Sin embargo, Granate no acababa de rendirse. Como un mastín a quien

rodean los chicos y tratan de congraciársele haciéndole caricias,

echábales miradas recelosas y dejaba escapar de vez en cuando gruñidos

dubitativos. Manuel Antonio agotó el repertorio de sus argumentos

sutiles y femeninos, apoyados por sendos abrazos, palmaditas o

pellizcos. Estuvo elocuente y sobón hasta lo infinito. Paco le dejaba

decir y hacer echándole de través miradas socarronas, convencido de que

Granate acogía siempre con desconfianza sus palabras. Pero a última hora

intervino para dar el golpe definitivo. Después de hacerse rogar mucho

por sus dos auxiliares, y de suplicar encarecidamente y por los clavos

de Cristo que aquello permaneciese en secreto, sacó al fin del bolsillo

una carta. Era de Fernanda a una amiga de Nieva. Explicó primero de qué

modo casual había venido a su poder, y después leyó en voz baja y con

aparato de misterio el siguiente párrafo: «Lo que me dices de Luis no

tiene fundamento. No he vuelto ni volveré a reanudar mis relaciones con

él por razones muy largas de explicar, algunas de las cuales ya conoces.

Lo de D. Santos, aunque por ahora no hay nada, lleva mejor camino. Es

viejo para mí, pero me parece muy formal y cariñoso. Nada tendría de

particular que al fin cayera con él.»

Granate atendió con extremada fijeza, abriendo de modo descomunal sus

ojazos. Cuando Paco terminó la lectura dijo con voz profunda, como si

hablara consigo mismo:

--Esa carta es _ipócrifa_.

Volvieron los tres a mirarse haciendo lo posible por contener la risa.

Manuel Antonio aprovechó la ocasión para darle un abrazo más.

--¡Anda tú, grosero, desconfiadote! Enséñale la carta, Paco... ¿Tú

conoces la letra de Fernanda?... ¿No?... Pues yo sí y aquí D. Cristóbal

también, porque Emilita recibe a cada momento cartas de ella... Tú eres

demasiado modesto, Santos. Yo no te diré que seas un real mozo, pero

tienes cierta gracia y cierto aquel... vamos...

--¡Ya lo creo que lo tiene!--exclamó Paco.--Bien puede usted fiarse de

Manuel Antonio, que es voto en la materia.

--Cualquiera puede distinguir, querido--profirió éste, picándose

repentinamente.--Teniendo ojos en la cara se sabe lo que es hermoso, lo

que es feo y lo que es mediano.

Y no quiso emplear más saliva en secundar los planes de Paco. Dejaron,

pues, a Granate en paz, y el marica cambió de conversación.

--Ahí vienen sus amigos, D. Cristóbal.

Éste levantó la cabeza y vio venir hacia ellos paseando ocho o diez

militares. Eran oficiales del batallón de Pontevedra, que, a su

despecho, había llegado recientemente de guarnición a la ciudad. Mateo

rechinó un poco los dientes y bufó repetidas veces para indicar todo lo

odioso que le era la fuerza armada. Después exclamó con irónico

retintín:

--¡Cómo me encantan los guerreros en tiempo de paz!

--Les tiene usted mucha manía, D. Cristóbal. Los militares no dejan de

ser útiles.

--¡Útiles!--exclamó el Jubilado encrespándose.--¿Qué utilidad traen,

vamos a ver? ¿En qué son útiles?

--Hombre, mantienen la paz.

--La guerra es lo que mantienen. Para librarnos de los ladrones basta la

guardia civil. Ellos son los que fomentan el malestar y la ruina de la

nación. En cuanto ven las escalas paradas se sublevan en uno u otro

sentido, que eso es para ellos lo de menos, y ¡vengan empleos y cruces

pensionadas!... Yo sostengo que mientras existan soldados no habrá

tranquilidad en España.

--Pero, D. Cristóbal, ¿y si una nación extranjera nos atacase?

El Jubilado dejó escapar una risita irónica y sacudió algunas veces la

cabeza antes de contestar.

--Pero ven acá, infeliz, la única nación que puede atacarnos por tierra

es Francia, y si Francia se decidiese a hacerlo, ¿de qué nos servirían

todos esos oficialitos tan guapos y bien uniformados?

