Al llegar a esta parte de mi historia, oblígame a detenerme cierta
duda penosa que no puedo arrojar lejos de mí, aunque de mil maneras
lo intento. Es el caso que a pesar de la fidelidad y veracidad de mi
memoria, que tan puntualmente conserva los hechos más remotos, dudo si
fui yo mismo quien acometió la temeridad en cuestión, apretado a ello
por el poético y voluntarioso ascendiente de una hermosa mujer inglesa;
o si, habiéndolo yo soñado, creí que lo hice, como muchas veces sucede
en la vida, por no ser fácil deslindar lo soñado de lo real; o si en
vez de ser mi propia persona la que a tales empeños se lanzara, fue
otro yo quien supo interpretar los fogosos sentimientos y caballerescas
ideas de la hechicera Athenais. Ello es que teniéndome por cuerdo
hoy, como entonces, me cuesta trabajo determinarme a afirmar que fui
yo propio el autor de tal locura, aunque todos los datos, todas las
noticias y las tradiciones todas concuerdan en que no pudo ser otro.
Ante la evidencia, inclino la frente y sigo contando.
Vino, pues, la noche, envolviendo en sus sombras todo el ámbito de
_Roma la chica_. Salimos Miss Fly y yo, y atravesando la Rúa, nos
internamos por las oscuras y torcidas calles que nos debían llevar al
lugar de nuestra misteriosa aventura. Bien pronto, ignorantes ambos
de la topografía de la ciudad, nos perdimos y marchamos al acaso,
procurando brujulearnos por los edificios que habíamos visto durante el
día; mas con la oscuridad no distinguíamos bien la forma de aquellas
moles que nos salían al paso. A lo mejor nos hallábamos detenidos por
una pared gigantesca, cuya eminencia se perdía allá en los cielos;
luego creeríase que la enorme masa se apartaba a un lado para dejarnos
libre el paso de una calleja alumbrada a lo lejos por las lamparillas
de la devoción, encendidas ante una imagen.
Seguíamos adelante creyendo encontrar el camino buscado, y tropezábamos
con un pórtico y una torre que en las sombras de la noche venían cada
cual de distinto punto y se juntaban para ponérsenos delante. Al fin
conocimos la catedral entre aquellas montañas de oscuridad que nos
cercaban. Distinguimos perfectamente su vasta forma irregular, sus
torres que empiezan en una edad del arte y acaban en otra, sus ojivas,
sus cresterías, su cúpula redonda; y detrás del nuevo edificio, la
catedral vieja, acurrucada junto a él como buscando abrigo. Quisimos
orientarnos allí, y tomando la dirección que creímos más conveniente,
bien pronto tropezamos con los pórticos gemelos de la Universidad,
en cuyo frontispicio las grandes cabezas de los Reyes Católicos nos
contemplaron con sus absortos ojos de piedra. Deslizándonos por un
costado del vasto edificio, nos hallamos cercados de murallas por todas
partes, sin encontrar salida.
--Esto es un laberinto, Miss Fly --dije no sin mal humor--; busquemos
hacia la espalda de la catedral esa dichosa calle. Si no, pasaremos la
noche andando y desandando calles.
--¿Os apuráis por eso? Cuanto más tarde, mejor.
--Señora, Lord Wellington me espera mañana a las doce en Bernuy. Me
parece que he dicho bastante... Veremos si aparece algún transeúnte que
nos indique el camino.
Pero ningún alma viviente se veía por aquellos solitarios lugares.
