Haciendo mucho ruido, llamándome a voces y azotando con su látigo las
puertas y los muebles, entró en la casa Miss Fly. Recibila en la sala,
y al verme sonrió con gracia incomparable, no exenta en verdad de
coquetería. Llamó mi atención ver que se había acicalado y compuesto,
cosa verdaderamente extraña en aquel lugar y ocasión. Su rostro
resplandecía de belleza y frescura. Habíase peinado cual si tuviese a
mano los más delicados enseres de tocador, y el vestido, limpio ya de
polvo y lodo, disimulaba sus desgarrones y arrugas no sé por qué arte
singular, solo revelado a las mujeres. ¿Por qué no decirlo? Detesto
las gazmoñerías y melindres. Sí, lo diré: Athenais estaba encantadora,
hechicera, lindísima.
Como le manifestase mi sorpresa por aquella restauración de su
interesante persona, me dijo:
--Caballero Araceli, después que vuestros soldados han apagado el
incendio, quedó un poco de agua para mí. En casa de unos aldeanos me
proporcionaron lo preciso para peinarme... Pero, señor comandante,
¿así cumplís con vuestros deberes? ¿No estaríais mejor al frente de
vuestras tropas? Hace un rato que ha llegado Leith con su división, y
pregunta por vos...
Al saber la noticia, no quise detenerme. Despedime de Inés, y después
de asegurar bien la entrada de la casa y de encomendar a Tribaldos
que cuidase a los dos prisioneros, bajé a la plaza, donde Miss Fly se
separó de mí sin motivo aparente. Empezaban a llegar tropas inglesas.
El general Leith, a quien indiqué que España me había mandado perseguir
a los franceses, me ordenó que esperase hasta la noche.
--Es imposible perseguir a los franceses de cerca --dijo--. Van muy
adelantados, y nos será difícil hacerles daño. Nuestras tropas están
cansadas.
Quedeme allí, no sin gozo, y dispuse lo necesario para que Santorcaz y
su hija fuesen trasladados a Salamanca. Felizmente regresaba aquella
tarde, para quedar allí de guarnición, Buenaventura Figueroa, mi más
íntimo y querido amigo, y le di instrucciones prolijas sobre lo que
debía de hacer con mis prisioneros en la ciudad y durante el viaje.
Verificose este por la noche en un convoy que se envió a _Roma la
chica_: no sin trabajo logré un carromato de regular comodidad, en
cuyo interior acomodé a padre e hija, acompañados de Tribaldos y de
buen repuesto de víveres para el viaje. Quise darles también dinero;
mas rehusolo Inés, y a la verdad no lo necesitaban, porque el Sr.
Santorcaz (no sé si lo he dicho), que un año antes heredara íntegro su
patrimonio, poseía regular hacienda, sobrada para su modesto traer.
Di también a Inés instrucciones para que contribuyese a impedir
nuevas salidas de su infeliz padre al campo de Montiel de las
masónicas aventuras, y ella prometiome con inequívoca seguridad que
le encarcelaría convenientemente sin mortificarle; con lo cual, muy
apenados, nos despedimos los dos: yo por aquella nueva separación,
cuyos límites no sabía, y ella por presentimientos del peligro a que
expuesto quedaba en la terrible campaña emprendida. En esto, y en
escribir a la condesa lo que el lector supone, entretuve gran parte de
las últimas horas del día.
Partimos al amanecer del siguiente, persiguiendo a los franceses,
que no pararon hasta pasar el Duero por Tordesillas, extendiéndose
hasta Simancas. Allí reforzó Marmont su ejército con la división de
Bonnet, y nosotros le aguardamos en la orilla izquierda, vigilando sus
movimientos. La cuestión era saber por qué sitio quería el francés
pasar el río, para venir al encuentro del ejército aliado, cuyo cuartel
general estaba en La Seca.
No quería Marmont, como es fácil suponer, darnos gusto, y sin
avisarnos, cosa muy natural también, partió de improviso hacia Toro...
¡En marcha todo el mundo hacia la izquierda, ingleses, españoles,
lusitanos; en marcha otra vez hacia el Guareña y hacia los perversos
pueblos de Babilafuente y Villoria!
--¡Y a esto llaman hacer la guerra! --decía uno--. Por el mucho
ejercicio que hacen, tienen tan buenas piernas los ingleses. Ahora
resultará que Marmont no acepta tampoco la batalla en el Guareña, y le
buscaremos en el Pisuerga, en el Adaja, o tal vez en el Manzanares, o
en el Abroñigal a las puertas de Madrid.
Tan solo resultó que después de dos semanas de marchas y contramarchas,
nos encontramos otra vez en las inmediaciones de Salamanca. Pero lo más
gracioso fue cuando bailamos el minueto, como decíamos los españoles,
pues aconteció que ambos ejércitos marcharon todo un día paralelamente,
ellos sobre la izquierda, nosotros sobre la derecha, viéndonos muy bien
a distancia de medio tiro de cañón y sin gastar un cartucho. Esto pasó
no muy lejos de Salamanca; y cuando nos detuvimos en San Cristóbal,
allí eran de ver las burlas motivadas por la tal maniobra y marcha
estratégica, que los chuscos calificaban de contradanza.
