Al volver, la encontré sentada junto al lecho del enfermo, a quien
fijamente miraba. Volviendo la cabeza, indicome con un signo que no
debía hacer ruido. Levantose luego, acercó su rostro al de Santorcaz,
y cerciorada de que permanecía en completo y bienhechor reposo, se
dispuso a salir del cuarto. Juntos fuimos al inmediato, no cerrando
sino a medias la puerta, para poder vigilar al desgraciado durmiente, y
nos sentamos el uno frente al otro. Estábamos solos, casi solos.
--¿Has tenido nuevas noticias de mi madre? --me preguntó muy conmovida.
--No; pero pronto la veremos...
--¡Aquí, Dios mío! Tanta felicidad no es para mí.
--Le escribiré hoy diciendo que te he encontrado y que no te me
escaparás. Le diré que venga al instante a Salamanca.
--¡Oh! Gabriel... haces precisamente lo mismo que yo deseaba, lo que
deseaba hace tanto tiempo... Si hubieras sido prudente en Salamanca, y
me hubieras oído antes de...
--Querida mía, tienes que explicarme muchas cosas que no he entendido
--le dije con amor.
--¿Y tú a mí? Tú sí que tienes necesidad de explicarte bien. Mientras
no lo hagas, no esperes de mí una palabra, ni una sola.
--Hace seis meses que te busco, alma mía; seis meses de fatigas, de
penas, de ansiedad, de desesperación... ¡Cuánto me hace trabajar Dios
antes de concederme lo que me tiene destinado! ¡Cuánto he padecido por
ti, cuánto he llorado por ti! Dios sabe que te he ganado bien.
--Y durante ese tiempo --preguntó con graciosa malicia--, ¿te ha
acompañado esa señora inglesa, que te llama su caballero y que me ha
vuelto loca a preguntas?
--¿A preguntas?
--Sí: quiere saberlo todo, y para cerrarle el pico he necesitado
decirle cómo y cuándo nos conocimos. Lo que se refiere a mí le importa
poco; tu vida es lo que le interesa: me ha mareado tanto deseando saber
las locuras y sublimidades que has hecho por esta infeliz, que no he
podido menos de divertirme a costa suya...
--Bien hecho, amada mía.
--¡Qué orgullosa es!... Se ríe de cuanto hablo, y, según ella, no abro
la boca más que para decir vulgaridades. Pero la he castigado... Como
insistiese en conocer tus empresas amorosas, le he dicho que después de
Bailén quisieron robarme veinticinco hombres armados, y que tú solo les
matastes a todos.
Inés sonreía tristemente, y yo sofocaba la risa.
--También le dije que en El Pardo, para poder hablarme, te disfrazaste
de duque, siendo tal el poder de la falsa vestimenta, que engañaste
a toda la Corte y te presentaron al Emperador Napoleón, el cual se
encerró contigo en su gabinete y te confió el plan de su campaña contra
el Austria.
--Así te vengas tú --dije encantado de la malicia de mi pobre amiga--.
Dame un abrazo, chiquilla, un abrazo o me muero.
--Así me vengo yo. También le dije que estando en Aranjuez pasabas el
Tajo a nado todas las noches para verme; que en Córdoba entraste en
el convento y maniataste a todas las monjas para robarme; que otra
vez anduviste ochenta leguas a caballo para traerme una flor; que te
batiste con seis generales franceses porque me habían mirado, con otras
mil heroicidades, acometimientos y amorosas proezas que se me vinieron
a la memoria a medida que ella me hacía preguntas. Eh, caballerito, no
dirá usted que no cuido de su reputación... Te he puesto en los cuernos
de la luna... Puedes creer que la inglesa estaba asombrada. Me oía con
toda su hermosa boca abierta... ¿Qué crees? Te tiene por un Cid, y ella
cuando menos se figura ser la misma Doña Jimena.
--¡Cómo te has burlado de ella! --exclamé acercando mi silla a la
de Inés--. ¿Pero has tenido celos?... Dime si has tenido celos para
estarme riendo tres días...
--Caballero Araceli --dijo arrugando graciosamente el ceño--, sí, los
he tenido y los tengo...
--¡Celos de esa loca! --contesté riendo y el alma inundada de
regocijo--. Inés de mi vida, dame un abrazo.
