No fue la única que hubieron de sufrir por parte de sus tertulios.

Acostumbraban éstos aprovecharse de su amabilidad cuanto podían;

recreábanse en su casa, gozaban de la compañía y conversación de las

jóvenes más bellas de Lancia, concertaban algunos su matrimonio, y luego

que lo realizaban, o porque sus negocios o su edad les impedían asistir

a la tertulia, si te vi, no me acuerdo; apenas las saludaban en la

calle. Lo mismo puede decirse de las mamas, tan rendidas y aduladoras

antes de casar a sus hijas, y tan despegadas así que lo conseguían. Pero

tales flaquezas no alteraban el buen humor de aquellas benditas ni

destruían su optimismo. Como se estaban renovando sin cesar los

asistentes a su casa, olvidaban la ingratitud de los antiguos para

pensar tan sólo en el aprecio que les tributaban los nuevos. Además, en

sus corazones no cabía rencor, ni siquiera hostilidad; las bromas no las

ofendían. ¡Y cuidado que algunas eran bien pesadas! La que les dio Paco

Gómez en cierta ocasión hizo raya: aún se cuenta con regocijo en Lancia.

No todas las noches de invierno iban damas a la tertulia. Generalmente

asistían los sábados y los miércoles. Pero había un grupo de muchachos

que casi nunca dejaban de hacerles un rato de compañía a primera hora,

aunque después se marchasen a otras casas. Uno de ellos era Paco Gómez.

En estas noches de soledad se formaba generalmente un partido de

_brisca_. Paco iba de compañero con Nuncita y el capitán Núñez, o Jaime

Moro, o cualquier otro muchacho con Carmelita. Paco una noche se dolió

de que las señas que se hacían durante el juego fuesen tan vulgares y

conocidas: era imposible hacerlas pasar inadvertidas para los

contrarios. Entonces, de acuerdo con el otro, propuso cambiarlas. Él

enseñaría unas a Nuncita, y el contrario otras a Carmelita. Las nuevas

señas fueron todas ademanes obscenos, de esos que no se ven más que en

las tabernas y lupanares. Aquellas inocentes mujeres las aceptaron sin

saber lo que hacían y se sirvieron de ellas con la mayor desenvoltura.

Así que pasaron algunos días, y estaban perfectamente avezadas a

usarlas, Paco invitó una noche a muchos de los tertulios a presenciar el

juego. Resultó una escena de cómico subido. Cada vez que cualquiera de

las dos señoritas hacía una seña, había una explosión de alegría. Pues

bien, apesar de lo brutal y desvergonzado de la broma, las bondadosas

señoritas, en vez de ponerle de patas en la calle y cerrarle la puerta

para siempre, se contentaron al saberlo con hacerse cruces de sorpresa y

reírse como los demás.

--¡Santo Cristo bendito de Rodillero, quién lo diría! ¡Tantos pecados

como hemos cometido sin saberlo!

--Pues yo no los confieso--exclamó Nuncita con resolución.

--Los confesarás, Niña--expresó gravemente la primera.

--Que no.

--¡Niña!

--Que no quiero.

--¡Silencio, Niña! Los confesarás y tres más. Mañana mismo te llevaré a

Fray Diego.

Nuncita protestó todavía sordamente, como una chica mimosa, hasta que

las miradas severas de su Hermana mayor la hicieron callar. Pero todavía

estuvo buen rato enfurruñada. A veces, sin saber por qué, se mostraba

díscola y rebelde en sumo grado. Necesitaba Carmelita hacer gala de toda

su autoridad para someterla. Mas, ordinariamente no sucedía así. Aunque

no le llevase más de tres o cuatro años, Nuncita, por la costumbre

adquirida, por debilidad de carácter, o por ventura porque no le

disgustaba aparecer más joven en presencia de la gente, reconocía la

jefatura de su hermana y la obedecía con una sumisión que envidiarían

las madres para sus hijas. Pocas veces tenía necesidad de reprenderla,

pero cuando lo hacía, Nuncita bajaba la cabeza y al poco rato se la veía

llevarse el pañuelo a los ojos y salir de la sala, mientras Carmelita

seguía sus movimientos con mirada fija, sacudiendo al mismo tiempo la

cabeza severamente. Poco faltaba para que la castigase dejándola sin

postre o mandándola a la cama. Por tales razones y porque Carmelita así

la llamase con frecuencia, D.ª Nuncia, que pasaba algo de los ochenta,

era conocida en Lancia por el sobrenombre de «la Niña.»

