El noble maestrante yacía en su sillón con los naipes en la mano. Sus

cabellos y su barba estaban más blancos, pero tan erizados e indómitos.

Sus facciones enérgicas parecían más acentuadas; sus ojos hundidos

brillaban con fulgor más delirante. Al mover con trabajo aquel gran

torso atlético desprovisto de base los rasgos de su fisonomía se

contraían con expresión de feroz impotencia que inspiraba tristeza y

miedo. Pero si su cuerpo se abatía a ojos vistas, alzábase su orgullo

cada vez con más brío. Todos los días crecía un poco el respeto que se

consagraba a sí mismo por llamarse Quiñones de León y el desprecio a los

demás por haber nacido bajo el estigma de otro nombre cualquiera.

Agradeciendo profundamente al cielo la dicha con que había querido

favorecerle, tendría a pecado quejarse de su suerte y envidiar a los

otros hombres la facultad de usar de sus piernas. ¿Qué importa que Juan

Fernández pueda andar, correr y saltar, si al fin y al cabo se llama

Juan Fernández? Lo único que le preocupaba algunas veces era si

convendría a la dignidad de un Quiñones poseer unas extremidades

enteramente inertes, y si no sería preferible que viviesen para

participar de la gloria del resto del organismo. Pronto desechaba, sin

embargo, tales inquietudes pensando justamente que vivas o muertas

aquellas extremidades ocupaban un rango superior en la sociedad. Cuando

Fernanda entró en el gabinete alzó los ojos y clavó en ella una mirada

penetrante que la abrazó de la cabeza a los pies. Ni la hermosura ni el

porte, singularmente elegante, de la joven debieron dejarle satisfecho,

porque la convirtió inmediatamente a los naipes y exclamó con insolente

protección:

--¡Hola, pequeña! ¿Eres tú? ¿Cuándo has llegado?

Apesar de sentirse mortificada por aquel tono, Fernanda le saludó

afectuosamente.

--Me alegro de verte tan buena, querida, y aprovecho la ocasión para

darte el pésame. Ya sabes que yo no escribo cartas hace años. He sentido

mucho a Santos... Oiga usted, Moro: ¿se propone usted no darme en su

vida una carta decente?... Era un buen sujeto, un vecino excelente,

incapaz de hacer daño a nadie. No hallarás otro marido como él. Tenía

una cualidad que se encuentra muy difícilmente: la modestia. Apesar del

dinero que había logrado juntar, no pretendía salirse de su esfera;

siempre se manifestó respetuoso con los superiores. ¿Verdad, Saleta, que

no era como esos piojos resucitados, que así que les suenan algunas

monedas en el bolsillo olvidan las judías y el centeno, como si en su

vida los hubiesen probado?... Valero, siéntese usted, y diga pronto si

es vuelta eso que tiene... ¿Vienes a establecerte aquí, chiquita, o te

vuelves a ver a los _franchutes_?

Fernanda, que sintió perfectamente toda la hiel de aquel discurso,

respondió fríamente, y después de pocas palabras más se volvió al salón.

A D. Pedro le había molestado el tufillo de elegancia y distinción que

despedía la hija de Estrada-Rosa. Le irritaba que alguien se alzase en

torno suyo, siquiera fuese solamente algunas pulgadas. Aborrecía todo lo

extranjero, y muy particularmente aquel París, donde imaginaba que los

Quiñones de León no tenían influencia muy decisiva. Hasta sospechaba

vagamente, con horror, que eran desconocidos. Por supuesto que procuraba

apartar la mente de tan disparatada idea. Si llegase a penetrar por

completo en su espíritu, ¿qué le restaba al noble caballero? Morir, y

nada más.

Haciéndole la partida de tresillo están los mismos personajes que ya

conocemos. Saleta, el gran Saleta, cuyas mentiras siguen fluyendo de su

boca suaves y almibaradas, lo cual le obligaba a relamerse amenudo.

