El cuartel general retrocedió, diéronse órdenes, corrieron los
oficiales de un lado para otro, resonó un murmullo elocuente en
todo el ejército, avanzaron los cañones, piafaron los caballos.
Sin esperar más, corrí al Arapil para anunciar que todo cambiaba.
Veíanse oscilar las líneas de los regimientos, y los reflejos de las
bayonetas figuraban movibles ondas luminosas; los cuerpos de ejército
se estremecían conmovidos por las palpitaciones íntimas de ese miedo
singular que precede siempre al heroísmo. La respiración y la emoción
de tantos hombres daba a la atmósfera no sé qué extraño calor. El aire
ardiente y pesado no bastaba para todos.
Las órdenes transmitidas con rapidez inmensa llevaban en sí el
pensamiento del general en jefe. Todos lo adivinamos en virtud de
la extraña solidaridad que en momentos dados se establece entre la
voluntad y los miembros, entre el cerebro que piensa y las manos que
ejecutan. El plan era precipitar el centro contra el claro de la línea
enemiga, y al mismo tiempo arrojar sobre el Arapil Grande toda la
fuerza de la derecha, que hasta entonces había permanecido en el llano
en actitud expectativa.
Hallábame cerca del lugar de partida cuando un estrépito horrible hirió
mis oídos. Era la artillería de la izquierda enemiga, que tronaba
contra el gran cerro. Le atacaba con empuje colosal. Nuestra derecha,
compuesta de valientes cuerpos de ejércitos, subía en el mismo instante
a sacar de su aprieto a los incomparables _highlanders_, 23 de línea y
3.º de ligeros, cuyas proezas he descrito.
Pasé por entre la quinta división, al mando del general Leith, que
desde el pueblo de los Arapiles marchaba al cerro; pasé por entre la
tercera división, mandada por el mayor general Packenham, la caballería
del general d’Urban y los dragones del décimocuarto regimiento, que
iban en cuatro columnas a envolver la izquierda del enemigo en la
famosa altura; y vi desde lejos la brigada del general Bradford, la
de Cole y la caballería de Stapleton Cotton, que marchaban en otra
dirección contra el centro enemigo; distinguí asimismo a lo lejos a mis
compañeros de la división española formando parte de la reserva mandada
por Hope.
La ermita antes nombrada no coronaba el Arapil Grande, pues había
alturas mucho mayores. Era en realidad aquella eminencia irregular y
escalonada, y si desde lejos no lo parecía, al aventurarse en ella
hallábanse grandes depresiones del terreno, ondulaciones, pendientes,
ora suaves, ora ásperas, y suelo de tierra ligeramente pedregoso.
Los franceses, desde el momento en que creyeron oportuno no disimular
su pensamiento, aparecieron por distintos puntos y ocuparon la parte
más alta y sitios eminentes, amenazando de todos ellos las escasas
fuerzas que operaban allí desde por la mañana. La primera división que
rompió el fuego contra el enemigo fue la de Packenham, que intentó
subir y subió por la vertiente que cae al pueblo. Sostúvole la
caballería portuguesa de Urban; pero sus progresos no fueron grandes,
porque los franceses, que acababan de salir del bosque, habían tomado
posiciones en lo más alto, y aunque la pendiente era suave, dábales
bastante ventaja.
Cuando llegué a las inmediaciones de la ermita, el brigadier Pack no
había perdido una línea de sus anteriores posiciones; pero sus bravos
regimientos estaban reducidos a menos de la mitad. El general Leith
acababa de llegar con la quinta división, y el aspecto de las cosas
había cambiado completamente, porque si el enemigo enviaba numerosas
fuerzas a la cumbre del cerro, nosotros no le íbamos en zaga en número
ni en bravura.
Pero no había tiempo que perder. Era preciso arrojar hombres y más
hombres sobre aquel montón de tierra, despreciando los fuegos de la
artillería francesa, que nos cañoneaba desde el bosque, aunque sin
hacernos gran daño. Era preciso echar a los franceses de Santa María
de la Peña, y después seguir subiendo, subiendo hasta plantar los
pabellones ingleses en lo más alto del Arapil Grande.
--El refuerzo ha venido casi antes que la contestación --dije al
brigadier Pack--. ¿Qué debo hacer?
--Tomar el mando del 23 de línea, que ha quedado sin jefes. ¡Arriba,
siempre arriba! Ya veo lo que tenemos que hacer. Sostenernos aquí,
atraer el mayor número posible de tropas enemigas, para que Cole y
Bradford no hallen gran resistencia en el centro. Esta es la llave de
la batalla. ¡Arriba, siempre arriba!