En los amores de Emilita Mateo se portaron ambas hermanas heroicamente.

El capitán Núñez fue bloqueado en toda regla. Por espacio de un mes lo

menos, y hasta que le vieron bien encarrilado, ni una silla le dejaron

libre más que la que estaba próxima a la más joven de las chicas de D.

Cristóbal. En el juego de la lotería, al cual se entregaba con pasión

desordenada aquella sociedad, Nuncita se encargaba, sin que nadie se lo

pidiese, de buscarles cartones que fuesen combinados. Cuando se referían

al oficial de Pontevedra y a Emilita hablaban como de una sola persona.

Tan unidos y compactos los apreciaban ya.

Servicios a tal extremo importantes los pagaba el Jubilado con una

gratitud que le rebosaba del alma y le salía por los ojos. De buena gana

se prosternaría ante ellas y les besaría la orla del vestido de cúbica.

Pero su dignidad y aquella larga serie de diatribas contra el ejército

que llevaba colgadas a los pies como grilletes, le impedían estas y

otras manifestaciones. Ni siquiera tenía el consuelo de poder mostrarse

alegre cuando aquel pundonoroso militar acompañaba a su niña en el

paseo. Pero ya se sabe que las señoritas se preocupaban muy poco de la

gratitud de sus tertulios. Los casaban por vocación irresistible de su

espíritu, por una necesidad de su organismo, como teje la araña la tela

y cantan los pájaros en el bosque. Una vez enlazados por el vínculo

matrimonial, los tertulios, lo mismo hombres que mujeres, perdían todo

su atractivo para las señoritas de Meré. Su atención se concentraba

inmediatamente en los nuevos pollastres que venían piando a cobijarse

bajo sus alas protectoras.

Quien les causó una serie de decepciones y amarguras, que a poco dan con

ellas en el sepulcro, fue el conde de Onís. En su vida habían tropezado

con un hombre más incomprensible. ¡Lo que las pobres sudaron para

meterle en vereda, en la florida vereda de Himeneo! Pero aquel diablo se

les resbalaba por entre los dedos como una anguila. Mostrábase durante

algunas noches tierno y amartelado con Fernanda; no se apartaba de ella

el canto de un duro. Las miradas de las dos hermanas se posaban sobre

ellos con visible enternecimiento; procuraban con ahínco que nadie fuese

a interrumpirles; poco les faltaba para mandar a los demás que bajasen

la voz a fin de que no les molestase el ruido. Pues bien,

repentinamente, cuando menos podía pensarse, el conde cometía el absurdo

de alzarse distraídamente de la silla, bostezar y marcharse a hacer

solitarios a un rincón de la mesa. Por su parte Fernanda caía en

idénticas flaquezas, poniéndose a charlar animadamente con el chico del

regente de la audiencia sin dirigir una mirada a su novio. Carmelita y

Nuncita quedaban aterradas cuando esto sucedía, se iban a la cama, presa

de la mayor consternación.

Después del rompimiento definitivo, y cuando al cabo se convencieron de

que la ventura de realizar tan sublime matrimonio no estaba reservada

para ellas, humillaron un poco su ambición y prestaron auxilio a

Granate, que hacía mucho tiempo lo demandaba con instancia. También por

este lado la suerte impía les hirió cruelmente. Fernanda rechazaba con

irritación cualquier palabra suasoria que le dirigiesen en favor del

indiano. Si observaba que las señoritas tenían dispuestas las sillas de

modo que resultase aquél sentándose a su lado, en un instante destruía

su combinación yéndose con ademán displicente al extremo opuesto. Al

formarse las partidas de _brisca_ o de _tute_ no consentía que se lo

diesen por compañero so pena de renunciar al juego. En fin, que estaba

tan alerta y sobre sí que era imposible atacarla por ningún lado. No

obstante, las de Meré persistían en su proyecto y trabajaban por

llevarlo a cabo con paciencia; que es la garantía más segura para dar

cima a las grandes empresas.

