Por último, llegué cerca de ella y oyó mi voz, y vio mi propia persona,
lo cual hubo de causarle al parecer mucho gusto, y sacarla de su
confusión y atolondramiento. Corrió hacia mí riendo y saludándome con
exclamaciones de triunfo, y cuando la vi de cerca, no pude menos de
advertir la diferencia que existe entre las imágenes transfiguradas y
embellecidas por el pensamiento y la triste realidad, pues el corcel
que montaba, por cierto a mujeriegas, la intrépida Athenais, distaba
mucho de parecerse a aquel volador Pegaso que se me representaba
poco antes; ni daba ella al viento la cabellera, cual llama de fuego
simbolizando el pensamiento; ni su vestido negro tenía aquella
diafanidad ondulante que creí distinguir primero; ni el cuartago,
pues cuartago era, tenía más cerneja que media docena de mustios y
amarillentos pelos; ni la misma Miss Fly estaba tan interesante como
de ordinario, aunque sí hermosa, y por cierto bastante pálida, con las
trenzas mal entretejidas por arte de los dedos, sin aquel concertado
desgaire del peinado de las Musas, y finalmente, con el vestido en
desorden antiarmónico a causa del polvo, y de las arrugas y jirones.
--Gracias a Dios que os encuentro --exclamó alargándome la mano--. D.
Carlos España me dijo que estábais en la retaguardia.
Mi gozo por verla sana y libre, lo cual equivalía a un testimonio
precioso de mi honradez, me impulsó a intentar abrazarla en medio del
campo, de caballo a caballo, y habría puesto, en ejecución mi atrevido
pensamiento, si ella no lo impidiera un tanto suspensa y escandalizada.
--En buen compromiso me ha puesto usted --le dije.
--Me lo figuraba --respondió riendo--. Pero vos tenéis la culpa. ¿Por
qué me dejasteis en poder de aquella gente?
--Yo no dejé a usted en poder de aquella gente, ¡malditos sean ellos
mil veces!... Desapareció usted de mi vista, y el masón me impidió
seguir. ¿Y nuestros compañeros de viaje?
--¿Preguntáis por la Inesita? La encontraréis en Babilafuente --dijo
poniéndose seria.
--¿En ese pueblo? ¡Bondad divina!... Corramos allí... ¿Pero han
padecido ustedes algún contratiempo? ¿Hanse visto en algún peligro?
¿Las han mortificado esos bárbaros?
--No: me he aburrido y nada más. A la hora y media de salir de
Salamanca tropezamos con los franceses, que echaron el guante a los
masones diciendo que en Salamanca habían hecho el espionaje por cuenta
de los aliados. Marmont tiene orden del Rey para no hacer causa común
con esos pillos tan odiados en el país. Santorcaz se defendió; mas un
oficial llamole farsante y embustero, y dispuso que todos los de la
brillante comitiva quedásemos prisioneros. Gracias a Desmarets, me han
tratado a mí con mucha consideración.
--¡Prisioneros!
--Sí: nos han tenido desde entonces en ese horrible Babilafuente,
mientras el Lord tomaba a Salamanca. ¡Y yo que no he visto nada de
esto! ¿Se rindieron los fuertes? ¡Qué gran servicio prestasteis con
vuestra visita a Salamanca! ¿Qué os dijo milord?
--Sí, sí: hable usted a milord de mí... Contento está Su Excelencia de
este leal servidor... Sepa Miss Fly que, lejos de agradar al Duque, me
ha tomado entre ojos y se disponen a formarme consejo de guerra por
delitos comunes.
--¿Por qué, amigo mío? ¿Qué habéis hecho?
--¿Qué he de hacer? Pues nada, señora Pajarita; nada más sino seducir
a una honesta hija de la Gran Bretaña, llevármela conmigo a Salamanca,
ultrajarla con no sé qué insigne desafuero, y después, para colmo de
fiesta, abandonarla pícaramente, o esconderla, o matarla, pues sobre
este punto, que es el lado negro de mi feroz delito, no se han puesto
aún de acuerdo Lord Wellington y el coronel Simpson.
Miss Fly rompió en risas tan francas, tan espontáneas y regocijadas,
que yo también me reí. Ambos marchábamos a buen paso en dirección a
Babilafuente.
--Lo que me contáis, Sr. Araceli --dijo, mientras se teñía su rostro
de rubor hechicero--, es una linda historia. Tiempo hacía que no se me
presentaba un acontecimiento tan dramático, ni tan bonito embrollo. Si
la vida no tuviera estas novelas, ¡cuán fastidiosa sería!
