Ocupáronse al instante unas casas viejas y unos tejares que había
como a sesenta varas a un lado y otro de la ermita, estableciéndose
imaginaria línea defensiva, cuyo único apoyo material era una depresión
del terreno, una especie de zanja sin profundidad que parecía marcar
el linde entre dos heredades. Si yo hubiera mandado toda la fuerza
del brigadier Pack, habría intentado jugar el todo por el todo y
desconcertar al enemigo antes que embistiera; pero los ingleses
no hacían nunca estas locuras, que salen bien una vez y veinte se
malogran. Por el contrario, Pack dispuso sus fuerzas a la defensiva;
con ojo admirable y rápido se hizo cargo de todos los accidentes del
terreno, de las suaves ondulaciones del cerro por aquella parte, del
peñón aislado, del árbol solitario, de la tapia ruinosa, y todo lo
aprovechó.
Llegaron los franceses. Nos miraban desde lejos con recelo, nos olían,
nos escuchaban.
¿Habéis visto a la cigüeña alargar el cuello a un lado y otro, de tal
modo que no se sabe si mira o si oye, sostenerse en un pie, alzando el
otro con intento de no fijarlo en tierra hasta no hallar suelo seguro?
Pues así se acercaban los franceses. Entre nosotros, algunos reían.
No puedo dar idea del silencio que reinaba en las filas en aquel
momento. ¿Eran soldados en acecho o monjes en oración?... Pero
instantáneamente la cigüeña puso los dos pies en tierra. Estaba en
terreno firme. Sonaron mil tiros a la vez, y se nos vino encima una
oleada humana compuesta de bayonetas, de gritos, de patadas, de
ferocidades sin nombre.
--¡Fuego! ¡muerte! ¡sangre! ¡canallas! --tales son las palabras
con que puedo indicar, por lo poco que entendía, aquella algazara
de la indignación inglesa, que mugía en torno mío; un concierto de
articulaciones guturales, un graznido al mismo tiempo discorde y
sublime como de mil celestiales loros y cotorras charlando a la vez.
Yo había visto cosas admirables en soldados españoles y franceses,
tratándose de atacar; pero no había visto nada comparable a los
ingleses tratando de resistir. Yo no había visto que las columnas
se dejaran acuchillar. El viejo tronco inerte no recibe con tanta
paciencia el golpe de la segur que lo corta, como aquellos hombres
la bayoneta que los destrozaba. Repetidas veces rechazaron a los
franceses, haciéndoles correr mucho más allá de la ermita. Había gente
para todo: para morir resistiendo, y para matar empujando. Por momentos
parecía que les rechazábamos definitivamente; pero el bosque, sacando
de debajo de su plumaje nuevas empolladuras de gente, nos ponía en
desventaja numérica, pues si bien del Arapil Chico venían a ayudarnos
algunas compañías, no eran en número suficiente.
La mortandad era grande por un lado y por otro, más por el nuestro,
y a tanto llegó, que nos vimos en gran apuro para retirar los muchos
muertos y heridos que imposibilitaban los movimientos. El combate
se suspendía y se trababa en cortos intervalos. No retrocedíamos ni
una línea; pero tampoco avanzábamos, y habíamos abandonado el patio
de la ermita por ser imposible sostenerse allí. Las casas de labor y
tejares sí eran nuestros, y no parecían los _highlanders_ dispuestos
a dejárselos quitar; pero esta serie de ventajas y desventajas que
equilibraba las dos potencias enemigas; este contrapeso sostenido a
fuerza de arrojo, no podía durar mucho. Que los franceses enviasen
gente; que, por el contrario, las enviase Lord Wellington, y la
cuestión había de decidirse pronto; que la enviasen los dos al mismo
tiempo, y entonces... solo Dios sabía el resultado.
El brigadier Pack me llamó, diciéndome:
--Corred al cuartel general y decid al Lord lo que pasa.
Monté a caballo, y a todo escape me dirigí al cuartel general. Cuando
bajaba la pendiente en dirección a las líneas del ejército aliado,
distinguí muy bien las masas del ejército francés moviéndose sin cesar;
pero entre el centro de uno y otro ejército no se disparaba aún ni un
solo tiro. Todo el interés estaba todavía en aquella apartada escena
del Arapil Grande; en aquello que parecía un detalle insignificante,
un capricho del genio militar que a la sazón meditaba la gran batalla.
