Antes de referir lo que hablamos, conviene que diga algo del lugar y
momento en que tales hechos pasaban, porque una cosa y otra interesan
igualmente a la historia y a la relación de los sucesos de mi vida que
voy refiriendo. El 21 por la tarde pasamos el Tormes, los unos por el
puente de Salamanca, los otros por los vados inmediatos. Los franceses,
según todas las conjeturas, habían pasado el mismo río por Alba de
Tormes, y se encontraban al parecer en los bosques que hay más allá de
Cavarrasa de Arriba. Formamos nosotros una no muy extensa línea, cuya
izquierda se apoyaba junto al vado de Santa Marta, y la derecha en el
Arapil Chico, junto al camino de Madrid. Una pequeña división inglesa
con algunas tropas ligeras ocupaba el lugar de Cavarrasa de Abajo,
punto el más avanzado de la línea anglo hispano-portuguesa.
En la falda del Arapil Chico, y al borde del camino, fue donde se me
apareció Athenais, que volvía a caballo de Cavarrasa, y pocos instantes
después la señora condesa, mi adorada protectora y amiga. Corrí hacia
ella, como he dicho, y con la más viva emoción besé sus hermosas manos,
que aún asomaban por la portezuela. El inmenso gozo que experimenté
apenas me dejó articular otras voces que las de «Madre y señora mía»,
voces en que mi alma, con espontaneidad y confianza sumas, esperaba
iguales manifestaciones cariñosas de parte de ella. Mas, con amargura y
asombro, advertí en los ojos de la condesa desdén, enojo, ira, ¡qué sé
yo!... una severidad inexplicable que me dejó absorto y helado.
--¿Y mi hija? --preguntó con sequedad.
--En Salamanca, señora --repuse--. No podría usted llegar más a tiempo.
Tribaldos, mi asistente, acompañará a usted. Ha sido casualidad que nos
hayamos encontrado aquí.
--Ya sabía que estabas en este sitio que llaman el Arapil Chico
--me dijo con el mismo tono severo, sin una sonrisa, sin una mirada
cariñosa, sin un apretón de manos--. En Cavarrasa de Abajo, donde me
detuve un instante, encontré a Sir Thomas Parr, el cual me dijo dónde
estabas, con otras cosas acerca de tu conducta, que me han causado
tanto asombro como indignación.
--¡Acerca de mi conducta, señora! --exclamé con dolor tan vivo como
si una hoja de acero penetrara en mi corazón--. Yo creía que en mi
conducta no había nada que pudiera desagradar a usted.
--Conocí en Cádiz a Sir Thomas Parr, y es un caballero incapaz de
mentir --añadió ella con indecible resplandor de ira en los ojos, que
tanta ternura habían tenido en otro tiempo para mí--. Has seducido
a una joven inglesa; has cometido una iniquidad, una violencia, una
acción villana.
--¡Yo, señora, yo!... ¿Este hombre honrado que ha dado tantas pruebas
de su lealtad?... ¿Este hombre ha hecho tales maldades?
--Todos lo dicen... No me lo ha dicho solo Sir Thomas Parr, sino otros
muchos: me lo dirá también Wellesley.
--Pues si Wellesley lo afirmara --repliqué con desesperación--; si
Wellesley lo afirmara, yo le diría...
--Que miente...
--No: el primer caballero de Inglaterra, el primer general de Europa,
no puede mentir; es imposible que el Duque diga semejante cosa.
--Hay hechos que no pueden disimularse --añadió con pena--, que no
pueden desfigurarse. Dicen que la persona agraviada se dispone a pedir
que se te obligue al cumplimiento de las leyes inglesas sobre el
matrimonio.
Al oír esto, una hilaridad expansiva y una terrible indignación
cruzaron sus diversos efectos en mi alma, como dos rayos que se
encuentran al caer sobre un mismo objeto, y por un instante se lo
disputan. Me reí y estuve a punto de llorar de rabia.