--Además, los soldados son un bien para la población por lo que

consumen. Los comercios ganan, las casas de huéspedes lo mismo...

Manuel Antonio defendía a la milicia sólo por oír a Mateo y ponerle

fuera de sí. Ahora se observaba un dejo de ironía en sus palabras y

mayor deseo de exacerbarle.

--¡Eso es!... ¡Ahora sí que me has apabullado! ¿Y de dónde viene ese

dinero que consumen, majadero?... ¡De tí y de mí y del señor, de todos

los que pagamos algo al Estado en una u otra forma!... El resultado

final es que ellos consumen sin producir, que son un mal ejemplo en las

poblaciones, porque la ociosidad en que viven corrompe a los que ya son

un poco propensos a la vagancia... ¿Sabes tú cuál es el gasto del

ejército? Pues entre los ministerios de Guerra y Marina consumen más de

la mitad del presupuesto. ¡Es decir que la administración, la justicia,

la religión, los gastos que ocasionan nuestras relaciones con los demás

países, las obras públicas y el fomento de todos los intereses

materiales no cuestan tanto al contribuyente como esos caballeritos del

pantalón encarnado!... Que las demás naciones de Europa tienen un

ejército poderoso, bueno, ¿y qué? Allá ellas. Las demás se pueden

permitir ese lujo porque tienen dinero. Pero nosotros somos unos

pobretes; no tenemos más que fachada... Además, en otros países hay

complicaciones internacionales, de las cuales por fortuna estamos

libres. La Francia no nos atacará por miedo a la intervención de las

potencias; pero si nos atacase, lo mismo nos conquistaría con ejército

que sin él...

El Jubilado se repetía, manoteaba para dar nueva fuerza a sus

argumentos, echaba fuego por los ojos. Manuel Antonio le dejaba

irritarse con visible satisfacción. En aquel momento pasó cerca el grupo

de los oficiales, que dieron las buenas tardes cortésmente. Todos

contestaron menos D. Cristóbal, que se hizo el distraído.

--Yo creo que está usted muy exagerado, don Cristóbal. ¿Qué tiene usted

que decir del capitán Núñez, que acaba de pasar ahora? ¿No es todo un

buen mozo y una persona atenta y fina?

--Con un azadón en la mano estaría mucho mejor y sería más útil a su

país--murmuró sordamente el Jubilado.

--Pues no tiene usted más que ponérselo en cuanto sea su yerno, porque,

según cuentan, es novio de su hija Emilia--dijo el marica recalcando las

palabras con extremado gozo.

Paco y D. Santos rieron. D. Cristóbal quedó anonadado. Apenas pudo

mascullar trabajosamente:

--¡Quién hace caso de esas boberías!

Y no volvió a chistar. Aquella noticia le había llegado a lo profundo

del corazón, le ponía en la situación más difícil en que estuvo jamás

hombre alguno. Los demás no dejaron de notar este silencio, y se hacían

guiños y se dirigían sonrisas por detrás de su espalda.

Pero Paco también estaba preocupado. Cuando se le metía en la cabeza, en

aquella cabeza como un puño, mal amasada, un bromazo como el que tenía

proyectado, andaba inquieto, afanoso, lo mismo que el poeta o el pintor

que tienen una obra entre manos. Después de varios días de machacar por

él logró al fin, casi, casi, decidir al indiano. Se trataba nada menos

de que éste fuese a pedir con toda ceremonia a D. Juan Estrada-Rosa la

mano de su hija Fernanda. Según Paco y los que le secundaban, era el

medio más directo y más adecuado de conseguirla. Todo lo demás, andarse

por las ramas. El día en que D. Juan viese que le entraban diez millones

por la casa andaría de cabeza por convencer a su hija. Y ella misma no

les haría asco. ¿Pues qué, no siendo con el conde de Onís, con quién

mejor podía casar que con un hombre tan rico, tan formal, tan sano y tan

_ilustrado_? Este último epíteto, proferido por Paco con grave

continente, estuvo a punto de echar a perder el asunto, porque no faltó

quien sofocase a duras penas la carcajada. Granate quiso advertirlo,

miró a Paco con recelo y volvió a mostrarse desconfiado y reacio algunos

días.

