La tremenda carga de Stapleton Cotton había variado la situación de
las cosas. Leith se apareció de nuevo entre nosotros, acompañado del
brigadier Spry. En sus semblantes, en sus gestos, lo mismo que en las
vociferaciones de Pack, comprendí que se preparaba un nuevo ataque
al cerro. La situación del enemigo era ya mucho menos favorable que
anteriormente, porque las ventajas obtenidas en nuestro centro con el
avance de la caballería y los progresos del general Cole modificaban
completamente el aspecto de la batalla. Packenham, después de
rechazarles del pueblo, les apretaba bastante por la falda oriental
del cerro, de modo que estaban expuestos a sufrir las consecuencias
de un movimiento envolvente. Pero tenían poderosa fuerza en la vasta
colina, y además retirada segura por los montes de Cavarrasa. La
brigada de Spry, que antes maniobrara en las inmediaciones del pueblo,
corriose a la derecha para apoyar a Packenham. La división de Leith, la
brigada de Pack con el 23 de línea, el 3.º y 5.º de ligeros, entraron
de nuevo en fuego.
Los franceses, reconcentrándose en sus posiciones de la ermita
para arriba, esperaban con imponente actitud. Sonó el tiroteo por
diversos puntos; las columnas marcharon en silencio. Ya conocíamos
el terreno, el enemigo y los tropiezos de aquella ascensión. Como
antes, los franceses parecían dispuestos a dejarnos que avanzáramos,
para recibirnos a lo mejor con una lluvia de balas; pero no fue así,
porque de súbito desgajáronse con ímpetu amenazador sobre Packenham
y sobre Leith, atacando con tanto coraje, que era preciso ser inglés
para resistirlo. Las columnas de uno y otro lado habían perdido su
alineación, y formadas de irregulares y deformes grupos ofrecían
frentes erizados de picos, si se me permite expresarlo así, los cuales
se engastaban unos en otros. Los dos ejércitos se clavaban mutuamente
las uñas, desgarrándose. Arroyos de sangre surcaban el suelo. Los
cuerpos que caían eran a veces el principal obstáculo para avanzar; a
ratos se interrumpían aquellos al modo de abrazos de muerte, y cada
cual se retiraba un poco hacia atrás a fin de cobrar nueva fuerza para
una nueva embestida. Observábamos los claros del suelo ensangrentado
y lleno de cadáveres, y lejos de desmayar ante aquel espectáculo
terrible, reproducíamos con doble furia los mismos choques. Cubierto
de sangre, que ignoraba si había salido de mis propias venas o de las
de otro, yo me lanzaba a los mismos delirios que veía en los demás,
olvidado de todo, sintiendo (y esto es evidente) como una segunda, o
mejor dicho, una nueva alma que no existía más que para regocijarse en
aquellas ferocidades sin nombre; una nueva alma, sí, en cuyas potencias
irritadas se borraba toda memoria de lo pasado, toda idea extraña
al frenesí en que estaba metida. Bramaba como los _highlanders_, y
¡cosa extraordinaria! en aquella ocasión yo hablaba inglés. Ni antes
ni después supe una palabra de ese lenguaje; pero es lo cierto que
cuanto aullé en la batalla me lo entendían los ingleses, y a mi vez les
entendía yo.
El poderoso esfuerzo de los escoceses desconcertó un poco las líneas
imperiales, precisamente en el instante en que llegó a nuestro campo
la división de Clinton, que hasta entonces había estado en la reserva.
Tropas frescas y sin cansancio entraron en acción, y desde aquel
momento vimos que las horribles filas de franceses se mantuvieron
inactivas, aunque firmes. Poco después las vimos replegarse, sin
dejar de hacer un fuego muy vivo. A pesar de esto, los ingleses no se
lanzaban sobre ellos. Corrió algún tiempo más, y entonces observamos
que las tropas que ocupaban lo alto del cerro lo abandonaban
lentamente, resguardados por el frente, que seguía haciendo fuego.
No sé si dieron órdenes para ello: lo que sé es que súbitamente los
regimientos ingleses, que en distintos puntos ocupaban la pendiente,
avanzaron hacia arriba con calma, sin precipitación. La cumbre del
Grande Arapil era una extensión irregular y vasta, compuesta de otros
pequeños cerros y vallecitos. Inmenso número de soldados cabían en
ella; pero venía la noche, el centro del ejército enemigo estaba
derrotado, su izquierda hacia el Tormes también, de modo que les era
imposible defender la disputada altura. Francia empezaba a retirarse y
la batalla estaba ganada.
