Esta pregunta, la mirada de angustia con que la acompañó, enfurecieron
de nuevo a la dama. Volvió a golpearla despiadadamente. La criatura se
tapaba el rostro con las manos. Entonces le cogía las orejas, las
estrujaba hasta arrancarlas. No satisfecha todavía, irritada de no poder
herirla en la cara, tomó un plumero que había sobre la mesa, y con el
mango comenzó a sacudirle sobre las manos, dejándolas cubiertas de
cardenales.
Al fin consiguió salvarse. Las criadas, que habían acudido y
presenciaban atónitas la escena, dejáronla paso y huyó por los pasillos
y tomó por la escalera. La puerta de la calle estaba abierta. El
cochero, al llevar los caballos al agua, la había dejado así. Josefina
salió de la casa y corrió desalada por la calle de Santa Lucía, penetró
en la travesía de Santa Bárbara, atravesó la plazuela del Obispo y,
bajando por la calle de la Sastrería, salió por la puerta de San Joaquín
a la carretera de Sarrió.
Había cerrado ya la noche. Caía suavemente una lluvia menuda, pero
espesísima, que en poco tiempo la caló hasta los huesos. La desgraciada
criatura corrió todavía algún tiempo y al fin se detuvo jadeante. El
pretil de la carretera estaba bajo en aquel sitio y se sentó. Entonces
fue cuando sintió el dolor de los golpes. Llevose las manos a la cabeza,
después a la cara, por donde sentía correrle un líquido caliente, que al
principió pensó sería la lluvia.
Pronto se convenció de que era sangre. ¡Sangre! ¡La cosa en el mundo a
que ella tenía más terror! Dominada aún por el susto, no se quejó.
Levantó la falda de su vestidito y se secó, o por mejor decir, se lavó
la cara, porque el vestido estaba mojado.
Pero lo que más sentía, lo que le dolía de un modo horrible eran las
manos. No sabiendo qué hacer para aliviarse, comenzó a soplarlas. Luego
las chupó. Pero el dolor era tan recio que exclamó al fin sollozando:
--¡Ay mis manos!
En aquel momento se alzaron ante ella entre las sombras de la noche dos
enormes figuras que la dejaron helada de espanto. Una de ellas se
abalanzó y la cogió por un brazo.
--¿Qué haces ahí?--dijo con voz bronca.
XII
La justicia del barón.
En una gran sala de la casa solariega de los Oscos, amueblada con cuatro
trastos viejos, tapizada con dos dedos de polvo, se encuentran sentados
a una antigua mesa de roble dos conocidos personajes de esta historia.
Uno es el propio barón, dueño de la casa. El otro, su amigo Fray Diego.
Tienen delante un tarro de ginebra vacío, otro a medio vaciar y sendas
copas. Ni mantel, ni tapete, ni bandeja; el único adorno de la mesa son
las manchas caprichosas que el vino y la ginebra en feliz consorcio con
el polvo han ido dejando con el trascurso de los meses y los años. La
estancia es lóbrega, porque la calle del Pozo lo es y porque los
cristales emplomados, hace años ya que no se han limpiado, y porque la
tarde está declinando.
A la poca luz que allí consigue penetrar puede verse la faz de ambos
excesivamente roja, tan roja que parece imposible no brote la sangre de
sus ojos encarnizados. La del barón ha llegado al límite de su fiera y
espantable fealdad. Aquella cicatriz sangrienta que le surca el rostro
se destaca ahora con todas sus rugosidades, tan áspera y negra que da
grima verla. Sus bigotes cerdosos, unidos a las patillas, son ya más
blancos que negros. Viste zamarra negra y cubre su cabeza una gran boina
roja cuya borla cae arremolinada, unas veces sobre las orejas, otras
sobre las narices, según los movimientos que imprime a su torso de ogro.
Hace largo rato que guardan silencio. Fray Diego de vez en cuando lleva
la mano al tarro de la ginebra, llena la copa de su amigo, luego la
suya, y gravemente la apura de un trago. El barón no es tan expedito:
toma su copa, la sube a la altura de los ojos y hace frente ella una
serie de muecas a cual más horrorosa; después la toca con el borde de
los labios, vuelve a las muecas, vuelve a tocarla; por fin, después de
largos ensayos y vacilaciones, se decide a apurarla.
De esta manera grave y prudente se solazan los dos antiguos soldados de
D. Carlos casi todas las tardes del año. El pueblo lo sabe, y hay entre
sus jocosos habitantes entabladas varias apuestas sobre cuál de los dos
moriría primero de apoplejía.