Faltó poco para que Lancia se viese privada para siempre de este

magnánimo y divertido varón. Jubilado hacía tres años, fue a

establecerse a su país, donde permaneció uno solamente. La nostalgia de

Lancia, de la tertulia de Quiñones, y sobre todo de las burlas de su

colega Valero, le impulsaron a dejar la patria gallega para venir de

nuevo a habitar entre los lacienses. Valero, ascendido a presidente de

sala, más ajado cada día, más jaranero y ceceoso, se sienta a la

izquierda del prócer. Enfrente está Moro, ideal inaccesible de todas las

niñas casaderas, cuya cabeza infatigable soporta fácilmente doce horas

de tresillo sin mareo ni turbación alguna. De todas las instituciones

creadas por los hombres, la más firme, la más respetable es ésta; el

tresillo. Por su inquebrantable solidez puede compararse muy bien a las

leyes inmutables de la naturaleza. Para Moro es tan verdad que la

_espada_ vale más que el _basto_, como que los cuerpos al caer siguen un

movimiento uniformemente acelerado. Y allá en el fondo oscuro de la

cámara dormita en la misma butaca el glorioso Manín con su calzón corto,

chaqueta de bayeta verde y fuertes zapatos claveteados. Tiene el pelo

gris, casi blanco. Pero no es esto lo peor para él. Lo verdaderamente

triste es que el pueblo no le considera ya como un cazador feroz

envejecido en la lucha con los osos de las montañas. Aquella leyenda se

ha ido disipando poco a poco. Sus compatriotas tenían razón. Manín no

era más que un zampatortas. En Lancia se ríen también de sus proezas y

le miran como un viejo bufón del loco y heráldico señor de Quiñones.

Fernanda consiguió al fin sustraerse a los plácemes de sus amigos y fue

a sentarse en un rincón apartado. Estaba triste. La hostilidad de los

dueños de la casa le había impresionado. Pero no era esto lo principal,

aunque ella hiciese por creerlo. El motivo recóndito, que se avergonzaba

de confesar a sí misma, era Luis. El saludo afectuoso de su antiguo

novio había despertado súbito todos sus recuerdos, todas sus ilusiones,

las penas y las dichas de otro tiempo que dormían en el fondo de su alma

como pajarillos entre las hojas del árbol. La agitación interior era

intensísima, pero nada o muy poco se traslucía en su continente grave y

frío. Sin embargo, sintió un fuerte estremecimiento al escuchar muy

cerca de su oído estas palabras:

--¡Qué hermosa te has puesto, Fernanda!

Se hallaba tan distraída que no advirtió que el conde se había sentado a

su lado. Involuntariamente se llevó la mano al sitio del corazón.

Repuesta inmediatamente, sonrió diciendo:

--¿Te parece?

--Sí... Y yo qué viejo, ¿verdad?

Hizo un esfuerzo y le miró a la cara con fijeza.

--No; algunas canas en la barba... y el aspecto un poco fatigado.

El temblor de su voz contrastaba con la aparente indiferencia que quiso

dar a sus palabras.

El conde se puso repentinamente serio, llevose la mano a la frente y

replicó al cabo de unos momentos con acento sombrío y como si se hablase

a sí mismo:

--Fatigado, sí; ésa es la verdadera palabra... ¡Muy fatigado!... La

fatiga me sale por los poros.

Guardaron ambos silencio. El conde quedó entregado a una intensa

meditación que trazó en su frente arruga profunda. Al cabo dijo,

entablando nuevamente conversación:

--Ya te había visto antes de venir aquí.

--¿Dónde?--preguntó ella afectando sorpresa.

--En la carretera. Salí esta tarde a dar un paseo a caballo y me crucé

con la silla de posta. Te conocí perfectamente.

--Pues yo no te he visto... Recuerdo que encontramos dos o tres jinetes

antes de llegar a Lancia, pero no he conocido a ninguno.