--¡Qué hermosa ciudad! --dijo Miss Fly con arrobamiento
contemplativo--. Todo aquí respira la grandeza de una edad ilustre y
gloriosa. ¡Cuán excelsos, cuán poderosos no fueron los sentimientos
que han necesitado tanta, tantísima piedra para manifestarse! ¿Para
vos no dicen nada esas altas torres, esas largas ojivas, esos techos,
esos gigantes que alzan sus manos hacia el cielo, esas dos catedrales:
la una anciana y de rodillas, arrugada, inválida, agazapada contra
el suelo y al arrimo de su hija; la otra flamante y en pie, hermosa,
inmensa, lozana, respirando vida en su robusta mole? ¿Para vos no
dicen nada esos cien colegios y conventos, obra de la ciencia y la
piedad reunidas? ¿Y esos palacios de los grandes señores, esas paredes
llenas de escudos y rejas, indicio de soberbia y precaución? ¡Dichosa
edad aquella en que el alma ha encontrado siempre de qué alimentar
su insaciable hambre! Para las almas religiosas, el monasterio; para
las heroicas, la guerra; para las apasionadas, el amor, más hermoso
cuanto más contrariado; para todas, la galantería, los grandes afectos,
los sacrificios sublimes, las muertes gloriosas... La sociedad vive
impulsada por una sola fuerza, la pasión... El cálculo no se ha
inventado todavía. La pasión gobierna el mundo y en él pone su sello de
fuego. El hombre lo atropella todo por la posesión del objeto amado, o
muere luchando ante las puertas del hogar que se le cierran... Por una
mujer se encienden guerras, y dos naciones se destrozan por un beso...
La fuerza que aparentemente impera no es el empuje brutal de los
modernos, sino un aliento poderoso, el resoplido de los dos pulmones de
la sociedad, que son el honor y el amor.
--No vendría mal el discursito --murmuré--, si al fin encontráramos...
Cuando esto decía habíamos perdido de vista la catedral, y nos
internábamos por calles angostas y oscuras, buscando en vano la
del Cáliz. Vimos una anciana que, apoyándose en un palo, marchaba
lentamente arrimada a la pared, y le pregunté:
--Señora, ¿puede usted decirme dónde está la calle del Cáliz?
--¿Buscan la calle del Cáliz y están en ella? --repuso la vieja con
desabrimiento--. ¿Van a la casa de los masones o a la logia de la calle
de Tentenecios? Pues sigan adelante y no mortifiquen a una pobre vieja
que no quiere nada con el demonio.
--¿Y la casa de los masones, cuál es, señora?
--Tiénela en la mano y pregunta... --contestó la anciana--. Ese
portalón que está detrás de usted es la entrada de la vivienda de esos
bribones; ahí es donde cometen sus feas herejías contra la religión;
ahí donde hablan pestes de nuestros queridos reyes... ¡Malvados!
¡Ay, con cuánto gusto iría a la Plaza Mayor para veros quemar! Dios
querrá quitarnos de en medio a los franceses que tales suciedades
consienten... Masones y franceses todos son unos: la pata derecha y la
pata izquierda de Satanás.
Marchose la vieja hablando consigo misma, y al quedarnos solos reconocí
en el portalón, que cerca teníamos, la casa de Santorcaz.
--¡Cuántas veces habremos pasado por aquí sin conocer la casa! --dijo
Miss Fly--. Si yo la hubiese visto una sola vez... pero parece que sois
torpe, Araceli.
La puerta era un antiquísimo arco bizantino, compuesto por seis u ocho
curvas concéntricas, por donde corrían misteriosas formas vegetales,
gastadas por el tiempo; cascabeles y entrelazadas cintas, y en la
imposta unos diablillos, monos o no sé qué desvergonzados animales,
que hacían cabriolas confundiendo sus piernecillas enjutas con los
tallos de la hojarasca de piedra. Letras ininteligibles y que sin
duda expresaban la época de la construcción, dejaban ver sus trazos
grotescos y torcidos, como si un dedo vacilante las trazara al modo de
conjuro. Estaba reforzada la puerta con garabatos de hierro tan mohosos
como apolilladas y rotas las mal juntas tablas, y un grueso llamador
en figura de culebrón enroscado pendía en el centro, aguardando una
impaciente mano que lo moviese.
Yo interrogué a Miss Fly con la mirada, y vi que acercaba su mano al
aldabón.
--¿Ya, señora? --dije deteniendo su movimiento.
