No hay cuidado; así lo hacen, porque temen dar con ella en tierra. Pero

aun moviendo el columpio con parsimonia, el aire consigue levantar, al

poco tiempo, las enaguas de la antigua doncella. Los oficiales ríen y

empujan el columpio para que se vea más.

--¡Fuerte, fuerte, que algo se pesca!--les grita Paco Gómez.

Las muchachas, entre risueñas y avergonzadas, se tapan la cara y se

abrazan unas a otras diciéndose palabritas al oído.

--¡Alto, alto!--exclama Carmelita.--¡Paren ustedes!

Nadie hace caso. Las ropas de la Niña van subiendo, subiendo: no se sabe

dónde se van a detener.

--¡Alto, alto! ¡Por Dios, señor alférez!

--¡Anda con ella!--rugen los militares.

Y el columpio sigue cada vez más vivo. Nuncita está tan asustada que no

tiene tiempo a pensar en el pudor.

--¡Señor alférez! ¡Señor capitán!--grita Carmelita toda temblorosa,

agitando los brazos, la mandíbula inferior, desdentada, batiendo contra

la superior, desdentada también, con un estremecimiento

particular.--¡Señor capitán, téngase por Dios! ¡Por la Virgen del Amor

Hermoso!... ¡Pare! ¡pare!... ¡pare!

--¡Sooó!--exclama Paco.

Pero el capitán es sueco y sigue apretando. Las enaguas de Nuncita se

encuentran ya en la más alta cúspide adonde pueden llegar. Las jóvenes

se vuelven de espaldas; algunas corren riendo a ocultarse entre los

árboles. Sólo cuando hubieron consumado su obra de desvergüenza se

consiguió que los oficiales aplacasen y permitiesen a Nuncita tomar

tierra. Su hermana, en vez de enojarse con los culpables, la emprende

con ella llena de furor, vibrando rayos por los ojos.

--¡Bájate, picarona! ¡Escandalosa! ¿Es ésa la educación que has

aprendido de tus padres? ¿Es eso lo que te aconseja el confesor?

Nuncita, aterrada, empieza a hacer pucheros y suelta la llave de las

lágrimas. La juventud masculina, lo mismo que la femenina, tratan de

calmar a la enfurecida Carmelita. El capitán y el alférez echan sobre sí

toda la culpa. Es en vano. La cólera no se apaga hasta que no se

descarga de palabras bien ofensivas y pesadas. La pobre Niña, sentada en

el suelo, sollozando, con la cara oculta entre las manos, excita la

compasión de todos los presentes, que no cesan de interceder por ella.

Se trata de saber cuál es la que ha de subirse al columpio después.

Ninguna quiere: es natural. ¿Cómo han de dejarse columpiar por hombres

tan atrevidos y desvergonzados? Es en vano que militares y paisanos

expliquen su conducta en el suceso anterior y hagan juramento de no

reincidir y estar comedidos y prudentes y siempre a las órdenes de las

damas. Éstas no se fían. Sobre todo el teniente Rubio les inspira un

terror pánico considerándolo, y no sin razón, como el alma de todas

aquellas intrigas libidinosas.

Pero cuando más desesperanzados estaban, he aquí que Consuelo, aquella

niña aturdida y resuelta que hacía poco se había encaramado en un árbol,

habla al oído a una compañera y luego se adelanta y dice, con espanto de

sus compañeras:

--Yo me subo. Ayúdenme ustedes.

Un grito de entusiasmo acogió estas sencillas palabras. Por algunos

instantes no se oyó más que ¡viva Consuelo! ¡viva Consuelo! entre la

muchedumbre frenética. No hay quien no quiera ayudarla y quien no la

colme de flores y agasajos. El alférez atlético, con ademán

caballeresco, pone una rodilla en tierra y la invita a que afiance el

pie sobre su muslo. La intrépida joven no se hace de rogar y lo

ejecuta, sentándose de un salto en la tabla. Lo mismo militares que

paisanos se las prometen muy felices y cambian entre sí miradas de

inteligencia, decididos a faltar a su palabra y a pagar la confianza de

la niña con la más negra traición. Mas cuando ya se disponían a dar

comienzo a su obra maléfica empujando el aparato, Consuelo hace seña a

su compañera. Se adelanta ésta con un puñado de alfileres y en un

instante le prende las enaguas por debajo, de tal manera que no hay

forma de que se le vea ni la punta del pie aunque echen a vuelo el

columpio. El sexo femenino aplaude con entusiasmo loco.

