quien casi siempre partían las grandes ideas, propuso que se jugase a
_la boba_. No se sabe por qué, pero es lo cierto que este juego poseía
particulares atractivos para la menor de las señoritas de Meré. Es
indecible lo que se placía la ex-novia del teniente Paniagua cuando
lograba encajar _la boba_ a alguna de sus tertulianas, la ansiedad y
desasosiego que se apoderaba de ella cuando la tenía en su poder y no
lograba soltarla. Paco Gómez tomó la baraja y sacó las tres sotas; pero
sabiendo la debilidad de Nuncita y queriendo, según su temperamento,
mortificarla un poco, hizo una señal a la que quedaba, y luego la fue
manifestando al oído a algunos de los tertulios. Resultado de esto fue
que _la boba_ iba casi siempre a parar a manos de la Niña, y allí se
atascaba, sin que apesar de todos sus esfuerzos consiguiese desprenderse
de ella. Con esto, apesar de su apacible natural, se fue impacientando
poco a poco. La tertulia reía y ella también, pero más con los labios
que con el corazón. Al fin, en un momento de cólera echó a rodar las
cartas y declaró que no jugaba más. Carmelita, al ver aquel acto de
descortesía, intervino severamente, como siempre que se desmandaba.
--¿Qué arrebato es ése? ¿A qué conduce esa tontería? ¿Qué dirán estos
señores?... Dirán, con motivo, que no tienes educación, y que en
nuestra familia no ha habido quien hubiera sabido enseñarte... ¡A ver si
coges las cartas ahora mismo!
--No quiero.
--¿Qué, qué dices, necia? ¡Tú, tú, tú eres tonta!... ¿Se habrá visto una
criatura más díscola?... Co... co... coge las cartas enseguida...
La cólera la hacía tartamudear, saliendo de su boca desprovista de
dientes unos ruidos extraños.
--¡Hum!--gruñó Nuncita, torciendo el hocico con mueca de mimo.
--¡Niña, no me enfades!--gritó su hermana mayor.
--¡No quiero, no quiero!--repitió aquella criatura indómita con
decisión.
Y al mismo tiempo se levantó de la silla y arrastrando los pies se fue a
refugiar en el gabinete.
Mas su hermana la siguió inmediatamente en la actitud más severa y
autoritaria que puede nadie imaginarse, dispuesta a corregir aquel
principio de rebelión, que con el tiempo podría traer funestas
consecuencias. Oyose rumor de disputa, sobresaliendo la voz áspera,
irritada, de Carmelita; luego aquella voz se fue dulcificando,
haciéndose persuasiva, razonadora, reprendiendo con suavidad. Llegó
asimismo a los oídos de los tertulios el eco de un sollozo. Por último,
al cabo de buen rato se presentó de nuevo Carmelita, arrastrando los
pies todavía más que su hermana, con los ojos resplandecientes de
autoridad y el ademán majestuoso que conviene a los que necesitan dictar
leyes a los seres que la Providencia les ha confiado. Detrás venía la
Niña avergonzada, sumisa, con las mejillas inflamadas y los ojos
llorosos. Sentose otra vez a la mesa y, sin osar levantar los ojos a su
hermana mayor, que la miraba aún con cierta dureza, tomó humildemente
las cartas y se puso a jugar. Pues bien, este ejemplo conmovedor de
respeto y de sumisión, en vez de impresionar gravemente a los
circunstantes, provocó en casi todos una sonrisa de burla, y en algunos
de ellos algunas inoportunas carcajadas que a duras penas lograron
sofocar.
Sin embargo, el juego no duró mucho tiempo. Acercábase la hora de
diseminarse aquella escogida sociedad.
--María Josefa, hoy he visto a tu ahijada en el paseo--dijo Paco Gómez,
mientras barajaba distraídamente las cartas.--La he dado un beso. Está
cada día más guapa... ¿Cuánto tiempo tiene ya?
--Pues saca la cuenta. La hemos bautizado en Febrero... Dos meses y
medio.
--¿Iba con su madre?--preguntó Manuel Antonio sonriendo de un modo
particular.
--No. A su madre la he encontrado después en Altavilla y he echado un
párrafo con ella--respondió gravemente y con afectada naturalidad.
La mayor parte de los tertulios le miraban sonrientes con expresión de
malicia reservada que sorprendió a Fernanda. Sólo las dos señoritas de
Meré y Granate permanecieron impasibles, sin darse cuenta de lo que se
hablaba.
