Tales eran los gritos belicosos que salían de su garganta. Sin embargo,

cuando menos podía esperarse, dado que los enemigos huían en completo

desorden, vino a estrellarse contra el botón de su nariz un cuerpo duro

de superficie lisa y compacta que resultó ser un trozo de cal

hidráulica. Todos los timbres de su cerebro sonaron a un tiempo. No

pudiendo sufrir tanto estrépito, vino al suelo privado de conocimiento.

Su pecho magnánimo sólo tuvo fuerzas para exhalar una queja melancólica.

--¡Recongrio, me han escuaernao esos sinvergüenzas!

Así cayó aquel baluarte poderoso del orden, aquel varón esforzado que en

sus luchas incesantes con la pillería de los arrabales tantas veces

había caminado por la senda de la victoria. Levantáronlo y lo metieron

en la botica de don Matías, que estaba próxima. Desde allí lo condujeron

poco después al hospital. La ciudad perdió por algunos días su escudo

protector. Porque ni Lucas el Florón ni Pepe la Mota podían competir en

energía con Ñola.

Mientras tales sucesos se efectuaban en Altavilla y en las calles

adyacentes, D. Juan Estrada-Rosa, presa de irritación indescriptible, se

paseaba agitadamente por su gabinete mesándose los cabellos. Los

consuelos hipócritas del marica de Sierra no lograban calmarle. Hablaba

de salir a la calle y arrojarse sobre la insolente muchedumbre.

--¡Qué les habrá hecho mi pobre hija!--exclamaba con voz temblorosa,

próximo a sollozar.

Fernanda se había retirado a su habitación temprano y se había metido en

la cama. Si la sorprendió la algazara que sonaba en la calle o contaba

ya con ella, no es fácil saberlo. Cuando D. Juan, después de adoptar una

violenta resolución, subió a despertarla, al encender la luz hallola con

los ojos secos y brillantes, sin apariencias de haber dormido ni de

haber llorado. Hizo que se vistiese a toda prisa, y dando orden a los

criados para que tuviesen encendidas todas las luces de la casa a fin de

engañar a los de afuera, salió con ella por la puerta de la cochera,

que daba a un callejón solitario. Los acompañaba únicamente Manuel

Antonio. Dirigiéronse por las calles más extraviadas a casa del

Jubilado. Una vez allí, se pasó un recado a don Santos para que se

presentase inmediatamente; otro al penitenciario. Cuando ambos

acudieron, el padre, la hija y estos dos señores, Manuel Antonio y

Jovita Mateo salieron ocultamente de Lancia por la carretera de

Castilla. Después de caminar un rato esperaron el coche que don Juan

había mandado venir. Acomodáronse los seis como pudieron en la

carretela, echando a Manuel Antonio al pescante. Media hora después

estaban en la posesión del banquero. Alzose apresuradamente un altarcito

en el salón principal de la casa, y antes de que amaneciese, el

penitenciario bendijo la unión de los prometidos.

Fernanda no había despegado los labios durante el camino. El mismo

silencio cuando se hacían los preparativos para la solemnidad. Parecía

tranquila, en un estado de indiferencia absoluta o, por mejor decir, de

soñolencia, como la persona a quien se arranca violentamente del sueño y

tarda en darse cuenta de lo que pasa en torno suyo. Pero tal estado

letárgico continuó después de pronunciar el sí ante el altar. Ni la

plática afectuosa y elocuente del penitenciario, ni las bromas

incesantes de Manuel Antonio mientras tomaban el desayuno, ni las

caricias de Jovita, ni la alegría afectada, ruidosa, de su padre

lograban sacarla de su extraña distracción. Clareaba el día, un día

triste, nublado, que se filtraba melancólicamente por los cristales.

Todos hacían esfuerzos por parecer alegres; se hablaba en voz alta, se

reía comentando la torpeza del criado, el miedo de Manuel Antonio a

volcar.

Traslucíase, no obstante, una gran tristeza. Cuando la conversación se

interrumpía, las frentes se arrugaban, los semblantes se oscurecían. Al

entablarla de nuevo, las palabras resonaban lúgubremente en el lujoso

comedor.

