Seguro de que los franceses habían tomado la dirección de Toro, me
encaminé yo hacia el mediodía buscando el Valmuza, riachuelo que corre
a cuatro o cinco leguas de la capital. Marchaba a pie con toda la prisa
que me permitían el mucho cansancio corporal y las fatigas del alma,
y a las ocho de la mañana entré en Aldea-Tejada, después de vadear el
Tormes y recorrer un terreno áspero y desigual desde Tejares. Unos
aldeanos dijéronme antes de llegar allí que no había franceses en los
alrededores ni en el pueblo, y en este oí decir que por Siete Carreras
y Tornadizos se habían visto en la noche anterior muchísimos ingleses.
--Cerca están los míos --dije para mí; y tomando algo de lo necesario
para sustentarme, seguí adelante.
Nada me aconteció digno de notarse hasta Tornadizos, donde encontré
la vanguardia inglesa y varias partidas de D. Julián Sánchez. Eran las
diez de la mañana.
--Un caballo, señores, préstenme un caballo --les dije--. Si no,
prepárense a oír al señor Duque... ¿Dónde está el cuartel general? Creo
que en Bernuy. Un caballo pronto.
Al fin me lo dieron, y lanzándolo a toda carrera primero por el camino,
y después por trochas y veredas, a las doce menos cuarto estaba en el
cuartel general. Vestí a toda prisa mi uniforme, informándome al mismo
tiempo de la residencia de Lord Wellington para presentarme a él al
instante.
--El Duque ha pasado por aquí hace un momento --me dijo Tribaldos--.
Recorre el pueblo a pie.
Un momento después encontré en la plaza al señor Duque, que volvía de
su paseo. Conociome al punto, y acercándome a él le dije:
--Tengo el honor de manifestar a Vuecencia que he estado en Salamanca,
y que traigo todos los datos y noticias que Vuecencia desea.
--¿Todos? --dijo Wellington sin hacer demostración alguna de
benevolencia ni de desagrado.
--Todos, mi general.
--¿Están decididos a defenderse?
--El ejército francés ha evacuado ayer tarde la ciudad, dejando solo
ochocientos hombres.
Wellington miró al general portugués Troncoso, que a su lado venía. Sin
comprender las palabras inglesas que se cruzaron, me pareció que el
segundo afirmaba:
--Lo ha adivinado Vuecencia.
--Este es el plano de las fortificaciones que defienden el paso del
puente --dije alargando el croquis que había sacado.
Tomolo Wellington, y después de examinarlo con profundísima atención,
preguntó:
--¿Está usted seguro de que hay piezas giratorias en el revellín y ocho
piezas comunes en el baluarte?
--Las he contado, mi general. El dibujo será imperfecto; pero no hay en
él una sola línea que no sea representación de una obra enemiga.
--¡Oh, oh! Un foso desde San Vicente al Milagro --exclamó con asombro.
--Y un parapeto en San Vicente.
--San Cayetano parece fortificación importante.
--Terrible, mi general.
--Y estas otras en la cabecera del puente...
--Que se unen a los fuertes por medio de estacadas en zig-zag.
--Está bien --dijo complacido, guardando el croquis--. Ha desempeñado
usted su comisión satisfactoriamente a lo que parece.
--Estoy a las órdenes de mi general.
Y luego, volviendo en derredor la perspicaz mirada, añadió:
--Me dijeron que Miss Fly cometió la temeridad de ir también a
Salamanca a ver los edificios. No la veo.
--No ha vuelto --dijo un inglés de los de la comitiva.
Interrogáronme todos con alarmantes miradas, y sentí cierto embarazo.
Hubiera dado cualquier cosa porque la señorita Fly se presentase en
aquel momento.
--¿Que no ha vuelto? --dijo el Duque con expresión de alarma y clavando
en mí sus ojos--. ¿Dónde está?
--Mi general, no lo sé --respondí bastante contrariado--. Miss Fly no
fue conmigo a Salamanca. Allí la encontré, y después... Nos separamos
al salir de la ciudad, porque me era preciso estar en Bernuy antes de
las doce.
--Está bien --dijo Lord Wellington como si creyese haber dado excesiva
importancia a un asunto que en sí no la tenía--. Suba usted al instante
a mi alojamiento para completar los informes que necesito.
No había dado dos pasos, marchando humildemente a la cola de la
comitiva del señor Duque, cuando detúvome un oficial inglés, algo
viejo, pequeño de rostro, no menos encarnado que su uniforme, y
cuya carilla arrugada y diminuta se distinguía por cierta vivacidad
impertinente, de que eran signos principales una nariz picuda y unos
espejuelos de oro. Acostumbrados los españoles a considerar ciertas
formas personales como inherentes al oficio militar, nos causaban
sorpresa y aun risa aquellos oficiales de Artillería y Estado Mayor,
que parecían catedráticos, escribanos, vistas de aduanas o procuradores.
Mirome el coronel Simpson, pues no era otro, con altanería; mirele
yo a él del mismo modo, y una vez que nos hubimos mirado a sabor de
entrambos, dijo él:
--Caballero, ¿dónde está Miss Fly?
--Caballero, ¿lo sé yo acaso? ¿Me ha constituido el Duque en custodio
de esa hermosa mujer?
--Se esperaba que Miss Fly regresase con usted de su visita a los
monumentos arquitectónicos de Salamanca.
--Pues no ha regresado, caballero Simpson. Yo tenía entendido que Miss
Fly podía ir y venir y partir y tornar cuando mejor le conviniese.