--Pero ¿a qué ahijada de usted se refiere, a la niña recogida por los de
Quiñones?--preguntó en voz baja la heredera de Estrada-Rosa a María
Josefa.
--Sí.
--¿Entonces?... ¿Cómo hablan de su madre?
--Porque esos dos tienen una lengua muy mala. ¡Dios nos libre de
ella!--repuso la solterona sonriendo también con alegría maliciosa,
mirando al mismo tiempo a la joven con la benevolencia condescendiente
con que se mira a las criaturas inocentes.
--Pero ¿quién suponen que es su madre?
--¿Quién ha de ser? Amalia... ¡Silencio!--dijo apresuradamente, bajando
más la voz.
Quedó estupefacta. Para ella era la noticia tan nueva, tan sorprendente,
que por unos instantes estuvo mirando con ojos pasmados a su amiga como
si no hubiese oído. En el estupor que le causaba, no oyó las primeras
palabras de Paco. Sólo se hizo cargo al concluir de que estaba loando
con calor la belleza de la niña.
--Tiene a quien parecerse--murmuró el marica de Sierra con la misma
intención maligna.--Ya ves... su madre... ¡Y su padre!... Su padre se
cae de buen mozo.
Fernanda, picada repentinamente por vivísima curiosidad, una curiosidad
insana que la puso agitada y anhelante sin saber por qué, se inclinó
otra vez hacia María Josefa, y metiéndole la boca por el oído, le
preguntó con voz alterada:
--Pero ¿quién es su padre?
La solterona se volvió hacia ella y le clavó una mirada donde se
traslucía junto con la sorpresa la misma indulgencia compasiva.
--Pero ¿de veras no sabes?...
La joven hizo signo negativo. Y al mismo tiempo se sintió embargada por
terrible emoción. Una corriente de aire frío atravesó su ser interior
repentinamente. Quedó pálida, pendiente de los labios de María Josefa,
como si de ellos esperase la salud o la muerte. Aquélla advirtió bien su
turbación, y dijo después de mirarla un instante fijamente:
--No te lo digo... ¿Para qué?... Acaso sea todo una calumnia.
Fernanda se repuso instantáneamente.
--Está bien--respondió haciendo un gesto de displicencia.--Cálleselo.
Después de todo, ¿a mí qué me importa todo eso?
Este gesto hirió a la solterona, que se apresuró a decir con aguda
sonrisa:
--Pues precisamente porque a tí te importa es por lo que temo decírtelo.
--No entiendo...
María Josefa se inclinó hacia ella y le dijo:
--Porque dicen que el padre de la criatura es Luis.
Como ya antes había sentido la puñalada, Fernanda quedó impasible y
preguntó con indiferencia:
--¿Qué Luis?
--El conde, muchacha.
--¿Y por qué me ha de importar a mí que sea Luis el padre?
María Josefa quedó un poco desconcertada.
--Como ha sido tu novio...
--¡Pero como ya no lo es!--replicó encogiéndose de hombros
desdeñosamente.
Y se puso a hablar con Granate, que tenía del otro lado. Aquella
indiferencia era pura comedia que su orgullo lograba representar. Una
tristeza inexplicable y penetrante cayó sobre su alma y la invadió por
completo, sin dejarle fuerzas para pensar ni para hacer nada. Si Granate
no fuese un animal, hubiera comprendido enseguida que la sonrisa con que
acogía sus barbarismos y barbaridades era una verdadera mueca sin
expresión alguna, y que los monosílabos y respuestas incoherentes que
dejaba escapar de sus labios denunciaban bien claramente que no le
escuchaba a él, sino a Paco Gómez, Manuel Antonio y los demás que
seguían charlando de la niña expósita.
¡Con qué interés ardiente recogía todas las palabras que se cambiaban
entre aquellos maldicientes! Y a medida que iban poniéndole en claro el
suceso y que iban acumulando pormenores, entreverando frases burlonas y
reticencias de efecto cómico, su corazón se apretaba, se apretaba poco a
poco, como si todos ellos lo fuesen oprimiendo entre sus manos, uno
después de otro, para hacerle daño. Pero su rostro permanecía impasible.
Ni la más leve contracción acusaba el dolor que la mordía.
