No pudiendo verse sino rara vez en la Granja, Amalia halló medio de

hacer más frecuentes las entrevistas confiándose a Jacoba. En casa de

ésta se encontraban una o dos veces a la semana. El conde entraba por

una puertecita trasera que daba a cierta calleja, a primera hora de la

tarde, cuando los vecinos estaban comiendo. Esperaba lo menos dos o tres

horas. Amalia llegaba por fin con pretexto de dar alguna orden a su

favorecida. Pero no bastándole esto, todavía ideó la entrada por la

tribuna de la iglesia de San Rafael. Al conde le horrorizaba tal medio;

todos sus escrúpulos religiosos se sublevaban a la vez; además tenía

miedo de que un accidente casual descubriese aquellos amores y aquella

profanación. ¡Qué escándalo! Amalia se reía de sus temores como si las

consecuencias terribles no hubiera de pagarlas ella. Era una mujer que

tenía confianza absoluta en su estrella. Como los buenos toreros se

juzgan más seguros ciñéndose a los cuernos del toro si no pierden la

sangre fría, así ella desafiaba el peligro, iba al encuentro de él

confiando en que sabría salir de cualquier atolladero. Y, en efecto, su

perfecta serenidad, su increíble audacia la salvaron más de una vez.

El conde de Onís, el coloso de luengas barbas fue un verdadero juguete

en las manos de aquella mujercita temeraria y maligna. Una pasión loca

se apoderó de ambos, sobre todo de ella. Poco a poco se fue

acostumbrando a no vivir sin él, a no pasarse un día sin verle a solas.

Hacía esfuerzos increíbles de ingenio y habilidad para conseguirlo. Y

si las circunstancias rodaban de tal suerte que fuese imposible en tres

o cuatro días gozar una hora de soledad, su espíritu voluntarioso se

exaltaba, botaba dentro del cuerpo como un corcel impaciente, y estaba

dispuesta a arrojarse a la mayor imprudencia. Le apretaba las manos, le

daba pellizcos en plena tertulia, le abrazaba detrás de las puertas

cuando con cualquier pretexto le hacía pasar a otra habitación, y más de

una vez y más de dos en las barbas del mismo maestrante, al volver éste

la cabeza, le estampó un beso en los labios. Luis temblaba, empalidecía,

siempre en espera de una catástrofe.

Al cabo de pocos meses, sus relaciones con Fernanda, que habían ido

enfriándose paulatinamente, se rompieron por completo. Fue exigencia

ineludible de Amalia. Desde el principio lo venía preparando con

soberano arte, marcándole el tiempo que había de estar al lado de su

novia, las veces que la había de sacar al baile y hasta lo que le había

de decir. Y como lo tenía previsto, la heredera de Estrada-Rosa, que era

orgullosa, no pudiendo soportar la frialdad de su novio, le dejó en

libertad y le devolvió su palabra. La pobre chica desahogaba su pena con

Amalia, la única que sabía a qué atenerse respecto a aquel rompimiento

tan comentado. Mostró ésta gran enojo por la conducta del conde y se

expresó en términos bastante vivos contra él; tomó parte por la joven,

deshaciéndose en elogios de ella; no se hartaba de ponderar sus ojos, su

talle, su discreción y bondad. Hasta dio ostensiblemente algunos pasos

para reconciliarlos. Y en el seno de la confianza, particularmente entre

los amigos de D. Juan Estrada-Rosa, no se contentaba con decir que

Fernanda valía en todos sentidos más que su ex-novio, sino que

apellidaba a éste con mil epítetos pesados; jayanote, pavo, santurrón,

hipócrita, etc. Y cuando al día siguiente le veía en casa de Jacoba,

decíale abrazándole muerta de risa:

--¡Cómo te he puesto ayer, querido mío, delante de varios amigos de D.

Juan! ¡Tú no sabes!... Saliste de mis labios que ni con pinzas se te

podía recoger.

Vivía el conde, por todo esto, y por los remordimientos que sin cesar le

mordían, en un estado de perpetua agitación. ¡Cuán lejos se hallaba de

ser feliz! Pero todo era flores comparado con lo que le esperaba. Cinco

meses después de comenzadas sus relaciones, un día le anunció Amalia que

creía hallarse en cinta. Se lo dijo con la sonrisa en los labios, como

si le noticiase que le había tocado la lotería. Luis sintió un vértigo

de terror, quedó pálido, la vista se le turbó como si fuese a caer.