La novia se retiró para cambiar de traje. Poco después apareció de

nuevo, con el mismo semblante impasible. Según los planes de D. Juan,

debían irse inmediatamente para tomar en un pueblo próximo la silla de

posta. Los indecentes de Lancia quedarían de este modo chasqueados.

Cuando bajaron al jardín, donde esperaba el coche, caía una lluvia

menuda y fría. Fernanda besó a su padre y entró en el coche. El pobre

anciano, al recibir aquel beso en la mejilla, pensó que una corriente de

aire frío entraba por ella paralizando sus miembros y helándole el

corazón.

El látigo chasquea. «Adiós, Fernanda; abrígate, Fernanda. Adiós, Santos.

Que vengan ustedes pronto.» Ya están en camino. Antes de una hora

llegan a Meres, esperan la diligencia y suben en ella. El mismo silencio

obstinado por parte de Fernanda. Las atenciones de Granate no le

arrancan ni una sonrisa ni una palabra de gracias; sus ademanes

grotescos y los desatinos que de vez en cuando deja escapar tampoco

hacen surgir en el semblante marmóreo de la joven un gesto de fatiga o

disgusto. A ratos dormita, a ratos contempla con ojos atónitos el

paisaje. Cuando llegaron a las inmediaciones de León era ya noche.

Pero ¿qué ocurre en León? Al llegar a la plazoleta donde cambia el tiro

la diligencia descubren gran golpe de gente, escuchan voces desaforadas,

ruido desacordado de instrumentos de música, tañido de cencerros. Y ven

alzarse sobre la muchedumbre algunos trasparentes pintados.

Paco Gómez, fecundo en trazas más que Ulises, había escrito a algunos

amigos de León tiempo atrás invitándoles a disponer una cencerrada para

cuando Granate y su esposa pasasen por allí. La colonia de Lancia, que

es numerosa en León, secundó admirablemente los planes de su paisano.

Todo lo tenían preparado. Sin embargo, estos preparativos no hubieran

servido de nada sin la traición de Manuel Antonio, que al llegar a

Lancia notició secretamente a Paco lo que pasaba. Éste aprovechó el

telégrafo, recién instalado, y se puso en comunicación con sus

secuaces.

Fernanda tardó en darse cuenta de que aquella algazara iba contra ella.

Cuando, por algunos gritos que llegaron a sus oídos, vino en

conocimiento de ello, empalideció, sus ojos se dilataron y, dando un

grito, precipitose a la ventanilla para arrojarse fuera. Granate la

detuvo sujetándola por la cintura. La joven luchó algunos momentos con

furor; pero no pudiendo desprenderse de aquellos brazos cortos y

membrudos de oso, se dejó caer al fin en el asiento, llevose las manos a

la cara y rompió a sollozar.

--¡Dios mío, ha sido grande el pecado, pero qué castigo tan terrible!

X

Cinco años después.

Trascurrieron cinco años. La noble ciudad de Lancia ha cambiado poco en

su exterior y menos aún en sus costumbres. Unas cuantas casas-grilleras

con adornos de mazapán alzadas por el oro indiano en las inmediaciones

del parque de San Francisco; varios trozos de acera en calles que jamás

la poseyeran; tres faroles más en la plaza de la Constitución; un

guardia municipal suplementario, que debe su existencia no tanto a las

necesidades del servicio como a las pasiones del alcalde, varón de

excelsos pensamientos, consagrados casi enteramente a Venus, que premia

las condescendencias de Vulcano con el presupuesto municipal; en el

paseo del Bombé algunas estatuas de bronce con el ropaje caído, que

produjeron grave escándalo a su erección, haciendo pregonar al

magistrado Saleta en la tertulia del maestrante que «la media desnudez

era cien veces más incitante que la completa;» en las cabezas de

nuestros maduros conocidos algunas hebras de plata, y en el semblante

radioso como el arco iris de Manuel Antonio, el más seductor de los

hijos de la ínclita ciudad, signos ya evidentes de que su belleza pronto

se desvanecerá como un sueño feliz al soplo glacial de la mañana, como

los copos de nieve que caen suavemente en el silencio de un día triste

de invierno.