Algunos días después de la guasa de Paco Gómez se hallaban en la famosa

tertulia, a más de tres o cuatro pollastres, el mismo Paco, Manuel

Antonio, D. Santos, el capitán Núñez, D. Cristóbal, Fernanda, María

Josefa Hevia y dos de las chicas de Mateo. No se pensaba todavía en

jugar. Todos estaban sentados menos Paco, que daba vueltas por la sala

contándoles la broma que había dado la otra noche en el teatro a Manín,

el mayordomo de Quiñones. Desde que éste había quedado paralítico, su

famoso acompañante andaba sin sombra por la ciudad. Mas, por la gran

confianza que su amo le otorgaba, los tertulios de D. Pedro le guardaban

consideraciones, y apesar de la rusticidad de su trato y del traje

campestre que llevaba, cuando le tropezaban en la calle le abrazaban

familiarmente, le convidaban a entrar en el café y a veces le llevaban

al teatro. Manín para aquí, para allá: el grosero aldeano se había hecho

famoso no sólo en Lancia, sino en toda la provincia. Aquel calzón corto,

aquella media blanca de lana con ligas de color, chaqueta de bayeta

verde y sombrero calañés, le daban un aspecto original en la ciudad,

donde por milagro se veía ya un hombre con este arreo. Era una de las

cosas que más sorprendían a los forasteros, sobre todo viéndole alternar

en cierto pie de igualdad con los señores de la población. No sólo por

respeto al maestrante, sino porque les hacía mucha gracia las salidas

brutales de Manín, éstos se perecían por llevarle en su compañía.

Además, Manín era un célebre cazador de osos, con los cuales se decía

que había luchado algunas veces cuerpo a cuerpo. Los aficionados a tal

clase de ejercicio le profesaban por esto respeto y simpatía. Sin

embargo, los enemigos que el mayordomo tenía allá en su aldea

aseguraban, riendo sarcásticamente, que lo de los osos era una farsa,

que en su vida los había visto, cuanto más luchar con ellos. Añadían que

Manín había sido siempre un zampatortas hasta que D. Pedro había tenido

el capricho de sacarle de la oscuridad. La imparcialidad nos obliga a

estampar esta opinión, que desde luego suponemos infundada. Hay que

confesar, no obstante, que la conducta de Manín, ofreciendo repetidas

veces a sus amigos llevarles a cazar el oso, sin que jamás cumpliera la

promesa, la prestaba cierta verosimilitud. Pero el profesar respeto a la

salud e integridad de los osos de su país ¿es acaso motivo suficiente

para arrojar a un hombre a la cara el calificativo de zampatortas? Nadie

osará afirmarlo. Más lógico es suponer que el célebre Manín era, como

todos los hombres que logran sobreponerse a la multitud, víctima de las

asechanzas de la envidia.

Refería Paco, con el desenfado procaz que le caracterizaba y del que no

prescindía ni aun hallándose entre damas, cómo había llevado a Manín al

palco proscenio que con otros amigos tenía abonado en el teatro. El

mayordomo no había visto jamás bailarinas. Al presentarse éstas en

escena le hizo creer que traían las piernas desnudas. Manín quedó

escandalizado, fijando en ellas sus ojos, donde se pintaba el asombro y

la indignación. «Pues aún no has visto lo mejor; ¡aguarda, aguarda un

poco!» Al comenzar la orquesta a tocar, las bailarinas hacen chasquear

los palillos, y dando una vuelta levantan todas la pierna a la altura de

la cabeza. «¡Sollo!» exclama el pobre tapándose la cara con las manos.

¡Dios sabe lo que pensó que iba a ver!

Paco narraba el lance con naturalidad, paseando de un cabo de la sala,

la cabeza baja y las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Las

jóvenes tertulianas se creyeron en el caso de ruborizarse. Todos reían

menos Granate, que aún tenía en el corazón la broma del día pasado.

Desde su rincón, donde estaba como un oso aletargado, dirigíale miradas

torvas, agresivas. ¿Qué había pasado en casa de Estrada-Rosa cuando el

indiano fue a ella en demanda de la mano de la señorita? Ni a D. Juan ni

a su hija se les pudo sacar una palabra; pero cierta doncellita enteró a

todo el mundo de que D. Juan había rehusado en términos desdeñosos, que

Granate hizo ostentación de sus millones y aun se autorizó el manifestar

que Fernanda no encontraría un matrimonio más ventajoso. Entonces D.

Juan se incomodó, le llamo zángano y lo despidió con cajas destempladas.

Paco, cada vez que sorprendía una de aquellas miradas furibundas,

sonreía y hacía guiños a Manuel Antonio.

--Oye, Carmela--dijo parándose frente a un cuadrito pintado al

óleo,--¿dónde habéis comprado este San Juan?

--¡Jesús! señor--exclamó Carmelita,--no es un San Juan, que es un

Salvador, ¡míralo cómo se ríe el pobrecito!

--¡Ah! es un Salvador. ¿En qué se distinguen?