La tertulia se deshizo a las doce, como siempre. Fernanda sintió gran
consuelo al respirar el aire frío y húmedo de la noche. Tenía ansia de
quedarse a solas con su pensamiento y darse cuenta cabal de lo que
acababa de aprender.
Había llovido mucho. Las calles, empedradas de grueso guijarro,
resplandecían a la luz de los reverberos. Al salir de la casa unos
tomaron por la calle abajo; otros, entre ellos Fernanda, hacia arriba en
dirección a la plaza. Pocos pasos habían dado cuando sintieron el
estrepitoso trotar de unos caballos que doblaban en aquel instante la
esquina y bajaban hacia ellos.
--Ahí está el barón y su criado--dijo Manuel Antonio.
Era la hora, en efecto, en que el excéntrico barón de los Oscos salía a
dar su paseo habitual por las calles de Lancia. Su famoso caballo las
desempedraba haciendo cabriolas, levantando tal estrépito que, aun
siendo el corcel de su criado mucho más paciente, parecía que atravesaba
la ciudad un escuadrón. Al cruzarse con los tertulios, Manuel Antonio,
con el desparpajo que le caracterizaba, gritó: «Buenas noches barón.»
Pero éste volvió hacia ellos el rostro espantable, los miró fijamente
con sus ojos encarnizados y siguió adelante sin contestar. El marica,
corrido, dijo:
--¡Va borracho, como siempre!
Todos asintieron burlando. Pero en el fondo sintieron todos, unos más y
otros menos, el mismo estremecimiento al ver aquella figura siniestra.
Fernanda, por mujer y por el estado especial de su alma, se inmutó
visiblemente: después de pasar siguió todavía con ojos de temor a los
dos jinetes hasta que se perdieron entre las sombras.
Al meterse en la cama, con el corazón apretado, quiso analizar la
emoción que la dominaba; quiso remontarse a la causa. Sintió vergüenza
de ella. Su orgullo le hizo exclamar con rabia y en voz alta:
--¿A mí que me importan esas picardías? ¿Qué tengo que ver con él ni con
ella?
Pero acabado de proferir tales palabras sintió las mejillas caldeadas
por el llanto. La heredera de Estrada-Rosa se volvió rápidamente y
hundió el rostro, cubierto de rubor, en las almohadas.
VII
El aumento del contingente.
Las terribles dificultades que debían de surgir para el matrimonio de
Emilita, a causa de las opiniones antibélicas de su padre, se orillaron
con más facilidad de lo que podía esperarse. La historia no hablará
(aunque mejor razón tendrá que para otros muchos sucesos) de aquel día
solemne en que Núñez fue de uniforme a pedir a D. Cristóbal la mano de
su hija, de aquel abrazo memorable con que éste le recibió,
estrechándole calurosamente contra su pecho civil, de aquella fusión
increíble de dos elementos heterogéneos creados para repelerse, y que
gracias al amor de un ángel dulce y revoltoso se compenetraban y
entendían. Si por casualidad esta página privada fuese objeto de
atención para algún historiador, no tendría más remedio que afirmar la
grandísima importancia de semejante concordia, que hasta entonces se
había juzgado inverosímil, y al mismo tiempo presentar con imparcialidad
el reverso, descubriendo a las futuras generaciones en qué modo el
benemérito patricio D. Cristóbal Mateo fue víctima de una injusticia
social y de la persecución de sus conciudadanos.
Es de saber, que todo el mundo en Lancia se creía autorizado para dar
cantaleta a este respetable y antiguo funcionario acerca del matrimonio
de su hija. Unas veces directa, otras indirectamente, siempre que
tocaban tal punto aludían a las opiniones contrarias al desenvolvimiento
de las fuerzas de tierra sustentadas por él hasta entonces. Al
matrimonio dio en llamársele «el aumento del contingente,» y algunos
llevaron su procacidad hasta darle tal nombre delante de su futuro
yerno. Fácil es de concebir cuánta saliva habría tenido que tragar antes
de perder, como lo hizo, una molesta y mal entendida vergüenza.
