nos hemos visto! ¿Cómo lo ha pasado usted? ¿Le ha ido a usted bien? El
barón es muy galante con las damas, ¿verdad?
La niña lanzó un grito penetrante.
--¡Ay mi oreja!
--¡De rodillas, sabandija! ¡Ah! ¿Conque no vale nada lo que he hecho por
ti! ¿Ya me enseñas los dientes antes de concluir de mamar? De rodillas,
picaruela, ¡malvada!
Josefina fue a caer acurrucada en un rincón del gabinete. Amalia mantuvo
sobre ella largo rato su mirada fulgurante. Separándola al fin, preguntó
a Concha y a Paula, que habían traído a la delincuente, en qué forma se
había escapado. La culpa era del cochero. Improperios contra el cochero,
que era un borracho, y amenazas de despedirle si volvía a caer en
descuido semejante. Luego comentarios infinitos sobre el encuentro del
barón. ¿Qué hacía aquel bruto a tales horas por la carretera de Sarrió?
¿Quién era el cura que le acompañaba? Después consideraciones
tristísimas sobre la ingratitud y maldad de aquella niña que huía de la
casa donde se la había dado albergue y ponía en ridículo a su
protectora. Las domésticas convinieron en que merecía un castigo
ejemplar.
Despidiolas al cabo la dama, deteniéndolas con ademán imperioso cuando
trataban de llevarse a la expósita. Una vez solas, Amalia tomó un libro
y se puso a leer tranquilamente a la luz de un quinqué, mientras su
hija, de rodillas en el ángulo más oscuro, sollozaba apagadamente. Tres
o cuatro veces levantó aquélla la cabeza, dirigiendo su mirada colérica
a las tinieblas del rincón, esperando que la chica gimiese más fuerte
para lanzarse sobre ella. Trascurrió una hora, hora y media. Cerró al
fin el libro: salió y volvió a los pocos momentos. Comenzó a desnudarse
lentamente: cuando estaba medio desnuda tomó el quinqué, y acercándolo a
la niña la obligó a levantarse, la llevó hasta la alcoba y le dijo
mostrándole el suelo:
--Esta es tu cama. Ahí dormirás vestida.
Cuando terminó de desnudarse, la niña le dijo con voz débil:
--Perdóname, madrina; no volveré a hacerlo.
Pero ella no quiso oír estas palabras. Se metió en la cama y apagó la
luz. Sus ojos quedaron abiertos en la oscuridad. Las horas, sonando con
sus cuartos y medias melancólicamente en el reloj de la catedral vecina,
no consiguieron cerrarlos. Eran dos lámparas misteriosas que sólo daban
luz hacia dentro, alumbrando mil cosas siniestras y punzantes. Bajo
aquella pequeña frente se atropellaban, se estrujaban las ideas
sombrías, los deseos feroces. El matrimonio de Luis era una abominable
traición. Sin recordar la suya hacia el pobre viejo paralítico que Dios
le había dado por esposo, ni pensar en que su falta había truncado la
vida del conde, amenazado de morir en la soledad, sin familia que
endulzara sus últimos días, hacía pesar sobre él toda la responsabilidad
del delito y toda la amargura que ahora sentía al desprenderse del único
placer que la acariciaba en aquella lúgubre y monótona existencia. ¡El
único placer! No merecía otro nombre su amor. En aquel espíritu
ardiente, despótico, atormentado, no había entrado jamás la ternura;
ignoraba por completo las cosas deliciosas y poéticas que ennoblecen la
pasión y la hacen perdonable. Su vida se había deslizado en una
agitación insana, atormentada por el deseo de ser feliz a toda costa. En
los últimos siete años vivió bajo el imperio de su torpe apetito
insaciable. Jamás un pensamiento melancólico de remordimiento vino a
acusar en aquella ruin naturaleza la presencia del sentido moral. Cada
vez más exacerbada su ansia de goces la arrastraba últimamente a mil
pasos extravagantes y peligrosos. Ya no se contentaba con reunir en su
casa a la juventud laciense y bailar de vez en cuando por
condescendencia. Era menester, para alegrarla, que todos los días
hubiese jarana, giras de campo, mascaradas, etc., y que ella bailase sin
cesar hasta caer rendida como una zagala de quince años: necesitaba
menudear las entrevistas secretas con su amante a las horas más
extraordinarias y en las ocasiones más impensadas. Sus anhelos
enfermizos la impulsaban a desafiar la opinión pública, despreciando por
gusto toda precaución. Si el conde le hacía alguna advertencia
irritábase, se revolvía como una fiera. Más perdía ella que él; las
murmuraciones no se cebarían en el hombre seguramente, sino en la mujer.
