XXVII

Por último, llegué cerca de ella y oyó mi voz, y vio mi propia persona,

lo cual hubo de causarle al parecer mucho gusto, y sacarla de su

confusión y atolondramiento. Corrió hacia mí riendo y saludándome con

exclamaciones de triunfo, y cuando la vi de cerca, no pude menos de

advertir la diferencia que existe entre las imágenes transfiguradas y

embellecidas por el pensamiento y la triste realidad, pues el corcel

que montaba, por cierto a mujeriegas, la intrépida Athenais, distaba

mucho de parecerse a aquel volador Pegaso que se me representaba

poco antes; ni daba ella al viento la cabellera, cual llama de fuego

simbolizando el pensamiento; ni su vestido negro tenía aquella

diafanidad ondulante que creí distinguir primero; ni el cuartago,

pues cuartago era, tenía más cerneja que media docena de mustios y

amarillentos pelos; ni la misma Miss Fly estaba tan interesante como

de ordinario, aunque sí hermosa, y por cierto bastante pálida, con las

trenzas mal entretejidas por arte de los dedos, sin aquel concertado

desgaire del peinado de las Musas, y finalmente, con el vestido en

desorden antiarmónico a causa del polvo, y de las arrugas y jirones.

--Gracias a Dios que os encuentro --exclamó alargándome la mano--. D.

Carlos España me dijo que estábais en la retaguardia.

Mi gozo por verla sana y libre, lo cual equivalía a un testimonio

precioso de mi honradez, me impulsó a intentar abrazarla en medio del

campo, de caballo a caballo, y habría puesto, en ejecución mi atrevido

pensamiento, si ella no lo impidiera un tanto suspensa y escandalizada.

--En buen compromiso me ha puesto usted --le dije.

--Me lo figuraba --respondió riendo--. Pero vos tenéis la culpa. ¿Por

qué me dejasteis en poder de aquella gente?

--Yo no dejé a usted en poder de aquella gente, ¡malditos sean ellos

mil veces!... Desapareció usted de mi vista, y el masón me impidió

seguir. ¿Y nuestros compañeros de viaje?

--¿Preguntáis por la Inesita? La encontraréis en Babilafuente --dijo

poniéndose seria.

--¿En ese pueblo? ¡Bondad divina!... Corramos allí... ¿Pero han

padecido ustedes algún contratiempo? ¿Hanse visto en algún peligro?

¿Las han mortificado esos bárbaros?

--No: me he aburrido y nada más. A la hora y media de salir de

Salamanca tropezamos con los franceses, que echaron el guante a los

masones diciendo que en Salamanca habían hecho el espionaje por cuenta

de los aliados. Marmont tiene orden del Rey para no hacer causa común

con esos pillos tan odiados en el país. Santorcaz se defendió; mas un

oficial llamole farsante y embustero, y dispuso que todos los de la

brillante comitiva quedásemos prisioneros. Gracias a Desmarets, me han

tratado a mí con mucha consideración.

--¡Prisioneros!

--Sí: nos han tenido desde entonces en ese horrible Babilafuente,

mientras el Lord tomaba a Salamanca. ¡Y yo que no he visto nada de

esto! ¿Se rindieron los fuertes? ¡Qué gran servicio prestasteis con

vuestra visita a Salamanca! ¿Qué os dijo milord?

--Sí, sí: hable usted a milord de mí... Contento está Su Excelencia de

este leal servidor... Sepa Miss Fly que, lejos de agradar al Duque, me

ha tomado entre ojos y se disponen a formarme consejo de guerra por

delitos comunes.

--¿Por qué, amigo mío? ¿Qué habéis hecho?

--¿Qué he de hacer? Pues nada, señora Pajarita; nada más sino seducir

a una honesta hija de la Gran Bretaña, llevármela conmigo a Salamanca,

ultrajarla con no sé qué insigne desafuero, y después, para colmo de

fiesta, abandonarla pícaramente, o esconderla, o matarla, pues sobre

este punto, que es el lado negro de mi feroz delito, no se han puesto

aún de acuerdo Lord Wellington y el coronel Simpson.

Miss Fly rompió en risas tan francas, tan espontáneas y regocijadas,

que yo también me reí. Ambos marchábamos a buen paso en dirección a

Babilafuente.

--Lo que me contáis, Sr. Araceli --dijo, mientras se teñía su rostro

de rubor hechicero--, es una linda historia. Tiempo hacía que no se me

presentaba un acontecimiento tan dramático, ni tan bonito embrollo. Si

la vida no tuviera estas novelas, ¡cuán fastidiosa sería!

