XXXVI

La tremenda carga de Stapleton Cotton había variado la situación de

las cosas. Leith se apareció de nuevo entre nosotros, acompañado del

brigadier Spry. En sus semblantes, en sus gestos, lo mismo que en las

vociferaciones de Pack, comprendí que se preparaba un nuevo ataque

al cerro. La situación del enemigo era ya mucho menos favorable que

anteriormente, porque las ventajas obtenidas en nuestro centro con el

avance de la caballería y los progresos del general Cole modificaban

completamente el aspecto de la batalla. Packenham, después de

rechazarles del pueblo, les apretaba bastante por la falda oriental

del cerro, de modo que estaban expuestos a sufrir las consecuencias

de un movimiento envolvente. Pero tenían poderosa fuerza en la vasta

colina, y además retirada segura por los montes de Cavarrasa. La

brigada de Spry, que antes maniobrara en las inmediaciones del pueblo,

corriose a la derecha para apoyar a Packenham. La división de Leith, la

brigada de Pack con el 23 de línea, el 3.º y 5.º de ligeros, entraron

de nuevo en fuego.

Los franceses, reconcentrándose en sus posiciones de la ermita

para arriba, esperaban con imponente actitud. Sonó el tiroteo por

diversos puntos; las columnas marcharon en silencio. Ya conocíamos

el terreno, el enemigo y los tropiezos de aquella ascensión. Como

antes, los franceses parecían dispuestos a dejarnos que avanzáramos,

para recibirnos a lo mejor con una lluvia de balas; pero no fue así,

porque de súbito desgajáronse con ímpetu amenazador sobre Packenham

y sobre Leith, atacando con tanto coraje, que era preciso ser inglés

para resistirlo. Las columnas de uno y otro lado habían perdido su

alineación, y formadas de irregulares y deformes grupos ofrecían

frentes erizados de picos, si se me permite expresarlo así, los cuales

se engastaban unos en otros. Los dos ejércitos se clavaban mutuamente

las uñas, desgarrándose. Arroyos de sangre surcaban el suelo. Los

cuerpos que caían eran a veces el principal obstáculo para avanzar; a

ratos se interrumpían aquellos al modo de abrazos de muerte, y cada

cual se retiraba un poco hacia atrás a fin de cobrar nueva fuerza para

una nueva embestida. Observábamos los claros del suelo ensangrentado

y lleno de cadáveres, y lejos de desmayar ante aquel espectáculo

terrible, reproducíamos con doble furia los mismos choques. Cubierto

de sangre, que ignoraba si había salido de mis propias venas o de las

de otro, yo me lanzaba a los mismos delirios que veía en los demás,

olvidado de todo, sintiendo (y esto es evidente) como una segunda, o

mejor dicho, una nueva alma que no existía más que para regocijarse en

aquellas ferocidades sin nombre; una nueva alma, sí, en cuyas potencias

irritadas se borraba toda memoria de lo pasado, toda idea extraña

al frenesí en que estaba metida. Bramaba como los _highlanders_, y

¡cosa extraordinaria! en aquella ocasión yo hablaba inglés. Ni antes

ni después supe una palabra de ese lenguaje; pero es lo cierto que

cuanto aullé en la batalla me lo entendían los ingleses, y a mi vez les

entendía yo.

El poderoso esfuerzo de los escoceses desconcertó un poco las líneas

imperiales, precisamente en el instante en que llegó a nuestro campo

la división de Clinton, que hasta entonces había estado en la reserva.

Tropas frescas y sin cansancio entraron en acción, y desde aquel

momento vimos que las horribles filas de franceses se mantuvieron

inactivas, aunque firmes. Poco después las vimos replegarse, sin

dejar de hacer un fuego muy vivo. A pesar de esto, los ingleses no se

lanzaban sobre ellos. Corrió algún tiempo más, y entonces observamos

que las tropas que ocupaban lo alto del cerro lo abandonaban

lentamente, resguardados por el frente, que seguía haciendo fuego.

No sé si dieron órdenes para ello: lo que sé es que súbitamente los

regimientos ingleses, que en distintos puntos ocupaban la pendiente,

avanzaron hacia arriba con calma, sin precipitación. La cumbre del

Grande Arapil era una extensión irregular y vasta, compuesta de otros

pequeños cerros y vallecitos. Inmenso número de soldados cabían en

ella; pero venía la noche, el centro del ejército enemigo estaba

derrotado, su izquierda hacia el Tormes también, de modo que les era

imposible defender la disputada altura. Francia empezaba a retirarse y

la batalla estaba ganada.