Los franceses parecían no dar ya gran importancia a Santa María de la
Peña, y coronaron la altura. Las columnas, escalonadas con gran arte,
nos esperaban a pie firme. Allí no había posibilidad de destrozarlas
con la caballería, ni de hacerles gran daño con los cañones, situados
a mucha distancia. Era preciso subir a pecho descubierto y echarles de
allí, como Dios nos diera a entender. El problema era difícil, la tarea
inmensa, el peligro horrible.
Tocó al 23 de línea la gloria de avanzar el primero contra las
inmóviles columnas francesas que ocupaban la altura. ¡Espantoso
momento! La escalera, señores, era terrible, y en cada uno de sus
fúnebres peldaños, el soldado se admiraba de encontrarse con vida. Si
en vez de subir, bajase, aquella sería la escalera del Infierno. Y,
sin embargo, las tropas de Pack y de Leith subían. ¿Cómo? No lo sé. En
virtud de un prodigio inexplicable. Aquellos ingleses no se parecían a
los hombres que yo había visto. Se les mandaba una cosa, un absurdo, un
imposible, y lo hacían, o al menos lo intentaban.
Al referir lo que allí pasó, no me es posible precisar los movimientos
de cada batallón, ni las órdenes de cada jefe, ni lo que cada cual
hacía dentro de su esfera. La imaginación conserva con caracteres
indelebles y pavorosos lo principal; pero lo accesorio, no; y
lo principal era entonces que subíamos empujados por una fuerza
irresistible, por no sé qué manos poderosas que se agarraban a nuestra
espalda. Veíamos la muerte delante, arriba; pero la propia muerte nos
atraía. ¡Oh! Quien no ha subido nunca más que las escaleras de su casa,
no comprenderá esto.
Como el terreno era desigual, había sitios en que la pendiente
desaparecía. En aquellos escalones se trababan combates parciales de
un encarnizamiento y ferocidad inauditos. Los valientes del mediodía,
que conocen rara vez el heroísmo pasivo de dejarse matar antes que
descomponer las filas separándose de ellas, no comprenderán aquella
locura imperturbable a que nos conducía la desesperación convertida
en virtud. Fácil es a la alta cumbre desprenderse y precipitarse,
aumentando su velocidad con el movimiento, y caer sobre el llano y
arrollarlo e invadirlo; pero nosotros éramos el llano, empeñado en
subir a la cumbre, y deseoso de aplastarla, y hundirla, y abollarla.
En la guerra, como en la naturaleza, la altura domina y triunfa; es la
superioridad material, y una forma simbólica de la victoria, porque la
victoria es realmente algo que, con flamígera velocidad, baja rodando
y atropellando, hendiendo y destruyendo. El que está arriba tiene la
fuerza material y moral, y, por consiguiente, el pensamiento de la
lucha, que puede dirigir a su antojo. Como la cabeza en el cuerpo
humano, dispone de los sentidos y de la idea... Nosotros éramos pobres
fuerzas rastreras que, arañando el suelo, estábamos a merced de los de
arriba, y, sin embargo, queríamos destronarlos. Figuraos que los pies
se empeñaran en arrojar la cabeza de los hombros para ponerse encima
ellos; ¡estúpidos, que no saben más que andar!
Los primeros escalones no ofrecieron gran dificultad. Moría mucha
gente; pero se subía. Después ya fue distinto. Creeríase que los
franceses nos permitían el ascenso a fin de cogernos luego más a mano.
Las disposiciones de Pack para que sufriésemos lo menos posible, eran
admirables. Inútil es decir que todos los jefes habían dejado sus
caballos; y unos detrás, otros a la cabeza de las líneas, llevaban, por
decirlo así, de la mano a los obedientes soldados. Un orden preciso en
medio de las muertes, un paso seguro, un aplomo sin igual regimentando
la maniobra, impedían que los estragos fuesen excesivos. Con las armas
modernas, aquel hecho hubiera sido imposible.
Era indispensable aprovechar los intervalos en que el enemigo cargaba
los fusiles, para correr nosotros a la bayoneta. Teníamos en contra
nuestra el cansancio, pues si en algunos sitios la inclinación era poco
más que rampa, en otros era regular cuesta. Los franceses, reposados,
satisfechos y seguros de su posición, nos abrasaban a fuego certero y
nos recibían a bayoneta limpia. A veces, una columna nuestra lograba,
con su constancia abrumadora, abrirse paso por encima de los cadáveres
de los enemigos; mas para esto se necesitaba duplicar y triplicar
los empujes, duplicar y triplicar los muertos, y el resultado no
correspondía a la inmensidad del esfuerzo.