Al decir esto no pudo impedir que una ola de carmín tiñese de nuevo sus

mejillas. Volvió, para disimular, la cabeza. Sus ojos tropezaron con los

de Amalia, que se posaban sobre ellos lucientes, acerados.

Contempláronse un instante. La boca felina de la valenciana se contrajo

con una sonrisa. Fernanda quiso corresponder con otra tan falsa, pero no

pudo. Volviose de nuevo hacia el conde y hablaron de cosas indiferentes,

de teatros, de música, de proyectos de viaje.

Sin embargo, aquél se mostraba más y más preocupado. Iba perdiendo el

aplomo y hablaba equivocándose, como si su pensamiento anduviese lejos.

Guardaba silencio algunos momentos, pugnaba por decir algo, movíanse sus

labios, pero en vez de articular lo que quería, expresaban otra cosa

distinta, algo trivial y ridículo que le avergonzaba en cuanto salía de

ellos. Fernanda le observaba con atención, ganando la serenidad y la

calma que él perdía rápidamente. Parecía embebida por completo en la

conversación, describiendo con naturalidad sus impresiones de viaje,

expresando sus opiniones con la misma indiferencia que si no mediase

entre ellos más que una antigua y tranquila amistad. Luis concluyó por

ponerse taciturno. Al fin tuvo resolución para decir, aprovechando un

instante de silencio:

--Cuando me acerqué a tí estabas muy distraída. ¿En qué pensabas?

--No me acuerdo... ¿En qué querrías tú que pensase?

El conde vaciló un momento; pero animado por la graciosa sonrisa de su

ex-novia se atrevió a articular:

--En mí.

Fernanda le miró en silencio, con curiosidad burlona bajo la cual

chispeaba una alegría imposible de ocultar. El conde se puso colorado

hasta las orejas, y las hubiera entregado seguramente a las tijeras por

no haber pronunciado aquellos dos fatales monosílabos.

--Bien...--dijo la joven alzándose de la silla.--Hasta luego. Me alegro

de verte bueno.

--¡Escucha!

--¿Qué hay?--dijo retrocediendo el paso que había dado para alejarse y

posando en él unos ojos sonrientes y maliciosos que concluyeron de

fascinarle.

--Perdona si mis palabras te han ofendido.

Fernanda hizo una mueca de desdén y se alejó exclamando:

--¡Arrepiéntete, pecador, que el infierno tienes delante!

¡El infierno! Esta palabra, soltada a la ligera, como broma, hizo dar un

vuelco a su corazón; despertó la preocupación constante de su existencia

desde hacía algún tiempo. Todos los Gayoso habían vivido bajo la

influencia de esta idea funesta. Pero el terror de sus abuelos parecía

dilatarse en su espíritu, atormentándolo, enloqueciéndolo. Amalia

necesitaba luchar heroicamente para distraerle por poco tiempo de sus

escrúpulos. Por eso ahora, cuando le hizo seña para que se acercase, le

vio alzarse tétrico de la silla y aproximarse lentamente como si le

arrastrasen. Tenía ella demasiado talento y orgullo para mostrarse

herida de la corta plática que acababa de tener con su antigua novia. Le

acogió con la misma sonrisa, dirigiole la palabra con su habitual y

afectada ligereza, y no se acordó ni del nombre de Fernanda. Pero sus

labios pálidos se contraían de coraje cada vez que le veía volver los

ojos hacia aquélla. Y el incauto lo hacía amenudo.

Una hermosa niña de ojos azules y flotante cabellera dorada apareció en

la puerta, conducida por una doméstica.

--¡Oh, qué tarde!--exclamó la señora de Quiñones.--¿Por qué ha tardado

usted tanto en traerla, Paula?--añadió severamente.

Ésta contestó que la niña se había entretenido jugando _al milano que le

dan_, y que lloraba cada vez que la querían acostar.