--¿Pues a qué esperáis?
--Conviene explorar primero al enemigo... La casa es sólida...
Jean-Jean dijo que había dentro... ¿cuántos hombres?
--Cincuenta, si no recuerdo mal... pero aunque sean mil...
--Es verdad, aunque sea un millón.
Vimos que se acercaba un hombre, y al punto reconocí a Jean-Jean.
--Vienen refuerzos, señora --dije--. Verá usted qué pronto despacho.
Miss Fly, asiendo del aldabón, dio un golpe.
Yo toqué mis armas, y al ver que no se me habían olvidado, no pude
evitar un sentimiento, que no sé si era burla o admiración de mí
mismo, porque a la verdad, señores, lo que yo iba a hacer, lo que yo
intentaba en aquel momento, o era gran tontería, o una acción semejante
a las perpetuadas en romances y libros de caballería. Yo recordaba
haber leído en alguna parte que un desvalido amante llega bonitamente
y sin más ayuda que el valor de su brazo, o la protección de tal o
cual potencia nigromántica, a las puertas de un castillo donde el más
barbudo y zafio moro o gigante de aquellos agrestes confines, tiene
encerrada a la más delicada doncella, princesa o emperatriz que ha
peinado hebras de oro y llorado líquidos diamantes; y el tal desvalido
amante grita desde abajo: «Fiero arráez, o bárbaro sultán, vengo a
arrancarte esa real persona que aprisionada guardas; y te conjuro que
me la des al instante si no quieres que tu cuerpo sea partido en dos
pedazos por esta mi espada; y no te rías ni me amenaces, porque aunque
tuvieras más ejércitos que llevó el parto a la conquista de la Grecia,
ni uno solo de los tuyos quedará vivo.»
Así, señores, así, ni más o menos, era lo que yo iba a emprender.
Cuando toqué las pistolas del cinto, y el tahalí de que pendía la
tajante espada, y me eché el embozo a la capa, y el ala del ancho
sombrero sobre la ceja, confieso que entre los sentimientos que
luchaban en mi corazón, predominó la burla, y me reí en la oscuridad.
Tenía yo un aire de personaje de valentías, guapezas y gatuperios,
que habría puesto miedo en el ánimo más valeroso, cuando no mofa y
risa; pero Miss Fly había leído sin duda las hazañas de D. Rodulfo
de Pedrajas, de Pedro Cadenas, Lampuga, Gardoncha y Perotudo, y mi
catadura le había de parecer más propia para enamorar que para reír.
Viendo que no respondían, cogí el aldabón y repetí los golpes.
Yo no medía la extensión del peligro que iba a afrontar, ni era posible
reflexionar en ello, aunque habría bastado un destello de luz de mi
razón para esclarecerme el horrible jaleo en que me iba a meter... Yo
no pensaba en esto, porque sentía el inexplicable deleite que tiene
para la juventud enamorada todo lo que es misterioso y desconocido,
más bello y atractivo cuanto más peligroso; porque sentía dentro de mí
un deseo de acometer cualquier brutalidad sin nombre, que pusiese mi
fuerza y mi valor al servicio de la persona a quien más amaba en el
mundo.
No se olvide que aún me duraba el despecho y la sofocación de la
mañana. El recuerdo de las escenas que antes he descrito, completaba mi
ceguera; y realizar por la violencia lo que no pude conseguir por otro
medio, era sin duda gran atractivo para mi excitado espíritu. En la
calle me aguijoneaba la fantasía, y desde dentro me llamaba el corazón,
toda mi vida pasada y cuanto pudiese soñar para el porvenir... ¿Quién
no rompe una pared, aunque sea con la cabeza, cuando le impulsan a ello
dos mujeres, una desde dentro y otra desde fuera?