La misma vida vegetativa, brumosa, soñolienta; las mismas tertulias en

las trastiendas libando con deleite la miel de la murmuración. Los

apodos soeces pesando siempre como losa de plomo sobre la felicidad de

algunas respetables familias. En el Bombé, las tardes de sol, los mismos

grupos de clérigos y militares paseando desplegados en ala. Las enormes

campanas de la basílica tañendo invariablemente a horas fijas. Las

viejas devotas caminando con planta presurosa al rosario o a la novena.

El canto monótono de los canónigos resonando profundamente en la soledad

de las altas bóvedas. En Altavilla, a la hora del crepúsculo, los

eternos corros de jóvenes alegres, riendo mucho, hablando alto y

abriéndose amenudo para dejar paso a alguna costurera espiritual o

criada de carnes opulentas a quienes rinden homenaje con los ojos, con

la palabra y no pocas veces con las manos. Y allá, en lo alto del

firmamento, iguales corros de nubes pardas y tristes amontonándose en

silencio sobre la vetusta catedral, para escuchar en las noches

melancólicas de otoño los lamentos del viento al cruzar la alta flecha

calada de la torre.

Estamos en Noviembre. El conde de Onís acostumbra a pasear a caballo lo

mismo en los días claros que en los oscuros. Cada vez menos le place la

compañía de los hombres. Su carácter se ha hecho más receloso y

melancólico. El pecado aniquiló los débiles gérmenes de alegría que la

naturaleza había depositado en su corazón. El temperamento sombrío,

extravagante, fanático de los Gayoso se ha ido exaltando en él poco a

poco con el roer incesante del remordimiento; ha trastornado su

imaginación, ha enervado su escasa actividad y ennegrecido su

existencia.

Le molestan los hombres. En todas las miradas piensa ver hostilidad; en

las frases más inocentes, alguna aviesa intención que hace hervir su

sangre de coraje. No osa entrar en los templos, ni siquiera se deja

caer de rodillas, como antes, frente al sangriento crucifijo del cuarto

de su madre. Si oye hablar del infierno se estremece y huye. Envía

cuantiosas limosnas a las iglesias; encarga misas que no oye; pone

cirios a las imágenes, y en el secreto de su habitación se entretiene a

veces puerilmente en preguntar a la suerte, echando una moneda al aire,

si se condenará eternamente o irá tan sólo al purgatorio. Cuando llega a

sus oídos el canto de los sacerdotes que acompañan a un entierro,

empalidece, tiembla y se tapa los oídos. Por la noche se despierta

amenudo sobresaltado, con un sudor frío, gritando miserablemente: «¡Hay

que morir! ¡hay que morir!»

Por largo tiempo vivió casi en absoluto retirado, sin salir más que

cuando se lo ordenaba aquella voluntad que había logrado señorear la

suya. Después, como sufriese demasiado, temiendo que sus negros

pensamientos acabasen con su razón, le dio por recorrer los contornos a

pie o a caballo, hasta fatigarse. El cansancio corporal prestaba

descanso a su espíritu; el espectáculo de la naturaleza serenaba su

atormentada imaginación.

Era un tarde fría y oscura. Las nubes pesan amontonadas sobre las

colinas que cierran el horizonte por el Norte, y ocultan las altas

montañas de Lorrín que se extienden como una cortina lejana por el

Oeste. Han caído fuertes chubascos que convirtieron en laguna la parte

baja de la ciudad y en lodazales las carreteras que de ella parten.

Apesar de esto el conde manda ensillar su caballo, sale de Lancia por la

carretera de Castilla, y galopa entre torbellinos de lodo al través de

las praderas y los bosques de castaños. Las hojas amarillentas de los

árboles, lavadas por la lluvia, brillan como monedas de oro; mil

arroyuelos serpean vacilantes por la falda de la colina y van a

depositar sus aguas en la llanura, que se dilata verde y mojada con

suaves ondulaciones. Una franja más oscura señala el cauce del Lora, que

se oculta misterioso bajo sus mimbreras y espesas filas de alisos.

El conde, con la cabeza, echada hacia atrás, los ojos medio cerrados,

aspiraba con delicia el fresco húmedo de la tarde. La carretera

flanqueaba la colina en suave declive. Antes de trasponerla y perder de

vista la ciudad, detuvo el caballo y echó una mirada atrás. Lancia era

un montón, no grande, de techos rojos, sobre los que resaltaba la flecha

oscura de la catedral. Debajo percibió una mancha amarilla, el bosque de

robles de la Granja. Más abajo las torrecillas anaranjadas de su casa

solariega.