Cuando pasé junto a los diversos cuerpos de la línea aliada, llamó
mi atención verles quietos y tranquilos esperando órdenes mano sobre
mano. No había batalla; es más, no parecía que iba a haber batalla,
sino simulacro. Pero los jefes, todos en pie sobre las elevaciones
del terreno, sobre los carros de municiones y aun sobre las cureñas,
observaban, ayudados de sus anteojos, la peripecia del Arapil Grande,
junto a la ermita.
--¿Por qué toda esta gente no corre a ayudar al brigadier Pack? --me
preguntaba yo lleno de confusiones.
Era que ni Wellington ni Marmont querían aparentar gran deseo de ocupar
el Arapil Grande, por lo mismo que uno y otro consideraban aquella
posición como la clave de la batalla. Marmont fingía movimientos
diversos para desconcertar a Wellington; amenazaba correr hacia el
Tormes para que el ojo imperturbable del capitán inglés se apartase del
Arapil; luego afectaba retirarse como si no quisiera librar batalla,
y en tanto Wellington, quieto, inmutable, sereno, atento, vigilante,
permanecía en su puesto observando las evoluciones del francés, y
sostenía con poderosa mano las mil riendas de aquel ejército que quería
lanzarse antes de tiempo.
Marmont quería engañar a Wellington; pero Wellington no solo quería
engañar, sino que estaba engañando a Marmont. Este se movía para
desconcertar a su enemigo, y el inglés, atento a las correrías del
otro, espiaba la más ligera falta del francés para caerle encima.
Al mismo tiempo, afectaba no hacer caso del Arapil Grande, y colocó
bastantes tropas en la derecha del Tormes para hacer creer que allí
quería poner todo el interés de la batalla. En tanto, tenía dispuestas
fuerzas enormes para un caso de apuro en el gran cerro. Pero ese caso
de apuro, según él, no había llegado todavía, ni llegaría mientras
hubiera carne viva en Santa María de la Peña. Eran las diez de la
mañana, y fuera de la breve acción que he descrito, los dos ejércitos
no habían disparado un tiro.
Cuando atravesé las filas, muchos jefes, apostados en distintos puntos,
me dirigían preguntas a que era imposible contestar; y cuando llegué
al cuartel general, vi a Wellington a caballo, rodeado de multitud de
generales.
Antes de acercarme a él, ya había dicho yo expresivamente con el gesto,
con la mirada:
--No se puede.
--¡Qué no se puede! --exclamó con calma imperturbable, después que
verbalmente le manifesté lo que pasaba allá.
--Dominar el Arapil Grande.
--Yo no he mandado a Pack que dominara el Arapil Grande, porque es
imposible --replicó--. Los franceses están muy cerca, y desde ayer
tienen hechos mil preparativos para disputarnos esa posición, aunque lo
disimulan.
--Entonces...
--Yo no he mandado a Pack que dominase por completo el cerro, sino que
impidiese a los franceses que se establecieran allí definitivamente.
¿Se establecerán? ¿No existen ya el 23 de línea, ni el 3.º de
cazadores, ni el 7.º de _highlanders_?
--Existen... un poco todavía, mi general.
--Con las fuerzas que han ido después basta para el objeto, que es
resistir, nada más que resistir. Basta con que ni un francés pise la
vertiente que cae hacia acá. Si no se puede dominar la ermita, no creo
que falte gente para entretener al enemigo unas cuantas horas.
--En efecto, mi general --dije--. Por muy a prisa que se muera,
ochocientos cuerpos dan mucho de sí. Se puede conservar hasta el
mediodía lo que poseemos.
Cuando esto decía, atendiendo más a las lejanas líneas enemigas que a
mí, observé en él un movimiento súbito; volviose al general Álava que
estaba a su lado, y dijo:
--Esto cambia de repente. Los franceses extienden demasiado su línea.
Su derecha quiere envolverme...
Una formidable masa de franceses se extendía hacia el Tormes, dejando
un claro bastante notable entre ella y Cavarrasa. Era necesario ser
ciego para no comprender que por aquel claro, por aquella juntura iba a
introducir su terrible espada hasta la empuñadura el genio del ejército
aliado.