Cuando me encontré en la calle traté de reflexionar, para que la razón,
enfriando mi sofocante ira, iluminara un poco mi entendimiento sobre
aquel inesperado suceso; pero en mí no había más que pasión, una cólera
salvaje que me hacía estúpido. Fuera ya de la escena, lejos ya de
los personajes, traté de recordar palabra por palabra todo lo dicho
allí; traté de recordar también la expresión de las fisonomías, para
escudriñar antecedentes, indagar causas y secretos. Estos no pueden
salir desde el fondo de las almas a la superficie de los apasionados
discursos en un diálogo vivo entre personas que con ardor se aman o se
odian.
A veces sentía no haber estrangulado a aquel hombre envejecido por las
pasiones; a veces sentía hacia él inexplicable compasión. La conducta
de Inés, tan desfavorable para mi amor propio, infundíame a ratos
una ira violenta, ira de amante despreciado, y a ratos un estupor
secreto, con algo de la instintiva admiración que producen los grandes
espectáculos de la Naturaleza cuando está uno cerca de ellos, cuando
sabe uno que los va a ver, pero no los ha visto todavía.
Mi cerebro estaba lleno con la anterior entrevista. Pasaba el tiempo,
pasaba yo maquinalmente de un sitio a otro, y aún los tenía a los dos
ante la vista: a ella afligida y espantada, queriendo ser buena conmigo
y con su padre; a Santorcaz furioso, irónico, díscolo e insultante
conmigo, tierno y amoroso con ella. Observando bien a Inés, ahondando
en aquel dolor suyo y en aquella su dulce simpatía por la miseria
humana, no había realmente nada de nuevo. En él, sí: mucho.
Yo traía el pasado y lo ponía delante; registraba toda aquella parte
de mi vida que tuviera relación con ambos personajes. Finalmente, hice
respecto a mi propio pensar y sentir en aquella ocasión un raciocinio
que iluminó un poco mi espíritu.
«Largo tiempo, y hoy mismo al encontrarme frente a él --dije--, he
considerado a ese hombre como un malvado, y no he considerado que es un
padre.»
Sin duda me había acostumbrado a ver aquel asunto desde un punto de
vista que no era el más conveniente.
Así pensando y sintiendo, con el cerebro lleno, el corazón henchido,
proyectando en redor mío mi agitado interior, lo cual me hacía ver de
un modo extraño lo que me rodeaba; sin vivir más que para mí mismo,
olvidado en absoluto de lo que a Salamanca me llevara, discurrí por
varias calles que no conocía.
De improvisto ante mi cara apareció una cara. La vi con la indiferencia
que inspira un figurón pintado, y tardé mucho tiempo en llegar
al convencimiento de que yo conocía aquel rostro. En las grandes
abstracciones del alma, el despertar es lento y va precedido de una
serie de raciocinios en que aquella disputa con los sentidos sobre si
reconoce o no lo que tiene delante. Yo razoné al fin, y dije para mí:
«Conozco estos ojuelos de ratón que delante tengo.»
Recobrando poco a poco mi facultad de percepción, hablé conmigo de este
modo:
«Yo he visto en alguna parte esta nariz insolente y esta boca infernal,
que se abre hasta las orejas para reír con desvergüenza y descaro.»
Dos manos pesadas cayeron sobre mis hombros.
--Déjame seguir, borracho --exclamé empujando al importuno, que no era
otro que Tourlourou.
--_¡Satané farceur!_ --gritó Molichard, que acompañaba, por mi
desgracia, al otro--. Venid al cuartel.
--_Drôle de pistolet_... venid --dijo Tourlourou riendo
diabólicamente--. Caballero Cipérez, el coronel Desmarets os aguarda...
--_¡Ventre de biche!_... os escapasteis cuando ibais a ser encerrado.
--Y sacasteis la navaja para asesinarnos.
--_Monseigneur_ Cipérez, _vous serez coffré et niché_.
Intenté defenderme de aquellos salvajes; pero me fue imposible, pues
aunque borrachos, juntos tenían más fuerza que yo. Al mismo tiempo,
como la escena en la casa de Santorcaz embargaba de un modo lastimoso
mis facultades intelectuales, no me ocurrió ardid ni artificio alguno
que me sacase de aquel nuevo conflicto, más grave sin duda que los
vencidos anteriormente.
Lleváronme, mejor dicho, arrastráronme hasta el cuartel donde por la
mañana tuve el honor de conocer a Molichard, y en la puerta detúvose
Tourlourou mirando al extremo de la calle.
--_Dame_... --chilló--, allí viene el coronel Desmarets.
Cuando mis verdugos anunciaron la proximidad del coronel encargado
de la policía de la ciudad, encomendé mi alma a Dios, seguro de que
si por casualidad me registraban y hallaban sobre mí el plano de las
fortificaciones, no tardaría un cuarto de hora en bailar al extremo
de una cuerda, como ellos decían. Volví angustiado los ojos a todas
partes, y pregunté:
--¿No está por ahí el Sr. Jean-Jean?
Aunque el dragón no era un santo, le consideré como la única persona
capaz de salvarme.