Llegó un momento, sin embargo, en que el indiano creyó en sus palabras.

Fue después de haberle oído en el Casino desde una habitación contigua

atacar duramente al conde de Onís. Aquel día se decidió a darle crédito

y convino con él la manera de llevar a cabo la petición que le

aconsejaba. Paco opinó que lo mejor sería no decir nada previamente a la

chica. Así como los buenos generales, para asegurar la victoria, suelen

caer de improviso y con sigilo sobre el ejército enemigo, lo más hábil

en este caso era entrar inopinadamente en la casa, llamar a don Juan a

una conferencia reservada y abordar de frente el negocio. Por el

banquero no había cuidado: se pondría como unas pascuas. La chica

recibiría gran sorpresa, pero esto mismo la aturdiría y la pondría más

blanda. Las cosas graves de la vida se deciden generalmente por una

corazonada. El que no se arriesga no pasa la mar. En resumen, que

Granate se entregó a discreción y comenzaron los preparativos para la

gran solemnidad. Lo primero que se trató fue la hora. Quedó resuelto que

fuese a las doce del día. El traje fue objeto de animadas pláticas. Paco

opinaba que, para presentarse bajo un aspecto más imponente, convendría

vestirse algún uniforme, por ejemplo, el de jefe honorario de

administración civil. No era difícil conseguir el nombramiento

sacrificando un puñado de oro; pero esto dilataría más de un mes la

realización de la empresa. Se desechó el uniforme y se convino en que

vistiese frac negro y llevase colgada la medalla de concejal. Fijose por

último el día: resultó un lunes.

Desde mucho antes el traidor había deslizado en la conversación,

hablando con D. Juan Estrada-Rosa, la especie de que Granate se jactaba

de ser deseado y requerido por él para yerno. D. Juan, que era también

rico y tenía su cacho de orgullo, y sobre todo adoraba a su hija y creía

que el día menos pensado vendría un duque de Madrid a pedírsela, se

irritó grandemente, le llamó rústico, podenco, y juró que, antes de ver

a su hija casada con semejante cafre, preferiría que se quedase soltera.

--Pues tenga cuidado, D. Juan--dijo Paco sonriendo

maliciosamente,--porque el día menos pensado se presenta en casa a

pedirle la mano de Fernanda.

--No lo hará tal--respondió el banquero.--Demasiado sabe que le echaría

por la escalera abajo.

Con estos antecedentes el terrible humorista de Lancia marchaba sobre

terreno seguro. Fuera de los tres o cuatro amigos que le ayudaron a

persuadir a D. Santos, a nadie dio parte de la intriga; pero el domingo

por la tarde, víspera del acontecimiento, lo mismo Manuel Antonio que

él, lo fueron pregonando por todos los grupos y citándose para el día

siguiente en el café de Marañón. En provincia, donde son escasos los

medios de divertirse, se toma muy por lo serio esta clase de bromas, se

preparan con fruición, se paladean de antemano. La de Paco fue acogida

con vivo entusiasmo por la juventud laciense. La víctima no era un pobre

diablo, cómo solía acontecer, sino un ricachón. Esto le prestaba doble

atractivo. En el fondo de todos los corazones hay siempre unos granitos

de odio para el que tiene mucho dinero. Corrió por el paseo la voz, y al

día siguiente se presentaron en el café de Marañón más de cincuenta

mancebos.

Pero no se dieron a luz en tanto que no pasó Granate. El café estaba

situado en un piso principal (por aquel tiempo no se usaban los bajos

para este destino) de la calle de Altavilla, casi enfrente de la casa de

D. Juan Estrada-Rosa. Ésta era grande y suntuosa, aunque no tanto como

la que recientemente había construido don Santos. La del café, vieja y

de ruin apariencia. El local que ocupaban los parroquianos, una sala

donde estaba la mesa del billar y dos gabinetes a los lados con algunas

mesillas de madera para el consumo, todo sucio, lóbrego, sobado. ¡Cuán

lejos aún los tiempos de que se estableciese en uno de los bajos de

aquella misma calle el magnífico café Británico, con mesas de mármol,

espejos colosales y columnas doradas como los más elegantes de Madrid!

