Miss Fly, pretextando que la criada del mesón no debía enterarse de
lo que hablábamos, me sirvió la frugal comida ella misma, lo cual,
si no era conforme a los cánones de la etiqueta inglesa, concordaba
perfectamente con las circunstancias.
--Vuestra tristeza --dijo la inglesa-- me prueba que si en la comisión
militar salisteis bien, no sucede lo mismo en lo demás que habéis
emprendido.
--Así es, en efecto, señora --repuse--, y juro a usted que mi
pesadumbre y desaliento son tales, que nunca he sentido cosa igual en
ninguna ocasión de mi vida.
--¿No está vuestra princesa en Salamanca?
--Está, señora --repliqué--; pero de tal manera, que más valdría no
estuviese aquí ni en cien leguas a la redonda. Porque ¿de qué vale
hallarla si la encuentro...?
--Encantada --dijo la inglesa, interrumpiéndome, con picante
jovialidad-- y convertida, como Dulcinea, en rústica y fea labradora
la que era señora finísima.
--Allá se va una cosa con otra --dije--, porque si mi princesa no
ha perdido nada de la gallardía de su presencia ni de la sin igual
belleza de su rostro, en cambio ha sufrido en su alma transformación
muy grande, porque no ha querido aceptar la libertad que yo le ofrecí,
y prefiriendo la compañía de su bárbaro carcelero, me ha puesto
bonitamente en la puerta de la calle.
--Eso tiene una explicación muy sencilla --me dijo la dama riendo con
verdadero regocijo--, y es que vuestra archiduquesa prisionera ya no os
ama. ¿No habéis pensado en el inconveniente de presentaros ante ella
con ese vestido? El largo trato con su raptor le habrá inspirado amor
hacia este. No os riais, caballero. Hay muchos casos de damas robadas
por los bandidos de Italia y Bohemia, que han concluido por enamorarse
locamente de sus secuestradores. Yo misma he conocido a una señorita
inglesa que fue robada en las inmediaciones de Roma, y al poco tiempo
era esposa del jefe de la partida. En España, donde hay ladrones tan
poéticos, tan caballerescos, que casi son los únicos caballeros del
país, ha de suceder lo mismo. Lo que me contáis, señor mío, no tiene
nada de absurdo, y cuadra perfectamente con las ideas que he formado de
este país.
--La grande imaginación de usted --le dije-- tal vez se equivoque al
querer encontrar ciertas cosas fuera de los libros; pero de cualquier
modo que sea, señora, lo que me pasa es bien triste... porque...
--Porque amáis más a vuestra niña, desde que ella adora a ese pachá de
tres colas, a ese Fra Diávolo, en quien me figuro ver un grandísimo
ladrón; pero hermoso como los más bellos tipos de Calabria y Andalucía,
más valiente que el Cid, gran jinete, espadachín sublime, algo brujo,
generoso con los pobres, cruel con los ricos y malvados, rico como el
gran turco, y dueño de inmensas pedrerías que siempre le parecen pocas
para su amada. También me lo figuro como Carlos Moor, el más poético e
interesante de los salteadores de caminos.
--¡Oh, Miss Fly! veo que usted ha leído mucho. Mi enemigo no es tal
como usted le pinta: es un viejo enfermo.
--Pues entonces, Sr. Araceli --dijo Athenais con disgusto--, no tratéis
de engañarme juntando a esa joven como una persona principal, porque
si se ha aficionado al trato de un estafermo, habrá sido por avaricia,
cualidad propia de costureras, doncellas de labor, cómicas u otra gente
menuda, a cuyas respetables clases creo desde ahora que pertenecerá esa
tan decantada señora que adoráis.
--No he engañado a usted respecto a la elevación de su clase. Respecto
a la afición que ha podido sentir hacia su secuestrador, no tiene nada
de vituperable, porque es su padre.
--¡Su padre! --exclamó con asombro--. Eso sí que no estaba escrito en
mis libros. ¿Y a un padre que retiene consigo a su hija, le llamáis
ladrón? Eso sí que es extraño. No hay país como España para los sucesos
raros y que en todo difieren de lo que es natural y corriente en los
demás países. Explicadme eso, caballero.