Pero a despecho de todas las diatribas y murmuraciones de los vecinos,
que reflejaban, en el sentir de Mateo, más que su naturaleza jocosa, la
envidia que ardía en la mayor parte de los corazones, «el aumento del
contingente» se abría paso. El plazo fijado para realizarlo fue el mes
de Agosto. Cuando llegó el momento había adquirido tal importancia que,
como sucede generalmente en los pueblos pequeños, apenas se hablaba de
otra cosa. Las relaciones del Jubilado y sus cuatro hijas eran
numerosísimas, y todas ellas aspiraban a ser invitadas el día de la
boda. Por otra parte, la misma aspiración alimentaban en su pecho
algunos dignos y pundonorosos oficiales del batallón de Pontevedra
amigos del futuro. No siendo posible reunir tanta gente en el hogar
poético del Jubilado, se pensó en celebrar la boda en el campo. La casa
más a propósito era la de la Granja por su proximidad a la población. D.
Cristóbal se la pidió al conde, con quien tenía extremada confianza, lo
mismo que sus hijas, y éste se apresuró a ponerla a su disposición.
En la iglesia de San Rafael se consumó de madrugada aquella venturosa
alianza, prenda segura de paz entre el elemento civil y el militar.
Bendíjola fray Diego que, por ser el sacerdote más bizarro y el más
firme bebedor de anisado de la capital, gozaba de gran prestigio entre
la oficialidad. Asistieron al acto más de veinte damas y casi otros
tantos caballeros. En cuanto terminó se trasladaron todos a la Granja
para pasar allí el día. Por hallarse tan cerca de la población no se
necesitaban carruajes. Sin embargo, fueron los del conde de Onís y de
Quiñones para trasportar a los novios y a algunas personas de edad
avanzada, como las dos señoritas de Meré. Entre los invitados estaba
casi toda la tertulia del maestrante, bastantes de la de las de Meré y
un número crecido de oficiales.
El conde había hecho asear, hasta donde era posible, el vetusto caserón.
Casi todos lo conocían como su propia casa. Era el sitio obligado de las
giras campestres por hallarse tan cerca y por el hermoso bosque que
tenía. Los condes jamás habían negado el permiso. En cuanto llegaron y
gustaron el chocolate, que les esperaba en el vasto salón con pavimento
de ladrillo de la planta baja que servía de comedor, se diseminaron sin
ceremonia por la casa y por la finca dispuestos a matar las horas del
mejor modo posible hasta que sonase la de comer. La novia, con Amalia,
que había sido su madrina, y otras dos señoras se fue a sentar
gravemente en una de las habitaciones. Tenía los ojos brillantes, las
mejillas coloradas y procuraba inútilmente disfrazar con un continente
digno y serio la profunda emoción que la embargaba. Las que la
acompañaban, casadas todas, la acariciaban sin cesar, pasando la mano
por sus cabellos, dándole palmaditas en las mejillas, cogiéndole las
manos y de vez en cuando inclinándose para estampar un beso en su
frente con esa condescendencia, mitad cariñosa, mitad irónica, con que
las veteranas del matrimonio contemplan a las bisoñas. No hay una de
aquéllas que al acercarse a una novia no sienta vibrar en su pecho el
eco de cierta música lejana y divina; viene a sus labios el gusto de la
miel de la remota luna; pero llega ¡ay! con el dejo amarguillo de
algunos años de prosa matrimonial. En toda mujer casada hay un poeta
desengañado de su musa. De aquí la sonrisa baironiana que aparece en su
rostro al observar la dicha que arde en los ojos de una desposada.
Emilita había cambiado de carácter en un cuarto de hora. Todo lo
juguetona y pizpireta que se había mostrado hasta entonces, aparecía
ahora grave y espetada. Disertaba sabiamente con las matronas, sus
compañeras, acerca de la instalación de la despensa, del servicio
doméstico que todas consideraban en espantosa decadencia, del precio de
la carne. Tan vieja se había hecho en este cuarto de hora, que
sorprendía no ver ya alguna hebra de plata entre sus cabellos de oro.
En cambio a sus hermanas, por extraño contraste, les habían quitado
algunos años de encima desde que la menor tomara la investidura. Habían
retrocedido hasta la infancia. Como criaturas ávidas de aire y de luz
para desarrollarse, lanzáronse al bosque las tres, animando con sus
gritos e inocentes carcajadas el silencio y la paz que allí reinaba.
