XX

--¡Un hombre, un ladrón! --exclamó Santorcaz.

--El ladrón eres tú --afirmé adelantando con resolución.

--¡Oh! Te conozco, te conozco... --gritó el anciano levantándose no sin

trabajo de su asiento, y arrojando a un lado almohadas y cojines.

Inés al verme lanzó un grito agudísimo, y abrazó a su padre diciendo:

--No le hagas daño; se marchará.

--Necio --gritó él--. ¿Qué buscas aquí? ¿Cómo has entrado?

--¿Qué busco? ¿Me lo preguntas, malvado? --exclamé poniendo todo mi

rencor en mis palabras--. Vengo a quitarte lo que no es tuyo. No temas

por tu miserable vida, porque no me ensañaré en ese infeliz cuerpo, a

quien Dios ha dado el merecido infierno con anticipación; pero no me

provoques ni detengas un momento más lo que no te pertenece, reptil,

porque te aplasto.

Al mirarme, los ojos de Santorcaz envenenaban y quemaban. ¡Tanta

ponzoña y tanto fuego había en ellos!

--Te esperaba... --gritó--. Sirves a mis enemigos. Hijo del pueblo que

comes las sobras de la mesa de los grandes, sabe que te desprecio.

Enfermo e inválido estoy; mas no te temo. Tu vil condición y el

embrutecimiento que da la servidumbre, te impulsarán a descargar sobre

mí la infame mano con que cargas la litera de los nobles. Desprecio tus

palabras. Tu lengua que adula a los poderosos e insulta a los débiles,

solo sirve para barrer el polvo de los palacios. Insúltame o mátame;

pero mi adorada hija, mi hija, que lleva en sus venas la sangre de un

mártir del despotismo, no te seguirá fuera de aquí.

--Vamos --grité a Inés ordenándole imperiosamente que me siguiera, y

despreciando aquel gárrulo estilo revolucionario que tan en boga estaba

entonces entre afrancesados y masones--. Vamos fuera de aquí.

Inés no se movía. Parecía la estatua de la indecisión. Santorcaz,

gozoso de su triunfo, exclamó:

--¡Lacayo, lacayo! Di a tus indignos señores que no sirves para el caso.

Al oír esto, una nube de sangre cubrió mis ojos; sentí llamas ardientes

dentro de mi pecho, y abalanceme hacia aquel hombre. El rayo, al caer,

debe sentir lo que yo sentí. Alargó su brazo para coger una pistola

que en la cercana mesa había, y al dirigirla contra mi pecho, Inés

se interpuso tan violentamente, que si dispara, hubiérala muerto sin

remedio.

--¡No le mates, padre! --gritó.

Aquel grito; el aspecto del anciano enfermo, que arrojó el arma lejos

de sí, renunciando a defenderse, me sobrecogieron de tal modo, que

quedé mudo, helado y sin movimiento.

--Dile que nos deje en paz --murmuró el enfermo abrazando a su hija--.

Sé que conoces hace tiempo a ese desgraciado.

La muchacha ocultó en el pecho del padre su rostro lleno de lágrimas.

--Joven sin corazón --me dijo Santorcaz con voz trémula--, márchate:

no me inspiras ni odio ni afecto. Si mi hija quiere abandonarme y

seguirte, llévatela.

Clavó en su hija los ojos ardientes, apretando con su mano huesosa, no

menos dura y fuerte que una garra, el brazo de la infeliz joven.

--¿Quieres huir de mi lado y marcharte con ese mancebo? --añadió

soltándola y empujándola suavemente lejos de sí.

Di algunos pasos hacia adelante para tomar la mano de Inés.

--Vamos --le dije--. Tu madre te espera. Estás libre, querida mía, y se

acabaron para ti el encierro y los martirios de esta casa, que es un

sepulcro habitado por un loco.

--No, no puedo salir --me dijo Inés corriendo al lado del anciano, que

le echó los brazos al cuello y la besó con ternura.

--Bien, señora --dije con un despecho tal, que me sentí impulsado a no

sé qué execrables violencias--. Saldré. Nunca más me verá usted; nunca

más verá usted a su madre.

--Bien sabía yo que no eras capaz de la infamia de abandonarme

--exclamó el anciano llorando de júbilo.

Inés me lanzó una mirada encendida y profunda, en la cual sus negras

pupilas, al través de las lágrimas, dijéronme no sé qué misterios;

manifestáronme no sé qué enigmáticos pensamientos que en la turbación

de aquel instante no pude entender. Ella quiso sin duda decirme mucho;

pero yo no comprendí nada. El despecho me ahogaba.

--Gabriel --dijo el anciano recobrando la serenidad--, aquí no haces

falta. Ya has oído que te marches. Supongo que habrás traído escala

de cuerda; mas para que bajes seguro, toma la llave que hay sobre esa

mesa, abre la puerta que hay en el pasillo, y por la escalera que veas

baja al patio. Te ruego que dejes la llave en la puerta.

Viendo mi indecisión y perplejidad, añadió con punzante y cruel ironía:

--Si puedo serte útil en Salamanca, dímelo con franqueza. ¿Necesitas

algo? Parece que no has comido hoy, pobrecito. Tu rostro indica

vigilias, privaciones, trabajos, hambre... En la casa del hombre del

_estado llano_ no falta un pedazo de pan para los pobres que vienen a

la puerta. ¿Sucede lo mismo en casa de los nobles?

Inés me miró con tanta compasión, que yo la sentí por ella, pues no se

me ocultaba que padecía horriblemente.

--Gracias --respondí con sequedad--, no necesito nada. El pedazo de pan

que he venido a buscar no ha caído en mi mano; pero volveré por él...

Adiós.

Y tomando la llave, salí bruscamente de la estancia, de la escalera,

del patio, de la horrible casa; pero padre, hija, estancia, patio y

casa, todo lo llevaba dentro de mí.

La batalla de los Arapiles · 第 21 / 46 题