Las lindas manecitas de la muchacha se sacudían delante de mí, y me
azotaban el rostro al acercarme. Yo, pillándolas al vuelo, se las
besaba.
--Inesilla, querida mía, dame un abrazo... o te como.
--Hambriento estás.
--Hambriento de quererte, esposa mía. ¿Te parece...? Seis meses amando
a una sombra. ¿Y tú?...
Yo no sabía qué decir. Estaba hondamente conmovido. Mi desgraciada
amiga quiso disimular su emoción; pero no pudo atajar el torrente de
lágrimas que pugnaba por salir de sus ojos.
--No te acuerdes de esa mujer, si no quieres que me enfade. ¿Es posible
que tú, con la elevación de tu alma, con tu penetración admirable,
hayas podido...?
--No, no lloro por eso, querido amigo mío --me dijo mirándome con
profundo afecto--. Lloro... no sé por qué. Creo que de alegría.
--¡Oh! Si Miss Fly estuviera aquí, si nos viera juntos, si viera cómo
nos amamos por bendición especial de Dios, si viera este cariño,
superior a las contrariedades del mundo, comprendería cuánta diferencia
hay de sus chispazos poéticos a esta fuente inagotable del corazón, a
esta luz divina en que se gozan nuestras almas, y se gozarán por los
siglos de los siglos.
--No me nombres a Miss Fly... Si en un momento me afligió el conocerla,
ya no hago caso de ella... --dijo secando sus lágrimas--. Al principio,
francamente... tuve dudas, más que dudas, celos; pero al tratarla de
cerca se disiparon. Sin embargo, es muy hermosa, más hermosa que yo.
--Ya quisiera parecerse a ti. Es un marimacho.
--Es además muy rica, según ella misma dice. Es noble... Pero a pesar
de todos sus méritos, Miss Fly me causaba risa, no sé por qué. Yo
reflexionaba y decía: «Es imposible, Dios mío. No puede ser... Caerán
sobre mí todas las desgracias menos esta...» ¡Oh! esta sí que no la
hubiera soportado.
--¡Qué bien pensaste! Te reconozco, Inés. Reconozco tu grande alma.
Duda de todo el mundo, duda de lo que ven tus ojos; pero no dudes de
mí, que te adoro.
--Mi corazón se desborda... --exclamó oprimiéndose el seno con una
mano que se escapó de entre las mías--. Hace tiempo que deseaba llorar
así... delante de ti... ¡Bendito sea Dios que empieza a hacer caso de
lo que le he dicho!
--Inés, yo también he tenido celos, queridita; celos de otra clase,
pero más terribles que los tuyos.
--¿Por qué? --dijo mirándome con severidad.
--¡Pobre de mí!... Yo me acordaba de tu buena madre y decía mirándote:
«Esta pícara ya no nos quiere.»
--¿Que no os quiero?
--Alma mía, ahora te pregunto como a los niños. ¿A quién quieres tú?
--A todos --contestó con resolución.
Esta respuesta, tan concisa como elocuente, me dejó confuso.
--A todos --repitió--. Si no te creyera capaz de comprenderlo así,
¡cuán poco valdrías a mis ojos!
--Inés, tú eres una criatura superior --afirmé con verdadero
entusiasmo--. Tú tienes en tu alma mayor porción de aliento divino que
los demás. Amas a tus enemigos, a tus más crueles enemigos.
--Amo a mi padre --dijo con entereza.
--Sí; pero tu padre...
--Vas a decir que es un malvado, y no es verdad. Tú no le conoces.
--Bien, amiga mía, creo lo que me dices; pero las circunstancias en que
has ido a poder de ese hombre no son las más a propósito para que le
tomaras gran cariño...
--Hablas de lo que no entiendes. Si yo te dijera una cosa...
--Espera... déjame acabar... Yo sé lo que vas a decir. Es que has
encontrado en él, cuando menos lo esperabas, un noble y profundo cariño
paternal.
--Sí; pero he encontrado algo más.
--¿Qué?
--La desgracia. Es el hombre más desdichado, más sin ventura que existe
en el mundo.
--Es verdad: la nobleza de tu alma no tiene fin... pero dime:
seguramente no hallarán eco en ella los sentimientos de odio ni el
frenesí de este desgraciado.
--Yo espero reconciliarle --dijo sencillamente-- con los que odia,
o aparenta odiar, pues su cólera ante ciertas personas no brota del
corazón.