--Señora, me han calumniado. Es falso, es mentira que yo... --grité
introduciendo por la portezuela del coche, primero la cabeza y después
medio cuerpo--. Me volveré loco si usted, si esta persona a quien
respeto y adoro, a quien no podré jamás engañar, da valor a tan infame
calumnia.
--¿Conque es calumnia?... --dijo con verdadero dolor--. Jamás lo
hubiera creído en ti... Vivimos para ver cosas horribles... Pero dime,
¿veré a mi hija en seguida?
--Repito que es falso. Señora, me está usted matando; me impulsará
usted a extremos de locura, de desesperación.
--¿Nadie me estorbará que la recoja, que la lleve conmigo? --preguntó
con afán y sin hacer caso del frenesí que me dominaba--. Que venga
tu asistente. No puedo detenerme. ¿No decías en tu carta que todo
estaba arreglado? ¿Ha muerto ese verdugo? ¿Está mi hija sola?... ¿Me
espera?... ¿Puedo llevármela?... Responde.
--No sé, señora; no sé nada; no me pregunte usted nada --dije
confundido y absorto--. Desde el momento en que usted duda de mí...
--Y mucho... ¿En quién puede tenerse confianza?... Déjame seguir... Tú
ya no eres el mismo para mí.
--¡Señora, señora, no me diga usted eso, porque me muero! --exclamé con
inmensa aflicción.
--Bueno: si eres inocente, tiempo tienes de probármelo.
--No... no... Mañana se da una gran batalla. Puedo morir. Moriré
irritado y me condenaré... ¡Mañana! ¡Sabe Dios dónde estaré mañana!
Usted va a Salamanca, verá y hablará a su hija; entre las dos fraguarán
una red de sospechas y falsos supuestos, donde se enmarañe para siempre
la memoria del infeliz soldado, que agonizará quizás dentro de algunas
horas en este mismo sitio donde nos encontramos. Es posible que no nos
veamos más... Estamos en un campo de batalla. ¿Distingue usted aquellos
encinares que hay hacia abajo? Pues allí detrás están los franceses.
¡Cuarenta y siete mil hombres, señora! Mañana este sitio estará
cubierto de cadáveres. Dirija usted la vista por estos contornos.
¿Ve usted esa juventud de tres naciones? ¿Cuántos de estos tendrán
vida mañana? Me creo destinado a perecer, a perecer rabiando, porque
precipitará y amargará mi muerte la idea de haber perdido el amor da
las dos personas a quienes he consagrado mi vida.
Mis palabras, ardientes como la voz de la verdad, hicieron algún efecto
en la condesa, y la observé suspensa y conmovida. Tendió la vista por
el campo, ocupado por tanta tropa, y luego cubriose el rostro con las
manos, dejándose caer en el fondo del coche.
--¡Qué horror! --dijo--. ¡Una batalla! ¿No tienes miedo?
--Más miedo tengo a la calumnia.
--Si pruebas tu inocencia, creeré que he recobrado un hijo perdido.
--Sí, sí, lo recobrará usted --afirmé--. ¿Pero no basta que yo lo diga,
no basta mi palabra?... ¿Nos conocemos de ayer? ¡Oh! Si a Inés se le
dijera lo que a usted han dicho, no lo creería. Su alma generosa me
habría absuelto sin oírme.
Una voz gritó:
--¡Ese coche, adelante o atrás!
--Adiós --dijo la condesa--, me echan de aquí.
--Adiós, señora --respondí con profunda tristeza--. Por si no nos vemos
más, nunca más, sepa usted que en el último día de mi vida conservo,
como un tesoro, los sentimientos de que he hecho gala en todos los
instantes de mi vida ante usted y ante otra persona que a entrambos
nos es muy cara. Agradezco a usted, hoy como ayer, el amor que me ha
mostrado, la confianza que ha puesto en mí, la dignidad que me ha
infundido, la elevación que ha dado a mi conciencia... No quiero dejar
deudas... Si no nos vemos más...