No debo negar que la hermosa inglesa había adquirido gran ascendiente
sobre mí. No puedo expresar aquel dominio suyo y la esclavitud mía,
sino empleando una palabra muy usada en las novelas, y que ignoro
si indicará de un modo claro mi idea; pero no teniendo a mano otro
vocablo, la emplearé. Miss Fly me fascinaba. Aquella grandeza de
espíritu; aquel sentimiento alambicado y sin mezcla de egoísmo
que había en sus palabras; aquel carácter que atesoraba, tras una
extravagancia sin ejemplo, todo el material, digámoslo así, de las
grandes acciones, hallaban secreta simpatía en un rincón de mi ser.
Me reía de ella, y la admiraba; parecíanme disparates sus consejos,
y los obedecía. Aquella inmensidad de su pensamiento tan distante de
la realidad me seducía, y antes que confesarme cobarde para seguir el
vuelo de su voluntad poderosa, hubiérame muerto de vergüenza.
Repetí con más fuerza los golpes, y nada se oía en el interior de la
casa. Oscuridad y silencio como el de los sepulcros reinaban en ella.
El animalejo, lagarto o culebrón que figuraba la aldaba, alzó (al menos
así parecía) su cabeza llena de herrumbre, y clavando en mí los verdes
ojuelos, abrió la horrible boca para reírse.
--No quieren abrir --me dijo Jean-Jean--. Sin embargo, dentro están:
los he visto entrar... Son los principales afrancesados que hay en
la ciudad, más masones que el gran Copto y más ateos que Judas. Mala
gente. Mi opinión, señor Marqués, es que os marchéis. El coche os
aguarda en la puerta de Sancti Spíritus.
--¿Tienes miedo, Jean-Jean?
--Además, señor Marqués --continuó este--, debo advertiros que pronto
ha de pasar por aquí la ronda... Vos y la señora tenéis todo el aspecto
de gente sospechosa... Todavía hay quien cree que sois espía, y la
señora también.
--¿Yo espía? --dijo Miss Fly con desprecio--. Soy una dama inglesa.
--Márchate tú, Jean-Jean, si tienes miedo.
--Hacéis una locura, caballero --repuso el dragón--. Esos hombres van a
salir, y a todos nos molerán a palos.
Creí sentir el ruido de las maderas de una ventanilla que se abría en
lo alto, y grité:
--¡Ah de la casa! Abrid pronto.
--Es una locura, señor Marqués --dijo el dragón bruscamente--. Vámonos
de aquí...
Entonces noté en el semblante hosco y sombrío de Jean-Jean una
alteración muy visible, que no era ciertamente la que produce el miedo.
--Repito que os dejo solo, señor Marqués... La ronda va a venir...
Vamos hacia Sancti Spíritus, o no respondo de vos...
Su insistencia y el empeño de llevarnos hacia las afueras de la ciudad,
infundió en mí terrible sospecha.
Miss Fly redobló los martillazos, diciendo:
--Será preciso echar la puerta abajo si no abren.
Los garabatos de hierro que reforzaban la puerta se contrajeron,
haciendo muecas horribles, signos burlescos, figurando no sé si
extrañas sonrisas o mohínes, o visajes de misteriosos rostros.
Yo empezaba a perder la paciencia y la serenidad. Jean-Jean me causaba
inquietud y temí una alevosía, no por la sospecha de espionaje, como él
había dicho, sino por la tentación de robarnos. El caso no era nuevo, y
los soldados que guarnecían las poblaciones del pobre país conquistado
cometían impunemente todo linaje de excesos. Además, la aventura iba
tomando carácter grotesco, pues nadie respondía a nuestros golpes ni
asomaba rostro humano en la alta reja.
--Sin duda no hay aquí rastro de gente. Los masones se han marchado, y
ese tunante nos ha traído aquí para expoliarnos a sus anchas.
De pronto vi que alguien aparecía en el recodo que hace la calle.
Eran dos personas que se fijaron allí como en acecho. Dirigime hacia
el dragón; pero este, sin esperar a que le hablase, nos abandonó
súbitamente para unirse a los otros.