La deshonra era para ésta. Pero ella se reía a más no poder de estas
murmuraciones y de la deshonra. Si la apuraban un poco era capaz de
pregonar su falta en Altavilla cuando hubiese más gente. El conde se
sentía cada vez más desligado de esta mujer, que turbaba todas sus ideas
morales, teológicas y sociales. Llegaba a inspirarle miedo.
Éste se convirtió en terror, en malestar insufrible, que le hizo
apetecer con ansia la libertad, desde cierta revelación que, sonriendo,
le hizo Amalia.
--¿No sabes, querido? Esta mañana estuve a punto de hacer una locura,
una locura muy grande. Quiñones me mandó ponerle las gotas de arsénico
que toma hace tiempo. Cogí el frasco y de repente, como si una mano
invisible me levantase el codo, vertí en el vaso la mitad del
contenido... ¡No tiembles, cobarde, que no hay motivo!... Jamás me había
pasado nada semejante. Te juro que mi voluntad no tenía arte ni parte en
ello. Obraba por una fuerza superior que me arrastraba a pesar mío. Dejé
el vaso sobre la mesa, lo contemplé un instante con sorpresa, lo levanté
para mirarlo al trasluz... Nada, ni el más mínimo signo que denotase que
allí estaba la muerte. Lo puse sobre la bandeja y me encaminé con él
hacia el gabinete sin darme cuenta de lo que hacía. Pero enmedio del
pasillo me estremecí como si saliese de una pesadilla, vi repentinamente
el disparate que iba a hacer, y dejé caer el vaso al suelo.
--No era un disparate, era un crimen horrible el que ibas a
cometer--dijo sordamente el conde, que sudaba de congoja.
--Bueno, crimen o disparate... o lo que sea, era una estupidez de todos
modos, ¿sabes? porque enseguida se comprendería, por los síntomas, que
se trataba de un envenenamiento.
Aquellas palabras, pronunciadas con afectada ligereza, impresionaron aún
más al conde que las anteriores. Desde entonces no podía acercarse a
ella sin experimentar una extraña sensación de repugnancia.
Su juventud pasó. Hasta la llegada de Fernanda, Amalia no había pensado
en ello. No teniendo rivales en Lancia, había puesto menos diligencia
cada día en el cuidado de su persona, dejó del todo aquella plausible
coquetería que sirve a la mujer para perpetuar el encanto de su persona.
Sólo al ver la espléndida hermosura de la hija de Estrada-Rosa se dignó
echar una mirada a sí misma. Comenzó a preocuparse del aliño de su
cuerpo, se procuró toda clase de afeites, envió por vestidos a Madrid,
aprovechó todos los recursos de la elegancia. Era tarde. Aquel mísero
cuerpo abandonado, marchito por los años y la anemia, no recobró
frescura ni gracia.
Esta idea fija le roía el cerebro en su larga y dolorosa vigilia. ¡No
volver a inspirar amor, ser vieja, causar repugnancia! Mil garfios le
arrancaban las entrañas. Luis se casaba. ¿Por qué? ¿No le había
sacrificado su juventud, su honor, su salvación, si después de esta vida
había más que tinieblas? ¡Qué valía esto! La primera señal de ruina que
había aparecido en su rostro desvaneció como un sueño todos los
juramentos; los siete años de amor se habían hundido en el abismo del
tiempo sin dejar la más insignificante huella... Pero ella no tenía
arrugas todavía; no era tan vieja; treinta y cinco años nada más.
Bruscamente llevó la mano a la mesa de noche, encendió la bujía y saltó
de la cama: acercose al espejo y se contempló largamente, repasando con
el dedo todos los rincones del rostro para cerciorarse de que no
existían las temidas arrugas.
Un gemido que sonó detrás le hizo volver la cabeza. Levantó la bujía y
clavó una mirada recelosa en su hija, tendida en el suelo y tiritando.