--¡Dios mío, qué desgracia!--exclamó llevándose las manos al rostro.

--¿Desgracia?--preguntó ella con asombro.--¿Por qué? Yo estoy muy

contenta.

Y viendo sus ojazos dilatados, estupefactos, le explicó riendo que era

feliz con esperar una prenda de sus amores; que no tuviese miedo alguno

porque ella sabría arreglarse para que nada se descubriera. Y, en

efecto, tal maña se dio para apretarse que nadie pudo presumir que

aquella mujer tuviese una criatura en sus entrañas. ¡Qué sustos, qué

congojas las del conde mientras duró el embarazo! Si alguien la miraba

con insistencia, ya estaba temblando; si en el curso de la conversación

un tertulio hacía alusión a algún parto disimulado, se ponía pálido,

pensando que podía ser una indirecta. En todos los rostros creía ver

sonrisas y miradas significativas; en las palabras más inocentes,

profundas y aviesas insinuaciones.

Mientras tanto ella comía y dormía tranquilamente con una alegría

constante que aterraba y admiraba al mismo tiempo al conde. El tiempo

corría: llegaron los siete meses; los ocho. Por mucho que lo disimulase,

el conde observaba que la cintura de su querida se ensanchaba. Cuando,

lleno de congoja, comunicó con ella esta observación, se echó a reír:

--Calla, tonto, lo notas tú porque ya lo sabes. ¿Quién va a sospechar

porque esté un poquito más abultada? Muchas veces le gusta a una llevar

flojo el corsé.

Cuando llegó el momento crítico mostró una bravura que rayaba en

heroísmo. Luis quería confiarse a un médico: ella se opuso. ¿Para qué?

Con la asistencia de Jacoba le bastaba. El confiar tal secreto a otra

persona era peligroso. Le acometieron los primeros síntomas al amanecer,

hallándose en la cama; pero hasta las ocho no mandó llamar a Jacoba, que

con el pretexto de hacer unos colchones dormía desde hacía algunos días

en casa. Se encerraron en el gabinete, donde ya tenían preparadas las

ropas necesarias, y sin un grito, sin un movimiento descompasado, sin la

más leve queja, salió aquella valiente mujer de su cuidado. Jacoba sacó

la criatura con el lío de la ropa, después de haber mandado fuera con

adecuados pretextos a los criados.

El conde lloró de gozo y admiración al saber este feliz desenlace.

Luego, cuando recibió por Jacoba la orden de llevar la niña al portal de

Quiñones, volvió a sentirse acongojado. El plan de su amante le llenaba

de estupor; pero como estaba acostumbrado a obedecer, hizo lo que le

mandaba. El resultado coronó la audacia de la dama; fue tal como ella

había previsto.

Y ahora, al contemplar a la criatura segura para siempre, no sólo se

fortalecía su amor y se depuraba, sino que sentían el gozo de la

victoria, del que después de haber corrido fuertes temporales llega por

fin a puerto de salvación.

En voz muy baja, con las manos enlazadas, inclinando de vez en cuando la

cabeza para rozar con los labios la frente de la niña, hablaron largo

rato, mejor dicho, soñaron despiertos, queriendo penetrar en los abismos

insondables del tiempo. ¿Cuál sería la suerte de aquella hermosa

criatura? ¿Cómo se la educaría? Amalia decía que conseguiría educarla

como hija suya, hacerla una verdadera señorita; estaba segura de que D.

Pedro no se opondría a ello. Y como quiera que no tenía hijos, nada más

natural que habiéndola tomado cariño la dejase a su muerte algún legado

importante. El conde hizo un gesto de desdén. La niña no necesitaba de

la hacienda de D. Pedro. Él le dejaría toda la suya.

--Pero tú puedes casarte y tener hijos--dijo la dama mirándole

maliciosamente.

Él la tapó la boca.

--¡Calla, calla! Ya sabes que no quiero oír eso siquiera. Estoy

definitivamente unido a tí.

Ella le besó con efusión.

--Sellados, ¿verdad?

--Sellados--repuso él con firmeza.

--¿Pero no te haces cargo de que si le dejas tus bienes en testamento,

enseguida nacería la sospecha de que era hija tuya?

Esta dificultad le abatió por unos instantes. Ambos se ocuparon en

arbitrar algún medio para eludirla. El conde quería dejarlos en

fideicomiso a alguna persona de confianza. Pero esto ofrecía también sus

inconvenientes. Mejor sería ir colocando dinero a su nombre en algún

banco, y al llegar a la mayor edad, fingir una herencia, inventar algún

padre llovido del cielo...