--¡Bien, Consuelo! ¡bien!

El masculino, enfadado y mohíno, no se atreve, sin embargo, a protestar

ruidosamente, pero murmura de aquella falta de confianza, mientras la

interesada, orgullosa de su ocurrencia, los contempla con sonrisa

burlona. La desgracia fue completa. Los alfileritos obtuvieron un éxito

tan lisonjero que no hubo niña que se subiese al aparato que no se

hiciese coser la ropa previamente con ellos.

Mientras tales memorables escenas se efectuaban en el bosque, Jaime

Moro, desdeñando los placeres campestres, había logrado catequizar a

Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa para echar un tresillito. Se aburría

en la iglesia, se aburría en el bosque, en la ciudad y en la campiña.

Tan sólo recobraba la serenidad de espíritu y renacía en él la calma y

la alegría cuando tomaba las cartas en la mano. La suerte quiso serle

aciaga. No había naipes en la casa. Pero no se arredra por eso. Baja a

la cocina, llama aparte a un criado, al que le pareció más ligero y

musculoso, y dándole una propina le encarga que a todo correr vaya a la

ciudad y traiga un par de barajitas. Mientras tanto, para que no se le

escapen, hace esfuerzos portentosos por entretener a sus compañeros,

hablándoles de lo que más puede interesarles, sobre todo a don Juan, que

manifestaba tendencias muy señaladas a desertar, seducido por la idea

absurda de dar un paseo por la quinta y hacer una visita al molino como

otros de los invitados. Moro sudaba de congoja temiendo no poder

resistir hasta la vuelta del criado. Felizmente éste llegó a tiempo. En

cuanto tuvo en su poder las anheladas barajas ya fue otro hombre. Seguro

de la victoria los arrastra a una de las salas retiradas del caserón, se

hace traer una mesa adecuada, bujías, cerveza, cigarros y ¡vamos

allá!... Después de haber estado a dos dedos de perderla, Jaime Moro

gozaba de aquella felicidad con una ruidosa alegría que causaba envidia.

Un buen golpe de gente ridícula, sin imaginación bastante para

comprender ni gustar las dulzuras del tresillo, se había ido, con el

Jubilado a la cabeza, a recorrer la posesión y visitar después el molino

de nuevo sistema que el conde había montado hacía poco tiempo. Formaban

la comitiva, entre otros, el novio, el propio capitán Núñez, con

aquellos de sus compañeros menos propicios al sexo femenino, Granate, D.

Enrique Valero, Saleta, Manín y otros pocos. Al conde no se le pudo

arrastrar porque no se le halló. Se dijo que estaba dando órdenes a los

criados y vigilando algunas obras allá lejos, pero no se le halló

tampoco en ellas. Uno que hacía allí de capataz o medio mayordomo se

brindó a servirles de guía.

La finca estaba situada en la pendiente de la misma suave colina donde

está asentada Lancia. A espaldas de la casa se encuentra el bosque, que

le priva de la vista de la ciudad. Así que con hallarse tan próxima

parece que se está a cien leguas de ella, en la amable soledad del

campo. Al mismo tiempo la protege contra los vientos del Norte y del

Oeste, dejándola solamente abierta a las templadas y benéficas

corrientes que vienen del Mediodía y del Este. No llegan hasta allí los

ruidos de la población. Tan sólo las campanas de la catedral suenan a

ciertas horas del día dulcemente amortiguadas por la distancia. La

carretera general va por detrás del bosque. Otra pequeñita, que arranca

de ella, la pone en comunicación con la quinta. No hay en ésta, como ya

sabemos, ningún parque a la inglesa o a la francesa, ni jardincitos, ni

cascadas, ni grutas artificiales. Es una finca mitad de recreo, mitad de

labor. Primero el bosque, luego la casa con su corrada; después un

jardín vasto y abandonado; enseguida praderas inmensas que se extienden

por la falda de la colina y llegan hasta el río y aun lo salvan y se

dilatan por la opuesta orilla. Por estas praderas se ve pastando el

ganado, se oyen sus esquilas y los ladridos de los perros. Es fácil

forjarse la ilusión de que se está en el seno de la naturaleza

solitaria. La paz es profunda y sólo la interrumpe el canto de un pájaro

o el mugido de una vaca.