--Usted cree que todos los lances de amor y de aventura han de pasar en
el mundo conforme a lo que ha leído en las novelas, en los romances,
en las obras de los grandes poetas y escritores, y no advierte que las
cosas extrañas y dramáticas suelen verse antes en la vida real que en
los libros, llenos de ficciones convencionales y que se reproducen unas
a otras. Los poetas copian de sus predecesores, los cuales copiaron de
otros más antiguos, y mientras fabrican este mundo vano, no advierten
que la Naturaleza y la sociedad va creando a escondidas del público, y
recatándolas de la imprenta, mil novedades que espantan o enamoran.
Yo hacía esfuerzos de ingenio por sostener de algún modo un coloquio en
que Miss Fly con su ardoroso sentimiento poético me llevaba ventaja, y
a cada palabra mía su atrevida imaginación se inflamaba más, volando en
pos de sucesos raros, desconocidos, novelescos, fuente de pasión y de
idealismo. No puedo negar que Athenais me causaba sorpresa, porque yo,
en mi ignorancia, no conocía el sentimentalismo que entonces estaba en
moda entre la gente del Norte, invadiendo literatura y sociedad de un
modo extraordinario.
--Referidme eso --me dijo con impaciencia.
Sin temor de cometer una indiscreción, conté punto por punto a mi
hermosa acompañante todo lo que el lector sabe. Oíame tan atentamente y
con tales apariencias de agrado, que no omití ningún detalle. Algunas
veces creí distinguir en ella señales más bien de entusiasmo varonil
que de emoción femenina; y cuando puse punto final en mi relato,
levantose, y con ademán resuelto y voz animosa, hablome así:
--¿Y vivís con esa calma, caballero, y referís esos dramas de vuestra
vida como si fueran páginas de un libro que habéis leído la noche
anterior? No sois español, no tenéis en las venas ese fuego sublime que
impulsa al hombre a luchar con las imposibilidades. Os estáis ahí mano
sobre mano contemplando a una inglesa, y no se os ocurre nada: no se os
ocurre entrar en esa casa; arrancar a esa infeliz mujer del poder que
la aprisiona; echar una cuerda al cuello de ese hombre para llevarle a
una casa de locos; no se os ocurre comprar una espada vieja y batiros
con medio mundo, si medio mundo se opone a vuestro deseo; romper las
puertas de la casa; pegarle fuego, si es preciso; coger a la muchacha
sin tratar de persuadirla a que os siga, y llevarla donde os parezca
conveniente; matar a todos los alguaciles que os salgan al paso, y
abriros camino por entre el ejército francés, si el ejército francés en
masa se opone a que salgáis de Salamanca. Confieso que os creí capaz de
esto.
--Señora --repliqué con ardor--, dígame usted en qué libro ha leído
eso tan bonito que acaba de decirme. Quiero leerlo también, y después
probaré si tales hazañas son posibles.
--¿En qué libro, menguado? --repuso con exaltación admirable--. En el
libro de mi corazón, en el de mi fantasía, en el de mi alma. ¿Queréis
que os enseñe algo más?
--Señora --afirmé confundido--, el alma de usted es superior a la mía.
--Vamos al instante a esa casa --dijo tomando un látigo, y
disponiéndose a salir.
Miré a Miss Fly con admiración; pero con una admiración no enteramente
seria, quiero decir que algo se reía dentro de mí.
--¿A dónde, señora; a dónde quiere usted que vayamos?
--¡Y lo pregunta! --exclamó Athenais--. Caballero, si os hubiera creído
capaz de hacerme esa pregunta que indica las indecisiones de vuestra
alma, no hubiera venido a Salamanca.
--No: si comprendo perfectamente --respondí, no queriendo aparecer
inferior a mi interlocutora--. Comprendo... vamos a... pues... a hacer
una barbaridad, una que sea sonada... yo me atrevo a ello, y aun a
cosas mayores.
--Entonces...
--Precisamente pensaba en eso. Yo no conozco el miedo.
--Ni los obstáculos, ni el peligro, ni nada. Así, así, caballero; así
se responde --gritó con acalorado y sonoro acento.
Su inflamado semblante, sus brillantes ojos, el timbre de su patética
voz, ejercían extraño poder sobre mí, y despertaban no sé qué vagas
sensaciones de grandeza, dormidas en el fondo de mi corazón, tan
dormidas, que yo no creía que existiesen. Sin saber lo que hacía,
levanteme de mi asiento, gritando con ella:
--¡Vamos, vamos allá!