Sin embargo, no era fácil acuchillar, como algunos hubieran querido,
a los franceses que aún ocupaban varias alturas, porque se defendían
con aliento y sabían cubrir la retirada. Por nuestro lado fue donde
más daño se les hizo. Mucho se trabajó para romper sus filas,
para quebrantar y deshacer aquella muralla que protegía la huida
de los demás hacia el bosque; pero al principio no fue fácil. El
espectáculo de las considerables fuerzas que se retiraban casi ilesas
y tranquilamente, nos impulsó a cargar con más brío sobre ellas, y al
cabo, tanto se golpeó y machacó en la infortunada línea francesa, que
la vimos agrietarse, romperse, desmenuzarse, y en sus innúmeros claros
penetraron el puño y la garra del vencedor para no dejar nada con vida.
¡Terrible hora aquella en que un ejército vencido tiene que organizar
su fuga ante la amenazadora e implacable saña del vencedor, que si huye
le destroza, y si se queda le destroza también!
Caía la tarde; iba oscureciéndose lentamente el paisaje. Los
desparramados grupos del ejército enemigo, rayas fugaces que
serpenteaban en el suelo a lo lejos, se desvanecían absorbidos por la
tierra y los bosques, entre la triste música de los roncos tambores.
Estos y la algazara cercana y el ruido del cañón, que aún cantaba las
últimas lúgubres estrofas del poema, producían un estrépito loco que
desvanecía el cerebro. No era posible escuchar ni la voz del amigo,
gritando en nuestro oído. Había llegado el momento en que todo lo
dicen las facciones y los gestos, y era inútil dar órdenes, porque
no se entendían. El soldado veía llegada la ocasión de las proezas
individuales, para lo cual no se necesita de los jefes, y todo estaba
ya reducido a ver quién mataba más enemigos en fuga, quién cogía más
prisioneros, quién podía echar la zarpa a un general, quién lograba
poner la mano en una de aquellas veneradas águilas que se habían
pavoneado orgullosas por toda Europa, desde Berlín hasta Lisboa.
El rugido que atronó los espacios cuando el vencedor, lleno de ira y
sediento de venganza, se precipitó sobre el vencido para ahogarle,
no es susceptible de descripción. Quien no ha oído retumbar el rayo
en el seno de las tempestades de los hombres, ignorará siempre lo
que son tales escenas. Ciegos y locos, sin ver el peligro ni la
muerte, sin oír más que el zumbar del torbellino, nos arrojábamos
dentro de aquel volcán de rabia. Nos confundíamos con ellos: unos eran
desarmados, otros tendían a sus pies al atrevido que intentaba cogerles
prisioneros; cuál moría matando, cuál se dejaba atrapar estoicamente.
Muchos ingleses eran sacrificados en el último pataleo de la bestia
herida y desesperada; se acuchillaban sin piedad: miles de manos
repartían la muerte en todas direcciones, y vencidos y vencedores caían
juntos revueltos y enlazados, confundiendo la abrasada sangre.
No hay en la historia odio comparable al de ingleses y franceses en
aquella época. Güelfos y gibelinos, cartagineses y romanos, árabes
y españoles, se perdonaban alguna vez; pero Inglaterra y Francia en
tiempo del Imperio se aborrecían como Satanás. La envidia simultánea
de estos dos pueblos, de los cuales uno dominaba los mares del globo
y otro las tierras, estallaba en los campos de batalla de un modo
horrible. Desde Talavera hasta Waterloo, los duelos de estos dos
rivales tendieron en tierra un millón de cuerpos. En los Arapiles,
una de sus más encarnizadas reyertas, llegaron ambos al colmo de la
ferocidad.
Para coger prisioneros, se destrozaba todo lo que se podía en la vida
del enemigo. Con unos cuantos portugueses e ingleses, me interné tal
vez más de lo conveniente en el seno de la desconcertada y fugitiva
infantería enemiga. Por todos lados presenciaba luchas insanas, y oía
los vocablos más insultantes de aquellas dos lenguas que peleaban
con sus injurias como los hombres con las armas. El torbellino, la
espiral me llevaba consigo, ignorante yo de lo que hacía; el alma
no conservaba más conocimiento de sí misma que un anhelo vivísimo
de matar algo. En aquella confusión de gritos, de brazos alzados,
de semblantes infernales, de ojos desfigurados por la pasión, vi un
águila dorada puesta en la punta de un palo, donde se enrollaba inmundo
trapo, una arpillera sin color, cual si con ella se hubieran fregado
todos los platos de la mesa de todos los reyes europeos. Devoré con
los ojos aquel harapo, que, en una de las oscilaciones de la turba,
fue desplegado por el viento y mostró una N que había sido de oro y
se dibujaba sobre tres fajas cuyo matiz era un pastel de tierra, de
sangre, de lodo y de polvo. Todo el ejército de Bonaparte se había
limpiado el sudor de mil combates con aquel pañuelo agujereado que ya
no tenía forma ni color.