Los excursionistas recorrieron las cuadras, que estaban bien cuidadas,

pues el conde tenía afición a la ganadería. Sin embargo, Saleta afirmó

que las había visto en Holanda mucho mejores.

--Figúrense ustedes, señores--manifestó con su característico acento

gallego,--que allí a las vacas les atan el rabo con una cuerda, ¿saben?

y lo tienen suspendido para que cuando les da la gana de proveerse lo

puedan hacer sin ensuciárselo.

Esta noticia, rigorosamente exacta, hace soltar la carcajada a los

presentes.

--¡Pero este D. Ramón cuándo se cansará de inventar patrañas!--se

decían los unos a los otros por lo bajo, todo por causa de aquella

maldita reputación de embustero que había adquirido.

--Pue eztán bien atrazaiyo en Holanda, amigo Zaleta--manifestó Valero,

que no le dejaba pasar una.--En Málaga, cuando a alguna vaca le da la

gana de ezo, ze le zienta en un inodoro y ze la limpia depué con papel

higiénico.

Saleta no se dio por ofendido. Estaba tan avezado a la incredulidad de

sus oyentes, que aunque ahora reventase con la verdad no le impacientaba

que no se le creyese.

Cuando hubieron recorrido las cuadras tomaron el camino de los prados a

campo traviesa, y descendieron hasta el río guarnecido, por entrambas

orillas, de alisos, álamos y mimbreras, los cuales formaban a trechos

una mata espesa por debajo de la cual corría oscuro y tétrico. El río

Lora es uno de los menos caudalosos y al mismo tiempo de los más

originales de España. Antes de llegar al mar, «que es el morir,» como

dijo el poeta, se arregla para dar infinidad de vueltas como un viejo

marrullero que pretende burlarse de la ley común a los seres creados.

Imposible imaginarse un cauce más extravagante. Sale de cualquier

población muy resuelto y boyante; parece que va a tragarse las leguas y

marchar impávido hasta el océano. Pero al cuarto de legua se arrepiente,

da la vuelta y retorna lento y cabizbajo cerca del punto de partida, lo

cual hace pensar a algunos, no sin fundamento, que camina cuesta arriba.

Sale de nuevo, no por voluntad, sino apretado por las circunstancias;

esta vez se pierde de vista; todo el mundo cree que se va de veras para

no volver. No es así, sin embargo. El gran zorro, cuando entiende que ya

no le ven desde el pueblo, revuelve muy solapadamente y trata de meterse

otra vez por él, pero le da vergüenza, y antes de llegar se aparta un

poco y va a parar a alguna aldea próxima del mismo concejo. Jamás siguió

una carrera franca y abierta. Como todos los caracteres rebajados,

repugna la luz, aprovecha cualquier coyuntura para deslizarse debajo de

alguna peña o una mata y ocultarse a las miradas de los hombres y

permanecer allí estancado, corrompiéndose en degradante ociosidad. Nadie

se fíe de él. Con sus apariencias de viejo inválido y reumático, incapaz

de dar un paso, ha engañado a muchos zagales. Los invita a bañarse

haciéndoles pensar que no tiene media vara de fondo, y luego los

estrangula miserablemente entre sus aguas verdes. No se hallarán dentro

náyades de celestial hermosura quebrando al nadar con sus brazos de

alabastro los frágiles cristales, ni saldrán de noche a jugar sobre su

linfa las graciosas ondinas, de cabellera blonda. El río Lora es

taciturno, enemigo de toda idealidad poética. Nada de seres

fantásticos. Lo único que alimenta con verdadero cariño es un enjambre

de ranas, tan grande que causa vértigo el pensar qué número de ellas

vivirá bajo su amparo. Ellas son las que se encargan de alegrar con su

voz armoniosa los parajes que recorre.

Ellas fueron también las que impidieron con ruido atronador que Saleta

pudiese afirmar, como afirmó después que se vieron lejos, que estando a

orillas del Yumurí cierta tarde, había tenido la suerte de matar de una

pedrada un cocodrilo. Verdad que bajo la mirada insistente de su colega

Valero se apresuró a rectificar haciendo constar que el cocodrilo era

todavía cachorro y no tenía más que una carrera de dientes.

