¡El Arapil Grande! Era la mayor de aquellas dos esfinges de tierra,
levantadas la una frente a la otra, mirándose y mirándonos. Entre las
dos debía desarrollarse al día siguiente uno de los más sangrientos
dramas del siglo, el verdadero prefacio de Waterloo, donde sonaron
por última vez las trompas épicas del Imperio. A un lado y otro del
lugar llamado de Arapiles se elevaban los dos célebres cerros, pequeño
el uno, grande el otro. El primero nos pertenecía; el segundo no
pertenecía a nadie en la noche del 21. No pertenecía a nadie por lo
mismo que era la presa más codiciada; y el leopardo de un lado y el
águila del otro le miraban con anhelo, deseando tomarlo y temiendo
tomarlo. Cada cual temía encontrarse allí al contrario en el momento de
poner la planta sobre la preciosa altura.
A la derecha del Arapil Grande, y más cerca de nuestra línea, estaba
Huerta, y a la izquierda, en punto avanzado, formando el vértice de
la cuña, Cavarrasa de Arriba. El de Abajo, mucho más distante, y a
espaldas del Gran Arapil, estaba en poder de los franceses.
La noche era como de julio, serena y clara. Acampó la brigada Pack en
un llano, para aguardar el día. Como no se permitía encender lumbre,
los pobrecitos ingleses tuvieron que comer carne fría; pero las
mujeres, que en esto eran auxiliares poderosos de la milicia británica,
traían de Aldea-Tejada y aun de Salamanca fiambres muy bien aderezados,
que con el ron abundante devolvieron el alma a aquellos desmadejados
cuerpos. Las mujeres (y no bajaban de veinte las que vi en la brigada)
departían con sus esposos cariñosamente, y según pude entender, rezaban
o se fortalecían el espíritu con recuerdos de la Verde Erin y de la
bella Escocia. Gran martirio era para los _highlanders_ que no se les
consintiera en aquel sitio tocar la gaita entonando las melancólicas
canciones de su país; y formaban animados corrillos, en los cuales
me metí bonitamente, para tener el extraño placer de oírles sin
entenderles. Érame en extremo agradable ver la conformidad y alegría
de aquella gente, transportada tan lejos de su patria, sostenida en
su deber y conducida al sacrificio por la fe de la patria misma...
Yo escuchaba con delicia sus palabras, y aun entendiendo muy poco de
ellas, creí comprender el espíritu de las ardientes conversaciones. Un
escocés fornido, alto, hermoso, de cabellos rubios como el oro y de
mejillas sonrosadas como una doncella, levantose al ver que me acercaba
al corrillo, y en chapurrado lenguaje, mitad español, mitad portugués,
me dijo:
--Señor oficial español, dignaos honrarnos aceptando este pedazo de
carne y este vaso de ron, y brindemos a la salud de España y de la
vieja Escocia.
--¡A la salud del Rey Jorge III! --exclamé aceptando sin vacilar el
obsequio de aquellos valientes.
Sonoros _hurras_ me contestaron.
--El hombre muere y las naciones viven --dijo dirigiéndose a mí otro
escocés que llevaba bajo el brazo el enorme pellejo henchido de una
zampoña--. ¡_Hurra_ por Inglaterra! ¡Qué importa morir! Un grano de
arena que el viento lleva de aquí para allá, no significa nada en la
superficie del mundo. Dios nos está mirando, amigos, por los bellos
ojos de la madre Inglaterra.
No pude menos de abrazar al generoso escocés, que me estrechó contra su
pecho, diciendo:
--¡Viva España!
--¡Viva Lord Wellington! --grité yo.
Las mujeres lloraban, charlando por lo bajo. Su lenguaje,
incomprensible para mí, me pareció un coro de pájaros picoteando
alrededor del nido.
Los escoceses se distinguían por el pintoresco traje de cuadros rojos
y negros, la pierna desnuda, las hermosas cabezas ossiánicas cubiertas
con el sombrero de piel, y el cinto adornado con la guedeja que parecía
cabellera, arrancada del cráneo del vencedor en las salvajes guerras
septentrionales. Mezclábanse con ellos los ingleses, cuyas casacas
rojas les hacían muy visibles a pesar de la oscuridad. Los oficiales,
envueltos en capas blancas y cubiertos con los sombreritos picudos y
emplumados, nada airosos por cierto, semejaban pájaros zancudos de
anchas alas y movible cresta.
Con las primeras luces del día, la brigada se puso en marcha hacia el
Arapil Grande. A medida que nos acercábamos, más nos convencíamos de
que los franceses se nos habían anticipado, por hallarse en mejores
condiciones para el movimiento, a causa de la proximidad de su línea.
El brigadier distribuyó sus fuerzas, y las guerrillas se desplegaron.
Los ojos de todos fijábanse en la ermita situada como a la mitad
del cerro, y en las pocas casas dispersas, únicos edificios que
interrumpían a larguísimos trechos la soledad y desnudez del paisaje.
