática, pagándole su cuenta y despidiéndola con afabilidad.

No impidió esto para que la doméstica dijese en confianza, en cierta

casa donde fue a servir, lo que pasaba en la de Quiñones. La noticia se

fue trasmitiendo en confianza, igualmente, de unos a otros. Al poco

tiempo fueron bastantes las personas que tenían conocimiento de las

crueldades que con la niña se cometían.

El conde de Onís, para huir la curiosidad del público, que le molestaba

sobremanera, y aún más para librarse de Amalia, se había trasladado, sin

decir nada a ésta, hacía ya cerca de un mes a la Granja. Su madre le

había acompañado. No había escrito a su ex-querida, aunque todos los

días pensaba hacerlo, para darle cuenta de su resolución. Tanto era el

temor que la valenciana había llegado a inspirarle, que la pluma caía de

sus manos cada vez que la tomaba para noticiarle su matrimonio. Y dejaba

pasar los días en continua vacilación, pensando con inquietud en la ira

que de ella se apoderaría, esperando, como todos los débiles, en que

algún acontecimiento imprevisto le sacase del compromiso. Aquel modo de

romper las relaciones, sin riña, sin convenio, sin explicación alguna,

era realmente original, pero muy propio de su carácter. Nada sabía de

los martirios de su hija. No obstante, cuando pensaba en ella sentía

repentino desasosiego, alterábanse sus nervios, y se ponía a dar vueltas

por la estancia con visible agitación. Un vago y triste presentimiento

le oprimía el corazón. El amor frenético que consiguió inspirarle

Fernanda le había hecho olvidarse un poco de Josefina. En ciertos

momentos se reprendía a sí mismo con amargura; pensaba que aun casado

con Fernanda no alcanzaría la felicidad si no podía ver a su hija todos

los días. Bien entendía que era esto imposible continuando en poder de

Amalia. Por eso soñaba con arrebatársela: imaginaba con placer

desatinados proyectos de rapto: huir con ella y con Fernanda a cualquier

rincón del mundo tranquilo y ameno.

El maestrante · 第 18 / 21 段