--¿No tienes sueño aún, rica mía?--dijo la dama trayéndola hacia sí y

pasándole la mano tiernamente por los bucles de su cabellera.

Los tertulios se interesaron vivamente por la criatura. Fue de uno a

otro recibiendo caricias y pagándolas con afectuosos besos de despedida.

--Buenas noches, Josefina.--Hasta mañana, rica.--¿Has sido buena

hoy?--¿Te ha comprado tu madrina la muñeca que cierra los ojos?

El conde la miraba con los ojos húmedos, haciendo esfuerzos increíbles

para dominar su emoción. La sentía siempre que se ofrecía a su vista

aquella niña. Cuando le tocó la vez no hizo más que rozar con los labios

su rostro cándido. Pero Josefina, con el admirable instinto que los

niños tienen para saber quién los ama, se colgó a su cuello dándole

pruebas de particular cariño.

Fernanda también la contemplaba con vivo interés, con una intensa

curiosidad que le hacía abrir extremadamente los ojos. Josefina tenía

seis años, la tez nacarada, los ojos de una dulzura infinita, azules y

melancólicos; algo de triste y enfermizo en toda su diminuta persona. El

parecido con el conde saltaba a la vista.

Cuando la niña le dejó, los ojos de aquél chocaron con los de Fernanda.

Sintiose turbado: fue a sentarse más lejos.

Josefina vestía con elegancia. Los señores de Quiñones la criaban con

mimo, como hija adoptiva. Por mucho tiempo éste fue el asunto preferido

de las murmuraciones de Lancia. Se averiguaba con vivo interés el coste

de sus sombreritos; se comentaba el número de juguetes que le compraban;

hacíanse cálculos sobre la cantidad en que la dotarían al casarse. Pero

ya se habían fatigado de tanto comentario. Tan sólo cuando venía rodada

se dejaba escapar alguna alusión mordaz, o se noticiaba al oído algún

nuevo descubrimiento.

La niña fue a parar a un grupo donde estaban María Josefa, la doncella

de la lengua devastadora, y Manuel Antonio, bello siempre como el primer

rayo de la mañana.

--Oyes, Josefina: ¿a quién quieres más, a tu madrina o a tu

padrino?--preguntole aquél.

--A madrina--respondió la niña sin vacilar.

--Y a quién quieres más, ¿a tu padrino o al conde?

La niña le miró sorprendida con sus grandes ojos azules. Pasó por ellos

una ráfaga de desconfianza y respondió frunciendo su hermoso entrecejo:

--A mi padrino.

--¿Pero el conde no te trae muchos juguetes? ¿no te lleva en coche a la

Granja? ¿no te ha comprado el trajecito de charra?

--Sí... pero no es mi padrino.

Los del grupo acogieron con risa esta respuesta. Comprendían que la niña

mentía. Don Pedro no era hombre para inspirar afecto muy vivo a nadie.

--Pues yo creo que el conde también es tu pa...drino.

--No tal; yo no tengo más que un padrino--manifestó la chica, cada vez

más recelosa.

Y se alejó del grupo.

Fue donde estaba Amalia; se le puso delante cruzando sus bracitos sobre

el pecho y dijo haciendo una reverencia:

--Madrina, la bendición.

La dama le entregó su mano, que la niña besó con respetuoso cariño.

Luego, cogiéndola en sus brazos, la besó en la frente.

--Que descanses, hija mía. Ve a pedir la bendición a tu padrino.

La niña se dirigió al gabinete. Estas prácticas del tiempo pasado

placían mucho al señor de Quiñones.

Josefina se acercó a él con timidez. Aquel gran señor paralítico le

infundía siempre miedo, aunque procuraba disimularlo porque así se lo

había ordenado su madrina.

--Señor, la bendición--dijo con voz apagada.

