El Sr. Jean-Jean me tomó el brazo, y llevándome adelante por entre
aquellas tristes ruinas, díjome:
--Amigo Cipérez, he simpatizado con vos; nos pasearemos juntos...
¿Cuándo pensáis dejar a Salamanca? Os juro que lo sentiré.
Tan relamidas expresiones fueron funestísimo augurio para mí, y
encomendé mi alma a Dios. En mi turbación, ni siquiera reparé en el
aparato de guerra que a mi lado había, y olvideme ¡oh Jesús divino! de
Lord Wellington, de Inglaterra y de España.
--Mucho me agrada su compañía --dije afectando valor--. Vamos a donde
usted quiera.
Sentí que el brazo del francés, cual máquina de hierro, apretaba
fuertemente el mío. Aquel apretón quería decir: «No te me escaparás,
no.» A medida que avanzábamos noté que era más escasa la gente, y
que los sitios por donde lentamente discurríamos estaban cada vez
más solitarios. Yo no llevaba más arma que una navaja. Jean-Jean,
que era hombre robustísimo y de buena estatura, iba acompañado de un
poderoso sable. Con rápida mirada observé hombre y arma para medirlos y
compararlos con la fuerza que yo podía desplegar en caso de lucha.
--¿A dónde me lleva usted? --pregunté deteniéndome al fin, resuelto a
todo.
--Seguid, mi buen amigo --dijo con burlesco semblante--. Nos pasearemos
por la orilla del Tormes.
--Estoy algo cansado.
Parose, y clavando sus ojuelos en mí, me dijo:
--¿No queréis seguir al que os ha librado de la horca?
Con esa llama de intuición que súbitamente nos ilumina en momentos de
peligro, con la perspicacia que adquirimos en la ocasión crítica en
que la voluntad y el pensamiento tratan de sobreponerse con angustioso
esfuerzo a obstáculos terribles, leí en la mirada de aquel hombre la
idea que ocupaba su alma. Indudablemente Jean-Jean había conocido
que yo llevaba conmigo mayor cantidad de dinero que la que mostré en
la taberna, y ya me creyese espía, ya el verdadero Baltasar Cipérez,
tentó mi caudal su codicia, y el fiero dragón ideó fáciles medios para
apropiárselo. Aquel equívoco aspecto suyo, aquel solitario paraje
por donde me conducía, indicaban su criminal proyecto, bien fuese
este matarme para dar luego con mi cuerpo en el río, bien espoliarme,
denunciándome después como espía.
Por un instante sentí cobarde y vencida el alma, trémulo y frío el
cuerpo: la sangre toda se agolpó a mi corazón, y vi la muerte, un fin
horrible y oscuro, cuyo aspecto afligió mi alma más que mil muertes en
el terrible y glorioso campo de batalla... Miré en derredor, y todo
lo vi desierto y solo. Mi verdugo y yo éramos los únicos habitantes
de aquel lugar triste, abandonado y desnudo. A nuestro lado ruinas
deformes iluminadas por la claridad de un sol que me parecía espantoso;
delante el triste río, donde el agua remansada y quieta no producía, al
parecer, ni corriente ni ruido; más allá la verde orilla opuesta. No se
oía ninguna voz humana, ni paso de hombre ni de bruto, ni más rumor que
el canto de los pájaros que alegremente cruzaban el Tormes para huir de
aquel sitio de desolación en busca de la frescura y verdor de la otra
ribera. No podía pedir auxilio a nadie más que a Dios.
Pero sentí de pronto la iluminación de una idea divina, divina, sí, que
penetró en mi mente, lanzada como rayo invisible de la inmortal y alta
fuente del pensamiento: sentí no sé qué dulces voces en mi oído, no sé
qué halagüeñas palpitaciones en mi corazón, un brío inexplicable, una
esperanza que me llenaba todo; y sentir esto, y pensarlo, y formar un
plan, fue todo uno. He aquí cómo.