Las señoritas de Meré, al escuchar tal pregunta, quisieron volverse

locas de alegría. Se les caían las lágrimas de risa.

--¡Ay, qué Paquito! ¡Ay, qué corazón!... ¡No distingue un San Juan de un

Salvador!

Y ríe y que te ríe. Hacía muchos años que no habían oído nada tan

gracioso. Cuando hubieron sosegado un poco y se limpiaron las lágrimas y

se sonaron estrepitosamente con un pañuelo de hierbas, Paco, que gozaba

viéndolas tan alegres, les preguntó:

--Pero vamos, ¿cuándo lo habéis comprado, el Salvador, que yo no lo he

visto hasta ahora?

--Estaba en el cuarto de Nuncia, mi alma; pero allí no estaba bien,

porque tropezaba la cama en él, y lo hemos traído.

--Se lo regaló a Carmela, cuando vivía papá, un pintor de Madrid que

pasó aquí unos días--dijo Nuncita.

--¿Eras tú joven?--preguntó gravemente Paco dirigiéndose a Carmelita.

--Sí, muy jovencita.

--¿El pintor tenía fama?

--Mucha.

--Entonces ya sé quién era, Murillo.

--No; me parece que no se llamaba así.

--Entonces sería Velázquez.

--Ese nombre ya me suena más. Era hombre mozo, muy cortés y muy galán,

¿verdad, Nuncia?... A tí me parece que te hizo algunas carantoñas...

Nuncita bajó los ojos ruborizada.

--¿Quién se acuerda de eso ya?

--Era muy enamoradizo--prosiguió Carmelita;--pero al mismo tiempo bien

criado y bien entendido...

--¿Enamoradizo dijiste? Justo, no puede ser otro que Velázquez.

--No se llamaba Velázquez; se llamaba González--apuntó tímidamente

Nuncita.

Y después de decirlo volvió a ruborizarse.

--¡Eso es, González!--exclamó su hermana haciendo memoria.

--Bueno, es igual, sería un contemporáneo suyo, de la buena raza de

pintores del siglo XVII--manifestó Paco sin turbarse por las carcajadas

de los tertulios, que se espantaban de la inocencia de aquellas pobres

mujeres.

--¿Conque te ha hecho la corte a ti, Niña?--prosiguió cogiendo con dos

dedos cariñosamente la barba de Nuncita.--Me parece que tú debiste de

haber sido muy torerita, ¿verdad, Carmela?

--Fue un poco tentada de la risa.

--¡Carmela, por Dios, que estos señores van a creer que he sido una

coqueta!--exclamó con angustia la Niña.

--No creerían más que la verdad, chica--dijo Paco.--¿Ya no te acuerdas

que has dado oídos a un procurador eclesiástico llamado don Máximo, y

después que éste se iba de tu casa hablabas con el teniente Paniagua por

el balcón?

Nuncita sonrió con enternecimiento al recuerdo de aquellos tiempos, y

repuso bajando los ojos con graciosa timidez:

--D. Máximo venía a casa todos los días, pero nunca me requirió de

amores.

--¡Qué amores ni qué calabazas!--exclamó Paco.--Di tú que quien te

gustaba de verdad era el teniente, y concluirás más pronto.

--¿Conque ha estado usted enamorada de un militar?--preguntó con

graciosa volubilidad Emilita, dirigiendo al mismo tiempo una mirada

provocativa a Núñez.--Pues ha tenido usted bien mal gusto.

El Jubilado se puso repentinamente serio y se le erizaron los bigotes de

terror ante aquella salida de su hija; pero se tranquilizó

inmediatamente al observar que el capitán, en vez de darse por ofendido,

la pagaba con una sonrisa amorosa y lo echaba a broma como todos los

demás.

--No es ella sola la que ha tenido ese mal gusto--expresó con marcada

intención Carmelita, muy alegre de haber encontrado aquel rasgo de

ingenio.

--Y ¿quién era ese teniente?... Algún trasto... ¡cómo si lo

viera!...--tornó a preguntar Emilita con la misma adorable ligereza.

--¡Alto, alto, Emilia!--manifestó Paco.--Paniagua era teniente de los

tercios de Flandes y muy bizarro.

--No, corazón, no--se apresuró a rectificar Nuncita,--que era de la

guardia real.

--¿No era arcabucero?

--No, mi alma; de la guardia real te digo.

D. Cristóbal disimulaba la risa con un flujo de tos. Manuel Antonio y

los pollastres reían descaradamente.