Siguieron buen trecho la margen sombría del Lora y lo atravesaron por un

puente rústico en el sitio donde el conde lo había desangrado, por medio

de una acequia, para dar movimiento a su molino. Mas en aquel punto, a

los amigos del novio, representantes genuinos del elemento más vigoroso

y masculino del batallón, se les despierta repentinamente el sentimiento

de su fuerza y del poder muscular de sus piernas. Un teniente salta la

acequia. Un capitán, por no ser menos que el subalterno, también lo

hace, pero se moja los pies. Excitado el amor propio, se despoja de la

levita y vuelve a saltar con felicidad. Los demás le imitan. Al

instante toma aquello el aspecto de los juegos olímpicos y todavía más

de la gran batuda americana. Pero Núñez es un eminente saltarín. Así

estaba de antiguo reconocido en todo el ejército y más particularmente

en el arma de infantería. Saltó tres o cuatro veces con gran facilidad;

mas, queriendo, como es lógico, sobreponerse a sus compañeros y dar

prueba gallarda de su destreza, afirma en tono desdeñoso que «aquello no

vale nada» y que él es capaz de saltar la acequia volviéndose de

espalda. Estas palabras fueron acogidas con respeto por sus colegas,

pero también con un silencio que al capitán se le antojó dubitativo. Y

sin aguardar más resuelve confundirlos. No se despoja de una sola prenda

del uniforme, que esto queda para los neófitos; toma vuelo, y al llegar

al borde del agua se vuelve y da el salto, pero con tan mala fortuna que

los pies se le enredan en unos juncos y cae de espaldas tan largo como

era enmedio del arroyo. Se oculta a las miradas de sus amigos por un

momento, y sale al fin bufando y chapoteando como un verdadero tritón,

diciendo que no es nada y que va a saltar otra vez para que se vea. Pero

su padre político no lo consiente. Le pasea las manos por el cuerpo para

cerciorarse de que está calado (¡cómo había de estar!) y, presa de

insana agitación, él, que hacía poco tiempo hubiera exterminado en

pleno a toda la milicia, comienza a gritar:

--¡Es necesario mudarse!... ¡Ahora mismo!... ¡Una pulmonía!...

¡Mudarse!... ¡Fricciones!... ¡Una fiebre reumática!

Y otras exclamaciones más o menos coherentes, que daban testimonio del

profundo interés que la salud del oficial le inspiraba.

Núñez, aunque guerrero, cede a sus instancias y vuelve hacia la casa con

semblante fiero y ceñudo, enteramente resuelto a quitarse hasta los

calcetines y a meterse en la cama mientras se manda propio a Lancia por

una muda. Todos sus amigos le rodean, y así llegan hasta la casa.

Emilita, que está al balcón, al verlos de aquella guisa, pregunta con

sorpresa:

--¿Qué es eso?

--Nada--le grita su papá,--que Núñez se ha caído a la acequia.

Naturalmente al oír esto Emilita lanza un grito desgarrador y cae

desmayada en brazos de varias damas. Núñez, hecho un héroe, despreciando

su propia salud, corre a socorrerla. En pocos momentos se llena la

habitación de vasos de agua y salen a relucir también dos o tres frascos

de antiespasmódico. Cuando empieza a recobrar el conocimiento y llega el

momento crítico de las lágrimas, su hermana Micaela no puede contenerse;

increpa violentamente a su papá.

--¡Esto ha sido una verdadera barbarie! ¿Se ha figurado usted que su

hija tiene el corazón de bronce?... ¡Bien poca delicadeza se necesita

para herir de este modo a una pobre criatura!...

La pobre criatura le paga aquella defensa con una mirada cariñosa de sus

ojos húmedos, apretándole al mismo tiempo la mano. El Jubilado se

encuentra en el último grado del abatimiento y apenas se atreve a

murmurar «que viendo a Núñez vivo a su lado no había razón para tanto

susto.» Las señoras juzgan que Micaela ha estado irrespetuosa con su

padre, pero al mismo tiempo no pueden menos de convenir en que aquello

ha sido un escopetazo, y manifiestan a la desgraciada esposa una

ardiente simpatía.

VIII

El vino de Fernanda.

