Estaba tan acostumbrado al dominio de aquella terrible mujer, que sintió

un estremecimiento de frío, como si algo aciago se cerniese ya sobre su

cabeza. Pero en cuanto salió a la calle, fuera de la influencia

magnética de aquellos ojos que le turbaban, sintiose invadido por una

sorda irritación: «Después de todo, ¿por qué me amenaza? ¿Es mi esposa?

¿Qué derechos tiene sobre mí? Lo que estamos haciendo es un pecado

grave, es un crimen. ¿Quién puede privarme del arrepentimiento, de

reconciliarme con Dios y ser bueno?» El arrepentimiento había sido en

los últimos tiempos un vago deseo, gracias a la fatiga de su amor y aún

más al miedo desapoderado que el infierno le inspiraba. Ahora se

convirtió en verdadero anhelo. Verdad que ofrecía mayores atractivos.

Rechazar el pecado valerosamente, purificarse, librarse del fuego

eterno... y además poseer a Fernanda.

Hacía tiempo que sus relaciones criminales no tenían más que un punto

luminoso, Josefina. Si no fuese por ella, se hubiera marchado de Lancia.

Esta criatura, blanca y silenciosa como un copo de nieve, que poseía la

fragancia de los lirios, la inocencia de las palomas, la dulzura

melancólica de una noche de luna, esparcía sobre su alma, atormentada

por el remordimiento, un bálsamo que la refrescaba deliciosamente.

¡Cuántas veces, teniéndola entre sus brazos, se preguntaba sorprendido

cómo un ser tan inocente, tan puro, tan divino, pudiera ser hijo del

pecado! Pero aun aquella misma niña era ocasión de nuevos y crueles

tormentos. No verla a solas sino de tarde en tarde; hallarse obligado a

disimular sus sentimientos, a besarla fríamente como los demás, más

fríamente que los demás; no poder llamarla hija del corazón, no sentirla

gorjear el tierno nombre de padre, le entristecía y en ciertos momentos

le desesperaba. Desquitábase cuando una que otra vez, muy rara, le

consentían llevarla a la Granja. Allí se pasaba las horas en éxtasis,

teniéndola sobre sus rodillas, acariciándola frenéticamente.

La niña se había acostumbrado a estas violentas expresiones de cariño y

las agradecía. A veces sentía su cabecita blonda mojada por las lágrimas

de su amigo. Alzaba los ojos sorprendida, pero viéndole sonreír, sonreía

también y alargaba sus labios de coral para darle un beso.

--¿Por qué lloras, Luis? ¿Tienes pupa?

Josefina no entendía que hubiese motivo más grave en el mundo para

llorar. Amaba a Luis tiernamente, y eso que le chocaba y entristecía la

frialdad que con ella usaba ordinariamente. Poco a poco había ido

adivinando, con precoz instinto, que el conde la quería más que los

otros y que disimulaba. Ella también adoptaba, siguiendo el ejemplo, una

actitud indiferente cuando se acercaba a él en público. Pero cuando

estaban solos, entregábase con el mismo entusiasmo a las expansiones del

cariño, y esto sin saber por qué, sin darse cuenta de lo que hacía.

Desde el día en que su madrina ordenó que le cortasen el pelo, Josefina

pudo notar que había caído en desgracia. Ya no la besaban con trasporte,

ya no satisfacían sus mínimos antojos, ya no era la preocupación

constante de la casa. Amalia comenzó a contrariarla, a usar con ella un

tono frío y displicente; y las criadas siguieron el ejemplo de su

señora. La pobre niña, sin comprender qué significaba aquel cambio,

sintió su pequeño corazón apretarse; exploraba con sus bellos ojos

profundos los semblantes y trataba de descifrar el enigma que guardaban.

Se hizo más grave, más recelosa, más tímida. Y como viera que le negaban

los juguetes o las golosinas que antes le otorgaban a manos llenas, se

abstuvo de pedirlos.

Amalia, en vez de gozar como antes con sus gracias infantiles, parecía

huirlas. Dio orden de que no se la llevasen por la mañana a la cama,

según costumbre. Cuando la tropezaba casualmente en los pasillos, pasaba

de largo evitando mirarla. A todo más se acercaba preguntándole con

acento displicente:

--¿No te has lavado todavía? Anda, ve a que te arreglen. O bien: «Me han

dicho que no has sabido la lección de catecismo. Te vas haciendo muy

holgazana. Cuidado que seas buena, porque si no, te encierro en la cueva

de los ratones.»