El coche partió, obligado a ello por una batería, a la cual era forzoso
ceder el paso. Cuando dejé de ver a la condesa, llevaba ella el pañuelo
a los ojos para ocultar sus lágrimas.
Sofocado y aturdido por la pena angustiosa que llenaba mi alma, no
reparé que el cuartel general venía por el camino adelante en dirección
al Arapil Chico. El Duque y los de su comitiva echaron pie a tierra en
la falda del cerro, dirigiendo sus miradas hacia Cavarrasa de Arriba.
Llamó el Lord a los oficiales del regimiento de Ibernia, uno de los
establecidos allí, y habiéndome presentado yo el primero, me dijo:
--¡Ah! Es usted el caballero Araceli...
--El mismo, mi general --contesté--, y si Vuecencia me permite en esta
ocasión hablar de un asunto particular, le suplicaré que haga luz sin
pérdida de tiempo sobre las calumnias que pesan sobre mí después de mi
viaje a Salamanca. No puedo soportar que se me juzgue con ligereza, por
las hablillas de gente malévola.
Lord Wellington, ocupado sin duda con asunto más grave, apenas me
hizo caso. Después de registrar rápidamente todo el horizonte con su
anteojo, me dijo casi sin mirarme:
--Sr. Araceli, solo puedo contestar a usted que estoy decidido a que la
Gran Bretaña sea respetada.
Como yo no había dejado nunca de respetar a la Gran Bretaña, ni a
las demás potencias europeas, aquel concepto, que encerraba sin duda
una amenaza, me desconcertó un poco. Los oficiales generales que
rodeaban al Duque, trabaron con él coloquio muy importante sobre el
plan de batalla. Pareciéronme entonces inoportunas y aun ridículas mis
reclamaciones, por lo cual, un poco turbado, contesté de este modo:
--¡La Gran Bretaña! No deseo otra cosa que morir por ella.
--Brigadier Pack --dijo vivamente Wellington a uno de los que le
acompañaban--, en la ayudantía del 23 de línea, que está vacante, ponga
usted a este joven español, que desea morir por la Gran Bretaña.
--Por la gloria y honor de la Gran Bretaña --repetí.
El brigadier Pack me honró con una mirada de protectora simpatía.
--La desesperación --me dijo luego Wellington--, no es la principal
fuente del valor; pero me alegraré de ver mañana al Sr. de Araceli
en la cumbre del Arapil Grande. Señor D. José Olawlor --añadió
dirigiéndose a su íntimo amigo, que le acompañaba--, creo que los
franceses se están disponiendo para adelantársenos mañana a ocupar el
Arapil Grande.
El Duque manifestó cierta inquietud, y por largo tiempo su anteojo
exploró los lejanos encinares y cerros hacia Levante. Poco se veía ya,
porque vino la noche. Los cuerpos de ejército seguían moviéndose para
ocupar las posiciones dispuestas por el general en jefe, y me separé de
mis compañeros de Ibernia y de la división española.
--Nosotros --me dijo España--, vamos al lugar de Torres, en la extrema
derecha de la línea, más bien para observar al enemigo que para
atacarle. ¡Plan admirable! El general Picton y el portugués d’Urban
parece que están encargados de guardar el paso del Tormes, de modo que
la situación de los franceses no puede ser más desventajosa. No falta
más que ocupar el Arapil Grande.
--De eso se trata, mi general. La brigada Pack, a la cual desde hace un
momento pertenezco, amanecerá mañana con la ayuda de Dios en la ermita
de Santa María de la Peña, y después... Así lo exige el honor de la
Gran Bretaña.
--Adiós, mi querido Araceli; pórtate bien.
--Adiós, mi querido general. Saludo a mis compañeros desde la cumbre
del Arapil Grande.