El alto y poderoso maestrante no hizo caso. Fijo en las cartas que tenía

en la mano, envuelto en su talma gris con la cruz roja en el pecho, iba

creciendo por momentos ante los ojos turbados de la pobre Josefina. No

comprendía que hubiese en el mundo nada más grande, más imponente y

digno de respeto que aquel noble señor. De esta misma opinión

participaba D. Pedro. Por eso hacía tiempo que había resuelto confundir

a todos los seres que le rodeaban en una masa caótica, en la cual sólo

dos o tres aparecían con algún carácter individual.

La niña aguardó con sus bracitos cruzados cerca de un cuarto de hora. Al

fin el señor de Quiñones, después de jugar una entrada con fortuna, se

dignó clavar en ella una mirada severa que la hizo empalidecer. Alargó

su aristocrática mano con ademán digno de su tocayo Pedro el Grande de

Rusia, y Josefina posó sobre ella sus labios temblorosos y se fue.

No estaba muy conforme aquel varón excelso con que su esposa criase con

tal mimo a una expósita, pero lo consentía porque lisonjeaba su

vanidad. Amalia le había dicho, sabiendo dónde le dolía:

--Criarla para doméstica lo haría cualquiera en Lancia. Nosotros debemos

hacer las cosas de otro modo.

D. Pedro no pudo menos de sentir el peso de aquella verdad innegable.

Josefina cruzó el salón para ir a acostarse. Al pasar rozando con

Fernanda, que estaba sentada y sola, ésta la pilló al vuelo por un

bracito y la atrajo. Toda la alegría, toda la ternura que en aquel

momento rebosaba de su corazón, desbordose con violencia sobre la

criatura, a quien cubrió de besos. No se acordó para nada de su rival, a

quien adivinaba vencida. Sólo pensó en que era hija de _él_, su sangre,

su misma imagen. Y besó con éxtasis aquellos ojos azules profundos,

melancólicos, aquella tez nacarada, aquellos bucles dorados que circuían

su rostro como un nimbo de luz.

--¡Oh, qué hermoso pelo! ¡Qué cosa tan hermosa, Dios mío!

Y apretaba sus labios contra él y hasta sumergía el rostro entre sus

hebras con tanta voluptuosidad y ternura que estaba a punto de llorar.

En aquel momento una voz estridente, imperiosa, sonó en sus oídos.

--¡Todavía no te has ido a acostar, arrapiezo!

Y al levantar los ojos vio a Amalia, con el rostro pálido, los labios

apretados, que cogió a la niña con violencia por el brazo dándole una

fuerte sacudida y la arrastró hacia la puerta.

XI

La cólera de Amalia.

A la mañana siguiente, Paula, por orden de su señora, llevó a la niña al

cuarto de la plancha, la sentó en una silla alta y pidió las tijeras a

la doncella, que cosía al pie del balcón.

--¿Qué vas a hacer?--preguntó Josefina.

--Cortarte el pelo.

--¿Por qué?... Yo no quiero que me cortes el pelo.

Y se bajó resueltamente de la silla. Paula tornó a alzarla.

--¡Quieta!--le dijo severamente.

--¡Yo no quiero!... ¡no quiero!--exclamó con graciosa resolución.

--La verdad es que da lástima cortar un pelo tan hermoso--dijo otra de

las doncellas, que estaba planchando.

--¿Qué quieres, hija? Quien manda, manda.

Y tomando uno de los preciosos bucles de la cabellera, lo separó de un

tijeretazo.

--¡Déjame, Paula!--gritó la niña.--¡Lo voy a decir a madrina!

--¿Sí, preciosa? ¿Vas a decírselo a madrina de veras?... Bueno, ya se lo

dirás cuando terminemos.

Y sin hacer más caso de sus protestas, dejando caer las palabras con

zumba, prosiguió imperturbable su tarea. Pero la niña se bajó de nuevo,

irritada, furiosa. Entonces Paula pidió auxilio a Concha, la costurera,

y mientras ésta la tenía sujeta a la silla, aquélla la fue despojando

uno a uno de todos sus bucles. Después arregló como mejor pudo los

cabellos que quedaban.