Antes se ocupaba ella en tomarle las lecciones, en ponerle la aguja en

la mano y guiar sus diminutos dedos. Ahora abandonaba casi siempre esta

tarea a las doncellas. Vivía en un estado de preocupación sombría que no

pasaba desadvertida a los criados. Josefina también la adivinaba; veía

que su madrina estaba cambiada, no sólo con respecto a ella, sino en

todo su modo de ser. Y allá, vagamente, en los limbos oscuros de su

pensamiento se engendraba la idea de que estaba triste, que padecía y

que ésta era la causa de su mal humor.

Un día estaba la dama sola en su gabinete. Se había dejado caer en una

butaca. Inmóvil, con la cabeza echada hacia atrás y las manos

pendientes, parecía dormida. Sin embargo, Josefina, que rondaba el

gabinete, se atrevió a mirar por la rendija de la puerta y observó que

tenía los ojos abiertos, muy abiertos, y que su frente estaba

temerosamente fruncida. Sin saber lo que se hacía, con esa ciega

confianza que los niños tienen en sí mismos, empujó la puerta y penetró

en la estancia. Acercose silenciosamente a la señora, y echándose

repentinamente sobre su regazo, le dijo, clavando en ella una mirada de

tímido afecto:

--Dame un beso, madrina.

La dama se estremeció.

--¿Cómo estás aquí? ¿Quién te ha dado permiso para entrar? ¿No te han

dicho que no subas sin que te llamen?--preguntó frunciendo aún más el

ceño.

--Quería darte un beso--dijo con voz apagada Josefina.

--Déjame de besos. Anda, y cuidado con subir otra vez sin mi permiso.

Pero la niña, embargada por la emoción, no sabiendo a qué atribuir

aquel despego y queriendo vencerlo a toda costa, próxima a llorar, se

echó aún más sobre el regazo y trató de subirse para alcanzar su rostro.

--Dame un beso, madrina.

--¡Quita! ¡Déjame!--replicó la dama impidiéndola alzarse.

La niña se obstinó.

--¿No me quieres? Dame un beso.

--¡Que te quites, chicuela!--gritó enfurecida.--¡Lárgate ahora mismo!

Al mismo tiempo le dio un fuerte empujón. Josefina, después de

tambalearse, rodó por el suelo, dando con la cabeza en el pie de una

silla.

Alzose llevando la mano al sitio dolorido, pero no lloró. Un sentimiento

de dignidad, que muchas veces se aloja con fuerza en los corazones

infantiles, le prestó fortaleza para resistir el llanto que brotaba a

los ojos. Dirigió a su madrina una mirada de indefinible tristeza y

salió corriendo de la estancia. Cuando llegó a la escalera se dejó caer

sobre un peldaño y rompió a sollozar.

Las espinas de la vida comenzaron a clavarse cruelmente en las carnes

delicadas de aquella niña, que hasta entonces sólo flores había hallado

en su camino. El despego de Amalia fue creciendo de día en día. A la par

crecía también la reserva y la timidez de su hija. Pero como al fin era

niña, esta tristeza disipábase a veces al impulso de un capricho.

Entonces era cuando realmente se mostraba la frialdad y ojeriza de la

dama.

--Señora, Josefina no quiere ponerse el vestido verde.

--¿Pues?

--Dice que está sucio.

Amalia se levantó, fue al cuarto de la niña y, cogiéndola por un brazo y

sacudiéndola rudamente, le dijo:

--¿Qué orgullo es ése? ¿No sabes, muñeca, que en esta casa no eres

nadie? ¿Que estás aquí por misericordia? Ten cuidado no enfadarme,

porque el día menos pensado te planto en la calle, de donde te he

recogido.

Las criadas escucharon estas palabras y las tuvieron bien presentes.

Josefina hasta entonces había sido tratada como hija de los señores: en

adelante se la consideró como una hija postiza: más tarde, como

advenediza. La servidumbre se vengaba con placer de los minuciosos

cuidados que antes se veía obligada a prodigarle, de aquellas ásperas

reprensiones que recibían por su causa. En particular Concha, la

microscópica doncella, experimentaba una alegría indecible, propia de su

carácter maligno y rencoroso, cada vez que la señora mostraba de algún

modo su desdén por la niña recogida.

Ésta ocupaba una habitación que daba al jardín, alegre y espaciosa.

Concha, aunque primera doncella y costurera de la casa, alojábase en un

cuartucho lóbrego, con ventana al patio, que compartía con María. El

gabinete de Josefina había sido siempre para ella objeto de envidia. Más

de una vez la había expresado con palabras bien pesadas para aquélla.