Fernanda no había presenciado nada de esto. Estuvo a primera hora en el

bosque, haciendo de ninfa pudorosa como sus compañeras; pero cansada

pronto del papel, se apartó de ellas y comenzó a discurrir por los

lugares más solitarios. Su cabeza, tan erguida siempre, se doblaba bajo

el peso del tedio o la preocupación; su talle flexible, ondulante, se

movía sin compás girando a un lado y a otro como el cuerpo de un beodo;

arrastraba los ojos por el suelo, aquellos hermosos ojos africanos que

eran el más preciado ornamento de la noble ciudad de Lancia, y por su

frente pálida cruzaba una arruga bien profunda, signo de pensamiento

fijo y doloroso. ¡Cuánto le había atormentado desde hacía dos meses! La

impresión que los amores del conde habían dejado en su alma, sofocada al

principio por el orgullo, por la esperanza de volver a ellos, se había

dilatado de pronto al conocer el secreto de su desvío, había hecho

irrupción en ella, la había llenado toda y la abrasaba de amor y de

celos. Eran tanto más ásperos éstos cuanto que vio claramente que Luis

la había estado engañando mucho tiempo, le había fingido cariño cuando

amaba ya a otra. La miserable traición de Amalia la sublevaba, le

inspiraba horror y repugnancia; pero la del conde, tenía que

confesárselo, la traspasaba de dolor y acrecía su pasión

desmesuradamente.

Supo, no obstante, mantener su dignidad a flote. Siguió frecuentando el

trato de Amalia y mantuvo con ella en apariencia las mismas relaciones

amistosas, mas a despecho suyo, sin darse ella misma cuenta, había unas

veces en su actitud, otras en sus ojos, otras en su acento, un leve dejo

amargo y desdeñoso que no pasó inadvertido para la penetrante

valenciana. Con su ex-novio se mostró circunspecta, dejó aquel tono

agresivo que con él acostumbraba a emplear y se hizo más suave y formal;

pero también, con gran disgusto suyo, la emoción que sentía al hablarle

se le traslucía no pocas veces en una leve alteración de la voz y en

palideces o rubores enfadosos. Su vida interna, durante aquellos seis

meses, había sido devorada por una actividad febril, ansiosa, mareante,

disimulada con esfuerzo bajo actitud tranquila y altiva. A veces la

sorda irritación que la minaba no podía resistir tanta presión, y

estallaba en un flujo de palabras candentes, injuriosas, que pronunciaba

en voz baja, al advertir algún signo de inteligencia entre los

traidores. Su naturaleza ardiente, orgullosa, lisonjeada por un padre

que llegaría hasta el crimen por darle gusto, y por un enjambre de

adoradores postrados a sus pies, botaba ante aquel obstáculo, el primero

con que había tropezado en su vida, como un potro salvaje.

En estos frenesíes de cólera ideaba vengarse. Escribió varios anónimos a

D. Pedro, pero ninguno llegó a su destino. Antes de echarlos al correo

los rompía. El gran fondo de dignidad que había en su carácter se

sublevaba ante un proceder tan bajo; los rompía vertiendo lágrimas de

despecho. Después de hacer trizas el último que escribió, tuvo ocasión

de alegrarse, pues supo casualmente aquella noche que ninguna carta

llegaba a poder de Quiñones sin pasar por las manos de su esposa. Otras

veces no podía más; se rendía a la pesadumbre de su pena y se dejaba

caer en una butaca, y pasaba largo rato con los ojos extáticos en

meditación intensa y dolorosa. Acometíanle, en estos momentos, súbitos

arranques de ternura; se confesaba sin rubor, con gozo voluptuoso, el

amor que sentía; perdonaba a Luis de todo corazón y se prometía amarle

toda la vida en silencio, no ser jamás de ningún otro hombre. Según

trascurrían los días este sentimiento se irritaba, se trasformaba en

deseo enfermizo, irracional. La excitación de los sentidos, que al fin

despertaban en ella de un modo violento, juntábase al cosquilleo del

amor propio herido, para mantener vivo este deseo. Poco le faltaba,

cuando veía a Luis a su lado, para abrirle su pecho y confesarle la

abrasadora pasión que sentía.

Sin conciencia clara de lo que hacía, Fernanda buscaba a su ex-novio por

la finca. Todo lo que allí había le interesaba profundamente, el bosque,

la casa, los criados, hasta los animales que pastaban en la pradera;

sobre todo esparcía una mirada simpática, brillante de emoción. ¡Cuan

amable le parecía aquel caserón estropeado, roído por la humedad y los

ratones! Después de vagar por las regiones más solitarias del bosque

largo rato, entró distraídamente por los prados; descendió lentamente

hasta cierto sitio donde había algunos obreros abriendo una zanja

profunda para desecar el terreno. Allí supo, sin preguntarlo, que el

conde, después de estar un rato mirando la obra, se había marchado.

