decir a Amalia, al acercarse de nuevo.
--Te aseguro que estuve en el Casino. Nos hemos reunido los individuos
de la junta para ver si se ha de decorar nuevamente el salón. Creí que
podría salir a las diez, pero hasta las doce no nos separamos. ¿No
conoces el carácter disputón y minucioso de D. Juan? A casa de las de
Meré hace un siglo que no voy. Tanto, que algunos empiezan a...
Otra vez se perdieron las palabras. ¿Aquel D. Juan sería su padre?
Procuraría enterarse. Cuando volvieron, el conde acariciaba tiernamente
la mano de su querida y sonreía, al hablar, con arrobada expresión de
felicidad.
--Muchas veces me he propuesto dejar de verte. Por la noche, estando a
solas en la cama, me entran terribles remordimientos. Entonces me digo:
«Es necesario que esto concluya. Los dos nos condenamos
irremisiblemente.» Y resuelvo marcharme de Lancia y hasta compongo todo
un plan de vida; viajo con la imaginación por toda Europa; me olvido de
tí; vuelvo al cabo de algunos años, y en vez del amor antiguo se renueva
en mi corazón una amistad tierna y honesta, en la cual podemos descansar
tranquilos sin temor al castigo del Cielo... Pero así que amanece, estas
resoluciones se disipan, sucumbo a la tentación, voy a tu casa, y en
cuanto te veo, en cuanto oigo tu voz adorada...
Fernanda se agarró con mano crispada al tronco de una magnolia.
A la vuelta era Amalia quien hablaba.
--No es verdad eso. Ya te he dicho que para mí siempre hay un punto
negro. Por más que pretendo forjarme la ilusión de ser la primera...
--¡La primera y la última! Yo no amaré a otra mujer más que a ti.
--No sabes los celos que tengo del pasado. Cada día más. Di la verdad:
¿la has querido o no?
--No.
--Entonces, ¿cómo eras capaz de...
No oyó más. Fue bastante para hacer brotar de sus ojos una lágrima.
Trató de huir. Cuando iba a hacerlo observó que los traidores se habían
detenido al extremo de la calle.
Amalia echa los brazos al cuello a su amante, le pone los labios en la
boca y le da un beso que se prolonga, se prolonga una eternidad.
Fernanda cierra los ojos. Cuando los abre de nuevo ve que se alejan
cogidos de la mano.
Los deja salir del jardín. Los sigue inmediatamente. ¿Adónde irán? Una
vez en la corrada, observa que se sueltan y se dirigen a la casa. Entra
en su seguimiento, pero ya habían desaparecido y no sabe en qué
habitación hallarlos. Las recorre todas imprudentemente, cegada por
emoción extraña que no acierta a reprimir, acometida de un deseo vivo,
anhelante, de espiarlos.
--¿Adónde va usted, Fernanda?--le pregunta un joven.
--Ando en busca de la novia.
--Pues va usted mal. Está en el otro extremo de la casa, en una de las
salas que miran al Norte.
Se vuelve para disimular; pero inmediatamente emprende de nuevo la
batida. Llega, por fin, a cierto gabinete cerrado, que no es otro que el
célebre _cuarto de la condesa_. Va a levantar el pestillo, como ha hecho
en otros, pero se queda inmóvil al escuchar un rumor levísimo. Aplica el
oído. ¡Son ellos!
Se aparta de allí, corre como si la persiguieran, se mete por el bosque
y, cuando se encuentra en paraje solitario, se sienta al pie de un árbol
y apoya en su tronco la cabeza. El rostro triste y demudado, los ojos
extáticos, las manos cruzadas sosteniendo una rodilla, expresa su
actitud una agonía desesperada y muda.
Llegó la hora de comer. Se habían colocado en el gran salón de la planta
baja de la casa dos mesas paralelas. Aquella sociedad diseminada se
reunió instantáneamente a la palabra santa de «a comer» lanzada a los
cuatro vientos de la finca por la ruda voz de Manín y por la argentina
de Manuel Antonio. Los sentimientos poéticos, cuando se desenvuelven al
aire libre y enmedio de los bosques, son excelentes para facilitar la
secreción del jugo gástrico. Por eso tanto ninfas como faunos asaltan
con bríos, antes de sentarse a la mesa, las aceitunas, los pepinos, las
rajas de salchichón. Por voto unánime de la milicia y del clero,
representado dignamente por Fray Diego, se cometió a la novia el encargo
de designar sitio a cada cual. La festiva y revoltosa Emilita,
trasformada súbito en severísima matrona, llenó su cometido con tacto y
amabilidad que le valieron el aplauso del concurso. A cada niña iba
dando por compañero y servidor aquel mancebito que era más de su agrado,
y a cada persona mayor aquella otra con quien más congeniaba por su
humor y aficiones. Pero cuando llegó al delirio el palmoteo fue cuando
colocó al teniente Rubio entre las dos señoritas de Meré. Había dejado
para lo último este donaire, que no le hizo maldita la gracia al
interesado. Viéndose oprimido por tales vejestorios, el injusto forzador
quedó amoscado y estuvo a punto de protestar contra la designación de
Emilita y faltar a todas las reglas de la galantería, pero se contuvo.