La niña no dormía. Sus ojos febriles se posaron con angustia en ella,
sus labios murmuraron otra vez «¡Perdón!» Sin hacer caso alguno, la
esposa de D. Pedro se metió de nuevo en la cama y apagó la luz.
Los rayos del sol matinal, penetrando por las rendijas del balcón,
alumbraron aquellos dos insomnios. Con la luz de Dios comenzó el bárbaro
suplicio de una criatura inocente. La fecunda, diabólica fantasía de
Amalia se puso a inventar tormentos con que saciar el odio que la
devoraba. Necesitaba ver sufrir. Josefina fue enviada descalza abajo con
una misiva escrita en lápiz para Concha. El papel decía: «Concha, ahí te
envío a esa picaruela. Castígala como mejor te parezca.»
Amalia había adivinado, en su doncella, al verdugo. Y en efecto, al
recibir ésta el papelito experimentó satisfacción, lisonjeada en su
vanidad y en sus instintos.
--¿Sabes lo que dice este papel?--le preguntó relamiéndose.
Josefina hizo un signo negativo. Leía todavía mal el manuscrito, sobre
todo escribiendo tan descuidadamente como lo había hecho la señora. La
costurera le obligó a deletrear aquellas palabras hasta que se enteró
bien de ellas.
--Ya ves que me manda castigarte por lo que has hecho ayer.
Al decir esto sonreía dulcemente, como si le noticiase que le iba a
regalar alguna golosina. Josefina la miró sorprendida.
--¿Castigarme? Madrina ya me ha hecho dormir en el suelo.
--No importa, eso es poco para maldad tan grande como escaparse de casa.
Habrá que darte algunos azotes. Lo siento, hija mía, porque nunca has
recibido este castigo y te va a doler mucho. Las señoritas tenéis la
carne delicada, no sois como nosotras, que estamos acostumbradas desde
muy chiquitinas a la intemperie y a los golpes. ¡Ven acá!...
Al mismo tiempo sacó del corsé una de las formidables ballenas, que
entonces solían usarse. La niña retrocedió asustada, pero la costurera
la atrapó por el brazo.
--No intentes escapar, porque entonces será doble la ración.
Josefina se cogió a su mano llorando angustiosamente.
--¡No me pegues, por Dios, Concha! Ya sabes que me ha pegado mucho
madrina ayer... Mira, mira cómo tengo las manos... Me duele también la
cabeza... ¡El suelo estaba tan duro!... Yo te quiero mucho... no te he
acusado nunca a madrina...:
--¡Suelta, suelta!--repuso la costurera tratando de desasirse suavemente
de sus pequeñas manos.--No tengo más remedio que obedecer. La señora lo
manda.
--¡No, por Dios! ¡Concha, no, por Dios!--respondía entre sollozos la
criatura.--Te quiero mucho... y a madrina también... Si no me pegas te
he de dar mi caja de muñecas...
--¿De veras?--dijo dulcificándose.
--Sí, ahora mismo si la quieres.
--¿Y el estuche de costura?
--También.
--¿Y el armarito de espejo?
--Sí, el armarito también.
Concha hizo ademán de vacilar. La niña la miraba con ojos ansiosos.
--¿Y me prometes ser buena siempre?
Sí, le prometía ser buena siempre.
--¿Nunca más escaparte?
--Nunca.
--Bueno--dijo con tono cariñoso y condescendiente;--pues si prometes ser
buena y formal, y no se lo dices a la señorita, y me das además todo eso
que dices, entonces... entonces... ¡arrea, chico!
En un instante le alzó la ropa y comenzó a azotarla despiadadamente,
riendo como una loca del engaño.
Los alaridos de la niña subieron hasta el piso segundo. La esposa del
maestrante estaba frente al espejo, arreglándose provisionalmente el
pelo. Se detuvo. Un estremecimiento singular corrió por su carne, cierta
emoción indefinible y vaga, semejante a un cosquilleo, que no podría
decir con seguridad si era de placer o de dolor. De todos modos, algo
que refrescaba aquel ardor insufrible que los vapores de la ira habían
levantado en su pecho. Permaneció inmóvil hasta que los gritos cesaron.
Los ojos brillaban, el pulso latía con más celeridad. Así se dice que el
corazón de la fiera palpita a la vista de su víctima.