Sin embargo, no era fácil acuchillar, como algunos hubieran querido,

a los franceses que aún ocupaban varias alturas, porque se defendían

con aliento y sabían cubrir la retirada. Por nuestro lado fue donde

más daño se les hizo. Mucho se trabajó para romper sus filas,

para quebrantar y deshacer aquella muralla que protegía la huida

de los demás hacia el bosque; pero al principio no fue fácil. El

espectáculo de las considerables fuerzas que se retiraban casi ilesas

y tranquilamente, nos impulsó a cargar con más brío sobre ellas, y al

cabo, tanto se golpeó y machacó en la infortunada línea francesa, que

la vimos agrietarse, romperse, desmenuzarse, y en sus innúmeros claros

penetraron el puño y la garra del vencedor para no dejar nada con vida.

¡Terrible hora aquella en que un ejército vencido tiene que organizar

su fuga ante la amenazadora e implacable saña del vencedor, que si huye

le destroza, y si se queda le destroza también!

Caía la tarde; iba oscureciéndose lentamente el paisaje. Los

desparramados grupos del ejército enemigo, rayas fugaces que

serpenteaban en el suelo a lo lejos, se desvanecían absorbidos por la

tierra y los bosques, entre la triste música de los roncos tambores.

Estos y la algazara cercana y el ruido del cañón, que aún cantaba las

últimas lúgubres estrofas del poema, producían un estrépito loco que

desvanecía el cerebro. No era posible escuchar ni la voz del amigo,

gritando en nuestro oído. Había llegado el momento en que todo lo

dicen las facciones y los gestos, y era inútil dar órdenes, porque

no se entendían. El soldado veía llegada la ocasión de las proezas

individuales, para lo cual no se necesita de los jefes, y todo estaba

ya reducido a ver quién mataba más enemigos en fuga, quién cogía más

prisioneros, quién podía echar la zarpa a un general, quién lograba

poner la mano en una de aquellas veneradas águilas que se habían

pavoneado orgullosas por toda Europa, desde Berlín hasta Lisboa.

El rugido que atronó los espacios cuando el vencedor, lleno de ira y

sediento de venganza, se precipitó sobre el vencido para ahogarle,

no es susceptible de descripción. Quien no ha oído retumbar el rayo

en el seno de las tempestades de los hombres, ignorará siempre lo

que son tales escenas. Ciegos y locos, sin ver el peligro ni la

muerte, sin oír más que el zumbar del torbellino, nos arrojábamos

dentro de aquel volcán de rabia. Nos confundíamos con ellos: unos eran

desarmados, otros tendían a sus pies al atrevido que intentaba cogerles

prisioneros; cuál moría matando, cuál se dejaba atrapar estoicamente.

Muchos ingleses eran sacrificados en el último pataleo de la bestia

herida y desesperada; se acuchillaban sin piedad: miles de manos

repartían la muerte en todas direcciones, y vencidos y vencedores caían

juntos revueltos y enlazados, confundiendo la abrasada sangre.

No hay en la historia odio comparable al de ingleses y franceses en

aquella época. Güelfos y gibelinos, cartagineses y romanos, árabes

y españoles, se perdonaban alguna vez; pero Inglaterra y Francia en

tiempo del Imperio se aborrecían como Satanás. La envidia simultánea

de estos dos pueblos, de los cuales uno dominaba los mares del globo

y otro las tierras, estallaba en los campos de batalla de un modo

horrible. Desde Talavera hasta Waterloo, los duelos de estos dos

rivales tendieron en tierra un millón de cuerpos. En los Arapiles,

una de sus más encarnizadas reyertas, llegaron ambos al colmo de la

ferocidad.

Para coger prisioneros, se destrozaba todo lo que se podía en la vida

del enemigo. Con unos cuantos portugueses e ingleses, me interné tal

vez más de lo conveniente en el seno de la desconcertada y fugitiva

infantería enemiga. Por todos lados presenciaba luchas insanas, y oía

los vocablos más insultantes de aquellas dos lenguas que peleaban

con sus injurias como los hombres con las armas. El torbellino, la

espiral me llevaba consigo, ignorante yo de lo que hacía; el alma

no conservaba más conocimiento de sí misma que un anhelo vivísimo

de matar algo. En aquella confusión de gritos, de brazos alzados,

de semblantes infernales, de ojos desfigurados por la pasión, vi un

águila dorada puesta en la punta de un palo, donde se enrollaba inmundo

trapo, una arpillera sin color, cual si con ella se hubieran fregado

todos los platos de la mesa de todos los reyes europeos. Devoré con

los ojos aquel harapo, que, en una de las oscilaciones de la turba,

fue desplegado por el viento y mostró una N que había sido de oro y

se dibujaba sobre tres fajas cuyo matiz era un pastel de tierra, de

sangre, de lodo y de polvo. Todo el ejército de Bonaparte se había

limpiado el sudor de mil combates con aquel pañuelo agujereado que ya

no tenía forma ni color.