--Usted disipará las dudas del general devolviéndome mi honor, mi

honor, Miss Fly, pues de la pureza de sentimientos de usted, no creo

que duden milord ni Sir Abraham Simpson. Yo soy el acusado, yo el

ladrón, yo el ogro de cuentos infantiles, yo el gigantón de leyenda, yo

el morazo de romance.

--¿Y no os ha desafiado Simpson? --preguntó, demostrándome cuánta

complacencia producía en su alma aquel extraño asunto.

--Me ha mirado con altanería y díchome palabras que no le perdono.

--Le mataréis, o al menos le heriréis gravemente, como hicisteis con el

desvergonzado e insolente Lord Gray --dijo con extraordinaria luz en la

mirada--. Quiero que os batáis con alguien por causa mía. Vos acometéis

las empresas más arriesgadas por la simpatía que tienen los grandes

corazones con los grandes peligros; habéis dado pruebas de aquel valor

profundo y sereno cuyo arranque parte de las raíces del alma. Un hombre

de tales condiciones no permitirá que se ponga en duda su dignidad, y

a los que duden de ella, les convencerá con la espada en un abrir y

cerrar de ojos.

--La prueba más convincente, Athenais, ha de ser usted... Ahora

pensemos en socorrer a esos infelices de Babilafuente. ¿Corre Inés

algún peligro? ¡Loco de mí! ¡Y me estoy con esta calma! ¿Está buena?

¿Corre algún peligro?

--No lo sé --repuso con indiferencia la inglesa--. La casa en que

estaban empezó a arder.

--¡Y lo dice con esa tranquilidad!

--En cuanto se anunció la entrada de los españoles y me vi libre, salí

en busca del jefe. D. Carlos España me recibió con agrado, y no tuvo

inconveniente en cederme un caballo para volver al cuartel general.

--¿Santorcaz, Monsalud, Inés y demás compañía masónica habrán huido

también?

--No todos. El gran capitán de esta masonería ambulante está postrado

en el lecho desde hace tres días y no puede moverse. ¿Cómo queréis que

huya?

--Eso es obra de Dios --dije con alegría y acelerando el paso--. Ahora

no se me escapará. De grado o por fuerza arrancaremos a Inés de su lado

y la enviaremos bien custodiada a Madrid.

--Falta que quiera separarse de su padre. Vuestra dama encantada es una

joven de miras poco elevadas, de corazón pequeño; carece de imaginación

y de... de arranque. No ve más que lo que tiene delante. Es lo que

yo llamo un ave doméstica. No, Sr. Araceli, no pidáis a la gallina

que vuele como el águila. La hablaréis el lenguaje de la pasión, y os

contestará cacareando en su corral.

--Una gallina, señorita Athenais --le dije, entrando en el pueblo--, es

un animal útil, cariñoso, amable, sensible, que ha nacido y vive para

el sacrificio, pues da al hombre sus hijos, sus plumas y, finalmente,

su vida; mientras que un águila... pero esto es horroroso, Miss Fly...

arde el pueblo por los cuatro costados...

--Desde la llanura presenta Babilafuente un golpe de vista

incomparable... Siento no haber traído mi álbum.

Las frágiles casas se venían al suelo con estrépito. Los atribulados

vecinos se lanzaban a la calle, arrastrando penosamente colchones,

muebles, ropas, cuanto podían salvar del fuego, y en diversos puntos

la multitud señalaba con espanto los escombros y maderos encendidos,

indicando que allí debajo habían sucumbido algunos infelices. Por todas

partes no se oían más que lamentos e imprecaciones; la voz de una

madre preguntando por su hijo, o de los tiernos niños, desamparados y

solos, que buscaban a sus padres. Muchos vecinos y algunos soldados y

guerrilleros se ocupaban en sacar de las habitaciones a los que estaban

amenazados de no poder salir, y era preciso romper rejas, derribar

tabiques, deshacer puertas y ventanas para penetrar, desafiando las

llamas, mientras otros se dedicaban a apagar el incendio; tarea

difícil, porque el agua era escasa. En medio de la plaza, D. Carlos

España daba órdenes para uno y otro objeto, descuidando por completo

la persecución de los franceses, a quienes solamente se pudieron coger

algunos carros. Gritaba el general desaforadamente, y su actitud y

fisonomía eran de loco furioso.