Bruscamente y disimulando tanto mi recelo cual si fuera yo el criminal
y él la víctima, detuve a Jean-Jean; tomé una actitud severa, resuelta
y grave; le miré como se mira a cualquier miserable que va a prestarnos
un servicio, y en tono muy altanero le dije:
--Sr. Jean-Jean: este sitio me parece muy a propósito para hablar a
solas.
El hombre se quedó lelo.
--Desde que le vi a usted, desde que le hablé, le tuve por hombre de
entendimiento, de actividad, y esto precisamente, esto, es lo que yo
necesito ahora.
Vaciló un momento, y al fin estúpidamente me dijo:
--De modo que...
--No, no soy lo que parezco. Se puede engañar a esos imbéciles
Tourlourou y Molichard; pero no a usted.
--Ya me lo figuraba --afirmó--. Sois espía.
--No. Extraño que un entendimiento como el tuyo haya incurrido en esa
vulgaridad --dije tuteándole con desenfado--. Ya sabes que los espías
son siempre rústicos labriegos que por dinero exponen su vida. Mírame
bien. A pesar del vestido, ¿tengo cara y talle de labriego?
--No a fe mía. Sois un caballero.
--Sí: un caballero, un caballero, y tú también lo eres, pues la
caballerosidad no está reñida con la pobreza.
--Ciertamente que no.
--¿Y has oído nombrar al Marqués de Ríoponce?
--No... sí... sí me parece que le he oído nombrar.
--Pues ese soy yo. ¿Podré vanagloriarme de haber encontrado en este
día, aciago para mí, un hombre de buenos sentimientos que me sirva,
y al cual demostraré mi gratitud recompensándole con lo que él mismo
nunca ha podido soñar?... Porque tú como soldado eres pobre, ¿no es
cierto?
--Pobre soy --dijo, no disimulando la avaricia que por las claras
ventanas de sus ojos asomaba.
--Escasa es la cantidad que llevo sobre mí; pero para la empresa que
hoy traigo entre manos he traído suma muy respetable, hábilmente
encerrada dentro del pelote que rellena el aparejo de mi cabalgadura.
--¿Dónde dejasteis vuestro pollino?
Me quería comer con los ojos.
--Eso se queda para después.
--Si sois espía, no contéis conmigo para nada, señor Marqués --dijo con
cierta confusión--. No haré traición a mis banderas.
--Ya he dicho que no soy espía.
--_C’est drôle._ ¿Pues qué demonios os trae a Salamanca en ese traje,
vendiendo verduras y haciéndoos pasar por un campesino de Escuernavacas?
--¿Qué me trae? Una aventura amorosa.
Dije esto y lo anterior con tal acento de seguridad, tanto aplomo y
dominio de mí mismo, que en los ojos del que había querido ser mi
asesino observé, juntamente con la avaricia, la convicción.
--¡Una aventura amorosa! --dijo asaltado nuevamente por la duda,
después de breve rato de meditación--. ¿Y por qué no habéis venido tal
y como sois? ¿Para qué ocultaros así de toda Salamanca?
--¡Qué pregunta!... A fe que en ciertos momentos pareces un niño
inocente. Si la aventura amorosa fuera de esas que se vienen a la mano
por fáciles y comunes, tendrías razón; pero esta de que me ocupo es
peligrosa, y tan difícil, que es indispensable ocultar por completo mi
persona.
--¿Es que algún francés os ha quitado vuestra novia? --preguntó el
dragón sonriendo por primera vez en aquel diálogo.
--Casi, casi... parece que vas acertando. Hay en Salamanca una persona
que amo y a quien me llevaré conmigo, si puedo; otra que aborrezco y a
quien mataré, si puedo.
--¿Y esa segunda persona es quizás alguno de nuestros queridos
generales? --dijo con sequedad--. Señor Marqués, no contéis conmigo
para nada.
--No: esa persona no es ningún general, ni siquiera es francés. Es un
español.
--Pues si es español, _le diable m’emporte_... podéis tratarle todo lo
mal que os agrade. Ningún francés os dirá una palabra.
--No, porque ese hombre es poderoso, y aunque español, ha tiempo que
sirve la causa francesa. Es travieso como ninguno, y si me hubiera
presentado aquí dando a conocer mi nombre habríame sido imposible
evitar una persecución rápida y terrible, o quizás la muerte.