--En fin, ya hablaremos de eso... Déjalo a mi cuidado--concluyó diciendo

ella.

Y él se lo dejaba de muy buena gana, fiando de su imaginación

inagotable, de su voluntad y su audacia.

Cuando se cansaron de hablar de lo porvenir volvieron los ojos al

presente. Era necesario bautizar la niña. Habían resuelto que fuese al

día siguiente.

--Ya hemos convenido en que la madrina fuese yo y el padrino tú.

--¿Cómo? ¿yo?--exclamó asustado.--Pero, mujer, ¿no comprendes que eso

puede engendrar sospechas?

La dama se obstinó. Que sí, que había de ser padrino. Si sospechaban,

buen provecho. A ella le tenía sin cuidado. Pero viéndole realmente

afligido cambió de idea.

--No te apures, hombre, no te apures--dijo dándole un tironcito a la

barba.--Ha sido una broma. ¡Buena cara ibas a poner cuando la tuvieses

en la pila! No te faltaría más que gritar: ¡Señores, aquí! ¡Vengan aquí

todos a ver al padre de esta criatura!

El padrino sería Quiñones, y en su representación D. Enrique Valero. La

madrina ella, representada por María Josefa. El conde se mostró muy

satisfecho. Todo aquello era hábil y prudente y adecuado para asegurar

la suerte de su hija. Pero cuando se manifestaba más contento, un rumor

que vino del pasillo le hizo saltar en la butaca, ponerse lívido.

--¿Qué tienes, hombre?

--¡Ese ruido!...

--Es Jacoba...

Pero viéndole dudoso, con los ojos espantados aún, se levantó, teniendo

la niña en los brazos, abrió la puerta y cambió algunas palabras con

Jacoba que, en efecto, estaba allí. Después de entregarle la criatura y

cerrar, volvió de nuevo a sentarse.

--¿Cómo eres tan cobarde, di?

--No es cobardía--repuso él ruborizado.--Es que estoy siempre

sobresaltado... No sé lo que me pasa... La conciencia quizá...

--¡Bah! Es que eres un cobarde. Como tienes el cuerpo tan grande se te

pasea el alma dentro de él.

Y acto continuo, observando la expresión de enojo y tristeza que se

reflejaba en su semblante, tornó a abrazarle con trasportes de

entusiasmo.

--No, no eres cobarde; pero inocente sí... Por eso te quiero, te quiero

más que a mi vida. ¿No es verdad que te quiere tu filleta? Soy tuya...

Tú eres mi único amor. Yo no soy casada...

Y con caricias de gata mimosa le paseaba sus manos finas y pálidas por

el rostro, estampaba en él menudos, infinitos besos, le anudaba los

brazos al cuello, se lo mordía con leves y fugaces mordiscos de ratón. Y

al mismo tiempo, ella, tan grave y silenciosa en visita, hacía fluir de

sus labios un chorro constante de palabritas melosas que le adormecían y

embriagaban. El fuego, que se adivinaba al través de sus grandes ojos

misteriosos y traidores, brotaba ahora con vivas llamaradas. Era el goce

de la sensualidad el que se desprendía de su ser; pero era también el

deleite maligno del capricho cumplido, de la venganza y la traición.

El conde de Onís se sentía cada día más subyugado. Las caricias de su

amada eran abrasadoras; pero los ojos guardaban siempre, en lo más

hondo, un reflejo cruel de fiera domesticada. Sentía amor y miedo al

mismo tiempo. Alguna vez su espíritu supersticioso llegaba a imaginar si

un demonio tentador habría venido a alojar en el cuerpecito endeble de

aquella valenciana.

Después de anunciar tres o cuatro veces que se marchaba, sin llevarlo a

cabo por impedírselo ella, viéndose al cabo libre de sus brazos, se

levantó de la butaca. La despedida fue larga como siempre. Amalia no le

soltaba hasta que le veía ebrio, intoxicado por la violencia de sus

caricias. Jacoba le esperaba en el corredor. Después de conducirle por

éste y otros varios hasta la estancia donde se hallaba la escalerita

excusada que iba a la biblioteca, le hizo seña de que aguardase y bajó

sola para cerciorarse de que no había nadie en los pasillos. Tornó a

subir para avisarle; el conde descendió, apagando cuanto podía el ruido

de sus botas. A la puerta del pasadizo la medianera le dejó, después de

abrirle la puerta. Bajose otra vez hasta tocar con las manos en el suelo

para no ser advertido de la gente que pasase por la calle, y en esta

forma atravesó el pasadizo de la tribuna. Abrió la puerta y entró. La

oscuridad le cegó. En cuanto dio algunos pasos sintió un golpe en la

espalda y oyó una voz ronca que decía al mismo tiempo:

--¡Muere, infame!

