Esta y otras cosas peores que callo, decía yo aquella tarde cuando
partimos hacia Salamanca, a cuyas inmediaciones llegamos antes de
anochecido, alejándonos después de la ciudad para pasar el Tormes por
los vados del Canto y San Martín. Por todas partes oía decir:
--Mañana atacaremos los fuertes.
Yo, que los había visto, que los había examinado, conocía que esto no
podía ser.
--¡Si creerán ustedes que esos fuertes son juguetes como los que
hicieron en Madrid el 3 de diciembre! --decía yo a mis amigos, dándome
cierta importancia--. ¡Si creerán ustedes que la artillería que los
defiende es alguna batería de cocina!
Y aquí encajaba descripciones ampulosas, que concluían siempre así:
--Cuando se han visto las cosas, cuando se las ha medido palmo a palmo,
cuando se las ha puesto en dibujo con más o menos arte, es cuando puede
formarse idea acabada de ellas.
--Di, ¿y a Miss Fly también la has visto, la has medido palmo a palmo,
y la has puesto en dibujo con más o menos arte? --me preguntaban.
Esto me volvía a mis melancolías y _saudades_ (hablando en portugués),
ocasionadas por el disfavor de Lord Wellington, por el ningún motivo
e injusticia de su frialdad y desabrimiento con un servidor leal y
obediente soldado.
Wellington mandó atacar los fuertes por mera conveniencia moral y
por infundir aliento a los soldados, que no habían combatido desde
Arroyomolinos. Harto conocía el señor Duque que aquellas obras formadas
sobre las robustísimas paredes de los conventos no caerían sino ante
un poderoso tren de batir, y al efecto hizo venir de Almeida piezas
de gran calibre. Esperando, pues, el socorro, y simulando ataques,
pasaron dos o tres días, en los cuales nada histórico ni particular
ocurrió digno de ser contado, pues ni adquirió Lord Wellington nuevos
títulos nobiliarios, ni pareció Miss Fly, ni tuve noticias del rumbo
que tomaron los traviesos y mil veces malditos masones.
De lo ocurrido entonces, únicamente merecen lugar, y por cierto muy
preferente, en estas verídicas relaciones, las miradas que me echaba
de vez en cuando el coronel Simpson y sus palabras agresivas, a que
yo le contestaba siempre con las peores disposiciones del mundo. Y
francamente, señores, yo estaba inquieto, casi tan inquieto como el
sabio coronel Simpson, porque pasaban días y continuaba el eclipse de
Miss Fly. Creí entender que se hacían averiguaciones minuciosas; creí
entender ¡oh, cielos! que me amenazaba un severo interrogatorio, al
cual seguirían rigurosas medidas penales contra mí; pero Dios, para
salvarme sin duda de castigos que no merecía, permitió que el día 20
muy de mañana apareciese en los cerros del Norte... no la romancesca e
interesante inglesa, sino el Mariscal Marmont con 40.000 hombres.
El mismo día en que se nos presentó el francés por el mismo camino
de Toro, se suspendió el ataque de los fuertes, e hicimos varios
movimientos para tomar posiciones si el enemigo nos provocaba a trabar
batalla. Mas pronto se conoció que Marmont no tenía ganas de lanzar su
ejército contra nosotros, siendo su intento, al aproximarse, distraer
las fuerzas sitiadoras, y tal vez introducir algún socorro en los
fuertes. Pero Wellington, aunque no se había recibido la artillería de
Almeida, persistía con tenacidad sajona en apoderarse de San Vicente
y de San Cayetano, los dos formidables conventos arreglados para
castillos por una irrisión de la historia. ¡Me parecía estar viéndolos
aún desde la torre de la Merced!
La tenacidad, que a veces es en la guerra una virtud, también suele ser
una falta, y el asalto de los conventos lo fue manifiestamente; cosa
rara en Wellington, que no solía equivocarse... La división española se
hallaba en Castellanos de los Moriscos observando al francés, que ya se
corría a la derecha, ya a la izquierda, cuando nos dijeron que en el
asalto infructuoso de San Cayetano habían perecido 120 ingleses y el
general Rowes, distinguidísimo en el ejército aliado.