--En una palabra, señor mío --dijo con impaciencia--, ¿qué es lo que
queréis que yo haga para serviros?
--Primero que no me denuncies, estúpido --respondí tratándole
despóticamente para establecer mejor aún mi superioridad--; después,
que me ayudes a buscar el domicilio de mi enemigo.
--¿No lo sabéis?
--No. Esta es la primera vez que vengo a Salamanca. Como vuestros
groseros camaradas quisieron prenderme, no he tenido tiempo de nada.
--Ahora que nombráis a mis camaradas... --dijo Jean-Jean con mucho
recelo--, me ocurre... Cuidado que hicisteis bien el papel de aldeano.
No me he olvidado de los refranes. Si ahora también...
--¿Sospechas de mí? --grité con altanería.
--Nada de soberbia, señor Marquesito --repuso con insolencia--. Ved que
puedo denunciaros.
--Si me denuncias, solo experimento la contrariedad de no poder llevar
adelante mi proyecto; pero tú perderás lo que yo pudiera darte.
--No hay que reñir --dijo en tono benévolo--. Referidme en qué consiste
esa aventura amorosa, pues hasta ahora no me habéis dicho más que
vaguedades.
--Un miserable hijo de Salamanca, un perdido, un _sans culotte_ ha
robado de la casa paterna a cierta gentil doncella, de la más alta
nobleza de España, un ángel de belleza y de virtud...
--¡La ha robado!... Pues qué, ¿así se roban doncellas?
--La ha robado por satisfacer una venganza, que la venganza es el único
goce de su alma perversa; por retener en su poder una prenda que le
permita amenazar a la más honrada y preclara casa de Andalucía, como
retienen los ladrones secuestradores la persona del rico, pidiendo a
la familia la suma del rescate. Por largo tiempo ha sido inútil toda
mi diligencia y la de los parientes de esa desgraciada joven para
averiguar el lugar donde la esconde su fementido secuestrador; pero una
casualidad, un suceso insignificante al parecer, pero que ha sido aviso
de Dios, sin duda, me ha dado a conocer que ambos están en Salamanca.
Él no habita sino las ciudades ocupadas por los franceses, porque teme
la ira de sus paisanos, porque es un hombre maldito, traidor a su
patria, irreligioso, cruel, un mal español y un mal hijo, Jean-Jean,
que, devorado por impío rencor hacia la tierra en que nació, le hace
todo el daño que puede. Su vida tenebrosa, como la de los topos,
empléase en fundar y propagar sociedades de masonería, en sembrar
discordias, en levantar del fondo de la sociedad la hez corrompida
que duerme en ella, en arrojar la simiente de las turbaciones de los
pueblos. Favorécenle ustedes, porque favorecen todo lo que divida,
aniquile y desarme a los españoles. Él corre de pueblo en pueblo,
ocultando en sus viajes nombre, calidad y ocupación, para no provocar
la ira de los naturales, y cuando no puede viajar acompañado por tropas
francesas, se oculta con los más indignos disfraces. Últimamente ha
venido de Plasencia a Salamanca fingiéndose cómico, y su cuadrilla
imitaba tan perfectamente a las compañías de la legua, que pocos en el
tránsito sospecharon el engaño...
--Ya sé quién es --dijo súbitamente y sonriendo Jean-Jean--. Es
Santorcaz.
--El mismo: D. Luis de Santorcaz.
--A quien algunos españoles tienen por brujo, encantador y nigromante.
¿Y para entenderos con ese mal sujeto --añadió el francés-- os
disfrazáis de ese modo? ¿Quién os ha dicho que Santorcaz es poderoso
entre nosotros? Lo sería en Madrid, pero no aquí. Las autoridades le
consienten, pero no le protegen. Hace tiempo que ha caído en desgracia.
--¿Le conoces bien?