Se heló en sus venas la sangre y dio un salto hacia atrás. Entre las

sombras espesas pudo distinguir un bulto más negro aún. Veloz como un

rayo se precipitó sobre él, y lo hubiera aniquilado bajo su enorme

cuerpo si no sintiera una carcajada reprimida y al mismo tiempo la voz

de Amalia.

--¡Cuidado, Luis, que me vas a hacer daño!

La sorpresa le dejó mudo unos instantes.

--¿Pero por dónde has venido?--dijo al cabo.

--Pues por la escalera principal. Me he echado este capuchón negro

encima y he bajado corriendo.

Y viéndole frío y disgustado por aquella broma de mal gusto, se empinó

sobre la punta de los pies, colgose rápidamente a su cuello y, después

de apretar los labios larga y apasionadamente contra los suyos, le dijo

con acento zalamero:

--Ya sabía que no eras cobarde... pero quería comprobarlo.

V

Las bromas de Paco Gómez.

Ahora bien, Granate no acababa de persuadirse a que Paco Gómez

procediese de buena fe. Su carácter jocoso, los terribles bromazos que

se le atribuían perjudicábanle en el ánimo del indiano. No bastaba que

adoptase continente grave y mantuviese con él pláticas largas acerca de

la alza o baja de las acciones del Banco, ni que le loase la casa por

encima de todas las fábricas modernas y le diese útiles consejos en el

juego del chapó. De todos modos el gracioso de Lancia observaba allá, en

el fondo de sus ojazos encarnizados de jabalí, una nube de recelo que no

podía disipar. En este aprieto pidió auxilio a Manuel Antonio. Se le

había metido en la cabeza una broma chistosa, y antes de renunciar a

ella consentiría en cualquier alianza.

--Desengáñate, Santos--decía el marica, de acuerdo con Paco, paseando

cierta tarde por el Bombé con Granate,--tú, como te has pasado más de la

mitad de la vida detrás de un mostrador, no entiendes nada de estos

lances. No te diré que Fernanda esté chalada por tí, pero que anda en

camino de ello lo digo y lo sostengo aquí y en todas partes. Hace ya

tiempo que lo vengo notando. Las mujeres son caprichosas,

incomprensibles; hoy rechazan una cosa y mañana la apetecen y están

dispuestas a hacer cualquier disparate por lograrla. Fernanda comenzó

rechazándote...

--¡Entodavía! ¡entodavía!--manifestó sordamente el indiano.

--Pura apariencia. Es una chica muy orgullosa y que no dará jamás su

brazo a torcer. Pero por lo mismo que tiene mucho orgullo no se casará

más que con el conde de Onís o contigo, los dos únicos partidos que hay

en Lancia para ella; el conde por la nobleza y tú por el dinero. Luis es

un hombre muy raro; yo lo creo incapaz de casarse. Ella está convencida

ya de esto mismo. No le queda más que tú, y tú serás al cabo el que se

coma la breva... Además, por más que otra cosa digan, a las mujeres les

gustan los hombres como tú, robustos... porque tú eres un roble,

chico--añadió volviendo hacia él la cabeza con admiración.

Granate dejó escapar un mugido corroborante. El marica le pasó las manos

por el torso, como profundo conocedor de las formas masculinas.

--¡Qué musculatura, chico! ¡Qué hombros!

--Con estos hombros que aquí ves--dijo el indiano con orgullo--se han

ganado muchos miles de pesos.

--¿Cómo? ¿Cargando sacos?

--¡Sacos!--exclamó Granate sonriendo con desprecio.--Eso es pa la

canalla. ¡Cajas de azúcar como vagones!