Al tiempo de sentarse se le ocurrió exclamar mirando a entrambos lados y
parodiando a Napoleón:
--Desde lo alto de estas dos sillas, cuarenta siglos me contemplan.
La ocurrencia se celebró mucho y esto volvió el humor a aquel dañino
animal. Supo contestar tan bien a la vaya que le daban sus amiguitas,
que aquella tarde ganó fama imperecedera de cazurro y de pícaro.
Moro se sentó al lado del conde, y mientras comían no cesó de inculcar
en su alma la ventaja de traer al palacio de Granja una mesa de billar.
Conocía todas las fábricas, pero la mejor sin disputa era la de Tutau,
de Barcelona. Elogió el artículo como si fuese, un viajante de la casa.
A Luis se le conocía en la cara el hastío y el pesar de no hallarse
sentado al lado de Amalia. Pero Emilita no se atrevió a colocarlo en
esta forma, ni tampoco junto a Fernanda. Lo primero sería un escándalo.
Lo segundo, una molestia para ambos.
Se comió como en un banquete de la Iliada. Pero el Aquiles de esta
formidable pelea fue Manín, el bárbaro Manín, que, al decir de los que
estaban a su lado, se comió once calabacines rellenos. Verdaderamente
Manín era digno de ser llamado, si no suevo, ya que esto ofendía al
señor Saleta, por lo menos longobardo. Se habló y se gritó como en una
plazuela. Las tres hadas del Jubilado, que tanto habían ganado desde que
Fray Diego echó la bendición a su hermana en inocencia y gracia
infantil, tiraban bolitas de pan a los oficiales. Éstos echaban miradas
a la novia, haciendo después guiños a su compañero Núñez, y murmuraban
palabras espantosas que les hacían prorrumpir en carcajadas más
espantosas aún. Paco Gómez se peleaba con María Josefa. No se sabe cuál
de los dos era peor intencionado, de quién partían las flechas más
agudas y envenenadas. Saleta, que tenía a su compañero y censor D.
Enrique Valero lejos, se despachaba a su gusto, contando a D. Juan
Estrada-Rosa y a otros dos caballeros cómo se había arreglado para
seducir a cierta inglesa, esposa de un cónsul que había conocido en
Oncón, yendo desterrado a Filipinas. El barco no se detenía allí más que
veinticuatro horas. En este breve espacio la enamoró y logró que se
escapase con él. Pero tuvo que separarse de ella al instante, porque
aquel lance fue objeto de una reclamación diplomática por parte de la
Gran Bretaña. Manuel Antonio, atacado súbitamente de viva simpatía por
un alférez rubio que tenía a su lado, le abrumaba a cuidados y delicadas
atenciones.
--Federico... una aceitunita... No tome tanta mostaza, criatura, que le
puede hacer daño. Resérvese para las perdices. Me consta que están
riquísimas. ¿Quiere Burdeos?... Aguarde, yo me encargo de traerlo...
Y se levantaba solícito, daba la vuelta a la mesa y traía un par de
botellas que colocaba delante del mancebo.
--Se ha puesto usted muy bueno en Lancia. Cuando vino usted hace seis
meses era usted delgadito y pálido. Yo decía: ¡qué lástima de joven, tan
guapo y tan simpático! Porque creía que se iba usted a dañar del pecho.
Se conoce que llevaba usted mala vida allá en Barcelona... ¿No? Pues
mire usted, cualquiera lo pensaría. Me acuerdo que cuando usted llegó
traía una gabardina de color de ala de mosca muy bien hecha y chalina
azul celeste muy linda... Reconozco que le sienta a usted bien el traje
de paisano, pero a mí me gusta usted más de uniforme. Será un capricho,
pero no lo puedo remediar. ¡Vamos, que de uniforme y con esos bigotes a
la borgoñona está usted del todo simpático!