Fray Diego había servido también en las filas del Pretendiente. Luego se
había ordenado, se hizo fraile, estuvo en Filipinas; finalmente, se
secularizó y vivía en Lancia como capellán suelto. Mientras la guerra no
se habían conocido. Cuando se encontraron en Lancia quedaron unidos con
indisoluble amistad por la identidad de ideas, por el recuerdo de las
gloriosas batallas a que asistieron... y por la ginebra.
--¡Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!--exclamó
después de largo silencio, en que ambos parecían dormitar, Fray Diego.
Al mismo tiempo dio un tremendo puñetazo sobre la mesa que hizo bailar
los tarros y las copas.
El barón no se conmovió poco ni mucho. Siguió haciendo guiños a la copa
que tenía delante y, después de apurarla muy reposadamente y chasquear
tres o cuatro veces la lengua, dijo:
--Despacio, despacio, Fray Diego; usted no sabe todavía lo que son los
papas.
--¡Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!--volvió a
exclamar el cura, dando otro puñetazo más fuerte.
--Cuidado, Fray Diego, que los papas han sido siempre muy ambiciosos.
--¡Señor barón!--exclamó el clérigo con voz enfática de cómico de la
legua.--¡Tiene usted el alma tan fea como el rostro!
El barón quedó tan sosegado ante aquel insulto. Después de un rato dijo
con perfecta tranquilidad:
--No sea usted botarate. ¿Qué tiene que ver mi cara en estos asuntos? Yo
soy católico, apostólico, romano; pero si mañana el rey, nuestro señor
(llevose la mano a la boina al decir esto), me manda con un destacamento
a Roma, voy a allá como el condestable de Borbón, la saqueo y prendo al
pontífice.
--Y yo digo que si Su Santidad me mandase meter una cuarta de bayoneta
por el ombligo a ese condestable, tenga usted por seguro que le metía
dos.
--No.
--¿Cómo no?--rugió el capellán poniéndose carmesí.
--Porque el condestable ha muerto hace tres siglos.
--Me alegro. Tres siglos hace que arde en los infiernos.
--Todo eso está muy bien, _pater_, pero el rey siempre arriba, ¿estamos?
y los demás a callar y obedecer.
--¡El papa no calla nunca, señor barón!
--Pues se le pone una mordaza.
--¡Quisiera yo ver ¡porra! ¡reporra! ¡cien veces porra! quién se la
ponía estando cerca Fray Diego de Areces!--gritó el clérigo alzándose
convulso y echando fuego por los ojos.
--Siéntese, _pater_, y cálmese y escancie otra copita, que Fray Diego de
Areces no es más que un cazuela.
El capellán se serenó repentinamente, vertió delicadamente el licor en
las dos copas y apuró la suya con deleite, después de lo cual dejó caer
la cabeza sobre el pecho, los párpados se le bajaron y se puso a
dormitar. El barón, radiante de alegría, le contemplaba fijamente con
ojos socarrones, aprovechándose de su ausencia temporal para escanciarse
otra copita, «de nones,» como él decía.
Era constante particularidad de aquellas dulces sesiones el que la
ginebra trocase el carácter de ambos. El genio irascible, impetuoso del
barón se dulcificaba de modo inverosímil. Hacíase, mientras duraba la
benéfica influencia del alcohol, alegre, comunicativo, conciliador;
ninguna palabra le molestaba, nada le parecía suficiente motivo para
encolerizarse. En cambio, Fray Diego, que en estado normal era un
bendito, siempre jovial y chancero, tornábase un diablo disputador y
quisquilloso, adquiría de pronto humor guerrero que nadie sospecharía
bajo su rostro redondo y plácido de beata ajamonada.
Despabilose al cabo de pocos minutos, miró al barón algunos momentos
fijamente con extraña ferocidad y profirió estropajosamente:
--Quisiera, señor barón, que me explicase usted qué entiende por
cazuela.
--¡Anda, salero! ¿Ahora salimos con eso? ¿A usted qué le importa que
signifique uno u otro?
--Es que yo quisiera... ¡entendámonos!
--Ya nos hemos entendido. Usted tiene dos cuartillos de ginebra entre
pecho y espalda y yo otros dos... o algo más--añadió haciendo un número
prodigioso de guiños.
--¡No es eso, señor barón, no es eso! ¡Entendámonos de una vez, porra!