Fue el comienzo de los martirios de la niña. Con los pretextos más
fútiles comenzó a infligirle castigos crudelísimos, demostrando tan rica
fantasía que para sí la hubieran querido los sayones del Santo Oficio.
No sólo la golpeaba bárbaramente por los motivos más inocentes, y la
pellizcaba y la mordía, sino que se gozaba en tenerla en continuo
sobresalto bajo el temor de espantosos suplicios, en hacerle padecer de
día y de noche. Obligábala a salir descalza por el jardín en las mañanas
más crudas para buscarle una flor, o bien la tenía con la cabeza al sol
horas enteras, haciendo la guardia, para que los pájaros no picasen una
planta de grosella. Hacíala dormir en el suelo al lado de su cama, y
varias veces durante la noche le mandaba levantarse y bajar a la cocina
por agua. Reducíala a comer los manjares que sabía no le gustaban y la
privaba de los que apetecía.
A medida que corrían los días su saña y crueldad iban en aumento. Al
principio tomaba pretexto de cualquier descuido de la niña para
atormentarla. Luego no se fijó en esto: lo hacía cuando tropezaba con
ella o cuando el cuerpo se lo pedía. Uno de los martirios de su
exclusiva invención fue pincharla las manos con un alfiler, y tanto le
gustó que en pocos días las tuvo llenas de picaduras: apenas había sitio
donde poner otra. Esta tarea ferocísima solía encargarla a su verdugo
de órdenes, Concha, quien la desempeñaba a conciencia. Obligábala a
estudiar de memoria largos trozos del catecismo a sabiendas de que era
superior a sus fuerzas. En cuanto tropezaba tres veces le decía:
--Ve a pedir un beso a Concha.
Ésta era la frase que por irrisión había inventado para que la criatura
fuese a recibir el castigo del alfiler.
No la consentía mudarse la ropa interior. Al poco tiempo la miseria
comenzó a roer la piel delicada de la niña. Viéndola rascarse, Concha se
enfurecía, la apellidaba sucia, piojosa y la arrojaba a empellones de la
estancia. Todavía más. La microscópica doncella, con anuencia de su ama,
le obligaba a ponerse zapatos antiguos que le estaban chicos y que le
producían llagas y vivos dolores.
Uno de los más terribles martirios que la niña padecía era cuando Amalia
se encaprichaba en que no llorase. Unas veces la dejaba gritar y gemir
bajo los golpes: parecía que se gozaba en las lágrimas de la criatura,
en oír sus ardientes súplicas repetidas entre sollozos; pero en
ocasiones se empeñaba en que sufriese en silencio. Como esto no podía
ser, se exasperaba, se ponía loca como una fiera hambrienta.
--¡Calla!
La niña no podía; dejaba escapar un gemido.
--¡Calla!--repetía, acompañando la orden de algunos golpes.
Josefina trataba de callar, hacía esfuerzos desesperados por
conseguirlo; pero la respiración ansiosa se escapaba a su pesar,
produciendo un gemido. Más golpes.
--¡Calla o te mato!
La criatura apretaba con toda su fuerza la boca, suspendía el aliento,
se ponía lívida, y algunas veces caía privada de sentido. Aquel tierno
corazón se rompía falto de desahogo.
En estos momentos Amalia experimentaba una sensación diabólica, mezcla
de placer y de dolor, algo semejante a lo que sentimos cuando nos sajan
una postema. Su postema era aquella desalmada pasión, mezcla de amor, de
lubricidad, de soberbia y de rabiosos celos. No pudiendo devolver a su
ex-querido tanta cruel mordedura como desgarraba su pecho, saciaba el
apetito de venganza en el fruto de sus amores. Cuando tenía la niña a
sus pies ensangrentada y temblorosa, en sus miradas de angustia, en sus
gestos, en el timbre de su voz creía ver al amante humillado y
suplicante, y sentía un áspero goce que hacía brillar sus ojos y
dilataba las ventanas de su nariz. Josefina era un retrato en miniatura
de Luis. Mientras fue dichosa, su fisonomía movible y risueña, el alegre
brillo de sus ojos hacía que no se pareciese tanto; pero ahora la
desgracia y el dolor habían impreso en su mirada una melancolía profunda
y en los rasgos de su rostro cierta expresión de fatiga, que eran las
dos cosas que caracterizaban principalmente el semblante del conde de
Onís. Cuando aquellos hermosos ojos azules se volvían hacia ella dulces
y resignados, cuando aquellos labios rojos se plegaban demandando
perdón, la valenciana sentía correr por su cuerpo marchito un
estremecimiento de voluptuosidad, algo que le recordaba los goces que su
amor adúltero le había hecho experimentar.