Subieron algunas columnas sin tropiezo alguno, y llegábamos como a 100
varas de Santa María de la Peña, cuando la ondulación del terreno,
descendiendo a nuestros ojos a medida que adelantábamos, nos dejó ver,
primero una línea de cabezas, luego una línea de bustos, después los
cuerpos enteros. Eran los franceses. El sol naciente, que aparecía a
espaldas de nuestros enemigos, nos deslumbraba, siendo causa de que los
viésemos imperfectamente. Un murmullo lejano llegó a nuestros oídos, y
del lado acá también los escoceses profirieron algunas palabras: no fue
preciso más para que brotase la chispa eléctrica. Rompiose el fuego.
Las guerrillas lo sostenían, mientras algunos corrieron a ocupar la
ermita.
Precedía a esta un patio, semejante a un cementerio. Entraron en él
los ingleses; pero los imperiales, que se habían colado por el ábside,
dominaron pronto lo principal del edificio con los anexos posteriores;
así es que aún no habían forzado la puerta los nuestros, cuando ya les
hacían fuego desde la espadaña de las campanas y desde la claraboya
abierta sobre el pórtico.
El brigadier Pack, uno de los hombres más valientes, más serenos y más
caballerosos que he conocido, arengó a los _highlanders_. El coronel
que mandaba el 3.º de cazadores, arengó a los suyos, y todos arengaron,
en suma, incluso yo, que les hablé en español el lenguaje más apropiado
a las circunstancias. Tengo la seguridad de que me entendieron.
El 23 de línea no había entrado en el patio, sino que flanqueaba la
ermita por su izquierda, observando si venían más fuerzas francesas.
En caso contrario, la partida era nuestra, por la sencilla razón de
que éramos más hasta entonces. Pero no tardó en aparecer otra columna
enemiga. Esperarla, darle respiro, es decir, aparentar, siquiera fuese
por un momento, que se la temía, habría sido renunciar de antemano a
toda ventaja.
--¡A ellos! --grité a mi coronel.
--_¡All right!_ --exclamó este.
Y el 23 de línea cayó como una avalancha sobre la columna francesa.
Trabose un vivo combate cuerpo a cuerpo; vacilaron un poco nuestros
ingleses, porque el empuje de los enemigos era terrible en el primer
momento; pero tornando a cargar con aquella constancia imperturbable
que, si no es el heroísmo mismo, es lo que más se le parece, toda
la ventaja estuvo pronto de nuestra parte. Retiráronse en desorden
los imperiales, o mejor dicho, variaron de táctica, dispersándose
en pequeños grupos, mientras les venían refuerzos. Habíamos tenido
pérdidas casi iguales en uno y otro lado, y bastantes cuerpos yacían
en el suelo; pero aquello no era nada todavía: un juego de chicos, un
prefacio inocente que casi hacía reír.
Nuestra desventaja real consistía en que ignorábamos la fuerza que
podían enviar los franceses contra nosotros. Veíamos enfrente el espeso
bosque de Cavarrasa, y nadie sabía lo que se ocultaba bajo aquel
manto de verdura. ¿Serán muchos, serán pocos? Cuando la intuición,
la inspiración o el genio zahorí de los grandes capitanes no sabe
contestar a estas preguntas, la ciencia militar está muy expuesta a
resultar vana y estéril como jerga de pedantes. Mirábamos al bosque,
y el oscuro ramaje de las encinas no nos decía nada. No sabíamos leer
en aquella verdinegra superficie, que ofrecía misteriosos cambiantes
de color y de luz, fajas movibles y oscilantes signos en su vasta
extensión. Era una masa enorme de verdura, un monstruo chato y horrible
que se aplanaba en la tierra con la cabeza gacha y las alas extendidas,
empollando quizás bajo ellas innumerables guerreros.
Al ver en retirada la segunda columna francesa, mandó Pack redoblar la
tentativa contra la ermita, y los _highlanders_ intentaron asaltarla
por distintos puntos, lo cual hubiera sido fácil si al sonar los
primeros tiros no ocurriese del lado del bosque algo de particular.
Creeríase que el monstruo se movía; que alzaba una de las alas; que
echaba de sí un enjambre de homúnculos, los cuales distinguíanse allá
lejos al costado de la madre, pequeños como hormigas. Luego iban
creciendo, íbanse acercando... de pigmeos tornábanse en gigantes;
lucían sus cascos; sus espadas semejaban rayos flamígeros; subían en
ademán amenazador columna tras columna, hombre tras hombre.
El coronel me miró y nos miramos los jefes todos sin decirnos nada.
Con la presteza del buen táctico, Pack, sin abandonar el asedio de la
ermita, nos mandó más gente y esperamos tranquilos. El bosque seguía
vomitando gente.
--Es preciso combatir a la defensiva --dijo el coronel.
--A la defensiva, sí. ¡Viva Inglaterra!
--¡Viva el Emperador! --repitieron los ecos allá lejos.
--¡Ingleses, la Inglaterra os mira!
El clamor que antes nos contestara de lejos diciendo: ¡viva el
Emperador! resonó con más fuerza. El animal se acercaba y su feroz
bramido infundía zozobra.