--Aquí ya no hay barones ni frailes--exclamó el noble en un arrebato de
buen humor alzándose de la silla.--Aquí sólo quedan el tío Francisco,
que soy yo, y el tío Diego; que eres tú, ¿estamos?... Vengan esos
cinco...
Al avanzar con la mano extendida dio algunos traspiés, pero se mantuvo
firme.
--¡Vengan esos cinco, valiente!
El cura se dulcificó. Se estrecharon las manos.
--Ahora un abrazo por el rey legítimo de las Españas.
--¡No me hable usted de abrazos!...--gritó el clérigo enfoscándose de
nuevo.--Me acuerdo del abrazo de Vergara, y ¡porra!...
--No te apures, compadre, que ya nos la pagarán.
_¡Ay, ay, ay! mutilá_
_Chapelen gorriá._
Y se puso a cantar roncamente el himno carlista; pero interrumpiéndose
de pronto:
--¡Eh, tío Diego, a cantar! Dejémonos ahora de lágrimas...
En efecto, su amigo lloraba en aquel momento lágrimas como avellanas,
recordando la traición de Vergara.
--¡Arriba, coracero! ¿A que no te pesaría de que bebiésemos una copita
por el exterminio de todos los _negros_?
Fray Diego se declaró, con un movimiento de cabeza, partidario en
principio de este brindis consolador, pero no se movió de la silla.
Bebieron otra copa, y su efecto fue tan prodigioso en el alma
tradicional del barón, que se puso inmediatamente a bailar el zapateado
inglés sobre la mesa, sin que Fray Diego dejase por ello de verter
abundantes lágrimas.
--¡Hum! No me gusta este baile de _extranjis_--manifestó al fin
bajándose de un salto;--prefiero la _danza prima_. Ven acá, tío Diego...
Y a la fuerza, cogiéndole por las manos, lo alzó de la silla y se puso
a dar vueltas con él, entonando uno de los cantos largos y monótonos del
país. Fray Diego se sintió rejuvenecido. Recordaba sus tiempos de
mastuerzo allá en la aldea, cuando su tío el cura de Areces le molía a
palos porque saltaba de noche por la ventana para ir a cortejar las
mozas de los pueblos vecinos.
--Oye, Diego--dijo el barón parándose repentinamente.--¿No te parece que
antes de seguir bebamos una copita por el alma de nuestros mayores?
Asintió el fraile de buen grado; pero las copas yacían rotas por el
suelo y los tarros vacíos. El barón abrió un armario y sacó de él nuevos
elementos de _vida espiritual_. Esta copa funeraria le inspiró una idea
felicísima; la de cubrir la cabeza del capellán con su boina y adornarse
él con el canalón de éste, que descansaba sobre una silla. Así vestidos
volvieron a la danza, haciendo dos figuras realmente interesantes.
El barón dio un traspié y cayó.
--Alza, tío Diego.
El fraile le cogió de nuevo las manos que había soltado y tiró con
fuerza hacia arriba. Pero el peso del noble le doblegó y rodaron los dos
por el suelo.
--¡Alza, tío Diego!
--¡Alza, tío Francisco!
Ambos se revolcaban soltando bárbaras carcajadas. El barón logró al fin
ponerse en pie. El capellán le imitó al cabo de un rato. Pero su alma,
iluminada un momento por los recuerdos de la juventud, cayó otra vez
repentinamente en la sangre y el exterminio. Se dirigió ferozmente a su
amigo.
--Sepámoslo de una vez, ¡porra! ¿Por qué me ha llamado usted cazuela
hace poco? ¿eh? ¿eh? ¿por qué?
--Te lo explicaré enseguida, hombre--repuso el barón con calma;--pero
antes beberemos una copa por la congregación de todos los fieles
cristianos, cuya cabeza visible es el papa... digo, si te parece.
El capellán no puso obstáculo.
--Pues te he llamado cazuela--prosiguió chasqueando la lengua--porque
una cazuela, ¿sabes tú? una cazuela sirve para que la llenen de patatas
guisadas.
Dicho esto, el barón cayó en un espasmo de alegría tan violento que por
poco se ahoga. Mientras tanto, los ojos saltones de su camarada le
miraban con tal expresión amenazadora que parecía que iban a brincar de
las órbitas y lanzarse sobre él; crecían por momentos como los de una
langosta.
--¿Y por qué de patatas guisadas? Yo tengo tantos hígados como usted,
¡porra! y lo he probado en la acción de Orduña y en la de Unzá, y por
algo tengo en mi casa seis cruces.