Después de todo, en ella no había envejecido nada, nada más que aquel
rostro que se empeñaba en ajarse y aquella cabeza que producía con
horrible feracidad cabellos blancos. La carne de su cuerpo, su pecho,
sus brazos, sus espaldas, conservaban la misma tersura de alabastro, el
mismo brillo adorable, sello de una raza fina y hermosa. Palpábase,
buscando consuelo, con sus manos secas y hallaba la misma suavidad y
frescura. Aquella carne no se había marchitado. Bajo ella palpitaba la
juventud, circulaba una sangre ardiente, ávida de goces, devorada por la
creciente necesidad de las embriagueces del amor.
Y sin embargo, todas aquellas cosas deliciosas se habían huido para
siempre; la novela de su vida, la que había embellecido su existencia
sombría en los últimos años, había llegado al último capítulo. ¡Era una
vieja! Asunto concluido. A este pensamiento, que se le introducía en el
cerebro como un hierro candente, sentíase acometida por una necesidad
animal de gritar, de rugir, de destrozar. Era en tales momentos cuando
la niña padecía los más crueles castigos, cuando su frágil existencia
corría verdadero peligro.
El miedo fue otro de los padecimientos que le infligía a menudo. En las
altas horas de la noche hacíala levantarse y la enviaba a las
habitaciones extremas de la casa en busca de cualquier objeto. La niña
tornaba pálida, temblorosa, sudando de angustia. A veces era tanto su
temor, que dejaba caer la palmatoria y volvía corriendo arrojando
gritos. Amalia se enfurecía entonces, la pellizcaba, la golpeaba,
pretendiendo que fuese otra vez al sitio designado. La criatura se
dejaba martirizar y se hubiera dejado matar antes de hacerlo. En una de
estas ocasiones le dijo sonriendo ferozmente:
--¡Ah! ¿Conque la señorita es tan medrosa? Está bien, yo me encargo de
curarte la enfermedad.
Se acordaba de la impresionabilidad extraordinaria, de los terrores
nocturnos que avergonzado le había confesado Luis en momentos de
expansión. Principió a darle sustos terribles. Tan pronto se escondía
detrás de una puerta y le gritaba fuertemente al pasar, como la cogía
descuidadamente y la apretaba el cuello. Otras veces tomaba un cuchillo
y le decía que iba a morir, le ordenaba que se bajase la camisa para
degollarla mejor. Esto último no producía tanto efecto como pensaba.
Josefina inconscientemente apetecía la muerte, que la libertaría de
tanto martirio. Para mejor «quitarla el miedo,» entre Concha y ella
inventaron una siniestra farsa capaz de aterrar a un hombre valeroso,
cuanto más a una niña de seis años. Vistiéronse ambas con sábanas,
dejaron la habitación a media luz mientras la niña dormía, pusiéronse
unas caretas de calavera, y a media noche entraron dando gritos
lastimeros como almas del otro mundo. Al despertarse la criatura y ver
aquellos fantasmas, quedó paralizada por el terror, tapose luego los
ojos con las manos y un sudor copioso y frío bañó su cuerpo. Su corazón
comenzó a dar tan fuertes golpes que se oían a distancia, dejó escapar
algunos gritos ahogados y roncos; por último, llevándose las manos al
pecho, se revolcó por el suelo sin sentido, presa de espantosas
convulsiones.
No se le curó el miedo; en cambio le quedó desde entonces una propensión
fatal a los síncopes y a los terrores nocturnos. Despertábase de
improviso con señales de gran espanto, mirando fijamente a un punto del
espacio, como si tuviera delante algún fantasma. El corazón le palpitaba
vivamente, la frente se le cubría de sudor. En tales momentos perdía por
completo la conciencia. Amalia la llamaba en vano. Sólo cuando ponía las
manos sobre ella la niña lanzaba un grito de terror y metía la cabeza
por el pecho.