¡Qué espantosa ascensión! Cuando se empeñaban en algún descanso
combates parciales, las voces, el tumulto, el hervidero de aquellos
cráteres no son comparables a nada de cuanto la cólera de los hombres
ha inventado para remedar la ferocidad de las bestias. Entre mil
muertes, se conquistaba el terreno palmo a palmo; y una vez que se le
dominaba, se sostenía con encarnizamiento el pedazo de tierra necesario
para poner los pies. Inglaterra no cedía el espacio en que fijaba
las suelas de sus zapatos; y para quitárselo y vencer aquel prodigio
de constancia, era preciso a los franceses desplegar todo su arrojo,
favorecido por la altura. Aun así no lograban echar a los británicos
por la pendiente abajo. ¡Ay del que rodase primero! Conociendo el
peligro inmenso de un pasajero desmayo, de un retroceso, de una mirada
atrás, los pies de aquellos hombres echaban raíces. Aun después de
muertas, parecía que sus largas piernas se enclavaban en el suelo hasta
las rodillas, como jalones que debían marcar eternamente la conquista
del poderoso genio de Inglaterra.
Mas al fin llegó un momento terrible; un momento en que las columnas
subían y morían; en que la mucha gente que se lanzaba por aquel
talud, destrozada, abrasada, diezmada, sintiéndose mermar a cada paso,
entendió que sus fuerzas no traían gran ventaja. Tras las columnas
francesas arrolladas, aparecían otras. Como en el espantoso bosque de
Macbeth, en la cresta del Grande Arapil cada rama era un hombre. Nos
acercábamos a la cumbre, y aquel cráter superior vomitaba soldados.
Se ignoraba de dónde podía salir tanta gente, y era que la meseta del
cerro tenía cabida para un ejército. Llegó, pues, un instante en que
los ingleses vieron venir sobre ellos la cima del cerro mismo, una
monstruosidad horrenda que esgrimía mil bayonetas y apuntaba con miles
de cañones de fusil. El pánico se apoderó de todos, no aquel pánico
nervioso que obliga a correr, sino una angustia soberana y grave que
quita toda esperanza, dando resignación. Era imposible, de todo punto
imposible, seguir subiendo.
Pero bajar era el punto difícil. Nada más fácil si se dejaban
acuchillar por los franceses, resignándose a rodar sobre la tierra
vivos o muertos. Una retirada en declive paso a paso y dando al enemigo
cada palmo de terreno con tanta parsimonia como se le quitó, es el
colmo de la dificultad. Pack bramaba de ira, y la sangre agolpada en la
carnaza encendida de su rostro parecía querer brotar por cada poro.
Era hombre que tenía alma para plantarse solo en la cumbre del cerro.
Daba órdenes con ronca voz; pero sus órdenes no se oían ya: esgrimía la
espada acuchillando al cielo, porque el cielo tenía sin duda la culpa
de que los ingleses no pudiesen continuar adelante.
Había llegado la ocasión de que muriese estoicamente uno para
resguardar con su cuerpo al que daba un paso atrás. De este modo se
salvaba la mitad de la carne. Una mala retirada arroja en las brasas
todo cuanto hay en el asador. Las columnas se escalonaban con arte
admirable; el fuego era más vivo, y cada vez que descendía de lo alto
desgajándose uno de aquellos pesados aludes, creeríase que todo había
concluido; pero la confusión momentánea desaparecía al instante, las
masas inglesas aparecían de nuevo compactas y formidables, y la muerte
tenía que contentarse con la mitad. Así se fue cediendo lentamente
parte del terreno, hasta que los imperiales dejaron de atacarnos.
Habían llegado a un punto en que el cañón inglés les molestaba mucho, y
además los progresos de Packenham por el flanco del Grande Arapil les
inquietaba bastante. Reconcentráronse y aguardaron.
En tanto, por otro lado ocurrían sucesos admirables y gloriosos. Todo
iba bien en todas partes menos en nuestro malhadado cerro. El general
Cole destrozaba el centro francés. La caballería de Stapleton Cotton,
penetrando por entre las descompuestas filas, daba una de las cargas
más brillantes, más sublimes y al mismo tiempo más horrorosas que
pueden verse. Desde la posición a que nos retiramos, no avergonzados,
pero sí humillados, distinguíamos a lo lejos aquella admirable función
que nos causaba envidia. Las columnas de dragones, las falanges de
caballos, los más ligeros, los más vivos, los más guerreros que pueden
verse, penetraban como inmensas culebras por entre la infantería
francesa. Los golpes de los sables ofrecían a la vista un salpicar
perenne de pequeños rayos, menuda lluvia de acero que destrozaba
pechos, aniquilaba gente, atropellaba y deshacía como el huracán. Los
gritos de los jinetes, el brillo de sus cascos, el relinchar de los
corceles que regocijaban en aquella fiesta sangrienta sus brutales e
imperfectas almas, ofrecían espectáculo aterrador. Indiferentes, como
es natural, a las desdichas del enemigo, los corazones guerreros se
endiosaban con aquel espectáculo. La confianza huye de los combates,
deidad asustada y llorosa, conducida por el miedo; no queda más que la
ira guerrera, que nada perdona, y el bárbaro instinto de la fuerza, que
por misterioso enigma del espíritu se convierte en virtud admirable.