Espiando por detrás de los visillos aquella florida juventud, ávida de

los goces estéticos, vio pasar a Granate correctamente vestido,

balanceando su torso colosal sobre unas piernas que no lo merecían. Le

vieron entrar en casa de Estrada-Rosa y hasta oyeron el ruido del

picaporte. Nada más. Inmediatamente se abrieron de par en par los

balcones del café y se llenaron. Los que no tenían sitio se encaramaron

en sillas detrás de sus compañeros. Todos los ojos se clavaron en el

portal de enfrente. Esperaron cerca de un cuarto de hora.

Al cabo la fisonomía violácea de Granate apareció de nuevo. Daba miedo.

Aquella cara parecía ya un terciopelo como si estuviese ahorcado. Las

orejas tenían el color de la sangre. A su aparición estalló una salva de

toses y estornudos y gritos y aullidos. El indiano alzó la cabeza y

paseó su mirada atónita por aquella muchedumbre descompuesta que le

sonreía, sin comprender la razón. Tardó poco, sin embargo, en darse

cuenta de que era víctima de un bromazo. Sus ojos se clavaron entonces

feroces en el concurso, y exclamó con un desprecio que nada tenía de

fingido:

--_¡Méndigos!_

Y se alejó como un jabalí perseguido por la jauría entre silbidos y

carcajadas, volviendo de vez en cuando la cabeza para escupirles el

mismo esdrújulo injurioso.

VI

Las señoritas de Meré.

En efecto, Emilita Mateo había logrado hacerse amar de un capitán del

batallón de Pontevedra. Le había costado muchos días de incesante

jugueteo, un número incalculable de miradas provocativas, de carcajadas

sin motivo, de caprichos infantiles, de gestos mimosos y enfados

pasajeros. Había desplegado, en suma, todas sus baterías, mostrándose a

la vez cándida y maliciosa, dulce y arisca, reservada y charlatana,

grave y retozona como una loquilla, como niña ligera e insustancial,

pero adorable. Al fin Núñez, el capitán Núñez, no pudo resistir a tal

graciosa mezcla de inocencia y malicia, y se replegó primeramente, y no

tardó luego en rendirse. Era un hombre de cara larga, bigote y perilla,

flaco, serio, bilioso, con los ojos mortecinos y fatigados, muy exacto

en el cumplimiento de sus deberes y aficionado a dar largos paseos. Esta

clase de hombres silenciosos y disciplinados son los más sensibles a los

encantos de la alegría y la vivacidad. Emilita le hizo suyo llamándole

cazurro y dándole pellizcos por «pícaro y burlón»; ¡a él, a quien había

que sacar las palabras con tirabuzón y en su vida había gastado la más

sencilla chanza!

Con este memorable suceso, la familia Mateo andaba bastante dislocada.

Jovita, Micaela y Socorro, hermanas legítimas de la afortunada doncella,

sentíanse celosas y lisonjeadas a la vez. Entendían que la preferencia

de un oficial de infantería tan bizarro constituía un honor que

irradiaba sobre toda la familia y las colocaba en situación ventajosa

frente a sus amigas o conocidas. Pero al mismo tiempo consideraban que,

siendo Emilita la última en edad, no le correspondía tener novio y mucho

menos casarse sino después de sus hermanas. Eran prematuros en ella los

noviazgos, no contando más que veinticuatro años de edad. En cuanto a la

idea de que pudiera contraer matrimonio una criatura tan tierna y tan

informal, la misma sonrisa de sorpresa y desdén contraía los labios de

las tres hermanas mayores. Así que, por más que se desbarataban en

elogios del capitán delante de las amigas, haciendo resaltar sus prendas

físicas, prestándole un corazón grande y heroico, certificando de su

riqueza como si se la administrasen y hablando vagamente de ciertas

influencias que le pondrían más tarde o más temprano en la bocamanga los

entorchados de general, lo cierto es que no le perdonaban ni le

perdonaron jamás su delito cronológico.

Por otra parte, don Cristóbal, padre de aquel ángel travieso y juguetón,

quedó repentinamente en posición tan falsa que quiso volverse loco.

Luchaba su amor de padre ruda batalla con el odio a la milicia.