--Paniagua era hombre muy notable--prosiguió Paco.--Poseía esa decisión

que tan bien sienta a los militares. El mismo día que llegó vio a Nuncia

por la mañana al balcón. Por la tarde le entregó en el pórtico de San

Rafael, al salir de la novena, un billete de declaración, que empezaba:

«Señorita: Entre confuso y medroso, y dudando si en gracia de lo rendido

me perdonará usted lo osado, confieso que mi único delito consiste en

amar a usted...»

--¡Qué picarón! ¡cómo lo recuerda!--exclamó Nuncita, enternecida de

verdad.

Lo cierto era que Paco, a quien la Niña, después de muy rogada, había

mostrado las cartas que conservaba de Paniagua, se había aprendido de

memoria aquel originalísimo documento y lo recitaba en todas partes para

regocijo de sus amigos.

--Eso se llama un hombre resuelto. Así se manifiesta el carácter de la

persona. ¡Qué diferencia de los militares de hoy, que antes de

declararse a una muchacha la pasean un año la calle y luego tardan otro

en decir: «Niña, ¿cuándo nos vamos a la vicaría?»

Pronunció estas palabras mirando al rincón donde estaban Emilita y el

capitán. Éste recogió la alusión y se puso serio. La chica se hizo la

distraída, pero agradeciendo mucho a Paco en el fondo de su corazón el

capote, mientras el Jubilado se atusaba el bigote con mano temblorosa,

temiendo que Núñez se enfadara, pero alegre al mismo tiempo por la

esperanza de que estos capotazos oportunos le sacaran de su atonía.

Cansados de platicar, los pollastres propusieron jugar un ratito a las

prendas. Es un juego donde los hombres de criterio siempre pescan algo.

Fernanda consintió en que Granate se sentase a su lado. Los guiños de

Paco, que había sorprendido, le habían hecho mal efecto. Era una

criatura muy orgullosa, pero en la cual se hallaba arraigado el

sentimiento de justicia. No podía sufrir que se burlasen en su

presencia de nadie, aunque fuese del ser más ínfimo y despreciable.

Podía decirse que el sentimiento de la dignidad, que era en ella tan

delicado y vidrioso, la hacía sentir las heridas causadas en la de los

otros con más viveza. Aunque aborrecía a Granate, la molestaba que se le

mortificase en su presencia, sobre todo si era por su causa; sin

perjuicio, por supuesto, de que ella le diese a cada momento

descomunales desaires; pero entendía, y no le faltaba razón, que los

desdenes de la mujer que se ama, si causan dolor, no resqueman como las

burlas. El indiano, que se vio tan honrado, no cabía en sí de gozo, y

comenzó con voluntad excesiva y la ordinariez que le caracterizaba a

prodigarle mil atenciones. Fernanda las recibió con semblante grave,

pero sin repugnancia.

Y vino, como es natural, aquello de las «tres veces sí y tres veces no,»

el «contentar a todos los presentes,» «un favor y un disfavor,» etc.,

etc. La sociedad se recreaba con lo que se habían recreado sus padres y

sus abuelos, y con lo que pensaban que se recrearían sus hijos.

¡Inocentes! Había allí un espíritu, sin embargo, que no merecía este

calificativo. Paco Gómez jugaba con una condescendencia displicente,

como hombre que se adelantaba mucho a su época, cometiendo mil torpezas

y desaciertos que demostraban la distracción que caracteriza a los

seres superiores. En cambio, Núñez tenía puestos los cinco sentidos. No

se vio jamás hombre más erudito en aquellas materias ni que las tratase

con más profundidad. Su inteligencia lúcida había penetrado en todos los

secretos del juego de prendas y sabía sacar de cada uno el partido

posible, extraer todo su jugo, según pedían las circunstancias. Por

ejemplo, cuando una señorita debía contentarle, quedaba sordo

instantáneamente. La joven se veía obligada a inclinarse más y más,

hasta que sus labios de carmín rozaban la oreja del capitán. Si quedaba

condenada a hacer el papel de esquina de la Puerta del Sol y, por

consiguiente, a sufrir que le pegasen carteles en la cara, que se

recostasen contra ella, etc., etc., el profundo Núñez no soltaba la

presa en tanto que no pasease las manos por todas las regiones de su

cuerpo. Pero cuando dio más claras muestras de su talento portentoso y

de los vastos conocimientos que había logrado adquirir en aquel ramo del

saber, fue al proponer que la señorita a quien acertase lo que tenía en

el bolsillo quedase obligada a darle un beso. Tal seguridad tenían todas

de que nada conseguiría, que no vacilaron en aceptar la proposición.