--¡Qué lástima!--volvió a exclamar la planchadora.

--Hija, no está mal así tampoco--repuso Paula peinándola con esmero.

En aquel momento apareció la señora en el cuadro de la puerta.

--¡Madrina! ¡ven, madrina!... Mira, Paula y Concha me han cortado el

pelo.

Amalia avanzó algunos pasos por la estancia y, evitando la mirada de la

niña, fijó los ojos severos en su cabeza, y dijo con imperio y frialdad:

--No está bien así. Córtelo usted al rape.

Y se alejó con la frente fruncida. Josefina, atónita, la siguió con los

ojos. Jamás había visto en el semblante de su madrina tanta frialdad y

dureza. Quedó asombrada, pensativa y dejó ya, sin hacer el más leve

movimiento, que Paula cumpliese el mandato.

Pronto quedó la cabecita rubia mondada como un melocotón. Las domésticas

prorrumpieron en carcajadas.

--¡Hija de mi alma, que retefeísima te han puesto!--exclamó María la

planchadora con acento de duelo, pero sin poder reprimir la risa.

--No digas eso, mujer--repuso Concha con dejillo amargo.--¡Si está

preciosa!

Era una mujer de veinticinco años o más, extremadamente pequeña, casi

tan pequeña como Josefina, de ojos hundidos y ariscos, a quien todos los

criados de la casa temían.

Paula reía también pasando y repasando sus manos por la cabeza de la

criatura.

--Cuando haga falta un perulero para el aceite, ya sabéis dónde lo

habéis de hallar--prosiguió Concha.

Disipada la lástima, adivinando que la chiquita había caído en

desgracia, las criadas se entregaban a la alegría cambiando bromas sin

gracia, pero que las hacían reír perdidamente. Josefina había

permanecido quieta, silenciosa, con la cabeza baja. Las burlas lograron

al fin hacer su efecto. Dos lágrimas asomaron rezumando por sus largas

pestañas. Concha se incomodó:

--¿Lloras por el pelito?.. ¡Qué lástima de azotes!... No tienes tú la

culpa, sino los que te crían como una princesita siendo tanto como

nosotras... digo, menos que nosotras--añadió por lo bajo,--que al fin

tenemos padres.

--¡Vamos, Concha, déjala!... No hagas caso, monina, que pronto tendrás

pelo otra vez--dijo María con acento maternal.

La niña, impresionada por la caricia, comenzó a sollozar y salió de la

estancia.

Cuando por la noche se presentó en el salón, de aquella forma, el conde

no pudo reprimir un gesto de cólera y clavó una mirada interrogante en

Amalia. Ésta contestó a aquel gesto y a aquella mirada con sonrisa

provocativa. Y en alta voz dijo que le había mandado cortar el pelo

porque había notado que la niña empezaba a presumir.

--¡Claro! ¡Tanto la adulan ustedes que se ha puesto inaguantable!

El conde, irritado, buscó al instante ocasión de acercarse a Fernanda y

anudaron la plática de la noche anterior. Estuvieron locuaces,

afectuosos. Fernanda contó con pormenores su vida de París. Luis se

mostró singularmente expansivo, no ocultando la alegría de su corazón,

hablando animadamente bajo la mirada iracunda de Amalia posada sobre él.

En una pausa Fernanda alzó los ojos sonrientes hacia su ex-novio y le

preguntó, no sin ruborizarse un poco:

--¿A que no sabes por qué le han cortado el pelo a la niña?

El conde la miró sin contestar.

--Ayer lo elogié yo mucho y me permití besarlo.

Era la primera vez que Fernanda se daba por enterada de su secreto.

Experimentó una fuerte sacudida. Sus mejillas se enrojecieron. Las de

ella también. En largo rato no hallaron palabras que decirse.