--¡Reconciliarle! --repetí con verdadero asombro--. ¡Oh! Inés: si tal
hicieras; si tan grande objeto lograras tú con la sola fuerza de tu
dulzura y de tu amor, te tendría por la más admirable persona de todo
el mundo... Pero debe haber ocurrido entre ti y él mucho que ignoro,
querida mía. Cuando te viste arrebatada por ese hombre de los brazos de
tu madre enferma, ¿no sentiste...?
--Un horror, un espanto... no me recuerdes eso, amiguito, porque me
estremezco toda... ¡Qué noche, qué agonía! Yo creí morir, y en verdad
pedía la muerte... Aquellos hombres... todos me parecían negros,
con el pelo erizado y las manos como garfios... aquellos hombres me
encerraron en un coche. Encarecerte mi miedo, mis súplicas, aquel
continuo llorar mío durante no sé cuántos días, sería imposible. Unas
veces, desesperada y loca, les decía mil injurias; otras pedíales de
rodillas mi libertad. Durante mucho tiempo me resistí a tomar alimento,
y también traté de escaparme... Imposible, porque me guardaban muy
bien... Después de algunos días de marcha, fuéronse todos, y él quedó
solo conmigo en un lugar que llaman Cuéllar.
--¿Y te maltrató?
--Jamás: al principio me trataba con aspereza; pero luego, mientras
más me ensoberbecía yo, mayor era su dulzura. En Cuéllar me dijo que
nunca volvería a ver a mi madre, lo cual me causó tal desesperación y
angustia, que aquella noche intenté arrojarme por la ventana al campo.
El suicidio, que es tan gran pecado, no me aterraba... Trájome en
seguida a Salamanca, y allí le oí repetir que jamás vería a mi madre.
Entonces advertí que mis lágrimas le conmovían mucho... Un día, después
que largo rato disputamos y vociferamos los dos, púsose de rodillas
delante de mí, y besándome las manos me dijo que él no era un hombre
malo.
--¿Y tú sospechabas algo de tu parentesco con él?
--Verás... Yo le respondí que le tenía por el más malo, el más
abominable ser de toda la tierra, y entonces fue cuando me dijo que era
mi padre... Esta revelación me dejó tan suspensa, tan asombrada, que
por un instante perdí el sentido... Tomome en sus brazos, y durante
largo rato me prodigó mil caricias... Yo no lo quería creer... En
lo íntimo de mi alma acusé a Dios por haberme hecho nacer de aquel
monstruo... Después, como advirtiese mi duda, mostrome un retrato de mi
madre y algunas cartas que escogió entre muchas que tenía... Yo estaba
medio muerta... aquello me parecía un sueño. En la angustia y turbación
de tan dolorosa escena, fijé la vista en su rostro y un grito se escapó
de mis labios.
--¿No le habías observado bien?
--Sí: yo había notado cierto incomprensible misterio en su fisonomía;
pero hasta entonces no vi... no vi que su frente era mi frente, que
sus ojos eran mis ojos. Aquella noche me fue imposible dormir: entrome
una fiebre terrible, y me revolvía en el lecho, creyéndome rodeada
de sombras o demonios que me atormentaban. Cuando abría los ojos, le
hallaba sentado a mis pies, sin apartar de mí su mirada penetrante que
me hacía temblar. Me incorporé y le dije: «¿Por qué aborrece usted a mi
querida madre?» Besándome las manos me contestó: «Yo no la aborrezco;
ella es la que me aborrece a mí. Por haberla amado, soy el más infeliz
de los hombres; por haberla amado, soy este oscuro y despreciado
satélite de los franceses que en mí ves; por haberla adorado, te causo
espanto hoy en vez de amor.» Entonces yo le dije: «Grandes maldades
habrá hecho usted con mi madre, para que ella le aborrezca.» No me
contestó... Se esforzaba en calmar mi agitación, y desde aquella noche
hasta el fin de la enfermedad que padecí, no se apartó de mi lado ni un
momento. Cuanto puede inventarse para distraer a una criatura triste
y enferma, él lo inventó: contábame historias, unas alegres, otras
terribles, todas de su propia vida, y finalmente refiriome lo que más
deseaba conocer de esta... Yo temblaba a cada palabra. Había empezado
a inspirarme tanta compasión, que a ratos le suplicaba que callase y
no dijese más. Poco a poco fui perdiéndole el miedo: me causaba cierto
respeto; pero amarle... ¡eso imposible!... Yo no cesaba de afirmar que
no podía vivir lejos de mi madre, y esto, si le enfurecía de pronto,
era motivo después para que redoblase sus cariños y consideraciones
conmigo. Su empeño era siempre convencerme de que nadie en el mundo me
quería como él. Un día, impaciente y acongojada por el largo encierro,
le hablé con mucha dureza; él se arrojó a mis pies, pidiome perdón del
gran daño que me había causado, y lloró tanto, tanto...