--¿Tú? ¿tú?--dijo el caballero sin poder sosegar la risa.--Tú nunca has
servido más que para hacer el rancho al escuadrón.
El furor del fraile no tuvo límites al escuchar esto. Gritó, pateó, dio
espantosos puñetazos sobre la mesa. Por último, lanzose hacia la puerta
y desde su marco comenzó con descompuestos ademanes a apostrofarle.
--¡Eso lo dice usted porque está usted en su casa! ¡Salga usted fuera a
decirlo! ¡Salga usted conmigo!
El barón le miraba con risueña curiosidad.
--Calma, calma, tío Diego.
--¡Salga usted a matarse conmigo!... Con sable, con pistola, con lo que
usted quiera...
--Bien, hombre, bien; saldremos a matarnos... pero sólo por darle a
usted gusto...
Fue con paso vacilante hacia la alcoba y a tientas, porque ya la
oscuridad era completa, metió las manos en el armero y sacó dos grandes
sables de caballería.
--Toma--dijo alargando uno al capellán.
Éste lo sacó de la vaina y se puso a esgrimirlo. Mientras llevaba a cabo
la prueba, D. Francisco le contemplaba rebosando de satisfacción.
--Bueno, vamos ya--dijo el fraile envainando.--En marcha.
Y tomando el canalón, que andaba por el suelo, y ocultando el sable
debajo de los manteos, salió por la puerta. El barón cogió la boina, se
puso un grueso montecristo de abrigo y le siguió.
--¡Alto!--exclamó antes de que hubiera dado cuatro pasos.--¿No te parece
que echemos la espuela?
Fray Diego dejó escapar un gruñido afirmativo.
Entraron otra vez en la sala y, tentando el suelo, tropezaron con el
tarro de la ginebra, que no estaba agotado por completo. Dieron con las
copas y se escanciaron todo lo que había. Acto continuo salieron a la
calle.
El pavimento de gruesos guijarros estaba mojado. Caía una lluvia
menudísima, tan espesa que en poco tiempo calaba la ropa como el más
fuerte aguacero. La noche había cerrado casi por completo. Y como, según
las prácticas municipales, faltaba todavía un buen cuarto de hora para
encender los famosos reverberos de aceite, las tinieblas envolvían a la
empapada ciudad.
Los dos héroes, animados por el espíritu de la guerra, caminaron con
decisión por la calle del Pozo, el clérigo delante, el noble detrás,
ambos embozados hasta los ojos y apretando bajo el brazo el instrumento
de muerte que cada cual llevaba. Entraron en la calle de las Hogueras,
pasaron por bajo los muros de la Fortaleza y salieron a la vía que ciñe
la antigua muralla de la población. A medida que el agua, filtrándose al
través de los abrigos, refrescaba sus carnes, se iban paulatinamente
equilibrando sus humores. El de Fray Diego tendía visiblemente a
serenarse, arrojaba uno a uno los negros velos que le oprimían. Pero
estos velos los recogía todos el barón y envolvía con ellos su espíritu
altivo y cruel. Ambos avanzaban impávidos al través de la noche y la
lluvia, presagiando la muerte.
Siguieron un buen trecho a lo largo de la muralla y al llegar a la
carretera de Sarrió tomaron por ella. No habían andado cinco minutos
cuando oyeron cerca un gemido. Pararon en firme, y acercándose al pretil
distinguieron un bulto; se aproximaron un poco más y vieron sentada una
niña.
--¿Qué haces ahí?--dijo el barón, agarrándola por un brazo.
--¡Perdón!--exclamó Josefina en el colmo del terror.--¡Por Dios, no me
pegue usted, señor! Ya me pegaron mucho.
La mano del caballero se aflojó repentinamente y, cambiando de voz y de
tono, dijo:
--No, hija mía, no; nadie te pegará. ¿Cómo estás aquí a estas horas?
--Me ha pegado mucho mi madrina y me escapé de casa.
--¿No tienes padres?
--No, señor.
--¿Vives en Lancia?
--Sí, señor.
--¿Quién es tu madrina?
--Una señora.
--¿Cómo se llama?
--Amalia.
--¡Porra!--exclamó Fray Diego, dándose una palmada en la frente.--Es la
niña recogida por D. Pedro Quiñones.
--¿Es verdad que se llama D. Pedro el marido de tu madrina?
--Sí, señor.
--Vamos, levántate, hija mía. Ahí no estás bien. Vente con nosotros.
