Un instante después, Jean-Jean entraba conmigo en un aposento que no
era ni oscuro ni húmedo, como suelen ser los destinados a encerrar
prisioneros.
--Permitidme, _señor pequeño Marqués_ --me dijo con burlona cortesía--,
que os encierre aquí mientras voy a la calle del Cáliz. Si me dais
antes de partir los doblones prometidos, os dejaré libre.
--No --repuse con desprecio--. Para tener la recompensa sin el
servicio, necesitas matarme, vil. Inténtalo y me defenderé como pueda.
--Pues quedaos aquí. No tardaré en volver.
Marchose, cerrando por fuera la puerta, que era gruesísima. Al verme
solo, toqué los muros, cuyo espesor de dos varas anunciaba una solidez
de construcción a prueba de terremotos... ¡Triste situación la mía!
Cerca del mediodía, y antes de que pudiera adquirir todos los datos que
mi general deseaba, encontrábame prisionero, imposibilitado de recorrer
solo y a mis anchas la población. Hablando en plata, Dios no me había
favorecido gran cosa, y a tales horas, poco sabía yo y nada había hecho.
Senteme fatigado; alcé la cabeza para explorar lo que había encima, y
vi una escalera que, arrancando del suelo, seguía doblándose en los
ángulos y arrollándose hasta perderse en alturas que no distinguía
claramente mi vista. Los negros tramos de madera subían por el
prisma interior, articulándose en las esquinas como una culebra con
coyunturas, y las últimas vueltas perdíanse arriba en la alta región
de las campanas. Una luz vivísima, entrando por las rasgadas ventanas
sin vidrios, iluminaba aquel largo tubo vertical en cuya parte inferior
me encontraba. Atracción poderosa llamábame hacia arriba, y subí
corriendo. Más que subir, aquella veloz carrera mía fue como si me
arrojara en un pozo vuelto del revés.
Saltando los escalones de dos en dos, llegué a un piso donde varios
aparatos destruidos me indicaron que allí había existido un reloj. Por
fuera, una flecha negra que estuvo dando vueltas durante tres siglos,
señalaba con irónica inmovilidad una hora que no había de correr
más. Por todas partes pendían cuerdas; pero no había campanas. Era
aquello el cadáver de una cristiana torre, mudo e inerte como todos
los cadáveres. El reloj había cesado de latir marcando la oscilación
de la vida, y las lenguas de bronce habían sido arrancadas de aquellas
gargantas de tierra que por tanto tiempo clamaran en los espacios,
saludando el alba naciente, ensalzando al Señor en sus grandes días,
y pidiendo una oración para los muertos. Seguí subiendo, y en lo más
alto, dos ventanas, dos enormes ojos miraban atónitos el vasto cielo y
la ciudad y el país, como miran los espantados ojos de los muertos, sin
brillo y sin luz. Al asomarme a aquellas cavidades, lancé un grito de
júbilo.
Debajo de mi vista se desarrollaba un mapa de gran parte de la ciudad y
sus contornos, su río y su campiña.
Un viento suave mugía en la bóveda de la torre solitaria, articulando
en aquel cráneo vacío sílabas misteriosas. Figurábaseme que la mole se
tambaleaba como una palmera, amenazando caer antes que las piquetas de
los franceses la destruyeran piedra a piedra. A veces me parecía que
se elevaba más, más todavía, y que la ciudad ilustre, la insigne _Roma
la chica_, se desvanecía allá abajo, perdiéndose entre las brumas de la
tierra. Vi otras torres, los tejados, las calles, la majestuosa masa
de las dos catedrales, multitud de iglesias de diferentes formas, que
habían tenido el privilegio de sobrevivir; innumerables ruinas, donde
centenares de hombres, parecidos a hormigas que arrastran granos de
trigo, corrían y se mezclaban; vi el Tormes, que se perdía en anchas
curvas hacia poniente, dejando a su derecha la ciudad y faldeando los
verdes campos del Zurguen por la otra orilla; vi las plataformas,
las escarpas y contraescarpas, los revellines, las cortinas, las
troneras, los cañones, los muros aspillerados, los parapetos hechos con
columnatas de los templos, los espaldones amasados con el polvo y la
tierra que fueron huesos y carne de venerables monjas y frailes; vi los
cañones enfilados hacia afuera, los morteros, el foso, las zanjas, los
sacos de tierra, los montones de balas, los parques al aire libre...