¡Virgen del Amparo lo que saltaron, lo que rieron, las diabluras que
llevaron a cabo en poco tiempo aquellas loquillas! Para entregarse a los
juegos inocentes, que exigía el retroceso sensible que habían
experimentado de pronto, se quitan las mantillas y dejan suelto el
cabello, tiran los guantes, el abanico, la sombrilla, todo lo que
pudiera simbolizar la juventud, y se quedan gozosas con los atributos de
la adolescencia. No sólo dejan flotando sobre la espalda su cabellera
angelical, sino que se despojan del reloj, de las pulseras y sortijas
que entregan a su papá, colgándose antes de su cuello para hacerle mil
caricias como niñas sencillas y apasionadas que eran; hecho lo cual y al
observar que algunos dignos oficiales del batallón de Pontevedra las
contemplan, huyen ruborizadas y confusas, se recogen las enaguas con
alfileres hasta dejar descubierto el pie y parte de la pierna, y en la
inocencia de su corazón huyen, huyen siempre por el bosque adelante,
esquivando como las ninfas de Diana las miradas ardientes de la
oficialidad.
Y cuando llegan a un rincón apartado y solitario donde las sombras se
espesan, donde no llegan los ruidos mundanales ni penetran los ojos
maliciosos de los hombres, llaman con gritos de alegría, como pajaritos
de Dios, a sus compañeras, las invitan a venir a disfrutar de aquella
amable seguridad donde libremente pueden mostrar sus gracias y recrearse
sin peligro de ser sorprendidas. Entonces una propone jugar a la cuerda
y las demás acceden batiendo las palmas. Jovita es la primera. Salta,
salta hasta que queda rendida y se deja caer sobre el césped, llevándose
la mano al corazón, que palpita con la fatiga, no con la agitación
insana de las pasiones juveniles. Luego salta otra, luego otra y otra
hasta que todas se tienden exánimes pero risueñas, reflejando en sus
mejillas sudorosas y en sus ojos entornados la dulce alegría que se
escapa de un pecho inocente. Y en cuanto descansan se propone jugar «al
milano que le dan--cebollita con el pan.» ¡Qué risa! ¡qué algazara!
¡cómo resuena el dormido bosque con las voces argentinas de aquellas
bellas y tiernas criaturas! Cansadas de este juego se diseminan por un
momento. Algunas forman grupo sentadas al pie del tronco de un roble y
se cuentan en voz baja como suave gorjeo mil puerilidades encantadoras;
otras se entregan apasionadamente a la busca de florecillas azules y
hacen con ellas ramilletes que colocan en el pecho; otras se persiguen,
como las golondrinas en el aire, con chillidos penetrantes. Otras, las
más resueltas, dedican sus esfuerzos a la caza de cigarras y otros
bichos temerosos. Pero luego tornan a juntarse porque hay una chica muy
aturdida que apuesta a encaramarse en un árbol si la ayudan, y hay otra
maligna que dice que sí, que ella la ayudará. Manos a la obra. Empezó la
animosa joven, que se llama Consuelo, a poner sus piececitos en las
rugosidades del roble más asequible. La compañera maligna, que no es
otra que Socorro, la tercera sirena del Jubilado, la sostiene.
Encarámase al fin la primera en la cruz de dos ramas; asciende después a
otra; aplauden las ninfas y la alientan con gritos de entusiasmo...
Mas he aquí que Rubio, el teniente de la tercera, hombre acreditado de
audaz entre sus compañeros de arma y de un genio devastador para el sexo
femenino, se presenta de improviso asomando su cabeza temeraria por
encima de unas matas. Las ninfas, al verle, lanzan un grito y quedan
petrificadas en la actitud en que las sorprende. Consuelo, desde lo alto
del árbol, le apostrofa con violencia. Si en su mano estuviera
trasformaría inmediatamente en ciervo a aquel nuevo Acteón. Acá, para
_inter nos_, es posible que prefiriese trasformarle primeramente en
marido, sin perjuicio de acudir más adelante a la metamorfosis
clásica... Pero Rubio, el teniente de la tercera, conoce perfectamente
el valor de estos gritos y estos apóstrofes. No se inmuta; sonríe
maliciosamente y llama con voz ronca a sus hermanos de armas. ¡Qué
confusión, qué espanto entre aquellas risueñas hijas de los bosques al
aproximarse en columna cerrada los hijos de Marte! Sin recoger las
mantillas, ni los guantes, ni las sombrillas, nada en suma de lo que las
pertenecía, huyen y se desbandan por la floresta lanzando gritos de
terror. Pero los sátiros de pantalón encarnado las persiguen con saña,
las atrapan aquí y allá y las traen cautivas enmedio de risotadas
odiosas. Mientras tanto la pobre Consuelo, encima del árbol y bloqueada
por tres de estos silvanos voluptuosos, se niega terminantemente a bajar
mientras no se alejen por lo menos cincuenta varas. Ellos ¡los crueles!
