Cuando me vi dueño del pueblo y al frente de la tropa y guerrillas
que trabajaban en él empecé a dictar órdenes con la mayor actividad.
Excuso decir que la primera fue para librar a Monsalud del horrible
tormento y descomunal castigo de los palos; mas cuando llegué al sitio
de la lamentable escena, ya le habían aplicado veintitrés cataplasmas
de fresno, con cuyos escozores estaba el infeliz a punto de entregar
rabiando su alma al Señor. Suspendí el tormento, y aunque más parecía
muerto que vivo, aseguráronme que no iría de aquella, por ser los
masones gentes de siete vidas como los gatos.
Miss Fly me indicó sin pérdida de tiempo la casa que servía de asilo
a Santorcaz, una de las pocas que apenas habían sido tocadas por las
llamas. Vociferaban a la puerta algunas mujeres y aldeanos, acompañados
de dos o tres soldados, esforzándose las primeras en demostrar, con
toda la elocuencia de su sexo, que allí dentro se guarecía el mayor
pillo que desde muchos años se había visto en Babilafuente.
--El que llevaron a la plaza --decía una vieja--, es un santo del cielo
comparado con este que aquí se esconde, el capitán general de todos
esos luciferes.
--Como que hasta los mismos franceses les dan de lado. Diga usted, señá
Frasquita, ¿por qué llaman masones a esta gente? A fe que no entiendo
el _voquible_.
--Ni yo; pero basta saber que son muy malos, y que andan de compinche
con los franceses para quitar la religión y cerrar las iglesias.
--Y los tales, cuando entran en un pueblo, apandan todas las doncellas
que encuentran. Pues digo: también hay que tener cuidado con los niños,
que se los roban para criarles a su antojo, que es en la fe de Majoma.
Los soldados habían empezado a derribar la puerta, y las mujeres les
animaban, por la mucha inquina que había en el pueblo contra los
masones. Ya vimos lo que le pasó a Monsalud. Seguramente Santorcaz, con
ser el pontífice máximo de la secta trashumante, no habría salido mejor
librado si en aquella ocasión no hubiese llegado yo. Luego que la
puerta cediera a los recios golpes y hachazos, ordené que nadie entrase
por ella; dispuse que los soldados, custodiando la entrada, contuvieran
y alejasen de allí a las mujeres chillonas y procaces, y subí. Atravesé
dos o tres salas, cuyos muebles en desorden anunciaban la confusión de
la huida. Todas las puertas estaban abiertas, y libremente pude avanzar
de estancia en estancia hasta llegar a una pequeña y oscura, donde vi a
Santorcaz y a Inés: él tendido en miserable lecho; ella al lado suyo,
tan estrechamente abrazados los dos, que sus figuras se confundían en
la penumbra de la sala. Padre e hija estaban aterrados, trémulos, como
quien de un momento a otro espera la muerte, y se habían abrazado para
aguardar juntos el trance terrible. Al conocerme, Inés dio un grito de
alegría.
--Padre --exclamó--, no moriremos. Mira quién está aquí.
Santorcaz fijó en mí los ojos, que lucían como dos ascuas en el
cadavérico semblante, y con voz hueca, cuyo timbre heló mi sangre, dijo:
--¿Vienes por mí, Araceli? ¿Ese tigre carnicero que os manda te envía a
buscarme porque los oficiales del matadero están ya sin trabajo?... Ya
despacharon a Monsalud; ahora a mí...
--No matamos a nadie --respondí acercándome.
--No nos matarán --exclamó Inés derramando lágrimas de gozo--. Padre,
cuando esos bárbaros daban golpes a la puerta; cuando esperábamos
verles entrar armados de hachas, espadas, fusiles y guillotinas para
cortarnos la cabeza, como dices que hacían en París, ¿no te dije que
había creído escuchar la voz de Araceli? Le debemos la vida.
El masón clavaba en mí sus ojos, mirándome cual si no estuviera seguro
de que era yo. Su fisonomía estaba en extremo descompuesta: hundidos
los ojos dentro de las cárdenas órbitas, crecida la barba, lustrosa y
amarilla la frente. Parecía que habían pasado por él diez años desde
las escenas de Salamanca.