Miss Fly y yo echamos pie a tierra en la plaza, y lo primero que se

ofreció a nuestra vista fue un infeliz a quien llevaban maniatado

cuatro guerrilleros, empujándole cruelmente a ratos, o arrastrándole

cuando se resistía a seguir. Una vez que lo pusieron ante la espantosa

presencia de D. Carlos España, este, cerrando los puños y arqueando las

negras y tempestuosas cejas, gritó de esta manera:

--¿Por qué me lo traen aquí?... ¡Fusilarle al momento! A estos canallas

afrancesados que sirven al enemigo, se les aplasta cuando se les coge,

y nada más.

Observando las facciones de aquel hombre, reconocí al Sr. Monsalud.

Antes de referir lo que hice entonces, diré en dos palabras por qué

había venido a tan triste estado y funesta desventura. Sucedió que

los pobres masones, igualmente malquistos con los franceses que

salían y los españoles que entraban en Babilafuente, optaron, sin

embargo, por aquellos, tratando de seguirles. Excepto Santorcaz,

que yacía en deplorable estado, todos corrieron; pero tuvo tan

mala suerte el travieso Monsalud, que al saltar una tapia buscando

el camino de Villoria, le echaron el guante los guerrilleros; y

como desgraciadamente le conocían por ciertas fechorías, ni santas

ni masónicas, que cometiera en Béjar, al punto le destinaron al

sacrificio, en expiación de las culpas de todos los masones y

afrancesados de la Península.

--Mi general --dije al conde, abriéndome paso entre la muchedumbre de

soldados y guerrilleros--, este desgraciado es bastante tuno, y no

dudo que ha servido a nuestros enemigos; pero yo le debo un favor, que

estimo tanto como la vida, porque sin su ayuda no hubiera podido salir

de Salamanca.

--¿A qué viene ese sermón? --dijo con feroz impaciencia España.

--A pedir a Vuecencia que le perdone, conmutándole la pena de muerte

por otra.

El pobre Monsalud, que estaba ya medio muerto, se reanimó, y mirándome

con vehemente expresión de gratitud, puso toda su alma en sus ojos.

--Ya vienes con boberías, ¡rayo de Dios! Araceli, te mandaré

arrestar... --exclamó el conde haciendo extrañas gesticulaciones--. No

se te puede resistir, joven entrometido... Quitadme de delante a ese

sabandijo; fusiladle al momento... ¡Es preciso castigar a alguien!...

¡a alguien!

A pesar de esta viva crueldad, que a veces manifestaba de un modo

imponente, España no había llegado aún a aquel grado de exaltación que

años adelante hizo tan célebre como espantoso su nombre. Miró primero

a la víctima, después a mí y a Miss Fly, y luego que hubo dado algún

desahogo a su cólera con palabrotas y recriminaciones dirigidas a

todos, dijo:

--Bueno: que no le fusilen. Que le den doscientos palos... pero

doscientos palos bien dados... Muchachos, os lo entrego... Allí, detrás

de la iglesia.

--¡Doscientos palos! --murmuró la víctima con dolor--. Prefiero que me

den cuatro tiros. Así moriré de una vez.

Entonces aumentó el barullo, y un guerrillero apareció diciendo:

--Arden todas las sementeras y las eras del lado de Villoria, y arde

también Villoruela, y Riolobos, y Huerta.

Desde la plaza, abierta al campo por un costado, se distinguía la

horrible perspectiva. Llamas vagas surgían aquí y allí del seco suelo,

corriendo por sobre las mieses cual cabellera movible, cuyas últimas

guedejas negruzcas se perdían en el cielo. En los puntos lejanos, las

columnas de humo eran en mayor número, y cada una indicaba la troj o

panera que caía bajo la planta de fuego del ejército fugitivo. Nunca

había yo visto desolación semejante. Los enemigos, al retirarse,

quemaban, talaban, arrancando los tiernos árboles de las huertas,

haciendo luminarias con la paja de las eras. Cada paso suyo aplastaba

una cabaña, talaba una mies, y su rencoroso aliento de muerte destruía

como la cólera de Dios. El rayo, el pedrisco, el simún, la lluvia y el

terremoto, obrando de consuno, no habrían hecho tantos estragos en poco

tiempo. Pero el rayo y el simoun, todas las iras del cielo juntas, ¿qué

significan comparadas con el despecho de un ejército que se retira?

Fiero animal herido, no tolera que nada viva detrás de sí.

La batalla de los Arapiles · 第 28 / 46 题