--¡Oh, no, por Dios! ¡No me lleven a mi madrina!
--No, no iremos allí. ¡Estás mojada, criatura!--añadió palpando su
ropa.--Anda, anda.
Los dos héroes habían depositado los sables sobre el pretil. Cuando
echaron a andar hacia Lancia, llevando a la niña en el medio, allí los
dejaron olvidados sin reparar en que la humedad desluce y enmohece el
acero.
--¿Y por qué te ha pegado tu madrina?--preguntaba Fray Diego mientras
caminaban despacito para acomodarse al paso de la niña.
--Porque estaba jugando con los pastores.
--¡Los pastores!... ¿Pero los pastores de don Pedro vienen a dormir a
casa?
--Sí, señor; duermen en la caja de cartón.
--A ver, a ver, chica, ¿qué estas diciendo ahí?--profirió el capellán
deteniéndose.
De la investigación entablada inmediatamente resultó que los pastores
eran de barro. Fray Diego emprendió nuevamente la marcha, resguardando
con sus manteos el frágil cuerpo de la criatura.
Pero al ponerle una de las veces la mano en la cara observó, con
sorpresa, que la humedad que le mojó los dedos era caliente. Comunicada
esta observación con su antagonista, y como quiera que ya habían llegado
a las primeras casas de la ciudad, metieron a la niña en un portal,
encendió el barón un fósforo y la reconocieron. Tenía todo el rostro
bañado de sangre, que manaba de algunos profundos arañazos, las manos
cubiertas de cardenales. Los dos héroes se miraron aterrados, y la misma
ola de indignación encendió sus mejillas. El barón dejó escapar una
serie de imprecaciones fulminantes. Éstas y su feo rostro espantable
hicieron tal impresión en Josefina, que huyó gritando a un rincón.
Consiguieron, no sin trabajo, tranquilizarla, y después de secarle el
rostro con un pañuelo, Fray Diego la cogió en brazos (el barón lo había
intentado en vano), tapola bien con sus manteos y emprendieron la
marcha hacia la casa solariega de los Oscos.
Allí le hicieron la primera cura. El barón, que en la campaña había
adquirido algunos conocimientos de cirugía, le lavó cuidadosamente las
heridas, las cerró con aglutinante y curó las contusiones con cierto
ungüento eficaz que poseía. Las manos rudas de aquellos veteranos
parecían de seda al tocar la piel de la niña. Una mujer no la hubiera
curado con más delicadeza, con tal atención y esmero.
Josefina iba perdiendo el miedo. Aquel señor tan feo no era malo. Se
atrevió a pedir agua. El barón respondió que no se estilaba en aquella
casa, y que lo mejor que le vendría ahora para quitar el susto era una
copita de Jerez. Hízola traer, y luego que la niña la hubo bebido, los
dos campeones del rey legítimo se retiraron a un rincón de la sala a
deliberar.
Resolvieron que lo práctico en aquel momento era llevar la niña a casa
de Quiñones. El barón se encargaba de entregarla. Antes calentaría muy
bien las orejas a su madrina; le diría que era una indigna mujerzuela,
una criatura vil y perversa, y que si otra vez osaba maltratar a aquella
pobre niña desvalida, iría a su casa a cortarle las orejas y atarla
después por el moño a la cola de su caballo y arrastrarla así por toda
la ciudad. Fray Diego no estaba conforme con tanta crueldad, pero el
barón ni por Dios vivo quiso alterar poco ni mucho aquel plan siniestro
de terrible ejemplaridad.
Costó trabajo persuadir a Josefina a que viniese con ellos.
Consiguiéronlo después de prometerle que su madrina no volvería a
pegarla y que sería para ella muy buena de allí en adelante. ¡No faltaba
más! Como se atreviera a tocarla siquiera en un pelo, ¡rayo de Dios! le
retorcía el pescuezo como a una gallina, la desollaba viva a correazos
con el freno de su caballo. El rostro de aquel señor era tan espantoso
al proferir tales amenazas, que la niña no dudó un instante de su
cumplimiento.
Mientras caminaban hacia la mansión de los Quiñones, el barón no cesó de
vomitar injurias y amenazas de muerte contra la esposa del maestrante.
Fray Diego procuraba inútilmente calmarle. Sus instintos sanguinarios se
iban exacerbando de tal modo, que el ex-fraile, temiendo una catástrofe,
se despidió al llegar a la puerta del palacio.