Algunas toses significativas de los oficiales, que se sentaban enfrente,
le paralizaron de pronto. Pero no se corrió ni mucho menos. Era incapaz
de avergonzarse por nada. El que quedó amoscado y se puso muy serio y
ceñudo fue el alférez.
Cuando el banquete daba a su fin, algunos caballeros, favorecidos de las
musas, se levantaron a brindar en verso o cosa parecida. Y los que no lo
hicieron en verso felicitaron en prosa a los desposados, resultando que
lo mismo unos que otros coincidieron en desearles «una eterna luna de
miel.» Y lo mismo el periódico local que al día siguiente dio la
noticia. De todos aquellos brindis el más original e interesante fue el
del padre de la novia, D. Cristóbal Mateo. ¿No había de ser original oír
a este sañudo enemigo de la fuerza armada cantar sus glorias y
declararse partidario frenético del aumento del contingente y del sueldo
a los oficiales? A las pocas palabras que pronunció se mostró tan
enternecido, que algunas lágrimas rodaron precipitadamente por sus
mejillas. No faltó quien dijo que lloraba el vino que había bebido; pero
estamos lejos de dar crédito a esta insinuación malévola, primeramente
porque es un absurdo que se llore vino, y después porque su acento era
tan sincero, su ademán tan patético, que nadie podía dudar de que sus
palabras salían del fondo del corazón.
--...Es un consuelo, sí, es un consuelo que Dios me haya dejado ver a mi
hija casada con un pundonoroso militar... Bien que decir militar en
España es decir pundonoroso... Porque el ejército es la escuela del
honor, como dijo cierto filósofo... Levantar el ejército, honrar el
ejército, es levantar, es honrar el honor de la nación... Levantar el
ejército es levantar el poderío y la prosperidad del país... Levantar el
ejército es colocarnos al nivel de las naciones más grandes de
Europa... Levantar el ejército es vivir respetados por todo el mundo...
Levantar el ejército es levantarnos nosotros mismos... Levantar el
ejército...
--Que se levante el ejército, pero que se siente don Cristóbal--gritó
uno.
El Jubilado quedó parado en firme, echó una mirada de triste
reconvención hacia el sitio de donde había partido la voz, se llevó el
pañuelo a los ojos para enjugarse las lágrimas, bebió con calma lo que
restaba de vino en la copa y se sentó gravemente entre el aplauso y la
risa de los comensales.
Fernanda no había despegado los labios durante la comida. Todos los
esfuerzos de Granate, a quien la amabilidad de Emilita había colocado
cerca de su apetecido dueño, resultaron infructuosos. Ni por hablarle de
la zafra y describirle cómo se recoge el tabaco y hacer cálculos exactos
de lo que se gana en cada caja de azúcar y lo que se ganaría si se
rebajasen los derechos, ni por contar los cien pormenores interesantes
sobre la importación de las carnes saladas de la República Argentina y
del bacalao de Terranova, logró Romeo que su Julieta emitiese más que
secos monosílabos. Lo único que hacía era alargarle de vez en cuando la
copa, diciendo con imperio:
--Eche usted vino.
El indiano se apresuraba a cumplimentar la orden. La joven la apuraba de
un trago, la ponía sobre la mesa y paseaba sus ojos altivos por los
comensales, deteniéndose con insistencia en Amalia. Poco a poco aquellos
ojos iban adquiriendo expresión más sombría, los párpados se le caían,
se ponían encendidos y se movían a un lado y a otro con más dificultad.
D. Santos, a quien sorprendía aquella manera de beber, se atrevió a
decir:
--Fernandita, bebe usted como un sumidero. ¡Porra! Tengo miedo que le dé
a usted un torozón.
--Eche usted vino--respondió Fernanda lanzándole al mismo tiempo una
mirada torva que le desconcertó.
Ya que se hubo brindado, voceado y disparatado bien, el alegre concurso
volvió a diseminarse. Sólo permanecieron en sus puestos el Jubilado y
los oficiales refractarios al amor. Quedaron discutiendo la forma más
adecuada de aumentar, sin gravar mucho al Tesoro, ocho duros mensuales a
los capitanes, cinco a los tenientes y tres a los alféreces. Sin esta
reforma declaraban explícitamente los interesados que se operaría muy
pronto una completa disolución en el ejército, y por lo tanto, dejando
de ser la escuela del honor, ni lo habría en el país, ni nos
levantaríamos jamás a la altura de otras naciones, ni habría
prosperidad ni poderío ni pundonor en toda la vida. Jaime Moro volvió a
trincar a Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa y los arrastró hasta la
mesa del tresillo. D. Juan había perdido y se mostraba reacio, pero el
simpático mancebo logró convencerle con astucia de que, si no le había
dado el naipe por la mañana, era porque él, Moro, nunca había perdido a
esa hora. Cuando le venía la mala era por la tarde. Capaz sería de
dejarse ganar con tal de retenerlos.