Desde San Cristóbal quise ir a Salamanca; pero me fue imposible, porque
no se concedían licencias largas ni cortas. Tuve, sin embargo, el
gusto de saber que nada singular había ocurrido en la casa de la calle
del Cáliz durante mi ausencia y las marchas y minuetos del ejército
aliado... En cuanto a Miss Fly (me apresuro a nombrarla porque oigo
una misma pregunta en los labios de cuantos me escuchan), me había
honrado no pocas veces con su encantadora palabra durante los viajes
a Tordesillas, a la Nava y al Guareña; pero siempre en cortas y muy
disimuladas entrevistas, cual si existiese algún desconocido estorbo,
algún impedimento misterioso de su antes ilimitada libertad. En
estas breves entrevistas advertía siempre en ella sin igual dulzura
y melancólico abandono, y además una admiración injustificada hacia
mí y hacia todas mis acciones, aunque fuesen de las más comunes e
insignificantes.
Por lo demás, si las entrevistas pecaban de cortas, eran
frecuentísimas. No hacíamos alto en punto alguno, sin que se me
presentase Athenais, cual mi propia sombra, y recatadamente me hablase,
diciéndome por lo general cosas alambicadas y sutiles, cuando no
melifluas y apasionadas. La más refinada cortesía y un excelente humor
de bromas inspiraban mis contestaciones. Regalábame a cada momento mil
monerías, golosinas o cachivaches de poco valor, que adquiría en los
diversos pueblos de la carrera.
Entre tanto (suplico a mis oyentes se fijen bien en esto, porque sirve
de lamentable antecedente a uno de los principales contratiempos de mi
vida), yo notaba que no se había disipado entre mis compañeros ingleses
y españoles la infundada sospecha que el viaje de Athenais a Salamanca
despertara. En suma, la Pajarita había vuelto al cuartel general, y mi
buena opinión y fama de caballerosidad continuaban tan problemáticas
como el día que aparecí en Bernuy. En dos ocasiones en que tuve el
alto honor de hablar con el señor duque, experimenté mortal pena,
hallándole, no solo desdeñoso, sino en extremo austero y desapacible
conmigo. Los espejuelos del coronel Simpson despedían rayos olímpicos
contra mí, y en general cuantas personas conocía en las filas inglesas
demostraban de diversos modos poca o ninguna afición a mi honrada
persona.
--Sr. Araceli, Sr. Araceli --me dijo Athenais presentándose de
improviso ante mí el 21 de julio, cuando acabábamos de ocupar el cerro
comúnmente llamado Arapil Chico--, venid a mi lado. Simpson no ha
salido aún de Salamanca. ¿Os ha pasado algo desde ayer que no nos hemos
visto?
--Nada, señora, no me ha pasado nada. ¿Y a usted?
--A mí, sí; pero ya os lo contaré más adelante. ¿Por qué me miráis
de ese modo?... Vos también dais en creer, como los demás, que estoy
triste, que estoy pálida, que he cambiado mucho...
--En efecto, Miss Fly: se me figura que esa cara no es la misma.
--No me siento bien --dijo con sonrisa graciosa--. No sé lo que
tengo... ¡Ah! ¿no sabéis? Dicen que va a darse una gran batalla.
--No lo dudo. Los franceses están hacia Cavarrasa. ¿Cuándo será?
--Mañana... Parece que os alegráis --dijo mostrando un temor femenino
que me sorprendió, conociendo como conocía su varonil arrojo.
--Y usted también se alegrará, señora. Un alma como la de usted, para
sostenerse a su propia altura, necesita estos espectáculos grandiosos,
el inmenso peligro seguido de la colosal gloria. Nos batiremos, señora,
nos batiremos con el Imperio, con el enemigo común, como dicen en
Inglaterra, y le derrotaremos.
Athenais no me contestó, como esperaba, con ningún arrebato de
entusiasmo, y la poesía de los romances parecía haberse replegado con
timidez y vergüenza quizás en lo más escondido de su alma.
--Será una gran batalla y ganaremos --dijo con abatimiento--; pero...
morirá mucha gente. ¿No os ocurre que podéis morir vos?
--¿Yo?... ¿y qué importa? ¿Qué importa la vida de un miserable soldado,
con tal que quede triunfante la bandera?
--Es verdad; pero no debéis exponeros... --dijo con cierta emoción--.
Dicen que la división española no se batirá.
--Señora, no conozco a usted; no es usted Miss Fly.
--Voy creyendo lo que decís --afirmó clavando en mí los dulces ojos
azules--; voy creyendo que no soy yo Miss Fly... Oíd bien, Araceli,
lo que voy a deciros. Si no entráis en fuego mañana, como espero,
avisádmelo... Adiós, adiós.
--Pero aguarde usted un momento, Miss Fly --dije procurando detenerla.
--No, no puedo. Sois muy indiscreto... Si supiérais lo que dicen...
Adiós, adiós.
Dando algunos pasos hacia ella, la llamé repetidas veces; mas en el
mismo instante vi un coche o silla de postas que se paraba delante de
mí en mitad del camino; vi que por la portezuela aparecía una cara, una
mano, un brazo... ¡Si era la condesa!... ¡Dios poderoso, qué inmensa
alegría! Era la condesa que detenía su coche delante de mí, que me
buscaba con la vista, que me llamaba con un lindo gesto, que iba a
decir sin duda dulcísimas cosas. Corrí hacia ella loco de alegría.