El barón tiró de la campana. Como no sabía la costumbre feudal de la
casa, no tiró más que una vez. Tardaron en abrirle juzgándole plebeyo.
La sorpresa del criado fue grande al ver a aquel terrible señor, que
tanto respeto infundía en la ciudad, y se apresuró a pedir perdón de no
haber acudido más a tiempo a abrirle. El barón preguntó por don Pedro
Quiñones. Le hicieron pasar y el criado subió delante por la gran
escalera de piedra. Al llegar al piso principal le rogó que aguardase
mientras le anunciaba.
Pocos momentos después se presentó Amalia. Dirigió una penetrante mirada
de rencor a la niña, que el barón tenía de la mano, y dijo dirigiéndose
a éste con frialdad y altivez:
--¿Qué deseaba usted?
--Venía a entregar esta niña que he recogido en la calle... y al mismo
tiempo a hablar con don Pedro o con usted cuatro palabras.
Al proferir esta última, la voz del barón se alteró de un modo
perceptible.
--¿No me conoce usted?--añadió, viendo que la dama le miraba fijamente
sin contestar.
En los pueblos casi todos se conocen, sobre todo las personas de viso,
aunque no se traten. Sin embargo, Amalia replicó descaradamente:
--No tengo ese honor.
--Soy el barón de los Oscos.
La dama hizo una inclinación de cabeza.
--Paula--dijo dirigiéndose a una criada que había acudido,--llévate esa
chica. Tú, Pepe, enciende las lámparas del gabinete azul.
Cuando estuvieron solos, la señora se sentó, invitó con majestuoso
ademán al barón para que hiciese lo mismo, y esperó mirándole con
extremada curiosidad, pero sin asomo de temor.
--Señora--comenzó el barón,--he hallado a esa niña en la carretera de
Sarrió cubierta de sangre y llena de cardenales. Le he preguntado quién
la había puesto así, y me respondió que su madrina. Yo no puedo creer...
--Puede usted creerlo, porque es exacto--dijo Amalia interrumpiéndole.
El barón quedó parado y confuso. Al cabo prosiguió:
--Es posible que usted tuviera razón para castigarla, pero me duele en
el alma...
Amalia volvió a interrumpirle:
--Y a mí me duele mucho ese dolor que usted siente.
--Mi objeto al venir aquí--manifestó el barón, que por momentos iba
perdiendo su aplomo,--era prevenir a usted...
--¿Cómo?
--Era rogarle que, ya que ha tenido la caridad, según me han
manifestado, de recoger esa desgraciada criatura expósita, continuase su
buena obra protegiéndola, amparándola, educándola... y cuando tuviese
necesidad de castigarla lo hiciese con clemencia, pues la pobre es una
criaturita tierna y débil, y los golpes pudieran concluir con su vida...
--¿Es eso todo lo que usted tenía que decirme?--preguntó fríamente la
dama.
La faz temerosa del barón se congestionó súbito al escuchar esta
pregunta, inyectáronse sus ojos, la sinuosa cicatriz se alzó con gran
relieve sobre la superficie del rostro en virtud sin duda de algunos
movimientos volcánicos de lo interior. Escucháronse allá en la garganta
ruidos formidables, sordos estampidos, presagio de violenta erupción.
Pero al cabo aquellos ruidos se apagaron, cesaron los movimientos de
trepidación, y el cráter, en vez de despedir una corriente de lava
fundida, como era de temer, rocas, cenizas y otras materias volcánicas
en ebullición, dejó escapar débilmente estas dos palabras:
--Sí, señora.
--Bien, pues agradezco a usted mucho el interés que se toma en este
asunto, y aprovecho la ocasión para decirle en nombre de Quiñones y en
el mío que tiene usted aquí su casa.
Al mismo tiempo tiró del cordón de la campanilla y se levantó. Alzose
también el barón mascullando las gracias y ofreciéndose.
--Pepe, acompañe usted al señor barón.
Hizo éste una profunda reverencia. Contestó Amalia con otra más leve. El
caballero giró sobre los talones y salió.
Al bajar por la escalera con las orejas gachas, el semblante encendido y
los ojos extraviados, otra vez se presentaron ante su imaginación con
vigoroso relieve el descuartizamiento, la pérdida de los ojos, la cola
del caballo y otros fieros suplicios de la época visigótica, a la cual
pertenecía por su bárbara traza y corazón indomable y crudelísimo.
XIII
El martirio.
Apenas se había cerrado la puerta tras el barón, Amalia hizo traer la
niña a su presencia.