--¿Ese hombre ha derramado una lágrima? --dije con sorpresa--. ¿Estás
segura? Jamás lo hubiera creído.
--Tantas y tan amargas derramó, que me sentí, no ya compasiva,
sino también enternecida. Mi corazón no nació para el odio: nació
para responder a todos los sentimientos generosos, para perdonar y
reconciliar. Tenía delante de mí a un hombre desgraciado, a mi propio
padre, solo, desvalido, olvidado; recordaba algunas palabras oscuras
y vagas de mi madre acerca de él, que me parecían un poco injustas.
Lástima profunda oprimía mi pecho: la adoración, la loca idolatría
que aquel infeliz sentía por mí, no podían serme indiferentes, no,
de ningún modo, a pesar del daño recibido. Le dije entonces cuantas
palabras de consuelo se me ocurrieron, y el pobrecito me las agradeció
tanto, ¡tantísimo...! Por la primera vez en su vida era feliz.
--¡Ángel del cielo --exclamé con viva emoción--, no digas más! Te
comprendo y te admiro.
--Suplicome entonces que le tratase con la mayor confianza; que le
dijese _padre_ y _tú_ al uso de Francia, con lo cual experimentaría
gran consuelo, y así lo hice. Ese hombre terrible que espanta a cuantos
le oyen y no habla más que de exterminar y de destruir, temblaba como
un niño al escuchar mi voz; y olvidado de la guillotina, de los nobles,
y de lo que él llamaba el _estado llano_, estaba horas enteras en
éxtasis delante de mí. Entonces formé mi proyecto, aunque no le dije
nada, esperando que el dominio que ejercía sobre él llegase al último
grado.
--¿Qué proyecto?
--Volver aquel cadáver a la vida; volverle al mundo, a la familia;
desatar aquel corazón de la rueda en que sufría tormento; sacar del
infierno aquel infeliz réprobo, y extirpar en su alma el odio que le
consumía. Durante algún tiempo, no hablé de volver al lado de mi madre,
ni me quejé de la larga y triste soledad, antes bien aparecía sumisa y
aun contenta. Entonces emprendimos esos horribles viajes para fundar
logias; empezó la compañía de esos hombres aborrecidos, y no pude
disimular mi disgusto. Cuando hablábamos los dos a solas, él se reía
de las prácticas masónicas, diciendo que eran simples y tontas, aunque
necesarias para subyugar a los pueblos. Su odio a los nobles, a los
frailes y a los reyes continuaba siempre muy vivo; pero al hablar de mi
madre, la nombraba siempre con reserva y también con emoción. Esto era
señal lisonjera, y un principio de conformidad con mi ardiente deseo.
Yo se lo agradecí, y se lo pagué mostrándome más cariñosa con él; pero
siempre reservada. Los repetidos viajes, las logias y los compañeros de
masonería, me inspiraban repugnancia, hastío y miedo. No se lo oculté,
y él me decía: «Esto acabará pronto. No conquistaré a los necios sino
con esta farsa; y como los franceses se establezcan en España, verás la
que armo...» «Padre --le decía yo--, no quiero que armes cosas malas
ni que mates a nadie, ni que te vengues. La venganza y la crueldad son
propias de almas bajas.» Él me ponderaba las injusticias y picardías
que rigen a la sociedad de hoy, asegurando que es preciso volver
todo del revés, para lo cual conviene empezar por destruirlo todo.
¡Cuánto hemos hablado de esto! Por último, tales horrores han dejado
de asustarme. Tengo la convicción de que mi pobre padre no es cruel ni
sanguinario como parece...
--Así será, pues tú lo dices.