--Pues ya: en Madrid éramos amigos. Le escolté cuando salió a Toledo
a conferenciar con la Junta, y nos hemos reconocido después en
Salamanca. Estuvo aquí hace tres meses, y después de una ausencia
corta, ha vuelto... Caballero Marqués, o lo que seáis, para luchar
contra semejante hombre no necesitáis llevar ese vestido burdo,
ni disimular vuestra nobleza: podéis hacer con él lo que mejor os
convenga, incluso matarle, sin que el Gobierno francés os estorbe.
Oscuro, olvidado y no muy bienquisto, Santorcaz se consuela con la
masonería, y en la logia de la calle de Tentenecios, unos cuantos
perdidos españoles y franceses, lo peor sin duda de ambas naciones, se
entretienen en exterminar al género humano, volviendo al mundo patas
arriba, suprimiendo la aristocracia, y poniendo a los reyes una escoba
en la mano para que barran las calles. Ya veis que esto es ridículo.
Yo he ido varias veces allí en vez de ir al teatro, y en verdad que no
debieran disfrazarse de cómicos, porque realmente lo son.
--Veo que eres un hombre de grandísimo talento.
--Lo que soy --dijo el soldado en tono de alarmante sospecha--, es un
hombre que no se mama el dedo. ¿Cómo es posible que siendo vuestro
único enemigo un hombre tan poco estimado, y siendo vos Marqués de
tantas campanillas, necesitéis venir aquí vendiendo verdura y engañando
a todo el pueblo, cual si no hubiérais de luchar con un intrigante
de baja estofa, sino con todos nosotros, con nuestro poder, nuestra
policía, y el mismo gobernador de la plaza, el general Thiebaut-Tibo?
Jean-Jean razonaba lógicamente, y por breve rato no supe qué
contestarle.
--_Connu, connu..._ Basta de farsas. Sois espía --agregó con acento
brutal--. Si después de venir aquí como enemigo de la Francia, os
burláis de mí, juro...
--Calma, calma, amigo Jean-Jean --dije procurando esquivar el gran
peligro que me amenazaba, después que lo creí conjurado--. Ya te dije
que una aventura amorosa... ¿No has reparado que Santorcaz lleva
consigo una joven?...
--Sí, ¿y qué? Dicen que es su hija...
--¡Su hija! --exclamé afectando una cólera frenética--; ¿ese miserable
se atreve a decir que es su hija?
--Así lo dicen, y en verdad que se le parece bastante --repuso con
calma mi interlocutor.
--¡Oh! por Dios, amigo mío, por todos los santos, por lo que más ames
en el mundo, llévame a casa de ese hombre, y si delante de mí se atreve
a decir que Inés es su hija, le arrancaré la lengua.
--Lo que puedo aseguraros es que la he visto de paseo por la ciudad
y sus alrededores dando el brazo a Santorcaz, que está muy enfermo, y
la muchacha, muy linda por cierto, no tenía modos de estar descontenta
al lado del masón, pues cariñosamente le conduce por las calles, y le
hace mimos y monerías... Y ahora, _mon petit_, salís con que es vuestra
novia, y una señora encantada o _princesse d’Araucanie_, según habéis
dado a entender... Bueno, ¿y qué?
--Que he venido a Salamanca para apoderarme de ella y restituirla a su
familia, empresa en la cual espero que me ayudarás.
--Si ha sido robada, ¿por qué esa familia, que es tan poderosa, no se
ha quejado al rey José?
--Porque esa familia no quiere pedir nada al rey José. Eres más
preguntón que un fiscal, y yo no puedo sufrirte más --grité sin poder
contener mi impaciencia y enojo--. ¿Me sirves, sí o no?
Jean-Jean, viendo mi actitud resuelta, vaciló un momento, y después me
dijo:
--¿Qué tengo que hacer? ¿Llevaros a la calle del Cáliz, donde está la
casa de Santorcaz; entrar, acogotarle y coger en brazos a la princesa
encantada?
--Eso sería muy peligroso. Yo no puedo hacer eso sin ponerme antes
de acuerdo con ella, para que prepare su evasión con prudencia y sin
escándalo. ¿Puedes tú entrar en la casa?