--Nos perdonan la vida --dijo con desdén--. Nos perdonan la vida cuando
me ven enfermo y achacoso, sin poder moverme de este lecho, donde me ha
clavado mi enfermedad. El conde de España, ¿va a subir aquí?
--El conde de España se ha ido de Babilafuente.
Cuando dije esto, el anciano respiró como si le quitaran de encima
enorme peso. Incorporose ayudado por su hija, y sus facciones
contraídas por el terror, se serenaron un poco.
--¿Se ha marchado ese verdugo... hacia Villoria?... Entonces
escaparemos por... por... Y los ingleses, ¿dónde están?
--Si se trata de escapar, en todas partes hay quien lo impida. Se
acabaron las correrías por los pueblos.
--De modo que estoy preso --exclamó con estupor--. ¡Soy prisionero
tuyo, prisionero de...! ¡Me has cogido como se coge a un ratón en la
trampa, y tengo que obedecerte y seguirte tal vez!
--Sí: preso hasta que yo quiera.
--Y harás de mí lo que se te antoje, como un chiquillo sin piedad que
martiriza al león en su jaula, porque sabe que este no puede hacerle
daño.
--Haré lo que debo, y ante todo...
Santorcaz, al ver que fijé los ojos en su hija, estrechola de nuevo en
sus brazos, gritando:
--No la separarás de mí, sino matándola, ruin y miserable verdugo...
¿Así pagas el beneficio que en Salamanca te hice?... Manda a tus
bárbaros soldados que nos fusilen; pero no nos separes.
Miré a Inés, y vi en ella tanto cariño, tan franca adhesión al anciano,
tanta verdad en sus demostraciones de afecto filial, que hube de cortar
el vuelo a mi violenta determinación.
«Aquí encuentro un sentimiento cuya existencia no sospechaba --dije
para mí--; un sentimiento grande, inmenso, que se me revela de
improviso, y que me espanta, me detiene y me hace retroceder. He creído
caminar por sendero continuado y seguro, y he llegado a un punto en que
el sendero acaba y empieza el mar. No puedo seguir... ¿Qué inmensidad
es esta que ante mí tengo? Este hombre será un malvado; será carcelero
de la infeliz niña; será un enemigo de la sociedad, un agitador, un
loco que merece ser exterminado; pero aquí hay algo más. Entre estos
dos seres, entre estas dos criaturas tan distintas, la una tan buena,
la otra odiosa y odiada, existe un lazo que yo no debo ni puedo romper,
porque es obra de Dios. ¿Qué haré?...»
A estas reflexiones sucedieron otras de igual índole; mas no me
llevaron a ninguna afirmación categórica respecto a mi conducta,
y me expresé de este modo, que me pareció el más apropiado a las
circunstancias:
--Si usted varía de conducta, podrá tal vez vivir cerca, cuando no al
lado de su hija, y verla y tratarla.
--¡Variar de conducta!... ¿Y quién eres tú, mancebo ignorante,
para decirme que varíe de conducta, y dónde has aprendido a juzgar
mis acciones? Estás lleno de soberbia porque el despotismo te ha
enmascarado con esa librea, y puesto esas charreteras que no sirven
sino para marcar la jerarquía de los distintos opresores del pueblo...
¡Qué sabes tú lo que es conducta, necio! Has oído hablar a los frailes
y a D. Carlos España, y crees poseer toda la ciencia del mundo.
--Yo no poseo ciencia alguna --respondí exasperado--; ¿pero se puede
consentir que criaturas inocentes, honradas, dignas por todos conceptos
de mejor suerte, vivan con tales padres?
--Y a ti, extraño a ella, extraño a mí, ¿qué te importa ni qué te va en
esto? --exclamó agitando sus brazos y golpeando con ellos las ropas del
desordenado lecho.
--Sr. Santorcaz, acabemos. Dejo a usted en libertad para ir a donde
mejor le plazca. Me comprometo a garantizarle la mayor seguridad hasta
que se halle fuera del país que ocupa el ejército aliado. Pero esta
joven es mi prisionera, y no irá sino a Madrid al lado de su madre.
Si han nacido por fortuna en usted sentimientos tiernos que antes no
conocía, yo aseguro que podrá ver a su hija en Madrid siempre que lo
solicite.
Al decir esto miré a Inés, que con extraordinario estupor dirigía los
ojos a mí y a su padre alternativamente.