La lluvia ha cesado. Un viento frío barre las nubes y las precipita

detrás de los montes. El firmamento se despliega trasparente con el

pálido azul de los días de otoño. Algunas estrellas apuntan ya como

diamantes en el horizonte. Los árboles, las montañas, los arroyos, el

valle cubierto de su verde tapiz brillan indecisos bajo la tenue

claridad del crepúsculo.

El conde pone de nuevo su caballo al galope y desciende velozmente por

el flanco de la colina que oculta a Lancia. El viento oprime sus sienes,

zumba en sus oídos produciéndole una dulce embriaguez que disipa las

negras nubes de su imaginación. Por la enlodada carretera no encuentra

sino algún hato de ganado, algún trajinante con su recua, o carro tirado

pausadamente por bueyes, en el fondo del cual duerme descuidadamente el

carretero. Mas antes de trasponer un recodo, cree escuchar rumor lejano

de ruedas y campanillas. Es la silla de posta que llega al anochecer a

Lancia. Al cruzar a su lado dirige una mirada distraída al fondo, y

chocan sus ojos con otros grandes y lucientes. Siente un estremecimiento

eléctrico, vuelve la cabeza con presteza, pero sólo percibe ya la

trasera de la silla que se aleja. Tira de las riendas al caballo y la

sigue: a los pocos momentos se detiene avergonzado y prosigue su marcha.

¿Sería Fernanda? Una sensación fugaz, pero muy clara, se lo decía. Sin

embargo, pudo haberse equivocado. Ninguna noticia tenía de su llegada.

Sabía que se quedara viuda hacía unos meses. Granate había rodado al

fin como un buey bajo el golpe de la apoplejía. Pero al mismo tiempo era

válida la voz de que la viuda del indiano aborrecía de muerte a Lancia

desde la humillante farsa con que sus compatriotas la habían regalado al

casarse. El hecho de no haber venido cuando la muerte de su padre,

acaecida el año anterior, lo dejaba bien probado.

El conde pensó algunos momentos en esto; al cabo se le borró de la

mente; le distrajo una nube violada y espesa que avanzaba hacia el zenit

presagiando nuevo chubasco. Pero en el fondo de su espíritu quedó algo

indeterminado y dulce que le puso de buen humor. Revolvió el caballo y

llegó a Lancia ya bien de noche, chorreando y cubierto de lodo, pero el

corazón ligero y alegre sin saber por qué.

Fernanda no vaciló un instante. Lo vio y lo conoció tan claramente que

pudo hasta advertir las señales que el tiempo y los cuidados habían

impreso en su semblante. Le pareció más viejo; creyó ver en su luenga

barba rubia algunos mechones plateados. Al mismo tiempo en sus ojos,

posados un instante sobre ella, adivinó el sufrimiento, el hastío, algo

triste, que le impresionó alegremente. El recuerdo de su antiguo novio

había vivido siempre en el fondo de su pecho. Ni la traición, ni el

desdén, ni las mil distracciones a que se arrojó en la vida frívola y

bulliciosa de París, habían logrado arrancarlo de allí. Si le hubiera

hallado satisfecho, en la plenitud de su fuerza y salud, no habría

sentido aquel soplo dulce que la acarició un instante. En tal alegría

maligna había el rencor inextinguible de la mujer desdeñada, pero

también algo alado, sonoro, vaporoso, como la esperanza, que cantó y rió

en su alma y disipó los negros pensamientos que se acumulaban sobre su

frente.

La necesidad, no su querer, la obligaban a volver a Lancia, donde había

jurado no poner los pies nunca más. Su marido tenía hecho testamento a

su favor. Los hermanos de aquél lo impugnaban. Se había entablado un

pleito, que ganó en primera instancia. Venía acompañada de una antigua

sirviente de su padre, trasformada en dama de compañía, y de un

mayordomo. Desde Madrid había telegrafiado a una prima, y ésta, en unión

con Manuel Antonio, dos de las niñas de Mateo y algunas amigas más, la

esperaban en la mal empedrada plazoleta del Correo, donde paraba la

diligencia. Y vengan de abrazos y achuchones y besos, y vayan de

preguntas y exclamaciones y lágrimas. La ofendida heredera de

Estrada-Rosa no había imaginado sentir tal alegría al poner la planta en

su pueblo natal.