Manín, sentado a un extremo de la mesa, sin intervenir en la
conversación de los oficiales, cortaba con su navaja rebanadas de pan y
las comía cachazudamente formando bulto en el carrillo, remojándolas con
largos tragos del Burdeos que había quedado en las botellas. No estaba
conforme con la comida que les sirvió Marañón, el dueño del café de
Altavilla. Después de haberse hartado como un salvaje, decía que todos
aquellos platos eran _perfumerías_, y que donde estaba una fuente de
judías con morcilla, longaniza y huesos de marrano deben callarse los
macarrones. Hay que advertir que para Manín se llamaban macarrones todos
los manjares que no conocía, lo cual caía muy en gracia al maestrante.
Mientras terminaba tan dignamente aquella comida indecorosa no cesaba de
murmurar pestes contra ella, haciendo responsable en parte a D.
Cristóbal, a quien dirigía de vez en cuando desde un rincón largas
miradas de rencor.
De pronto se abren con estrépito las puertas del salón y penetran en él
cuatro muchachas en un estado de agitación que impresionó vivamente a
los circunstantes. Sin hacer caso de los otros se dirigen todas al
mayordomo de Quiñones:
--¡Manín, un oso! ¡Manín, un oso!
--¿Dónde?--pregunta aquél sin inmutarse.
--En el bosque.
--¿Quién lo ha traído?
Ante esta pregunta extravagante quedan las cuatro estupefactas y
suspensas. Una de ellas se atrevió al fin a apuntar tímidamente:
--Ha venido él solo.
--¡Bah, bah, bah!--exclamó rudamente el mayordomo.
Y vuelve a las tajadas de pan con más ardor que antes, dando quizá con
esto la razón a los envidiosos de la aldea, que no querían oír hablar de
los osos que había matado y se emperraban en llamarle zampatortas.
--Vamos, niña, di cómo lo has visto--manifiesta la simpática Consuelo,
que venía en la diputación.
Una, que estaba más pálida que las otras, avanzó y exclamó con trabajo:
--¡Qué miedo! ¡Madre mía, qué miedo! Creí que me moría... porque mire
usted, el oso... ¡el oso era horrible!
En tal estado de sobresalto se hallaba, que no pudo articular más que
palabras incoherentes. Entonces la resuelta Consuelo avanzó a su vez y
dijo con voz firme:
--Verá usted, Manín. Esta niña se encontraba con nosotras en la parte
más espesa del bosque, allá muy lejos. Oyó cantar un pájaro, un malvís,
según creo. ¿No era un malvís?... Bueno, pues oyó cantar un tordo y se
dirigió al sitio donde sonaba. Se alejó bastante y no pudo dar con él.
Cuando se volvía, sale de unas matas el oso, la acomete, la tira al
suelo y sin hacerla daño, no sabemos por qué, huye y desaparece.
El famoso cazador de osos se levanta pausadamente y dice con el acento
firme y sosegado de los héroes:
--Vamos a ver qué es eso.
Pidió una escopeta arriba, y seguido de lejos por las pálidas doncellas,
dio una batida al bosque. Lo único que halló fue un cerdo alemán de la
pareja que el conde había traído para encastar. La hembra había muerto y
el macho vagaba triste y solitario por la espesura mientras se efectuaba
su metamorfosis en morcillas y chuletas. Hubo sospechas vehementes de
que el autor de la agresión fuese este cerdo viudo, pero la joven de la
aventura juraba y perjuraba que había sido un oso quien la había
acometido, y que no le dijeran cómo era este animal, porque lo había
visto muchas veces disecado en el gabinete de zoología de la
universidad.
Fernanda se había marchado mucho antes seguida de Granate. Estuvieron en
el jardín. Allí la joven se le colgó del brazo y dieron algunas vueltas
por la misma calle en que había visto pasear al conde con Amalia.
--Usted está muy enamorado de mí, ¿verdad?--le preguntó bruscamente.
El indiano, sorprendido, murmuró:
--¡Oh, sí! Dicen que estoy como un burro, y es verdad.