Yo vi aquel glorioso signo de guerra a una distancia como de cinco

varas. Yo no sé lo que pasó; yo no sé si la bandera vino hasta mí, o si

yo corrí hacia la bandera. Si creyese en milagros, creería que mi brazo

derecho se alargó cinco varas, porque, sin saber cómo, yo agarré el

palo de la bandera y lo así tan fuertemente, que mi mano se pegó a él y

lo sacudió y quiso arrancarlo de donde estaba. Tales momentos no caben

dentro de la apreciación de los sentidos. Yo me vi rodeado de gente:

caían, rodaban, unos muriendo, otros defendiéndose. Hice esfuerzos

para arrancar el asta, y una voz gritó en francés:

--Tómala.

En el mismo segundo una pistola se disparó sobre mí. Una bayoneta

penetró en mi carne; no supe por dónde, pero sí que penetró. Ante

mí había una figura lívida, un rostro cubierto de sangre, unos ojos

que despedían fuego, unas garras que hacían presa en el asta de la

bandera, y una boca contraída que parecía iba a comerse águila, trapo

y asta, y a comerme también a mí. Decir cuánto odié a aquel monstruo,

me es imposible: nos miramos un rato y luego forcejeamos. El cayó de

rodillas: una de sus piernas no era pierna, sino un pedazo de carne.

Pugné por arrancar de sus manos la insignia. Alguien vino en auxilio

mío, y alguien le ayudó a él. Me hirieron de nuevo, me encendí en ira

más salvaje aún, y estreché a la bestia apretándola contra el suelo

con mis rodillas. Con ambas manos agarraba ambas cosas, el palo de la

bandera y la espada. Pero esto no podía durar así, y mi mano derecha

se quedó solo con la espada. Creí perder la bandera; pero el acero

empujado por mí se hundía más cada vez en una blandura inexplicable, y

un hilo de sangre vino derecho a mi rostro como una aguja. La bandera

quedó en mi poder; pero de aquel cuerpo que se revolvía bajo el mío

surgieron al modo de antenas, garras, o no sé qué tentáculo rabioso y

pegajoso, y una boca se precipitó sobre mí clavando sus agudos dientes

en mi brazo con tanta fuerza, que lancé un grito de dolor.

Caí abrazado y constreñido por aquel dragón, pues dragón me parecía.

Me sentí apretado por él, y rodamos por no sé qué declives de tierra,

entre mil cuerpos, los unos muertos e inertes, los otros vivos y que

corrían. Yo no vi más: solo sentí que en aquel rodar veloz llevaba

el águila fuertemente cogida entre mis brazos. La boca terrible del

monstruo apretaba cada vez más mi brazo, y me llevaba consigo, los dos

envueltos, confundidos, el uno sobre el otro y contra el otro, bajo mil

patas que nos pisaban; entre la tierra que nos cegaba los ojos; entre

una oscuridad tenebrosa; entre un zumbido tan grande, como si todo

el mundo fuese un solo abejón; sin conciencia de lo que era arriba y

abajo; con todos los síntomas confusos y vagos de haberme convertido en

constelación, en una como criatura circunvoladora, en la cual todos los

miembros, todas las entrañas, toda la carne y sangre y nervios dieran

vueltas infinitas y vertiginosas alrededor del ardiente cerebro.

Yo no sé cuánto tiempo estuve rodando: debió de ser poco; pero a mí me

pareció algo al modo de siglos. Yo no sé cuándo paré; lo que sé es que

el monstruo no dejaba de formar conmigo una sola persona, ni su feroz

boca de morderme... Por último, no se contentaba con comerme el brazo,

sino que, al parecer, hundía su envenenado diente en mi corazón. Lo que

también sé es que el águila seguía sobre mi pecho: yo la sentía. Sentía

el asta cual si la tuviera clavada en mis entrañas. Mi pensamiento se

hacía cargo de todo con extravío y delirio, porque él mismo era una

luz ardiente que caía no sé de dónde, y en la inapreciable velocidad

de su carrera describía una raya de fuego, una línea sin fin, que...

tampoco sé a dónde iba. ¡Tormento mayor no lo experimenté jamás! Este

se acabó cuando perdí toda noción de existencia. La batalla de los

Arapiles concluyó, al menos para mí.

La batalla de los Arapiles · 第 38 / 46 题