--Usted disipará las dudas del general devolviéndome mi honor, mi
honor, Miss Fly, pues de la pureza de sentimientos de usted, no creo
que duden milord ni Sir Abraham Simpson. Yo soy el acusado, yo el
ladrón, yo el ogro de cuentos infantiles, yo el gigantón de leyenda, yo
el morazo de romance.
--¿Y no os ha desafiado Simpson? --preguntó, demostrándome cuánta
complacencia producía en su alma aquel extraño asunto.
--Me ha mirado con altanería y díchome palabras que no le perdono.
--Le mataréis, o al menos le heriréis gravemente, como hicisteis con el
desvergonzado e insolente Lord Gray --dijo con extraordinaria luz en la
mirada--. Quiero que os batáis con alguien por causa mía. Vos acometéis
las empresas más arriesgadas por la simpatía que tienen los grandes
corazones con los grandes peligros; habéis dado pruebas de aquel valor
profundo y sereno cuyo arranque parte de las raíces del alma. Un hombre
de tales condiciones no permitirá que se ponga en duda su dignidad, y
a los que duden de ella, les convencerá con la espada en un abrir y
cerrar de ojos.
--La prueba más convincente, Athenais, ha de ser usted... Ahora
pensemos en socorrer a esos infelices de Babilafuente. ¿Corre Inés
algún peligro? ¡Loco de mí! ¡Y me estoy con esta calma! ¿Está buena?
¿Corre algún peligro?
--No lo sé --repuso con indiferencia la inglesa--. La casa en que
estaban empezó a arder.
--¡Y lo dice con esa tranquilidad!
--En cuanto se anunció la entrada de los españoles y me vi libre, salí
en busca del jefe. D. Carlos España me recibió con agrado, y no tuvo
inconveniente en cederme un caballo para volver al cuartel general.
--¿Santorcaz, Monsalud, Inés y demás compañía masónica habrán huido
también?
--No todos. El gran capitán de esta masonería ambulante está postrado
en el lecho desde hace tres días y no puede moverse. ¿Cómo queréis que
huya?
--Eso es obra de Dios --dije con alegría y acelerando el paso--. Ahora
no se me escapará. De grado o por fuerza arrancaremos a Inés de su lado
y la enviaremos bien custodiada a Madrid.
--Falta que quiera separarse de su padre. Vuestra dama encantada es una
joven de miras poco elevadas, de corazón pequeño; carece de imaginación
y de... de arranque. No ve más que lo que tiene delante. Es lo que
yo llamo un ave doméstica. No, Sr. Araceli, no pidáis a la gallina
que vuele como el águila. La hablaréis el lenguaje de la pasión, y os
contestará cacareando en su corral.
--Una gallina, señorita Athenais --le dije, entrando en el pueblo--, es
un animal útil, cariñoso, amable, sensible, que ha nacido y vive para
el sacrificio, pues da al hombre sus hijos, sus plumas y, finalmente,
su vida; mientras que un águila... pero esto es horroroso, Miss Fly...
arde el pueblo por los cuatro costados...
--Desde la llanura presenta Babilafuente un golpe de vista
incomparable... Siento no haber traído mi álbum.
Las frágiles casas se venían al suelo con estrépito. Los atribulados
vecinos se lanzaban a la calle, arrastrando penosamente colchones,
muebles, ropas, cuanto podían salvar del fuego, y en diversos puntos
la multitud señalaba con espanto los escombros y maderos encendidos,
indicando que allí debajo habían sucumbido algunos infelices. Por todas
partes no se oían más que lamentos e imprecaciones; la voz de una
madre preguntando por su hijo, o de los tiernos niños, desamparados y
solos, que buscaban a sus padres. Muchos vecinos y algunos soldados y
guerrilleros se ocupaban en sacar de las habitaciones a los que estaban
amenazados de no poder salir, y era preciso romper rejas, derribar
tabiques, deshacer puertas y ventanas para penetrar, desafiando las
llamas, mientras otros se dedicaban a apagar el incendio; tarea
difícil, porque el agua era escasa. En medio de la plaza, D. Carlos
España daba órdenes para uno y otro objeto, descuidando por completo
la persecución de los franceses, a quienes solamente se pudieron coger
algunos carros. Gritaba el general desaforadamente, y su actitud y
fisonomía eran de loco furioso.
