--¿Y si se enfada el oficial? Yo no me muevo de aquí.
--Un francés, un soldado de Napoleón --dijo Tourlourou con gesto
parecido al de Bonaparte, señalando las pirámides--, no bebe tranquilo
mientras que su amigo español se muere de sed en una mazmorra. Bravo,
Cipérez --añadió abrazándome--, sois el primero entre mis camaradas.
Abracémonos... Bien, así... amigos hasta la muerte. Señores, ved
juntos aquí _l’aigle de l’Empire et le lion de l’Espagne_.
Francamente, a mí, león de España, me hacían poquísima gracia, como a
aquella, los abrazos del águila del Imperio.
Y con esto y otros excesos verbales de los tres servidores del gran
Imperio, me sacaron fuera del cuartel y en procesión lleváronme a un
ventorrillo cercano a las fortificaciones de San Vicente.
--Sr. Molichard, aparte del tercio de lo de la Nava, que es regalo de
mi señor padre, yo pago todo el gasto --dije al entrar.
En poco tiempo, Tourlourou, Molichard y Jean-Jean regalaron sus
venerandos cuerpos con lo mejor que había en la bodega, y helos aquí
que por grados perdían la serenidad, si bien el cabo de dragones
parecía tener más resistencia alcohólica que sus ilustres compañeros de
armas y de vino.
--¿Tiene mucha hacienda vuestro padre? --me preguntó Molichard.
--Bastante para pasar --respondí con modestia.
--Llámanle Cipérez el rico.
--Cierto, y lo es... Veo que mi obsequio parece poco... Por ahí se
empieza. Ya sabemos que sobre un huevo pone la gallina.
--No digo eso. ¡A la salud de _monsieurrrr_ Cipérez!
--Esto que hoy he traído, es porque como venía a mercar hierro viejo...
Pero mi padre y mi madre y toda mi familia vendrán en procesión
_solene_ con algo mejor. Sr. Molichard, mi hermana quiere conocer al
Sr. Molichard...
--Es una linda muchacha, según decía Cipérez. ¡A la salud de María
Cipérez!
--Muy guapa, parece un sol, y cuantos la ven la tienen por princesa.
--Y una buena dote... Si al fin irá uno a dejar su pellejo en España.
Digamos como Luis XIV: «Ya no hay _Pirrineos_...» Bebed, Baltasarico.
--Yo tengo muy floja la cabeza. Con tres medias copas que he bebido,
ya estoy como si me hubieran metido a toda Salamanca entre sien y sien
--dije fingiendo el desvanecimiento de la embriaguez.
Jean-Jean cantaba:
_Le crocodile en partant pour la guerre_
_Disait adieux à ses petits enfants._
_Le malheureux_
_Trainait sa queue_
_Dans la poussière..._
Tourlourou, después de remedar el gato y el perro, púsose de pie y con
gesto majestuoso exclamó:
--Camaradas, desde lo alto de esta botella _quarrrrante siècles vous
contemplent_.
Yo dije a Molichard:
--Señor sargento, como no acostumbro a beber, me he mareado de tal
modo... Voy a salir un momento a tomar el aire. ¿Ha escogido usted su
vino de la Nava?
Y sin esperar contestación pagué a la Zángana.
--Bien: vamos un momento afuera --repuso Molichard tomándome del brazo.
Al salir encontreme en un sitio que no era plaza, ni patio, ni calle,
sino más bien las tres cosas juntas. A un lado y otro veíanse altas
paredes, unas a medio derribar, otras en pie todavía, sosteniendo
los techos destrozados. Al través de estos se distinguía el interior
abierto de los que fueron templos, cuyos altares habían quedado al aire
libre; y la luz del día, iluminando de lleno las pinturas y dorados,
daba a estos el aspecto de viejos objetos de prendería cuando los
anticuarios de feria los amontonan en la calle. Soldados y paisanos
trabajaban llevando escombros, abriendo zanjas, arrastrando cañones,
amontonando tierra, acabando de demoler lo demolido a medias, o
reparando lo demolido con exceso. Vi todo esto, y acordándome de Lord
Wellington, puse mi alma toda en los ojos. Yo hubiera querido abarcar
de un solo golpe de vista lo que ante mí tenía y guardarlo en mi
memoria, piedra por piedra, arma por arma, hombre por hombre.
--¿Qué es esto que hacen aquí, Sr. Molichard? --pregunté cándidamente.
--¡Fortificaciones, animal! --dijo el sargento, que después que se
llenó el cuerpo con mi vino, había empezado a perderme el respeto.
--Ya, ya comprendo --repuse afectando penetración--. Para la guerra. ¿Y
cómo llaman a este sitio?
--Este es el fuerte de San Vicente, y aquí había un convento de
benedictinos, que fue derribado. Una guarida de mochuelos, mi amiguito.
--¿Y qué van a hacer aquí con tanto cañón? --pregunté estupefacto.
--Pues no eres poco bestia. ¿Qué se ha de hacer? Fuego.
--¡Fuego! --dije medrosamente--. ¿Y todos a la vez?
--Te pones pálido, cobarde.
--Uno, dos, tres, cuatro... allí traen otro. Son cinco. ¿Y esa tierra,
mi sargento, para qué es?