--Ahora se ve cómo también los grandes hombres cometen errores
--dije a mis amigos--. A cualquiera se le alcanzaba que San Vicente
y San Cayetano no eran corrales de gallinas; pero respetemos las
equivocaciones de los de arriba.
--¡Ya está! ¡Ya está ahí... albricias! ¡Ya la tenemos ahí! --exclamó D.
Carlos España, que a la sazón, de improviso, se había presentado.
--¿Quién, Miss Fly? --pregunté con vivo gozo.
--La artillería, señores, la artillería gruesa que se mandó traer de
Almeida. Ya ha llegado a Pericalbo; esta tarde estará en las paralelas,
se montará mañana y veremos lo que valen esos fuertes que fueron
conventos.
--¡Ah, bien venida sea!... creí que hablaba usted de Miss Fly, por cuya
aparición daría las dos manos que tengo...
Vino efectivamente, no Miss Fly, que acerca de esta ni alma viviente
sabía palabra, sino la artillería de sitio, y Marmont, que lo adivinó,
quiso pasar el río para distraer fuerzas a la izquierda del Tormes. Le
vimos correrse a nuestra derecha, hacia Huerta, y al punto recibimos
orden de ocupar a Aldealuenga. Como los franceses cruzaron el Tormes,
lo pasó también el general Graham, y en vista de este movimiento,
pusieron los pies en polvorosa. Marmont, que no tenía bastantes
fuerzas, careciendo principalmente de caballería, no osaba empeñar
ninguna acción formal.
Por lo demás, ante la artillería de sitio, San Vicente y San Cayetano
no ofrecieron gran resistencia. Los ingleses (y esto lo digo de
referencia, pues nada vi) abrieron brecha el 27 e incendiaron con bala
roja los almacenes de San Vicente. Pidieron capitulación los sitiados;
mas Wellington, no queriendo admitir condiciones ventajosas para ellos,
mandó asaltar la Merced y San Cayetano, escalando el uno y penetrando
en el otro por las brechas. Quedó prisionera la guarnición.
Este suceso colmó de alegría a todo el ejército, mayormente cuando
vimos que Marmont se alejaba a buen paso hacia el Norte, ignorábamos
si en dirección a Toro o a Tordesillas, porque nuestras descubiertas
no pudieron determinarlo a causa de la oscuridad de la noche. Pero
he aquí que pronto debíamos saberlo, porque la división española y
las guerrillas de D. Julián Sánchez recibieron orden de dar caza a
la retaguardia francesa, mientras todo el ejército aliado, una vez
asegurada Salamanca, marchaba también hacia las líneas del Duero.
Era la mañana del 28 de junio cuando nos encontrábamos cerca de
Sanmorales, en el camino de Valladolid a Tordesillas. Según nos
dijeron, la retaguardia enemiga y su impedimenta habían salido de
dicho lugar pocas horas antes, llevándose, según la inveterada e
infalible costumbre, todo cuanto pudieron haber a la mano. Pusiéronse
al frente de la división el conde de España y D. Julián Sánchez con sus
intrépidos guerrilleros, que conocían el país como la propia casa, y
se mandó forzar la marcha para poder pescar algo del pesado convoy de
los franchutes. Sin reparar las fuerzas después del largo caminar de
la noche, corrió nuestra vanguardia hacia Babilafuente, mientras los
demás rebuscábamos en Sanmorales lo que hubiese sobrado de la reciente
limpia y rapiña del enemigo. Provistos al fin de algo confortativo,
seguimos también hacia aquel punto, y al cabo de dos horas de penosa
jornada, cuando calculábamos que nos faltarían apenas otras dos para
llegar a Babilafuente, distinguimos este lugar en lontananza; mas no lo
determinaba la perspectiva de las lejanas casas, ni ninguna alta torre
ni castillete, ni menos colina o bosquecillo, sino una columna de negro
y espeso humo que, partiendo de un punto del horizonte, subía y se
enroscaba hasta confundirse con la blanca masa de las nubes.