Los escuadrones de Stapleton Cotton, como he dicho, realizaban el
gran prodigio de aquella batalla. En vano los franceses alcanzaban
algunas ventajas por otro lado; en vano habían logrado apoderarse de
algunas casas del pueblo de Arapiles. Creyendo que poseer la aldea
era importante, tomaron briosamente los primeros edificios y los
defendieron con bravura. Se agarraban a las paredes de tierra y se
pegaban a ella, como los moluscos a la piedra; se dejaban espachurrar
contra las tapias antes que abandonarlas, barridos por la metralla
inglesa. Precisamente cuando los franceses creían obtener gran ventaja
poseyendo el pueblo, y cuando nosotros descendíamos del Arapil Grande,
fue cuando la caballería de Cotton penetró como un gran puñal en el
corazón del ejército imperial; viose el gran cuerpo partido en dos,
crujiendo y estallando al violento roce de la poderosa cuña. Todo cedía
ante ella: fuerza, previsión, pericia, valor, arrojo, porque era una
potencia admirable, una unidad abrumadora, compuesta de miles de piezas
que obraban armónicamente sin que una sola discrepara. Las miles de
corazas daban idea del _testudo_ romano; pero aquella inmensa tortuga
con conchas de acero tenía la ligereza del reptil, y millares de patas
y millares de bocas para gritar y morder. Sus dentelladas ensanchaban
el agujero en que se había metido; todo caía ante ella. Gimieron con
espanto los batallones enemigos. Corrió Marmont a poner orden, y
una bala de cañón le quitó el brazo derecho. Corrió luego Bonnet a
sustituirle, y cayó también. Ferey, Thomières y Desgraviers, generales
ilustres, perecieron con millares de soldados.
En la falda de nuestro cerro se había suspendido el fuego. Un oficial
que había caído junto a mí al verificar el descenso, era transportado
por dos soldados. Le vi al pasar, y él, casi moribundo, me llamó
con una seña. Era Sir Thomas Parr. Puesto en el suelo, el cirujano,
examinando su pecho destrozado, dio a entender que aquello no tenía
remedio. Otros oficiales ingleses, la mayor parte heridos también, le
rodeaban. El pobre Parr volvió hacia mí los ojos, en que se extinguían
lentamente los últimos resplandores de la vida, y con voz débil me
habló así:
--Me han dicho antes de la batalla que tenéis resentimiento contra mí y
que os disponíais a pedirme satisfacción por no sé qué agravios.
--Amigo --exclamé conmovido--, en esta ocasión no puede quedar en mi
pecho ni rastro de cólera. Lo perdono y lo olvido todo. La calumnia de
que usted se ha hecho eco, seguramente sin malicia, no puede dañar a mi
honor: es una ligereza de esas que todos cometemos.
--¿Quién no comete alguna, caballero Araceli? --dijo con voz grave--.
Reconoced, sin embargo, que no he podido ofenderos. Muero sin la
zozobra de ser odiado... ¿Decís que os calumnié? ¿Os referís al caso de
Miss Fly? ¿Y a eso llamáis calumnia? Yo he repetido lo que oí.
--¿Miss Fly?
--Como se dice que forzosamente os casaréis con ella, nada tengo que
echaros en cara. ¿Reconocéis que no os he ofendido?
--Lo reconozco --respondí sin saber lo que respondía.
Parr, volviéndose a sus compatriotas, dijo:
--Parece que perdemos la batalla.
--La batalla se ganará --le respondieron.
Sacó su reloj y lo entregó a uno de los presentes.
--¡Que la Inglaterra sepa que muero por ella! ¡Que no se olvide mi
nombre!... --murmuró con voz que se iba apagando por grados.
Nombró a su mujer, a sus hijos; pronunció algunas palabras cariñosas,
estrechando la mano de sus amigos.
--La batalla se ganará... ¡Muero por Inglaterra!... --dijo cerrando los
ojos.
Leves movimientos y ligeras oscilaciones de sus labios fueron las
últimas señales de la vida en el cuerpo de aquel valiente y generoso
soldado. Un momento después se añadía un número a la cifra espantosa de
los muertos que se había tragado el Arapil Grande.