Erró, efectivamente, al vaciar con el pensamiento el bolsillo de

Carmelita, erró con Fernanda, con María Josefa, con Micaela, y ¡miren

qué diablo! fue a acertar precisamente con Emilita. Unas tijeras, un

pañuelo, un dedal y tres caramelos. La niña se puso a gritar batiendo

las palmas, toda nerviosa: ¡Trampa, trampa! El capitán, sereno,

apacible, grandioso como un héroe de la antigüedad, rechazó aquella

imputación y demostró hasta la saciedad que allí no cabía trampa alguna.

--...A no ser--añadió sonriendo mefistofélicamente--que estuviera usted

convenida conmigo para dejarme ver de antemano lo que tenía en el

bolsillo.

La niña protestó aún más ruidosamente contra esta hipótesis indecorosa,

se puso agitada hasta un grado incomprensible y, levantándose con

viveza, corrió al extremo opuesto de la sala, lo más lejos posible del

capitán, como si éste fuese a tomar por la fuerza lo que de derecho le

correspondía. Hubo quien se puso de parte de ella (las mujeres) y quien

tomó partido por él (casi todos los hombres). Armose en la sala un

zipizape de mil demonios. Todos hablaban, reían, chillaban sin acabar de

entenderse. Pero la que más gritaba y gesticulaba era, como es fácil de

comprender, la interesada. Sin embargo, don Cristóbal, viendo que

aquello llevaba trazas de no concluir, y queriendo dejar a salvo la

formalidad de su progenie, intervino en la disputa como un dios

majestuoso que extiende la diestra para calmar las olas del mar

embravecido.

--Emilita--pronunció con firmeza,--juego es juego. Dale un beso a ese

caballero.

Adviértase que no dijo «al capitán,» ni siquiera «a ese señor oficial.»

Todavía sus labios civiles repugnaban dejar paso a una palabra de orden

exclusivamente militar.

--¡Pero papá!--exclamó la hija menor, roja ya como una amapola.

--¡Vamos!...--profirió con la diestra extendida y en la actitud más

imperativa que pudo adoptar jamás un dios jubilado.

No hubo más remedio. Emilita, confusa y avergonzada, con las mejillas

convertidas en dos brasas, se acercó vacilante al heroico capitán de

Pontevedra, fértil en toda clase de astucias, y le rozó con el carmín de

los labios la tierra amarillenta de sus mejillas.

Mas hete aquí que, apenas lo hubo efectuado, saltó hecha un basilisco

Micaela, la más irascible de las cuatro nereidas que nadaban en las

profundidades de la morada del Jubilado:

--¡Qué desvergüenza!... Esos no son juegos decentes, sino suciedades...

No me extraña de Núñez, porque los hombres ¿a qué están? Me extraña de

tí, Emilita... Me parece que un poco más de pudor y vergüenza no te

vendrían mal... Pero ¡cómo la has de tener si los que tienen obligación

de ponértela son los primeros en empujarte a lo malo!...

Aquella sangrienta diatriba contra el autor de sus días dejó a éste

pálido y clavado al suelo. Hubo un instante de silencio embarazoso. Una

nota tan destemplada les sorprendió. Sin embargo, todos se apresuraron a

defender a Emilita y a protestar de la pureza y la perfecta inocencia de

tales juegos. El argumento que más se repetía, y el que a todos les

parecía incontrastable, era que, no habiendo malicia, aquello no valía

nada, porque lo importante en estos asuntos es la intención. El beso ¿ha

sido dado con intención?--decía uno de los pollastres más

dialécticos.--¿No? Pues entonces como si no se hubiera dado. Núñez

asentía gravemente, un poco amoscado y mirando de reojo a su futura

cuñada. Pero ésta no se rendía a demostraciones tan evidentes y se

obstinaba en pedir, cada vez con mayor violencia y más altas voces, un

poco de vergüenza para su hermana menor y unas migajitas de sentido para

su señor padre. Mas como al cabo nadie se presentaba con estas cosas en

la mano a satisfacer sus votos, no tuvo otro remedio que ir bajando el

diapasón, hasta que al fin sus coléricas protestas se fueron

trasformando poco a poco en murmullo sordo y amenazador como el de los

truenos lejanos. Y la tertulia recobró su dulce sosiego habitual.

El maestrante · 第 9 / 21 段