¡Oh, Dios poderoso, me diste más de lo que yo pedía! Vagaba por la
ciudad imposibilitado de cumplir con mi deber, amenazado de muerte,
expuesto a mil peligros, vendido, perdido, condenado, sin poder ver,
sin poder mirar, sin poder escuchar, sin poder adquirir idea exacta
ni aun confusa de lo que me rodeaba, hasta que un brazo de piedra,
recogiéndome de entre las ruinas del suelo, alzome en los aires para
que todo lo viese.
--¡Bendito sea el Señor omnipotente y misericordioso! --exclamé--.
Después de esto, no necesito más que ojos, y afortunadamente los tengo.
La torre de la Merced tenía suficiente elevación para observar todo
desde ella. Casi a sus pies estaba el Colegio del Rey; seguía San
Cayetano; después, en dirección al ocaso, el Colegio mayor de Cuenca,
y, por último, los Benitos; en la elevación de enfrente vi una masa de
edificios arruinados, cuyos nombres no conocía, pero cuyas murallas se
podían determinar perfectamente, con las piezas de artillería que las
guarnecían. Volviéndome al lado opuesto, vi lo que llamaban Teso de San
Nicolás, los Mostenses, el Monte Olivete, y entre estas posiciones y
aquellas, el foso y los caminos cubiertos que bajaban al puente.
Desde la puerta de San Vicente, donde estaba el revellín con los
cuatro cañones giratorios de que habló Molichard, partía un foso que
se enlazaba con los Milagros. En la parte anterior y superior del
foso había una línea de aspilleras sostenida por fuerte estacada.
Todo el edificio de San Vicente estaba aspillerado, y sus fuegos
podían dirigirse al interior de la ciudad y al campo. San Cayetano
era imponente. Demolido casi por completo, habían formado espacioso
terraplén con baterías de todos calibres, y sus fuegos podían barrer la
plazuela del Rey, el puente y la explanada del Hospicio.
Aunque el recelo de que mi carcelero volviese pronto me obligó a
trazar con mucha precipitación el dibujo que deseaba, este no salió
mal, y en él representé imperfectamente, pero con mucha claridad, lo
mucho y bueno que veía. Hícelo ocultándome tras el antepecho de la
torre, y aunque la proyección geométrica dejaba algo que desear como
obra de ciencia, no olvidé detalle alguno, indicando el número de
cañones con precisión escrupulosa. Terminado mi trabajo, guardelo muy
cuidadosamente, y bajé hasta la entrada de la torre. Echándome sobre
el primer escalón, aguardé al Sr. Jean-Jean con intento de fingir que
dormía cuando él llegase.
Tardó bastante tiempo, poniéndome en cuidado y zozobra; mas al fin
apareció, y le recibí haciendo como que me despertaba de largo y
sabroso sueño. La expresión de su rostro pareciome de feliz augurio.
Dios había empezado a protegerme, y hubiera sido crueldad divina torcer
mi camino en aquella hora cuando tan fácil y transitable se presentaba
delante de mí, llevándome derechamente a la buena fortuna.
--Podéis seguirme --dijo Jean-Jean--. He visto a vuestra adorada.
--¿Y qué? --pregunté con la mayor ansiedad.
--Me parece que os ama, señor Marqués --dijo en tono de lisonja y
sonriendo con el servilismo propio de quien todo lo hace por dinero--.
Cuando le di vuestro billete, se quedó más blanca que el papel en que
lo escribisteis... El Sr. Santorcaz, que está muy enfermo, dormía.