Miss Fly y yo echamos pie a tierra en la plaza, y lo primero que se
ofreció a nuestra vista fue un infeliz a quien llevaban maniatado
cuatro guerrilleros, empujándole cruelmente a ratos, o arrastrándole
cuando se resistía a seguir. Una vez que lo pusieron ante la espantosa
presencia de D. Carlos España, este, cerrando los puños y arqueando las
negras y tempestuosas cejas, gritó de esta manera:
--¿Por qué me lo traen aquí?... ¡Fusilarle al momento! A estos canallas
afrancesados que sirven al enemigo, se les aplasta cuando se les coge,
y nada más.
Observando las facciones de aquel hombre, reconocí al Sr. Monsalud.
Antes de referir lo que hice entonces, diré en dos palabras por qué
había venido a tan triste estado y funesta desventura. Sucedió que
los pobres masones, igualmente malquistos con los franceses que
salían y los españoles que entraban en Babilafuente, optaron, sin
embargo, por aquellos, tratando de seguirles. Excepto Santorcaz,
que yacía en deplorable estado, todos corrieron; pero tuvo tan
mala suerte el travieso Monsalud, que al saltar una tapia buscando
el camino de Villoria, le echaron el guante los guerrilleros; y
como desgraciadamente le conocían por ciertas fechorías, ni santas
ni masónicas, que cometiera en Béjar, al punto le destinaron al
sacrificio, en expiación de las culpas de todos los masones y
afrancesados de la Península.
--Mi general --dije al conde, abriéndome paso entre la muchedumbre de
soldados y guerrilleros--, este desgraciado es bastante tuno, y no
dudo que ha servido a nuestros enemigos; pero yo le debo un favor, que
estimo tanto como la vida, porque sin su ayuda no hubiera podido salir
de Salamanca.
--¿A qué viene ese sermón? --dijo con feroz impaciencia España.
--A pedir a Vuecencia que le perdone, conmutándole la pena de muerte
por otra.
El pobre Monsalud, que estaba ya medio muerto, se reanimó, y mirándome
con vehemente expresión de gratitud, puso toda su alma en sus ojos.
--Ya vienes con boberías, ¡rayo de Dios! Araceli, te mandaré
arrestar... --exclamó el conde haciendo extrañas gesticulaciones--. No
se te puede resistir, joven entrometido... Quitadme de delante a ese
sabandijo; fusiladle al momento... ¡Es preciso castigar a alguien!...
¡a alguien!
A pesar de esta viva crueldad, que a veces manifestaba de un modo
imponente, España no había llegado aún a aquel grado de exaltación que
años adelante hizo tan célebre como espantoso su nombre. Miró primero
a la víctima, después a mí y a Miss Fly, y luego que hubo dado algún
desahogo a su cólera con palabrotas y recriminaciones dirigidas a
todos, dijo:
--Bueno: que no le fusilen. Que le den doscientos palos... pero
doscientos palos bien dados... Muchachos, os lo entrego... Allí, detrás
de la iglesia.
--¡Doscientos palos! --murmuró la víctima con dolor--. Prefiero que me
den cuatro tiros. Así moriré de una vez.
Entonces aumentó el barullo, y un guerrillero apareció diciendo:
--Arden todas las sementeras y las eras del lado de Villoria, y arde
también Villoruela, y Riolobos, y Huerta.
Desde la plaza, abierta al campo por un costado, se distinguía la
horrible perspectiva. Llamas vagas surgían aquí y allí del seco suelo,
corriendo por sobre las mieses cual cabellera movible, cuyas últimas
guedejas negruzcas se perdían en el cielo. En los puntos lejanos, las
columnas de humo eran en mayor número, y cada una indicaba la troj o
panera que caía bajo la planta de fuego del ejército fugitivo. Nunca
había yo visto desolación semejante. Los enemigos, al retirarse,
quemaban, talaban, arrancando los tiernos árboles de las huertas,
haciendo luminarias con la paja de las eras. Cada paso suyo aplastaba
una cabaña, talaba una mies, y su rencoroso aliento de muerte destruía
como la cólera de Dios. El rayo, el pedrisco, el simún, la lluvia y el
terremoto, obrando de consuno, no habrían hecho tantos estragos en poco
tiempo. Pero el rayo y el simoun, todas las iras del cielo juntas, ¿qué
significan comparadas con el despecho de un ejército que se retira?
Fiero animal herido, no tolera que nada viva detrás de sí.