El coronel Desmarets se acercaba por detrás de mí. Al volverme...
¡oh, asombro de los asombros!... le vi dando el brazo a una dama,
señores míos, a una dama que no era otra que la mismísima Miss Fly, la
mismísima Athenais, la mismísima Pajarita.
Quedeme absorto, y ella al punto saludome con una sonrisa vanagloriosa
que indicaba su gran placer por la sorpresa que me causaba.
Molichard y su vil compañero adelantáronse hacia el coronel, hombre
grave y de más que mediana edad, y con todo el respeto que su
embrutecedora embriaguez les permitiera, dijéronle que yo era espía de
los ingleses.
--¡Insolentes! --exclamó con indignación y en francés Miss Fly--. ¿Os
atrevéis a decir que mi criado es espía? Señor coronel, no hagáis caso
de esos miserables a quienes rebosa el vino por los ojos. Este muchacho
es el que ha traído mi equipaje y el que con vuestra ayuda he buscado
inútilmente hasta ahora por la ciudad... Di, tonto, ¿dónde has puesto
mi maleta?
--En el mesón de la Fabiana, señora --respondí con humildad.
--Acabáramos. Buen paseo he hecho dar al señor coronel, que me ha
ayudado a buscarte... Dos horas recorriendo calles y plazas...
--No se ha perdido nada, señora --le dijo Desmarets con galantería--.
Así habéis podido ver lo más notable de esta interesantísima ciudad.
--Sí; pero necesitaba sacar algunos objetos de mi maleta, y este
idiota... Es idiota, señor coronel...
--Señora --dije señalando a mis dos crueles enemigos--, cuando iba en
busca de Su Excelencia, estos borrachos me llevaron engañado a una
taberna, bebieron a mi costa, y luego que me quedé sin un real, dijeron
que yo era espía y querían ahorcarme.
Miss Fly miró al coronel con enfado y soberbia, y Desmarets, que sin
duda deseaba complacer a la bella amazona, recogió todo aquel femenino
enojo para lanzarlo militarmente sobre los dos bravos franchutes, los
cuales, al verse convertidos de acusadores en acusados, aparecieron más
beodos que antes, y más incapaces de sostenerse sobre sus vacilantes
piernas.
--¡Al cuartel, canalla! --gritó el jefe con ira--. Yo os arreglaré
dentro de un rato.
Molichard y Tourlourou, asidos del brazo, confusos y tan lastimosamente
turbados en lo moral como en lo físico, entraron en el edificio dando
traspiés y recriminándose el uno al otro.
--Os juro que castigaré a esos pícaros --dijo el bravo oficial--.
Ahora, puesto que habéis encontrado vuestra maleta, os conduciré a
vuestro alojamiento.
--Sí, lo agradeceré --dijo Miss Fly poniéndose en marcha y ordenándome
que la siguiera.
--Y luego --añadió Desmarets--, daré una orden para que se os permita
visitar el hospital. Tengo idea de que no ha quedado en él ningún
oficial inglés. Los que había hace poco, sanaron y fueron canjeados por
los franceses que estaban en Fuente Aguinaldo.
--¡Oh, Dios mío! ¡Entonces habrá muerto! --exclamó con afectada pena
Miss Fly--. ¡Desgraciado joven! Era pariente de mi tío el Vizconde de
Marley... ¿Pero no me acompañáis al hospital?
--Señora, me es imposible. Ya sabéis que Marmont ha dado orden para que
salgamos hoy mismo de Salamanca.
--¿Evacuáis la ciudad?
--Así lo ha dispuesto el general. Estamos amenazados de un sitio
riguroso. Carecemos de víveres, y como las fortificaciones que se han
hecho son excelentes, dejamos aquí ochocientos hombres escogidos, que
bastarán para defenderlas. Salimos hacia Toro para esperar a que nos
envíen refuerzos del Norte o de Madrid.
--¿Y marcháis pronto?
--Dentro de una hora. Solo de una hora puedo disponer para serviros.
--Gracias... Siento que no podáis ayudarme o buscar a ese valiente
joven, paisano mío, cuyo paradero se ignora y es causa de este mi
intempestivo y molesto viaje a Salamanca. Fue herido y cayó prisionero
en Arroyomolinos. Desde entonces no he sabido de él... Dijéronme que
tal vez estaría en los hospitales franceses de esta ciudad.
--Os proporcionaré un salvoconducto para que visitéis el hospital, y
con esto no necesitáis de mí.
--Mil gracias: creo que llegamos a mi alojamiento.
--En efecto, este es.
Estábamos en la puerta del mesón de la Lechuga, distante no más
de veinte pasos de aquel donde yo había dejado mi asno. Desmarets
despidiose de Miss Fly, repitiendo sus cumplidos y caballerescos
ofrecimientos.
--Ya veis --me dijo Athenais cuando subíamos a su aposento-- que
hicisteis mal en no permitir que os acompañase. Sin duda habéis pasado
mil contrariedades y conflictos. Yo, que conozco de antiguo al bravo
Desmarets, os los hubiera evitado.