--¿Y qué siente usted, vamos a ver; qué siente usted? Explíquese.
--¿Yo?... ¿Cómo?--exclamó sorprendido.
--Sí. ¿Qué siente usted cuando me ve? ¿Qué siente cuando otro hombre se
acerca a mí, el conde, pongo por caso? ¿Qué siente usted en este momento
en que va oprimiendo mi brazo? Descríbame usted sus sensaciones, lo que
le pasa por dentro...
--Yo, señorita... no sé qué decirla... La tengo tanta ley como si fuese
de la familia... Y a don Juan, su padre, aunque sea un poco
cascarrabias, lo mismo... Que sea cascarrabias o no, ¿a mí qué me
importa?... Si me casara con usted, tengo casa, gracias a Dios... Y no
es porque yo lo diga, pero mi casa vale más que la suya, eso bien lo
sabe usted... Pero antes nos iríamos a viajear por Francia, por Italia,
por Ingalaterra, por donde usted quisiera... Y si echábamos abajo cinco
mil duros, ¡que los echáramos!
Granate siguió desbarrando un buen rato en esta forma. Fernanda no le
oía. Al fin le enfadó aquel ruido molesto y dijo con acento colérico:
--¿Se quiere usted callar, hombre? ¿Qué sarta de estupideces está usted
ahí soltando?
El pobre D. Santos quedó anonadado. Pasearon en silencio algún tiempo.
--¡Qué feo es todo esto!--exclamó al cabo la joven.
--_¿Cuálo?_
--¡Todo! La casa, el bosque, los prados, el jardín... Mire usted qué
horrible es esta magnolia.
--La casa muy fea y muy antigua, siempre lo he dicho... Si la dieran tan
siquiera un revoque y me pintaran los balcones, todavía... El bosque no
vale para nada, no trae utilidad, está ocupando un sitio precioso para
hortaliza o espalera de fruta o lo que le manden.
Fernanda soltó una carcajada.
--Usted padeció alguna vez de melancolía, D. Santos.
--¿De tristeza? Nunca. Yo siempre de buen humor. Tan sólo hace un año,
que me comió un bribón ocho mil y pico de duros, tomé un berrenchín que
me duró dos días.
--¡Qué feo está el sol ahora, visto por entre las ramas de los árboles!
--¿Quiere usted que nos volvamos a casa?
--No, lléveme usted hacia el río. Tengo la cara ardiendo y quiero
refrescarla un poco con agua.
Bajaron por los prados, llegaron al río, y allí la heredera de
Estrada-Rosa, contra las prescripciones de D. Santos, se echó agua al
rostro por largo rato. Después que se hubo secado ascendieron de nuevo
lentamente hacia la casa.
--¿Cómo estoy ahora? Bien, ¿eh?... ¡Si viera usted cómo me aburro aquí!
No puedo más; todo esto me fatiga. Yo no nací para andar por los prados
como las vacas. A mí me gustan las ciudades, los salones, el lujo.
Quisiera viajear, como usted dice, por París, por Londres, por Viena.
Qué aburrido es Lancia, ¿verdad? ¡Aquellos eternos paseos del Bombé!
¡Aquel campo de San Francisco! ¡Aquella torre de la catedral tan negra y
tan triste! Luego siempre las mismas caras. La única persona divertida
de Lancia es usted... En cuanto le veo se me suelta la risa sin poderlo
remediar. ¿Por qué le llaman a usted Granate? Yo creo que el color de
usted más se parece al lapislázuli... ¿Usted habrá tenido esclavos allá
en América?... ¡Oh, cómo me gustaría a mí tener esclavos! ¡Es tan
fastidioso eso de pedir las cosas por favor! Pero no, en América, no;
hay fiebre amarilla... Preferiría ir a China.
A medida que hablaba se iba exaltando, se emborrachaba con sus propias
palabras. Los pensamientos salían cada vez más incoherentes. D. Santos
trató de decir algo, pero se lo impidió ella tapándole la boca con la
mano.
--Déjame hablar, hombre. ¿Te lo quieres decir todo tú?
El indiano empezó a inquietarse. La exaltación de la joven iba en
aumento. Hablaba por los codos y le tuteaba rudamente.
--Dame un cigarro.
--¡Fernandita!... ¡Un cigarro!... Se va a usted a marear.
--¡Silencio! ¿Qué dices ahí, tonto? ¡Marearme! Tú no sabes ya qué
inventar para fastidiarme. Dame un cigarro o te dejo ahí plantado.