Avergonzábale el consentir que una hija suya diese oídos a un militar

después de haberlos llamado él tantas veces haraganes, sanguijuelas, y

haber clamado tanto por la reducción del contingente. ¿Con qué cara se

presentaría a sus amigos de allí en adelante? Pasó días bien terribles.

El aborrecimiento al ejército y a la marina se hallaba tan profundamente

arraigado en su corazón, que no podía extinguirse de pronto. Sin

embargo, le era forzoso confesar que la conducta nobilísima del capitán

Núñez lo había mermado poderosamente. El anhelo de casar a sus hijas

gozaba tanta vida en el fondo de su ser como el desprecio de la fuerza

armada. ¡Cuánto le pesaba de haber vociferado tanto contra ésta! En su

tribulación llegaba a deplorar que Núñez perteneciese al arma de

infantería. Si fuese siquiera marino, disminuiría la gravedad del

conflicto. Recordaba que en sus diatribas contra el ejercito hacia la

salvedad de que era necesario conservar algunos barcos para proteger las

colonias. Lo mismo podía decirse si perteneciese a la Guardia civil. En

cuanto a las demás fuerzas de tierra, no cabía disculpa ni había medio

de salir del aprieto.

En tan terribles circunstancias optó por encerrarse en casa. Cuando

alguna vez salía, andaba receloso y huido. Los amores de su hija se

fueron haciendo más formales y cada vez más públicos. Temía las bromas.

El miedo le hizo claudicar, adoptando un proceder doble y falso, indigno

por completo de su carácter y antecedentes. Es decir que, mientras

públicamente seguía afectando desprecio hacia las fuerzas de tierra,

cuando hablaba con el novio de su hija o entre militares, lo hacía con

agasajo, les preguntaba con interés por su carrera, lo mismo que si

prestasen servicios en cualquier oficina civil del Estado. Nadie

sospecharía al oírle enterarse tan minuciosamente del escalafón, de las

reservas y reemplazos, etc., que aquel hombre les tenía jurado odio

eterno. Pero el Jubilado llegó con el tiempo a una distinción que nunca

se había atrevido a proponer. Como militares no transigía con ellos,

los consideraba una verdadera plaga social... Ahora, «como hombres,»

bien podían ser dignos de estimación, según sus cualidades.

Los amores de Emilita habían nacido y crecido como otros muchos en casa

de las de Meré. Eran éstas dos señoritas que pasaban de los ochenta y no

llegaban a los cien años. De todos modos, a la entrada del siglo XIX

eran ya maduras. No tenían en Lancia familia alguna. Ninguno de los

vivos recordaba a su padre, que había muerto cuando todavía eran

mocitas. Estuvo empleado en el ramo de Hacienda. Es de suponer, dada su

remota antigüedad, que sería percibidor de alcabalas o de otros pechos

ya extinguidos. Del siglo XVIII, al cual pertenecían, tenían aquellas

interesantes señoritas en primer lugar el traje. Jamás pudieron entrar

por las modas del presente. Una saya de cúbica negra muy escurrida con

plomos por debajo para que se escurriera todavía más, talle muy alto,

manga apretada con bullones, zapatito de tabinete descotado y un tocado

inverosímil de puro extravagante: así se presentaban en todas partes. La

mantilla que usaban no era de velo, sino de sarga con franja de

terciopelo, como las usan ahora solamente las artesanas. Llevaban bastón

para apoyarse. Conservaban además la cortesía exquisita, la ligereza de

carácter, la pasión por la sociedad y una alegría inagotable,

maravillosa a sus años. Lo que no habían traído consigo al siglo

presente era la libertad de costumbres y la malicia que, al decir de los

historiadores, caracterizaba la sociedad del pasado. Imposible imaginar

unas criaturas más sencillas. Como si no hubiesen atravesado por la

vida, todo les sorprendía, en todo creían menos en el mal. Así que, con

frecuencia, eran víctimas de las bromas de sus amigos y tertulianos, sin

que por eso dejase ninguno de profesarles entrañable afecto. Desde

tiempo inmemorial tenían costumbre de recibir en su casa por la noche a

la juventud de Lancia, particularmente a los muchachos que se placían en

asistir por la grandísima libertad que allí disfrutaban. Por acuerdo

tácito todos ellos las tuteaban. Y era en verdad peregrino el oír a los

chicuelos de diez y ocho años hablar con tal familiaridad a unas

viejecitas que pudieran ser sus bisabuelas. Carmelita para aquí, Nuncita

para allá, porque la más anciana se llamaba D.ª Carmen y la más joven

D.ª Anunciación.