Entre Concha y María la planchadora habían estallado, a propósito de
estos castigos, serias reyertas. María era de natural compasivo y le
dolían los martirios de la niña, aunque no los conocía todos, porque
Amalia procuraba guardarse de los criados, exceptuando Concha. Si no era
suelta de lengua, no se la mordía tampoco para censurar en la cocina la
conducta de su señora.
--Querida, esto es peor que la Inquisición. No parece que estamos entre
cristianos, sino entre perros judíos. Antes, tanto mimo que corrompía, y
ahora, de súpito, tratan a este angelito peor que a una bestia. ¡Dígote
que la cosa pasa de la raya! ¡No hay corazón para ver tanta maldad!
--Cállate, tontona, entrometida--saltó Concha.--¿Quién te da vela a ti
en este entierro? Si la señora quiere enseñar a esa niña como es justo,
¿va a consultarte a ti el cómo lo ha de hacer? ¿Sabes tú tan siquiera lo
que es educar niños? ¡Si la castiga allá lo tendrá de premio, que así
la hará una mujer trabajadora y honrada! Algún día le dará las gracias.
--¡Sí, las gracias! Desde el cementerio se las dará. De un mes a esta
parte la niña está desconocida.
--Bueno; ¿y a tí qué te va ni qué te viene en esto? ¿Eres tú su madre?
Tres o cuatro veces riñeron de esta suerte, llevando siempre la ventaja
por su desvergüenza y mala intención la microscópica costurera. Al cabo,
María, no pudiendo sufrir con paciencia aquel espectáculo, tomó la
resolución de marcharse. Se presentó un día a la señora, y con la
disculpa de que la plancha le hacía daño pidió la cuenta. No se le
ocultó a Amalia la verdadera razón, pues tenía conocimiento de sus
murmuraciones. Disimuló, sin embargo.
--Sí, hija, comprendo que el planchado te aburra. Tú no gozas de mucha
salud. También yo ando malucha hace días. Tengo el sistema nervioso
alterado. ¡Pelear toda la vida con un enfermo, y ahora, para rematar la
fiesta, salirme esa chicuela, en quien tenía fundadas mis esperanzas,
tan ingrata y perversa! No sé cómo tengo paciencia.
María vaciló un instante.
--Ya ve usted, señora... los niños son niños.
La esposa del maestrante comprendió que, si proseguía en el tema, la
planchadora iba a decir algo desagradable y se apresuró a cortar la
plática, pagándole su cuenta y despidiéndola con afabilidad.
No impidió esto para que la doméstica dijese en confianza, en cierta
casa donde fue a servir, lo que pasaba en la de Quiñones. La noticia se
fue trasmitiendo en confianza, igualmente, de unos a otros. Al poco
tiempo fueron bastantes las personas que tenían conocimiento de las
crueldades que con la niña se cometían.
El conde de Onís, para huir la curiosidad del público, que le molestaba
sobremanera, y aún más para librarse de Amalia, se había trasladado, sin
decir nada a ésta, hacía ya cerca de un mes a la Granja. Su madre le
había acompañado. No había escrito a su ex-querida, aunque todos los
días pensaba hacerlo, para darle cuenta de su resolución. Tanto era el
temor que la valenciana había llegado a inspirarle, que la pluma caía de
sus manos cada vez que la tomaba para noticiarle su matrimonio. Y dejaba
pasar los días en continua vacilación, pensando con inquietud en la ira
que de ella se apoderaría, esperando, como todos los débiles, en que
algún acontecimiento imprevisto le sacase del compromiso. Aquel modo de
romper las relaciones, sin riña, sin convenio, sin explicación alguna,
era realmente original, pero muy propio de su carácter. Nada sabía de
los martirios de su hija. No obstante, cuando pensaba en ella sentía
repentino desasosiego, alterábanse sus nervios, y se ponía a dar vueltas
por la estancia con visible agitación. Un vago y triste presentimiento
le oprimía el corazón. El amor frenético que consiguió inspirarle
Fernanda le había hecho olvidarse un poco de Josefina. En ciertos
momentos se reprendía a sí mismo con amargura; pensaba que aun casado
con Fernanda no alcanzaría la felicidad si no podía ver a su hija todos
los días. Bien entendía que era esto imposible continuando en poder de
Amalia. Por eso soñaba con arrebatársela: imaginaba con placer
desatinados proyectos de rapto: huir con ella y con Fernanda a cualquier
rincón del mundo tranquilo y ameno.