--No muy fácilmente, porque el Sr. Santorcaz tiene costumbres de
anacoreta, y no gusta de visitas; pero conozco a Ramoncilla, una de
las dos criadas que le sirven, y podría introducirme en caso de gran
interés.
--Pues bien: yo escribo dos palabras, haces que lleguen a manos de la
señorita Inés, y una vez que esté prevenida...
--Ya os entiendo, tunante --dijo con malicia de zorro y burlándose de
mí--. Queréis que me quite de vuestra presencia para escaparos.
--¿Todavía dudas de mi sinceridad? Atiende a lo que escribo con lápiz
en este papel.
Apoyando un pedazo de papel en la pared, escribí lo siguiente, que por
encima de mi hombro leía Jean-Jean:
«Confía en el portador de este escrito, que es un amigo mío y de tu
mamá la condesa de ***, y al cual señalarás el sitio y hora en que
puedo verte, pues habiendo venido a Salamanca decidido a salvarte, no
saldré de aquí sin ti.--_Gabriel._»
--¿Nada más que esto? --dijo tomando el papel y observándolo con la
atención profunda del anticuario que quiere descifrar una inscripción
oscura.
--Concluyamos. Tú llevas ese papel; procura entregarlo a la señorita
Inés, y si me traes en el dorso del mismo una sola letra suya, aunque
sea trazada con la uña, te entregaré los seis doblones que llevo aquí,
dejando para recompensar servicios de más importancia lo que guardé en
el mesón.
--¡Sí, bonito negocio! --dijo el francés con desdén--. Yo voy a la
calle del Cáliz, y en cuanto me aleje, vos, que no deseáis sino
perderme de vista, echáis a correr, y...
--Iremos juntos y te esperaré en la puerta.
--Es lo mismo, porque si subo y os dejo fuera...
--¡Desconfías de mí, miserable! --exclamé inflamado por la indignación,
que se mostró de un modo terrible en mi voz y en mi gesto.
--Sí, desconfío... En fin, voy a proponeros una cosa, que me dará
garantía contra vos. Mientras voy a la calle del Cáliz, os dejaré
encerrado en paraje muy seguro, del cual es imposible escapar. Cuando
vuelva de mi comisión, os sacaré y me daréis el dinero.
La ira se desbordaba en mí; mas viendo que era imposible escapar del
poder de tan vil enemigo, acepté lo que se me proponía, reconociendo
que entre morir y ser encerrado durante un espacio de tiempo que no
podía ser largo; entre la denuncia como espía y una retención pasajera,
la elección no era dudosa.
--Vamos --le dije con desprecio--, llévame a donde quieras.
Sin hablar más, Jean-Jean marchó a mi lado y volvimos a penetrar en
aquel laberinto de ruinas, de edificios medio demolidos y revueltos
escombros donde empezaban las fortificaciones. Vimos primero alguna
gente en nuestro camino, y después la multitud que iba y venía, y
trabajaba en los parapetos, amontonando tierra y piedras, es decir,
fabricando la guerra con los restos de la religión. Ambos, silenciosos,
llegamos a un pórtico vasto, que parecía ser de convento o colegio, y
nos dirigimos a un claustro, donde vi hasta dos docenas de soldados,
que tendidos por el suelo jugaban y reían con bullicio, gente feliz
en medio de aquella nacionalidad destruida, pobres jóvenes sencillos,
ignorantes de las causas que les habían movido a convertir en polvo la
obra de los siglos.
--Este es el convento de la Merced Calzada --me dijo Jean-Jean--. No se
ha podido acabar de demoler porque había mucha faena por otro lado. En
lo que queda nos acuartelamos doscientos hombres. ¡Buen alojamiento!
Benditos sean los frailes. _¡Charles le temeraire!_ --gritó después
llamando a uno de los soldados que estaban en el corro.
--¿Qué hay? --dijo adelantándose un soldado pequeño y gordinflón--. ¿A
quién traes contigo?
--¿Dónde está mi primo?
--Por ahí anda. _¡Pied-de-mouton!_
Presentose al poco rato un sargento bastante parecido a mi acompañante
maldito, y este le dijo:
--_Pied-de-mouton_, dame la llave de la torre.