Aprovechándose de la disposición de su ama, obtuvo permiso para dormir

también en este gabinete, a pretexto de que Paula, que ocupaba una

alcoba contigua, tenía el sueño pesado. Instalose cómodamente, hizo uso

del tocador y de los enseres de la niña. Pocos días después la mandó a

dormir con María en su antiguo cuarto, sin decir una palabra a su ama.

Cuando ésta lo supo, ya había pasado algún tiempo: la reprendió sin

aspereza por no haberle dado parte, pero no modificó los hechos

consumados.

Más adelante se le ocurrió degradarla de otra manera. Josefina comía a

la mesa con los señores. El alto y poderoso maestrante no había

consentido en ello al principio: importunado por su esposa, cedió al

fin, no sin repugnancia. Concha, penetrada de la ojeriza de su señora,

comenzó a intrigar para privar de este honor a la recogida. Exagerando

lo que daba que hacer, lo mucho que se manchaba y lo que perturbaba el

servicio de la mesa, logró a la postre que no se sentase a ella y sí en

una pequeñita que se le puso en el cuarto de la plancha, próximo a la

cocina. A los pocos días la misma Amalia, en un acceso de mal humor,

dijo que aquel doble servicio no podía ser tolerado y que se la llevasen

a la cocina a comer con los criados.

Concha la sentó en un taburete, le puso un plato de barro y una cuchara

de madera en la mano y le dijo:

--Come.

La niña levantó la cabeza estupefacta; pero al ver la sonrisa maligna

que brillaba en los ojos de la doncella, bajola de nuevo y se puso a

comer sin protesta alguna. Concha no quedó satisfecha; deseaba que se

rebelase; verla llorar.

--¿Qué es eso? ¿No te gusta la cuchara?... Pues, hija, come con ella,

que también cómo yo y soy tan buena como tú... ¡Qué te creías,

bobalicona! ¿Pensabas que porque te ponían el sombrerito y la camisa de

batista eras una señorita... Las señoritas no vienen metidas en un cesto

entre trapos sucios...

Y por ahí continuó soltando a chorros sarcasmos e insultos, hasta que al

fin la pobre Josefina rompió a llorar. Las demás criadas, menos

malévolas, se veían, no obstante, lisonjeadas por aquella humillación.

Al fin se pusieron de su parte, trataron de consolarla, mientras

Concha, despiadada, más dura y más fría que el mármol, siguió

persiguiéndola largo rato con rechifla sangrienta.

Pocos días después, al cruzar Josefina por el cuarto de la plancha para

ir al comedor, oyó a Concha decir dirigiéndose a María:

--Di, chica, ¿has planchado ya la ropa de la hospiciana?

Se detuvo, sin saber a quién se refería, y paseó su mirada recelosa de

una a otra doméstica, hasta que una carcajada, que ambas soltaron a la

vez, le hizo comprender que se trataba de ella.

--¿Por qué me llamáis hospiciana?--exclamó la inocente pugnando para no

llorar.--Lo voy a decir a mi madrina.

--¡Alza; corre a decírselo!--replicó Concha empujándola a la puerta.

Desde entonces no se le dio otro nombre entre la servidumbre.

Amalia prohibió que la llevasen por la noche al salón. El conde, que ya

no veía a su hija mas que este momento, pidió explicaciones. La dama

manifestó que, debiendo levantarse temprano para estudiar sus lecciones,

necesitaba más sueño. No se dio aquél por convencido. Comprendía que se

trataba de una ruin venganza; pero tuvo la prudencia de callar, temiendo

mayor daño.

A Amalia se le ocurrió entonces herirle de modo más directo. La niña, a

quien había privado no sólo de sus caricias, sino de todas sus

preeminencias en la casa, iba camino de ser una criadita más. En un

instante quedó trasformada por completo. La señora dio orden de que se

le guardasen todos los sombreros y vestidos y se le pusiese el más pobre

y más viejo del guardarropa; que se le hiciesen delantales como a las

demás criadas y se la emplease en los menesteres de la cocina que

pudiese ejecutar.

Los amores del conde y Fernanda eran cada día más notorios. Aunque en

casa de Quiñones se guardaban de hablarse con intimidad, a la celosa

valenciana no se le ocultaba lo que entre ellos existía. Sus ojos

traspasaban como dos rayos de luz el cerebro de su amante y leían con

claridad dentro de él. Luis estaba enamorado de su antigua novia. Las

relaciones adúlteras le pesaban en el alma como una losa de piedra.