--Los franceses han pegado fuego a Babilafuente --gritó un guerrillero.
--Apretar el paso... en marcha... ¡Pobre Babilafuente!
--Queman para detenernos... creen que nos estorba la tizne... ¡Adelante!
--Pero D. Carlos y Sánchez les deben haber alcanzado --dijo otro--.
Parece que se oyen tiros.
--Adelante, amigos. ¿Cuánto podemos tardar en ponernos allá?
--Una hora y minutos.
Viose luego otra negra columna de humo que salía de paraje más lejano,
y que en las alturas del cielo parecía abrazarse con la primera.
--Es Villoria, que arde también --dijeron--; esos ladrones queman las
trojes después de llevarse el trigo.
Y más cerca divisamos las rojas llamas oscilando sobre las techumbres;
y una multitud de mujeres despavoridas, ancianos y niños, corrían por
los campos, huyendo con espanto de aquella maldición de los hombres,
más terrible que las del cielo. Por lo que aquellos infelices nos
pudieron decir entre lágrimas y gritos de angustia, supimos que los de
España y Sánchez entraban a punto que salían los franceses después de
incendiar el pueblo; que se habían cruzado algunos tiros entre unos y
otros, pero sin consecuencias, porque los nuestros no se ocuparon más
que de cortar el fuego.
Estábamos como a doscientos pasos de las primeras casas de la
infortunada aldea, cuando una figura extraña, hermosa, una agraciada
obra de la fantasía, una gentil persona, tan distinta de las comunes
imágenes terrestres como lo son de la vulgar vida las admirables
creaciones de la poesía del Norte; una mujer ideal, llevada por
arrogante y veloz caballo, pasó allá lejos ante la vista, semejante a
los gallardos jinetes que cruzan por los rosados espacios de un sueño
artístico, sin tocar la tierra, dando al viento cabellera y crin, y
modificando, según los cambiantes de la luz, su majestuosa carrera.
Era una figura de amazona, vestida no sé si de negro o de blanco, pero
igual a aquellas mujeres galopantes con cuya postura y arranque ligero
se representa al aire, al fuego, lo que vuela y lo que quema, y que
corría en verdad, animando al corcel con varoniles exclamaciones.
Iba la gentil persona fuera del camino, en dirección contraria a la
nuestra, por un extenso llano cruzado de zanjas y charcos, que el
corcel saltaba con airoso brío a la voluntad del jinete, que hembra y
caballo parecían una sola persona. Tan pronto se alejaba como volvía
la fantástica figura; pero a pesar de su carrera y de la distancia, al
punto que la vi diome un vuelco el corazón, subióseme la sangre con
violento golpe al cerebro, y temblé de sorpresa y alegría. ¿Necesito
decir quién era?
Lanzando mi caballo fuera del camino, grité:
--Miss Fly, señorita Mariposa... señora Pajarita, señora Mosquita...
¡Carísima Athenais... Athenais!
Pero la Pajarita no me oía y seguía corriendo; mejor dicho,
revoloteando, yendo, viniendo, tornando a partir y a volver, y trazando
sobre el suelo, y en la claridad del espacio, caprichosos círculos,
ángulos, curvas y espirales.
--¡Miss Fly, Miss Fly!
El viento impedía que mi voz llegase hasta ella. Avivé el paso, sin
apartar los ojos de la hermosa aparición, la cual creeríase iba a
desvanecerse cual caprichosa hechura de la luz o del viento... Pero
no: era la misma Miss Fly, y buscaba una senda en aquella engañosa
planicie, surcada por zanjas y charcos de inmóvil agua verdosa.
--¡Eh... señora Mosquita!... ¡que soy yo!... Por aquí... por este lado.