Sus amigas la llevaron abrazada, casi en volandas, hasta casa. Allí se

despidieron todas, menos Emilita Mateo, a quien Fernanda hizo una seña

para que se quedase. Las dos amigas ascendieron lentamente, cogidas por

la cintura, aquella escalera, amplia, encerada, que tantas veces sus

pies menudos de niña habían pisado. No tardaron en encerrarse en el

antiguo gabinete de la hija de Estrada-Rosa para saborear la hora de las

dulces confidencias. Entre besos y sonrisas y protestas de fiel amistad

se contaron su vida durante aquellos cinco años. Fernanda hablaba de su

difunto marido con una compasión que quería ser triste y resultaba

altamente despreciativa. Vivió con él en una suerte de antagonismo de

ideas, de gustos y deseos, que los mantuvo constantemente alejados. Ni

fue feliz ni desgraciada. Fueron cinco años de aturdimiento en que

desfilaron ante su vista calles populosas, teatros resplandecientes,

hoteles magníficos, salones de baile, trajes deslumbradores, muchos

conocidos y ningún amigo. Su marido se plegaba a sus caprichos a la

fuerza, como un oso indómito que obedeciese gruñendo al palo del

domador. Habían tenido una niña, que se murió a los cuatro meses.

La juguetona Emilia fue muy desgraciada en su matrimonio. Núñez había

salido un _perdis_. Ya lo sabía Fernanda, pero vagamente. En cartas no

es fácil descender a ciertos significativos pormenores. Al principio muy

bien, pero luego las malas compañías le habían echado a perder. Le dio

por el juego primero, después por la bebida, últimamente por las

mujeres. Esto último era lo que más sentía Emilia. Todo se lo perdonaba

de buen grado: que viniese borracho a las tantas de la madrugada, que le

empeñase los pendientes, los cubiertos, hasta el capuchón de abrigo; lo

que no podía sufrir era que se le viese entrar en casa de una perdida

que vivía en la calle de Cerrajerías. Al decir esto la hija del Jubilado

soltaba un torrente de lágrimas. Apenaba más verla llorar, por la

alegría revoltosa que siempre fue el distintivo de su carácter. Fernanda

la acariciaba tiernamente y compartía sus lágrimas. Al cabo de un rato

de silencio le preguntó:

--Pero ¿tú le sigues queriendo?

--¡Sí, hija, sí!--exclamó con rabia.--No lo puedo remediar. Cada vez

estoy más ciega por él.

--¡Vaya por Dios! Tu pobre padre estará también disgustadísimo.

--¡Figúrate!... Y lo peor es--añadió llorando amargamente--que ahora

volvió a su manía antigua contra el ejército... Dice cosas horribles de

los militares... ¡Sí, sí, horribles!... En cuanto yo entro por casa

empieza a disparatar, nada más que por mortificarme... Mis hermanas le

apoyan... Nos llaman holgazanes y dicen... dicen que se debe reducir el

contingente...

Al llegar aquí, los sollozos rompían el tierno pecho de la esposa de

Núñez. Fernanda, que también lloraba viéndola tan afligida, no pudo

menos de sonreír.

--¡Tus hermanas también!

--¡Ya lo creo!... ¡Todos, todos desean que se reduzca!...

Cuando la hija de Estrada-Rosa le hubo demostrado que no era tan fácil

como parecía la reducción de las fuerzas de tierra, su espíritu se

serenó al fin poco a poco. Luego concertaron ambas dar una sorpresa a la

sociedad laciense. Fernanda se presentaría aquella noche sin previo

anuncio en la tertulia de Quiñones. Una alegría infantil se apoderó de

ambas con este proyecto. Así que le dieron forma, despidiose Emilita,

prometiendo volver enseguida a buscar a su amiga.

Eran las diez de la noche cuando subían ambas los peldaños de piedra,

que rezumaban siempre por la humedad, de la vasta escalera señorial de

los Quiñones.