--Estábamos en Valladolid, cuando cayó enfermo, muy enfermo. Un afamado
médico de aquella ciudad me dijo que no viviría mucho tiempo. Él, sin
embargo, siempre que experimentaba algún alivio, se creía restablecido
por completo. En uno de sus más graves ataques, hallándonos en
Salamanca, me dijo: «Te robé, hija mía, para hacerte instrumento de la
horrible cólera que me enardece. Pero Dios, que no consiente sin duda
la perdición de mi alma, me ha llenado de un profundo y celeste amor
que antes no conocía. Has sido para mí el ángel de la guarda, la imagen
viva de la bondad divina, y no solo me has consolado, sino que me has
convertido. Bendita seas mil veces por esta savia nueva que has dado a
mi triste vida. Pero he cometido un crimen: tú no me perteneces; entré
como un ladrón en el huerto ajeno, y robé esta flor... No, no puedo
retenerte ni un momento más al lado mío contra tu gusto.» El infeliz
me decía esto con tanta sinceridad, que me sentí inclinada a amarle
más. Luego siguió diciéndome: «Si tienes compasión de mí; si tu alma
generosa se resiste a dejarme en esta soledad, enfermo y aborrecido,
acompáñame y asísteme; pero que sea por voluntad tuya y no por
violencia mía. Déjame que te bese mil veces, y márchate después si no
quieres estar a mi lado.» No le contesté de otro modo que abrazándole
con todas mis fuerzas y llorando con él. ¿Qué podía, qué debía hacer?
--Quedarte.
--Aquella era la ocasión más propia para confiarle mis deseos. Después
de repetir que no le abandonaría, díjele que debía reconciliarse con
mi madre. Recibió al principio muy mal la advertencia; mas tanto rogué
y supliqué, que al fin consintió en escribir una carta. Empecela yo,
y como en ella pusiera no recuerdo qué palabras pidiendo perdón,
enfureciose mucho, y dijo: «¿Pedir perdón, pedirle perdón? Antes
morir.» Por último, quitando y poniendo frases, di fin a la epístola;
mas al día siguiente le vi bastante cambiado en sus disposiciones
conciliadoras; y ¿qué creerás, amigo mío?... Pues rompió la carta,
diciéndome: «Más adelante la escribiremos, más adelante. Aguardemos un
poco.» Esperé con santa resignación; y hallándonos en Plasencia, hice
una nueva tentativa. Él mismo escribió la carta, empleando en ella no
menos de cuatro horas; y ya la íbamos a enviar a su destino, cuando
uno de esos aborrecidos hombres que le acompañan entró diciéndole que
la policía francesa le buscaba y le perseguía por gestiones de una
alta señora de Madrid. ¡Ay, Gabriel! Cuando tal supo, renovose en
él la cólera y amenazó a todo el género humano. No necesito decirte
que ni enviamos la carta, ni habló más del asunto en algunos días.
Pero yo insistía en mi propósito. Al volver a Salamanca le manifesté
la necesidad de la reconciliación: enfadose conmigo; díjele que me
marcharía a Madrid: abrazome, lloró, gimió, arrojose a mis pies como
un insensato, y al fin, hijo, al fin escribimos la tercera carta: la
escribí yo misma. Por último, mi adorada madre iba a saber noticias de
su pobre hija. ¡Ay! aquella noche mi padre y yo charlamos alegremente;
hicimos dulces proyectos; maldijimos juntos a todos los masones de la
tierra, a las revoluciones y a las guillotinas habidas y por haber;
nos regocijamos con supuestas felicidades que habían de venir; nos
contamos el uno al otro todas las penas de nuestra pasada vida... pero
al siguiente día...
--Me presenté yo... ¿no es eso?
--Eso es... Ya conoces su carácter... Cuando te vio y conoció que
ibas enviado por mi madre, cuando le injuriaste... Su ira era tan
fuerte aquel día, que me causó miedo. «Ahí lo tienes --decía--: yo
me dispongo a ser bueno con ella, y ella envía contra mí la policía
francesa para mortificarme y un ladrón para privarme de tu compañía.
Ya lo ves: es implacable... A Francia, nos iremos a Francia; vendrás
conmigo. Esa mujer acabó para mí y yo para ella...» Lo demás lo sabes
tú y no necesito decírtelo. ¡Esta mañana creímos morir aquí! ¡Cuánto he
padecido en este horrible Babilafuente viéndole enfermo, tan enfermo,
que no se restablecerá más; viéndonos amenazados por el populacho, que
quería entrar para despedazarnos!... Y todo ¿por qué? Por la masonería,
por esas simplezas y mojigangas que a nada conducen.