--¿Estáis preparado?
--Ahora recuerdo que necesito una espada... vieja.
--O nueva... No será malo ver a Desmarets.
--Yo no necesito de nadie: me basto y me sobro --exclamé con brío y
orgullo.
--Caballero --dijo ella con entusiasmo--, eso debiera decirlo yo para
parecerme a Medea.
--Decía que no podemos contar con Desmarets --indiqué pensando un poco
en lo positivo--, porque sale hoy de Salamanca.
En aquel momento sentimos ruido en el exterior. Era el ejército
francés que salía. Los tambores atronaban la calle. Apagaba luego sus
retumbantes clamores el paso de los escuadrones de caballería, y, por
último, el estrépito de las cureñas hacía retemblar las paredes cual si
las conmoviera un terremoto. Durante largo tiempo estuvieron pasando
tropas.
--Espero ser yo quien primero lleve a Lord Wellington la noticia de que
los franceses han salido de Salamanca --dije en voz baja a Miss Fly,
mirando el desfile desde nuestra ventana.
--Allí va Desmarets --repuso la inglesa fijando su vista en las tropas.
En efecto, pasaba a caballo Desmarets al frente de su regimiento, y
saludó a Miss Fly con galantería.
--Hemos perdido un protector en la ciudad --me dijo--; pero no importa:
no lo necesitaremos.
En este momento sonaron algunos golpecitos en la puerta; abrí, y se nos
presentó el Sr. Jean-Jean, que, sombrero en mano, hizo varios arqueos y
cortesías.
--Excelencia, la mesonera me dijo que estábais aquí, y he venido a
deciros...
--¿Qué?
Jean-Jean miró con recelo a Miss Fly; pero al punto le tranquilicé,
diciéndole:
--Puedes hablar, amigo Jean-Jean.
--Pues venía a deciros --prosiguió el soldado-- que ese Sr. Santorcaz
saldrá de la ciudad. Como Salamanca va a ser sitiada, huyen esta noche
muchas familias, y el masón no será de los últimos, según me ha dicho
Ramoncilla. Ha salido hace un momento de su casa, sin duda para buscar
carros y caballerías.
--Entonces se nos va a escapar --dijo Miss Fly con viveza.
--No saldrán --repuso-- hasta después de media noche.
--Amigo Jean-Jean, quiero que me proporciones un sable y dos pistolas.
--Nada más fácil, Excelencia --contestó servilmente.
--Y además una capa... Luego que sea de noche prepararás el coche...
--No se encuentra ninguno en la ciudad.
--Abajo tenemos uno. Enganchas el caballo, que abajo está también, y
lo llevas a la puerta más próxima a la calle del Cáliz.
--Que es la de Sancti Spíritus... Os advierto que Santorcaz ha vuelto
a su casa: le he visto acompañado de sus cinco amigotes, cinco hombres
terribles, que son capaces de cualquier cosa...
--¡Cinco hombres!...
--Que no permiten se juegue con ellos. Todas las noches se reúnen allí
y están bien armados.
--¿Tienes algún amigo que quiera ganarse unos cuantos doblones, y que
además sea valiente, sereno y discreto?
--Mi primo _Pied-de-mouton_ es bueno para el caso; pero está algo
enfermo. No sé si _Charles le Temeraire_ querrá meterse en tales
fregados: se lo diré.
--No necesitamos de vuestros amigos --dijo Miss Fly--. No queremos a
nuestro lado gente soez. Iremos enteramente solos.
--Dentro de un momento tendréis las armas --afirmó Jean-Jean--. ¿Y no
me decís nada de vuestro asno?
--Te lo regalaré con albarda y todo... mas no busques ya nada en ella.
Lo que merezcas te lo daré cuando nos hallemos sin peligro fuera de las
puertas de la ciudad.
Jean-Jean me miró con expresión sospechosa; pero o renació pronto en su
pecho la confianza, o supo disimular su recelo, y se marchó. Cuando de
nuevo se me puso delante al anochecer y me trajo las armas, ordenele
que me esperase en la calle del Cáliz, con lo cual dimos la inglesa
y yo por terminados los preparativos de aquel estupendo y nunca visto
suceso, que verá el lector en los siguientes capítulos.