El Bombé estaba desierto en aquella hora. Era un paseo amplio en forma

de salón, recién construido en lo alto del famoso bosque de San

Francisco, desde donde se señoreaba todo. Este bosque de robles

corpulentos, añosos, retorcidos, algunos de los cuales pertenecían a la

selva primitiva donde se fundó el monasterio que dio origen a Lancia,

servía de sitio de recreo y esparcimiento a la población, hasta cuyas

primeras casas llegaba. Permaneció siempre en lamentable abandono; pero

la última corporación municipal había llevado a cabo en él magnas

reformas que le habían valido los aplausos de los espíritus innovadores:

un paseo, algunos jardinillos alrededor y una calle enarenada entre los

árboles, que le ponía en fácil comunicación con la ciudad. Los días de

labor no paseaban por él más que algunos clérigos con sus largos manteos

negros y enorme sombrero de teja, llevando algún seglar enmedio, dos o

tres pandillas de indianos disputando en voz alta sobre el precio de los

cambios o el valor de los solares de la calle de Mauregato, recién

abierta, y tal cual valetudinario, que venía a primera hora a tomar el

sol, y se retiraba tosiendo en cuanto sentía la humedad de la tarde. ¿Y

las damas?... ¡Ah! Las damas lacienses sabían perfectamente lo que se

debían a sí mismas y estaban dotadas de un sentimiento harto delicado de

las leyes del buen tono para exhibirse en días que no fuesen feriados. Y

aun en éstos no lo hacían sino tomando las debidas precauciones. Ninguna

dama de Lancia cometía la bajeza de presentarse en el Bombé los domingos

mientras no estuviesen paseando en él algunas otras de su categoría.

Pero esto era de una dificultad insuperable, dada la unanimidad de

pareceres. De aquí que, aderezadas ya desde las tres de la tarde, con el

sombrero y los guantes puestos, aguardasen al pie de los balcones,

espiándose las unas a las otras por detrás de los visillos. «Ya pasan

las de Zamora.» «Ahora vienen las de Mateo.» Sólo entonces se

aventuraban a lanzarse a la calle y subir poco a poco y con la debida

majestad hasta el paseo, donde hacía ya dos horas la banda municipal

ejecutaba diversas fantasías sobre motivos de _Ernani_ o _Nabuco_ para

recreo de las niñeras y algunos apreciables albañiles. Ni se crea, sin

embargo, que la sociedad distinguida de Lancia entraba así de golpe y

porrazo en el arenoso salón. Nada de eso. Antes de poner el pie en él

subían a otro paseíto suplementario que había poco más arriba. Desde

allí exploraban el terreno, observaban «si alguna se había atrevido.»

Por fin, cuando las sombras comenzaban a espesarse ya en las copas de

los añosos robles, a la hora en que la niebla descendía de las montañas

apercibida a fijarse en las narices, en la garganta y en los bronquios

del honrado vecindario, todas las bellezas indígenas acudían casi en

tropel al espacioso paseo. ¡Qué importaba un catarro, un reuma, ni

siquiera una pulmonía, ante la deshonra de presentarse las primeras en

el Bombé! ¡Ejemplo notable de fortaleza! ¡Caso portentoso del poder que

en los pechos elevados ejerce el respeto de sí mismo!

Esta exquisita conciencia de los deberes, que la naturaleza ha escrito

con caracteres indelebles en los corazones dignos, se revelaba aún de

modo más claro y conmovedor con ocasión de los bailes de confianza que

el Casino de Lancia daba cada quince días durante el invierno. Fácil es

de comprender que las dignísimas señoritas que con tal admirable

constancia luchaban un día y otro para no entrar en el paseo mientras

estuviese solitario, no irían a cometer la vileza de presentarse

«primero que las otras» en el salón del Casino. Mas como aquí no había

paseo suplementario desde donde espiarse, ni era fácil por la noche

estar de espera en los balcones, aquellas ingeniosísimas damas, tan

dignas como ingeniosas, hallaron un medio de dejar siempre a salvo su

honra. Poco después de sonar las diez, hora en que daba comienzo el

baile, enviaban hacia allá de descubierta, como caballería ligera, a sus

papas o hermanos. Entraban haciéndose los distraídos, se sentaban un

momento en las butacas, gastaban cuatro bromas con los pollos que allí

aguardaban correctos, impacientes, con la luenga levita cerrada,

abrochándose los guantes los unos a los otros, y al poco rato se

retiraban disimuladamente para ir a noticiar a sus familias que aún no

había llegado nadie. ¡Ah! ¡Cuántas veces los pollos impacientes de la

levita cerrada aguardaron vanamente toda la noche la llegada de sus

hermosas parejas! Las bujías se iban gastando; la orquesta, que había

tocado sin éxito alguno dos o tres bailables, se desmoralizaba; los

músicos charlaban en voz alta o paseaban por el salón y hasta fumaban;

los hujieres y mozos bostezaban, tirándose unos a otros indirectas

referentes a las dulzuras del lecho. Por fin el presidente daba la orden

de apagar, y los pollos se retiraban a sus domicilios respectivos tan

mustios como correctos. ¡Espectáculo consolador el de aquellas heroicas

jóvenes que, apesar de sus vivos deseos de ir al baile, preferían

permanecer en casa a quebrantar los principios fundamentales en que

descansa la dicha y el sosiego de la sociedad!