--Eres un loco --dijo D. Luis--. Mi hija y yo no nos separaremos.
Háblale a ella de este asunto, y verás cómo se pone... En fin, Araceli,
¿nos dejas escapar, sí o no?
--No puedo detenerme en discusiones. Ya he dicho cuanto tenía que
decir. Entre tanto, quedarán en la casa, y nadie se atreverá a hacerles
daño.
--¡Preso, cogido, Dios mío! --clamó Santorcaz antes afligido que
colérico, y llorando de desesperación--. ¡Preso, cogido por esta
soldadesca asalariada a quien detesto; preso antes de poder hacer nada
de provecho, antes de descargar un par de buenos y seguros golpes!...
¡Esto es espantoso! Soy un miserable... no sirvo para nada... lo he
dejado todo para lo último... me he ocupado en tonterías... Lo grave,
lo formal es destruir todo lo que se pueda, ya que seguramente nada
existe aquí digno de conservarse.
--Tenga usted calma, que el estado de ese cuerpo no es a propósito para
reformar el linaje humano.
--¿Crees que estoy débil, que no puedo levantarme? --gritó intentando
incorporarse con esfuerzos dolorosos--. Todavía puedo hacer algo...
esto pasará... no es nada... aún tengo pulso... ¡Ay! en lo sucesivo
no perdonaré a nadie. Todo aquel que caiga bajo mi mano, perecerá sin
remedio.
Inés le ponía las manos en los hombros para obligarle a estarse quieto,
y recogía la ropa de abrigo, que los movimientos del enfermo arrojaban
a un lado y otro.
--¡Preso, cogido como un ratón! --prosiguió este--. Es para volverse
loco... ¡Cuando había fundado treinta y cuatro logias, en que se
afiliaba lo más selecto, lo más atrevido y lo más revoltoso, es
decir, lo mejor y lo más malo de todo el país!... ¡Oh! ¡esos indignos
franceses me han hecho traición! Les he servido, y este es el pago...
Araceli, ¿dices que estoy preso, que me llevarán a la cárcel de
Madrid, a Ceuta tal vez?... ¡Maldigo la infame librea del despotismo
que vistes! ¡Ceuta!... Bueno: me escaparé como la otra vez... mi hija
y yo nos escaparemos. Aún tengo agilidad, aliento, brío; todavía soy
joven... ¡Caer en poder de estos verdugos con charreteras, cuando me
creía libre para siempre y tocaba los resaltados de mi obra de tantos
años!... Porque sí, no sois más que verdugos con charreteras, grados y
falsos y postizos honores. ¡Mujeres de la tierra, parid hijos para que
los nobles les azoten, para que los frailes les excomulguen, y para que
estos sayones los maten!... ¡Bien lo he dicho siempre! La masonería no
debe tener entrañas; debe ser cruel, fría, pesada, abrumadora, como
el hacha del verdugo... ¿Quién dice que yo estoy enfermo, que yo soy
débil, que me voy a morir, que no puedo levantarme más?... Es mentira,
cien veces mentira... Me levantaré, y ¡ay del que se me ponga delante!
Araceli, cuidado, cuidado, aprendiz de verdugo... Todavía...
Siguió hablando algún tiempo más; pero le faltaba gradualmente el
aliento, y las palabras se confundían y desfiguraban en sus labios.
Al fin no oíamos sino mugidos entrecortados y guturales, que nada
expresaban. Su respiración era fatigosa; había cerrado los ojos; pero
los abría de cuando en cuando con la súbita agitación de la fiebre.
Toqué sus manos y despedían fuego.
--Este hombre está muy malo --dije a Inés, que me miraba con
perplejidad.
--Lo sé; pero en esta casa no hay nada, ni tenemos remedios, ni comida;
en una palabra, nada.
Llamando a mi asistente, que estaba en la calle, le di orden de que
proporcionase a Inés cuanto fuese preciso y existiera en el lugar.
--Mi asistente no se separará de aquí mientras lo necesites --dije a mi
amiga--. La puerta se cerrará. Puedes estar tranquila. En todo el día
no saldremos de aquí. Adiós: me voy a la plaza; pero volveré pronto,
porque tenemos que hablar, mucho que hablar.