Yo vi aquel glorioso signo de guerra a una distancia como de cinco
varas. Yo no sé lo que pasó; yo no sé si la bandera vino hasta mí, o si
yo corrí hacia la bandera. Si creyese en milagros, creería que mi brazo
derecho se alargó cinco varas, porque, sin saber cómo, yo agarré el
palo de la bandera y lo así tan fuertemente, que mi mano se pegó a él y
lo sacudió y quiso arrancarlo de donde estaba. Tales momentos no caben
dentro de la apreciación de los sentidos. Yo me vi rodeado de gente:
caían, rodaban, unos muriendo, otros defendiéndose. Hice esfuerzos
para arrancar el asta, y una voz gritó en francés:
--Tómala.
En el mismo segundo una pistola se disparó sobre mí. Una bayoneta
penetró en mi carne; no supe por dónde, pero sí que penetró. Ante
mí había una figura lívida, un rostro cubierto de sangre, unos ojos
que despedían fuego, unas garras que hacían presa en el asta de la
bandera, y una boca contraída que parecía iba a comerse águila, trapo
y asta, y a comerme también a mí. Decir cuánto odié a aquel monstruo,
me es imposible: nos miramos un rato y luego forcejeamos. El cayó de
rodillas: una de sus piernas no era pierna, sino un pedazo de carne.
Pugné por arrancar de sus manos la insignia. Alguien vino en auxilio
mío, y alguien le ayudó a él. Me hirieron de nuevo, me encendí en ira
más salvaje aún, y estreché a la bestia apretándola contra el suelo
con mis rodillas. Con ambas manos agarraba ambas cosas, el palo de la
bandera y la espada. Pero esto no podía durar así, y mi mano derecha
se quedó solo con la espada. Creí perder la bandera; pero el acero
empujado por mí se hundía más cada vez en una blandura inexplicable, y
un hilo de sangre vino derecho a mi rostro como una aguja. La bandera
quedó en mi poder; pero de aquel cuerpo que se revolvía bajo el mío
surgieron al modo de antenas, garras, o no sé qué tentáculo rabioso y
pegajoso, y una boca se precipitó sobre mí clavando sus agudos dientes
en mi brazo con tanta fuerza, que lancé un grito de dolor.
Caí abrazado y constreñido por aquel dragón, pues dragón me parecía.
Me sentí apretado por él, y rodamos por no sé qué declives de tierra,
entre mil cuerpos, los unos muertos e inertes, los otros vivos y que
corrían. Yo no vi más: solo sentí que en aquel rodar veloz llevaba
el águila fuertemente cogida entre mis brazos. La boca terrible del
monstruo apretaba cada vez más mi brazo, y me llevaba consigo, los dos
envueltos, confundidos, el uno sobre el otro y contra el otro, bajo mil
patas que nos pisaban; entre la tierra que nos cegaba los ojos; entre
una oscuridad tenebrosa; entre un zumbido tan grande, como si todo
el mundo fuese un solo abejón; sin conciencia de lo que era arriba y
abajo; con todos los síntomas confusos y vagos de haberme convertido en
constelación, en una como criatura circunvoladora, en la cual todos los
miembros, todas las entrañas, toda la carne y sangre y nervios dieran
vueltas infinitas y vertiginosas alrededor del ardiente cerebro.
Yo no sé cuánto tiempo estuve rodando: debió de ser poco; pero a mí me
pareció algo al modo de siglos. Yo no sé cuándo paré; lo que sé es que
el monstruo no dejaba de formar conmigo una sola persona, ni su feroz
boca de morderme... Por último, no se contentaba con comerme el brazo,
sino que, al parecer, hundía su envenenado diente en mi corazón. Lo que
también sé es que el águila seguía sobre mi pecho: yo la sentía. Sentía
el asta cual si la tuviera clavada en mis entrañas. Mi pensamiento se
hacía cargo de todo con extravío y delirio, porque él mismo era una
luz ardiente que caía no sé de dónde, y en la inapreciable velocidad
de su carrera describía una raya de fuego, una línea sin fin, que...
tampoco sé a dónde iba. ¡Tormento mayor no lo experimenté jamás! Este
se acabó cuando perdí toda noción de existencia. La batalla de los
Arapiles concluyó, al menos para mí.