--Allí viene Paco con el Jubilado. Lo mismo te dirán que yo--profirió

Manuel Antonio poniéndose la ebúrnea mano sobre las cejas a guisa de

pantalla.

En efecto, allá a lo lejos se columbraba la figura de Paco como una

percha coronada por un pepino. Todos los sombreros le entraban hasta las

orejas a causa de la inverosímil pequeñez de la cabeza y su disposición

excepcional. A su lado caminaba el Sr. Mateo con sus enormes bigotes

blancos y arrogante figura militar, aunque ya sabemos que era el hombre

más civil que hubiese producido Lancia desde hacía algunos siglos.

Granate dejó escapar algunos gruñidos destinados a probar el profundo

desprecio que aquellos dos personajes le inspiraban, el uno por su poca

formalidad, y el otro por no tener ni un mal cupón del tres por ciento.

--Vamos, queridos, hacedme el favor de convencer a este babieca de que

es un buen partido para cualquier muchacha, porque no quiere creerlo.

--¡Aprieta, pues si D. Santos no es partido con cinco o seis millones de

reales, no sé yo quién lo será!--exclamó Mateo relamiéndose como padre

de cuatro niñas casaderas que no acababan de casarse.

--¡Suba el cañón, D. Cristóbal, suba el cañón!--dijo el indiano

echándole una mirada torva.

--¿Cómo? ¿Tiene usted más?... Me alegro... Yo hablo por lo que dice la

gente...

--Tengo quinientos mil pesos sin quitar un _lápiz_.

Los tres amigos cambiaron una mirada significativa. Manuel Antonio, no

pudiendo contener la risa, le abrazó exclamando:

--¡Bien, Santos, bien! Eso del _lápiz_ me enternece.

Granate era el hombre de los disparates lingüísticos. No tenía

conocimiento de la forma verdadera de una gran parte de las palabras;

las modificaba de modo que resultaba muy cómico. Sin duda dependía de

falta de oído, dado que hacía ya algunos años que había regresado de

América y trataba con personas cultas. Sus bárbaros atentados contra el

idioma eran proverbiales en Lancia.

--Pues nada, este infeliz se figura--prosiguió el marica, sin hacer caso

de la mirada recelosa que le dirigió--que porque Fernanda Estrada-Rosa

gasta algunos remilgos no le gustan las peluconas como a todo hijo de

vecino... ¡Tonto, tonto, más que tonto! (y al decir esto le pegaba

palmaditas en el ancho y rojo cerviguillo). ¡Si es hija de D. Juan

Estrada-Rosa, el mayor judío que hay en la provincia!

--Hombre, Fernanda ya es otra cosa--manifestó el Jubilado, que no estaba

en el ajo--Es una chica muy rica y no necesita casarse por el dinero.

Pero los otros dos cayeron como fieras sobre él. Cuando se tiene dinero

se quiere más. La ambición es insaciable. Fernanda era muy orgullosa y

no pasaría por que ninguna otra chica en Lancia pudiese ostentar tanto

lujo como ella. Si D. Santos elegía esposa en la población, le podría

hacer competencia desastrosa: era una mosca que no se quitaría jamás de

la nariz. El único rival temible para D. Santos era el conde de Onís;

pero éste ya estaba descartado. Su carácter excéntrico, su misticismo y

las extrañas manías en que daba con frecuencia, habían concluido por

aburrir a la muchacha...

Con estos argumentos y un formidable pisotón de inteligencia que Paco le

dio, el Jubilado entró en razón y se puso de parte de ellos. Los tres

se esforzaron en convencer al indiano de que ni aquélla ni ninguna otra

joven podría resistir mucho tiempo si él se decidía a estrechar el

bloqueo. Paco aludía además de un modo vago y misterioso a cierto dato

que él poseía, el cual demostraba hasta la evidencia que los desdenes de

la chica eran pura comedia, alardes de vanidad para hacerse valer. Pero

era un secreto; no podía revelarlo sin faltar a la amistad y

consideración que debía a la persona que se lo había comunicado.

El maestrante · 第 7 / 21 段