En los días siguientes, el conde comenzó a dar repetidos paseos por la

calle de Altavilla y a pasar largos ratos en el café de Marañón. La

sociedad laciense se sintió conmovida hasta sus cimientos ante tamaño

acontecimiento. Desde entonces más de trescientos pares de ojos le

espiaron sin cesar. Dejó de ir todos los días a casa de Quiñones y

asistió una que otra vez a la tertulia exigua de las de Meré, como se

seguía diciendo en Lancia, aunque en realidad ya no hubiese en el mundo

más que una. Carmelita había muerto hacía lo menos tres años. No quedaba

más que Nuncia, la menor, y ésa casi totalmente paralítica. Del sillón

a la cama y de la cama al sillón: era todo lo que andaba con trabajo.

Moralmente también se hallaba privada de movimiento, falta del impulso

protector que le prestaba su hermana. Desde que ésta bajara al sepulcro,

no tenía ya quien la sujetase. Esto, lejos de alegrarla, la sumía en una

melancolía profunda. Al pasar repentinamente a la categoría de persona

_sui juris_, la pobre Niña había experimentado desazón increíble: todo

le asustaba, todo era conflictos de los cuales le parecía imposible

salir; echaba menos aquellas ásperas reprensiones que, si la hacían

derramar abundantes lágrimas, habían reprimido saludablemente sus

juveniles arranques y cortado los funestos resultados que pudiera

acarrear su inexperiencia.

Eran sus tertulios asiduos algunos pollastres nuevos, varios gallos

conocidos y un número bastante mayor de lindas y feas damiselas que

acudían a la casa sedientas de marido. Porque la Niña, en esto como en

todo, mantenía religiosamente las tradiciones legadas por su hermana.

Era la protectora decidida de todos los noviazgos que se iniciaban en

Lancia, por desatinados que fuesen. La pequeña casa de la calle del

Carpio continuaba siendo la fragua donde se forjaba la dicha conyugal de

los honrados vecinos de Lancia.

El que acudía con más constancia era Paco Gómez. La razón, que le habían

arrojado de casa de Quiñones a consecuencia de una frase de las suyas.

Preguntaba cierto forastero en un corro de Altavilla cómo había quedado

paralítico el maestrante. «En realidad no está paralítico--repuso

Paco,--porque no tiene lesión alguna; sólo que las piernas no pueden con

la heráldica que se le ha subido a la cabeza, y se le doblan en cuanto

da un paso.» Lo supo Quiñones por un traidor y dio orden de que no se le

recibiese.

Era el alma y el regocijo de la tertulia de la Niña. La vaya incesante

con que mortificaba a ésta los tenía a todos en continuo espasmo de

risa.

--Vamos, Nuncia, ¡mucho ojo! No hables demasiado, porque ya sabes que te

he visto las pantorrillas y... y... y...

La pobre octogenaria se ruborizaba como una niña de quince. Nada la

sofocaba tanto como este recuerdo importuno de la tarde del columpio.

Luis y Fernanda comenzaron a verse aquí una o dos veces por semana.

Lejos de la mirada fulgurante de Amalia, aquél se encontraba a gusto,

recobraba su serenidad. Hablaban larguísimos ratos en voz baja, sin que

nadie les molestase; al contrario, la Niña tenía buen cuidado de

proporcionarles ocasión y espacio suficientes. Asistía, no obstante, a

casa de Quiñones; veía a Amalia en secreto cuando se lo exigía, pero iba

apareciendo más frío, más esquivo. Ella, advirtiéndolo perfectamente, no

daba su brazo a torcer, no le hablaba palabra de su ex-novia. Sin

embargo, un día no pudo contenerse:

--Sé que te entretienes largos ratos en casa de las de Meré hablando con

Fernanda.

Lo negó cobardemente.

--Ten cuidado con lo que haces--prosiguió, clavando en él sus ojos

siniestros,--porque una traición pudiera salirte cara.

El maestrante · 第 15 / 21 段