--Señora de Fly, todavía no he vuelto de mi asombro, y creo que lo
que tengo delante no es la verídica y real imagen de la hermosa dama
inglesa, sino una sombra engañosa que viene a aumentar las confusiones
de este día. ¿Cómo ha venido usted a Salamanca? ¿cómo ha podido entrar
en la ciudad? ¿cómo se las ha compuesto para que ese viejo relamido,
ese Desmarets...?
--Todo eso que os parece raro, es lo más natural del mundo. ¡Venir a
Salamanca! Existiendo el camino, ¿os causa sorpresa? Cuando con tanta
grosería y vulgares sentimientos me abandonasteis, resolví venir sola.
Yo soy así. Quería ver cómo os conducíais en la difícil comisión, y
esperaba poder prestaros algún servicio, aunque por vuestra ingratitud
no merecíais que me ocupara de vos.
--¡Oh! Mil gracias, señora. Al dejar a usted, lo hice por evitarle
los peligros de esta expedición. Dios sabe cuánta pena me causaba
sacrificar el placer y el honor de ser acompañado por usted.
--Pues bien, señor aldeano: al llegar a las puertas de la ciudad,
acordeme del coronel Desmarets, a quien recogí del campo de batalla
después de la Albuera, curando sus heridas y salvándole la vida;
pregunté por él, salió a mi encuentro, y desde entonces no tuve
dificultad alguna ni para entrar aquí ni para buscar alojamiento. Le
dije que me traía el afán de saber el paradero de un oficial inglés,
pariente mío, perdido en Arroyomolinos, y como deseaba encontraros,
fingí que uno de los criados que traía conmigo, portador de mi maleta,
había desaparecido en las puertas de la ciudad. Deseando complacerme,
Desmarets me llevó a distintos puntos. ¡Dos horas paseando!... Estaba
desesperada... Yo miraba a un lado y otro diciendo: «¿Dónde estará ese
bestia?... Se habrá quedado lelo mirando los fuertes... es tan bobo...»
--¿Y el mozuelo que acompañaba a usted?
--Entró conmigo. ¿Os burlábais del carricoche de Mistress Mitchell? Es
un gran vehículo, y tirado por el caballo que me dio Simpson, parecía
el carro de Apolo... Veamos ahora, señor oficial, cómo habéis empleado
el tiempo, y si se ha hecho algo que justifique la confianza del señor
Duque.
--Señora, llevo sobre mí un plano de las fortificaciones, muy oculto...
Además poseo innumerables noticias que han de ser muy útiles al general
en jefe. He tenido mil contratiempos; pero al fin, en lo relativo a mi
comisión militar, todo me va saliendo bien.
--¡Y lo habéis hecho sin mí! --dijo la Mariposa con despecho.
--¡Si tuviera tiempo de referir a usted las tragedias y comedias de
que he sido actor en pocas horas!... pero estoy tan fatigado que hasta
el habla me va faltando. Los sustos, las alegrías, las emociones, las
cóleras de este día abatirían el ánimo más esforzado y el cuerpo más
vigoroso, cuanto más el ánimo y cuerpo míos, que están el uno aturdido
y apesadumbrado; el otro, tan vacío de toda sólida substancia, como
quien no ha comido en diez y seis horas.
--En efecto, parecéis un muerto --dijo entrando en su habitación--. Os
daré algo de comer.
--Felicísima idea --respondí--; y pues tan milagrosamente nos hemos
juntado aquí, lo cual prueba la conformidad de nuestro destino,
conviene que nos establezcamos bajo un mismo techo. Voy a traer mi
burro, en cuyas alforjas dejé algo digno de comerse. Al instante
vuelvo. Pida usted en tanto a la mesonera lo que haya... pero pronto,
prontito...
Corrí al mesón donde había dejado mi asno, y al entrar en la cuadra
sentí la voz del mesonero muy enfrascada en disputas con otra que
reconocí por la del venerable señor Jean-Jean.
--Muchacho --me dijo el mesonero al entrar--, este señor francés se
quería llevar tu burro.
--¡Excelencia! --afirmó cortésmente, aunque muy turbado, Jean-Jean--,
no me quería llevar la bestia... preguntaba por vos.
Acordeme de la promesa hecha al dragón y del ánima de la albarda,
invención mía para salir del paso.
--Jean-Jean --dije al francés--, todavía necesito de ti. Hoy salen los
franceses, ¿no es verdad?
--Sí, señor; pero yo me quedo. Quedamos veinte dragones para escoltar
al Gobernador.
--Me alegro --dije disponiéndome a llevar el burro conmigo--. Ahora,
amigo Jean-Jean, necesito saber si el tal jefe de los masones se
dispone a salir hoy también de Salamanca. Es lo más probable.
--Lo averiguaré, señor.
--Estoy en el mesón de al lado, ¿sabes?
--La _Lechuga_, sí.
--Allí te espero. Tenemos mucho que hacer hoy, amigo Jean-Jean.
--No deseo más que servir a Su Excelencia.
--Y yo pago bien a los que me sirven.