Tres o cuatro generaciones habían pasado por aquella salita de la calle

del Carpio, modesta y aseada, con el pavimento de madera encerada,

sillas de paja, sofá de damasco encarnado, cómoda de caoba atestada de

chirimbolos, espejo con marco de carey y diversos cuadritos al pastel

representando la historia de Romeo y Julieta. La tertulia de las de Meré

era la más antigua de Lancia. Contra lo que acaece generalmente, estas

mujeres que no pudieron hallar marido tenían la manía de casar a todo el

mundo. El número de matrimonios que salieron acordados de aquella salita

es incalculable. En cuanto advertían que un muchacho se acercaba a

cualquier muchacha más que a las otras, ya estaban nuestras señoritas

preparando los hilos para unirlos con lazo indisoluble; ya no consentían

que nadie se sentase en la silla que estaba al lado de Fulanita para que

cuando Menganito viniese la hallase aparejada y no tuviese más que

sentarse. Y vengan a Fulanita elogios desmesurados de Menganito, y vayan

a Menganito relaciones minuciosas de los primores que Fulanita ejecuta

con la aguja y lo económica y hacendosa que es y lo piadosa y lo limpia.

Y escápense más adelante a casa de la mamá de Fulanita para celebrar

conferencias largas, íntimas, trascendentales, y procuren enseguida

tropezarse con el papá de Menganito y desplieguen todas sus dotes

diplomáticas para explorarle el corazón. Y por premio de estos sudores

recibían, al cabo, un cartuchito de dulces el día de la boda.

Pero todas las madres de niñas casaderas las adoraban, no se hartaban de

bendecirlas y adularlas. Saludábanlas de media legua, y al salir de la

iglesia se apresuraban a ofrecerles el brazo para que se apoyaran. En

cambio, las que tenían algún hijo varón en edad de casarse solían

mirarlas con recelo y antipatía, las llamaban por lo bajo chochas y

entremetidas. No hay necesidad de indicar, por lo tanto, que su pasión

casamentera les costó no pocos disgustos. Cuando algún lechuguino sentía

brotar en su pecho la llama del amor, lo primero que hacía era

mostrársela a las de Meré.

--Carmelita, estoy enamorado.

--¿De quién, corazón, de quién?--preguntaba la anciana con vivo interés.

--De Rosario Calvo.

--¡Ajá! Buen gusto ha tenido el picarón. No hay chica más guapa ni mejor

educada. Habéis nacido el uno para el otro.

Y por un rato el zagalillo tenía el placer de escuchar el panegírico de

su adorada.

--Espero que me protegerás.

--Todo lo que tú quieras, mi alma.

Al cabo de pocos días, Rosario Calvo, que no había puesto los pies en su

vida en casa de las de Meré, aparecía por allí y era tertuliana asidua.

¿Cómo se habían arreglado aquéllas para atraérsela? No es fácil

averiguarlo, pero tantas veces habían llevado a término ya empresas

análogas, que de seguro poseían una receta simple y segura.

Encariñábanse con sus amigos como si fuesen próximos deudos todos.

Contábanse de ellas rasgos de abnegación que las honraba extremadamente.

Durante la furiosa reacción del año 1823, uno de sus tertulios, teniente

de caballería, se refugió, después de cierta intentona abortada, en su

casa. Las señoritas le recibieron y le ocultaron algunos días, y al cabo

lograron que se evadiese disfrazado con el traje de un criado. Pero

teniendo noticia de que iba la policía a registrarles la casa, pensaron

con terror en el uniforme del teniente. ¿Dónde guardarlo que no diesen

con él? Carmelita, en aquellos instantes críticos, tuvo un rasgo de

ingenio y bravura. Se vistió el uniforme debajo de sus ropas de mujer.

Por cierto que este teniente se portó con ellas con bastante ingratitud.

No tuvo en su vida diez minutos para escribirles una carta dándoles las

gracias.

El maestrante · 第 8 / 21 段