Yo llamé a Ramoncilla, le prometí un doblón si hacía venir a la niña
delante de mí para darle el billete; pero ¡cosa imposible! La niña
está encerrada, y el amo, cuando duerme, guarda la llave debajo de la
almohada... Insistí, prometiendo dos doblones... Entró la muchacha,
hizo señas, apareció por un ventanillo una hermosísima figura que
alargó la mano... Subime a un tonel... no era bastante, y puse sobre
el tonel una silla... ¡Oh, señor Marqués! Después de leer el papel, me
dijo que fueseis al momento, y luego, como le indicase que necesitábais
ver dos letras suyas para creerme, trazó con un pedazo de carbón
esto que aquí veis... Si he ganado bien mis seis doblones --añadió
lisonjeándome con una de esas cortesías que solo saben hacer los
franceses--, vuecencia lo dirá.
El pícaro había cambiado por completo en gesto y modales para conmigo.
Tomé el papel y decía «_Ven al instante_», trazado en caracteres
que reconocí al momento. Los garabatos con que los ángeles deben de
escribir en el libro de ingresos del cielo el nombre de los elegidos,
no me hubieran alegrado más.
Sin hacerme repetir la súplica indirecta, pagué a Jean-Jean.
Salimos a toda prisa de la torre, atalaya de mi espionaje, y luego del
claustro y convento arruinado; enderezando nuestros pasos por calles y
callejuelas, pasamos por delante de la Catedral, y luego nos internamos
de nuevo por varias angostas vías, hasta que al fin parose Jean-Jean y
dijo:
--Aquí es. Entremos despacito, aunque sin miedo, porque nadie nos
estorba llegar hasta el patio. Ramoncilla nos dejará pasar. Después
Dios dirá.
Atravesamos el portal oscuro, y empujando una puerta divisamos un
patio estrecho y húmedo, donde se nos apareció Ramoncilla, la cual
gravemente hizo señas de que no metiésemos ruido, y luego inclinó su
cabeza sobre la palma de la mano, para indicar sin duda que el señor
seguía durmiendo. Avanzamos paso a paso, y Jean-Jean, sin abandonar su
sonrisa de lisonja, señalome una estrecha ventana que se abría en uno
de los muros del patio. Miré, pero nadie asomó por ella. Mi emoción era
tan grande que me faltaba el aliento, y dirigía con extravío los ojos a
todos lados como quien ve fantasmas.
Sentí un ruido extraño, rumor como el de las alas de un insecto cuando
surca el aire junto a nuestra cabeza, o el roce de una sutil tela con
otra. Alcé la vista y la vi: vi a Inés en la ventana, sosteniendo la
cortina con la mano izquierda, fijo en la boca el índice de la derecha
para imponerme silencio. Su semblante expresaba un temor semejante al
que nos sobrecoge cuando nos vemos al borde de un hondo precipicio sin
poder detener ya la gravitación que nos empuja hacia él. Estaba pálida
como la muerte, y el mirar de sus espantados ojos me volvía loco.
Vi una escalera a mi derecha, y me precipité por ella; pero la criada y
el francés dijéronme, más con signos que con palabras, que subiendo por
allí no podía entrar. Moví los brazos ordenando a Inés que bajase; pero
hizo ella signos negativos que me desesperaron más.
--¿Por dónde subo? --pregunté.
La infeliz llevose ambas manos a la cabeza, lloró, y repitió su
negativa. Luego parecía quererme decir que esperase.
--Subiré --dije al francés, buscando algún objeto que disminuyese la
distancia.
Pero Jean-Jean, oficioso y solícito, como quien ha recibido seis
doblones, había ya rodado el tonel que en un ángulo del patio estaba y
puéstolo bajo la ventana. Aquel auxilio era pequeño, pues aún faltaba
gran trecho sin apoyo ni asidero alguno. Yo devoraba con los ojos la
pared, o más que pared, inaccesible montaña, cuando Jean-Jean, rápido,
diligente y risueño, subió al tonel señalándome sus robustos hombros.
Comprender su idea y utilizarla fue obra del mismo momento, y trepando
por aquella escalera de carne francesa, así con mis trémulas manos el
antepecho de la ventana. Estaba arriba.