--No he visto un animal semejante... ¿No ves que se están haciendo
escarpa y contraescarpa?
--¿Y aquel otro caserón hecho pedazos que se ve más allá?
--Es el castillo árabe-romano. _¡Foudre et tonnerre!_ Eres un
ignorante. Dame la mano, que San Cayetano me baila delante.
--¿San Cayetano?
--¿No lo ves, zopenco? Aquel convento grande que está a la derecha.
También lo estamos fortificando.
--Esto es muy bonito, Sr. Molichard. Será gracioso ver esto cuando
empiece el fuego. ¿Y aquellos paredones que están derribando?
--El colegio Trilingüe... _triquis lingüis_ en latín, esto es, _de
tres lenguas_. Todavía no han acabado el camino cubierto que baja a la
Alberca.
--Pero aquí han derribado calles enteras, Sr. Molichard --dije
avanzando más y dándole el brazo para que no se cayese.
--Pues no parece sino que vienes del Limbo, _¡ventre de bœuf!_ ¿No ves
que hemos echado al suelo la calle larga para poder esparcir los fuegos
de San Vicente?...
--Y allí hay una plaza...
--Un baluarte.
--Dos, cuatro, seis, ocho cañones nada menos. Esto da miedo.
--Juguetes... los buenos son aquellos cuatro, los del revellín.
--Y por aquí va un foso...
--Desde la puerta hasta los Milagros, bruto.
--¿Y detrás?... Jesús, María y José, ¡qué miedo!
--Detrás del parapeto están los morteros.
--Vamos ahora por aquel lado.
--¿Por San Cayetano?... ¡Oh!... Veo que eres curioso, curiosito...
_Saperlotte_. Te advierto que si sigues haciendo tales preguntas y
mirando con esos ojos de buey... me harás creer que ciertamente eres
espía... y, a la verdad, amiguito, sospecho...
El sargento me miró con descaro y altanería. Llegó a la sazón
Tourlourou en lastimoso estado, mal sostenido por Jean-Jean, que
entonaba una canción guerrera.
--¡_Espion_, sí, _espion_! --dijo Tourlourou señalándome--. Sostengo
que eres _espion_. ¡Al calabozo!
--Francamente, caballero Cipérez --dijo Molichard--, yo no quisiera
faltar a la disciplina, ni que el jefe me pusiera en el nicho por ti.
--Tiene este mancebo --afirmó Jean-Jean sentándome la mano en el hombro
con tanta fuerza que casi me aplastó-- cara de tunante.
--Desde que le vi sospeché algo malo --dijo Molichard--. No está uno
seguro de nadie en esta maldita tierra de España. Salen espías de
debajo de las piedras...
Yo me encogí de hombros, fingiendo no entender nada.
--¿Pero no os dije que estaba observando el convento de Bernardas, cuya
muralla se está aspillerando? --dijo Tourlourou.
Comprendí que estaba perdido; pero esforceme en conservar la serenidad.
De pronto entró en mi alma un rayo de esperanza al oír pronunciar a
Jean-Jean las siguientes palabras en mal castellano:
--Sois unos bestias. Dejadme a mí al señor Cipérez, que es mi amigo.
Pasó su brazo por encima de mi hombro con familiaridad cariñosa, aunque
harto pesada.
--Volvámonos al cuartel --dijo Molichard--. Yo entro de guardia a las
diez.
Y asiéndome por el brazo añadió:
--¡_Peste, mille pestes_!... ¿Querías escapar?
--En el cuartel se le registrará --exclamó Tourlourou.
--Fuera de aquí, _goguenards_ --dijo con energía Jean-Jean--. El Sr.
Cipérez es mi amigo, y le tomo bajo mi protección. Andad con mil
demonios y dejádmelo aquí.
Tourlourou reía; pero Molichard mirome con ojos fieros e insistió en
llevarme consigo; mas aplicole mi improvisado protector tan fuerte
porrazo en el hombro, que al fin resolvió marcharse con su compañero,
ambos describiendo eses y otros signos ortográficos con sus desmayados
cuerpos. He referido con alguna minuciosidad los hechos y dichos de
aquellos bárbaros, cuya abominable figura no se borró en mucho tiempo
de mi memoria. Al reproducir los primeros, no me he separado de la
verdad en lo más mínimo. En cuanto a las palabras, imposible sería
a la retentiva más prodigiosa conservarlas tal y como de aquellas
embriagadas bocas salieron, en jerga horrible que no era español ni
francés. Pongo en castellano la mayor parte, no omitiendo aquellas
voces extranjeras que más impresas han quedado en mi memoria, y
conservo el tratamiento de _vos_, que comúnmente nos daban los
franceses poco conocedores de nuestro modo de hablar.
¿La protección de Jean-Jean era desinteresada o significaba un nuevo
peligro mayor que los anteriores? Ahora se verá, si tienen mis amigos
paciencia para seguir oyendo el puntual relato de mis aventuras en
Salamanca el día 16 de junio de 1812, las cuales, a no ser yo mismo
protagonista y actor principal de todas ellas, las diputara por
hechuras engañosas de la fantasía, o invenciones de novelador para
entretener al vulgo.