Ella, la amada, la preferida de otros días, le parecía ahora vieja y

marchita frente aquella espléndida rosa que acababa de abrirse por

completo. Si no la había abandonado ya, era por debilidad de carácter,

por el ascendiente poderoso que en siete años de relaciones había

logrado adquirir sobre él. Pero no apetecía otra cosa. Lo leía

perfectamente en sus miradas huidas; en la preocupación sombría que

pesaba sobre él, rota algunas veces por súbita y extravagante alegría;

en el temor y en el servilismo, cada vez mayores, con que se acercaba a

ella.

Una noche el conde pidió un vaso de agua. Los ojos de Amalia brillaron

repentinamente. Había llegado el momento ansiado. Tiró de la campanilla

y dijo con singular inflexión a la doncella que acudió:

--Paula, que traigan un vaso de agua.

Pocos instantes después se presentó Josefina, pobremente vestida, con un

mandilito de tela burda, calzados los pies con toscos zapatos,

soportando trabajosamente entre sus pequeñas manos una bandeja con vaso

de agua y azucarillo. Los tertulios quedaron estupefactos. Luis

empalideció. Avanzó la niña hasta el medio del salón, mirando

tímidamente a su madrina. Esta le hizo seña de que se acercase al conde.

Vaciló el caballero como si estuviese distraído; pero viendo a la

criatura plantada delante de él, se apresuró a tomar el vaso y se lo

llevó con mano temblorosa a los labios. Los ojos de Amalia se mostraban

en tanto fríos, indiferentes; pero en sus labios había imperceptibles

estremecimientos que revelaban el gozo cruel que sentía. En la tertulia

reinó, mientras se efectuaba esta escena, un significativo silencio.

Luego que Josefina hubo salido, la señora de Quiñones explicó a sus

tertulios con naturalidad aquella mudanza. Se trataba de un castigo

necesario al orgullo que la niña empezaba a mostrar con los criados. No

duraría mucho. Sin embargo, necesitaba vencer a todas horas la voluntad

de Quiñones, que se oponía a que fuese educada con tanto mimo.

--La verdad es--concluyó diciendo con acento tan natural, que ninguna

actriz lo hallaría más adecuado a la ocasión,--la verdad es que algunas

veces no puedo menos de darle la razón en mi interior. ¿Qué bien le

hacemos a esta pobre niña colocándola en una situación donde no ha de

poder sostenerse? Mañana, que nosotros nos muramos, la pobre necesitará

buscarse el sustento trabajando, si antes no encuentra un marido... ¿Y

qué marido le vamos a dar a una muchacha con necesidades y sin dinero?

Los tertulios no cayeron en la trampa. En realidad tampoco ella lo

pretendía. Todo aquello venía a reducirse a puro convencionalismo, pues

a nadie se le ocultaba lo que había debajo. Poco después, no pudiendo

dominar la molestia que sentía, el conde se despidió.

--Este negocio de Luis no se presenta nada bien--decía a última hora

Manuel Antonio en un grupo que se retiraba por la calle de Altavilla,

donde iban María Josefa, el Jubilado y su hija Jovita.--El matrimonio

con Fernanda, si es que lo llega a realizar, le ha de costar muchos

disgustos.

--¿Crees tú?...--preguntó María Josefa para tirarle de la lengua.

--¡Madre!... ¿Eres tonta, mujer? ¿No conoces a Amalia como yo?

--¿Y qué tiene que partir Amalia en el matrimonio de Luis?--preguntó

Jovita, que en su calidad de soltera, aunque hubiese cumplido los

treinta y dos, le convenía hacer patente su candor.

--¡Ay! Es verdad que teníamos aquí esta _fanciullina_--exclamó, haciendo

cómicos ademanes de susto, el marica.--¡No me hacía cargo!... Nada,

monina, nada; sigue adelante, que son cosas de los grandes...

La hija del Jubilado se volvió iracunda al sentir el alfilerazo y

replicó con una frase insolente. Pagole Manuel Antonio con otra, y se

entabló animada disputa rebosando de palabras amargas e intencionadas

que se prolongó hasta casa del Jubilado, no sin que éste hubiese hecho

algunos vanos esfuerzos para poner paz entre ellos. La mejor parte la

llevó, como siempre, el marica, que poseía para lanzar sus frases el

vigor de los hombres y la sutil intención de las hembras.