--A algo conducen, querida mía, y la semilla que tu padre y otros han
sembrado, darán algún día su fruto. Sabe Dios cuál será.
--Pero él no es ateo, como otros, ni se burla de Dios. Verdad que
suele nombrarle de un modo extraño, así como el _Ser Supremo_, o cosa
parecida.
--Llámese Dios o Ser Supremo --exclamé volviendo a aprisionar entre
mis manos las de mi adorada amiga--, ello es que ha hecho obras
acabadas y perfectas, y una de ellas eres tú, que me confundes, que me
empequeñeces y anonadas más cuanto más te trato y te hablo y te miro.
--Eres tonto de veras; pues ¿qué he hecho que no sea natural?
--preguntome sonriendo.
--Para los ángeles es natural existir sin mancha, inspirar las buenas
acciones, ensalzar a Dios, llevar al cielo las criaturas, difundir el
bien por el mundo pecador. ¿Que qué has hecho? Has hecho lo que yo no
esperaba ni adivinaba, aunque siempre te tuve por la misma bondad; has
amado a ese infeliz, al más infeliz de los hombres, y este prodigio que
ahora, después de hecho, me parece tan natural, antes me parecía una
aberración y un imposible. Tú tienes el instinto de lo divino, y yo
no; tú realizas con la sencillez propia de Dios las más grandes cosas,
y a mí no me corresponde otro papel que el de admirarlas después de
realizadas, asombrándome de mi estupidez por no haberlas comprendido...
¡Inesilla, tú no me quieres, tú no puedes quererme!
--¿Por qué dices eso? --preguntó con candor.
--Porque es imposible que me quieras, porque yo no te merezco.
Al decir esto, estaba tan convencido de mi inferioridad, que ni
siquiera intenté abrazarla, cuando, cruzando ella las defensoras manos,
parecía dejarme el campo libre para aquel exceso amoroso.
--De veras, parece que eres tonto.
--Pero, pues tu corazón no sabe sino amar, si no sabe otra cosa, aunque
de mil modos le enseñe el mundo lo contrario, algo habrá para mí en un
rinconcito.
--¿Un rinconcito...? ¿De qué tamaño?
--¡Qué feliz soy! Pero te digo la verdad, quisiera ser desgraciado.
No me contestó sino riéndose, burlándose de mí con un descaro...
--Quiero ser desgraciado para que me ames como has amado a tu padre,
para que te desvivas por mí, para que te vuelvas loca por mí, para
que... ¿Pero te ríes, todavía te ríes? ¿Acaso estoy diciendo tonterías?
--Más grandes que esta casa.
--Pero, hija, si estoy aturdido. Dime tú, que todo lo sabes, si hay
alguna manera extraordinaria de querer, una manera nueva, inaudita...
--Así, así siempre, basta... Ni es preciso tampoco que seas
desgraciado. No, dejémonos de desgracias, que bastantes hemos tenido.
Pidamos a Dios que no haya más batallas en que puedas morir.
--¡Yo quiero morir! --exclamé sintiendo que el puro y extremado afecto
llevaba mi mente a mil raras sutilezas y tiquismiquis, y mi corazón a
incomprensibles y quizás ridículos antojos.
--¡Morir! --exclamó ella con tristeza--. ¿Y a qué viene ahora eso? ¿Se
puede saber, señor mío querido?
--Morir quiero para verte llorar por mí... pero en verdad, esto es
absurdo, porque si muriera, ¿cómo podría verte? Dime que me amas,
dímelo.
--Esto sí que está bueno. Al cabo de la vejez...
--Si nunca me lo has dicho... Puede que quieras sostener que me lo has
dicho.
--¿Que no? --dijo con jovialidad encantadora--. Pues no.
No sé qué más iba a decir ella; pero indudablemente pensó decir algo,
más dulce para mí que las palabras de los ángeles, cuando sonó en la
estancia una ronca voz.
--No, no te vas, paloma, sin abrazar a tu marido --exclamé estrujando
aquel lindo cuerpo, que se escapó de mis brazos para volar al lado del
enfermo.