Al llegar arriba Emilita prohibió al criado que las anunciase. Ella

misma abrió la puerta del salón y empujó a Fernanda hacia adentro.

Fue una aparición que dejó extáticos por un instante a los tertulios. La

hija de Estrada-Rosa, lucía un traje elegantísimo recién salido del

taller de una de las más afamadas modistas de París. Su belleza, de la

cual sus compatriotas no conocían más que el delicado botón, se había

convertido en rosa espléndida en los cinco años de vida refinada y

elegante. Maravillosa por la arrogancia de su talle, por el brillo de

sus grandes ojos africanos, por la delicadeza de su cutis, la hermosura

de Fernanda había adquirido en París su complemento necesario, la

gracia, el noble y sencillo ademán, el gusto para vestirse, la suprema

distinción que en Lancia no hubiera logrado jamás. Su traje negro de

seda dejaba descubiertos pecho y espalda. Algunas carreras de perlas

tejidas entre los cabellos componían todo el adorno de su cabeza.

Amalia fue la primera que la vio, y su sangre fluyó de repente al

corazón. Repuesta inmediatamente, corrió a saludarla.

--¡Oh! Ya sabía que usted había llegado; pero no imaginé que fuese tan

amable...

Ambas se miraron a los ojos y se declararon, con un chispazo, el odio

que ardía en el fondo de sus almas. Pero habían cambiado las

circunstancias. Amalia era cinco años atrás la dama más elegante y

distinguida de la población, la única cuyo porte y refinamiento de

costumbres trascendía a otra esfera más culta y espiritual. Fernanda la

aventajaba ahora infinitamente. Aquélla había envejecido de modo

ostensible. Entre sus cabellos se veían ya bastantes hebras plateadas;

su tez, siempre pálida, había perdido toda su frescura; además, había

perdido el deseo y el gusto para vestirse, se había ido plegando poco a

poco bajo la presión de la sociedad ordinaria y cursi que la rodeaba,

adaptándose a ella y descuidándose más y más de su persona. El contraste

era, por lo tanto, más vivo. Bien lo advirtió la noble esposa del

maestrante y se sintió humillada hasta el fondo de su ser. Una sonrisa

de despecho contrajo sus labios mientras cambiaba con Fernanda los

obligados saludos. Ésta gozaba de su triunfo con grave y serena alegría.

Las damas rodeáronla inmediatamente. Fue un diluvio de besos y abrazos

acompañados de vivas exclamaciones de gozo. Los hombres, que formaban

círculo detrás, avanzaron también sus manos y estrecharon con efusión la

de la hermosa viajera. Y entre tanto pláceme y tanta frase

congratulatoria, o por olvido o por vergüenza, nadie osaba hacer alusión

a la desgracia que la joven había experimentado algunos meses atrás; ni

el más mínimo recuerdo para el oso colorado que dormía su sueño eterno

en un cementerio de París. Tan sólo cuando la efervescencia de los

saludos hubo calmado, Amalia la cogió sonriente las manos y exclamó

mirándola de arriba abajo:

--¡Sabe usted que son muy elegantes los trajes de duelo en París!

Fernanda hizo una mueca de desdén.

--Poco importa el vestido si se lleva el duelo en el corazón--apuntó

María Josefa, que en los cinco años trascurridos había aguzado

prodigiosamente el filo, el contrafilo y la punta de su lengua.

Las mejillas de Fernanda se tiñeron de carmín. Se avergonzó como si

fuese un delito no sentir la pérdida de _Granate_. Luego, irritada por

aquella hostilidad, estuvo a punto de mostrar violentamente su enojo.

Volvió la espalda y se puso a hablar con otras damas.

En aquel momento el conde de Onís salió del gabinete y vino a saludarla.

Le tendió la mano con afectuosa sonrisa. Ella le entregó la suya de un

modo glacial, separando rápidamente la mirada. Sin embargo, pudo

advertirse alrededor de sus ojos un círculo pálido que denunciaba la

emoción. Para disimularla se encaminó al gabinete, diciendo con afectada

ligereza que la dejasen libre, que a quien tenía más gana de ver era a

D. Pedro.

El maestrante · 第 14 / 21 段