Al día siguiente el conde logró una entrevista con Amalia y le dio sus

quejas por la escena de la noche anterior. La dama se manifestó amable,

condescendiente, justificó su conducta por el bien de la niña. Luis

observó, sin embargo, que hablaba de un modo particular: creyó percibir

en la miel de sus palabras un dejo de amargura e ironía que le

sobresaltó. Salió preocupado, inquieto: en algunos días no pudo quitar

de sí el malestar de aquella entrevista.

Pero el amor prendía fuego rápidamente en todos los aposentos de su alma

y consumió al fin aquel último resto de preocupación. Estaba

profundamente enamorado. Y como siempre acaece, a la par que crecía su

amor aumentaba también su timidez. Al principio, en sus largas

conversaciones con Fernanda, aparecía sereno, galante, no perdonaba

medio de demostrar a su ex-novia su admiración y rendimiento. De repente

comenzó a perder el aplomo, a huir todo asunto relacionado con sus

propios sentimientos, a evitar las frases galantes. Fernanda no se

equivocó. Ahora es cuando había llegado aquel amor, tras del cual tanto

tiempo había corrido, que tantas lágrimas le había costado.

Sus pláticas, aunque fuesen de asuntos indiferentes, tenían un sabor

delicado, exquisito. Hablaban horas y horas, sin cansarse, de las cosas

más insignificantes, por el placer de verse tan cerca, de escucharse.

Fernanda charlaba con toda la alegría de su corazón, sin curarse de la

timidez de su adorador, al contrario, gozando al ver el empeño pueril

con que evitaba el confesar su amor, sabiendo que en cuanto ella diese

la señal se entregaría atado de pies y manos.

El momento llegó al fin. Un día la hermosa viuda se resolvió _a

declararse ella_. Hablaban del matrimonio; de las segundas nupcias. Luis

comenzó a sobresaltarse, a emitir sus opiniones con voz temblorosa, a

tratar de huir la conversación. Fernanda dijo de repente con perfecta

calma y en tono resuelto:

--Yo no volveré a casarme segunda vez.

Se puso pálido. La cara se le entristeció de tal manera que la joven,

reprimiendo a duras penas una sonrisa, repitió con más resolución aún:

--No volveré a casarme segunda vez... a no ser contigo.

El conde la contempló desencajado.

--¿Es de veras eso?--preguntó al fin con voz temblorosa.

--¡Y tan de veras!--repuso ella mirándole sonriente.

--Dame esa mano, Fernanda.

--Tómala, Luis.

Se las estrecharon fuertemente por unos momentos. El conde se levantó

sin decir otra palabra. Cuando llegó a casa, le escribió una larga carta

de seis pliegos pintándole con los más vivos colores su pasión, dándole

fervorosas gracias, llamándose indigno gusano tres o cuatro veces.

El matrimonio quedó concertado para cuando terminase el año de luto.

Faltaban dos meses. Decidieron guardar el secreto y que la ceremonia no

se celebrase tampoco en Lancia. Unos días antes del prefijado saldría

ella para Madrid; poco después se le juntaría él, y en la corte

quedarían unidos para siempre.

En los pueblos es muy difícil ocultar cualquier cosa: un proyecto de

boda, imposible. Por la intensidad de la mirada cada par de ojos se

convierte en cien pares; por su virtud acústica, cada oído en cien

oídos. En sus pasos, en sus miradas, en el modo de saludarse y

despedirse los ingeniosos lacienses adivinaban como verdaderos magos lo

que pensaban, medían exactamente el progreso de aquellas relaciones que

les tocaba en lo más vivo del corazón.

Una tarde, al pasar Manuel Antonio por delante de la tétrica morada del

conde, vio salir a la doncella con una caja de cartón en las manos. El

marica sintió en la nariz olor de caza, tomó vientos un instante, y la

siguió.

--Adiós, Laura--dijo pasando delante de ella.

Y volviéndose de repente le preguntó en tono indiferente:

--¿Cómo sigue tu amo?

--El señor conde no está malo.

--¡Ah! Pues me dijeron... Como no le veo hace dos días... ¿Vas de

compras para la señora?

--Son camisetas para el señor conde.

--¿De casa de Ramiro?... Déjame verlas, yo también tengo que comprar.

La doncella abrió la caja y el marica se puso a examinar el contenido.

--Son muy finas. Esto es demasiado caro para mí, hija.