se niegan. Ruega la ninfa, se irrita, está a punto de llorar; pero ni su
enojo ni sus lágrimas consiguen ablandar el corazón empedernido de los
infames sátiros. Por fin se resigna a descender y, aunque toma muchas y
castas precauciones, éstos logran ver un pie deliciosamente calzado y un
nacimiento de pierna que les hace rugir de gozo. Pero ¿dónde está Rubio?
¿Dónde está el más terrible y feroz de todos ellos? No se sabe, mas al
cabo de mucho tiempo sale de la espesura arrastrando consigo a Socorro,
la más sentimental de las ondinas de D. Cristóbal. En los rasgos crueles
de su fisonomía viene pintada la expresión del triunfo, y en los de ella
la vergüenza y la sumisión de una cautiva. Muchas horas después, en las
últimas de la noche, sentado a una mesa del café de Marañón y rodeado
de ocho o diez de sus colegas, el teniente de la tercera narraba con
sonrisa malévola el vencimiento de la ninfa, calculando lo menos en
veinticinco o treinta los besos que logró robarle en distintos sitios de
su rostro hechicero; y todos los hijos de Marte aplaudían y celebraban
con homéricas carcajadas aquel nuevo triunfo de su heroico compañero.
Finalmente, los vencedores no se mostraron demasiado tiranos, y el orden
se restableció gracias a la llegada oportuna de las señoritas de Meré,
que venían acompañadas de María Josefa y de Paco Gómez. Las autoras y
únicas responsables de todo aquello habían sacado el fondo del cofre.
Carmelita traía un vestido de alepín de seda negra que sólo salía a
relucir en las grandes ocasiones, al paso que Nuncita, por contar menos
años y respetabilidad, podía lucir un traje claro con flores bordadas,
como sólo se ven en los retratos del siglo pasado. Estaban alegres,
rebosando satisfacción por los ojos; pero las piernas no respondían a
aquella eterna juventud de sus corazones: caminaban apoyándose en sendas
muletas y agarrándose con la mano libre al brazo de sus acompañantes.
Fueron recibidas con vivas y hurras. Se oyeron asimismo algunas frases
harto familiares, de esas que nadie más que las benditas de Meré
consentían y reían. Por eso tenía poco mérito el embromarlas. Jamás se
dio el caso de verlas enfadadas con sus amigos, y eso que algunos se
deslizaban en sus guasas hasta llegar no pocas veces a la grosería. En
cambio eran muy propensas a la guerra intestina, esto es, a irritarse
una con otra; pero ya sabemos en qué paraban siempre estas misas.
El espíritu temerario del teniente Rubio, apretado por las
circunstancias, engendró una idea felicísima, es a saber: que para mejor
pasar el rato hasta la hora de comer se construyese un columpio, donde
las damas pudieran gozar la dicha de sacudirse el diafragma algunos
instantes, y los caballeros la de proporcionársela moviendo galantemente
el aparato. Dicho y hecho: se buscan cuerdas, se sierra una tabla; en
menos de un cuarto de hora queda todo terminado. Rubio, mientras se
lleva a cabo, no deja de hacer guiños expresivos a sus compañeros, que
comprenden, sonríen, callan, profundamente admirados, como siempre, de
la audacia y penetración del teniente de la tercera. Ya está amarrado el
columpio. ¿Quién es la primera? Todas manifiestan la misma vergüenza,
idéntico rubor colorea sus mejillas. A una se le ocurre malignamente
proponer que lo estrene Nuncita. Las demás aplauden la idea. Nuncita
resiste aterrada. Carmelita ni concede el permiso ni lo niega. Las
instancias se repiten sin cesar. Los mancebos encuentran la idea cada
vez más original. Al fin, casi a viva fuerza, entre los aplausos
frenéticos del corro, Cuervo, el hercúleo alférez de la primera, levanta
en brazos a la Niña y la sienta en la tabla.
--¡Agárrate bien, Nuncia!--le grita Paco Gómez, mientras el citado
alférez y algunos otros amigos empiezan a mecerla.
--¡Suave, suave!--exclama Carmelita.