--Así debiera ser y así lo ha hecho siempre --dijo el inglés--; pero
estamos en una tierra donde los hombres no respetan a las señoras,
y pudiera suceder que Athenais, a pesar de su alcurnia, no tuviese
completa seguridad de ser respetada.
--Miss Fly es dueña de sus acciones --le contesté--. Respecto a su
tardanza o extravío, ella sola podrá informar a usted cuando parezca.
Era ciertamente gracioso exigirme la responsabilidad de los pasos malos
o buenos de la antojadiza y volandera inglesa, cuando ella no conocía
freno alguno a su libertad, ni tenía más salvaguardia de su honor que
su honor mismo.
--Esas explicaciones no me satisfacen, caballero Araceli --me dijo
Simpson dignándose dirigir sobre mí una mirada de enojo, que adquiría
importancia al pasar por el cristal de sus espejuelos--. El insigne
Lord Fly, conde de Chichester, me ha encargado que cuide de su hija...
--¡Cuidar de su hija! ¿Y usted lo ha hecho?... Cuando estuvo a punto
de perecer en Sancti Spíritus, no le vi a su lado... ¡Cuidar de ella!
¿De qué modo se cuida a las señoritas en Inglaterra? ¿Dejando que los
españoles les ofrezcan alojamiento, que las acompañen a visitar abadías
y castillos?
--Siempre han acompañado a esa señorita dignos caballeros que no
abusaron de su confianza. No se temen debilidades de Miss Fly, que
tiene el mejor de los guardianes en su propio decoro; se temen,
caballero Araceli, las violencias, los crímenes que son comunes en las
naturalezas apasionadas de esta tierra. En suma, no me satisfacen las
explicaciones que usted ha dado.
--No tengo que añadir, respecto al paradero de Miss Fly, ni una palabra
más a lo que ya tuve el honor de manifestar a Lord Wellington.
--Basta, caballero --repuso Simpson poniéndose como un pimiento--. Ya
hablaremos de esto en ocasión más oportuna. He manifestado mis recelos
a D. Carlos España, el cual me ha dicho que no era usted de fiar...
Hasta la vista.
Apartose de mí vivamente para unirse a la comitiva, que estaba muy
distante, y dejome en verdad pensativo el venerable y estudioso
oficial. Poco después D. Carlos España me decía riendo con aquella
expansión franca y un tanto brutal que le era propia:
--Picarón redomado, ¿dónde demonios has metido a la amazona? ¿Qué
has hecho de ella? Ya te tenía yo por buena alhaja. Cuando el coronel
Simpson me dijo que estaba sobre ascuas, le contesté: «No tenga usted
duda, amigo mío: los españoles miran a todas las mujeres como cosa
propia.»
Traté de convencer al general de mi inocencia en aquel delicado asunto;
pero él reía, antes impulsado por móviles de alabanza que de vituperio,
porque los españoles somos así. Luego le conté cómo habiendo necesitado
del auxilio de los masones para salir de Salamanca, nos acompañamos
de ellos hasta llegar a buen trecho de la ciudad; mas cuando indiqué
que Miss Fly les había seguido, ni España ni ninguno de los que me
escuchaban quisieron creerme.
Cuando fui al alojamiento del general en jefe para informarle de mil
particularidades que él quería conocer relativas a los conventos
destruidos, a municiones, a víveres, al espíritu de la guarnición y del
vecindario, hallé al Duque, con quien conferencié más de hora y media,
tan frío, tan severo conmigo, que se me llenó el alma de tristeza.
Recogía mis noticias, harto preciosas para el ejército aliado, sin
darme claras y vehementes señales, cual yo esperaba, de que mi
servicio fuese estimado, o como si, estimando el hecho, menospreciara
la persona. Hizo elogios del croquis; pero me parecía advertir en él
cierta desconfianza, y hasta la duda de que aquel minucioso dibujo
fuese exacto.
Consternado yo, mas lleno de respeto hacia aquel grave personaje, a
quien todos los españoles considerábamos entonces poco menos que un
Dios, no osé desplegar los labios en materia alguna distinta de las
respuestas que tenía que dar; y cuando el héroe de Talavera me despidió
con una cortesía rígida y fría como el movimiento de una estatua que
se dobla por la cintura, salí lleno de confusiones y sobresaltos, mas
también de ira, porque yo comprendía que alguna sospecha tan grave como
injusta deslustraba mi buen concepto. ¡Después de tantos trabajos y
fatigas por prestar servicio tan grande al ejército aliado, no se me
trataba con mayor estima que a un vulgar y mercenario espía! ¡Yo no
quería grados ni dinero en pago de mi servicio! Quería consideración,
aprecio, y que el _Lord_ me llamase su amigo o que desde lo alto de
su celebridad y de su genio dejase caer sobre mi pequeñez cualquier
frase afectuosa y conmovedora, como la caricia que se hace al perro
leal; pero nada de esto había logrado. Trayendo a mi memoria a un
mismo tiempo y en tropel confuso las sofocaciones del día anterior, mi
croquis, mis servicios, mis apuros, los horrendos peligros, y después
la fisonomía severa y un tanto ceñuda de Lord Wellington, el despecho
me inspiraba frases íntimas como la siguiente:
«Quisiera que hubieses estado en poder de Jean-Jean y de Tourlourou,
a ver si ponías esa cara... Una cosa es mandar desde la tienda de
campaña, y otra obedecer en la muralla... Una cosa es la orden y otra
el peligro... Expóngase uno cien veces a morir por un...»