--Ese miserable nos ha vendido --exclamé rugiendo de cólera--. ¡Señora,
estamos perdidos! No contábamos con la traición.
--¡La traición! --dijo confusa Miss Fly--. No puede ser.
No tuvimos tiempo de razonar, porque los dos que nos observaban y
Jean-Jean se nos vinieron encima.
--¿Qué hacéis aquí? --me preguntó uno de ellos, que era soldado de
artillería sin distintivo alguno.
--No tengo que darte cuenta --respondí--. Deja libre la calle.
--¿Es esta la tarasca inglesa? --dijo el otro dirigiéndose a Miss Fly
con insolencia.
--¡Tunante! --grité desenvainando--. Voy a enseñarte cómo se habla con
las señoras.
--El Marquesito ha sacado el asador --dijo el primero--. Jóvenes, venid
al cuerpo de guardia con nosotros, y vos, _milady sauterelle_ dad el
brazo a _Charles le Temeraire_ para que os conduzca al palacio del
cepo.
--Araceli --me dijo Miss Fly--, toma mi látigo y échalos de aquí.
--_Pied-de-mouton_, atraviésalo --vociferó el artillero.
_Pied-de-mouton_, como sargento de dragones, iba armado de sable.
_Carlos el Temerario_ era artillero y llevaba un machete corto, arma
de escaso valor en aquella ocasión. En un momento rapidísimo, mientras
Jean-Jean vacilaba entre dirigirse a la inglesa o a mí, acuchillé
a _Pied-de-mouton_ con tan buena suerte, con tanto ímpetu y tanta
seguridad, que le tendí en el suelo. Lanzando un ronco aullido, cayó
bañado en sangre... Me arrimé a la pared para tener guardadas las
espaldas, y aguardé a Jean-Jean, que, al ver la caída de su compañero,
se apartó de Miss Fly, mientras Carlos el Temerario se inclinaba a
reconocer el herido. Rápida como el pensamiento, Athenais se bajó a
recoger el sable de este. Sin esperar a que Jean-Jean me atacase, y
viéndole algo desconcertado, fuime sobre él; mas, sobrecogido, dio
algunos pasos hacia atrás, bramando así:
--_¡Corne du diable! ¡Mille millions de bombardes!_... ¿Creéis que os
tengo miedo?
Diciéndolo, apretó a correr a lo largo de la calle, y más ligero que el
viento le siguió Carlos. Ambos gritaban:
--¡A la guardia, a la guardia!
--Cerca hay un cuerpo de guardia, señora. Huyamos. Aquí dio fin el
romance.
Corrimos en dirección contraria a la que ellos tomaron; mas no habíamos
andado siete pasos, cuando sentimos a lo lejos pisadas de gente,
y distinguimos un pelotón de soldados que a toda prisa venía hacia
nosotros.
--Nos cortan la retirada, señora --dije retrocediendo--. Vamos por otro
lado.
Buscamos una bocacalle que nos permitiera tomar otra dirección, y no la
encontramos. La patrulla se acercaba. Corrimos al otro extremo, y sentí
la voz de nuestros dos enemigos gritando siempre:
--¡A la guardia!...
--Nos cogerán --dijo Miss Fly con serenidad incomparable, que me
inspiró aliento--. No importa. Entreguémonos.
En aquel instante, como pasáramos junto al pórtico en cuyo aldabón
habíamos martillado inútilmente, vi que la puerta se abría y asomaba
por ella la cabeza de un curioso que, sin duda, no había podido dominar
su anhelo de saber lo que resultaba de la pendencia... El cielo se
abría delante de nosotros. La patrulla estaba cerca; pero como la calle
describía un ángulo muy pronunciado, los soldados que la formaban no
podían vernos. Empujé aquella puerta y al hombre que curiosamente y
con irónica sonrisa en el rostro se asomaba; y aunque ni una ni otra
quisieron ceder al principio, hice tanta fuerza, que bien pronto Miss
Fly y yo nos encontramos dentro, y con presteza increíble corrí los
pesados cerrojos.