Esperó algún tiempo para disimular, y al cabo se apartó con lento paso,

arrastrando la sombrilla, como quien no sabe adónde enderezarse.

En efecto, no lo sabía. Pero no por falta de objetivo, sino porque

ignoraba dónde estuviera éste. Una idea cruel flotaba en su cerebro sin

determinarse con claridad; la de que Luis pudiera hallarse a solas en

aquel momento con Amalia. Poco a poco, a medida que marchaba por el

campo, esta idea fue adquiriendo relieve. Y según se precisaba, le roía

el corazón, se lo llenaba de despecho y de cólera. ¿Por qué? ¿No conocía

perfectamente sus relaciones adúlteras? Pues, con todo, le causaba viva

irritación, le parecía que no debía sufrirlo, que tenía derecho a

impedir que se juntasen. Sin darse cuenta de lo que hacía apretó el

paso. Sus nervios se iban alterando. Cuando llegó a la corrada estaba

enteramente persuadida que los adúlteros se hallaban juntos y solos.

Entró en la casa y, como quien la visita por curiosidad, la recorrió

toda, escudriñó hasta las más apartadas estancias. No logró verlos; pero

la circunstancia de no hallar a Amalia por ningún sitio la confirmó aún

más en su sospecha. Fatigada de tanto buscar, inflamada de anhelo,

nerviosa, salió de nuevo al aire libre. Evitó el encuentro de las

personas que pudieran detenerla y se dirigió al jardín. En cuanto puso

el pie en él despertó vigorosamente en su espíritu la esperanza de

encontrarlos. Aquel rincón de verdura donde los arbustos, creciendo a su

antojo, se entrelazaban hasta formar una masa impenetrable, era a

propósito para las confidencias amorosas. Avanzó con precaución, sin

hacer ruido, por sus senderos casi desaparecidos, tapizados de hierba,

invadidos en muchos parajes por las ramas de los arbustos y la maleza. A

veces, un montoncito de lirios le cortaba el paso, y se veía precisada a

saltar sobre ellos; otras, un rododendro extendía sus ramas para abrazar

a la camelia de enfrente y formaba bóveda tan baja que necesitaba

doblarse mucho para pasar. Antes de llegar creyó sentir leve rumor de

voces. Quedó inmóvil y esperó algunos instantes. Volvió a percibirlo y

se dirigió hacia el sitio de donde partía.

¡Eran ellos! Sí, eran ellos. Mucho antes de oír su voz claramente los

había adivinado. Se paseaban por una calle más ancha y despejada que las

otras, resguardada de un lado por el muro, del otro por alto seto de

boj. Amalia se colgaba del brazo del conde con imperio y negligencia y

hablaba mirando al suelo, mientras él se inclinaba hacia ella risueño,

sumiso, metiéndole las palabras por el oído. Los contempló desde lejos

al través del follaje. La emoción la dejó clavada al suelo algunos

instantes. Por encima del sentimiento de dolor y de ira que la

embargaba asomó su cabeza el orgullo de mujer. Después de examinar con

ojos ansiosos la figura de Amalia no pudo menos de murmurar con

amargura:

--¿De qué se habrá enamorado ese hombre? ¡Si es una gata disecada!

Después pensó:

--¿Qué se dirán?

Acometiole un deseo vivo de escuchar su plática, y sin reflexionar sobre

el peligro que corría, fuese acercando poco a poco al seto, doblando el

cuerpo para no ser vista. Buscó el paraje más sombrío y seguro, y

escuchó. Sólo se les oía cuando cruzaban cerca. En cuanto se alejaban

unos cuantos pasos no se percibía palabra alguna. No pudo recoger más

que retazos de conversación, que resultaban incoherentes.

--Se le rozan mucho los muslos. ¡Si vieras cómo va engordando! Ni con

polvos de almidón ni con los de rosa se consigue suavizar la irritación

de la piel--decía la dama.

--Hablan de la niña--pensó Fernanda.

--No la he visto nunca en el baño. ¡Cuánto daría por asistir a él un

día!

--Es porque no quieres.

--No, no quiero, exponiéndote a tí a un peligro y a que concluya de ese

modo...

No oyó más. Tuvo que aguardar a que llegasen al final de la calle y

diesen la vuelta.

El maestrante · 第 11 / 21 段