El indiano sacó la petaca: la gentil heredera tomó de ella una breva, le
arrancó con sus dientes etiópicos la punta y pidió por señas un fósforo.
Granate se lo ofreció encendido, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza en
señal de disgusto.
Cuando hubo dado dos o tres chupadas, puso un gesto avinagrado y
exclamó:
--¡Qué cigarros tan infames! Mira, fúmatelo tú.
Y se lo puso en la boca.
No fue, no, avinagrado el gesto de Granate al chuparlo.
--¡Ya lo creo que me lo fumaré!--exclamó sonriendo beatamente.--Me salen
a doscientos pesos el millar... Pero ahora, después de chuparlo usted,
vale un millón...
--Vamos, no empieces a decir brutalidades. Llévame a casa... Esta luz me
marea.
Llegaron hasta la corrada cogidos del brazo. Allí un pollastre les dijo
desde lejos:
--¿Dónde van ustedes? La gente está en el bosque.
--Dígale usted a la gente que me río de ella--respondió Fernanda con
gesto furioso que hizo sonreír al muchacho.
--¿Tú no conoces la casa?--añadió bajando la voz y dirigiéndose a D.
Santos.--Pues voy a enseñártela toda. Verás.
Subieron la mohosa y estropeada escalera. Fernanda, sin cerrar boca, fue
recorriendo todas las habitaciones del caserón y mostrándolas al
indiano.
--¡Aquí está el célebre _cuarto de la condesa_!--exclamó con singular
entonación al llegar a él.--Vamos a entrar. Estoy cansada.
Entraron y la joven cerró la puerta.
--¿Qué hermoso, eh?... Éste es el cuarto más hermoso y más pícaro de la
casa. Si estos muebles se pusieran a contar secretos divertidos, no
concluirían nunca... Mira, dime pronto algo que me haga reír, porque si
no vas a ver cómo empiezo a llorar lo mismo que una colegiala... ¿Lo
ves? Ya estoy llorando... Siéntate ahí, gaznápiro... ¡Qué bonito chaleco
traes! ¡Qué bien dibuja la redondez de la panza!... Contempla esa cama.
Es grande, ¿eh? es ancha, es hermosa, es artística. Pues mira, yo la
quemaría... Por no sentarme en ella, voy a sentarme sobre tus
rodillas...
Y así lo hizo. Granate al sentir aquella carga tan dulce quedó
enajenado, y con increíble audacia le pasó un brazo por la cintura. La
joven se alzó como si la hubiera pinchado.
--¿Qué haces, bruto? ¿Crees que estamos en la manigua y soy alguna negra
cimarrona?
Después de contemplarle un rato con ojos coléricos, su fisonomía se fue
serenando, sus labios se dilataron con sonrisa dulce.
--¿Me quieres mucho?
--¡Casi na!--dijo el indiano con acento picarón.
--Pues vas a ser feliz un momento. Mira, te voy a permitir que me des un
beso... uno solo, ¿lo entiendes? Pero me has de jurar que no lo ha de
saber nadie...
El indiano hizo un juramento espantoso.
--Bueno, basta. Ahora, dame el beso aquí en la sien. El primero y el
último que me has de dar en tu vida... Espera un poco--añadió alzándose
otra vez.--Por este beso yo te he de dar cincuenta bofetadas en esos
carrillos azules... ¿Admites el trato?
Granate consintió inmediatamente. La niña volvió a sentarse sobre sus
rodillas e inclinó la cabeza para recibir el beso.
--¡Bueno, ahora llega mi turno!--exclamó con infantil
alegría.--Prepárate a recibir los bofetones... ¡Qué carrillos, Dios mío,
tan magníficos! ¿Ves que son azules?... Pues te los voy a poner
verdes... ¡Atención!... ¡Una!... La primera... ¡Dos!... La segunda...
¡Tres!... La tercera... ¡Cuatro!... ¡Cinco!
La mano breve y torneada de la hermosa chasqueaba ruidosamente en las
carnosas mejillas del indiano. Los ojos de éste comenzaron a ponerse
encendidos y encarnizados, como los de un lobo, su sangre llameó
repentinamente y con brusco ademán la sujetó brutalmente por la cintura.
Fernanda dejó escapar un grito ahogado.
--¿Qué tienes?... ¿Por qué te enfadas?... ¡Déjame!... ¡Déjame, bruto!
Luchó, forcejeó con desesperación, pero no logró desasirse...