--Sí, señor, son caras. Pues el señor conde todavía no las encuentra

buenas. Quiere a toda costa que sean de seda, y por más que anduve todos

los comercios, no las hay. No tiene más remedio que encargarlas.

--¿De seda? ¡Madre! Entonces se nos va a casar.

--Yo no sé nada de eso, señorito--se apresuró a replicar la criada con

señales de turbación.

--¡Quita allá, hipocritona!--exclamó riendo.--Tú lo sabes como yo y como

todo el mundo... ¿Y para cuando?

--Le digo que no sé nada.

Pero el marica insistió tanto, se mostró tan expresivo y familiar que al

cabo de un rato la criada desembuchó lo que tenía dentro.

--Pues mire, yo no puedo decirle a punto fijo lo que hay, pero creo que

se casa y pronto. El otro día oí unas palabras a la señora condesa...

--¿Qué palabras?

--Decía al ama de llaves que, en cuanto su hijo se fuese, iría a pasar

una temporada a la Granja. Después, mirando por el agujero de la llave,

la vi llorar. Además, Fray Diego estuvo anteayer en casa... pero no sé

si debo decirle...

--Vamos, mujer, ¿qué importa? ¿Te figuras que yo soy una gaceta?

--Pues le oí decir al tiempo de despedirse: «Nada, nada; tienen mucha

razón; es mucho mejor que lo hagan en Madrid. Éste es un pueblo muy

envidioso...»

El gozo que sintió Colón al descubrir la tierra del Nuevo Mundo no fue

nada en comparación con el de nuestro marica. No sólo sabía sin género

de duda que se casaban, sino dónde había de efectuarse la ceremonia.

Embarazado por noticia tan capital y queriendo aliviarse enseguida de

aquel peso, se puso a imaginar sobre quién haría más efecto. Su

pensamiento fue derecho a Amalia. Hacia el palacio de Quiñones enderezó,

pues, sus menudos y graciosos pasos.

Era la hora del oscurecer. Halló a la señora sentada en su gabinete, sin

luz, entregada sin duda a una de esas intensas y dolorosas meditaciones

que desde hacía algún tiempo la embargaban. Manuel Antonio se mostró

jovial y decidor, trató de alegrarla cuanto pudo, atrayendo de nuevo la

sangre a aquel corazón ulcerado para que la puñalada fuese más dolorosa.

Pidió chocolate, lo tomaron jaraneando lindamente: Amalia llegó a

olvidarse de sus preocupaciones. Y cuándo más olvidada estaba ¡zas! la

bomba. Pero dejada caer suavemente, con arte infinito, el arte que sólo

posee una mujer, reforzado por el ingenio masculino.

Lo único que sintió fue no poder verle la cara. El gabinete estaba ya

casi en tinieblas. Pero advirtió bien claramente el destrozo de la

explosión en el sonido de la voz, en la frialdad de la mano al

despedirse.

Amalia quedó en pie, rígida, inmóvil, largo rato. Apoyose en la cortina

de crespón para mirar a la calle y la destrozó. Trató de abrir su

escritorio para tomar el pomo de esencia, pero dio demasiada vuelta a la

llave y estropeó la cerradura.

Salió de la estancia y vagó, por los pasillos oscuros y escaleras, con

incierta planta, como un fantasma. Allá a lo lejos vio un punto luminoso

y se dirigió hacia él involuntariamente como una mariposa. Era el

comedor, que ya estaba alumbrado. Sentada a la mesa, armando unos

pastorcitos de barro, restos de su pasada riqueza, estaba Josefina. La

pantalla de la lámpara proyectaba viva luz sobre su cabecita monda y

dorada como una naranja. Amalia se detuvo un instante y la contempló con

ardiente mirada, devorando con los ojos aquel semblante grave y

melancólico que tan fielmente reflejaba el de Luis. Dio un paso y la

niña volvió la cabeza. La mirada de sus ojos azules era igualmente

dulce y triste; el movimiento de las pestañas, idéntico. La esposa del

maestrante salvó de dos pasos la distancia que la separaba y cayó sobre

ella como un tigre hambriento. Golpeó, mordió, desgarró. Sus uñas

dejaron al instante surcos morados en aquel rostro cándido. La sangre

comenzó a brotar. La niña, loca de terror, lanzaba chillidos

penetrantes. Apenas tuvo tiempo a ver a su madrina. No sabía qué era

aquello. Amalia, insaciable, golpeaba, hería sin cesar. Los gritos de la

víctima hacían crecer su furor. Se detuvo rendida al fin.

El maestrante · 第 16 / 21 段